El anacrónico tito Diego. Capítulo 19
El uniforme ajustado del cabo Severiano aprieta tanto que el dolor se mezcla con el placer. La sobrina de Don Diego no tiene intención de esperar; decide que, mientras el capitán busca a su tío, ella se quedará con los suboficiales. La jerarquía militar se desmorona ante el deseo más primitivo.
Un coche volador de la Guardia Aérea aterrizó justo en la puerta del inmueble donde el comandante Don Diego dormía plácidamente después de los dos intensos polvos con madre e hija. Y por muy extraño que parezca, el motivo de la visita eran precisamente aquellos dos polvos.
El deseado Don Diego se había quedado exhausto después de cómo había abusado su anfitriona de él, y lo había inducido a que la follase, sin darle tiempo a descansar tras la inolvidable noche en la que había desvirgado a su hija. Y no hay que olvidar que nuestro héroe ya venía bastante cansado de todo el folleteo con su sobrina y con la mujer del control de tráfico aéreo, esta última además compañera de trabajo de la mujer que se había tirado hacía un rato. El tremendo cansancio de tanto sexo desbocado, la falta de sueño de la noche anterior, y la relajación en que había quedado después de correrse la última vez, lo llevaron a un estado de sueño profundo del que no se despertó en horas, pese a los ruidos de la calle y la luz que entraba a raudales por la ventana.
En la Comandancia de Tráfico Aéreo, la indignación del capitán Díaz por su retraso aumentaba a medida que pasaban los minutos y las horas, hasta que finalmente decidió que había que ir a buscarle. Era una falta bastante grave que no se podía tolerar, de modo que el propio Capitán Díaz se ofreció voluntario para su busca y captura. Le acompañaban el cabo Severiano y el sargento Eusebio, experimentados y veteranos guardias de la Agrupación, que se ofrecieron a acompañar al jefe de la Academia.
Los suboficiales iban delante, el cabo Severiano conduciendo y el sargento Eusebio a su lado, mientras el capitán iba detrás ensimismado en sus pensamientos. A la vez que cabreado a causa del retraso de su subordinado, Don Félix iba también especialmente excitado. La perspectiva de acercarse de forma marcial al comandante Don Diego, esposarlo, detenerlo, y tenerlo a su merced, tenía claras connotaciones sexuales que encendían su líbido. La gorra del uniforme la tenía estratégicamente situada sobre su tremendo paquete para no dejar traslucir el enorme empalme que mantenía bajo su ajustado pantalón de montar.
No hubo necesidad de tocar en el portón del edificio porque estaba abierto, y cuando la sobrina del comandante abrió la puerta del piso se quedó de una pieza al ver a aquel trío de Guardias con cara de mala leche. Abrió en camisón y bata, se acababa de levantar ya que tenía la mañana libre, y los tres miraron incrédulos a aquella hermosa mujer que mostraba un canalillo prominente, dejando adivinar unas hermosas tetas.
La admiración era mutua. Al capitán ya lo conocía, incluso en el sentido bíblico, y lo tenía ya catalogado como un buen macho de los que se encuentran pocos. Pero además, no pudo menos que deleitarse con la visión de aquellos dos subalternos que traía el oficial. Uno de ellos tenía el pelo blanco y unos 45 años, bien parecido aunque con cejas negras demasiado pobladas, con gafas, y unos ojos color avellana que no se apartaban de sus tetas. Casi podía sentir como su mirada atravesaba la fina tela de sus íntimas prendas y le acariciaba sus pezones, que se le estaban poniendo duros al pensarlo. Si él podía mirarla de esa manera descarada, ella no se iba a quedar atrás, pensó, y se deleitó en examinar a aquel fortachón. Era de complexión fuerte, tenía la cara redonda y la boca entreabierta, dejando ver una lengua que seguro que sabía manejar con destreza. Se veía que le gustaba llevar el uniforme bien justito, sus pantalones se pegaban a sus fuertes piernas como una segunda piel. Tenía unas botas bien brillantes y lustradas, que le llegaban casi a las cuadradas rodillas, y un paquete que quitaba el hipo. Las piernas bien juntas, al estar en posición de firmes, hacían que el bulto entre ellas se proyectase de forma prominente, resaltando la hombría de aquel tremendo ejemplar de macho.
El cabo Severiano, que era el objeto de su atención, se había olvidado de las tetas y comenzaba a ponerse nervioso y colorado con el examen que le estaba haciendo la sobrina de Don Diego, y miraba ahora a su superior bastante impaciente.
Mi capitán, esto… -comenzó a decir indeciso.
¡Cállese, cabo, que siempre se precipita, joder! -exclamó enérgicamente Don Félix.
En ese momento el otro guardia hizo un gesto reprobatorio al cabo, y ella notó entonces los ojazos negros que tenía y que parecían traspasarla. La miraban con descaro, más aún que su compañero el cabo al que acababa de reprender Don Félix. El sargento Eusebio era algo más joven, más guapo, moreno, tenía unas buenas patillas que ya le plateaban las sienes, el rostro más anguloso y unos buenos labios que se relamieron cuando el sargento notó la mirada de la sobrina. El suboficial no le iba a la zaga a su compañero en cuanto a lo apretado de los pantalones, que parecía que iban a reventar, y sus fuertes piernas se perdían también dentro del brillante cuero de sus botas, que las llevaba igual de ajustadas a sus pantorrillas.
A ver, señorita -dijo el capitán intentando mostrarse todo lo serio que podía y haciendo que la mujer dejase de inspeccionar al sargento-, venimos a buscar a su tío, que no se ha presentado esta mañana en el destacamento, y eso no se puede tolerar.
Uy, mi capitán -dijo ella sin poder evitar mirar ahora la entrepierna del oficial, que aún dejaba traslucir un bulto que delataba su entusiasmo.
El recuerdo de lo que había bajo aquellos pantalones inflamó su propio coño, que respondió con una buena dosis de humedad ante la visión de aquel tiarrón que tan bien la había follado. Además, el punto de ira que había ahora en su voz lo hacía terriblemente irresistible. Se imaginó arrodillándose allí mismo y bajándole la cremallera de sus ajustados pantalones, dejando al aire aquella polla que ya empezaba a humedecer la tela inmanchable de los pantalones con el líquido preseminal. Ella se la dejaría bien limpia, pensó.
Mi tío no se encuentra aquí, está alojado en otro piso.
¿Cómo dice? -exclamó Don Félix sorprendido-, esto me huele a algo anormal. ¿Seguro que no está en la casa? ¡Hagan el favor de registrar esta casa mientras yo custodio a esta señorita! -añadió mirando a sus compañeros.
Mi capitán, por favor, no hace falta que registre nada. Yo le puedo decir exactamente dónde está mi tío -respondió mosqueada la mujer ante la desconfianza del guardia-. Mi tío se aloja ahora en el quinto izquierda.
Pero el capitán no quedó muy convencido, temía alguna estratagema de la sobrina para disfrutar bien del tío sin que la molestaran, iba a insistir en el registro cuando se adelantó su compañero.
Mi capitán, si usted permite -terció el sargento Eusebio mirando alternativamente a su compañero el cabo y a la mujer-, nosotros nos podemos quedar custodiando a esta señorita mientras usted sube a ese piso a confirmarlo.
El capitán se quedó mirando a su subordinado con cara de sorpresa y a la vez de agrado. Si existía alguna posibilidad de que Don Diego estuviese arriba, no era mala idea presentarse sólo a capturarlo. Seguro que lo pillaba tirándose a otra mujer, el condenado, menudo cabronazo irresponsable era. Quizá habría alguna posibilidad de ver la escena, pensó empezando a soñar despierto, y quizá podría participar… Notó que su polla iba a reventar, así que no dudó más y se marchó dejando al cabo y al sargento con la sobrina del comandante. en la puesta de su casa. Y desde la escalera lazón una última órden.
No quiero que la pierdan de vista ni un segundo, aquí algo huele raro y voy a averiguar qué es -dijo serio como un guardia dando la impresión de que hablaba de una peligrosa delincuente.
Don Félix salió presto y subió las escaleras de dos en dos. Apretó el timbre pero no funcionaba, así que tocó en la puerta, con insistencia pero tratando de no escandalizar a los vecinos. Sin embargo, a Don Diego lo habían dejado con la puerta del dormitorio prácticamente cerrada, y estaba tan profundamente dormido que no se enteraba, y permanecía en brazos de morfeo, totalmente ajeno al creciente cabreo del capitán Díaz, que lo hacía llamar con más insistencia. Finalmente la vecina de enfrente, quinto derecha, abrió alarmada la puerta de su casa.
¿Qué ocurre, señor agente? -preguntó a Don Félix con cara de susto, preocupada por que la guardia aérea estuviese llamando de esa manera en casa de sus vecinos, que eran tan serios y tan buenos-. ¿No han pagado una multa? -añadió al ver la insignia de la guardia aérea en el uniforme de Don Félix.
No se trata de eso, señora, pero eso a usted no le importa, es un asunto oficial de la máxima importancia -respondió el capitán molesto por la intrusión-. Métase en su casa, que es posible que me vea obligado a echar la puerta abajo -añadió tratando de asustar a la vecina.
Pero agente, yo tengo unas llaves de la casa, que mis vecinos me dejan por si surge alguna emergencia. Y esto parece una.
Sí que lo es señora, ya está tardando en dármelas, dése prisa. Esto es muy importante.
La mujer se apresuró a dárselas, intimidada por la presencia y la ira de Don Félix, y creyéndose de verdad que era un asunto de vida o muerte. Cerró su puerta, asustada, aunque naturalmente se quedó mirando por la mirilla. Sin embargo el guardia entró y cerró rápidamente dejándola sin espectáculo que contemplar.
Entretanto, el sargento y el cabo, bien dispuestos a seguir al pie de la letra las órdenes de su superior, entraron en casa de la sobrina de Don Diego y casi le ordenaron a la dueña que se sentase en el sofá. Ella no se resistió lo más mínimo, al contrario, estaba encantada de seguir las instrucciones de aquellos dos hombretones tan guapos. Pero sí que tuvo la precaución de cerrar la puerta de la casa antes de sentarse, no iba a desaprovechar la oportunidad de quedarse sola en casa con aquellos machos rebosantes de testosterona. Pero no se sentó sola, pues el cabo Severiano se sentó rápidamente a su derecha y el sargento Eusebio a su izquierda, bastante cerca los dos pues el sillón no era muy grande.
Usted de aquí no se mueve hasta que vuelva el capitán con su tío -dijo el sargento con bastante mala leche.
¿Y puedo preguntar qué ha hecho mi tío? -dijo ella intrigada, y al mismo tiempo intentando que no se notase como miraba la forma en que el paquete del sargento se proyectaba hacia arriba al sentarse, emergiendo de entre sus piernas de forma escandalosa.
Su tío ha transgredido las normas de la Academia Aérea -respondió el cabo pellizcándose sus huevos, ya que el pantalón le había pillado justo un pliegue del escroto-. Hace tiempo que no veía al capitán Díaz tan cabreado. Don Diego no acudió esta mañana al acto de entrega de especialidad, y el capitán se ha puesto fuera de sí, eso en un oficial no se puede permitir.
Vaya, pues sí que son estrictos -se atrevió a decir ella haciendo ímprobos esfuerzos para no aliviar ella misma el intenso dolor que debía acuciar al cabo, a juzgar por cómo se tiraba de la tela y rascaba su paquete.
Se rascaba a la altura en la que casi se dibujaba su huevo derecho. La tela no daba más de sí, y la cremallera aplastaba el escroto, dejando cada uno de sus cojones a un lado. Y se notaba también bien claro como la polla se dibujaba hacia el lado izquierdo.
Ella estaba absolutamente embobada viendo aquel espectáculo que le estaba ofreciendo el martirizado cabo, se ve que la entrepierna le estaba picando de lo lindo. Intentaba cambiar de postura, pero parecía que sin mucho alivio, ya que inmediatamente volvía a intentar liberar el atrapado pliegue de sus huevos. Estaba colorado como un tomate, tanto por el dolor y el picor que sentía, como por la la vergüenza de estar haciendo aquellas manipulaciones ante ella. Finalmente no tuvo más remedio que levantarse meter la mano por dentro del pantalón para liberar su escroto, lo que hizo con no poco trabajo, debido a lo ajustado del mismo.
Ella se quedó boquiabierta al ver al cabo Severiano manipulándo sus varoniles partes de aquella manera, recolocando sus huevos y su polla hasta sentir un gran alivio, a juzgar por la expresión de su rostro. Al sacar la mano, los huevos volvieron a quedar marcados, pero se notaba una notable mejora en la cara del cabo, que volvió a sentarse a su lado.
Mil perdones, dijo el cabo rojo como un tomate y sinceramente avergonzado-. Habría que colgar al que diseñó este uniforme.
Pero ella no estaba escuchando, ya que en ese momento le llegó una oleada de un intenso olor que le produjo una excitación mayúscula. Y que no era otro que el almizclado olor a cojones que había quedado impregnando la mano del cabo tras la íntima manipulación. Ella estaba fuera de sí, aquellos dos hombretones tan cerca, rozándola, aquel olor a entrepierna de macho, aquellas feromonas masculinas diseñadas para volver más receptivas a las hembras, le hicieron perder todo rastro de decoro y dignidad. Sin poder evitarlo, posó la mano sobre la rodilla izquierda del cabo para rápidamente deslizarla hasta su paquete, agarrándole literalmente los huevos.
El sorprendido suboficial se quedó sin respiración ante la maniobra de aquella que se decía sobrina del comandante Don Diego, y se quedó quieto sin saber qué hacer. Dejó que ella siguiese con su juego, y empezó a sentir un indescriptible placer mientras le agarraban sus varoniles atributos, fuerte y dulcemente a través del apretado pantalón de servicio. Lo que ahora le empezaba a doler era la polla, dura como un junco y pugnando por abrirse paso bajo la suave presión a la que aquella desvergonzada la estaba sometiendo.
¡Joder si es puta! -musitó el sargento Eusebio que no se estaba perdiendo detalle del espectáculo del que estaba siendo testigo, mientras su propia polla emulaba a la de su compañero.
Y para no ser menos, agarró la mano izquierda de la sobrina del comandante y se la aplicó directamente sobre su palpitante paquete. Así que ella quedó en medio del sofá agarrando los huevos del cabo Severiano a su derecha y los del sargento Eusebio a su izquierda, frotando su precioso contenido a través de la tela, palpando de forma experta las puntas de ambas pollas, haciendo presa en ellas, y aumentando progresivamente la velocidad y la intensidad del roce sobre aquella delicada y sensible zona.
Ambos comenzaron a gemir y jadear, sonriendo, y se acercaron a ella al unísono, besándola en el cuello, cada uno por su lado. Ella no se quedaba atrás en jadeos y suspiros, y apretaba con ardor los aéreos miembros, enardecida por las lenguas de los guardias en su cuello.
Los guardias empezaron entonces a atacar directamente sus tetas con sus manos, sin dejar de chupar el cuello, primero a través de la bata y el camisón, apretándolas y masajeándolas con esmero. Pero pronto la ropa que llevaba la hembra les pareció demasiada, y entre ambos con una pericia increíble y con la colaboración de ella, le quitaron ambas prendas y las dejaron únicamente en braguitas, puesto que no llevaba sujetador. Ella se revolvía de gusto entre ambos machos al sentir las manazas de aquellos guardias directamente sobre sus sensibles pezones. El sargento Eusebio le pellizcaba delicadamente el izquierdo y el cabo Severiano le titilaba el derecho, y todo ello sin que sus lenguas dejasen de chuparle frenéticamente el cuello. Sentía tal placer que dejó por un momento de palpar los paquetes de los defensores de la ley de Ánacron, lo que dejó a estos más libertad de movimientos y, como si lo tuvieran ensayado, se abalanzaron a la vez con sus bocas hacia los estimulados pezones. Ella no pudo evitar gritar de puro gusto mientras sentía ambas lenguas lamer aquella zona erógena, o chupar con fruición como si les estuviera dando el pecho. Continuamente intercambiaban entre sí los pezones, e incluso se quedaban a veces ambos lamiendo el mismo, las dos lenguas entrelazándose entre ellas y con su mama mientras ella acariciaba el pelo en ambas cabezas, procurándole un placer indescriptible en esa teta. Recibió además algún mordisquito fugaz y leve, lo que ya fue demasiado y la hizo tener un orgasmo delicioso.
El sargento Eusebio y el cabo Severiano se miraban sonrientes y cómplices mientras la sobrina les agarraba del pelo retirándolos de sus extra-sensibles pezones y gimiendo como una posesa durante el orgasmo.
Cuando la hembra se fue calmando, las manos de los guardias empezaron a bajar una por la derecha y otra por la izquierda para encontrase sobre su pubis y acariciar a un tiempo su palpitante chochito a través de sus braguitas, que las tenía ya completamente empapadas. Ambos introdujeron sus dedos por las ingles, separando la empapada seda, y mientras el dedo índice del cabo Severiano recorría su raja de arriba abajo, el sargento Eusebio tomaba su clítoris en una delicada pinza entre su índice y su pulgar. Ella casi aulló de gusto al sentir las manos de ambos suboficiales manipular su anhelante coño, y buscó con ansiedad la boca de alguno de ellos. El sargento estaba muy concentrado en provocarle placer en su clítoris, de modo que fue el cabo Severiano quien advirtió primero su necesidad.
Ella sacó la lengua y cerró los ojos esperando que la boca del cabo se acoplase a la suya, pero el experto maduro decidió sorprenderla mientras sonreía socarronamente e ideó meterle otra cosa en su boca. “Cómeme ya la boca, cabroncete”, pensaba ella mientra esperaba anhelante, pero el uniformado acercó entonces su manaza hacia ella, precisamente aquella con la que un momento antes se había recolocado sus cojones. Ella abrió los ojos al percibir el aroma, y se lanzó a chupar con fruición el dedo índice del cabo Severiano, haciendo que éste se regocijase con la pasión que había despertado en ella. Ella estaba disfrutando claramente su sabor, chupándolo con cada vez más energía mientras el pulgar le recorría los labios, para finalmente tragarse entero aquel gordo dedo para demostrar lo que podría hacer con otros apéndices corporales. Un nuevo orgasmo la hizo gemir y estremecerse de placer, y ambos guardias aéreos lo percibieron y se miraron satisfechos, contentos de su habilidad en la estimulación del placer femenino sin que ellos, de momento, hubiesen tenido que desabrocharse ni un solo botón.
Ella se sentía en la pura gloria, con aquellos dos hombres pendientes de ella y provocándole tan inmenso placer. La mano del sargento Eusebio continuaba manipulando su clítoris con experta maestría y bajando a ratos a su vagina, mirándola con sus ojazos negros que parecían atravesarla y que le confirmaban el éxtasis al que la habían llevado, mientras el cabo cabo Severiano seguía con sus manos repartidas entre sus labios vaginales, a veces entrelazándo los dedos con los de su superior, y su anhelante boca. La afortunada mujer descubrió entonces que en la palma de su mano se concentraba gran parte del delicioso aroma a cojones, e imaginó la forma en que aquella mano había apresado los huevos y se había restregado con su polla mientras recolocaba aquellas maravillas. Aquella imagen incrementó la extrema pasión que sentía, y sacando la lengua comenzó a lamer con ansia la mano entera, centrándose en la palma y recorriendo con la lengua la raíz de cada uno de sus dedos.
El sargento estaba alucinado con la respuesta de la mujer a la mano de su compañero, y por un momento cesó en la estimulación del clítoris para observar divertido como aquella hembra disfrutaba con la mano a su subordinado. Este comenzó entonces de nuevo a introducirle el índice por la boca, a lo que ella respondió acogiéndolo con los labios, tragándoselo entero de nuevo, y entregándose al cabo en un rítmico mete-saca digital, como si le estuviese follando la boca.
El cabo entonces miró a su superior y asintió en dirección a las bragas, en un gesto cómplice que el otro entendió perfectamente. Así que tomaron las bragas, metiendo el sargento sus dedos por la izquierda y el cabo por la derecha, y de un tirón se las rompieron dejando su coño expuesto e indefenso ante sus impúdicos tocamientos.
Ella gimió de gusto, regodeándose al sentirse tan entregada a aquella pareja de Tráfico. Sintió alivio al desprenderse de sus empapadas bragas y percibir el frescor en su vulva, que ya pedía a gritos ser penetrada. Y parece ser que el maldito cabo Severiano estaba al tanto de sus necesidades, porque lo primero que hizo fue entrar directamente en su vagina con el dedo índice de su mano derecha. Inició entonces un mete y saca en su coño que estaba perfectamente acompasado con el de la boca, de manera que a cada metida de un dedo en la boca, le sacaba el del coño, y viceversa. El cabo la miraba arrobado y extasiado, y ella se sentía traspasada por aquella mirada a través de aquellas gafas de montura plateada, cual si la estuviese follando también con sus pupilas. Recibía con inmenso placer aquella follada triple de aquel tiarrón maduro y canoso, embutido en aquel sugerente uniforme que le sentaba tan bien, dotándolo de tremenda virilidad y autoridad. Se sintió completamente entregada al cabo, se sintió poseída, dominada, abandonada. En fin, se sintió follada, y de nuevo se corrió intensamente, gimiendo y apresando el dedo en su boca.
El sargento observaba la escena impresionado, admirado de la forma en la que el cabo provocaba aquel enorme placer a la sobrina de Don Diego. Se conocían desde hace muchos años, pero no dejaba de asomobrarle el nivel de feromonas masculinas y de virilidad que mostraba su subordinado. Siempre había pensado que su mujer debía estar más que contenta, y viéndolo hoy en acción no quedaba duda de que así sería.
El cabo Severiano iba a reventar en cualquier momento de puro gusto. El dedo apresado en la boca de su custodiada le transmitía sensaciones totalmente nuevas y deliciosas, y el otro no se quedaba atrás resbalando en el interior de aquel encharcado coñito. Su polla parecía iba a estallar en un orgasmo en cualquier momento, a pesar de estar apresada por los ajustados pantalones y los calzoncillos. Intentaba evitar que su erecto miembro rozase nada, no quería correrse todavía, pero dentro de la prisión de sus pantalones de montar ese trabajo era bien difícil. Finalmente logró adoptar una posición con las piernas flexionadas, permitiendo una muy leve holgura en la entrepierna que permitió a su viril miembro expandirse, disminuyendo así el riesgo de lanzar de inmediato unos buenos chorros de semen. Una de sus brillantes botas de montar negras quedó sobre el borde del sofá, y servía de apoyo a la otra pierna cuya no menos brillante bota se apoyaba en el suelo. El trozo del pantalón que acogía su aparato reproductor mostraba una mancha húmeda y oscura de tamaño considerable.
Observando la maniobra, el sargento no pudo evitar reconocer que su subordinado era todo un ejemplar de macho, y todo un artista a la hora de satisfacer a las mujeres. Respondía sin duda a las expectativas que la cultura popular anacrónica depositaba en el cuerpo de la Guardia Aérea, ya que era sin duda un auténtico macho anacrónico capaz de provocar un placer indescriptible a una mujer. Llegó a sentirse celoso y envidioso, con envidia sana, al reconocer lo bien que lo hacía su subordinado. En un principio él había intentado llevar la voz cantante cuando se apoderó del clítoris, pero finalmente había sido el cabroncete de su subalterno el que la había hecho correrse de aquella manera, y el hecho de que fuera más maduro y de rango inferior, lo dotaba de un aura extra de morbo que nunca antes había experimentado.
Ella quedó completamente relajada tras aquella fenomenal masturbación a la que la había sometido la pareja de guardias de Tráfico aéreo, pero tras recuperar la respiración decidió que ahora le tocaba a ella devolver el inolvidable rato que le habían hecho pasar. Se acordó de su queridísimo tito Diego, lo había echado de menos en su casa al despertar, pero incluso cuando no estaba la sabía hacer feliz, ya que gracias a su ausencia de esta mañana había recibido la visita de estos deliciosos miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad anacrónicos.
Por cierto, ¿Qué ocurría mientras en el quinto izquierda?
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