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Dominaciónmay 2022

Degradación II

Él le ordena ser sincera, y ella no puede mentirle a su propio deseo. Cada beso es una rendición, cada orden una prueba que ella acepta con vergüenza y excitación. Pero cuando el juego termina, ¿quién queda con el poder?

elena4416K vistas9.1· 21 votos

Puntualmente, como le había ordenado, a las cinco de la tarde llamaba al timbre de su casa. La recibió vestido, si de aquello se podía llamar vestido, con un albornoz blanco, cerrado solo por un cinturón de ropa. Sus escasos cabellos delataban una ducha reciente.

- Hola, Don Leandro.

- Hola, ya ves, me acabo de duchar, para no darte tanto asco.

- No me da asco Don Leandro.

- Entonces ¿Por qué no me besas?

Acercó sus labios a los de él, esta vez ya con la boca entreabierta, quería demostrarle que no sentía asco por sus obscenos besos.

Mientras con una mano sujetaba su cabeza con la otra desabrocho su cinturón. Cuando sus bocas se separaron mostraba su cuerpo, solo cubierto por unos grandes calzoncillos. Mostrando su vellosa y enorme barriga, sus tetillas de obeso.

- Ya he quedado con tu esposo para mañana, Le daré un buen trabajo, ya ves que cuido del bienestar de mis amigas.

Cogió una de sus pequeñas manos para llevarla a su cuerpo. a su barriga.

- Gracias, Don Leandro. - Dijo acariciando aquella panza.

- Bésala. Demuéstrame lo que deseas, Seguro que has estado pensando mucho conmigo.

Silenciosa, sus labios empezaron a recorrer su cuerpo, tan distinto del de su esposo. Su lengua lamiendo, sintiendo sus pelos. Encontrarse, verse, de tal guisa convirtió su asco en excitación.

Aquella mano, grande y fuerte llevó su cabeza hasta sus tetillas.

- Bésalas. chúpalas, muéstrame cuánto te gustan. Las tengo casi tan sensibles como tú.

- Lo haces muy bien, cariño. ¿Te gusta? ¿Verdad?

- Si. Sí Don Leandro.

- ¿Le vas a contar a tu maridito lo cachonda que te pone lamer, besar, chupar mi cuerpo?

- Por favor, Don Leandro…

- ¿Qué pasa viciosilla? Él sabe que esta tarde estás aquí, conmigo. No pensará que estamos jugando al parchís. ¿Verdad?

- Ven. Vamos al salón.

- Te has estado tocando más de una vez pensando en lo que sería estar con un macho. Uno de verdad A que sí

- ¿No somos amigos?

- Si Don Leandro.

- Entonces contesta cuando pregunto ¡Joder!

- Sí…si…

- Si ¿Qué?

- ¿ Por qué me avergüenza? Me he estado tocando. Me he estado tocando mucho pensando en ello.

- Quiero que siempre seas sincera conmigo. Ahora date la vuelta. Quiero ver tus nalgas.

Las tocaba como si de una res se tratara, comprobando su tersura. Notó un dedo buscando su ano, penetrando en él. Su cuerpo se contrajo.

- Vaya, ni siquiera has sido enculada. Un día tendremos que solucionar esto, las primeras veces te dolerá, pero después te viciaras a ello. Siempre recordarás al primer macho que te abrió.

Ahora vayamos a mi habitación. Ven.

De nuevo la cogió de la mano.

- Es la puerta del fondo. Pasa delante mío, quiero ver cómo te mueves.

Sabía que estaba mirando sus nalgas desnudas. Intentó conservar la serenidad, caminar como se suponía que debía hacerlo.

Al entrar en la habitación Don Leandro dejó caer el albornoz al suelo.

- Quítame los calzoncillos. Arrodíllate y quítalos. Mira cómo me has puesto. Chúpame los huevos. Esto seguro que tampoco lo has hecho nunca.

Su polla en la mejilla mientras los lamía, los chupaba. Quería aquella polla y haría lo que le pidiese para sentirla dentro. Sus sentimientos cada vez más confusos, más entremezclados: pasaban del asco a la inseguridad y de esta a la excitación.

- ¡Levántate! -Aquello sonaba a una orden.

Vió como su inmenso cuerpo se tumbaba en la cama, boca arriba.

- ¡Móntame! Clávate mi polla hasta el fondo. Sí, así ¡Muévete! Así, déjate ir.

Déjate ir zorra. Siempre has sido una zorra, una zorra reprimida.

Aquellas palabras no hacían sino borrar todos sus ascos. Estaba excitada como nunca lo había estado.

Entreabrió su boca mientras ella misma sobaba sus senos. Las manos de él apretando sus nalgas. Las respiraciones de los dos se hacían cada vez más profundas. Gemía, completamente entregada. Ida,

- Te gustaría tener una polla llenando tu boca, ahora. ¿Verdad viciosa?

- ¡SI! ¡SI!

Se corrieron al unísono. Ella se tendió derrotada sobre su cuerpo, sobre su panza.

La apartó de un manotazo.

- Joder, tia me vas a destrozar la polla. Venga, ve a buscar tu ropa y lárgate. Ya te llamaré cuando quiera algo más de ti.

Aquella reacción la dejó fuera de lugar, cuando salió de la habitación sentía ganas de llorar.