Feliz día de los enamorados
La puerta se abre y el regalo de San Valentín no es un ramo de rosas, sino una mujer atada a la cama con una sonrisa traviesa. ¿Qué hará él con su libertad en sus manos? La noche apenas comienza y la sumisión tiene sabor a amor.
Esta historia va especialmente dedicada a mi esposa, pues sin su cariño y apoyo no habría publicado ni éste ni ninguno de los demás relatos. Gracias.
Llegué temprano a casa con un ramo de rosas en la mano, emocionado ante la idea de encontrar a Ada en su interior. Desde ese mediodía me había estado mandando un montón de fotos sugerentes mientras yo estaba en la oficina para conmemorar nuestro primer día de San Valentín como marido y mujer. Y, a pesar de que hubiera hecho las fotos de manera estratégica para que yo no pudiera ver todo el panorama, sospechaba que se había comprado ropa interior sensual para la ocasión. Roja, obviamente. Perfecta para celebrar aquel día de los enamorados.
En cuanto abrí la puerta, grité:
—¡Ya estoy en casa!
—¡Estoy arriba!
Me quité los zapatos antes de subir corriendo las escaleras, flores en mano. En el suelo, Ada había dejado caer montones de corazoncitos de papel, rojos, rosas y blancos, que me guiaron hacia nuestro dormitorio. En el umbral, me detuve frente la escena que tenía ante mí. Mi esposa no solo se había puesto un corsé rojo y negro que delineaba su cuerpo a la perfección, sino que se había atado a la cabecera de nuestra cama con unas esposas acolchadas rosas. En una posición tentadora, sentada, con las piernas parcialmente levantadas, preguntó:
—¿Y bien? ¿Te gusta tu regalo, cariño?
Me tomé unos segundos antes de asentir, luego levanté el ramo de rosas para que viera que yo también había estado pensando en ella. Mi gesto le provocó una risa suave.
—Es muy bonito, pero como ves, ahora no puedo cogerlo —dijo a la vez que agitaba sus manos esposadas.
Encantado, dejé las flores en una esquina de la cómoda y luego me acerqué a la cama. Como era de esperar, Ada abrió las piernas para indicarme el camino. Sitio en el que mi mirada quedó atrapada durante unos segundos. Tiré del nudo de mi corbata con impaciencia y dejé caer la camisa antes de unirme a ella sobre el colchón.
—Como puedes ver, estoy totalmente a tu merced —susurró—. ¿Qué harás conmigo?
Sonreí antes de acariciarle el sexo por encima de la ropa interior, que combinaba con el corsé. Era un simple tanga, pero escondía algo que deseaba tocar. ¿Que Ada estaba a mi merced? ¡Eso estaba lejos de disgustarme! Para comprobar su docilidad, subí las manos hasta sus pechos, atrapados bajo ese trozo de tela terriblemente sexy, luego traté de deslizar dos dedos entre sus labios. Mi esposa respondió a mi silenciosa petición chupándolos sin ni siquiera quitarme los ojos de encima. No tardé mucho más en tener una erección muy incómoda, que fingí no notar. En cuanto volví a disponer de mis dedos, los lamí para excitar a Ada y a continuación le rasgué el tanga sin dudar, porque con ese sistema de liguero integrado era demasiado complicado quitárselo.
—¡Eh! —protestó.
Fingí fruncir el ceño y ella hizo un puchero de niña disgustada.
—¡Era nuevo!
—Te prefiero sin, de todos modos.
Le separé los muslos con decisión y deslicé los dos dedos que había chupado dentro de ella. Encadenada a las esposas, Ada gimió y me animó:
—¡Sí! ¡Más fuerte!
Me subí encima de ella para poder penetrarla más hondo con los dedos. Apoyándome en una rodilla, aproveché mi única mano libre para agarrarle el oscuro cabello, del cual tiré para obligar a su cuello a subir a mi boca. Con un gemido, Ada se arqueó hacia atrás y le lamí la piel mientras le frotaba rápidamente el clítoris.
—¡Oh..!
Conocía su cuerpo perfectamente. Cuando sus músculos se tensaron, supe que era una señal de que el orgasmo estaba a punto de llegar, y solo tuve que bajar y morderle un pezón por encima de esa ropa interior para llevarla hasta el éxtasis. Amaba a mi esposa. Era increíblemente sensual y nuestro matrimonio solo había amplificado esa cualidad.
Mientras ella recuperaba el aliento, saboreé las pequeñas contracciones de su sexo alrededor de mis dedos mientras devoraba su escote.
—¿Estoy atada a esta cama y solo piensas en mi placer? —preguntó con voz relajada.
Me lamí los dedos mojados con su placer, sabiendo muy bien lo mucho que la excitaba verme hacer ese tipo de gesto y luego confesé:
—Puede que tú tengas las manos atadas, pero me pregunto quién de los dos es más devoto…
Ella sonrió, sin miedo a estar así a mi merced. Me deslicé entre sus muslos y comencé a acariciarla de nuevo, con suavidad, avivando sus gemidos, antes de hundir mi boca en su interior.
—¡Mmm, sí! —me animó.
La llevé al borde del orgasmo antes de enderezarme. De inmediato, Ada buscó mi mirada, molesta por la interrupción.
—Me encanta ese brillo en tus ojos —le dije.
—¿La mirada de «te quiero arañar»?
Levantó las caderas, como para incitarme a retomar mi tarea anterior, pero me limité a darle un beso en la parte interior del muslo.
—Ya veo. Quieres volverme loca, ¿es eso? —me interrogó.
—Admito que me gusta bastante la idea.
Dejó caer la cabeza hacia atrás y yo volví a devorarle el sexo para tenerla de nuevo bajo mi yugo. Unos cuantos gemidos y un temblor después, me detuve de nuevo.
—¡Oh! ¡Adri! —chilló.
Sus muñecas tiraron de las ridículas esposas que la mantenían prisionera en nuestra cama. Era un regalo sumamente encantador. La mujer que amaba totalmente a mi merced. ¿Cómo podía tener tanta suerte? Llevé los dedos de nuevo a su clítoris mientras volvía a mordisquearle los pechos, creando con rapidez una música suave en nuestro dormitorio.
—¡Sí, sigue!
En cuanto dejé de acariciarla, trató de frotar su sexo contra mis dedos y gimió al no conseguirlo.
—Estoy empezando a arrepentirme de lo de las esposas —confesó.
—Qué impaciente eres —me reí.
—Creía que me ibas a hacer el amor salvajemente —se quejó—. Que aprovecharías para hacerme cosas muy perversas…
Intentó excitarme lamiéndose los labios. ¿Cómo podría estarlo aún más? Ya estaba duro debajo de los pantalones, pero sospechaba que una vez que me corriera, todo acabaría. ¿Por qué darse prisa? Hacer que mi esposa me deseara tenía cierto encanto…
—Tócame —me rogó.
Volví a mordisquearle los pechos, luego subí para lamerle el cuello antes de agarrarla del pelo para volverla todavía más loca de deseo. Como era de esperar, separó los muslos, ansiosa por que volviera a acariciarla, y su mirada se volvió febril.
—Te amo —le susurré.
Nuestras bocas se encontraron como si estuviéramos muertos de hambre y ella forcejeó con las esposas antes de gruñir:
—Quiero tenerte dentro.
Mis dedos regresaron para hacerle cosquillas en el clítoris y sonó un primer jadeo, más alto de lo habitual, señal de que estaba a punto de experimentar otro orgasmo. De mala gana, me detuve de nuevo.
—¡Adri! —se enfadó.
—Me encanta cuando me deseas así —le dije, acariciándole con suavidad el interior del muslo.
—Te deseo —confirmó—. Por todas partes. Ahora mismo.
La urgencia que percibí en su voz hizo que me entraran ganas de sonreír y, para hacerme ceder, me lamió los labios antes de atraparme el labio inferior entre sus dientes para tirar de él con perversidad. Si conocía bien a mi esposa, tenía que admitir que era mutuo. Mi erección se volvió francamente incómoda dentro de los pantalones.
—Déjame chuparte —susurró, dedicándome una mirada llena de anhelo—. Tírame del pelo mientras te lamo.
La imagen aumentó mi excitación y se me aceleró la respiración. Ada sonrió, encantada con mi reacción. Me conocía demasiado bien. Ahora que la idea se me había pasado por la cabeza, solo deseaba una cosa: meter el pene en esa boca y poseerla a mi antojo. Cuando me senté para poder quitarme el resto de la ropa, Ada jadeó:
—¡Bien! ¡Por fin!
Se colocó más erguida sobre el colchón, y yo me apoyé en el cabecero para guiar mi miembro erguido y acercarlo a su boca. Mantuve cierta distancia para evitar que se abalanzara sobre él y hundí los dedos en su melena con firmeza.
—Mando yo —le dije.
Ella me miró con sus grandes ojos brillantes y sacó la lengua para acercarla a mi pene, que solo tenía una necesidad: responder a su provocación. En un intento por mantener el control, me apresuré a añadir:
—No voy a correrme en tu boca.
Mi esposa volvió a esbozar una magnífica sonrisa.
—Bien, porque tengo muchas ganas de sentirte dentro de mí.
Cuando me di cuenta de que estábamos en sintonía, llevé mi miembro a sus labios, sujetando la columna sedosa entre mis dedos. Sin esperar, Ada me dejó invadir su boca e intentó volverme loco añadiendo presión. En esa posición, yo tenía el mayor control, aunque el simple hecho de tirar de su pelo aumentaba peligrosamente mi excitación.
—Me vuelves loco con esa boca —jadeé.
Alrededor de mi pene, ella gimió y noté que había cerrado los muslos para poder aplastar su clítoris. Aceleré el ritmo de mis caderas, decidido a poseer esa boca antes de acabar deslizándome entre sus piernas, pero ¿cómo iba a ser capaz de poner fin a tan dulces sensaciones? Ada me chupaba con energía y le arranqué un quejido cuando aplasté algunos mechones de su pelo entre mis dedos. Avergonzado por haberme dejado llevar, di un paso atrás antes de comprobar que no había sido demasiado brusco.
—Tómame —exigió.
Su mirada estaba llena de anhelo y mi pene palpitaba en el aire. Desesperada por hacerme reaccionar, Ada se tumbó en la cama y sus muslos se abrieron completamente frente a mí. Me dejé caer entre sus piernas y me pasé una por encima del hombro antes de sumergirme en el interior de la mujer que amaba. Nuestros gritos resonaron en mi corazón y me detuve para encontrar su mirada con la mía.
—Te amo —dijo ella simplemente.
Mi mano intentó volver a su pelo y retrocedí un poco para penetrarla mejor. Ada se arqueó con un gemido magnífico, con las manos todavía encadenadas por encima de la cabeza, Totalmente a mi merced. Una embestida después, susurré:
—Eres el mejor regalo del mundo, Ada.
—¡Adri! —gimió ella—. ¡Oh! ¡Adri!
Aceleré el ritmo, luego tiré de ese cabello sedoso sin vacilar antes de alcanzar una velocidad desenfrenada entre sus muslos. Ada soltó un grito que me emborrachó de felicidad. En un gemido interminable, me entregué a su cuerpo y luego caí rendido a su lado, sin aliento.
—Ha sido maravilloso —suspiró, feliz.
Sin saber cómo, Ada se quitó las esposas y vino a acurrucarse contra mí.
—Me encanta cuando me atas así —dijo en voz baja.
Me reí entre dientes antes de robarle un beso.
—Podrías estar atada de los pies a la cabeza y sabes muy bien que siempre seré yo el más atado de los dos.
Ella soltó una risita traviesa y su mano depositó una agradable caricia en mi pecho.
—Es cierto —admitió al final—, y me encanta.
—A mí también —me vi obligado a constatar.
Solté el aire antes de atraer su cuerpo hacia el mío, y ella susurró:
—Feliz día de San Valentín, mi amor.
Sonreí con ganas, complacido por la improvisada sorpresa. Y pensar que la velada apenas había comenzado…
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