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Todas Puteamos. Capítulo VII. Todos somos infieles

Él sabía que mentía, pero en lugar de irse, decidió que si ella era una puta, él sería el rey de las putas. La verdad no los salvó; los condenó a un amor hecho de mentiras compartidas y sexo desesperado.

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(Para disfrutar mejor de este relato, les recomiendo leer los anteriores:)

Todas Puteamos. Capítulo I. Mi Padre www.todorelatos.com/relato/186060/

Todas Puteamos. Capítulo II. Capítulo II Mi novio del pueblo. www.todorelatos.com/relato/186202/

Todas Puteamos. Capítulo III. Mi novio de la ciudad. www.todorelatos.com/relato/186243/

Todas Puteamos. Capítulo IV. Mi primer Cliente. www.todorelatos.com/relato/186280/

Todas Puteamos Capítulo V. Mi primer jefe. https://todorelatos.com/relato/186321/

Todas Puteamos Capítulo VI. Mi terapeuta. https://todorelatos.com/relato/186353/

Capítulo VII Todos somos infieles.

Cuando Francisco le dio a Jorge que yo era una excelente puta, Jorge vino a mi desencajado a preguntarme qué demonios estaba sucediendo. Este episodio inició en mi vida un periodo de terrible turbación, pero de extraordinario sexo con Jorge. Los hombres son competitivos, y si tu hombre escucha que te cogieron, y cómo lo hicieron, de viva voz, te cogerá cada vez mejor. Es una pena que las mentes de las putas y de los putañeros estén tan torcidas. Pero así es.

Jorge tuvo sus sospechas desde la primera vez que me fui con Francisco. Siempre le dije que no había ido a ningún lado, pero lamentablemente su habilidad para preguntar y tomarme por sorpresa era inaudita. Caí en una infinidad de contradicciones, y la culpa me comía. Lo acepté, pero dije que solo una vez, y luego la minimicé. Reduje el episodio a un beso forzado, y lo aumenté a una violación. Estaba enloqueciendo. Pasaban las semanas, y si me volvía a tocar el tema, le negaba todo, o le cambiaba toda versión anterior. Yo estaba jugando demasiado con mi mente. Actuaba. Actuaba como actriz. Me metía en mi papel, creo que a veces demasiado. Todo con tal que me creyera. Nunca supe cómo se enteró Jorge de lo que tenía con Francisco. Pero de que lo sabía, lo sabía. Y debo decir que desde el día que volví, jamás nunca me bajó de puta.

-Sé que anduviste de puta con Francisco, o andas- me dijo un día después de hacer el amor. Me desconcertó por completo.

-Me debes una explicación Eli. Entiendo que hayas sido infiel, pero no que lo sigas siendo.

-Las infidelidades se terminan solo cuando se termina la última mentira- me dijo con ese tono serio que tenía para hablar de cosas realmente importantes.

-Entiendo que ya pasó-, continuó -Valdría más que me cuentes qué pasó y cómo pasó, para que nos entendamos y nos perdonemos.

-¿Qué te tengo que perdonar?- le pregunté, ignorando las largas venidas de Mario en mi boca, mi culo estirado al máximo por Francisco, y la retorcida historia de novia con mi novio del pueblo.

Jorge solo se rió, y me dijo que estaba loca, que me faltaba un tornillo, y que, o lo encontraba, o me resignara a vivir como loca el resto de mi vida. No lo entendí, o no lo quise entender. Hoy sé que de todos sus consejos, ese era el mejor, y solo hoy sé, que efectivamente, viví mi vida como loca, y que si bien abrí muchos caminos, y caminé por ellos, me cerré muchos más, y ni los caminé, ni los caminaré nunca. Solo después me enteré de que Francisco había sido tan canalla, que le había contado absolutamente todo a Jorge.

El sexo era fantástico con Jorge desde la primera vez que cogimos, pero después de que iniciaron los problemas se hizo el doble de fantástico. Me quería para el. Yo me sentía en la gloria. Su aguante era memorable, pero mejoró en el desempeño amatorio, dándome el cariño y los mimos que me había negado antes, pero ya nunca en la calle, ahora solo en la cama.

Sus preliminares pasaron de cinco o seis minutos a veinte, los orgasmos que me daba por cogida, de tres o cuatro a ocho o nueve. Si bien Francisco me cogía con la máxima intensidad, el amor que me daba disminuía. Casi dejamos de salir, las comidas en restaurantes y las vistas a bares se habían vuelto algo esporádico. Ni que decir de viajar juntos. Mi relación con el amor de mi vida se deterioraba a pasos agigantados, y yo no lograba sostenerla. En la cama y en la vida le daba todo de mi y más. Y él hacía lo mismo, pero yo había interpuesto una barrera entre nosotros, y mientras hacía todo lo posible por ganarme su amor y su confianza, no podía dejar de mentirle y de inventarle historias.

Me fui volviendo adicta al sexo con él. Si por alguna razón no lo veía, mi vagina comenzaba a dolerme, a extrañarlo, a exigirme sus cogidas. Sé que la adicción era al sexo con él, porque aunque viera a Virgilio y me lo cogiera, o Francisco con su ancha verga estirándome al máximo el culo, o que tuviera una dulce sesión de mamadas con Mario, siempre terminaba y deseaba que Jorge me cogiera. Y en mi enfermedad, lo llegué a hacer. Me lo cogí aún después de haber estado con alguno de mis amantes. Me quedaba algún decoro. Si Francisco había usado mi culo, se lo negaba a Jorge. Si me había bebido una descarga de semen, le daba pequeños poquitos en los labios. Me quedaba algún decoro... O me gustaba creer eso para no sentirme además de puta, una cerda.

Jorge me interrogaba. Vivía en una constante sospecha de mí y tenía razón. Pero nunca se la di. Pasaba de una historia a otra, daba vueltas en las anteriores, regresaba entre versiones. Pero nunca le dije la verdad.

Después de alguna larga discusión, y del sexo de reconciliación, que en aquella ocasión fue para recordar, me pidió matrimonio. Me dijo que arregláramos nuestros problemas. Que una disculpa bastaba. Aceptar mis faltas, pedir una disculpa y hacer el compromiso de dejarme de tonterías. ¡Que barata era mi felicidad! Pero que costosa me parecía en ese momento. No hay día que no recuerde esa propuesta. Jorge me amaba de verdad. Y yo lo amaba a Él. Eso se da pocas veces en la vida y entre pocas personas. Pero mi ego, mi necedad, pero sobre todo mi alma de puta me impedían ser honesta y abrazar su propuesta. Le eché el cuento de que toda la verdad estaba dicha, y me retiró su propuesta. Fue la primera vez que lo vi llorar.

Pienso que había herido el ego de mi hombre tan hondo, que no podía recuperarse. Él no quería ser el dueño de mi cuerpo o de mi alma, esos ya los tenía. También quería ser dueño de mi verdad, y los hombres como él, que logran todo lo que desean, no podía soportar no alcanzarlo. Pasaba el tiempo y el pobre Jorge me pedía una y otra vez explicaciones de mi vida. Explicaciones que nunca di, porque las putas no las damos. Se le ennegrecía el alma. Y a mi también.

Puedo recordar en especial un día. Y ustedes me entenderán. Yo me entendí cuando lo escribía.

Llevábamos varios días sin pelear. Me sentía bien. Sentía que me recuperaba. Sentía que lo recuperaba. Teníamos un par de citas en la capital del país, y llegábamos, relativamente en poco tiempo allá. Decidimos irnos en auto. Jorge comenzó a meterme mano en el camino. Primero se mantuvo tocando mi clítoris hasta hacerme venir, mientras yo me abrazaba a su hombro y lo mordía, en la llegada de mi primer orgasmo del día. Llegamos a nuestro destino media hora antes de la cita con su cliente. Me hizo un gesto afuera del baño del restaurante donde era la cita, y unos segundos después estaba siendo cogida por él en el baño. Ese día tuvo una delicada atención conmigo, me llenó de leche la vagina, cosa que yo valoraba enormemente. Sentir allí su semen desataba siempre un orgasmo fuerte, pero además, me dejaba caliente todo el día.

Atendimos la primera cita. Terminando, me llevó a caminar a un barrio antiguo, donde tenía planeado meterme a un museo famoso, casa de unos pintores que fueron un tesoro nacional. Al frente de cada pintura me acercó su verga erecta en medio de las nalgas, con un caluroso abrazo. Me estaba poniendo mal. Nos reíamos. Tonteábamos, pero al primer descuido, me metía mano, para ver qué tan mojada estaba, y llevarse los dedos a la nariz y a la boca. Y eso me ponía aún más mal. Me hizo rogarle que me metiera al baño, y me metió. Me quitó la ropa interior y subiendo mi zapatilla a su hombro comenzó a comerme con verdadera hambre. Ni qué explicar. Tres movidas y un mi vida, como decía él, y comencé a vaciarme en su boca. Hábilmente se bebía mi flujo, mientras me acariciaba el culo, las piernas, los muslos y las nalgas, en cosa de segundos las piernas me fallaban, y yo no podía hacer ruido, no en un museo, no con niños y niñas a unos metros. Me tapé la boca, pero Jorge seguía comiéndome y sus manos seguían recorriéndome. La respiración se me iba pero por alguna razón, ya no alcanzaba a jalar aire, de pronto el mundo me dio vueltas.

Si. Me desmayé. Una se puede desfallecer de placer. Cuando abrí los ojos Jorge me atendía, tendida en el piso, con un policía a un costado y varios curiosos. Su cara de bobo me estaba desencajando. Tenía vergüenza, molestia, pena y emputamiento. Pero su sonrisa pudo más, y me reí con él. -Se desmayó por el calor- dijo. -Pero ya está poniéndose mejor. Muchas gracias oficial-

Salimos a la calle mientras Jorge se destornillaba de risa. Me pellizcó las nalgas aún en el camino. Tuvimos nuestra última reunión. Fue un éxito. Bebimos un poco y en cuanto comenzó la carretera, Jorge regresó a tocarme, ahora el culo. Me hizo subir ambas piernas al tablero del coche, y fue metiendo uno y luego dos dedos en mi culo, que quería succionarlos y que me metiera la mano entera. Me hizo temblar una vez más, y decirle -te amo- cada vez que sentía que el orgasmo llegaba.

Arribamos a nuestra ciudad, yo estrenaba mi primer departamento. Todo fue llegar y que comenzara una de esas cogidas interminables. ¡Demonios! Estaba en el cielo. Cuando me rendí, y mi cuerpo se rindió ante Jorge, se dedicó a mimarme. Cuando me recuperé, colocó sus piernas en mis costados, y comenzó a meneársela.

Lo recuerdo por muchas cosas. Miraba como se acariciaba la verga y se volvía a antojar, quería volverla a mamar, quería volver a tenerla en la vagina, quería que me perforara el culo, la quería en medio de mis nalgas, en medio de mis tetas, ¡la quería! Pero Jorge solo se la meneaba a escasos centímetros de mi cara. Lo que pasó después debo contarlo despacio.

Comencé a sentir físicamente mi amor por él en ese instante. Me dirán cursi, o hasta ridícula. Pero sentí una tibieza en mi corazón, lo amaba, y me llené de sensaciones hermosas y dulces. No me estaba tocando. No estaba excitada. Pero de la nada comenzaron a llegarme espasmos en la vagina y en el culo. Sentí que me ardían las tetas por dentro. Sentí un hormigueo en la boca y en la nuca, y así, sin estimulación, sin un toque mío o suyo, comenzó a llegarme un orgasmo. En mi mente, ese orgasmo se llama “orgasmo de amor” Gemía y vibraba todo dentro de mi. Mi propio gemido acercaba más el orgasmo, violento, fuerte, mojado. Me venía y lo disfrutaba. Abría los ojos y miraba a mi Jorge meneándosela, cuando el primer disparo de semen cayó en mi cara.

Si entendiste todo hasta este momento, entenderás que con el contacto del semen de Jorge en mi cara y en mis labios, en mi boca abierta y en mi lengua salida al máximo, comenzó a llegarme un segundo orgasmo en seco, que me sonreía y me perdía de amor y de deseo. Ese día Jorge me volvió loca.

Amanecimos abrazados. Ni bien desperté bajé a mamarle la verga a mi hombre. Ese día no se controló, o no se pudo controlar. También yo podía hacerlo venir en segundos. Ni bien la tuvo levantada por completo, comencé a subir y bajar al ritmo que yo sabía que lo volvía loco. Me bebí su semen con hambre, con deseo, con ganas. Pero sobre todo con amor.

-¿Y si un día me curara de ti?- Me pregunto Jorge.

-Yo no soy una enfermedad le contesté con el corazón hecho nudo-

Y me di cuenta que necesitaba como nunca antes resolver mis problemas y terminar la terapia. Quería sanar, y sanarlo.

Yo trataba ya de alejarme de Francisco, de Mario y había dejado de ver a Virgilio. La terapia parecía funcionar, y me imaginé esos días que podía recomponer mi vida, pero no fue así. Me faltaba conocer el otro lado de la moneda, porque Jorge me pagó mi putería con la misma moneda. Pero en muchas más exhibiciones.

¿Qué tan rota debe estar una relación, para que mire mi vida en retrospectiva y los mejores años hayan sido los de las tantas amantes de Jorge? ¿Qué tan rota debía estar yo, para sentirlo así?

-¿Y si un día me curara de ti?- esa pregunta me hacía sentir al mismo tiempo enferma, y la enfermedad que apagaba a mi Jorge.

Así de rota estaba yo. Así de rotos estábamos. Así de claro puede entenderse que nos rompimos la vida, el alma, el futuro y la madre.

¿Se quería curar de mi? ¿Era yo una enfermedad? Y entonces, ¿Para que me enamoraba cada minuto un poco más? ¿Era venganza? ¿Era ego? Todas las preguntas se agolpaban en mi cabeza y todas las sensaciones en mi corazón. La cama se enfriaba, como el corazón. La terapia había tenido sus frutos, a lo largo de unas semanas mis tres amantes se habían ido de mi vida, y para siempre.

Tal vez si estaba enfermo de mi. Lo nuestro era necesidad. Era vicio. Era adicción. Era cosa de que entrara él a mi casa para que todo fuera sexo las siguientes dos o tres horas. Quisiera decir que teníamos una rutina. Pero no puedo. Jorge era la persona más creativa del bendito mundo en esos momentos.

Tengo en la mente una tarde de muchas. Llegó y no bien había entrado por la puerta, ya estábamos fundidos en un beso de amor y de lujuria. Me hacía abrir la boca al máximo, le gustaba pasarme la lengua por todos los rincones de la boca, acelerar el beso, excitarme con él, para luego regresar al beso de amor, y luego darme un pico, y volver a empezar a subir la intensidad, y con cada ciclo del beso, me despojaba de alguna prenda.

Para cuando Jorge llegaba a besarme las tetas, mi sexo ya era un charco, y yo lo amaba por eso. Y también lo odiaba. ¿Cómo podía ponerme así con solo besarme? Este día que recuerdo, bastó con comerme las tetas para tener mi primer orgasmo de pezón. Mis orgasmos lo animaban a repetir el mismo movimiento, y este día que recuerdo, regresó después de mi primer venida a atacar mis tetas. -Súbete a mi cara- me dijo después de hacerme venir por segunda vez, y lo obedecí sin chistar ni con la mirada. Necesitaba que me comiera para sentirme amada.

Jorge acompañaba el comerme la vagina con un delicioso masaje en mi ano. Comenzaba siempre con un beso negro, y ese día no fue la excepción, Él se quedaba quieto, mientras yo me movía encima de él pasando alternadamente mi ano, el perineo y la vagina, una y otra vez mientras sentía las travesuras de su lengua.

Para cuando me penetraba por vagina, solo hacían falta dos o tres minutos para explotar deliciosamente, viciosamente. La tarde que recuerdo la recuerdo porque mientras iba entrando su verga en mi, mis contracciones comenzaron, y para cuando su glande rozaba el cervix, comencé un violento orgasmo. Jorge inició ese día un delicioso vaivén que no se terminó hasta que de nuevo perdí el conocimiento. Si. El cabrón había aprendido a desmayarme de placer. Me recuperé cuando sentí sus mimos. Me faltaba el aire y me dolía la cabeza. Él seguía con la verga tiesa y riéndose de mi desmayo. En su sonrisa yo revivía, y tanto lo amaba, que cuando vi lo suyo levantado, le pregunté ¿Dónde quieres terminar amor? Él se desconcertó un poco. Pero en cuanto vio mi sonrisa, me levantó las nalgas y comenzó a comerme el culo. Ese día le pedí que solo me diera un orgasmo más. Y se vino, junto conmigo, en lo más profundo de mis tripas.

Se levantó en unos minutos. ¿Cine? ¿Cena? ¿Un trago? Así era la vida con él. Coger, disfrutar de la vida, y regresar a coger. Fuimos a cenar, me sentí mejor, pero ese día le hice una deliciosa mamada en la carretera, a 150 km/h. Tenía miedo de que volviera a desmayarme. Hubo días, como ese, que tanto amor y tanto deseo me espantaban.

Para cuando estaba viviendo mis desmayos, yo ya había dejado de putear. Pero eso Jorge no lo sabía. Para él yo seguía en la misma vida que no aceptaba. Me había tendido a mi misma la trampa perfecta. No podía decirle que había dejado de putear, porque era incapaz de decirle lo puta que fui. Jorge no tenía un solo pelo de tonto. Casi todo lo que había pasado, lo sabía, su intuición era poderosa, y su lógica aún más. Jorge pudo convertirse en uno de los mejores penalistas del país. No lo hizo. Primero tomó el camino del derecho corporativo. “Ningún empresario va a levantarte y a matarte si pierdes un juicio. Cualquier delincuente lo haría” y en ese mundo nos conocimos. Pero poco a poco lo sedujo la vida académica “Es un mundo de gente que piensa” me dijo alguna vez. “Soy feliz enseñando” el caso es que terminó trabajando de tiempo completo en la Universidad. Tenía un nombre, era conocido, y trabajaba ya en su tercer libro.

Mientras mejor era la cama mis celos crecían. Me puse atenta, y comencé a ver en los detalles cotidianos un millón de alertas. Lo seguía. Le dejé un teléfono en el coche para saber a dónde iba y venía. Y finalmente, en mi locura, contraté a un hacker que atendía al despacho para obtener una copia de su teléfono. Me faltaba conocer el otro lado de la moneda, porque Jorge me pagó mi putería con la misma moneda. Pero en muchas más exhibiciones.

Alumnas. Sobre todo eran sus alumnas. No una. No dos. No tres. Se contaban por putas docenas las mocosas con las que coqueteaba. Comenzaban siempre enviándole un “Hola, me gustó mucho tu clase” y terminaban enviándole fotos de sus nalgas y de sus tetas. A algunas se las cogía. A muchas no, pero a todas les daba entrada y con todas jugaba.

Esas cogidas interminables que me daba no eran solo mías. ¡No eran solo mías! Eran de todas, de todas las que estuvieran lo suficientemente buenas y lo trataran como a él le gustaba. Y no era lo único.

Maestras. Las putas maestras que dirigía. Era la misma mierda que con las chiquillas. Mensajes, tonteos, coqueteos, y sexo. Mucho puto sexo. La mayoría de las que eran, por lo menos un poco guapas, habían desfilado por la leonera, en los días y los horarios que el muy cabrón estaba seguro de que no lo visitaría. Todas le chuleaban la verga en los mensajes del día siguiente de coger. Todas pedían más. Y yo ya no sabía si se las había cogido o no, porque los mensajes terminaban en un “Nos vemos en la universidad” o en un “Te llamo más tarde”

Pero no era lo único. El muy hijo de de puta le seguía dando sus cogidas interminables a su ex mujer y a su ex novia, y a otras putas más en los últimos dos años, de tres que llevábamos saliendo. El muy hijo de puta...

Era verdad. Me costaba verlo, pero lo hacía. No eran los últimos dos años. Había una fecha precisa donde empezó todo. Fue desde que me fui con Francisco. Al día siguiente su actitud había cambiado con cada mensaje que le llegaba. Jorge era un ser tremendamente vengativo. Como nadie que hubiera conocido. Y si ver con cuantas putas se había metido me dio una puñalada en el hígado y el estómago, el leer como se refería a mi como la mejor puta con la que había estado, me destrozó el corazón.

-La amo con todo mi ser, pero es una lástima que esté tan enferma de la mente-

-Ella no puede cambiar, está jodida. Pienso que se la chingaban de chiquilla y ya no se recuperó-

-Jorge entendía mi mente, incluso mejor que yo misma. Intuía que alguien me había roto, el himen, el culo y la mente siendo yo muy niña, y por las charlas con su puta la terapeuta, todas sus sospechas terminaban en mi padre. Si. El hijo de la chingada, además hablaba de mi con una terapeuta, a la que además se cogía.

Jorge, No solo tenía secretos inmensos, además sabía todos los míos. Esa tarde leí y releí sus conversaciones con todas sus putas. Lloré como nunca. Mi Jorge. Mi amor. Mi vida. Mis secretos. Sus putas.

Nada en la vida me preparó para enfrentarlo. Ni en lo más recóndito de mi mente podía imaginarme lo que me diría.

Llegué a verlo al día siguiente como si nada pasara. Saqué un centenar de impresiones. Quiero que me expliques esto: y le puse al frente las conversaciones, las fotografías. Le puse al frente mi dolor y mi pena, mi decepción y mi tristeza. Mi rabia, contenida hasta ese momento.

Jorge ni se inmutó. Me miró a los ojos y me preguntó con su voz más firme: ¿Qué quieres con esto Eli? Si quieres irte, vete. No tenemos nada que discutir. Si quieres quedarte, quédate. Y tampoco tendríamos nada que discutir. Pero no creo que seas tan audaz como para pedir explicaciones; Tú nunca las has dado.

Como de costumbre el señor chingón tenía razón. Me había dejado completamente desarmada en veinte segundos. Rabié. Chillé. Me arranqué los cabellos, y comencé a llorar como una niña, las lágrimas que no lloré en los muchos años que tuve para rumiar mis experiencias. Lloré por lo puta que fui con mi padre. Por lo puta que fui con Francisco. Por lo puta que fui con Virgilio, lloré por las mamadas que le hice a Mario, y también por las que me hizo. Lloré por cogerme al terapeuta y lloré por las decenas de mensajes que yo sabía que tenía, donde le daba entrada a todos los hombres de los que necesitaba un favor.

¿Crees que eres la única puta que se traga el semen y se lo saboreas con gula? ¿Crees que eres la única mujer que tiene educado el culo para amar una buena verga? ¿Crees que eres única Eli? ¿De verdad te has hecho creer eso? Sus preguntas me destrozaban, pero me destrozaban más las respuestas, porque en la mezcla que vivía de ego, inmadurez y estupidez, si, me lo había creído.

Me reí de mi. Me reí de mi y de mi corta mente. Me reí de mi y de mi poco entendimiento del mundo. Me reí. Y por primera vez en horas de discutir, Jorge se rió conmigo y comenzó a bajar la tensión. -Estás bien pendeja- me dijo riéndose, con esa sonrisa completa que tanto me gustaba. Me reí con él, le di la razón y clavé mi cabeza en su pecho.

Yo necesitaba seguir con él, como se necesita el aire para vivir. Así lo amaba. Así lo odiaba.

Sin decir nada, estaba aceptando una relación de infieles. No podía exigir. No podía pedir lo que yo no había dado.

Pero apenas comenzábamos a destrozarnos.