Ana emputecida
La vieja herida aún sangraba, pero esta vez él tenía el control. Le ofreció dinero, pero el verdadero precio era su orgullo. Ella aceptó, sabiendo que esa noche no sería su clienta, sino su verdugo.
1
Todo empezó como una broma de mal gusto por mi parte. Me explico…
Hace años que rompí con Ana, una mujer con la que tuve una relación de años, que poco a poco fue deteriorándose hasta acabar de mala manera. No os voy a contar nuestra ruptura para no aburriros, pero sí os diré que nos seguíamos viendo de vez en cuando, porque frecuentábamos los mismos bares. El caso es que, aunque ha pasado bastante tiempo, yo seguía estando bastante resentido.
Un día, volviendo a mi casa, pasé por su portal y se me ocurrió mandarle un wasap para molestarla. Como estaba bastante pedo, no me lo pensé dos veces y escribí: “hola Ana, estaba pensando si sigues siendo la misma putilla”. Lo mandé antes de arrepentirme. Recibí su respuesta casi de inmediato: “muy gracioso. pues seguro que follo más que tú”. A lo que contesté también, casi sin pensarlo: “pues podríamos echar un polvo. pagándote, desde luego. ya no somos amigos”. Para mi sorpresa, su respuesta fue: “eso puede hablarse”.
2
Ante semejante proposición por su parte, había que pensarlo detenidamente, para no acabar discutiendo como siempre. Yo había terminado más que harto de sus tonterías y no tenía ninguna intención de empezar de nuevo. Al cabo de un rato escribí: “de acuerdo. tu pones el precio pero yo te pondré mis condiciones para que me compense contratarte”. Esta vez tardó un poco más en contestar. Supongo que estaba pensando en qué tarifa ponerme, pero también que estaba deseando que le echara un polvo. Siempre le gustó cómo la follaba.
Su respuesta se demoró una media hora. Finalmente escribió: “mi precio son 200€. cuales son tus condiciones? si no me gustan no hay trato”. No se vendía barata la muy puta, pero me pareció bastante razonable teniendo en cuenta que posiblemente era la primera vez que lo hacía. Yo le contesté lo siguiente: “mis condiciones son estas: vendrás a mi casa y te trataré como a una puta. nada de conversación ni viejos recuerdos. los tres agujeros disponibles. y vístete de zorrón. no me vengas en vaqueros porque te echo a la puta calle. con un par de horas me basta para follarte”. Me respondió casi de inmediato: “de acuerdo. a qué hora quieres que vaya?”.
3
Aquí tengo que hacer un pequeño inciso para describiros a Ana. Es una mujer de unos cuarenta años, más bien delgada, como de uno setenta de estatura. Tiene unas tetas no muy grandes pero bonitas, es delgada, de piel muy blanca, con un bonito culo y un coño de esos con grandes labios que cuelgan un poco, que llevaba siempre pulcramente afeitado desde que yo se lo pelé por primera vez. Durante nuestra relación nunca la había follado por el culo, y siempre me había quedado esa deuda pendiente. Ahora por fin iba a saldarla. Y además con la ventaja añadida de que esta vez, como iba a cobrarme, ni ella podía negarse ni yo tenía que preocuparme por su disfrute.
Cuando tuvimos esta conversación era un domingo a media mañana. Le dije que viniera esa misma tarde, sobre las siete. Y que fuera puntual, porque tenía otras cosas que hacer. Estuvo de acuerdo. A las siete yo la estaba esperando, bebiendo una cerveza y escuchando algo de música. Cuando sonó el timbre quité la música y abrí la puerta. Allí estaba. Había cumplido el trato.
4
Pasa puta, le dije. Ella entró y fue a sentarse en el sofá. Yo me senté a su lado y saqué el dinero.
—Lo primero es lo primero. —dije— Las putas siempre cobran antes del servicio.
Ella cogió el dinero sonrojándose un poco y lo metió en un pequeño bolso que llevaba.
—Gracias…
Se había puesto un vestido camisero negro, de los que se abren por delante, bastante ajustado. No llevaba medias. Los labios bien rojos y un poco de colorete en la cara. Inmediatamente empecé a sobarle las tetas. Le metí la mano dentro del sujetador y pellizqué sus pezones bien fuerte. Hizo un mohín pero no dijo nada. Yo estaba ya bastante cachondo, así que me puse de pie y saqué la polla delante de sus ojos.
—Chupa cerda.
Le di una bofetada suave y dirigí su cabeza hacia mi polla.
Ana siempre había sido una gran comedora de rabos, la mejor de todas mis ex parejas. Muchas veces me pedía que me corriera en su cara, pero yo siempre había preferido meterla bien dentro de su garganta para soltarle la lefa, de manera que se viera obligada a tragárselo todo.
Se la metió en la boca rápidamente, mientras yo seguía sobándole las tetas. Me las arreglé para abrirle el vestido y bajarle el sujetador negro, de manera que las tuviera expuestas a mi vista.
—Siempre te ha gustado comer polla ¿verdad puta? Eso es una gran cualidad para vender tu coño. A los tíos nos gusta que nos la mamen antes de usar otros agujeros —le dije— y quítate el sujetador que quiero verte bien las tetas.
En cuanto se echó las manos a la espalda para desabrochar el cierre, le agarré la cabeza con las dos manos, y empecé a follarle la boca como es debido.
5
Ella se quejaba un poco “mfmgrmmmfr”, pero yo empecé con fuertes embestidas hasta su garganta, agarrando su cabeza por detrás, por el pelo, o a veces por las orejas, para moverla atrás y adelante rápidamente. Me encanta mover la cabeza de las zorras agarrando sus orejas y tirando fuerte hacia mí, para humillarlas como si fueran solo un objeto a mi servicio.
Estuve follando su cara así un buen rato. A veces, apretaba toda su cabeza contra mí, para meterla toda entera, y la dejaba ahí un rato disfrutando al notar como se ahogaba al no poder casi respirar ni por la boca ni por la nariz. A veces la soltaba un poco, solo para estrujar sus tetas con fuerza, apretándolas con la mano como si fueran estropajos que estuviera escurriendo.
6
Tenía ganas de correrme en la garganta de esa puta como había hecho tantas veces, pero no me iba a privar de su culo, que para eso la había pagado. Saqué mi polla bruscamente y le dije:
—Bájate las bragas y ponte de pie contra la mesa.
Se levantó del sofá, con el vestido abierto y las tetas expuestas ya que el sujetador estaba suelto y medio colgando, y se acercó a la mesa de comedor. Se bajó las bragas negras e iba a quitárselas pero yo la detuve:
—Te he dicho que te las bajes cerda, no que te las quites. Abre las piernas para que se te aguanten por las rodillas.
Así lo hizo. Yo me acerqué y la obligué, agarrándola del brazo sin miramientos, a ponerse de espaldas, mirando hacia la mesa, después forcé su cabeza hacia abajo hasta apoyarla sobre la mesa, y, sujetándola en esta posición, le levanté la falda del vestido por la cintura. Mi mano apretaba fuertemente su cara contra la mesa cuando le dije:
—Ahora ábrete el culo con las dos manos que me lo voy a follar.
—No me hagas daño —dijo ella— por favor.
Se abrió el culo con las manos. Yo escupí en el agujero y con un dedo lubriqué un poco la zona. No me detuve mucho. Casi prefería que le doliera. Así que me puse un condón, puse mi polla super dura en el ojete y empecé a apretar. Ella daba pequeños gritos de dolor, pero yo seguía metiéndola, cada vez más profundamente, moviéndome dentro y fuera lentamente. Mientras tanto, seguía sujetando su cabeza contra la mesa para que no pudiera moverse.
7
Empecé a follarme su culo cada vez más fuerte, agarrándola de las caderas para ayudarme. Ella estiró los brazos sobre la mesa, entregándose completamente, aunque se le saltaban las lágrimas y sollozaba quedamente. A mí eso me ponía todavía más cachondo, así que no paré de romperle el culo, mientras la insultaba en voz alta:
—Puta estúpida. Te voy a romper el culo para que no puedas sentarte en una semana. Muévelo, zorra. Haz tu trabajo que para eso te he pagado.
Al rato estaba tan cachondo que decidí correrme. La agarré bien fuerte y le di tres embestidas metiendo la polla entera, tocando con mis cojones en su coño pelado e inútil. Solté la corrida dentro del culo, agarrando a la puta para que no pudiera moverse. Le di un azote bien fuerte y la saqué bruscamente.
—De rodillas puta, que quiero limpiarme la polla.
Ella lo hizo. Me quité el condón y lo vacié en su cara. Después agarré unos mechones de su pelo y me limpié la polla, dejándola aún más sucia y maloliente.
y 8
Ahora la tenía donde quería. De rodillas en el suelo, con el vestido arrebujado en la cintura, el sujetador por la tripa, las bragas por los pies y las tetas al aire, la cara cubierta de semen y apestando a sexo.
—Vístete puta. Hoy he acabado contigo. Pero tus bragas me las quedo. Quiero que vuelvas a tu casa con ese coño inútil y ese culo roto al aire. No sueñes que te voy a dejar ducharte en mi casa.
Ella empezó a vestirse, colocándose el sujetador y abotonándose el vestido, sin decir nada y mirando al suelo avergonzada. Después se puso de pie y antes de que le diera tiempo a recoger su bolso le dije que me mirara a la cara. Le solté una bofetada.
—Ya puedes marcharte. No me gusta tener putas usadas en mi casa mucho tiempo. Y no te quejes que te he pagado bien para lo que vales, que no es mucho. La próxima vez que quiera follarte tendrás que hacerme una rebaja que hoy he dejado un agujero sin usar.
—Si señor. Lo tendré en cuenta.
—¿Te gusta la vida de puta barata que te espera a partir de ahora?
—Si. Me gusta.
—Pues dame las gracias y a la puta calle. Quítate de mi vista.
—Gracias —dijo sollozando un poco— por hacer de mí una puta.
Cuando salía por la puerta le di una última patada en el culo. Supongo que se limpió mi corrida de la cara en el portal, porque estaba hecha un asco cuando cerré la puerta de casa.
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