La perra de Vanessa (2)
Vanessa creía conocer el placer, pero Enrique tenía otros planes para su cuerpo. Lo que comenzó como una fantasía privada en su propia cama terminó en la calle, bajo la mirada de desconocidos, donde cada latigazo y cada orden degradante borraban un poco más de su dignidad para dejar lugar a una obediencia absoluta.
Julia se despertó feliz y satisfecha. Hacía mucho tiempo que no echaba un polvo tan bueno. Era la primera vez que lo había hecho como una perrita. La verdad es que le había excitado muchísimo que Enrique se lo propusiera y entregarse a él de esa manera en su primera cita. Y todo para que su hija no se enterase de lo que estaban haciendo.
Lo más divertido para ella fue maquillarse para disimular el chupetón que su amante había dejado en su cuello.
¿Desde cuándo no tenía uno? Desde su adolescencia, cuando hacía cosas a escondidas con su futuro marido.
Se vistió y salió corriendo de la casa porque llegaba tarde al trabajo.
Vanessa miró aterrorizada al hombre que había jurado obediencia absoluta al tiempo que escuchaba el coche de su madre. Había pasado la noche con él, pero no como una pareja normal. Ella la había pasado atada y amordazada.
Sabía perfectamente para qué desde el mismo momento en que Enrique se lo propuso.
Y aún así, accedió.
Enrique la ató de pies y manos con fuerza a la cabeza y los pies de la cama respectivamente, formando una cruz.
Luego se tumbó encima de ella y se durmió.
Ella no.
Vanessa no pudo dormir.
Sabía que cuando el hombre despertará de la follaría de nuevo, de forma brutal y sin piedad, estuviese despierta o dormida.
Lo sabía muy bien.
Y sin embargo, había accedido.
La follada comenzó mientras su madre aún estaba en la casa. Enrique le metió de golpe y hasta el fondo una erección descomunal.
Su única salvación fue que estaba empapada. Se había pasado toda la noche esperando este momento por lo que sus jugos no habían dejado de salir.
Aún así dolía debido a su inexperiencia, a la posición y a la fuerza del hombre.
Este acabó antes de que Julia se marchará de casa.
Y esperó.
Abrió las cortinas dejando que la luz del sol iluminará a la joven.
— ¿Te apetece mear? Porque a mí sí, y sinceramente, me da igual hacerlo sobre ti que dentro de tu boca. Tú decides.
Con el tiempo, las lluvias plateadas, doradas y hasta marrones serían muy normales, deseadas y hasta anheladas.
Que un macho la escupiera, la meara o se cagara encima de ella era simplemente una muestra de su poder hacía ella y de su sumisión hacía él.
Pero la primera vez que se lo propusieron, Vanessa solo sintió asco e impotencia.
Sabía que el hombre no se iba a detener. A malas lo haría sobre ella.
Eso significaba empapar el colchón. Y explicarle a su madre que se había meado…
— Boca — mencionó ella en cuanto le retiraron la mordaza.
— ¿En serio?
Vanessa asintió con la cabeza.
— Sabes, creo que me apetece más mearme encima de este cuerpo tuyo tan bonito.
— No, por favor, no. Me la tragaré entera, pero se lo pido por favor, hágalo en mi boca.
Accediendo a su deseo, Enrique se subió a la cama y se situó sobre el pecho de esta. Agarró su cabeza con ambas manos e introdujo su polla en la boca ya abierta de la chica.
Era la primera vez que Vanessa tenía el rabo de un macho en su boca. Lo primero que la impresionó fue su fuerte sabor.
Era consciente de que estaba manchada con sus propios jugos, restos de semen, sudor y seguramente sangre.
Pero no le resultó repulsivo.
Lo segundo que la impresionó fue que el sabor de la orina, tampoco.
Enrique estaba meando despacio, disfrutando del momento, permitiendo que ella se lo bebiera a sorbos.
Mientras Vanessa vivía todo un conflicto.
Estaba siendo usada como el sustituto de un retrete y le gustaba. No podía explicarlo, pero le gustaba.
No era tanto el acto en sí. Era la sensación de ser humillada, de sentirse usada, de sentirse sucia lo que le provocaba placer. Sucio y malsano, pero placer.
Enrique sacó la polla para soltar sobre su carita el último chorro de la meada. Por el gesto de la chica supo que estaba a nada de entregarse a él completamente.
— Ahora te toca mear a ti.
— No, por favor, aquí no.
— No. Ya te he concedido un favor. No pienso ceder otra vez.
— Por favor se lo pido. No me obligué a hacerlo aquí, en mi cama. ¿Qué pensará mi madre?
— Debes aprender a obedecer.
Declaró este mientras bajaba de la cama
— Debes aprender que obedecer es lo único que te debe importar.
Vanessa vio como agarraba el cinto que estaba colgando de la silla. Tiritó de miedo.
— Debes aprender cual es tu nueva posición en el mundo.
El dolor que sintió al recibir el primer cintazo en su vientre fue tremendo. Le ardía la piel allí donde el cuero le había tocado.
El segundo latigazo se cruzó con el primero.
El tercero y el cuarto fueron descargados sobre sus pechos.
— No más, por favor, no más… duele mucho.
El quinto lo descargó en su coño.
Vanessa gritó de dolor al recibir este último latigazo.
Enrique comenzó a desatar sus pies y sus manos.
— Ven, sígueme.
Vanessa comenzó a andar detrás de él sin cuestionarse nada. La piel le dolía muchísimo aún donde había tocada y era un buen recordatorio de que la iba a pasar si volvía a desobedecer.
Siguió al hombre hasta la puerta de la calle.
— Si no quieres hacerlo ahí, tendrás que hacerlo aquí fuera, como la perra que eres.
¿De verdad pretendía que saliera desnud a la calle?
No, aún no, pero lo terminaría haciendo.
Enrique cogió un abrigo de la percha, lo suficientemente largo para taparse sin abrocharlo, y nada de zapatos.
— Vamos.
Camino detrás de él teniendo mucho cuidado de donde colocaba los pies hasta el parque del vecindario.
Olía mal, a meados, y se veían mierdas de perro sin recoger por todas partes.
— Quítate el abrigo.
Vanessa obedeció.
Tiró el abrigo al suelo y se quedó desnuda en ese lugar repugnante, tiritando de frío pues la mañana recién empezada estaba fresca.
Aún así, en un último intentó patético de salvar algo de dignidad, se tapó con las manos.
Duró solo un instante. Bajó la atenta mirada de su Enrique, Vanessa separó las piernas y colocó sus manos en la espalda.
No podía levantar la cabeza.
Se colocó de rodillas y comenzó a mear mientras él lo grababa todo.
Un hombre que paseaba a su perro se acercó a mirar.
— Enrique, ¿Qué tal?
— Bien, ya ves, aquí paseando a la perra.
— Buen ejemplar, sí señor. Si algún día quieres cruzarla, ya sabes mi número.
Vanessa levantó la vista por curiosidad y por morbo. Vio un perraco grande, negro, muy sucio…
Volvió a bajarla.
— ¿Puedo correrme encima de ella?
— Claro, sin problema. Hazlo sobre sus pechos.
Vanessa no se movía. Mantenía la vista fija en el charco de pis que había formado.
El hombre se acercó a ella, se sacó la polla, comenzó a pajearse y no se paró hasta que el pecho y el vientre de la joven se mancharon con su semen.
— Gracias.
A todo esto su perro ya había terminado de hacer sus necesidades, así que se marcharon.
Vanessa lo había visto todo.
Al viejo pajeándose, a su perro cagando y ella allí, desnuda, en mitad de todo eso.
— ¿Vas a cagar tú también?
Vanessa pensó que debía estar de puta coña. Aún así no salió un sonido de su boca. Lo más delirante, es que sintió que si se lo ordenaba, lo haría, obedecería.
Cerró los ojos y asintió.
— Pues hazlo.
Se colocó en cuclillas y comenzó a apretar. No podía creerse lo que estaba haciendo, dónde lo estaba haciendo y delante de quien lo estaba haciendo.
La mierda no tardó mucho en salir.
Al acabar, Enrique pasó unos de sus dedos por su culo aún sucio.
Lo colocó lleno de mierda a la altura de la boca de su esclava.
Y esta lo chupó.
Fue un gesto rápido, un abrir y cerrar de boca en un abrir y cerrar de ojos para aparentar que ahí no había pasado nada. Vanessa mismamente estaba tremendamente avergonzada de lo que acababa de hacer.
— Recoge tu abrigo, nos vamos.
Vanessa se dio prisa en obedecer esta vez. Se colocó el abrigo alrededor del cuerpo y corrió para situarse detrás de él teniendo buen cuidado de no situarse por delante de él.
No tardaron mucho en llegar de nuevo a la casa.
El camino de vuelta le pareció cortísimo en comparación con la ida.
Tras cerrar la puerta, Vanessa se recostó contra ella y se desprendió del abrigo que la cubría.
Necesitaba que la tocarán, necesitaba que la usará.
Enrique lo entendió.
Se acercó a ella, le apartó suavemente el pelo del hombro y comenzó a comerse su cuello mientras deslizaba sus manos por el cuerpo de la joven, acariciándolo.
Agarró con fuerza su culo y tras dejar un par de fuertes chupetones en cada lado de su cuello, bajó su boca hasta su pecho para mamar con fuerza.
Vanessa se estaba muriendo de placer.
Ya había dejado la noche anterior que le mamará uno de sus pechos, pero estaba demasiado tensa para disfrutarlo realmente.
Ahora deseaba que ese bebé grande que se alimentaba de sus pechos no parase de mamar.
Colocó sus manos en sus muslos y le rozó ligeramente el coño con los pulgares.
Vanessa lo tenía hipersensibilizado debido al latigazo que había recibido hacía poco y ni el frío había sido capaz de anestesiarlo, así que esos roces eran terriblemente intensos.
Volvió a morderla, está vez más fuerte que la pasada noche.
Vanessa apretó los dientes para no gritar. Porque su cuerpo le pertenecía a él.
Introdujo dos dedos en ella y comenzó a masturbarla. Lento al principio, con más intensidad después, siempre hasta el fondo.
Para Vanessa fue como si se la estuvieran follando.
Las fuerzas de su piernas le abandonaron y tuvo que sostenerse sobre el cuerpo de su él, que ya solo se dedicaba a masturbarla.
Vanessa se vino sin remedió.
Sacó los dedos de su interior y le dejó caer para que se pusiera sentada con el culo pegado al suelo.
Le abrió la boca y metió sus dedos pringados dentro de ella y esta los chupó hasta dejarlos bien limpios.
Comenzó a gatear detrás de él. No sabía donde iba, solo sabía que debía ir detrás.
Se metieron en la habitación de su madre.
Le ordenó que se pusiera boca arriba, con las rodillas muy abiertas y las manos sujetas a los tobillos.
Sacó el móvil y comenzó a hacerle fotos.
Ya solo por la posición en la que se encontraba se sintió muy humillada. ¿Pero qué podía hacer? Solo ver impotente cómo se las mandaba a sus amigos.
Este se descalzó y se quitó los calcetines, para poder pisar su coño, su vientre y su cara. Terminó metiendo el pie en su boca.
Lo sacó lleno de babas y lo restregó por su preciado pelo.
Solo quedaba una cosa más que hacer, mostrarle para qué servía esta posición.
Se quitó el cinturón.
Vanessa no sabía el porqué o qué había hecho de malo para ello. Solo se daba cuenta de que estaba completamente expuesta a un castigo.
— No, por favor, no, duele mucho.
Descargó un par de cintazos contra su coño, ante los cuales Vanessa solo pudo tragarse el dolor.
— Date una ducha y ponte guapa. Dejaré la ropa que debes ponerte en tu cuarto. Pero estos dos no te los tapes. Hum, hazte una coleta.
Antes de entrar en la ducha dedicó unos momentos a mirarse en el espejo.
Lo primero que vio fue los chupetones de su cuello, aquellos que él no deseaba que se tapará. Lo segundo, las marcas de sus dientes en su pecho, junto a brillos provenientes del semen ya secó que aún tenía en el cuerpo.
Se fijó también que la piel de su vientre donde el cinturón la había golpeado seguía rojiza.
Se examinó los pies y se alegró cuando vio que solo estaban sucios.
El agua caliente la revitalizó. Lavó y limpió a conciencia todo su cuerpo, incluidos los dientes. No podía olvidar que hacía nada había probado mierda por primera vez en su vida.
Mientras estaba en ello, escuchó ruidos en el piso de abajo.
No sabía que hacer. ¿Salir del baño con un albornoz, en toalla, desnuda? ¿Presentarse?
No.
Ordenó sus ideas.
Debía ir a su cuarto a vestirse apropiadamente.
Salió del baño solo con una toalla enroscada al cuerpo y se dirigió rápidamente a vestirse.
Había seleccionado para ella un bonito vestido de verano y ajustado con minifalda que dejaba sus hombros y piernas al aire, unos zapatos de tacón de aguja que pertenecían a su madre, todo ello negro y nada de ropa interior.
Se vistió despacio y se miró en el espejo. Estaba preciosa. También se pudo ver los pezones.
Tras hacerse la coleta, salió de la habitación y se presentó ante los hombres.
— Bienvenida Vanessa.
Eran diez sin contar a su Enrique. Todos mayores y todos mirándola.
— Hola, amo.
Era la primera vez que le llamaba así porque así lo sentía.
Sentía las miradas de los hombres sobre su cuerpo. Sentía como la miraban las piernas, los pechos marcados y los chupetones del cuello.
— Traenos algo para comer y beber.
Con el tiempo, Vanessa se volvería una magnífica anfitriona, pero ahora estaba bastante perdida.
¿Qué tenía en la nevera? ¿Qué beberían estos hombres? ¿Cerveza, algo más fuerte? ¿Había cervezas en la nevera? Sabía que vino sí que había pues a su madre le gustaba beber un trago de vez en cuando.
¿Y para comer? Ni tenía ni la menor idea.
Por suerte para ella los hombres habían llevado varias cosas. Había cervezas y varios aperitivos.
En realidad solo querían que les sirvieran.
Salió de la cocina con una primera bandeja llevando las cervezas. Caminó hasta situarse en mitad del grupo y las dejó en la mesa.
Le costaba mucho andar con esos zapatos pues a pesar de ser de su número nunca había llevado tanto tacón.
Repitió el proceso con los aperitivos.
Por indicación de su amo, se quitó los zapatos y se sentó en mitad de la sala.
Su amo se acercó a ella, la retiró el pelo del cuello y le colocó un collar de perra delante de todos ellos.
A continuación, ordenó a su perra acompañarle cuatro patas hasta el sofá de la casa. Ahí se sentó y se sacó la polla.
Agarró con ambas manos la cabeza de su esclava y le introdujo la polla en la boca para comenzar la follada.
Las babas de Vanessa empezaron a caer como si de una catarata se tratase. Debido a la dureza de la follada, estuvo a punto de atragantarse con la corrida de su amo y cometió el error de escupirla al suelo.
Agachó la cabeza delante de todos para poder lamerla del suelo.
Como castigo, o quizá porque le apetecía, su amo subió su falda dejando su culo y su coño a la vista de todos.
— Que se quite el vestido ya, joder.
Tras limpiar el suelo con la lengua, se levantó y se quitó la única prenda que cubría su cuerpo quedándose desnuda completamente a excepción de la correa que llevaba alrededor del cuello.
Se colocó con las piernas abiertas y las manos a la espalda.
Un hombre de los muchos que había se acercó a ella con la botella de cerveza, se la terminó delante de ella y cuando la vació, le introdujo el cuello de la misma por el coño.
Vanessa lo sintió extraño y humillante.
Tras sacarla empapada de jugos, se la metió por el culo.
Soltó un pequeño gemido cuando eso ocurrió.
Y tras sacarla se la introdujo en la boca.
Le obligó a chupar el cuello de la botella un par de veces, como si estuviera chupando una polla.
Les mostró a los demás la botella cubierta de babas como si de un trofeo se tratase.
— Ya es hora de que empiece a hacer su trabajo.
Vanessa vio como su amo le daba su correa al hombre. Este tiró de ella y se la llevó a la habitación de su madre.
— Te cuento como va esto. Estamos aquí para llenarte el estómago con tanta leche que no tengas que comer en varios días. ¿Lo entiendes?
— Lo entiendo.
— Sabemos que eres novata, así que no esperamos milagros. Una simple mamada nos basta. Pero será mejor que te esfuerces con nosotros, somos muy buenos amigos de Enrique.
— Lo entiendo.
Dejando las cosas claras antes de empezar, Ricardo se tumbó en la cama y dejó que Vanessa le sacase la polla.
Esta la lamió, la chupó, se la metió en la boca y se tragó toda la corrida lo mejor que pudo.
Los amigos de su amo fueron entrando uno detrás de otro.
Vanessa vio pollas de todo tipo. Grandes, chicas, depiladas, sin depilar, pero todas ellas sucias y malolientes. Al parecer la higiene y la limpieza no iban a ser muy comunes en su vida.
No se atrevió a salir de la habitación aún a pesar de haberse tragado ya la corrida de los diez. Tenía claro que hasta que no viniera su amo a recogerla no podía salir de ahí.
Y este la dejó dentro un buen rato hasta que fue a buscarla.
Salió de la habitación por orden de su amo y se encontró de frente con un bol lleno de escupitajos, donde había hasta flotando flemas verdes.
— Para ti.
Miró a su amo suplicante para no hacerlo.
— Bébetelo.
Vanessa miró de nuevo el bol, alargó sus manos… Y no pudo, porque le daba un asco increíble.
Volvió a mirar a su amo.
— Sí, ya sé que es un bol lleno de babas. Ahora, bébetelo.
Si por Vanessa fuera, prefería ser follada por el culo por los diez tíos, uno detrás de otro.
Volvió a mirar la asquerosidad que tenía delante.
— ¿Pero esta no se había tragado ya meados?
— Vaya decepción de perra tienes, Enrique.
Vanessa entendió una cosa. Podían reírse de ella, pero no iba a permitir que se rieran de su amo.
Agarró el bol lleno de babas, se lo acercó a la boca y se lo bebió.
Joder que puto asco… Tenía que hacer esfuerzos para no vomitar.
Los hombres comenzaron a salir de la casa dejando solos al amo y a su esclava.
Este se sentó en el sofá.
— Ven aquí.
Vanessa se acercó a él y se sentó en su regazo, quedándose dormida al poco tiempo.
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