Xtories

Una princesa marroquí se siente libre en Madrid

La casa de Elena guarda secretos que Javier nunca imaginó. Entre la discreción de una decoradora y la sensualidad exótica de una princesa, el arquitecto descubre que la libertad no tiene fronteras, ni de género, ni de cultura. Esta vez, él no será solo el espectador.

Juan38K vistas9.2· 20 votos

Cuando surgió la oportunidad de dirigir la obra de una clínica en Marruecos, un proyecto que me llevaría unos meses y no exigiría estancia permanente en Marraquech, acepté sin dudarlo, con la idea de distanciarme un poco de Marta, con la que acababa de terminar una relación de dos años. A los treinta me veía de nuevo soltero. Pasaba quince días allí, y regresaba a Madrid otros quince días, repasaba otros proyectos que estaban en marcha, dedicaba algún tiempo a la familia, y salía a tomar unas copas con mis amigos, con los que no quería perder el contacto, cuando tuviera que retomar la vida social en Madrid, una vez finalizado el proyecto.

Al segundo mes de iniciar el proyecto, los propietarios de la Clínica de Marraquech tuvieron que viajar a España por reuniones profesionales, la contratación de un cirujano, revisión de proveedores, y decidirse por un proyecto de decoración que les sugerí. Les hice de cicerone, desde buscarle el hotel, el Palace, hasta organizarles las reuniones.

El viernes mantendrían reuniones con empresas de servicios hospitalarios españolas para que participaran como socios tecnológicos en el proyecto, entre las cuales esperaban poder elegir al socio adecuado, pero no pudieron ver a todos. Por la tarde se entrevistaron con tres cirujanos en un saloncito que el Palace les ofreció.

El sábado organicé la reunión con la decoradora, una habitual colaboradora. Elena era la ex de uno de los socios del estudio de arquitectura para el que trabajaba yo, y del que mi padre era otro de los socios. Fueron amigos de mis padres, y ahora ellas mantenían todavía una cierta amistad. Su ex abandonó el despacho, siguiendo los efluvios de una jovencita de treinta años que vivía en Sevilla.

Paseé a recoger a Elena para llegar juntos, y evitar el problema de aparcar dos coches. Me sorprendió su aspecto más joven de lo que recordaba, vestida de sport elegante, con el pelo suelto confiriéndole un aspecto muy atractivo, que no aparentaba los cincuenta y muchos que debía tener. Ella conocía muy bien el centro y sugirió quedar en el café de Oriente, frente al Palacio Real, sabiendo que a todos los visitantes de Madrid les encantaba ese sitio.

Llegamos casi a la vez. Hasan, el propietario y director médico de la clínica, en la que seguía actuando como cardiólogo, mostraba un aspecto árabe, de piel oscura, no había cumplido los 60 años, con una presencia impecable, alto, ojos penetrantes, barba arreglada canosa, muy bien conservado, con un estilo muy occidental. Era primo de la segunda esposa del rey fallecido Hasan, Lalla Fátima, lo que podía considerarse perteneciente a la realeza de segunda división. La primera esposa,Lalla Latifa, madre de los príncipes y de Mohamed VI, vivía exiliada en un castillo al norte de París, adonde iba regularmente su hijo, el rey a visitarla.

Su hija Layla, la Directora Financiera de la Clínica, de rasgos orientales, bellísima, alta, elegante, con unos ojos negros cautivadores, en permanente estado de sonrisa, una melena negra cayéndole hasta la cintura. Había cumplido los cuarenta, pero su piel aparentaba menos edad, aunque su madurez era muy superior. Estaba divorciada de un miembro de una de las familias más poderosas de Marruecos, un hombre muy importante del gobierno, pero acostumbrada a una educación occidental, no pudo soportar el régimen matrimonial, y tuvo que renunciar a la patria potestad de sus dos hijos al divorciarse, a los que solo veía cuando su ex marido se lo permitía. Era amiga de estudios de la madre de los príncipes herederos actuales, Lalla Salma, Salma Bennani de soltera. Sus casos eran similares, en su acuerdo de divorcio se incluía que no podrían casarse de nuevo, para no poder engendrar hermanastros de los príncipes.

Tras tomar un ligero aperitivo, iniciamos un recorrido caminando por el Madrid de los Austrias, con explicaciones del Palacio Real, de la calle Mayor, del Mercado de San Miguel, un recorrido que Elena, buena conocedora de Madrid, nos ilustró con detalle.

Reservé en Lucio, en la Cava Baja, adonde llegamos en medio de un gentío que llenaba ese recorrido cada fin de semana. Elena esperó a que sirvieran el postre, para sacar su Tablet, y explicarles su proyecto de decoración, los materiales, el estilo funcional occidental con guiños a la cultura árabe. Pudimos visualizar unas imágenes recreadas con rendering que permitían imaginar el resultado final. Tanto el proyecto como la vehemencia de ella al exponerlo los cautivaron. Confieso que a mí también me sorprendió Elena, no la recordaba tan vital, tan comunicativa, ni tan… ¿sensual?

Se miraron Hasan y Layla, sonrieron y ella tomó la palabra.

—Mi padre que asume las decisiones tecnológicas, delega en mí la decisión en la decoración, pero acaba de confirmarme con su mirada que está de acuerdo conmigo. Me gusta el proyecto Elena. Tendremos que hablar de los detalles.

La felicité efusivamente, y brindamos por ver pronto sus ideas en la Clínica, un edificio de tres plantas, y dos mil metros cuadrados, construida a partir de una casa palaciega propiedad de la familia de Hasan, que incluía cirugías, más de propósito general, con cierto énfasis, en Ginecología. Estaba emplazada muy cerca de la plaza Jemaa El Fna de Marraquech, Patrimonio de la Humanidad, a caballo entre los barrios nuevos y la medina. Un lugar por el que me perdía muchas tardes paseando, sumergiéndome en la cultura árabe.

Como quiera que aún quedaban reuniones previstas con las empresas de servicios hospitalarios españolas, con las que estaban negociando para que participaran como socios tecnológicos, andaban discutiendo cancelarlas, porque Hasan tenía que estar el lunes en la clínica, donde tenía operaciones con pacientes.

En ese contexto, Layla, propuso a su padre quedarse ella a terminar las reuniones.

—No quiero que te quedes sola en un hotel en Madrid —trató de zanjar su padre—. A tu marido no le gustaría. Organizaremos otro viaje.

—Farid ya no es mi marido —respondió ella molesta.

—Hasan, sabes que vamos retrasados en esa fase del proyecto —intercedí.

Por lo que yo conocía a Layla, sabía que se quería quedar. Miré a Elena, pidiéndole ayuda con la mirada, y lo captó. Aunque era una mujer de una cultura diferente, era tan educada que supe que encajaría con Elena.

—Perdonad. Espero que no os parezca una intromisión, pero si el problema es que Layla se quede sola en un hotel, si no le parece mal Hasan, podría quedarse en mi casa. Tengo espacio de sobra, y sería un placer. Podríamos aprovechar el tiempo para ir adelantando el proyecto.

Layla miró a su padre expectante, dejando transmitir un nerviosismo controlado.

—¿Qué te parece Hasan? —pregunté respetando la autoridad del padre sobre su hija.

Hasan sabía que era importante no anular las reuniones, y ante esa propuesta no podía seguir oponiéndose, además de que sería una desconsideración a Elena.

—Si a Ud. no le importa Elena, por mi parte no hay problema. Aunque no me gusta que asistas sola a reuniones tan dominadas por hombres —dijo dirigiéndose a ella.

—Puedo acompañarla yo, no será problema —rematé.

—Espero poder devolverle el favor cuando venga a nuestro país —agradeció a Elena.

—O puede venir en verano a nuestra casa de Tánger, en Jbila, en la costa oeste de Tánger —añadió entusiasta Layla.

Tras recibir por enésima vez su agradecimiento, decidieron regresar a su hotel paseando, y quedé en recogerla al día siguiente en su hotel.

—Gracias Elena —le dije al retirarnos los dos antes de dejarla—. Esas reuniones son importantes para no retrasar el proyecto.

—Gracias a ti por confiar en mí. Sé que mi ex ha tratado de dejarme fuera.

Su ex llamó a mi padre alegando que no quería que siguiéramos contando con ella, pero, aunque seguía trabajando para nosotros, ya no como socio, su marcha del despacho tampoco fue la más elegante y su capacidad de influir era limitada. Cuando me preguntó, le dije que era mi proyecto, y la pensaba proponer.

—Él ya no decide. La responsabilidad del proyecto es mía, y me gusta como trabajas. Tú boceto es precioso.

—El proyecto me interesa mucho. Me han caído bien, y Layla es un amor de mujer.

Hasan y Layla aun mantuvieron una reunión el domingo por la mañana antes de marcharse Hasan. A media tarde, pasé a recogerla por el hotel Palace, donde me esperaba en los jardines centrales bajo una preciosa cubierta de cristal, tomando un té mientras sonaba música en directo de un pianista. Me invitó a sentarme un rato con ella.

—Me siento tremendamente feliz de haberme quedado en Madrid. La vida en Marraquech a veces me agobia.

—Nada te impide hacer algún viaje a París, donde estudiaste. O aquí. Cada vez que quieras venir procuraré que alguien te atienda.

—Te lo agradezco Javier. En Marraquech apenas hemos tenido ocasiones de conocernos a nivel personal, solo nos hemos tratado a nivel profesional.

—Desconozco vuestras costumbres y he procurado ser muy respetuoso.

—Lo has sido. Quizás yo debería haberte invitado a mi casa, en alguna reunión de amigos, pero tampoco prodigo mucho esa vida social allí.

Tras ese primer acercamiento, la llevé al chalet adosado donde residía Elena, en las afueras de Madrid.

—Gracias por ofrecerme tu hospitalidad, y permitirme la oportunidad de representar a mi padre —y riéndose a continuación—, pasando unos días libre de control familiar.

—Siempre es bueno cambiar de rutina —respondió con complicidad Elena.

Compartí un rato con ellas, y viendo que ya habían conectado, las dejé para ir a cenar con mis amigos, a los que llevaba tiempo sin ver. Quedé en acompañarla a la reunión de mañana, dado que el proveedor afectaba al proyecto del que yo era responsable.

El lunes a medio día, después de la reunión fuimos a comer a la cafetería del Corte Inglés de Castellana.

—¿Qué te ha parecido la reunión? —pregunté para conocer su opinión.

—Positiva, habrá que esperar a su propuesta por escrito.

—Te has comportado con mucha personalidad. Disculpa mi atrevimiento, pero si te quitaras ese «hiyab», ganarías credibilidad.

—Mi divorcio me obliga a mantener nuestras costumbres en público.

Elena le había dejado una llave para que regresara cuando quisiera. Me ofrecí a Layla a enseñarle algún lugar de Madrid, o llevarla a alguna tienda de compras.

—Déjame en Ortega y Gasset, me han recomendado unas tiendas. Te aviso al acabar.

Aproveché para pasar por el estudio, donde siempre había algo que hacer. A las ocho la recogí, cargada de bolsas, como si fuera Pretty Woman después de fundirse la tarjeta de Richard Gere.

—No te has aburrido.

—¡Ha sido maravilloso! Desde luego tengo que venir más a menudo.

Hablé con Elena, que estaba aún en una visita a una clienta de alto standing que quería una redecoración de su chalet en el parque Conde Orgaz. Nos pidió que la esperáramos en el chalet, del que Layla llevaba llave, y que me sintiera en mi casa, para atenderla. Layla confesó no tener apetito, aun así, paramos en una cafetería que había en la urbanización de Elena, tomamos una cenita ligera, y nos fuimos a casa, porque ella deseaba llegar ya.

Mientras preparaba un vino para mí, y un agua para ella, fue a ducharse. Al salir, comenzamos a hablar por primera vez de nuestras vidas, me llamaba la atención su exquisita educación, y sus maneras tan tranquilas. Me sorprendió pidiendo que le sirviera una copa de vino.

—Echo de menos mi época de estudiante en París, allí bebía con moderación.

Su belleza era fuera de lo común. Sin velo, con una ligera bata de seda, y el pelo largo negro.

—Ahora mismo pareces una princesa de las 1001 noches.

—¿De la versión oriental o de la versión occidental? La original es muy sensual y erótica. La versión que se ha hecho popular en occidente responde a una traducción muy elemental, más asumible por vuestra cultura —Hablaba muy relajada.

—Es curioso la idea conservadora que tenemos de vosotros.

—La interpretación actual del Corán no es la que ha predominado en los siglos anteriores, los del esplendor persa, o los siglos de nuestra presencia aquí. Oriente tiene una enorme cantidad de literatura erótica desde antes del islam, pero, sobre todo, después, donde no se evita hablar de la longitud del pene, de la belleza de la vulva, de la potencia copulatoria. Hay ciertos tratados que evocan abiertamente la ninfomanía, la zoofilia y la masturbación.

—Además de bella, culta.

—A lo largo de los cuentos que recopiló el escritor persa, Abu el- Gahshigar, de historias de muchas culturas, india, persa, siria, china., Sherezade va consiguiendo excitar al sultán Schariar, que espera cada noche la terminación de la historia empezada, olvidándose de yacer con ella, porque la debería matar y prefería esperar a que acabara de contarla la historia.

—Me fascina vuestro mundo… y tu forma de hablar.

—¿Conoces alguno de los cuentos de Sherezade?

—Aladino y la lámpara, Simbad el marino, Alí Babá y creo que ya. ¿Y porque son 1001? Y no 2000 o 900.

—Porqué 1000 para los matemáticos árabes representaba el infinito, y 1001 era un trans finito, más allá de los límites —Ella si parecía una mujer de las infinitas noches, como si acabara de salir de una jaima en el desierto de la arena de la playa.

—Érase una vez una princesa oriental que llegó a Madrid… —Le dije cogiéndole la mano, que, en lugar de retirarla, me la apretó —… y compró toda la ropa que había.

—¡Me ha encantado esas tiendas! Gracias, has sido muy atento hoy.

—A mí me gustaría escucharte una historia cada noche, y que no tengas miedo si acabas de contarla, porque jamás te cortaría la cabeza —respondí. En ese momento ella representaba el infinito, y no me atrevía a cruzar ese límite.

Enfrascados en la conversación, no oímos a Elena llegar, con una cara que daba pena. Al preguntarle cómo se encontraba, respondió con una voz que reflejaba su estado.

—Agotada, deseando venir a casa. He pasado todo el día en un chalet del Parque Conde Orgaz, tomando medidas. El dueño es un agregado cultural de la embajada francesa, y dado que es su último destino antes de jubilarse, han decidido quedarse a vivir en Madrid. Mañana me voy a Marbella con ellos, a ver también su casa de allí. Espero estar de regreso por la noche. ¿Qué tal tu tarde?

—La reunión fenomenal. Y luego me fui de compras.

— Me alegro de que estéis aquí, a veces me siento sola. Javier, sírveme un vino por favor.

—Nosotros ya hemos cenado. ¿Puedo prepararte algo?

—Córtame un poco de queso, está en la cocina, gracias.

—¿Quieres ver la ropa que he comprado? —preguntó Layla a Elena.

—¡Claro! Mañana me habría gustado acompañarte, lo siento Layla.

—Puedo acompañarla yo, no te preocupes Elena. Os dejo que podáis hablar de «trapitos». Me debes un cuento Layla—me despedí de ella mientras les dejaba sus dos copas de Rioja.

—Gracias por todo Javier —me respondió educada—. Siento causaros tantas molestias.

—¡Qué molestias! —saltó Elena! Es un placer tenerte con nosotros.

Antes de marcharme, fui al baño de cortesía del hall, y al salir, no pude evitar escuchar a Elena.

—¡Es precioso Layla!

Asomé la cabeza, y encontré a Layla dentro de un precioso traje azul marino, ajustado, marcando una figura preciosa. Su melena suelta le confería un aspecto glamuroso. Me excitaba la escena de asistir a un pase de modelos. Desapareció tras la puerta que daba al pasillo, y en tres minutos reapareció con un vestido clásico, en dos piezas, que representaba una señora de más edad que la suya.

—Elegante. Me gusta, quizás más clásico que el anterior.

Se cambió por unos pantalones y un jersey ligero de punto, que la hacían más joven.

—Tienes buen gusto Layla. Ese es muy juvenil.

Tras otras pruebas, se retiró y reapareció con un elegante traje negro ajustado a la cintura, y dejando un generoso escote a la vista. Se giró, y mostraba la espalda totalmente al aire.

—¡Precioso!, pero ¿podrás usarlo en tu país?

—Este es un regalo para ti. Pensé que te gustaría, pero puedes cambiarlo.

—¡Me encanta! No deberías haberlo hecho, debe ser muy caro.

—Quería demostrarte mi agradecimiento. Pruébatelo.

Elena no necesitó salir de la sala, se desnudó allí mismo. Me impactó ver en braguita y sujetador a Elena, a la que siempre había visto como la esposa de Andrés, y como la decoradora del estudio. Mantenía una preciosa figura para su edad, y los pechos, ayudados por ese tipo de sujetador, parecían firmes y voluminosos.

Layla se sorprendió también, pero reaccionó de manera natural, quitándose el vestido delante de Elena, quedándose en braguita porque ese traje no precisaba usar sujetador. Su pecho era perfecto, redondo, firme. Yo iba de sorpresa en sorpresa, porque Layla vestida en Marraquech nunca me pareció una mujer tan tremendamente sexy como en ese momento.

Con el vestido a medio colocar, Elena se despojó de su sujetador. El vestido era espectacular y le quedaba genial, realzando todas sus formas. Si se maquillara un poco, podría asistir a los Oscar de Hollywood y llamar la atención.

— Te sienta de maravilla —observó Layla—. Eres muy bella.

Elena se quedó mirándola, dudando, debía ser algo nueva para ella. La escena era excitante, Layla en braguita y Elena enfundada en un precioso traje de noche. De repente, Elena cubrió a Layla con su bata de seda, ante la mirada penetrante de Layla, que le acarició la cara.

—Cúbrete.

—No somos tan conservadores —dijo Layla —. En mi cultura el sexo se confunde con la religión, tradición, política, economía y la cultura. La mujer, como en otros lugares somos estigmatizadas por vivir la sexualidad libremente. El placer no es nuestro, es del hombre—Se había acelerado.

—No quise molestarte.

—Perdona, me rebelo contra eso, soy marroquí y me siento así, pero yo he vivido en París y pienso diferente. Por eso me divorcié.

Elena se acercó y la abrazó, mostrándole su complicidad.

—Siéntete aquí como tú quieras, libremente. Mi casa es tu casa.

—Gracias Elena. En la Clínica hemos creado una Unidad para ayudar a las mujeres.

—¿Qué hacéis?

—Practicamos abortos antes de las cinco semanas, prestamos ayuda psicológica. Desde hace un año, colabora con nosotros el doctor Amr Seifeldine, uno de los mayores expertos en reconstrucción de clítoris del mundo.

—Que interesante. ¿Afecta mucho a los pacientes?

—Se sienten incompletas y no sienten deseo sexual. Una de las ayudantes hasta les enseña a masturbarse, muchas no lo han hecho nunca, para que aprendan a sentir placer.

—¡Qué atrocidad! Me alegro de poder colaborar con vosotros.

—También ayudamos a reconstruir el himen. ¿Sabes que muchas mujeres se dan placer entre ellas, sin ser lesbianas, por miedo a perder el himen con un hombre?

—Me parece increíble vuestro compromiso —y dudando, continuó—. ¿Te ha ocurrido a ti?

Layla dudó, miró a Elena, y bajando la vista, le confesó.

—Sí. Yo no necesito recomponer mi himen ya, pero alguna amiga aún no se ha casado, y le ayudo a liberarse. ¿Y tú?

Estaba excitadísimo con esa conversación.

—Uff. No imagina llegar a este nivel de intimidad. En la Universidad tuve una experiencia lésbica, sin llegar a estar sexualmente juntas—dijo Elena temblándole la voz.

—¿Cómo te encuentras ahora? —le preguntó Layla cogiéndole la mano.

—Uff. Estoy muy excitada —susurró Elena entregada al poder hipnótico de sus ojos.

Layla no respondió. La acarició con dulzura, le presentó sus labios, provocando que Elena adelantara los suyos. Fue un suave contacto. Al separarse sonrieron, Layla le dio la mano, y se la llevó al dormitorio, dejándome con una erección del diez.

No podía perderme lo que iba a ocurrir. Aun sabiendo que si me descubrieran sería mi fin con ellas, me adentré por la casa, y siguiendo sus pasos, al llegar a la puerta semiabierta, me arrastré por el suelo y me introduje en el dormitorio.

Layla era muy hermosa, su precioso cuerpo que escondía tras su vestimenta arabizada, iluminaba toda la estancia. Se tendió en la cama mientras Elena entraba en el baño. Tardó un par de minutos que me parecieron eternos, con mi corazón a doscientas pulsaciones. Apareció como una modelo de película, con un salto de cama transparente, solo con sus braguitas bajo él, su cabello suelto, y casi temblando.

Layla abrió las sábanas, y extendió los brazos para que se uniera a ella.

—Eres divina Elena, relájate. Déjate guiar, vamos a llegar juntas al paraíso, sin remordimiento alguno.

Se despojó del salto de cama de gasa transparente, dejando a la vista un minúsculo tanga que se perdía entre su parte trasera. Hasta mi escondite llegaba el maravilloso olor que desprendía. Se sentó en la cama. Se miraron.

—Acaríciame —le pidió a Layla.

Acercó su mano a su cara, despacio. La bajó a sus pechos, provocando un gemido de su garganta. Siguió bajando hasta sobrepasar su tanga. Con suavidad la introdujo por dentro, provocando otro gemido.

—Relájate, abre tu mente, aleja cualquier pensamiento negativo de vergüenza.

—Deseo hacerlo… Te deseo.

Mientras susurraban, sus manos acariciaban el coñito de la otra, por dentro de las braguitas. Elena parecía seguir el ritmo que marcaba Layla.

—Acariciar tu piel me activa —dijo Layla.

—Nunca imaginé que sería tan placentera una relación sexual con otra mujer.

—Necesitas mucha dulzura, y a mí me sobra.

Cuando Elena sintió su vagina invadida por sus dedos emitió un grito de placer, elevando un peldaño su nivel de disfrute,

—Nunca imaginé que pudiera ser tan excitante. ¿Cómo estás tú mi vida? —le preguntó con dulzura.

—Divinamente, en algún lugar del cielo —y susurrándole, la avisó—. Me voy a subir sobre ti, Elena.

—Adelante, fóllame Layla.

Hasta ese momento solo habían necesitado de su voz y sus caricias para subir al quinto cielo. Cuando el cielo de mujer que era Layla se subió sobre Elena, comenzó a recorrer con su lengua todo su cuerpo, introduciendo sus deditos por su rajita, mientras su lengua jugaba con la de ella. Me asombraba como eran capaces de vencer las limitaciones de la naturaleza. Layla le frotaba el clítoris, con la parte dura de su pelvis, despacio, elevando el tono de los gemidos de Elena, proporcionándole un placer indescriptible; Retorcía sus muslos contra los labios vaginales de ella, como si fueran dos enormes penes erectos, dispuestos a penetrarla.

La imagen de dos mujeres dándose placer era un mundo desconocido para mí, educado en la convencional idea de que el mayor disfrute de una mujer a la hora del sexo se obtenía a través de abrir las piernas, dejarse meter la polla, y esperar a que el hombre te provocara el placer.

Notaba que mi cuerpo estaba excitado cuando vía Layla bajar su cabeza ente los muslos de Elena, que los abrió, deseando que se dejara de rodeos, deseaba sentir su lengua en sus labios, abría sus muslos como una contorsionista, y Layla aceptó la invitación para un curso de inmersión vaginal. Si hubiera dispuesto de un manómetro, habría comprobado que cada beso suyo, cada caricia, subía la presión emocional de Elena un punto, y al final tanto va el cántaro a la fuente, que la fuente explotó.

Con una alegría inmensa reflejada en su maravilloso rostro, emergió de entre las piernas, con su maravillosa melena enredada en su cara, y mirándola feliz, se abrazaron, como si acabara de dar a luz.

Elena solo pude decirle.

—Gracias mi vida.

Pensé que me gustaría ser el protagonista de esa experiencia con Layla. Estaba completamente empalmado. Me tenía excitado. Me marché con el reflejo de la luz, aprovechando que Elena se levantó al baño.

Llegué a casa excitado todavía por el espectáculo presenciado, e hice lo que no nacía en mucho tiempo. Recordando esa escena entre ellas, me masturbé. Pero en mi imaginación aparecía también Elena. ¡Joder! me las habría follado a las dos, juntas o por separado.

Pasé temprano a recoger a Layla y la invité a desayunar. Tenía en mi retina su imagen de ayer.

—¿Sabes que, en occidente, si un hombre y una mujer cenan juntos y al día siguiente, desayunan juntos, nadie creería que no ha ocurrido nada?

—Ni en Oriente tampoco lo creería nadie —me dijo riendo—. No somos tan diferentes —volvía a reírse de mí.

—Y encima me quedé sin cuento… —Le mentí, porque verlas en la cama juntas supuso para mí el cuento oriental más increíble que pudiera imaginar.

—¿Te conformarías simplemente con escuchar un cuento? —esta vez no había risas—. Es más interesante formar parte de él —su mirada parecía diferente.

—Supongo que sí, pero en occidente no hay muchas princesas árabes.

—No es necesario que los protagonistas sean príncipes. Lo importante es hacer sentirse al otro un príncipe.

No supe que contestarle, pagué y la dejé en las oficinas de la empresa donde pensaba tener la reunión. Estaba nerviosa, porque se reunía con un grupo de señores, y no estaba segura de cómo iría.

—¿Quieres que suba contigo? —me ofrecí.

—Te lo agradecería.

—Pero sin hiyab. Eres muy hermosa para ocultarlo —le dije sin poder eliminar de mi mente su imagen desnuda.

—Tienes razón. Nuestras abuelas no lo llevaban.

Accedió sonriente, como si hubiera estado esperando la orden. Me presentó como el arquitecto que dirigía la obra. Se desenvolvió bien, yo intervine lo justo, y tras la reunión nos invitaron a la típica comida aburrida de negocios que yo procuraba evitar.

Viéndola incomoda aduje otra reunión tras terminar, evitando la sobremesa.

—Gracias por acompañarme, no habría podido hacerlo sola.

—Recuerda que soy el responsable técnico del proyecto, era mi obligación. ¿Qué quieres hacer en tu última tarde?

—¡Qué pena me da marcharme! Estoy cansada, ¿Me acompañas a recoger unos vestidos que tenían que arreglarme un poco?

La esperé en la puerta de Ortega y Gasset 5, donde solo debía recoger dos vestidos.

—¿Todo bien? —le dije al salir.

—Si, ya está. Me gustaría irme a casa a darme una ducha.

Durante el trayecto fue exteriorizando lo feliz que se había sentido en Madrid estos días, Elena se había portado genial.

—Vaya, todo el mérito es suyo.

—Nooo. Te agradezco todo lo que has hecho. No entiendo como no habíamos tenido más contacto en Marraquech.

—Espero que, a partir de ahora, cambie.

—¡Por supuesto! Aunque deberemos ser cuidadosos, la gente allí no es como aquí. ¿Pasas un rato? No me apetece estar sola.

Mientras se duchaba, comencé a estudiar las propuestas que había recibido. Se mostraba feliz, y me confesaba su admiración, por la vida que llevaba. Mientras andaba repasando propuestas, llamó Elena disculpándose por no llegar esa noche, se quedaba a dormir en Marbella, y me pidió que acercara a Layla al aeropuerto mañana.

Volvió a repetir escena saliendo de la ducha, con una ligera bata de seda, cepillándose su larga melena negra, que se recogió en una cola. Le conté que Elena no vendría y la llevaría yo mañana al aeropuerto.

—Habría querido despedirme de ella.

—Me das a mí el beso para que yo se lo entregue a ella —sonreí—. Representaremos un cuento de Sherezade —añadí queriendo escuchar más historias de ella.

—Te sorprenderías si conocieras la cantidad de literatura erótica que existe en lengua árabe. Tenemos más de cien palabras para decir «te quiero», y más todavía para expresar la conquista amorosa, la pasión, el deseo, el placer sexual y el orgasmo.

—Pero ¿no está prohibido por el Corán?

—En el islam está prohibida la sexualidad fuera del matrimonio, pero no el disfrute sexual, ni la exaltación de la mujer. Los califas del siglo IX encargaron traducir decenas de libros eróticos, que, unido a la aparición masiva en Bagdad de esclavas foráneas, modificaron sustancialmente las prácticas sexuales de una clase aristocrática hedonista y ávida de placeres sensuales. La corriente ultra religiosa y fanática que vivimos desde la llegada del imán Jomeini a Irán no había existido en los siglos anteriores. Si quieres leer un relato erótico árabe, busca «El jardín perfumado», del Jeque Al Nefzaui, escrito en el siglo XV.

—No soy usuario de ese tipo de literatura, pero me parece fascinante estar escuchándote a ti —Y verla semidesnuda era aún más fascinante—. Me parece que eres la mujer más sensual que he conocido —Me decidí a dar un paso—. ¿Por qué no me muestras a mí tus compras, como hiciste con Elena?

—Por qué no… —deslizó sus palabras, a la vez que por su cabeza pasaba alguna idea.

Apareció con un pantalón gris y un jersey blanco, de sport, muy elegantes, precioso. Otro vestido en la mano que dejó sobre una silla.

—Pareces más joven, es muy bonito.

Dio dos vueltas riéndose, como si desfilara.

—Me alegro de que te guste, podré usarlo a menudo. El segundo vestido es más de fiesta.

Levantó sus brazos, sacándose el jersey, dejando a la vista un precioso sujetador blanco, que realzaba su redondeado pecho. Sin quitar la mirada de mí, se desvistió del pantalón, quedándose en braguita haciendo juego con el top. Cogió el vestido azul marino, se lo introdujo por la cabeza, y cuando trataba de cerrar una cremallera por detrás, me acerqué a auxiliarla. Subí despacio la cremallera viendo como desaparecía la finura de su piel, y a la vez ella se ajustó el traje encajándole perfectamente.

—¿Te gusta?

—Me gusta todo, el traje y quién lo porta.

Dio otras dos vueltas, y al quedarse frente a mí, inició su maniobra de abrir la cremallera a la que volví a ayudarle. Se giró, y sin hablar, subió los brazos, esperando que la ayudara a desvestirse. Conforme subía el traje, los temblores de su cuerpo se hicieron más evidentes. Iba apareciendo sus piernas, su cintura, su pecho, hasta que desapareció por arriba, dejando frente a mí a esa maravillosa hembra semi desnuda mirándome fijamente.

Le abrí mis brazos, sentí la suave caricia del tacto de su piel apretarse contra mí, en un deseo de encontrar refugio, bajo el brillo de la luz del rincón incidiendo sobre rostro. Alzó su cara, y mandó sus labios a la guerra, saboreando todo a su paso, anunciando que apagarían mi sed. Noté al estrecharla, tensarse mis músculos, latir mi sangre y crecer la carne. Acaricié con cariño la piel dejada generosamente a la vista sintiendo como ella me apretaba contra su cuerpo. Acerqué con cuidado mi mano a su nuca, enredándola en su pelo. Y unimos las bocas con furia, desatando un choque de lengua, dientes, labios, pasado, presente y futuro. Se retiró un momento, no sabía si arrepentida, pero fue tan solo para tomar aire y carrera. Me miró a los ojos, y regresó con más ímpetu, conocedora del camino y de la recompensa, deslizando por mi boca, su queja irrenunciable de mujer desconsiderada en su cultura.

Consideré que era una invitación a que tomara la iniciativa. De la mano la llevé al dormitorio donde la había visto en los brazos de Layla. Se tendió, acabó de desnudarse, me atrajo hacia sí, deslizó mis bóxers de mis piernas y comenzó a besarme con dulzura, desplegando una enorme ternura, acelerando lentamente hasta arrastrarme a su mundo de lujuria. Sentía que mi cuerpo entero estaba erizado. Nuestras lenguas estaban juntas otra vez y sus manos ahora empezaban a recorrer mi cuerpo. Yo la tomaba por la cintura y deslizaba mis manos por el terciopelo de la piel de su espalda. Sentía que mi cuerpo buscaba el de ella, me pegaba más fuerte y me movía arqueándome.

Deslicé mis dedos por entre sus piernas, la humedad en su coñito era enorme, sus pezones despertaban al estímulo. Me sentí fascinado por sus pechos, que invitaban a besarlos. Sentía que sus pechos se endurecían, disfrutaba jadeante, mientras me acariciaba la cabeza y me susurraba que siguiera.

—¿Te gusta mi pecho? —me susurró.

—¡Me encanta! ¡Me gusta todo de ti!

Cada gesto, cada palabra que me decía, con esa madura sensualidad me excitaba más. Nuestras respiraciones se agitaban, gemíamos, sentí sus manos descendiendo hacia mis partes íntimas.

—Me encanta verte disfrutar de esa forma—exclamé.

Su pelvis buscaba mi boca y se la acerqué, hundiendo mi lengua en su coñito, estaba muy mojada, mis dedos resbalaban hacia su vagina, sus fluidos me llenaban los dedos, le introduje un dedo dentro, después dos y al verla gemir, metí tres. Me cogió la mano fuerte y me pidió que no parara. Recibí en mis manos su primer orgasmo y casi a la vez, llegó el mío. Los sonidos de placer se mezclaban, quedando los dos satisfechos, rendidos, mirándonos. Solamente escuchábamos nuestras las respiraciones, no hacía falta decir nada. Sentía su suave piel en contacto con la mía. Empecé a acariciarla muy despacio, con intención de calmarla, pero conseguí el efecto contrario. Ella comenzó a moverse encima mío. Nuevamente las respiraciones se agitaban, ella se acomodaba en mi cuerpo de forma increíble para mi hasta que nuestros sexos podían refregarse en un frenesí de locura extasiante. Mi cuerpo buscaba el de ella y se movía como si lo hubiera hecho siempre.

Me subí sobre ella sin dejar de mirarnos mientras nuestros sexos se unían. Me llevé a la boca uno de sus enormes y hermosos pechos mientras ella me empujaba para que no perdiera el ritmo de mis movimientos agarrándome del culo, y lentamente sus manos jugaban con él. Nunca había recibido tantos estímulos juntos. Seguimos así, perdiendo la noción del tiempo. Después cayó rendida en la cama. Mi cuerpo temblaba. Sentí que sus dedos recorrían mi polla y ella me hablaba, pero no la podía escuchar estaba sumergido en un mar de nuevas sensaciones.

—En nuestra religión, se cree que el Paraíso rebosa de huríes cuya virginidad física se reconstituye después de cada penetración. Debo haber alcanzado el Paraíso contigo. Estoy deseando que me penetres de nuevo.

No sé en qué momento nos quedamos dormidos, pero si recuerdo que el despertar con ella fue maravilloso, abrí los ojos con ella encima de mí, besándome y moviéndose. Cuando mi cuerpo se unió a ella en el placer, aumentó la intensidad. Me agarré a su espalda y los gemidos no paraban. Tanto los míos como los suyos. Se incorporó y me levantó las piernas. Si creía que lo había sentido todo, estaba totalmente equivocado. Los gemidos de anoche parecían murmullos comparados con los que estaba gritando ahora. Me volvía loco, la agarré de la cintura en esa posición para intensificar la penetración. Quería más. Mucho más. Estaba muy cerca del orgasmo, pero se detuvo.

—Quiero que vuelvas a Marraquech pronto.

No podíamos entretenernos más, salía su avión a las diez. Nos despedimos con cariño antes de que embarcara. «Te espero» es lo último que escuché de ella.

La próxima semana tendría que regresar, y deberíamos encontrar la forma de vernos sin levantar sospechas de su padre, ni de su entorno. Recibí la llamada de Elena interesándose por la marcha de Layla, y la tranquilicé. «No te preocupes, yo también me la he follado» debí de haberle dicho.

Después de regresar de Marbella, seguía muy atareada con el encargo del cónsul francés. El viernes apareció por el despacho a concretar algunos aspectos del proyecto de la clínica. Quiso conocer el resultado de las últimas reuniones, y le propuse comer juntos.

—Se quedó con ganas de verte —le espeté.

—Ya —respondió seca, sin añadir nada más. Adiviné que su encuentro sexual debió haberle influido.

—En dos semanas tendrás que ir a Marraquech —No respondió nada, me extrañó por la enorme ilusión que tenía en el proyecto. —¿Me has oído?

—Mmm no, estaba distraída.

En ese momento recibió un mensaje, que la hizo exclamar una interjección de contratiempo.

—¿Ocurre algo Elena?

—Mis clientes franceses, organizan una fiesta en su casa mañana y estoy invitada.

—¿Y no quieres ir?

—La fiesta no me importa, pero asistirá otro miembro de la embajada, su subordinado, que está siendo muy insistente conmigo, y no me apetece aguantarlo.

—Te acompaño si quieres —me ofrecí deseando acercarme a ella.

—¿En serio? ¿Vendrías? Es una fiesta de mayores, mayores….

—Pero yo asistiré con una adolescente. En serio, te has portado genial con Layla, te debo una.

—¡Qué mono eres! Podemos dar la nota…

—¿Qué se jodan! Seré el hombre más envidiado.

Quedamos en pasar a recogerla, para evitarla conducir, con tiempo de sobra antes de la hora de la invitación. La avisé de que llegaba en quince minutos.

Al ir a llamar encontré la puerta medio abierta. Entré llamándola, y desde su dormitorio me gritó que me pusiera algo que saldría enseguida.

Conociendo ya el camino a su habitación, me adelanté sin hacer ruido, y desde el mismo observatorio que la noche anterior, la vi en ropa interior, eligiendo zapatos, y bolso. Cogió el vestido que le regaló Layla, y me retiré inmediato al ver que se giraba.

En unos minutos apareció en el salón, bella, con su melena rubia a mechas, con algunos rizos, pero con un vestido diferente al de Layla.

—Pensé que estrenarías el que te regaló ella.

—¿Cómo sabes que me lo regaló?

Me sentí descubierto, pero rápidamente traté de salir del paso.

—Me lo dijo Layla, cuando la acompañé a recoger dos trajes más —improvisé.

—Verás, es que… no quería que me lo recordara.

—No seas tonta, me lo enseñó y es precioso.

La cogí de la mano, esperé a que se decidiera, y la llevé a su dormitorio, donde lo había visto sobre la cama.

—Quiero que seas la mujer más espectacular de la fiesta. ¡Póntelo por favor!

Entró al baño, y en dos minutos salió. Me quedé fascinado, un precioso vestido largo negro, con escote muy bajo, que arrancaba casi desde la cintura ajustada. Dos aberturas laterales mostraban sus piernas al andar. Su elegancia era superlativa, sin poder evitar alguna arruguita que se le formaba en la parte lateral de los ojos. A cambio de esas arruguitas mostraba una sensualidad brutal. Tendría que leer el resto de cuentos de las 1001 noches porque seguro habría alguno para ella.

Se engarzó unos pendientes y una cadena oro acabada en una pequeña pero preciosa piedra, y unos zapatos elegantísimos que la elevaban un poco más. Al mirarse al espejo, me preguntó que tal.

—No sé cómo no me había fijado antes, vas a ser la sensación en la fiesta.

La fiesta del cónsul correspondía a una de las despedidas que iba a realizar, un evento tranquilo si ibas en pareja, pero si se hubiera presentado sola, la habría asaltado, en el buen sentido, ese interesado diplomático que estaba esperándola. Para mí era un acto al que no estaba acostumbrado y que me permitía acercarme más a Elena a la que, después de la confianza que me generó estar con Layla, deseaba follarme por encima de todo.

Al aparecer en la fiesta, congregó todas las miradas, si bien es verdad que la edad media era mucho más alta, y los estilos mucho más clásicos. Nos recibieron cariñosos, el cónsul y señora, nos presentó a mucha gente, compartiendo el grupo con unos amigos españoles que vivían en la zona. Me presentaba como un joven arquitecto muy brillante, con quién colaboraba en un proyecto conjunto de la adecuación de un palacete árabe para uso sanitario, en Marruecos.

—La clínica es una gran mansión, apenas has mentido —reí al oído de Elena.

Los anfitriones se sentían orgullosos de presentarla a sus amigos. Tras un rato bebiendo y conversando con todos, Alain, el diplomático que trabajaba con su cliente, casado, con su señora en París, solo tenía ojos para Elena.

—No te alejes, no quiero quedarme sola con él —me pidió cogiéndome del brazo.

—Si quieres nos damos un beso, para marcar territorio.

—¡No te pases! Con estar cerca vale —rió ante mi ocurrencia.

—A veces hay que arriesgar un poco.

—No te conocía tan lanzado —se la notaba divertida con mi provocación.

—Ni yo a ti tan glamurosa… ni tan atractiva.

—Gracias, me halaga que te lo parezca. Siento que están sucediendo muchas cosas en mi vida.

—Debe haber sido el efecto Layla —contaba con que ella no sabía que las vi.

—Y tuyo —respondió—. Confiaste en mí profesionalmente, y a nivel personal, no has podido ser más atento estos días.

Estando en un grupo con ese Alain acosándola, me lanzó una mirada que entendí, como ven a rescatarme. Eran las doce, pensé que ya habíamos cumplido, y dado que la media de gente que quedaba era muy mayor, y el tal Alain no se rendía, le propuse retirarnos.

Al dirigirnos al coche, seguía radiante, disfrutando una salida tan poco habitual.

—La noche es preciosa, y me he sentido halagada con tu compañía. La mujer del cónsul me ha preguntado con cierta malicia ¡si éramos pareja!

—¿Y qué has contestado? —quise saber su reacción.

—No he respondido, solo le he guiñado un ojo —Estaba exultante—. ¡Que piense lo que quiera! —sonrió.

—¿Qué te parece si continuamos la ambigüedad, por si nos siguen y nos vamos a tomar una copa a algún sitio animado?

Asumiendo que había roto todas las reglas, no dudó en asentir.

—Tengo que aprovechar la salida con un acompañante tan atractivo. Esta noche estás muy guapo.

Llegamos a Opium, con un ambiente muy desenfadado, donde éramos los más elegantes de la disco.

—Me gusta el sitio, que buena idea has tenido.

—Debería vernos la señora del cónsul —le guiñé el ojo yo ahora.

Pedimos dos gin tonic, que sumados a lo que habíamos bebido ya, y su falta de costumbre, comenzó a madurar un estado divertido y desenfadado. Dándole un trago a su Gin tonic, cogió el mío y el suyo, los dejó en la mesa.

—Pues jovencito, si quieres que sigamos el juego, me vas a sacar a bailar.

No me dejó opción, me cogió de la mano y fuimos a la pista, comenzó a moverse frente a mí, con un estilazo que llamaba la atención. La hice girarse sobre sí, abriendo los laterales de su vestido, hasta mostrar las piernas, concentrando la atención de los que bailaban en ese momento. Estaba radiante.

—Eres la mujer más sensual de la disco.

Al sentarnos, cruzó las piernas, quedando parcialmente a la vista, recordando a Sharon Stone en «Instinto Básico». Estaba muy sexy, pero con una clase increíble.

Me saludaron unos amigos, entre las que había tres niñas con las que me veía alguna vez. Me excusé, les dije que Elena era una clienta.

—¿No te has atrevido a presentarme? En la fiesta me dijiste que era la mujer más atractiva… —me imitó con un mohín de mujer fatal. Había bebido más de lo normal, pero estaba razonablemente serena y supuse que era una forma de picarme.

—Y lo eras. Ese Alain era un capullo a tu lado.

—¿Celoso? —rió fuerte—. Eso es que te gusto….

—Eres una mujer preciosa.

—Puedo parecerte atractiva, pero mayor. ¿Te gusto, como esas amiguitas tuyas?

—¡Claro que me gustas!

—¿Te has tirado a alguna de ellas? —quiso provocarme.

No podía negar su enorme sensualidad. No sabía si iba a traspasar alguna barrera, pero si sucedía porque ambos lo deseábamos, no lo frenaría.

—A Andrea, la morenita. Pero ninguna de ellas es más atractiva que tú…

—Imagínate que soy una de ellas, y que nos hemos encontrado en la disco… ¿Ligarías conmigo?

—Te sacaría a bailar, pero de otra forma…—le susurré queriendo seguir su juego.

Volvimos a bailar, ya mas sueltos, nos juntábamos para decirnos algo, le restregaba mi cara en la suya, la cogía por detrás y la empujaba contra mí. Se la veía cómoda con la situación. Andrea, se nos quedó mirando, extrañada por el cuadro que hacíamos, y Elena al verla, echó sus brazos por mi cuello en una posición provocadora.

—¡Que se joda! —dijo riendo.

Después de una hora más bailando, nos marchamos a casa. Seguía excitado, jamás me había sentido tan pasional, mi vida estaba cambiando. ¿Hasta dónde me atrevería a llegar con Elena? Ella resolvió mis dudas. En la puerta de su casa, me invitó.

—¿Te apetece entrar?

Puse música mientras ella servía dos copas. Vino hacia mí iniciando los movimientos del baile con su cuerpo.

—Lo he pasado genial —susurró.

Sujeté las dos copas, las dejé en la mesa, mientras ella se quitaba sus tacones, y empezaba a moverse delante de mí al ritmo, de la música, con cierto ritmo, sin llegar a ser música disco. Me acerqué a ella y volvió a echarme los brazos al cuello.

—A tu amiga no le gustó que lo hiciera en la disco.

—Ahora no tienes que provocar a nadie. Estamos solos.

—El proyecto, Layla,… tú, me habéis devuelto la confianza —y con enorme dulzura depositó un beso en mis labios.

La tomé entre mis brazos, deslizándonos por el salón. El baile se fue haciendo más lento, iba estrechándome contra ella, contorneándose de una manera muy sensual. Miré su cara, la de una dama maravillosa postergada por un arquitecto cabrón. Inicié yo el beso, sin prisa por su parte en retirar sus labios, mientras se apretaba a mí.

—Cuando llegó a este momento con una amiga, acabamos follando —susurré.

—Quiero ser una amiga tuya.

En un pequeño movimiento, se bajó una pequeña cremallera trasera de su vestido, dejó caer los hombros del mismo y lentamente fue cayendo al suelo, mostrando su precioso pecho y unas braguitas minúsculas. Estaba bellísima, entre las penumbras de la luz que entraba por la cristalera del salón. Se acercó despacio, me abrazó y seguimos bailando. Mi erección era imponente, deseaba follármela, pero no quería precipitar nada.

Decidí dejar que marcara ella el ritmo. Despacio me fue desnudando, tirando cada prenda al sofá. Cuando tuvo que bajar los pantalones, se agachó a la vez, para saludar a mi polla por fuera del boxer, con todo el mástil desplegado.

Ya estábamos en igualdad de condiciones, nuestros cuerpos ligeros de ropa. Seguimos bailando juntando nuestras caras. Al acabar la canción, me dijo.

—Me siento insegura, pero estoy muy excitada. Dime que te gusto.

—Me vueles loco. Estoy deseando follarte.

—¿Y a que estás esperando? Amémonos hasta condenarnos —Se quitó su braguita y quedo desnuda del todo, invitándome a avanzar.

La cogí por la cintura, la llevé a la mesa de comedor, la icé, y ella supo que tenía que abrir las piernas, y esperar mi empotrada. Comenzamos a acariciarnos y a abrazarnos, yo trataba de mantener el control. Subí mis manos, gemía de placer al acariciarle sus pechos. Me besó por el pecho, por el cuello, se subió sobre mí, le caía el pelo por su cara, estaba liberada, ya había dejado atrás todos los prejuicios.

—¿Preparada?

—Me tienes preparada desde que vi a tu amiga celosa de mí. Supe que iba a dejar que me follaras.

No podía esperar, ni detenerme en juegos, aceleré para echarle el polvo que llevaba días guardándole.

—Que no se acabe la noche…—Me miró con lascivia y me llevó al dormitorio.

—Me sentía un poco inseguro ante ti, no podía imaginar que te acabaría follando. Ahora que he visto lo pasional que eres, vamos a disfrutar.

Ya en la cama, necesité unos minutos de caricias para estar preparado. Volví a penetrarla, e hicimos el amor a cámara lenta, sin apenas movernos, tratando de alargar el último momento de compartir nuestros abrazos mientras fuéramos capaces. Las primeras luces del amanecer despuntaban cuando exploté dentro de ella.

—No tenemos prisa Elena. Lo mejor está por llegar.

—Ha sido increíble, durmamos un rato y recupérate. Quiero que me ames de nuevo, no tenemos que madrugar mañana.

Fue fácil quedarse dormidos. No sé cuánto tiempo lo estuve. Abrí los ojos con las caricias de sus manos, viendo su preciosa cara, con su boca merodeando mi pene, como tiburón acechando su presa, despertaron mi fuerza masculina, antes de lo que ella misma creía.

—Qué maravilla ver esto resucitar tan fácilmente. Ahora me toca a mí.

Se giró, me dio la espalda y sentada sobre mí, cogiéndolo con sus manos, se lo insertó entero, y apoyando las en la cama, comenzó a subir y a bajar, con una enorme suavidad que indicaba que su dilatada vagina estaba bien lubricada

A intervalos, no sabía si por frenarse ella o por no dejar que me fuera yo, paraba sus movimientos. Me miró con una lascivia que nunca le había visto.

—Es el mejor polvo de mi vida —gimió.

Se levantó a preparar un desayuno, nos reíamos conscientes de haber traspasado una barrera que no tendría vuelta atrás.

—¿Por qué no te quedas? No tengo derecho a pedirte nada, pero no me gustaría que hubiera sido un polvo y adiós. Podemos salir a tomar algo y volver a echar una siesta.

—¿A dormir?

—A dormir… después de que me vuelvas a follar.