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Historia de un matrimonio morboso 3

Silvia siempre ha sido suya, pero esta noche ha decidido ser de otro. En la penumbra de un hotel, el marido se sienta a mirar mientras su esposa se convierte en la puta fija de un desconocido, descubriendo que su mayor placer no es tocarla, sino verla perderse en la lujuria de otro.

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HISTORIA DE UN MATRIMONIO MORBOSO 3

No voy a enrollarme más en comentar las dos otres veces más que hablamos con Diego por correo. La cuestión es que concretamos la cita para un sábado por la noche. Reservé en un apartahotel por horas del centro de Madrid. La idea es que Silvia y yo fuéramos a cenar, nos tomáramos un par de copas para entonarnos (más ella que yo), y después nos fuéramos al apartahotel. Ella se desnudaría y, con los ojos vendados, se pondría a jugar con sus juguetes (consoladores y satisfayer) en la cama, mientras yo bajaba a buscar a Diego en algún punto concreto en donde quedaríamos. El pasar los tres por la recepción del hotel nos parecía poco discreto, pero si subíamos un matrimonio, y después el marido bajaba a la calle un momento, y después, discretamente, volvía a entrar y detrás de él, como si fuera otro cliente del hotel, pasaba otro hombre y se dirigían los dos al ascensor, pues la cosa no cantaría tanto. Aunque teníamos claro que en esa clase de apartahoteles habrían visto cosas más bestias. Seguro.

Llegó la noche señalada, y como acabo de contar, después de cenar y un par de copas, mi mujer y yo nos fuimos a la habitación.

—Desnúdate.

Le dije nada más entrar.

Ella, sin decir nada, se quitó el vestido. Descubría que no llevaba bragas ni tanga y solo, como ropa interior, un sujetador. Debido al volumen de sus pechos, el ir sin sujetador, sin ser muy descarada y vulgar, en ella no era posible.

Habíamos dejado los juguetes encima de la cama, por la tarde, cuando nos registramos en el hotel para dejar la bolsa de viaje con cosas de aseo y ropa para el día siguiente.

—Cuando vengas con él, antes de entrar, llama a la puerta y espera un rato antes de abrir—me dijo mientras se abría de piernas, tumbada en la cama, y empezaba a tocarse con sus dedos.

No la pregunté el porqué, ya que me imaginé que era para concienciarse, del todo, que el momento había llegado.

—Ponte cachonda sola mientras voy a buscar al tío que te va a follar, puta.

—Bésame antes de irte, cariño. Bésame, por favor.

Me acerqué a la cama y le metí la lengua en la boca mientras con una mano le apretaba, levemente, un pecho. Ella rodeó mi cabeza con una de sus manos mientras con la otra no dejaba de tocarse.

—Te quiero—me dijo—. Esto sin ti no tiene sentido. Somos tú, yo, y un juguete de carne y hueso. Es solo eso, un juguete.

—Lo sé. Nunca permitiré que seas la mujer de otro. Nunca serás la puta de otro. Si dejo que lo seas un rato, o una noche, es porque es nuestra manera de entender el sexo. Te quiero y siempre te querré.

Los dos entendimos que ese era el último momento, hasta que Diego se fuera, en que podíamos ser románticos. Y no porque no lo sintiéramos mientras hacíamos el trio, sino porque, y creo que a Silvia le pasaba igual que a mí, el comportarnos así delante de él quizá nos daría pudor. Curioso: mostrarnos desnudos y dejar que otro se la follara no nos daba vergüenza, pero mostrar nuestros sentimientos de matrimonio; de padres; de familia…pues si nos daba.

La dejé gimiendo levemente mientras se tocaba y salí por la puerta de la habitación.

Diego me esperaba en una cafetería cercana al apartahotel. Entré. Estaba bebiendo una cerveza. Me dirigí hacia él.

—Hola, Manu.

Nos dimos la mano.

—¿Quieres tomar algo antes de que subamos?

—Un ron con cola, gracias.

—Veo que ya habéis empezado la juerga. Cubatas ya.

—Si no nos bebemos dos copas después de cenar, lo mismo nos acobardamos en el último momento. Hemos sido muy decididos hasta ahora, pero ya sabes que según se acerca el momento, más dudas entran

—Si tenéis dudas no hay problema. Me largo por donde he llegado y seguimos en contacto hasta que estéis decididos.

—Estamos decididos, de verdad. He dejado a Silvia desnuda, en la cama, tocándose. Cuando lleguemos lo mismo tiene un consolador metido en su coño.

Decidí usas ese vocabulario para envalentonarme. También para adoptar una posición algo dominante.

—Perfecto. Por supuesto, invito yo.

—Hombre, estaría bueno que no…jajajaja

Él se rio también. La verdad es que habíamos creado una buena sintonía de amiguismo entre los dos. Esa confianza que da el haberse confesado, entre dos personas, secretos íntimos. Y si lo que habíamos hablado por correo esas semanas, y lo que hablamos e hicimos el día que quedamos, no era algo íntimo, no me podía imaginar que podía ser. Diego podía haber sido amigo mío de toda la vida, ya que el feeling entre nosotros era sorprendente.

Nos dirigimos al hotel casi sin decir palabra. Entré primero yo y detrás de mí, a los pocos segundos, él. Le esperé en la puerta del ascensor y subimos juntos. Llegamos a la puerta de la habitación y llamé tal y como me dijo mi mujer. Espere unos segundos para abrir, y cuando me disponía a introducir la llave en la ranura, la puerta se abrió sola. Diego y yo nos sorprendimos. Al otro lado de la puerta, Silvia, desnuda, con sus pies descalzos en la moqueta del suelo, nos recibió. Sin importarle si podía pasar alguien por el pasillo del hotel y ver como una mujer desnuda recibía a dos hombres en su habitación.

—Hola—dijo en un tono de voz tenue.

Pasé yo primero sin decirle nada ante ese cambio de planes. Me cogió por el cuello con una mano y acercó mi boca a la suya, dándome un beso con lengua, ruidoso y con saliva (un beso muy cerdo lo llamaba ella). Pasé. Detrás de mi pasó Diego.

—Buenas. Encantado de conocerte—dijo cerrando la puerta detrás de sí—. Supongo que lo de tener un pañuelo puesto en los ojos ya no entra dentro de lo previsto ¿no?

Ella no contestó, y sin decir nada se acercó a él y le dio la misma clase de beso que me había dado a mí. Más largo. Pude ver sus lenguas chocando una contra otra. Su saliva mezclándose y provocando ese ruido característico que en situaciones normales puede dar un poco de asco pero que en un momento así lo único que provoca es morbo y excitación.

Dejo de besarlo, y sin decir nada le dio la espalda y se dirigió hacia la cama. Se tumbo en ella y comenzó a tocarse con un consolador, ignorándonos a los dos. Esperando a que hiciéramos con ella lo que quisiéramos. O, y seguro que ella al igual que yo, pensaba esto: esperando a que la usara Diego.

—Bueno—dijo Diego quitándose la chaqueta a la vez que con un pie se quitaba el zapato de otro—, creo, Manu, que puedes sentarte en esa silla de ahí y disfrutar del espectáculo. Hoy por fin vas a ser un cornudo.

Yo me senté y terminé de ver como él se desnudaba. Se subió a la cama y a gatas se dirigió hasta mi mujer. Volvió a besarla mientras con una mano acariciaba uno de sus pechos.

—Esta noche vas a ser mi puta—dijo en un tono firme y seguro.

Silvia seguía tocándose y gimiendo.

—¿Lo tienes claro?

Silvia no dijo nada.

—Dilo. Quiero oírtelo decir.

—Voy a ser tu puta esta noche—dijo entre gemidos mi mujer.

—Y si te comportas como a mí me gusta, vas a ser mi puta fija.

Ella gimió más fuerte. El, con sus dos manos, estaba trabajando sus tetas. Acariciaba; apretaba y pellizcaba. Y entre frase y frase se las chupaba y rozaba con sus dientes los pezones, mordiéndolos levemente.

—¿Vas a ser mi puta fija? ¿Quieres serlo?

—Sí…quiero.

—Dilo.

—Quiero ser tu puta fija.

Yo, en ese rato, me había desnudado. Pude admirar la polla de Diego: grande, gorda y venosa. Con un capullo gordo.

—¿Cómo quieres ver a tu mujer chupándome la polla, Manu? Elige tú.

—De rodillas en el suelo.

—Ya has oído al cornudo, puta.

El cabrón sabía cómo llevar la situación. Había utilizado mi nombre en una frase y a la siguiente había usado el “cornudo”. Sabía dar una de cal y otra de arena. Sabía cómo hacer sentir cómodo al marido que estaba viendo como su mujer iba a ser follada por un tío con la polla más grande.

Silvia se levantó de la cama y se puso de rodillas a medio metro de mi silla. Diego se puso de pie a su lado, la recogió el pelo haciéndola una colleta y usando su mano a modo de coletero.

—Quiero que cuando empieces a mamar mires a tu marido. Hazle sentir cornudo. Y después, cuando ya creas que se lo has hecho sentir, puedes cerrar los ojos y disfrutar de la mamada.

Mi mujer se acercó a la polla de Diego y se la introdujo en la boca. Seguramente ella había pensado, al igual que yo, que ese hombre tenía una polla considerable, pero creo que no fue plenamente consciente hasta que no se la introdujo en la boca y comprobó la diferencia entre la mía y la suya. Silvia empezó a mamar mirándome a los ojos. Diego acompañaba el movimiento de su cabeza sin soltarle el pelo. La saliva se la escapaba por la comisura de los labios. Él, en un movimiento algo brusco, se la introdujo más profundamente de lo que ella se la estaba introduciendo sola. Automáticamente ella dio una arcada y dejó de mamar. Yo no me levante. Diego no mostró mucha compasión. Los dos esperábamos su reacción.

—Joder—dijo Silvia respirando profundamente—, creo que me va a doler cuando me la metas. Es muy grande.

—Te va a doler. Y te va a gustar.

Silvia volvió a meterse la polla en la boca sin dejar de mirarme. Al minuto, o cosa así (comprenderéis que no pudiera ser muy exacto con el tiempo en esa situación), dejo de mirarme, cerro los ojos, y se concentró en lamer y mamar.

—Bien—dijo Diego—, ya piensas que tu marido es un cornudo. Vamos a la cama, puta.

Ella se levantó y se tumbó en la cama. El abrió sus piernas con las dos manos y hundió su cabeza en su entrepierna. La comenzó a comer el coño. Yo, que hasta ese momento no me había tocado la polla, comencé a acariciármela despacio. Silvia gemía.

—¿Te gusta? Cariño—dije, sin saber porque ya que el que la estaba gustando era evidente.

Ella no contestó. Solo abrió los ojos; me miró con ellos entrecerrados; volvió a cerrarlos y dirigió sus dos manos a la cabeza de Diego, para meter sus dedos entre sus cabellos mientras el seguía trabajando con su lengua.

Diego paró, se levantó y fue hasta su chaqueta, y sacó de ella una caja de condones. Sacó uno y lo abrió. Mi mujer, abierta de piernas. Espatarrada, aunque suene más vulgar, le esperaba. El, de rodillas en medio de ella, con ese pedazo de polla erecta, se dispuso a ponerse el condón. Decidí, en ese momento, tomar una decisión arriesgada y ser un poco el que tomara alguna decisión.

—A mi puta le gusta follar a pelo. Tú decides, claro, pero si quieres, ya sabes.

Diego me miró y sonrió. Después la miró a ella. Silvia, con los ojos abiertos, moviendo sus caderas levemente y mirando fijamente a los ojos de él, ni siquiera se inmutó o me miró a mí.

—¿Es lo que quieres? —le dijo Diego a ella.

Ella no dijo nada.

—Contesta—ordenó.

—Soy tu puta—dijo ella por fin—. Haz lo que quieras conmigo.

Diego tiró el condón al suelo. Se inclinó llevando su polla, sujetándosela con la mano, hasta la entrada el coño de Silvia. Restregó el capullo a lo largo de la raja. Ella soltó suspiros.

—Manu, ven. Haz de cornudo y sujétame tú la polla en la entrada del coño de esta puta.

Yo, hipnotizado, así lo hice. Cogí su miembro y con mi mano lo restregué, de arriba abajo, por todo el coño de mi mujer.

—Eres una puta que vas a dejar que otro tío te folle a pelo—dije mientras hacía esto.

—Lo soy—contesto ella entre gemidos.

Paré de restregarle la polla por el coño y dirigí está a la entrada de su agujero. Diego empezó a introducirla dentro de ella.

—Ahhhhhhh...—salió de la boca de Silvia.

Me retiré de nuevo a mi asiento.

Diego hundió su polla entera.

—Te voy a follar, puta. Vas a acordarte de mí polla cada vez que folles con el cornudo de tu marido.

Y comenzó a follarla. Al principio, sino despacio, si a un ritmo pausado pero constante. Silvia, con la boca entreabierta, con las manos extendidas hacia arriba, debajo de la almohada, y con sus piernas muy abiertas, gemía fuertemente. Diego empezó a comerle una teta.

—Joder, que tetas tienes, puta. Me encantan.

Las tetas de mi mujer, un 100 como ya os dije, le volvieron loco. A mí también solía pasarme. Al decir esto empezó a acelerar el ritmo, y los gemidos de Silvia empezaron a producirse al ritmo de las embestidas. Ya no se podían llamar gemidos; eran gritos de placer.

—Abre los ojos y mírame, puta.

Silvia obedeció.

—Bésame.

Silvia le empezó a comer la boca. El empezó a embestir fuertemente. Los gritos y gemidos de placer de Silvia se ahogaban en la boca de Diego, ya que este no permitía que sus labios se despegaran de los de él. Que sus lenguas dejaran de estar entrelazadas.

Yo, sin apartar la vista, estaba pajeándome lentamente. No quería forzar el ritmo, ya que si lo hacía me correría al instante.

—Vas a ser mi puta fija ¿verdad? —preguntó él dejando de besarla.

—Sí….

—¿Tienes algo que decirle a tu marido?

—Manu, me siento llena. Su polla es muy gorda.

—¿Cómo le has llamado? Dile lo que a él le gusta, puta.

—Cornudo, Diego me llena con su polla. Mucho.

Yo aceleré el ritmo de mi masturbación.

—Repítelo. Dile al cornudo lo que vas a ser mío a partir de ahora.

—Voy a ser su puta—dijo gimiendo y gritando a la vez que me miraba.

—Dirígete a él como ya sabes.

—¡Cornudo! ¡Voy a ser la puta fija de Diego! Va a poder hacer conmigo lo que quiera.

Me corrí con un gran gemido. Un buen par de chorros de lefa salieron disparados. Ni Silvia ni Diego dijeron nada. Ella volvió a comerle la boca, y le rodeaba el cuerpo con sus manos, mientras él la follaba de manera más rápida y fuerte.

Ese fue un punto crucial para el momento y la situación. Siempre me planteé si después de correrme el morbo de seguir viendo a mi mujer follada por otro seguiría patente. Me levanté y me dirigí al baño a limpiarme. Desde el aseo podía oír los gritos de placer de Silvia. Me miré al espejo y traté de reconocerme. Con algo de miedo, ya que lo mismo, al devolverme el espejo la imagen, podía sentir lástima de mí mismo y pasar una muy mala experiencia lo que quedaba de tiempo. Para sorpresa mía, si me reconocí. No me sentía mal. Me sentía bien.

Cuando salí del baño y volví a la silla, vi a mi mujer a cuatro patas, con la cabeza hundida en la almohada. Diego, con su polla mojada por los jugos de mi mujer, se disponía a follarla en esa posición.

—Menuda corrida te has echado, Manu—dijo en trono de colegas, sujetándose la polla y mirándome.

Usó mi nombre otra vez. Eso creo un estado de seguridad mucho más completo en mi persona.

—Siéntate de nuevo y sigue disfrutando, que me voy a follar a tu puta a cuatro patas para ponerla mucho más cerda de lo que está ahora, y quiero que se te ponga dura otra vez.

Se la metió de golpe y un grito de placer y dolor, ahogado por la almohada, salió de Silvia.

—Y no te corras esta vez, cornudo. Que esta puta necesita dos pollas a la vez: una en el culo y otra en el coño. Y quiero que te folles primero tú el culo para dejármelo preparado. Si se la meto yo primero, lo mismo se lo rompo.

Lo dijo sin dejar de follarse a Silvia, la cual ya estaba desbocada del todo y solo emitía ruidos de placer. Gemidos, gritos, no sé cómo describir los sonidos que emitía mi esposa.

Se me acababa de poner dura otra vez.

(continuara…)

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