El Náufrago
El mar lo devolvió a la vida, pero fue una desconocida quien le devolvió el deseo. En la arena húmeda, entre el miedo y la sed, un beso malentendido se transformó en una invasión brutal. Ahora, la selva es su hogar y el sexo su lenguaje.
Categoría principal: Histórico.
El Náufrago
Una vez más, el mar, en su inmensa divinidad, traicionaba a sus más fieles seguidores: Un puñado de avezados marineros, que según recordaba Diego, el novato de la embarcación, antes de partir, habían brindado en su nombre, como si a la virgen Maria le orasen. Desperdiciando un buen vino a la mar. Esperando ser recompensados con un viaje tranquilo y buenos vientos hasta “la China”.
En cambio, las respuestas a sus plegarias fueron gigantescas olas, tan saltarinas y bravas como el ganado cimarrón que habitaba en el Litoral, en los confines del Imperio, en el hogar de Diego.
Y es que la tierra que lo vio nacer, era lo que la aristocracia limeña denominaba tierra de indios y aventureros. Y tal vez, tenían razón. Él se consideraba uno. Cazaba metales preciosos. Además, no le huía a las peleas ni a los desafíos. Aun cuando estuviera en desventaja. Lo llevaba en la sangre de sus antepasados.
En lo que iba de vida, una muy corta, Diego se había visto envuelto en varias escaramuzas, defendiendo lo que su padre llamaba: “Mi tierra”. Aunque los indios también la llamaban igual. Siendo así, las cosas se resolvían a punta de tiros.
Un mercado. Flechas y balines se intercambiaban en el aire, en un ida y vuelta, como el regateo y los precios. Solo que no usaban dinero como intermediario, todo era más directo. Tanto que atravesaban el cuerpo de uno.
La inminente tormenta le hizo recordar tiempos mejores. Es decir, cuando el hierro y la pólvora decidían quien vivía. Tantas batallas ganadas e iba a morir ahogado sin siquiera poder pelear. Era un trago amargo. Una aventura que terminaba sin más.
Había sido un error cambiar el duro y estable suelo por el cambiante y traicionero océano. Aunque, según le habían dicho sus compañeros de mar, del otro lado de la cordillera, a menudo la tierra temblaba. Llevándose consigo pueblos enteros. Algo similar a lo que le estaba sucediendo.
Eran fuerzas titánicas, las cuales, solo se las podía interpretar como voluntad divina. No se las combatía, solo se las aceptaba. Aunque el capitán del barco opinara lo contrario. No obstante, una vez el último de los tres mástiles se partió, él también se dio por vencido.
Todos oraron, pero el dios misericordioso no estaba ahí. Únicamente había agua, mucha agua. Lo suficiente para tapar las estrellas. Y entonces, como en las termópilas, la oscuridad reinó, cegando para siempre a “Risco de Sirena”.
A Diego, la nariz y los labios le sabían a sal.
Se estaba hundiendo. Sin embargo, no ahogando.
El frío caló hasta los huesos.
A Diego, los oídos y los ojos se le colmaron de dolor.
Se estaba llenando de agua. Sin embargo, no por donde era mortal.
Nadó y subió, subió y nadó, hasta soñar con algo firme que lo mantuviera a flote. Luego se dejó llevar por la tormenta y por las olas, pero sobre todo, por el cansancio.
Recordó el calor de una mujer… María Trinidad Malgor… Fue su fogata en aquella gélida noche de turbulencia. Se había aventurado en aquella travesía de contrabando, para enriquecerse. Seda a cambio de plata. Siendo posible, en un viaje de ida y vuelta, transformar cada onza de plata en una onza de oro.
Pero aquello era el pasado, ya sin barco se dio cuenta que el oro no podía competir con la calidez de una hembra. El metal era frío y deprimente. Aún más, si lo comparabas con su amante, María y su rubia cabellera, opacaba al más puro de los lingotes de oro.
De solo pensar en ella, el miembro se le hinchó. Otra forma de calentarse. De mantenerse vivo mientras naufragaba. Tarde o temprano, tocaría tierra. Es lo que se decía en sus sueños. De lo contrario enloquecería.
La perspectiva de atravesar días enteros con hambre y sed (irónico al estar rodeado de agua), lo aterraba, lo mantenían prisionero en sus fantasías. No quería enfrentar la idea de que hubiera sido mejor morir ahogado.
En su mente todo era más fácil y bello. Y es que volvía a tener otra erección, imaginando como los labios de María succionaban su hombría. Esa húmeda era tan opuesta a la del mar. Una te hacía sentir insignificante, y la otra, te daba un propósito.
Siguió acumulando placer.
Fue entonces que sus fantasías le provocaron una dosis de dolor. Una raspadura que se extendió a lo largo del sueño. Como si un diente tocara su piel más susceptible. Lo cual, le extraño. Nunca sentía dolor en sus sueños húmedos. Por eso soñaba. Era su opio.
Tal vez, tanta agua había irritado ahí abajo. Arrugando su pene como dedos de anciano. Flácido y roto, ya solo era como un pie gangrenado. Incapaz de proporcionarle una salida momentánea de la muerte asegurada.
Sin embargo, el placer se reanudó. Una lengua fue pidiendo perdón, casa por casa, allí donde el filo repentino había herido nervios. Se sentía tan real que debía de ser real.
Abrió los ojos. La cabellera dorada de su mente se materializó en negro.
Era una mujer. Una mujer que desconocía la timidez de una dama. Le ponía tal empeño que no la interrumpió. Y es que al mirar a su alrededor, notó que estaba en una playa, y lo más importante, estaba vivo. Vivo y gozando.
Una vez más, el mar, en su inmensa divinidad, traicionaba a sus más fieles seguidores. Salvando al más ingrato e inexperto del barco. Él que no tenía hijos o esposa. Llegando incluso a recompensar con un largo espasmo en la punta de su pene.
Eyaculó. A pesar de estar al borde de la inanición. Su cuerpo había seguido malgastando energía. Posiblemente, los sueños con María enviaron señales equivocadas de su desgraciada situación.
—Gracias —dijo la mujer, desbordada en espeso líquido blanco. Había previsto la erupción, pero no en tales cantidades.
—¿Habláis mi idioma?
La mujer hizo una cruz con los dedos y dijo:
—Peregrinos.
La mente de Diego alzó las velas de las ideas, y apaciguó su erección, evitando caer en la belleza de la hembra que rebosaba de su semilla. En razón de que si un grupo de peregrinos se había tomado la molestia de desembarcar en aquellas tierras, cabía la posibilidad que estuviera dentro de una ruta comercial. Lo que significaba barcos. Su boleto de retorno.
Solo necesitaba sobrevivir el tiempo que fuera necesario, y para sobrevivir requería de ayuda, de:
—Comida.
Y como si conociera aquella mujer de toda la vida, la siguió, una vez está aceptó su petición. Alejándose de la costa y adentrándose tierra adentro. Quedando a merced de la selva que era el hogar de su guía. Una jungla desbordada en vegetación. Tierra de indios y aventureros. Lamento no tener su arcabuz. A los forasteros rara vez se los recibe de buena manera. Había tenido suerte de encontrarse con el sexo opuesto.
Caminaron…
—Di-e-go —desmembró su nombre con cada paso—. Diego.
—Ese es mi nombre.
—Malala.
—¿Es el tuyo?
—Sí.
Caminaron… Fue una breve presentación.
El silencio hizo que se fijará con detenimiento en el cuerpo de la tal Malala. Diego era joven, pero ella todavía era más joven. Con su piel canela y una melena abultada de rizos, lograba romper con el antiguo patrón de belleza, y creaba uno completamente nuevo. Notoriamente llamativo con el movimiento de sus caderas. Visibles por su primitiva ropa. Pues estas solo cubrían partes muy exactas de su cuerpo.
—Vos, fuerte —señaló Malala—. Alto.
—Vos, pequeña —respondió Diego al notar que la chavala no le llevaba ni al pecho—. Por qué…
—¿Por qué? ¿Beso?
—Bueno… —Dudaba que los peregrinos le hubieran enseñado un amplio vocabulario—. Sí, el beso…
Malala malentendió sus palabras, pues una vez más se preparó para besarlo. Besarlo a su manera. Doblando las rodillas y preparando su boca para recibirlo. Sus ojos negros lo hipnotizaron por varios segundos. A él y a su hombría, que parecía corresponderle la mirada.
—No —negó—. Mejor, sigamos.
Fue entonces que otro malentendido se produjo. Confundiendo Malala, el ademán de manos de Diego. Para él, significaba retomar la caminata en aquella dirección, para ella, darse la vuelta y levantarse la falda. Invitándolo a profanar otro de sus orificios.
Allí, los rizos eran escasos. Era más bien una mata puntiaguda. Pero, sin embargo, era una selva mucho más apetecible que la tenía a su alrededor. Allí, el negro y el rosado marcaban el lugar del tesoro. Delineando la forma de una fruta, apetecible a la vista.
No se lo pensó dos veces. Con los calzones abajo y con el mástil duro, penetró a la muchacha. Regresando al mar, al menos una parte de él.
—Duro —suplicó Malala—. Duro.
La golpeó con la pelvis, imitando a las olas, en su ciclo de avanzar y retroceder sobre la arena. Aunque más bien, él trabajaba sobre tierra fértil. Más compacta que la arena. Dentro de ella, el sedimento era suficientemente duro como para embutir lo que entrará. Comprimiendo el pene de Diego en placer.
—Aaa —resopló gustoso.
Y siguió con los golpes. Estaba muerto de hambre, pero Malala hacía que olvidara sus necesidades básicas. Ella gritaba que quería más y él le correspondía, como hechizado por el canto de una sirena.
Pronto, Malala cayó al suelo. Con la carne molida. Pues había dejado de usar únicamente la pelvis. No obstante ella siguiendo diciendo:
—Duro. —Separó el negro pellejo—. Duro. —Se complacía en aquellas zonas que sus vellos ocultaban—. Duro. —Abrió su agujero—. Duro.
Diego había estado con varias mujeres, incluso con algunas indígenas, pero jamás con una puta de puerto. En su mente comparó. Malala lo transportaba a lo grotesco. A lo violento. No aborrecía su hombría, pese a ser un desconocido. Lo aceptaba y lo invitaba a desgarrar su interior. ¿No era justamente eso ser una mujerzuela?. Sin embargo, las putas no eran tan bonitas y tampoco lo hacían sin cobrar.
Malala solo anhelaba un falo. Y es lo que Diego le dio. Apoyando una bota sobre el rostro de la muchacha y escarmentando con la palma de su mano la redondez de Malala, se preparó para penetrarla con dureza.
—Duro… Duro… Duro…. —Los gritos de Malala siguieron hasta que el dolor de los golpes le quitaron la voz—. HmmmH, HmmmH… —Ya solo gemía cada vez que su vulva se llenaba.
Pasado un buen tiempo (no era la primera vez en el día), Diego acabó dentro de la muchacha. Marcando su cuerpo desde adentro. Apestaba a fornicación. Lo cual lamentó una vez llegó a la casa de Malala.
Tenían buen olfato la gente que allí encontró.
Dentro de una choza, la madre de Malala extraía de entre las piernas de su hija aquella sustancia lechosa. Usando sus dedos, escarbaba el tesoro que Diego había dejado bien adentro. Estudiando con detenimiento la calidad de la cosa, como si fuera vino blanco y ella una catadora experta.
No fue una buena carta de presentación. No obstante, no le negaron la comida.
—¿Cuántos son? —preguntó Diego, comiendo y mirando por la puerta de la choza—. ¿Y los hombres?
—Guerra —respondió Malala, mientras le quitaba las espinas al pescado de Diego.
—¿Se fueron a la guerra?
—Sí. Wako robarnos.
—¿Wako? —Había escuchado antes esa palabra. El capitán del Risco de Sirena le había advertido sobre los peligros del viaje antes de alistarse—. Piratas. Te refieres a piratas.
—¿Pirata?
—¿Si soy pirata? Yo no soy pirata, solo contrabandista.
—¿Contrabandista bueno?
—No para la Corona. Sobre nuestro beso, tu madre…
—Beso —asintió Malala.
Cayendo nuevamente en una confusión. Pues creía haber recibido una orden. Una vez más se arrodilló en medio de las piernas de Diego, y lamió su hombría. Sin importarle el que pensarán sus vecinas. O incluso su propia madre.
—Nos están viendo.
Poco y nada entendió. Malala siguió con el beso que como el fuego se extendió por todo el árbol, llegando incluso hasta las raíces. Pronto, un grupito de las más jóvenes le rodearon y apreciaron el fervor con que Malala chupaba.
Fue todo un espectáculo para el resto de muchachas que envidiaron a Malala. Aún más cuando se sentó sobre el miembro viril del extraño. Un bárbaro estaba violando a una de las suyas. La idea de que les sucediera a ellas calaba en sus mentes.
En tanto, Malala unía sus labios a los de Diego. Saltando y rebotando sobre una gran pira de piedra volcánica. La cual atravesaba sus entrañas como una lanza. Llegando incluso a exponer los lados de su profundidad, rojizo carnoso, cada vez que salía de su cuerpo.
Malala, ignorando la magulladura de sus partes traseras, gritó:
—Duro. —Era la contraparte de la palabra “beso”. Siempre de la mano—. Más duro.
—¿Qué tenía el pescado? —preguntó mientras la levantaba del suelo de la choza. Al ser pequeña no le fue difícil—. No se me baja.
Malala voló entre fuertes brazos. Sintiéndose repleta, a pesar de estar siendo aplastada por sus propias piernas.
—MMMM —gemía al sentir el vientre de Diego golpeándola. Con todo, deseaba seguir siendo apuñalada.
Así fue.
Diego replicó la furia de las olas de la noche pasada, solo que esta vez Malala era el barco.
Para finalmente llegar a la calma antes de la tormenta. Malala estaba en el cielo y como una nube, soltó una ligera llovizna. Llegando, un poco más tarde, el tan anhelado estallido de su pareja. Provocando un alboroto entre la aldea. Una lluvia después de meses de sequía. No obstante, su madre hizo acto de presencia, hurtando del orificio de Malala, la semilla depositada.
Cuanto todo ya había pasado, preguntó:
—¿A dónde lo lleva?
A lo lejos, la madre de Malala se llevaba su cimiento en un cuenco.
—Otras mujeres —explicó Malala—. Más grande.
—Mayores querrás decir, pero para qué —Se detuvo. Fue como recibir un disparo en los testículos. Malala lo había dejado dolorosamente seco—. ¿Hace cuánto qué dura la guerra?
—Años.
Diego no volvería a cometer el mismo error que con María. Si tenía que elegir entre la humedad del mar y la de una mujer, elegiría la última. Mucho más cálida y reconfortante.
Pasados los años ya no se consideraba un aventurero. Si no uno más de la aldea. El más importante. Eran sus tierras. Aunque los piratas dijeran lo contrario. Flechas y balines, volvían a intercambiarse en su nuevo hogar. Aunque esta vez él estaba en el bando contrario.
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