Xtories

La nueva vecina

Silvia se queja del escándalo, pero Jose solo ve libertad en la piel desnuda de la nueva vecina. Cuando el juego de miradas se vuelve contacto, la pista de pádel se convierte en el escenario de una tentación que podría destruir su matrimonio.

kittysumise7948K vistas9.3· 45 votos

—Tendrías que ir a decirle algo… —suspiró mi mujer pegada al visillo de la ventana.

—¿Yo? Ni muerto —respondí sin apartar la vista del periódico.

Silvia y yo llevábamos diez años veraneando en el mismo complejo residencial. Una zona tranquila en el litoral mediterráneo, perteneciente a un pueblo de diez mil habitantes, nos lo vendieron como un complejo ideal para familias. Unas preciosas casitas adosadas blancas, simétricas, ubicadas alrededor de una piscina de uso compartido. Cada una con un trocito de parcela para hacer barbacoas o que jugaran los críos.

También disponía de una pista multideporte, una pista de tenis y hará un par de años una de pádel. Puede que mi afición y que por aquel entonces fuera el presidente de la comunidad, ayudaran en la toma de decisiones.

La piscina no es que se usara demasiado, al tratarse de un pueblo costero los vecinos preferían alejarse por el sendero e ir a la playa. Total eran quinientos metros y al estar en un lugar de difícil acceso, pocos eran los curiosos que venían.

—Pero es que está en tetas! Y lo que lleva abajo apenas le cubre nada. ¡Esto no es una zona nudista! —protestó Silvia incómoda. Asomé la nariz por encima del periódico. Quién la había visto y quién la ve.

Cuando nos conocimos en la universidad mi mujer era la reina de la fiesta. Ahora se había aburguesado bastante, y por qué no reconocerlo, nuestra vida sexual se limitaba a una vez cada tanto.

—Andrea, solo son un par de tetas —resumí—, tú también tienes dos.

—Sí, pero las suyas son demasiado llamativas, demasiado grandes y perfectas. —No me perdí la mirada comparativa que iba de la ventana a su escote.

Mi mujer nunca había tenido un pecho espectacular, pero a mí me bastaban, cuando me dejaba jugar con ellas, ahora decía que las tenía demasiado caídas y la vez que me dejaba intimar no se quitaba el sujetador por vergüenza. No era muy partidario de las operaciones estéticas, a mí ya me servían, pero si me lo hubiera pedido habría accedido solo porque me dejara acariciarlas. Dar de mamar a nuestros hijos le había pasado factura y si ya de por sí las tenía pequeñas, ahora se le habían vaciado, ella solía decir que le habían quedado dos pellejos.

Yo intenté hacerle ver que no me importaba, pero dieron igual mis palabras o mis gestos.

—Mamá, otra vez espiando a la vecina —murmuró nuestro hijo de quince años apareciendo en la cocina.

—¿Cómo sabes que la vecina está ahí? ¿A caso te has puesto a mirarla desde tu cuarto? ¿Te has tocado? —mi hijo resopló y yo casi me atraganto con el café, que ya se había quedado frío.

—¡Mamá! —gritó él agobiado.

—¿Qué? ¿Piensas que no sé qué te masturbas? Tu padre también lo hacía a tu edad, —«Y ahora, más que nunca, pensé para mis adentros»—, además sino de qué ibas a tener un bote de crema hidratante y una caja de pañuelos al lado de la cama.

—Silvia…—mascullé en tono de advertencia mientras. Odiaba que lo dejara en evidencia y más cuando mi hija llegaba por la retaguardia.

Laura se acercó a mí. Era una réplica de su madre de joven, con el pelo castaño brillante y una sonrisa divertida en los labios que ahora me costaba ver en mi mujer. Llevaba un top corto, como todas las crías de su edad y un pantalón más bien escaso sumado a una toalla en el hombro. Me robó la tostada del plato y besó mi cabeza.

—¿De qué habláis? —cuestionó ocupando la silla de mi derecha. Siempre había sido la niña de mis ojos, era melliza con Álex quien la observaba de refilón con el pelo alborotado y portando el bañador.

—Mamá está obsesionada con las tetas de la vecina —comentó mi hijo agarrando el zumo de naranja natural que su madre había recién exprimido—. La verdad es que está mazo buena —comentó antes de llevarse el vaso a los labios.

—Si se las tapara, no se las miraría y tú no deberías—refunfuñó bajando la persiana.

—Pues tú no dejas de hacerlo —insistió él—. Además si las enseña será para que podamos verlas. ¿No?

—Eso ha sido muy machista —lo corrigió Laura—. ¿Por qué no iba a poder enseñarlas? Los tíos vais todo el día en tetas y nadie os dice nada. —Mi hija era de lo más reivindicativa.

—Oye que yo no me quejo, es mamá.

—¿Es que soy la única que no ve bien que esté así en la zona comunitaria? —Los tres nos encogimos de hombros y decidí abordar el tema con tacto.

—Oye Silvi, que a mí no me importa que tomes el sol como ella.

—¡¿Estás loco?! ¡¿Tú has visto cómo se me quedaron después de amamantar a este par?!

—Pues si te acomplejan opératelas—sugirió mi hija sin darle mayor importancia.

—¿Yo? ¡No! ¿Por qué? Ya sabes que en esta casa estamos en contra de la cirugía.

—Pues yo no lo veo mal, si se te caen como dos tiras de pimiento asado y eso te acompleja, te las arreglas y listo.

—Tu madre no las tiene como pimientos —corregí a Laura para darle soporte.

—Pues mejor para ella. ¿A qué hora hemos quedado con los chicos? —preguntó ella mirando a Álex.

—En diez minutos en la playa.

—Pues deberíamos irnos —Álex asintió.

—Déjalo que se coma la tostada —le advirtió su madre acabando de untar la que tenía entre las manos en mantequilla.

—Eso es grasa pura, si come más de esas se le borrarán los abdominales y las chicas dejarán de suspirar por ellos.

—Tonterías —la corrigió Álex arrebatándole la tostada a mi mujer—. Con todo el deporte que hago esto no se me va, ¿a que no papá?

—Ya me lo dirás cuando pases de los cuarenta.

—Para eso faltan siglos. —Eso creía yo a sus años.

Álex me recordaba a mí. A ver que yo me seguía manteniendo bastante bien. Nadaba todas las mañanas, hacía pesas y jugaba al pádel, por lo que mi físico había madurado bastante bien.

—Acordaos que a las dos vamos a comer —les advirtió mi mujer.

—Aquí estaremos —Álex besuqueó sus mejillas—, por cierto dice Marc que es actriz y tiene un OlnlyFans —aclaró cabeceando hacia el exterior.

—¿Un Only qué? —se interesó mi mujer.

—Una de esas páginas en las que te suscribes, pagas y te mandan vídeos ligeritos de ropa o desnudos.

A mi mujer se le iban a salir los ojos de las órbitas.

—¡¿Tú no te habrás suscrito a nada de eso verdad?! —Álex resopló.

—¿Estás loca? Tengo quince años, con mi paga no me alcanza y si quiero porno tengo infinidad de vídeos gratis en internet, no necesito mirarle las tetas a la vecina. ­—Oculté la risa tras la hoja del periódico.

—Los tíos dais asco —murmuró Laura—, por eso yo soy lesbiana. Anda larguémonos cromañón.

Ambos salieron de la cocina dejando a mi mujer con los brazos en jarras.

—¿Es que no piensas decirles nada? —me preguntó agobiada.

—¿El qué? Son adolescentes, además Albert no te ha dicho ninguna mentira, ya sabes que el porno está al alcance de cualquiera. —Yo lo sabía mejor que nadie.

—Después se ve lo que se ve, que si manadas, que si violaciones, los niños no saben diferenciar lo que le gusta a una mujer.

Doblé el periódico y fui hasta el cuerpo de mi mujer. La agarré por detrás, amasando uno de sus pechos para colar la mano por debajo de su falda.

—¡¿Qué haces?! —exclamó intentando desasirse.

—Quiero que me enseñes lo que le gusta a una mujer, ya casi no me acuerdo de la última vez.

Di un tirón a la persiana y fijé la vista en las tetas de la vecina.

—Joder, sí que las tiene bien puestas, sí —murmuré en su oreja—. Aunque a mí estas siempre me han servido.

—¡Deja de tocarme! —se revolvió inquieta—. No vas a hacerlo pensando en que se las tocas a ella.

—No pienso en ella —susurré mordiendo el lateral del cuello.

—Me da igual. Aparta. Tengo prisa, en media hora tengo que estar en clase de Pilates, que he quedado con las vecinas para ir al estudio nuevo que han abierto en el pueblo.

—Yo puedo hacerte sudar más que en la clase —insistí. Pero ella me apartó.

—Ni hablar. No voy a hacer el amor contigo con la vecina en tetas. Haz el favor de explicarle que se espera algo de decoro por su parte en la zona común.

—Este año no soy el presidente.

—Me da lo mismo. Ildefonso no va a llegar hasta la semana que viene. Solo estamos nosotros y ella, así que hazlo antes de que esto empiece a llenarse y a todo el mundo le dé por hacer nudismo. Voy a coger la bolsa, o llegaré tarde.

Se apartó de mí, se dirigió al armario de la entrada y se largó sin añadir nada más.

Mis ojos se quedaron suspendidos en la mujer de piel tostada, melena rubia y grandes pechos que disfrutaba sin hacer daño a nadie.

Se la veía tan a gusto y relajada que daban ganas de hacer lo mismo. La vi girar el rostro hacia el lado opuesto a mi ventana. Cogió el bote de protector solar. Se puso una cantidad generosa entre las manos y masajeó aquellos pechos rubicundos. La crema era tan espesa que parecía una corrida.

Mi polla reaccionó al segundo, era imposible que no lo hiciera, ver a una mujer manoseándose así las tetas empalmaba a cualquiera, y más si andaba tan falto como yo.

No se detuvo en los pechos, bajó por el abdomen, los muslos, las piernas y mi mirada la lamió como si se tratara de una lengua.

Mi erección apretaba la pretina del pantalón de pinzas cuando ella giró la cara y se dio de bruces con mi mirada.

No supe reaccionar, me quedé pasmado mientras ella me ofrecía una sonrisa sinuosa y un pequeño movimiento de dedos a modo de saludo. No sé ni cómo logré alzar la barbilla. Si tumbada estaba buena, de frente era preciosa, con unos labios bien dibujados que te hacían imaginar cosas tan sucias como placenteras.

Sino le decía algo Silvia la tomaría conmigo, además me apetecía charlar con ella después de verla.

Llevaba puesto el traje de baño debajo del pantalón, y una camisa veraniega. Había pensado hacer unos largos en la piscina y después ir a pelotear un rato. Que estuviera a solas con la vecina no tenía por qué romper mis planes.

Salí al jardín y fui directo hacia ella. Quien parecía esperarme con una amplia sonrisa y sin ningún tipo de pudor.

—Hola —me saludó. Intenté no bajar de su boca hacia abajo. Aunque la sobra de esos pezones pululaba demasiado apetecible.

—Hola, soy Jose, el vecino de la casa ocho.

—Lo sé, bueno, no tu nombre, sino tu casa, lo pone ahí. —Señaló el porche—. La mía es la de enfrente, la dieciséis.

—Ya, yo también lo sé. Normalmente los demás suelen llegar a mediados de julio o agosto. Solemos ser siempre los mismos. ¿Te la ha alquilado doña Elvira?

—Es mi abuela. Este año no va a venir, tuvo un achaque por el Covid y tenía miedo que se le pudiera colar algún ocupa.

—Vaya lo siento —musité bajando la mirada para toparme con aquellas espléndidas joyas. Subí la mirada de inmediato, sin perderme aquellas areolas que exigían ser lamidas. —Yo veraneo aquí con mi familia.

—Sí, he visto a tu mujer mirando más de una vez por la ventana —me sentí enrojecer.

—Ya bueno es que no estamos muy acostumbrados a… Ya sabes.

—¿A ver gente antes del quince de julio? —Me sentía abochornado por tener que decirle lo que debía.

—No, a que estén sin la parte de arriba. —Sus labios formaron una o perfecta.

—Oh, yo no sabía que no se podía —Las cubrió de inmediato con las palmas de las manos y noté el sudor bajando por mi espalda.

—No pasa nada, a mí no me molesta, pero no sé si al resto de la comunidad…

—Comprendo… —murmuró deslizándolas con suavidad por ellas—. Pero ahora no están… —Detuvo las yemas sobre los tiesos pezones.

—No ­—respondí con dificultad planeando mi mirada sobre ellos.

—¿Entonces puedo hacerlo delante de ti? —cuestionó. Yo iba a colapsar, sobre todo porque mi polla estaba que reventaba.

—Em, sí, ahora estamos solos, aunque te rogaría que cuando está Silvia…

—Comprendo —volvió a responder apartando los dedos—. No te preocupes, es que no me gustan las marcas, intentaré tomar el sol cuando ella no esté.

—Ella está fuera desde las diez hasta la una todos los días —la informé, ella me sonrió suspicaz.

—Es bueno saberlo. Por cierto me llamo Lorena.

—E-encantado —se puso en pie y el suelo se puso a temblar bajo mis pies al ver que se acercaba a mí para darme dos besos. Sus tetas se rozaron con mi torso y casi gimo.

¡Joder! Si tumbada estaba buena de pie era espectacular.

—¿Y tú que haces hasta la una? —me preguntó sin tumbarse.

—Suelo hacer unos largos en la piscina y después voy a la pista de pádel.

—Um, un deportista.

—Intento mantenerme.

—Ya se te ve. ¿Y con quién le das a las pelotas? —masculló poniéndome nervioso por la cercanía.

—Solo. —Cada vez tenía más calor.

—¿Aceptarías compañía? Dicen que se me da muy bien tocarlas… —Mi polla se puso tan rígida que temí que traspasara el pantalón.

—¿Ju-juegas?

—Siempre. —Pellizcó el labio inferior entre los dientes—. ¿Por qué no te das un chapuzón? No quiero interrumpir tu rutina. Además se te ve acalorado, yo también quiero mojarme.

Cada cosa que decía parecía una invitación y cuando se dio la vuelta para ponerse bajó la ducha y dejar que el agua lamiera todo aquel espectáculo visual, casi me corro como un puto crío. Llevaba un tanga minúsculo, no sabía que los hicieran tan pequeños.

Me miró coqueta relamiéndose los labios y cogió carrera para arrojarse de cabeza.

O me desnudaba ahora o nunca. Porque estaba tan empalmado que me daba vergüenza que me viera así.

Me quité la topa con premura y ni siquiera me duché. Esperaba que el agua helada me bajara la erección de golpe. Emergí y me di de bruces con ella y aquellos perfectos globos flotando por encima del agua.

—Está muy buena, ¿verdad?

—Buenísima —susurré. Ella nadó con estilo separándose de mí hasta alcanzar el otro extremo, alzar los codos y salir hasta que el agua quedó por debajo de sus pechos. Los pezones se habían puesto como guijarros.

—¿Vas a nadar o solo miras? —Tierra trágame. Le ofrecí una sonrisa avergonzada y los siguientes treinta minutos me dediqué a nadar y que se me bajara la erección.

Al terminar emergí del agua. Y la busqué sin verla. ¿Dónde demonios estaba? ¿Se habría largado? Salí de la piscina y me quité el cloro. Al parecer se había asustado del vecino pervertido que le había tocado.

Recogí mi ropa, me metí en casa y fui a cambiarme para después tomar la raqueta y las pelotas.

Cuando estaba a punto de salir llamaron a mi puerta. Pensé que se trataría de un paquete, pero no. Era la vecina. Llevaba el pelo recogido en una cola alta. Una camiseta de tirantes de escote amplio que dejaba entrever que no llevaba sujetador, pues los pezones se transparentaban y vestía una faldita extra corta que despejaba aquellas piernas largas.

—¿Listo? —pregustó mostrando su pala rosa.

—Em, sí claro, pensaba que no vendrías.

—Estabas tan entretenido nadando que no te quise molestar, tenía que hacer una cosita rápida de curro. Perdona por irme sin avisar.

—No pasa nada.

—Entonces, ¿listo para pelotear conmigo? Te advierto que no hace mucho que juego.

—No pasa nada, lo importante es moverse y sudar. —Ella me miró de arriba abajo.

—Me encantan ambas cosas. —Ya volvía a tenerla como una piedra. Y ella sonrió al llegar a la bragueta. No podía ocultar mi polla aunque quisiera.

Caminamos juntos hasta la pista. Lorena llevaba una botella de agua de litro y medio helada. La dejó bajo la sombra de un árbol.

Nos pusimos a calentar y reconozco que casi desfallezco cada vez que se movía. Sus tetas rebotaban a cada paso, y si se agachaba las veía por completo. Me estaba costando mucho concentrarme y perdía bolas que eran de lo más fáciles. Cuando lo hacía ella sonreía y daba saltitos para celebrarlo.

Toda la sangre se concentraba en mi bragueta.

Se dio la vuelta y se agachó muy cerca de la red, para recoger una de las pelotas y las mías cayeron al suelo al ver que no llevaba bragas y que lo que me estaba mostrando era su culo y su coño empapado. Porque sí, lo tenía brillando.

Babeé. Me hubiera lanzado de cabeza a comérselo si no fuera porque se cruzó por mi cabeza la imagen de mi mujer.

Retomar el partido fue un suplicio. A los quince minutos paramos a tomar agua. Lorena vertió parte del contenido de la botella por su escote y su cuello. Parecía un puto concurso de camisetas mojadas.

—No se te da nada mal —musitó con mis ojos puestos en su escote.

—¿Perdón? —Alcé la vista y ella sonreía.

—El pádel.

—Hoy no es uno de mis mejores días.

—¿Por mí? ¿Soy muy mala?

—No, es que ando distraído —Mis ojos regresaron a las areolas. Dios quería mamarlas.

—Por esto —Bajó el escote y las dejó al aire. Tenían leves salpicaduras de agua. Intenté cerrar los párpados y no sucumbir.

—Perdona, debo parecerte un salido.

La pista crujió bajo la suela de sus zapatillas.

—Al contrario, me pareces un caballero. —Acarició mi mano—. ¿Te apetece tocarlas?

Levanté la cabeza como un resorte. La lengua rosada paseaba por el grueso labio inferior.

—No, no debería.

—¿Pero te apetece? —insistió llevando mi mano derecha con la suya hasta aquella gloriosa cima. Trague con fuerza—. Hazlo, no te cortes. —Soltó mi mano a escasos centímetros, dejándome el peso de la decisión—. Te doy permiso… Es más, me apetece que lo hagas. Me ha apetecido desde que te he visto a través de la ventana, ojalá la crema que me has visto darme me la hubieras esparcido tú…

Tenía una voz tan caliente que no aguanté más y llevé ambas manos a sus tetas. Ella gimió.

—Eso es —musitó. Eran suaves, calientes y muy gordas. Agaché la cabeza esperando que me frenara, pero no lo hizo. Metí su pezón en mis labios y succioné como había estado imaginando.

Ella jadeó mucho más alto y enroscó los dedos en mi pelo.

—Me gusta que me las coman. —Y yo adoraba comérselas. Mamé un buen rato cada una de ellas. Cada vez tenía la polla más tiesa. Lorena no se cortaba ni un pelo. Gemía a boca llena. ¿Cuánto tiempo hacía que Silvia no jadeaba así por mis atenciones?—. Baja —me pidió Lorena y yo, obediente, clavé la rodilla en el césped artificial de la pista.

Lorena subió la faldita para mostrarme su coño jugoso y subió la pierna a mi hombro. Sin remilgos tiró de mi pelo para que encajara la lengua en su coño.

Estaba hambriento. La pasé por la totalidad de la vagina, agarrándola de las nalgas. Alimentándome como un loco. Sus sonidos de placer no se hicieron esperar.

—Sabía que tenías cara de comecoños —murmuró ejerciendo de acicate.

Rebañé cada jugo exprimido. Me concentré en mordisquear, lamer y succionar cada rincón de aquella joya. Hundí la lengua en la vagina mientras ella se frotaba contra mi cara.

—Eres muy bueno —celebró.

Con los dedos de la mano derecha formé un gancho para acariciar su punto G y así mis labios, y la lengua, podían dedicarse al clítoris.

—Oh, sí, joder, sí —estalló en cuanto alcancé la parte mullida y rugosa. Estaba subyugado por su sabor, por el placer y los jugos que destilaba—. Voy a correrme, no aguanto más.

No cedí ni un ápice, al contrario, puse todavía más ahínco hasta que noté un abundante líquido catapultándose al interior de mi garganta.

—Sigue, sigue… —¡Me estaba bebiendo un puto squirt!

Lorena empujaba como una loca, corriéndose sin cortarse un pelo, llenando mi boca de flujo y ese líquido tan particular que me sabía a gloria.

Los últimos espasmos constriñeron mis dedos.

Oí su risa ronca y me dio un leve empujón que me impulsó al suelo.

Caí de culo.

—Eres bárbaro —celebró.

—Gracias —comenté limpiándome la boca ella se sentó sobre mis piernas y me besó apasionada. Me gustaba como enrollaba la lengua a la mía. Se separó un poco succionando mi labio inferior.

—Me gusta mi sabor en tu boca. Quiero follarte. —Tragué con fuerza.

—¿Quieres que te folle? ¿O eres de esos que piensan que si no hay penetración no hay cuernos?

¡Mierda! ¡Silvia! ¿Es que había perdido la cabeza?

Mi expresión debió decirle algo porque me ofreció una sonrisita cauta.

—Comprendo… —Empezó a levantarse y a recolocar la camiseta. ¿Qué era lo que comprendía?

—No, yo, em… —Ni siquiera sabía lo que quería decirle.

—Tranquilo, está bien. No todos los hombres sirven para ser infieles. Hoy lo he pasado muy bien. Puede que mañana podamos repetirlo. Si te apetece… —¿Me apetecía? ¡Claro que me apetecía! ¡Me apetecía mucho más con ella! Pero Silvia… Mi cabeza era un hervidero.

—Si quieres aliviar eso —señaló a mi polla—, ya sabes dónde encontrarme. Nos vemos mañana en la pisci, vecino.

—Lorena —mascullé mordiéndome la punta de la lengua por no ser capaz de dar el paso que me apetecía.

—¿Sí?

—Me-me ha encantado. —Ella sonrió.

—A mí también.

La miré mientras se alejaba paladeando los últimos resquicios de su sabor en mi boca.

Espero que os haya gustado.

Espero vuestros comentarios y saber qué creéis que pasará entre estos dos.

Miau.