Historias reales de lectoras : Teresa - capítulo 3
Teresa no podía entender por qué su cuerpo la traicionaba de esa manera. Mientras su esposo dormía al lado, su piel ardía por el recuerdo de las manos de Gregorio, y ahora, la mirada inocente de un joven en el parque encendía una llama que ella no sabía apagar. Esta vez, no había excusas ni muros que proteger.
Abrazados en la cocina le dije mil veces cuanto lo quería, que me acababa de hacer feliz, que no se iba a arrepentir de nada. Yo lo notaba avergonzado y también asustado ante una situación desconocida. Yo también lo estaba. Después de llorar juntos logramos recomponernos y nos dispusimos a cenar.
- Mi padre no va a cenar?- sentí que le costaba nombrarlo.
- No, cariño. Me dijo que cenáramos solos. Luego vemos una película?
Por la noche vimos una película los dos solos. Cuando iba a empezar apareció Gregorio en el salón y fue un momento tenso de nervios. Agradecí que también diera la cara. Cuando entró al salón saludó a su hijo.
- Hoy no veré la película, me voy a acostar. Hasta mañana - me sentí extraña cuando se agachó y me dio un beso en los labios delante de su hijo pero no pude evitar que mi cuerpo sintiera un escalofrío.
- Hasta mañana, Gregorio.
Que no estuviera con nosotros me hacía echarlo de menos pero era lo mejor esa noche. Al no estar Gregorio delante, y después de meses, volví a ver la película abrazada a mi marido. Volvimos a hacer el amor al acostarnos e intenté no gemir para que mi suegro no se sintiera mal. Con mi esposo era más fácil no gemir, con su padre me resultaba imposible.
En el trabajo al día siguiente era imposible concentrarse. Sabía que al llegar a casa estarían allí juntos, padre e hijo, y no podía evitar pensar en lo que me encontraría.
Cuando entré estaban en silencio y los miré. Ya estaban sentados en la mesa uno frente al otro. Nerviosa apoyé el bolso en el mueble de la entrada y me costó hacer lo que hice. Al entrar en la cocina besé en los labios a mi marido y armándome de valor y muerta de la vergüenza me acerqué a su padre y también lo besé en los labios. Mi plato y mis cubiertos estaban colocados al lado de donde estaba sentado Gregorio. Me gustó comer a su lado aunque sentir como nos miraba su hijo me hacía sentir muy avergonzada.
- Que buena está la comida – el pescado al horno estaba buenísimo – Quien lo hizo?
- Hoy lo preparé yo - me gustó la cara de mi marido al saber que me había gustado.
- Pues está muy bueno, cariño.
- Gracias.
- Mi hijo siempre ha cocinado muy bien – era la primera vez que Gregorio hablaba desde que empezamos a comer.
Esa tarde Gregorio y yo volvimos a estar todo el tiempo en su habitación teniendo sexo. Cada vez los orgasmos eran más intensos con ese hombre y hacía que perdiera el sentido. Solo tocar su cuerpo hacia que necesitara que me masturbara y varias veces le pedí que me lamiera entre las piernas hasta mearme de placer. Esa tarde lo besé en la boca por primera vez y al hacerlo nos excitamos tanto que tuvimos que darnos placer con la boca uno al otro. Lo hicimos a la vez y me gustó muchísimo tumbarme sobre Gregorio y que me besara la vagina al mismo tiempo que yo le chupaba el pene. Cuando eyaculó en mi boca yo me oriné de gusto. Fue como darnos de beber uno al otro porque sentí que al hacerme pipí, Gregorio abría la boca y se lo eché dentro.
Al no ser como las otras veces que teníamos cuidado para que no nos pillara mi marido, ya no hacía falta estar pendientes de la hora y eso me gustaba. Esa tarde cuando salí de la habitación mi marido ya había terminado de cenar y me había dejado cena preparada. Lo busqué y estaba en el salón viendo un partido de fútbol. Me senté a su lado un rato pero no fui capaz de darle un beso en los labios porque su padre acababa de correrse en mi boca.
- Y mi beso? - siempre lo saludaba con un beso y otras veces para que no se diera cuenta de nada me cepillaba los dientes y enjuagaba bien la boca.
- Espera, mi amor - tuvo que notar que me había puesto colorada. Fui al baño rápido y me enjuagué la boca con colutorio para eliminar cualquier resto de semen y volví al salón. Lo besé en los labios abrazándolo fuerte - te quiero, cielo.
Cuando terminó el partido vi que cogía el mando a distancia y me miró.
- Yo me voy a acostar, cariño. La apago?
- No quieres ver una película?– me extrañó que se quisiera acostar.
- Verla vosotros, vale?
- Le voy a preguntar a tu padre si quiere ver una película.
Gregorio estaba tumbado en cama leyendo y también se sorprendió cuando le dije que su hijo se iba a acostar y si quería ver una película juntos. Aceptó enseguida.
Se cruzaron en el pasillo y se dieron las buenas noches. Yo los miraba y me emocioné de sentir todo lo que estaban haciendo por mi y me prometí no defraudarles.
Gregorio se sentó donde siempre lo hacía cuando veíamos la televisión por la noche los tres juntos. Al verlo allí sentado pensé en pedirle que se sentara en el sitio de su hijo pero entendí que podía resultarle incómodo. Ya bastante le había quitado desde que había llegado a casa como para también adueñarse de su sitio en el sofá.
Cuando me senté a su lado mi cuerpo reaccionó muy intenso. Sentí que me excitaba y me dio vergüenza pensar como me podía sentir así de nuevo después de estar toda la tarde teniendo sexo. Mi timidez me impedía pedirle que me tocara otra vez y preferí aguantarme. Con la cabeza apoyada en su pecho disfrutaba de su abrazo. Al tener una pierna levantada sobre el sofá me di cuenta que se veía mi ingle desnuda y pude sentir su mirada en ella. De reojo miré su pantalón y estaba abultado.
- Gregorio…
- Dime.
- Usted también quiere?
- Contigo siempre tengo ganas.
- Yo también.
Nos masturbamos uno al otro allí, en el salón, viendo la película. Con su hijo durmiendo o quizás despierto a escasos metros de nosotros. Fue emocionante, intenso. Como siempre, me hizo gemir pero me daba igual. Mi marido tenía que entender que si había llegado a esa situación, el motivo era que su padre me había vuelto loca sexualmente y aunque le doliera saberlo, me hacía sentir un placer que jamás pensé que ninguna mujer podría alcanzar.
Al terminar la película sentí que no podía dormir con mi marido esa noche. A quien quería tener a mi lado era a Gregorio o sino prefería dormir sola. Se lo expliqué a mi suegro y le dije que dormiría en el sofá. Él no estaba dispuesto a dejarme dormir allí y fue tajante.
- Solo tienes dos opciones…Elige; o duermes con mi hijo o te vas a mi cama y duermo yo aquí.
Esa noche dormí en la cama de mi suegro y él en el salón.
Cuando me acosté extrañaba tenerlo cerca. La almohada tenía su olor y fue la primera vez que desee dormir con él, abrazada a su cuerpo.
Por la mañana, al despertar para ir al trabajo, mi marido ya se había ido y fui a junto de mi suegro para decirle que se fuera para cama. Si su hijo lo había visto durmiendo en el salón, quizás entendiera lo que me pasaba pero me costaba encontrar como decirle que también necesitaba dormir y despertarme con su padre al lado.
Antes de comer tuvimos una discusión porque me preguntó el motivo por el cual no había dormido en nuestra cama. Le intenté explicar lo que me pasaba, que no tenía nada que ver con él que era yo quien sentía la necesidad de dormir algún día con su padre y no podía acostarme a su lado si tenía en la cabeza a otro hombre.
Enfadado se giró para mirarme, en sus ojos vi tristeza, rabia.
- Tan bien te folla mi padre que no te llega estar toda la tarde en su cama que necesitas también por la noche?
- No me hables así, por favor te lo pido – nunca lo había visto tan alterado y no estaba preparada para sus duras palabras.
- Y como quieres que te hable si me estás pidiendo que permita que duermas con él? Eres mi mujer, lo entiendes?
- Ya te expliqué que algo en mi había cambiado, cariño – luchaba para que las lagrimas que se amontonaban en los ojos no se desbordaran - Esto no es fácil para ninguno de los tres. Ni para mí, ni para ti, ni siquiera para tu padre. Crees que está orgulloso con lo que está pasando?
- No lo sé, no se si está orgulloso o no - abatido se sentó en una de las sillas de la cocina – No os entiendo, por más que busco explicaciones a esto, no las encuentro.
- Ni yo misma lo entiendo, cariño. Pero sé lo que siento y por más que luche contra eso no puedo evitarlo.
- Y que es lo que sientes? Te has enamorado de mi padre? No entiendes que ese hombre es tu suegro, que llevo su sangre?
- Se que no lo entenderás. Yo no estoy enamorada de tu padre, yo estoy enamorada de ti, mi corazón es tuyo.
- Entonces? Me lo explicas?
- Cariño…- tenía que decírselo, era ahora o nunca -…es mi cuerpo el que está enamorado de tu padre. Y contra eso no puedo luchar.
- Estoy alucinando. Es eso entonces? Te folla tan bien para que te sientas así?
- Podrás creerme o no pero nunca hemos follado.
- Y quieres que te crea? – me miró sorprendido al escuchar eso.
- Nunca lo hemos hecho, no te voy a mentir y se que lo haremos. Hemos hecho cosas, pero para eso necesito estar preparada física, emocionalmente y necesito que me comprendas.
Lo abracé desesperada y lloramos abrazados sin poder hablar por el llanto.
- Te quiero con locura, Teresa. Pero necesito pensar, estar solo. Me iré a casa de mis padres unos días.
- No, por favor - la idea de que se fuera me dejó abatida.
- Será lo mejor para los dos.
Cuando salió por la puerta me fui a mi habitación a llorar desconsolada. Enseguida sentí que Gregorio estaba a mi lado consolándome e intentando calmar mi estado de desolación. En ese momento me odiaba a mi misma, odiaba a mi suegro, odiaba a mi marido por no saber comprenderme.
Gregorio, en su afán por consolarme me acariciaba el pelo y me avergoncé de sentir que a pesar de cómo estaba, mi cuerpo, como si fuese ajeno a mi y a mi tristeza, comenzaba a reaccionar con su contacto. No era dueña de mis sensaciones corporales. Mis pechos aplastados contra el colchón sentían la presión de éste en mis pezones y erizados como estaban sentían placer. Mi vagina notaba la presencia de Gregorio y lloraba como yo, yo de tristeza y ella de ansia por ser acariciada. Mi vagina sentía celos de mi cabello, en ese momento centro de atención de esa mano que tanto placer le daba cuando la acariciaba. Yo no quería sentir aquello, mi marido se acababa de ir de casa pero mi sexo no atendía a razones sentimentales. Intenté reprimir la necesidad, era demasiado humillante pedirle que calmara mi vagina al mismo tiempo que calmaba mi tristeza. Gregorio entendió lo que me pasaba y supo que sobraban las palabras. Como dueño de mi cuerpo había aprendido a darle lo que necesitaba en cada momento sin tener que pedírselo. Sin dejar de acariciar mi pelo y decirme cosas para tranquilizarme, sentí su otra mano que me subía la falda y me bajaba las bragas. Ahora eran las dos manos las que me calmaban. Mi corazón con su mano, sus dedos entre mi pelo y viajando a mi cara para limpiar mis lágrimas que no dejaban de brotar de mis ojos cerrados pensando en mi esposo. Calmaba mi vagina, totalmente empapada como mi rostro y se abría como una flor cada vez que lo sentía cerca, con su otra mano. Es inexplicable pero mi vagina explotó de placer mientras yo lloraba. Hasta ese momento no me di cuenta de cuán real era que mi cuerpo y yo éramos dos cosas diferentes y solo podría ser feliz por completo estando con Gregorio y su hijo a la vez.
Mi marido llevaba dos días fuera de casa y no había logrado hablar con él. Lo había llamado innumerables veces y nunca me cogía el teléfono. Me sentía triste, sin ánimo de nada. Cada poco tiempo estaba llorando y Gregorio siempre a mi lado me consolaba.
Durante esos días me masturbó en incontables ocasiones. Calmó mi vagina y mis pechos con sus manos y su boca. Sin ánimo de nada, él era quien me bañaba, peinaba. Mi cuerpo estaba feliz de ser atendido por él y cada vez era más frecuente su necesidad por ser acariciado. Mi vagina estaba todo el día empapada, mis pezones se mantenían duros incluso cuando dormía. Mi cuerpo era feliz pero yo no y, Gregorio, se daba cuenta de ello.
Un día al llegar del trabajo, mi marido estaba en casa y la emoción se apoderó de mí. Había recapacitado, lo abracé feliz. Le dije lo mucho que lo echaba de menos, que le amaba, que no podía vivir sin él.
- Ya verás como todo sale bien, mi amor – no podía dejar de besarlo y abrazarlo.
- Mi padre se ha ido.
- Que?- escuchar esas palabras fue como recibir un mazazo – Adonde?
- Me dijo que me necesitabas y que volviera a casa. Se ha ido a un hotel pero no me dijo a cual para que no lo buscaras.
- Pero…
De nuevo tenía que pasar por aquello? Me fui a mi habitación corriendo. Esta vez fue mi marido quien vino a consolarme. Las lágrimas que anegaban mis ojos, eran lágrimas de mi cuerpo que lloraba pensando que jamás podría volver a sentir como con Gregorio. Mi marido me acariciaba el pelo y mi cuerpo se mantenía inerte, frío. Si en ese momento me hubiera acariciado la vagina ésta lo hubiera rechazado. Mis pezones estaban pequeños como queriendo desaparecer.
Le pedí que se fuera, que me dejara sola. Sentía que era el culpable de que su padre no estuviera en casa cerca de mi.
Por la tarde cuando estaba sola en casa me tumbé en la cama de Gregorio y me quité el pijama deseando que todo aquello fuera un triste sueño del que iba a despertar y aparecería en la puerta para mirarme. La cruda realidad me gritaba que me vistiese, que nunca más mis pechos serían admirados como solo él los admiraba. Que nunca volvería a sentirlos agarrados por unas manos como las suyas.
La desesperación por mi falta de sensaciones me hizo llevar la mano entre mis piernas. No sentía nada. Estaba seca, insensible. Hasta mi vagina estaba enfadada conmigo y me negaba el placer aunque la tocaba con cariño mientras le pedía perdón en silencio. Lo único que sentía entre mis piernas al acariciarme era tristeza.
Varios días me dediqué a buscar, sin éxito, a mi suegro por los hoteles de la ciudad.
Cuando estaba en casa volví a usar sujetador y bragas debajo del pijama. Me negaba a que mi marido pudiera intentar nada conmigo. Él me abrazaba con cariño y me cuidaba haciéndome sentir querida pero solo le permitía eso. Yo lo abrazaba porque también lo quería, pero solo podría encontrar en mi eso, amor.
En un intento desesperado porque mis pechos no se murieran de tristeza, empecé a usar camisetas ceñidas y en la calle no usaba sujetador. No era mi estilo vestir así pero la desesperación me hacía intentar cualquier cosa para ver si mi cuerpo volvía a sentir algo. Ningún hombre se fijaba en mis pechos con demasiado interés. Me miraban al culo porque también empecé a vestir minifaldas o vestidos cortos. También miraban mi cara, me hacían sentir guapa y deseada pero yo no pretendía eso. Lo único que necesitaba era sentir la admiración por mis pechos, necesitaba una mirada, aunque solo fuera parecida a la de Gregorio, pues sabía que como la de él no volvería a encontrarla.
Recuerdo un día que sentí una mínima sensación en los pechos. Estaba sentada en el parque enfrente de la casa de mi suegro pues a veces iba hasta allí con la esperanza de encontrarlo. Solía pedir un café para llevar en algún local cercano y lo tomaba alli. Había una pareja de adolescentes enfrente y me di cuenta que el chico, sentado en la parte superior del banco de piedra, me miraba por encima del hombro de su chica. Ésta de espaldas a mi no se daba cuenta de esas miradas, le hablaba y en ciertos momentos se abrazaban.
Me parecía una escena muy bonita y me recordaba a los primeros años de novia con mi marido. Pensé que el chico miraba al frente sin ningún objetivo concreto y fue cuando sentí un atisbo de vida en mis pechos. Sorprendida por la sensación del leve despertar de mis pezones busqué quien podía ser esa persona que mostraba interés por ellos y vi que era el chico que agarrando por la cintura a su pareja me miraba disimulando. Al verse descubierto por mi desvió la mirada hacia la joven. Me maldecí por haberlo asustado. Le hubiera gritado que no tuviera miedo, que si quería podía mirar que yo le estaba inmensamente agradecida de sus atenciones. En un intento de que siguiera mirándome, giré mi cabeza para que supiera que no lo iba a interrumpir si deseaba volver a posar sus ojos en mis pechos. A los pocos segundos, sintiéndose confiado, sentí de nuevo su mirada.
Mis pezones reaccionaron, no tanto como cuando era mi suegro quien los miraba, pero sabía que ese joven tenía que darse cuenta de lo que me estaba pasando. Mis pechos después de muchos días volvían a sentirse protagonistas de la atención de alguien. Me daba igual que fuera un adolescente, no me importaba que estuviera acompañado de su novia. Yo le estaba agradecida por hacerme sentir de nuevo así y mantuve mi cabeza girada hacía un lado para no asustarlo. Me sentí avergonzada de sentirme feliz en esos momentos. Al irse pasaron a mi lado y el chico me miró de reojo. Solo deseé darle las gracias y lo hice con mi mirada. Él también se puso colorado con mi agradecimiento.
De nuevo sola en el parque me fui para casa. Mi marido veía la televisión y le di un beso. Sin decirle nada, me fui a la habitación de mi suegro. Al quitarme las bragas me embargó una extraña sensación de alegría y reparo al ver que estaban mojadas. Mi vagina también estaba de nuevo viva. Me masturbé recordando ese momento del parque. Me imaginaba la cara de ese muchacho si le hubiera dejado ver mis pechos desnudos. Lo imaginé con su chica abrazados en cualquier rincón oscuro y él pensando en mi. Me corrí enseguida aunque sin orinarme. Nunca había imaginado que me podría masturbar pensando en un joven que podría ser mi hijo.
Esa noche vi la película sentada en el otro sofá donde habitualmente se sentaba mi suegro. Mi marido no me dijo nada. Quizás evitaba preguntarme por miedo a una respuesta dolorosa. Hizo bien porque si me preguntaba estaba dispuesta a decirle la verdad y ésta no era otra que no me apetecía sentarme a su lado después de haberme masturbado pensando en otro. Por supuesto, evitaría decirle que el motivo de mis pensamientos había sido un joven que seguramente aún estaría en el instituto. Sería demasiado doloroso para él escucharlo. Doloroso para él y humillante para mí.
En su cara veía preocupación, tristeza. Me era indiferente, en la mía vería reflejada la desesperación y era por su culpa.
No todas las noches dormía con él. A veces me iba a la habitación de Gregorio y me dormía llorando al recordar todo lo que me hacia sentir.
Aquello sucedido en el parque me hizo ser asidua de esos espacios de ocio para niños, jóvenes y gente mayor solitaria en busca de compañía. Y luego estaba yo que buscaba una mirada que pudiera emocionarme. Pero la mirada que buscaba no era la que algún viejo verde le daba a mi culo probando si era su día de suerte y me animaba a irme con él a satisfacer sus necesidades de sexo.
Normalmente me sentaba en el mismo banco de siempre y sin percatarme de ello, de manera inconsciente, varias veces me di cuenta que buscaba a ese chico.
En el momento de salir de casa me sentía nerviosa con la ilusión, de que ese sería el día. Me ponía alguna camiseta escotada que se ciñera a mis pechos; siempre sin sujetador, alguna falda corta, calzado cómodo y salía en busca de un anónimo admirador.
Llevaba dos horas en el parque y vi acercarse a la chica que aquel día estaba con el causante de mi desasosiego. No pude evitar fijarme en ella. Era guapa y parecía algo más joven que su novio. No pude evitar fijarme en sus pechos para compararlos con los míos. Su top escotado dejaba ver que sus pechos sin ser grandes lo eran más que los míos, tampoco era muy difícil dado el pequeño tamaño de los míos.
Ver que eran más grandes que los míos me hizo sentir halagada. En otro momento quizás me hubiera hecho sentir envidia pero después de lo ocurrido aquella tarde me halagó pensar que a su chico le habían gustado los míos, por lo menos si no gustado al menos le habían llamado la atención o, como le había pasado a Gregorio, le habían dado curiosidad.
La vi sentarse en el mismo sitio que la otra vez. Miró el reloj de su muñeca y me pregunté si habría quedado con su novio y lo estaría esperando. Esa posibilidad me puso nerviosa. A lo mejor esa tarde tenía suerte y lo vería.
La joven llevaba unos quince minutos esperando cuando lo vi caminando por el sendero central de tierra. Supuse que vendría de estudiar pues llevaba una mochila al hombro en la que debería llevar los libros de texto. Mis nervios se hicieron patentes al sentir que mi corazón latía un poco más rápido. Ya cerca, me miró y me pareció sentir que me saludaba con la mirada. No me lo esperaba y me ruboricé preguntándome si habría descubierto el motivo por el que estaba allí. Su mirada nerviosa bajó a mi escote y fue él quien se puso colorado por no poder evitar mirar. Quería decirle que no se preocupara, que yo también estaba avergonzada. Que si estaba en ese banco sentada era por él y que la camiseta que llevaba me la había puesto para eso, para que mirara sin miedo.
Se acercó a su chica y le dio un beso antes de sentarse como la otra vez, frente a mi. Nuestras miradas se cruzaron durante un breve segundo. Me preguntaba que edad tendría. Al ver a la chica pensaba si ella le dejaría verle los pechos. Seguramente si, ahora la juventud era mucho más atrevida.
Intenté apaciguar mis nervios mirando el móvil y, en ese momento, volví a sentir esa sensación tan agradable en mis pechos. Confiado al verme distraída, su mirada estaba puesta en ellos. A pesar de mi reparo me gustó sentir como mis pezones reaccionaban. Quería que supiera que me gustaba ser el centro de atención de su mirada y mis pezones clavados en la tela se lo estaban haciendo saber.
Algo sucedió entre ellos que la chica comenzó a hacer aspavientos y a hablar más alto. Estaban discutiendo y él me miró como disculpándose por la actitud de su novia. Vi como soltaba las manos de su chico que la tenía agarrada por la cintura y se fue apurada. Me miró avergonzado. Con lentitud se bajó del banco y me volvió a mirar. Comenzó a caminar despacio con la cabeza agachada. Yo no quería que se fuera, no era justo que me dejara así después de varios días deseando encontrarlo.
Me armé de valor y superando mi timidez le hablé.
- Estás bien?
- Que? – me miró sorprendido de que le hubiera hablado.
- Perdona, he visto que la chica con la que estabas se ha ido enfadada - me estaba arrepintiendo de haberle hablado por el apuro que estaba pasando - te preguntaba si estás bien.
- Si, bueno, no sé – él también estaba muy nervioso y titubeaba al hablar.
- Es tu novia?
- Si.
Me sentía incómoda al ver a la gente pasar a nuestro lado y que pensarían de una mujer de mi edad hablando con un chico tan joven. De cerca aún parecía más joven de lo que pensaba. Su rostro era infantil y su cuerpo aún no había desarrollado del todo.
No quería asustarlo pero algo me empujaba a querer saber el motivo de sus miradas.
- Yo me llamo Teresa, y tú?
- Jose.
- Encantada Jose. Vi que te ibas a marchar pero me pareció que no querías irte. Me equivoco?
- No, no se equivoca – me gustaba su inocencia y como se ruborizaba cuando le hablaba.
- Y por qué no querías irte?
- Bueno, es que…- no sabía ni que decirme.
- Tranquilo, puedes hablarme con sinceridad. Y si te sirve de algo quiero que sepas que yo tampoco quería que te fueras.
- Es que la vi el otro día aquí sentada y…
- No dejabas de mirarme. Me di cuenta. Es por eso que no querías irte?
- Si. Yo no quiero que se sienta ofendida. Perdóneme.
- No me ofendes, Jose. En realidad me gustaba como me mirabas.
SI su cara de sorpresa cuando le había hablado era evidente, la de ese momento al escucharme eso fue mayúscula. Me dio ternura como sus mejillas se encendieron al instante.
- Te aseguro que a mí también me da mucha vergüenza estar diciendo esto - se hizo un silencio incomodó entre los dos - Por que me mirabas tanto a los pechos?
- Es que no se explicarle por qué.
- Tranquilo…Era curiosidad? Te gustan los pechos pequeños? – sentía que solo ese chico podía ayudarme con mi desesperación.
- Tienen una forma diferente – al decir esto se le escapó bajar la vista al motivo de nuestra conversación y enseguida volvió a levantar la vista azorado - Creo que es curiosidad.
- No te sientas mal, por favor – por nada del mundo quería que se pudiera asustar. Ese escaso momento en el que había bajado la vista me había gustado mucho y a mis pechos todavía mas haciéndolos despertar – Si quieres puedes bajar la vista – le hablaba en voz baja, casi en un susurro por temor a que alguien pudiera escucharme.
Sentía como luchaba contra su timidez. Podía percibir sus ganas de superarla y eso me enternecía.
- Quieres sentarte a mi lado?
- Puedo? – su rostro demostraba la ilusión que le hacía poder estar sentado a mi lado.
- Claro – palmee el banco indicándole su sitio - Siéntate aquí.
Me gustaba la sensación de tenerlo cerca de mi. Lo miré, irradiaba inocencia. Me salió acercar mi mano a su cara y se la acaricié intentando darle confianza.
- Quieres bajar la vista y mirar? – sin esperar su respuesta giré la cabeza hacia el lado contrario – Yo no te miraré hacerlo.
Supe que había bajado la vista cuando mis pezones se pusieron muy duros. Sentía perfectamente la mirada curiosa de ese chico sobre mi camiseta y me estremecí al darme cuenta que vería mis pezones incrustados en la tela. La vergüenza, la excitación, el morbo, se apoderaban de mi cuerpo.
- Te gusta lo que ves? – le hablé sin cambiar mi postura.
- Si – el temblor de su voz me hizo sentir dulzura hacia ese chico.
- Más que los de tu novia?
- Son distintas. Mónica las tiene redondas y usted las tiene de una forma diferente.
- Si – recordé la primera vez que mi suegro los había visto -… Son como “peras de san Juan “
- Eso, son con forma de peras.
Estar hablando con un joven de mis pechos, estaba provocando un efecto mucho más fuerte de lo que me esperaba. Sentí mi vagina llorando de felicidad por lo que estaba sintiendo, mi corazón latía agitado como solo lo hacía con Gregorio.
-… Y Mónica tiene las puntas de las tetas más pequeñas que usted.
Escuchar esa palabra me hizo sentir una punzada de placer en el centro de mi vagina. Ni mi suegro, ni mi marido, ni siquiera yo usábamos ese término para hablar de mis pechos.
- A tu novia le has visto las tetas alguna vez? – me gustó llamar así a mis pechos, era una palabra más vulgar y hasta excitante.
- No, pero ella a veces tampoco se pone sujetador y se le notan como a usted. Los suyos son mucho más grandes.
- Los pezones?
- Si.
En ese punto de la conversación estaba convencida de que él también estaría excitado. Yo lo estaba, y mucho, y solo deseaba agradecerle lo que me estaba haciendo sentir.
- Mónica es tu primera novia?
- Si.
- Nunca le viste las tetas a una mujer?
- No, solo en fotos o en internet viendo vídeos.
No sé si era la excitación que estaba sintiendo o lo qué pero lo imaginé delante del ordenador excitado viendo alguna película. Lo imaginé masturbándose en silencio con miedo de ser descubierto por sus padres.
Recordé la primera vez que dejé que mi suegro me viera los pechos desnudos y pensaba en qué sentiría si le dejase a ese joven mirarlos. Me puse nerviosa solo con esa idea.
- Te gustaría ver mis tetas? - el deseo había hablado por mi en voz alta.
- De veras me dejaría verle las tetas?
- Si quieres, si – era emocionante sentir que serían las primeras tetas que vería. Que si su novia no le dejaba ver las suyas yo estaba dispuesta a hacerlo.
Cuando iba con mi marido a visitar a su padre, recordaba que en el portal había un cuartucho pequeño que nadie utilizaba.
Sentada en el banco podía ver el edificio de mi suegro. El portal estaba abierto quizás debido a la obra en casa de este. Era una locura, lo sé.
- Ven conmigo – de nuevo sentía mis piernas temblando como hacía mucho tiempo que no las sentía.
Jose desconcertado agarró su mochila del instituto y me siguió. Me gustaba la sensación de sentirlo detrás de mí siguiendo mis pasos.
Al cruzar la calle le di la mano como si fuera un niño pequeño al que hay que cuidar. Era extraño tener su mano en la mía. Esta era suave, pequeña y con los dedos finos. Una mano totalmente diferente a la de mi suegro. Estaba muy nerviosa pero lo miraba intentando tranquilizarlo. Me aseguré que nadie nos veía entrar en el portal y atravesamos la puerta del edificio.
La puerta del cuartucho seguía sin estar cerrada con llave, nunca lo estaba y le hice pasar. Apoyé mi espalda en la puerta para impedir que alguien pudiera intentar abrirla y todavía me sorprendo al recordar ese momento.
……
Nota de autor:
Intenté que Teresa fuera más precisa con las sensaciones que vivía en ese momento y le pregunté. Ella me contestó al día siguiente.
“Disculpa que ayer no pude contestar a lo que me preguntabas sobre las sensaciones de esa tarde con ese joven. Ayer por la tarde lo pensaba e intentaba recordar con exactitud lo que sentía. Me cuesta escribirlas porque fue uno de los momentos en los que sentí más emociones encontradas. Durante el tiempo que estuvimos sentados en el banco solo era capaz de sentir gratitud hacia ese chico por hacerme sentir de nuevo esa sensación inexplicable en los pechos. Con Jose de nuevo sentía mis pechos vivos. Era la segunda vez, la primera fue con mi suegro, que sentía a alguien admirarlos de esa forma tan intensa. En ese momento de mi vida lo único que necesitaba era eso, que alguien mostrara interés por esa parte de mi anatomía que tanto me avergonzaba. Fue este chico el que lo hizo, pero en ese momento de desesperación había llegado a tal punto que si ese interés viniera de cualquier otra persona hubiera accedido igual a mostrárselos. Ahora que ha pasado tiempo agradezco que ninguno de esos viejos verdes mostrara atención a mis pechos porque hubiera sucumbido a sus deseos. Por suerte mi culo es llamativo y solo tenían ojos para él.
Ante tales sensaciones mientras Jose me miraba, otra de las emociones que sentía era vergüenza. Ya sabes lo de mi problema con la timidez. Que ese chico tan joven, como te dije podía ser mi hijo, me estuviera provocando tal estado de excitación me hacía sentir muchísima vergüenza.
Cuando me dijo que nunca había visto los pechos de una mujer, él ya sabes que les llamaba tetas, fui yo la que sentí curiosidad por como sería que los míos fueran los primeros en ser vistos por él. Me preguntaba cómo sería, que sentiría ese chico, que cara pondría al tenerlos delante de su cara desnudos “
Me llamó la atención cuando me dijo que si un viejo verde hubiera prestado atención a sus pechos, hubiera sucumbido. Le pregunté hasta que punto.
“Días antes del primer encuentro con Jose, había un señor de bastante edad paseando por el parque. Yo estaba llegando y pasé a su lado por el sendero de tierra. Me miró a la cara y luego a los pechos y enseguida me volvió a mirar a la cara. Me hizo un comentario muy asqueroso sobre su miembro viril y mi boca, ya te imaginas lo que dijo. Luego se giró y al ver mi culo de nuevo otro comentario sobre su deseo de follármelo. Indignada apuré el paso para alejarme de él. Nunca me habían dicho esas cosas y me dio rabia.
A esa hora no había casi nadie por esa zona del parque y estaba sentada en uno de los bancos de piedra. Lo vi de nuevo acercarse y me puse nerviosa. Cuando estaba llegando a mi altura, una chica bastante más joven que yo, se cruzó con este pervertido. La chica llevaba bastante escote y pude observar como el viejo le miraba al escote y no pude evitar sentir envidia. Vi que le hacía un comentario, seguramente también asqueroso y me sorprendió ver que la chica detenía el paso. No podía evitar mirarlos y ver la reacción de esta. Estaban hablando pero ella no parecía enojada. Él parecía intentar convencerla de algo y mientras le hablaba señalaba hacía uno de los balcones del edificio de enfrente. Ella miró la hora en el reloj que llevaba en la muñeca y la vi asentir. Me quedé perpleja al ver que se iban juntos. No podía creer lo que estaba viendo. Alejándose, aquel viejo giraba la cabeza y, mirando el culo de su conquista, le dio una palmada en él y ella lo miró ruborizada.
Los vi cruzar la calle.
Presenciar aquello me resultó inquietante. Ese mismo señor había intentado que fuera yo esa mujer que lo acompañara. Me había hecho saber sus deseos intentando convencerme. A esa chica la había convencido, a ella le había mirado los pechos. Me asusté al preguntarme que habría pasado si al cruzarme con él, este hubiera mantenido su mirada sobre mis pechos como había hecho hacía un momento con esa chica. La respuesta a esa pregunta me asustó y me avergoncé al sentir que si así hubiera sido, seguramente habría aceptado y sería yo y no esa chica la que estaría cruzando con él la calle.
Si ese viejo asqueroso hubiera prestado atención a mis pechos hubiera sucumbido. Mis ganas de volver a sentirlos vivos me habría llevado a denigrarme ante ese señor. Hubiera hecho lo que me pidiera, él me dijo al pasar a mi lado que sería delicioso follar mi boquita de puta. Si me hubiera mirado unos segundos mas seguramente estaría en esos momentos arrodillada frente a él y dejando que usara mi boca para su placer. Había dicho que quería follarme el culo y le hubiera dejado hacerlo a pesar de que nadie me había hecho eso nunca.
Me asusté al imaginar a esa chica de poco más de veinte años aceptando lo que ese pervertido quería con ella. Sentí miedo de darme cuenta que estaba dispuesta a cualquier cosa por un poco de atención a mis abandonados pechos. Hasta ese punto hubiera sucumbido.Gracias a Dios, apareció Jose.”
Ante la magnitud de su confesión solo pude escribirle para agradecerle su valentía. Era una total muestra de confianza desnudar su alma de esa manera y le hice saber que como yo, todos los que leerán su historia estarán agradecidos de que comparta con todos tan íntimas vivencias y emociones.
………
De nuevo acaricié el inocente rostro de Jose al estar encerrados en ese cuartucho. Sin nadie que nos viera me detuve más tiempo con esa caricia de gratitud. Solo yo sabía los tormentos que había pasado antes de encontrar a ese ángel, en ese momento para mí era eso, un ángel salvador de mi decadente estado como mujer llena de complejos por culpa de mis pechos. Era tal el estado de mis pezones que tenía la sensación que en cualquier momento podrían rasgar la tela. Y Jose, mientras yo acariciaba su rostro, no podía apartar la vista de ellos.
- Te gustan?
- Si, son muy grandes, verdad?
- Si, son bastante grandes.
Ese instante en que llevé mis manos a la cintura para agarrar la parte baja de mi camiseta me sentí feliz. Si mi suegro los había mirado con devoción, Jose no se quedaba atrás. Mientras la subía para quitármela yo solo miraba su cara sofocada y sus ojos preparados para ver lo que tanto tiempo solo había podido por fotos o películas.
Subí la camiseta hasta los hombros y me estremecí al sentirme desnuda de cintura para arriba. De nuevo estaba viviendo esa sensación tan placentera de que alguien viera lo que tanto me acomplejaba. Y la cara de ese chico me excitaba al saber que eran las primeras tetas que veía.
Sus ojos abiertos como platos no creyéndose lo que estaba mirando, su boca tierna entreabierta, sus mejillas coloradas. Respiraba muy agitado. Al verlo así, supe que también estaba muy excitado y bajé la vista hasta su pantalón con curiosidad. Lo tenía abultado.
Tan excitada estaba que seguí subiendo la camiseta hasta tapar mi cara con ella. La mantuve ahí para darle confianza a Jose.
- Te gustan mis tetas? - con la cara tapada era más fácil hablarle.
- Son diferentes a las que había visto. Me gustan mucho.
- Diferentes por el tamaño?
- Si y por la forma.
Tuve que reprimir un gemido para no asustarlo. Era como un animalillo que por primera vez se aleja de su madre a descubrir cosas y no quería que pudiera asustarse. Al hablarme sentí su aliento acariciar mis pezones y entendí que aprovechando que no lo veía había acercado su cara para verlos bien.
Le pregunté cosas con el único fin de hacerlo hablar y que ese aliento fresco me envolviera en un placer mágico.
- Haz lo que quieras con ellos - tenía que empujarlo pues sabía que no haría nada sin yo decírselo.
Se me escapó un gemido cuando noté su dedo tocar mi pezón. Mi teta tembló cuando su mano la rodeó y se cerró sobre ella palpando con curiosidad. Era muy joven pero estaba volviéndome loca de placer con su mano que sentía muy suave y totalmente diferente a las que me habían tocado. Jose estaba descubriendo lo que era tocar unas tetas y cuando me las agarró con las dos manos me corrí. Lo hice en silencio, mordiéndome los labios. Me imagino que pensaría que mis temblores eran de nervios, cuando fuera mayor entendería que acababa de hacer correrse a una mujer mucho mayor que él.
Agradecida por lo que me acababa de hacer sentir, estiré mi brazo y busqué el bulto de su pantalón. Su pene estaba duro. La sorpresa le hizo quedarse inmóvil pero sus manos seguían aferradas a mis tetas. Al desabrochar su pantalón los nervios le hicieron apretarlas, cosa que agradeció mi cuerpo.
Me hubiera gustado no tener la cara tapada por la camiseta para poder ver su pene cuando le bajé el slip. Lo sentí palpitante al rodearlo con mis dedos. Era extremadamente suave y desprendía un calor que alteraba mis sentidos. Imaginé su cara de placer cuando comencé a masturbarlo.
Gimió bajo, con timidez.
Escucharlo gemir me puso cachonda. Con mi mano libre acaricié su cabeza y lo acerqué aún más a mi.
- Mételo en la boca, así nadie podrá escucharte.
Su boca inocente descubrió lo que era sentir una teta. Sus labios rodearon mi pezón con extremada delicadeza y de nuevo mi vagina explotó. Y también su pene lo hizo mojando mi mano, mi brazo y, como pude comprobar después, hasta mi barriga recibió parte de su semen. Su primera eyaculación provocada por una mano ajena a la suya, había sido abundante y me recordó a mi suegro.
Cuando nos despedimos en el parque vi en sus ojos felicidad, agradecimiento. Los míos reflejaban lo mismo pero quizás él no sabía entender mi mirada pues apenas estaba despertando a la vida adulta.
Me sentía rara de vuelta a casa. Me confundía estar sintiendo tal sensación de bienestar y que fuera provocada por alguien tan joven.
Esa noche me masturbé pensando en Jose, en su boca, en sus manos, en su pene. Dormí en la cama de Gregorio.
Se convirtió en algo habitual ir al parque a buscarlo. Unas veces ya me estaba esperando, otras lo esperaba yo. Sin necesidad de decirnos nada nos íbamos a ese cuartucho que se había convertido en nuestro lugar secreto donde yo le ofrecía mis pechos. Él los acariciaba, chupaba y yo agradecida lo masturbaba hasta llegar al orgasmo juntos.
En casa cada día estaba más distanciada de mi marido. Lo culpaba de no poder estar con Gregorio y eso me hacía ser fría con él.
Una tarde en la que estábamos en nuestro sitio secreto, pasó algo que fue uno de los momentos más vergonzosos de mi vida. Jose me acariciaba los pechos y de pronto alguien empujó la puerta. Al estar apoyada contra ella no logró abrirla. Asustada me bajé la camiseta y le hice un gesto de que se mantuviera en silencio.
- Quien está ahí? – era una voz de hombre y parecía enfadado. Volvió a empujar la puerta sin éxito – Llamaré a la policía!
Escuchar su advertencia me hizo apartarme. Al volver a empujar la puerta, esta cedió y aquel hombre al vernos se quedó sorprendido.
Debía rondar los cincuenta años aunque por su aspecto descuidado aparentaba mas. Por su vestimenta imaginé que era uno de los albañiles que hacían la reforma en el piso de Guillermo. Vestía un mono azul cuya parte superior llevaba atada a la cintura. Su camiseta negra, manchada de polvo blanco indicaba que estaba trabajando. Me asustó su cara de pocos amigos.
Su cara de pocos amigos se transformó en cara de asombro. Supuse que se esperaba encontrar a alguno de los muchos jóvenes que por la zona buscaban cualquier sitio escondido para fumar porros o incluso meterse cosas peores y al vernos se sintió desconcertado.
Nos miró de arriba abajo preguntándose qué hacía una mujer como yo en ese sitio encerrada con un chico tan joven. Al mirarme se detuvo en mis pechos. Mis pezones todavía excitados, se notaban con claridad en la camiseta. De nuevo miró a Jose y este muerto de miedo se mantenía paralizado.
- Tu no deberías estar en el instituto?
- No tengo clase por la tarde - su voz temblaba al estar asustado.
- Pues vete con tus amigos antes de que llame a la policía!
Jose me miró esperando que yo le hiciera saber que hacer y con mi cabeza asentí para que le hiciera caso. Lo vi agacharse para coger su mochila del suelo y salió en silencio.
De nuevo me volvió a mirar y se detuvo donde antes. Yo no sabía que decir ni que hacer.
- Vives aquí?
- No.
- Que hace una mujer como tú con un chico tan joven?
- Eso a usted no le importa – no quitaba los ojos de mi camiseta y me ponía nerviosa
- Tienes razón, disculpa. Pero me sorprende que una mujer tan guapa esté interesada en chicos mucho más jóvenes.
Mi primera reacción era decirle que no me interesaban los chicos jóvenes y que eso solo me había pasado con Jose, pero no quería dar explicaciones y mucho menos a un desconocido pero estaba segura que si le explicara los motivos lo entendería.
- Perdona - agachándose cogió un cubo lleno de lo que parecía cemento – Debo seguir trabajando.
Dándose la vuelta comenzó a alejarse.
- Espere! – salí del cuartucho y corrí hacia él. Se detuvo y me miró extrañado - Usted trabaja aquí?
- Si, estamos reformando uno de los pisos. Por qué?
- Que piso es?
- Es el piso de don Gregorio – por mi cara debió darse cuenta que quizás lo conocía – Lo conoces?
- Y Gregorio viene por aquí a veces?
- Al principio de la obra venía casi a diario por aquí, ahora no sé qué le ha pasado pero apenas viene y se le ve distinto.
- Distinto ¿ A que se refiere?
- Se le ve ausente, triste.
- Le podría dar un recado la próxima vez que lo vea?
- Claro pero ya te digo que no se cuando será.
- Dígale esto…” que las películas sin él no son lo mismo “
- Como? Señorita no entiendo.
- Dígale eso y el lo entenderá. Gracias.
Salí del edificio contenta de por lo menos saber que ese hombre podría darle un mensaje a Gregorio de mi parte y que pudiera saber qué seguía pensando en él. Por otra parte estaba triste por lo sucedido y que nos hubieran interrumpido aquel momento tan excitante.
Mis pechos seguían excitados cuando crucé la calle en dirección al parque. Mi vagina permanecía latente, húmeda. Jose estaba sentado donde siempre y al verme pude percibir su ilusión y al mismo tiempo su miedo de que me acercara a él para decirle que no podríamos volver a quedar. Me acerqué a su lado.
- A qué hora te esperan tus padres en casa?
- Tengo que estar en casa a las nueve como muy tarde.
Vi la hora en el teléfono. Eran las seis y media.
- Quieres venir a mi casa?
- Me gustaría mucho. Usted quiere?
Nos llevó veinticinco minutos llegar. Durante el camino pensaba que por primera vez íbamos a estar en un sitio donde nadie nos podría molestar, cómodos. Sin posibles miradas escandalizadas por ver a una mujer de mi edad con un chico tan joven.
Me parecía demasiado humillante para mí marido estar con Jose en nuestro dormitorio y lo llevé de la mano a la habitación de Gregorio. Me sentía nerviosa de ser yo la que tuviera que llevar las riendas de aquel encuentro. Siempre me había dejado hacer con mi marido y mi suegro.
Jose estaba asustado, nervioso, cuando cerré la puerta de la habitación. Le pedí que se sentara en la cama y él así lo hizo. Acaricié su cara para tranquilizarlo y di dos pasos para atrás para que me pudiera ver bien.
Con lentitud para que disfrutara de cada segundo, me quité la camiseta. Su cara cada vez que miraba mis tetas me excitaba. Es curioso como la excitación consigue que superemos todas las vergüenzas y me di cuenta cuando a pesar de la vergüenza, me bajé la falda. En ese momento solo deseaba ser la primera mujer que Jose viera desnuda. Me bajé las bragas. Me mordí los labios al ver su expresión de deseo. Sus ojos recorrían mi cuerpo y buscaban mi vagina con curiosidad. La tenía empapada.
Desnuda como estaba deseaba verlo también así y se lo pedí. Sus mejillas estaban coloradas cuando terminó de quitar su ropa y su erección delataba su estado. Él miraba mi vagina, yo su pene. Me acerqué a la cama y cogí su mano para acercarla a mi entrepierna. Sabía de la suavidad de sus dedos por las veces que me había acariciado las tetas en aquel cuartucho pero sentirlos en mi vagina me hizo gemir. Acaricié su cara y adelanté mi torso hacia ella. Siempre que acercaba mis tetas a su cara entendía lo que deseaba y esta vez no fue diferente. Sus labios rodearon mi pezón y comenzó a chuparlo. Tuve que agarrarme a sus hombros cuando comencé a correrme y vi como su pene comenzaba a expulsar semen sin ni siquiera tocarlo.
En ese momento que nos corrimos juntos solo deseaba abrazarlo y así lo hice. Abrazado a mi sobre la cama, tembloroso, desee besarlo y lo besé. Su pene seguía totalmente duro como sino se hubiera corrido. El abrazo provocaba que este se rozara con mi vagina.
Cerré los ojos y pensé en Gregorio. Lo que iba a hacer lo tenía reservado para él pero se había ido de casa dejando mi cuerpo, el cuerpo que era suyo, abandonado a su suerte. Mentalmente le pedí perdón antes de agarrar el pene y colocarlo a la entrada de mi vagina.
No se que me pasó en aquel momento. Cuando sentí el glande introducirse en mi comencé a correrme de nuevo. Estaba desvirgando a ese adorable chico. Mi vagina era la primera que conocía y eso me volvió loca de excitación. Mientras se movía con torpeza miraba su cara de placer y lo besaba agradecida por lo que me estaba haciendo sentir.
Perdimos la noción del tiempo. Ni siquiera escuché cuando mi marido llegó y pensando que estábamos solos, gemí de placer cuando me senté sobre él y comencé a mover mis caderas mientras sus manos se agarraban a mis tetas. En esos momentos me sentía suya, le entregué mi cuerpo para que descubriera lo que era estar con una mujer. Me regaló muchos orgasmos y en señal de gratitud le dejé que se corriera en mi boca mientras le hice la primera mamada de su vida.
Exhausta vi la hora en el despertador y creí que me moría al ver que eran las ocho y media. A esa hora mi esposo siempre estaba en casa. Agudicé el oído con la esperanza de que solo hubiera silencio tras la puerta. El grifo de la cocina me devolvió a la realidad y me vestí rápido. Le pedí a Jose que se vistiera y lo intenté tranquilizar cuando escuchó una silla arrastrarse y también supo que no estábamos solos.
Una vez vestidos salimos de la habitación. Mi marido iba hacia el salón y al vernos su cara se desencajó. No podía creerse que la persona que estaba conmigo fuera un joven que podía ser nuestro hijo. Me miró con desprecio y me duele decirlo pero podría decirse con asco. Esperaba que me montara un numerito pero solo me ignoró y sin saber que decirle salí de casa. Necesitaba despejar de mi cabeza todo lo que sentía y acompañé a Jose.
Continuará...
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