Historia de una mujer fácil 2 (extracto)
El garaje está vacío, las cámaras apagadas y el miedo de ser vista se mezcla con la tentación de un viejo que no pide amor, solo placer. ¿Cuánto vale un minuto de libertad cuando el peso de la vida se vuelve insoportable?
Se acercaba la época navideña y con ella la paga extra. Y, con la paga extra, las ganas y la capacidad de gastar. Y gastar en sexo, por qué no, era una de las opciones posibles.
Por un lado, Clara agradecía el aumento de la demanda. Pero al no poder atender a tantos clientes, se le iba formando una lista de espera solo comparable a la de la sanidad pública.
En el caso de Paula, la cosa iba un poco al revés. El sector «exterior» del negocio iba de capa caída por la desatención de Clara. En vista de no poder estar a todas, decidió publicar un anuncio en una página de contactos de Internet. Debido al precio de los servicios ofertados, sin embargo, solo la llamaban muy de vez en cuando. Y solo conseguía una cita de cada cinco llamadas. Paula estaba encantada, porque un par de polvos a la semana eran para ella más que suficientes. Estos le proporcionaban unos ingresos extras y le dejaban tiempo libre para dedicárselo a su chico.
Lo peor de las citas de Paula era que a veces el cliente quería que la chica fuera a su casa. Y a veces, dependiendo de la zona donde viviera el tipo, Paula se asustaba y Clara tenía que llevarla y quedarse esperándola hasta que terminaba. Ufff, demasiado trajín. Judit tenía razón, necesitaban un chulo, guarda espaldas o lo que fuera.
Se sumaba todo ello a la casi persecución que ejercía Carlos sobre ella, y Clara se iba sintiendo cada vez más estresada. Tenía que hacer de todo: coger el teléfono, cerrar las citas —con propios de la empresa o con extraños—, atender los servicios que le tocaban personalmente y, a veces, acompañar a su amiga a que la follaran por los rincones de Barcelona.
Se empezaba a sentir fatal, a punto del infarto o… de abandonar.
*
En cuanto a sus «servicios» personales, los que tocaban a clientes-compañeros, a veces los encajaba sobre la marcha, sin dar citas a futuro. En palabras sencillas: un aquí te pillo, aquí te mato.
Un ejemplo de ello fue la tarde en que, cuando se iba para casa, le pidió a Mariano, uno de los tres conserjes fijos de la empresa, que la ayudara a mover unas cajas a su coche. Mariano era el mayor de los tres ordenanzas y, por su aspecto, casi padre del segundo más viejo.
Algunos de los proveedores de la empresa habían regalado a Clara cajas de vino y se había juntado con cuatro. Aquel día, Carlos se encontraba de viaje y ella había ido al trabajo con el todo terreno de su prometido.
Mariano tomó un carrito de los que usaban para trasladar mobiliario y acompañó a la joven hasta el coche. Colocó las cajas en el maletero del todoterreno y luego pulsó el botón de cierre automático del portón trasero.
Clara se entretuvo con el bolso y, cuando se volvió para darle una propina a Mariano, éste la arrinconó contra el vehículo.
—Perdone que le diga esto, señorita… —mascullaba el hombre—. Pero es que es usted muy bonita… y yo hace tiempo que le tengo muchas ganas.
Se había pegado tanto a ella que notaba el bulto de su entrepierna en la cadera. Molesta por el asalto, trató de apartarle y vio que en una mano llevaba varios billetes.
—Por dios, Mariano, que podría ser usted mi abuelo.
El vejete se pegó aún más a ella y parecía lloriquear.
—No se ofenda, señorita, si yo solo quiero sentirla a usted… le prometo que no me llevará ni diez minutos… Se lo juro por lo más sagrado…
Le había puesto los billetes en la mano, pero Clara intentaba rechazarlos.
—Mariano, que pueden vernos… piense en las cámaras de seguridad.
—Ay, no se preocupe, señorita —contestaba el hombre con la baba colgándole por una comisura de la boca—. Las cámaras las he apagado antes de bajar al garaje. Y a esta hora tan tarde ya no queda casi nadie en la empresa. Si lo hacemos en su coche, nadie se dará cuenta.
Clara se sentía fatal. Conocía a aquel hombre desde que entrara en la empresa. Y tenía que ser muy mayor. No podía llegar a la edad de tío Ramón, ya que Mariano aún estaba en activo, pero no le andaría muy lejos. Y de aspecto parecía el padre de su tío político. Tenía que reconocer que Ramón se había cuidado muy bien, justo lo contrario que el bueno del conserje.
Al final, medio se enfadó y quiso librarse de él.
—Mire, Mariano, le prometo que otro día —le empujaba por el pecho, mientras el pobre viejo bufaba de lo caliente que se había puesto—. Hoy no puede ser. He tenido un día muy largo y no tengo ganas de follar.
El hombrecillo levantó la cabeza y la miró a los ojos a menos de diez centímetros.
—¿Follar? —dijo sorprendido—. ¿Quién ha hablado de follar?
—Usted… digo yo… —ahora la sorprendida era Clara—. ¿De qué me habla, si no?
El hombre se disculpó a toda prisa.
—Oh, no, señorita, yo no… Ya me gustaría, pero a mi edad… Yo lo que me muero es por comerle el coño a usted, con perdón…
Clara a punto estuvo de morirse de la risa. Pobre Mariano, seguro que ya no se le levantaba al hombre. Le entró tanta ternura que pensó en pedirle un dineral para que se rindiera él solito. De esa manera se ahorraba tener que darle calabazas con malas pulgas.
—Pero, Mariano, ¿está usted seguro? —le dijo en un susurro como si le hablara a su padre—. Mire que por comerme el coño le voy a cobrar a usted trescientos euros…
—¡Aquí están! —dijo el hombre estirando la mano con los billetes y mostrando una sonrisa mellada.
Clara ya no supo cómo rebatirle y al final transigió. Se subieron los dos en el asiento trasero del gran coche y el hombre le pidió bajarle las bragas él mismo, cosa que Clara le concedió sin discutir. Total, ya qué más daba.
Durante los siguientes doce minutos —Clara miraba constantemente el reloj— el vejete la estuvo encharcando el coño de babas, lamiéndolo a conciencia con su húmeda lengua, y succionando de los labios y el clítoris con el morro arrugado.
—Joder, señorita Clara, que rico está su chocho… —decía de tanto en tanto—. Tan limpio y perfumado. Es el mejor coño que me he comido en mi vida, se lo aseguro.
—Venga, Mariano… —replicaba la joven—. Calle y chupe que no tengo todo el día.
De vez en cuando, se colocaba sus bragas en la nariz y aspiraba de ellas, dando parabienes al maravilloso olor de las humedades de la joven.
—Aahhh… qué bien huelen… Son las bragas de una diosa…
Cuando se cumplieron los quince minutos, Clara decidió que ya le había dado un margen extra a los diez minutos que le había pedido Mariano y se dispuso a simular un orgasmo para dar por terminada la sesión. No obstante, cuando se disponía a patalear y a gemir de mentira, Mariano comenzó a mover la lengua como un torbellino y un calor le subió por el vientre. No necesitó hacer el teatrillo. La corrida no fue para morirse, pero no pudo evitar moverse descontrolada y golpear la cabeza del hombrecillo con los muslos que se abrían y cerraban con sacudidas reflejas.
Un «ufff» suspirado de Clara marcó el fin de la faena. El orgasmo la había dejado traspuesta y no vio venir hacia su boca la lengua del viejo intentando colarse dentro. Las babas del anciano al principio le dieron asco, pero enseguida se dejó llevar y las disfrutó con esa sensación de paz que solo te deja en el cuerpo un buen orgasmo. Finalmente, giró la cabeza y el vejete tuvo que conformarse con lamerle el cuello hasta casi hacerle un chupón. Le costó quitárselo de encima, perro al final lo consiguió.
Tras recolocarse el paquete y con una verborrea agradecida por los instantes maravillosos que le había concedido la mujer, Mariano desapareció por fin. Clara se arregló la ropa y se adecentó la entrepierna con sus ya indispensables toallitas húmedas con aroma a limón y lavanda.
Instantes después abandonaba el garaje de la empresa con trescientos euros más en la cartera. Pensó en el bolso que había visto en El Corte Inglés el sábado anterior y se dijo que se daría un capricho a la salud de Mariano.
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