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Dominaciónfeb 2023

Ana emputecida (y 8)

El candado en su coño es solo el comienzo. En Berlín, bajo la mirada de una amiga cómplice, su pasado se convierte en un juguete para su presente más crudo. ¿Hasta dónde llegará la sumisión cuando el mundo entero pueda verla?

dameroelectrico8.5K vistas9.7· 6 votos

1

Al día siguiente me presenté en su casa a media tarde. Creo que tuvo muchas dudas sobre cómo recibirme, así que se había puesto su collar de perrita y un sujetador negro de copa baja mostrando los pezones. Su coño desnudo seguía cerrado por el candado que yo le había colgado la víspera.

Su casa era pequeña, decorada con muebles de estilo moderno, un poco ikea. Constaba de una sala-cocina no muy grande a la que se accedía directamente y una habitación muy amplia, con su baño y un gran armario que forraba toda una pared. En una esquina había un espejo de cuerpo entero y cerca de la cama un sillón de orejas de cuero, que era uno de los muebles más bonitos de la casa.

Allí me senté yo. Observé un poco toda la habitación, que estaba prácticamente idéntica a cuando éramos pareja y que me producía sensaciones agridulces. Allí me había follado a Ana muchas veces. Pero también allí habíamos tenido muchas peleas y ella había conseguido hacerme mucho daño. Pero eso se había terminado.

2

La tarde fue muy divertida. Le hice sacar unas bolsas de basura, y empecé por descartar toda la ropa que me recordara aquellos tiempos. También todos los pantalones fueron directamente a la basura. Después le hice probarse unos cuantos conjuntos para evaluar el resultado. La idea era dejar solo la ropa que, al menos, sugiriera su condición de zorra. También seleccioné su ropa interior, sus pijamas y camisones… todo su guardarropa. Finalmente llenamos cuatro bolsas de las que tenía que deshacerse inmediatamente.

Para el viaje, elegí unas cuantas bragas negras lisas y transparentes que siempre me habían gustado en ella, únicamente el sujetador que llevaba puesto y que mostraba sus pezones, unas camisetas de lycra, las dos faldas más cortas que tenía (una de cuero con cremallera delante y la de tablas escocesa de estilo punk), un vestido de tirantes también mini, de color dorado, un jersey negro ajustado y un poco largo y todas sus medias de estilo hold-up (de las que se aguantan en las pantorrillas). Con eso, su abrigo de cuero y una chamarra vaquera que le quedaba muy estrecha y apenas podía atarse, unas deportivas y las botas altas, tenía suficiente.

Dejé para el final el vestido dorado. Cuando se lo puso, me saqué la polla que tenía ya dura.

— Quítate las bragas y siéntate en mi polla, puta —le dije.

Así lo hizo. Cuando se acercó intentó sentarse frente a mí y metérsela en el coño, pero se dio cuenta de que lo tenía cerrado con mi candado. Le crucé la cara.

— De espaldas zorra. Métetela en el culo.

Se sentó de espaldas a mí y se metió mi polla en el culo. Empezó a moverse arriba y abajo rápidamente y yo me puse cada vez más cachondo. Al final me puse de pie sin sacarla, la volqué sobre el suelo tumbándome sobre ella, y acabé de follarla a mi gusto. Antes de correrme saqué la polla y lo hice sobre su precioso vestido.

— El viernes vendré a buscarte a las diez de la mañana. Ponte la camiseta de lycra negra, con la falda de cuero, las botas y el abrigo. No lleves sujetador. Ten preparada una maleta pequeña y tu documentación. Y limpia ese vestido, guarra.

Allí la dejé tumbada en el suelo y me marché tranquilamente. Ella no sabía todavía adonde íbamos.

3

La fui a buscar el viernes en mi coche. Toqué el timbre y bajó enseguida. La vi contenta pero un poco nerviosa y yo sabía porqué era. Cuando subió al coche le mostré los billetes. Eran dos billetes de ida y vuelta a Berlín en business class. Sonrió muy contenta, pero dijo:

— Tendremos que pasar el detector de metales.

Yo había barajado la posibilidad de hacerla pasar por el arco detector de metales con el coño candado, pero no quería tener problemas en el aeropuerto, así que se lo quité antes de bajar del coche y subimos al avión sin problemas. El viaje fue agradable. En esos sillones de primera, le hice ponerse una manta por encima y estuve todo el viaje sobándole el coño.

Al llegar tomamos un taxi y fuimos al hotel. Era el Adlon, uno de los hoteles más lujosos de Berlín, en Unter den Linden (como quien dice la Gran Vía de Madrid). Teníamos dinero de sobra para estar allí una semana. Aparte del billete y el hotel, todavía me sobraban 3.500€ para gastos.

— Tú dormirás ahí.

Le dije esto señalando la alfombra, al lado de la cama más próximo de la ventana, que era en realidad una doble puerta de cristal que daba a un amplio balcón desde donde se veían los grandes edificios de la avenida.

Deshicimos las maletas y me tumbé un rato para descansar del viaje. Eran las ocho de la tarde cuando me desperté y la vi, aún vestida con la misma ropa, tumbada a los pies de la cama. Esa tarde salimos a cenar algo y volvimos al hotel pronto. Mis planes empezaban al día siguiente. Hay muchas cosas que hacer un sábado en Berlín.

4

Dediqué la mañana del sábado a dormitar y follarme a Raquel por el culo unas cuantas veces. La primera fue antes de desayunar. En cuanto me desperté, saqué un pie de la cama y le di una patada para que se espabilara. Estaba totalmente desnuda salvo por el collar y el candado que le colgaba del coño.

—Levanta el culo, puta.

Se puso a cuatro patas, con el culo en pompa. Yo le metí la polla sin contemplaciones y me la follé violentamente hasta correrme dentro. Después le inserté un plug en el agujero para evitar que se derramara mi corrida.

Yo desayuné tranquilamente en la cama, ella arrodillada en el suelo a mis pies. A cada rato, cuando me volvía a empalmar, le pegaba una patada y ella reaccionaba inmediatamente levantando el culo y ofreciéndomelo. yo le quitaba el tapón y me lo follaba. No recuerdo cuantas veces me corrí dentro mientras miraba el tatuaje con la inicial de mi nombre que le había tatuado. Finalmente me entró hambre y salimos a uno de esos restaurantes alemanes que son como cerveceras al aire libre. No dejé que se sacara el plug del culo en ningún momento hasta que volvimos al hotel.

Allí descansamos un poco, nos duchamos, y la vestí para salir: un arete en la nariz, el vestido dorado, las botas altas el abrigo para proteger su desnudez del frío nocturno y nada más. Sin ropa interior y con aquél vestido mini, estaba perfectamente accesible para mí (o para cualquiera) y tendría que estar constantemente pendiente de no enseñar el coño, aunque por supuesto le prohibí que cruzara o cerrara las piernas al sentarse: cada vez que se olvidara de esa prohibición sería castigada con una bozetada. Sucedió unas cuantas veces a lo largo de la noche. Un par de ellas se las administré directamente, por estar en privado. El resto las recibiría al volver al hotél. Le hice llevar la cuenta.

5

Fue una bonita noche. Primero tomamos unas copas en un par de bares y luego la llevé a uno de esos grandes clubs de electrónica de Berlín. Estuvimos bailando y bebiendo, disfrutando de la fantástica música. Ella estaba preciosa. Cuando me apetecía descansar un poco, la miraba bailar. Lo hacía muy bien. Me ponía muy cachondo saber que solo ese pequeño vestido ocultaba su bonito cuerpo que me pertenecía completamente. A ella también porque cada vez que se sentaba de nuevo conmigo yo comprobaba la humedad de su coño metiéndole la mano descaradamente entre las piernas.

Estuvimos allí hasta las cinco de la mañana, más o menos. Luego la metí en un taxi y me la llevé al hotel. Cuando entramos en la habitación le dije:

— ¿Cuantas hostias me debes puta?

Me contestó sin dudarlo:

— Cinco, señor. He tenido que cerrar las piernas en el taxi para no enseñarle el coño al conductor.

Le crucé la cara cinco veces sin contemplaciones. Luego deslicé los tirantes del vestido sobre sus hombros dejándolo caer al suelo para tenerla desnuda. La agarré por el pelo y la arrastré hasta la ducha. Ahí me saqué la polla y disfruté meándole encima las cervezas que me había tomado esa noche.

— Sécate sin ducharte para que mañana sigas apestando cuando me despierte y luego preséntate delante de mí mostrándome el coño.

Así lo hizo. Yo le colgué el candado y, sin darle más importancia, me dí la vuelta para echarme a dormir.

6

El domingo nos despertamos tarde. Después de desayunar llamé a mi amiga Rita. Es una chica alemana que habla muy buen castellano, con la que siempre he tenido una buena relación y habíamos follado unas cuantas veces. Aunque Raquel no lo sabía, yo ya la había puesto sobre aviso de nuestra visita y de la naturaleza de mi relación con la puta. Ella estaba de acuerdo en ayudarme a humillarla, así que en la conversación que tuve delante de Raquel no tuve que dar explicaciones, para que no sospechara nada. Quedamos para cenar, sobre las siete de la tarde.

Después de permitir que se duchara, la vestí con uno de sus tops de lycra (uno rosa que le daba un aspecto poligonero muy divertido), la mini de cuero con cremallera delante, unos hold ups y las deportivas, y el sujetador que dejaba sus pezones expuestos bajo la tela. No quité el candado de su coño desnudo y antes de salir de la habitación estrujé bien sus pezones para que fueran más visibles.

Cuando llegamos al bar donde habíamos quedado, Rita estaba esperándonos sentada en la barra. Las presenté:

— Hola Rita, ella es Raquél, la puta de la que te había hablado —dije besando a mi amiga en la boca.

Raquel se puso roja como un tomate.

— Hola —dijo Rita divertida plantándole dos besos a la zorra.

Ella no dijo nada y bajó la mirada comprendiendo lo que se le venía encima.

Estuvimos charlando un rato, Rita y yo, de pie en la barra del bar, sin hacer ningún caso de Raquel. Yo me mostraba cariñoso con mi amiga, tocándola y tomándola por la cintura, hablándole al oído y riéndome con ella.

Después fuimos al restaurante. Los dos pedimos lo que nos apetecía cenar, pero yo elegí para Raquel: una salchicha sin ninguna guarnición, un vaso de agua y un plátano de postre. Le prohibí que cortara en trozos la salchicha o el plátano, así que nos reímos bastante mirándola como comía.

Mientras, yo le contaba a Rita cómo Raquel había estado trabajando para mí durante meses, y que este viaje lo estaba pagando con sus ganancias. Seguimos sin hacerle ni caso, salvo cuando dijo que necesitaba ir al servicio.

— A ver cómo se apaña —dije yo —porque tiene el coño candado. ¿verdad puta? enséñaselo a nuestra amiga.

Sin levantarse, Raquel se levantó el borde de la falda mostrando su coño tatuado “puta barata de Tomás” y cerrado con el candado. Rita acercó la mano y acarició su coño desnudo por debajo del candado, excitando el clitoris de la cerda mientras yo las miraba.

Cuando acabamos de cenar, di un largo beso en la boca a Rita y le propuse echar un polvo en el hotel. Ella aceptó encantada, así que nos fuimos los tres para allá. Mi amiga y yo agarrados y bromeando, la puta detrás con una cara bastante seria.

7

No he descrito a Rita todavía. Es una mujer alta y espigada, algo más alta que yo. Sus caderas son finas y sus tetas pequeñas: rara vez lleva sujetador. Esa noche vestía vaqueros y una camiseta de tirantes con deportivas.

Llegamos a la habitación bastante excitados.

— Enseñanos el coño puta. Y vete a ese rincón. Quédate ahí de pie y no nos molestes.

Raquel se plantó en el rincón de la habitación que yo le había indicado, se bajó la cremallera frontal de la falda y la dejó caer al suelo, quedando solo con el top de lycra y su coño candado expuesto para nosotros.

Yo imaginaba que Rita estaría bastante cachonda, así que me senté con ella en la cama, mirando hacia la zorra, y me puse a besarla y magrearle las tetillas. Enseguidanos fuimos desnudando y empecé a meterle mano en el coño. No necesitaba ni que me chupara la poya. La tumbé boca arriba en la cama y le metí la poya en el coño directamente. Ella gemía de placer mientras me la follaba con bastante dulzura, exactamente al contrario de como solía utilizar a Raquel. Después le dí la vuelta. La puse a cuatro patas y segui follándola hasta que la vi correrse. Con cuatro embestidas más le solté un buen chorro dentro del coño.

Cuando terminamos, nos tumbamos un rato a recuperarnos. Después le sugerí a Rita que usara a Raquel de urinario. Se la llevó al baño y le echó una buena meada en la boca. Despues fui yo e hice lo mismo.

Después Rita se vistió y, antes de marcharse, me pidió que descandara el coño de la cerda. La acarició un poco, tocándola solo con la mano en su coño.

— Córrete puta — le dijo.

Raquel se corrió inmediatamente, retorciéndose pues casi no le aguantaban las piernas. Rita se rió:

— Vaya pedazo de zorra que tienes aquí. Que pena que sea tan puta, porque la tienes muy bien adiestrada.

Dio un azote en el coño chorreante de Raquel, me dio un beso y se marchó.

8

Esa noche Raquel durmió de nuevo en el suelo. Por la mañana, vestida solo con el collar, le dije que se pusiera de pie frente a la cama.

— ¿Qué tal lo pasate ayer? Explícame lo que sientes.

— Mal, señor. Me sentí muy avergonzada toda la noche, y no me gustó verle con otra mujer. Pero sé que no soy más que una puta barata y que usted nunca podrá enamorarse de mi. Solamente utilizará mis agujeros cuando quiera, o me pegará cuando me porte mal, o simplemente para divertirse. Entiendo que desee a otras mujeres y si tengo que estar presente mientras se entretiene con ellas, lo aceptaré con tal de estar a su lado. Seguramente no soy suficientemente atractiva. Al fin y al cabo, no me extraña que se aburra de utilizar los agujeros de esta cerda. Pero siempre que me necesite estaré dispuesta a servirle a usted o a quien usted quiera. Soy tan guarra y tan facil que solo con pensarlo ya estoy mojando el coño.

La miré detenidamente en silencio. Era una belleza. Sus tetas bien poroporcionadas, su coño siempre desnudo y depilado cuidadosamente, su piel tan blanca que siempre me había excitado… Todo en Raquel era para mí una provocación, y aunque nunca se lo diría, no necesitaba a ninguna otra mujer. Con ella me bastaba.

— Ven aquí — dije.

Se acercó tímidamente.

La tomé de la mano y la invité a tumbarse sobre la cama. Pasé mi brazo detrás de su cabeza y ella se acurrucó contra mi cuerpo, completamente desnuda e indefensa.

No dije nada. La dejé relajarse y poco a poco se fue quedando dormida. Yo permanecí despierto mirándola.

Nunca más me volví a separar de ella.