Xtories

Hoy quiero portarme mal

Luz ha intentado ser la esposa perfecta, pero la rutina la ahoga. Cuando el deseo se apaga en el matrimonio, decide buscarlo donde aún arde: en los brazos de quien la hizo sentir viva. Esta vez, no pedirá permiso; irá a buscarlo ella misma.

Will Brown11K vistas9.3· 6 votos

-Alberto, cariño, ¿puedes venir un segundo?

Las niñas ya están en la cama, es el momento perfecto para que marido y mujer jueguen a papás y mamás. Mientras Alberto acaba de ordenar la cocina yo me he encerrado en nuestra habitación y me he puesto un conjunto de lencería sensual. Quiero acción, y la quiero esta noche.

Cuando mi marido cierra la puerta detrás de si y descubre a su mujer contóneandose cual gatita para él, su reacción es…. Curiosa. Se queda pasmado, solo atina a pronunciar mi nombre:

-Luz…

Aunque me decepciona que no haga ni diga nada más, finalmente acaba poniéndose a tono. Me entristece, sin embargo, que a pesar de mis esfuerzos por entregarme a él, por ser sexual, por ofrecerle lo que todos los hombres casados se quejan de no tener, lo máximo que consiga un “finalmente”. No se ha negado a hacerle el amor a su mujer, es cierto, pero incluso arreglándome para él como en una peli porno, su reacción me sabe a poco.

Provocadoramente me acerco hasta él, tiro de su corbata, me lo llevo a la cama y acabamos haciendo el amor. Intento ser más pasional de lo que solemos. Gimo más, expreso mi placer más abiertamente, pruebo un par de posiciones largo tiempo olvidadas, pero Alberto no me sigue. Nos corremos y nos decimos te quiero, pero todo me parece hueco.

Por la noche, de lado en la cama, lloro.

Ayer me follé a mi examante en los baños del restaurante. Cinco años después, quedé con Juan para “ponernos al día”, pero ambos sabíamos a lo que íbamos y lo hicimos. Después de comer y flirtear un poco, nos encerramos en el baño y pude dar rienda suelta a la pasión que llevo tanto tiempo conteniendo.

Fue una calentura de adolescentes. Incómoda, rápida, sin mucho espacio, pero intensa y radical. No está bien, y lo sé, pero me sentó de maravilla.

Al volver a casa, como era de esperar, me atacaron los remordimientos. He pasado las últimas 24 horas buscando en los rincones de mi mente las razones para volver a enamorarme de mi marido, para volver a sentir por él lo que hace tiempo solo he sentido fugazmente con Juan, y me cuesta.

Puedo escuchar el juicio de mi madre en mi mente, si lo supiera: “ponerle los cuernos al marido es de putas. Esa mujer es una puta y va a arder en el infierno”. Mis padres crecieron en otra época y con esos valores me criaron. Soy y quiero ser una mujer para un hombre. Quiero ser la hija que mi madre se merece y se imagina.

Cuando Juan se cuela en mis pensamientos, mi sexo empieza a destilar jugos y mi mente a imaginar todo tipo de perversiones, pero me voy a esforzar en mantenerme fuerte para Alberto… Alberto, ese es el problema, ha sido un rey ausente desde hace demasiado tiempo. Soy su reina en nombre y título, pero no lo sería a juzgar por la atención que nos dedicamos mutuamente.

Aun así, después de mi reciente desliz, me conjuré para volver a intentarlo: cociné su plato favorito, compré entradas para ir al teatro solos el próximo fin de semana en plan cita de pareja, me he arreglado para él como un bombón envuelto en un lazo. Nada. No he conseguido nada más que migajas. No es que se niegue a nada, claro, a todo dice que sí, pero la ilusión es tan escasa en su tono que me siento triste y sola.

¿Es que ya no siente nada por mí? ¿Ya no le excita mi cuerpo? Joder, yo tampoco siento mariposas en el estómago después de verle cada día durante 15 años, pero lo intento. Y además, coño, ¡no soy una modelo pero no estoy nada mal! Mi vientre resiste en su sitio, mis pechos no son los de una jovencita, pero aguantan muy dignos, sigo arreglándome el pubis como una jovencita, mi melena rubia sigue brillando por sí misma, y he cuidado mi piel suficientemente bien para que mis arrugas sean las justas para mi edad.

¿Qué demonios falla?

Alberto es un buen hombre, le quiero, pero siento como la vida se me escurre entre los dedos como arena en la playa, siento que estoy perdiendo el control. ¿Qué me queda de aquí en adelante, si mi marido no me presta atención? Mis hijas ya están a un paso de la preadolescencia, en cuatro días ya no querrán compartir su tiempo libre conmigo. Mi carrera laboral es muy satisfactoria, pero estoy cansada de que mi única satisfacción provenga de derrotar al abogado contrario o de ascender a socia antes que otros compañeros con mayor antigüedad, y precisamente la dedicación a trabajo y familia me ha dejado con el número de amigas bajo mínimos.

Quiero vida, quiero energía, quiero alegría, quiero sentir que los días que vienen son algo por lo que impacientarse. Estoy sola, joder. Me siento tremendamente sola.

Y al mismo tiempo, soy una mujer sensata, buena y dulce. Quiero ser una buena esposa. Ser infiel está mal, mal, muy mal. No quiero ser esa mujer, no otra vez. Eso no va con mis valores, incluso admitiendo que ya los traicioné una vez hace cinco años… y otra la semana pasada. Pero sí, lo admito, ser infiel es pecado, no puedo permitirme volver a ser esa mujer porque no soy capaz de sobrellevarlo. Quizás debería volverlo a intentar el sábado cuando Alberto y yo vayamos al teatro, pues. ¿Me veo con fuerzas para volver a intentarlo? Venga, va volvamos a la carga. Esta vez, con todo.

Las niñas se han quedado con mis suegros, tendremos toda la noche para nosotros. Todo está planeado. He vuelto a arreglarme como si fuera una de nuestras primeras citas, tanto por dentro como por fuera. Por dentro, con otro conjunto para romperlo todo, que, para más morbo, compré y estrené con Juan. Por fuera, con mi mejor vestido de noche.

Lo he arreglado todo para que sea una noche especial. Teatro a las 19:00, cena de lujo a las 22:00, taxi contratado para que ambos podamos beber sin restricciones. Merced a mis contactos del bufete, he conseguido mesa en un restaurante con una estrella Michelin al que hacía tiempo que Alberto quería ir.

Y todo fue bien hasta el final. La obra nos gustó, la cena fue deliciosa y el espacio muy romántico. Bebimos excelente vino y Alberto empezó a fijar la vista en mi escote. De camino a casa, sentados en el asiento posterior del taxi, posé mi mano discretamente sobre su paquete, cubierta por los abrigos, y empecé un decidido magreo sobre su tronco. Lo siento como empieza a ganar dureza y volumen, y entonces mi marido me detiene y me dice en voz baja “Luz, mujer, que nos va a pillar el taxista y ya tenemos una edad. Espérate a casa, amor”.

Decepcionada, me espero a casa, qué remedio, pero por lo menos me anima que, esta vez sí, en casa lo daremos todo. Y sí, Alberto esta vez demuestra estar encendido. Me soba por todas partes y me arranca la ropa, incluso demasiado rápido para mi gusto. Ojalá se entretuviera en hacerlo durar, en jugar conmigo, en alimentar mi fuego. Recuerdo cómo Juan me besaba el cuello y me acariciaba por encima de la ropa y me excito. Mientras mi marido me ha arrancado la ropa y apenas ha prestado atención a mi conjunto especial, recuerdo como Juan lo disfrutó, lo alabó, y jugó con sus bordes y transparencias dentro del limitado espacio del cubículo del restaurante. Mis pezones estaban tan inflamados que a través de la finísima tela de mi sujetador morado parecían estar al aire libre, pero Alberto me lo ha arrancado después de una única expresión de admiración. Mientras recuerdo como Juan me comía las tetas me humedezco más de lo que el torpe masaje de Alberto está consiguiendo. Finalmente me penetra, y digo finalmente porque fue el final, pero sucedió tan pronto y tan rápido que todo me sabe a poco. ¿Dónde están los prolegómenos? ¿Dónde está el cariño y el juego? Alberto me folla como si fuera un adolescente salido, y mi imaginación rápidamente vuelve a cinco años atrás, cuando Juan me hizo el amor en esta misma cama con mucha mayor maestría. En mi mente es Juan quien me lame el coño, es Juan a quien le como la polla y es Juan quien me cabalga hasta correrse. Lo he pasado bien y he sentido placer, pero me he quedado insatisfecha. Mis necesidades como mujer no han sido cubiertas, y cuando Alberto se duerme, tengo que procurarme a mi misma el orgasmo que mi marido ni siquiera intentó darme.

A la mañana siguiente, Alberto vuelve a hacerme el amor. Esta vez se esmera un poco más, pero aún así, palidece en comparación con mi amante. Y una vez vestidos y de vuelta a la normalidad, todo sigue como antes. El domingo, Alberto se va con sus colegas y me deja a mi con las niñas. ¿Y si yo quisiera irme de parranda con mis amigas también? Cuando vuelve y durante la semana, se comporta como siempre: un padre maravilloso, pero a mi vuelve a mirarme como miraría un mueble. Ni un solo intento de volver a hacer el amor conmigo. La ola de pasión fue intensa pero pasajera, ya no queda rastro. Y yo me siento enardecida.

Porque cuando Juan me mira me siento mujer. Cuando Juan me escribe, me siento deseada. Cuando Juan me besa me siento especial. Cuando Juan me desnuda siento que la vida vuelve a mí, que no todo está perdido, que aún soy digna de escribir capítulos especiales.

Hasta aquí hemos llegado, ya no puedo más. Un día quise a Alberto, un día nos quisimos. Incluso más, mucho más. Fuimos felices durante muchos años, pero también hace muchos años que eso quedó atrás. Se ha convertido en un hombre aburrido y carente de interés para mí. O quizás yo para él, porque con sus amigos y colegas se comporta de modo diferente. Pero ya son muchos años de intentarlo sin sentir que él por su parte me corresponda, y ya he llegado al límite. Quiero vivir. Quiero follar. Quiero volver a llevarme a Juan a la cama y hacer realidad todas las guarradas que se nos ocurran.

No quiero separarme, esto lo tengo claro. Mi mente tradicional no es capaz ni de planteárselo. No podría partirles el corazón a mis niñas, ni ser el hazmerreír de mis amigas. Tampoco sabría como mirar a la cara a mi madre, que desde luego sería incapaz de entenderlo.

La verdad es que me daría pavor empezar de cero a mis 43 años. No, no puedo ni imaginarlo… No tengo más remedio que seguir con Alberto, pero he llegado al fin del camino común con él. Necesito vivir por mi cuenta y satisfacer mis necesidades. Lo siento, amor, pero voy a ponerte los cuernos otra vez, y en esta ocasión, con convencimiento.

L: ¿Guapo, tenemos ya hotel para el próximo jueves?

J: Hola Luz. Creo que después de todo me va a ser imposible quedar este jueves cómo habíamos dicho…

¡No! No empecemos otra vez, Juan, ¡tú no! No vuelvas a dejarme tirada por los remordimientos, te lo imploro, por favor… ¡No me vengas con excusas, que ya te conozco! ¡Yo también me siento mal, por Dios! Ya sé que su mujer no se lo merece y Alberto tampoco, pero joder, luego estamos tú y yo… es demasiado bueno, no podemos desperdiciarlo, por favor… No quiero, no puedo aceptarlo. Me encierro en el baño de la oficina, me saco la ropa y me hago selfis en bragas y sujetador. Luego me saco el sujetador también y, con la ayuda del temporizador, me hago fotos desde atrás con mi culito en pompa. Cojo tas esas fotos y se las mando.

L: No me digas que no tienes ganas de esto…

J: Dios, Luz… Sabes que me muero de ganas.

L: Entonces si no es el jueves que sea otro día, pero pronto. La semana que viene tendré la regla. Dime cuándo y dónde. Un beso.

Juan tarda en responder y esta vez me da a entender que no es un problema de disponibilidad sino de consciencia, pero yo ya estoy harta de ser una mujer perfecta y voy a ser mala. Voy a tomar las riendas. Quiero ser una niña travesuras y hacer cosas prohibidas sin miedo, así que el hotel lo acabo reservando yo para la tarde que, conociendo los hábitos de Juan, me aventuro a suponer que irá al gimnasio.

Al mediodía salgo de la oficina pronto, voy al hotel, preparo lo que será nuestro nido de amor esparciendo pétalos por la cama. Me ducho, me limpio bien, me arreglo con mi última adquisición en Agent Provocateur. Me maquillo a juego del tono de mi lingerie y me hecho por encima únicamente mi abrigo. Luego, con todo ya listo, me dirijo a la salida del despacho de Juan. Le espero enfrente de la puerta durante más de 40 minutos, pero finalmente aparece. Cruza la puerta solo, para mi suerte.

-Hola guapo.

- ¡Luz! ¿Qué haces aquí?

-Vine a buscarte.

-Luz, por favor, tienes que entender que…

-Yo te diré lo que entiendo, Juan. Estoy caliente, muy caliente. Llevo toda la semana pensando en ti y en las cosas que vamos a hacer. Tú también, porque por esa razón me has estado enviando mensajes durante estos días, no me digas que no. Ya sé que ahora te entra el miedo, el remordimiento, y todo eso… Lo sé, porque a mí también. Pero ya me da igual. Quiero disfrutar, solo eso. Dime una cosa: ¿Quién te ha dado más placer en los últimos años?

-Luz, por favor, ya sabes que no se trata de eso…

-No, en serio, respóndeme. ¿Quién te ha follado mejor, tu mujercita… o yo?

- ¡Luz! ¡Por favor! Cómo alguien nos escuche hablando así…

-A eso me refiero, cariño, tenemos una conversación pendiente y tú lo sabes, y no la podemos tener ni por teléfono ni en la calle, así que haz el favor de ser sensato y vente conmigo…

-Joder, joder, joder… Está bien, Luz, pero tiene que ser una conversación rápida.

No tengo intención que tenga nada de rápido, pero no se lo voy a poner difícil. Quiero atraparlo en mi trampa y luego ya veremos qué ocurre.

Me sigue a regañadientes, pero precisamente por eso, lo hago subir a un taxi. El hotel no está lejos pero tampoco cerca, tenía que ser lo suficientemente discreto para él. El taxi nos deja en el interior del aparcamiento del hotel para parejas que he reservado. Nadie nos ha visto. Sube conmigo a la habitación.

Si en la calle el frío es destacable dado que estamos a principios de diciembre, en el interior del hotel la cosa es diferente.

-Huy, qué calor hace aquí, ¿Verdad?

-Pues sí, que cambio tan brusco.

-Creo que me voy a quitar el abrigo…

- ¡Luz! ¡Joder, qué haces! -Al desabrochar mi gabardina ha quedado a la vista que debajo únicamente llevo bragas, medias con liguero y un espectacular y carísimo corsé. -Madre mía…

El ascensor ha llegado a nuestra planta.

-Sigue a tu conejito, cariño. Hoy tu conejita tiene ganas de portarse mal contigo…

Sin cubrirme, camino de espaldas hacia nuestra habitación. Me giro, dejo que mi abrigo de deslice por mis hombros y caiga al suelo. Sigo adelante, contoneándome en ropa interior para que babee por mi culo. Y evidentemente, Juan me sigue. Recoge el abrigo caído a medio camino. Llega hasta mi bajo el umbral de la puerta. Paso la tarjeta para que se abra.

-Adelante, cariño. ¿Quieres que hablemos?

-Luz…

Aún de espaldas, accedo a la habitación. Tomando a Juan de las solapas del abrigo, lo hago acompañarme y cierro la puerta detrás de él con una patada.

Empujo a Juan sobre la cama. Me pongo a horcajadas sobre su cintura. Su polla está lista para la batalla, la siento ya rozarse dura contra mi coño.

-Yo creo que ya está todo dicho, Juan…

-Luz, esto no está bien…

-Ya lo sé, guapo, pero… ¿verdad que se siente bien? -Empiezo a balancearme mi cadera de adelante hacia atrás, sintiendo su empalme crecer más y más entre mis piernas. Coloco un brazo a cada lado de su cabeza y me acerco a su rostro. Aspiro su aliento, me deleito y enciendo con su olor. Desvío mi cabeza hacia un lado y hacia arriba. Mi escote queda a escasos centímetros de su cara y mi boca de su oreja – Se siente MUY bien…

-…Sí…. Sí, pero…

-Sshhhhht… No sufras, amor. ¿Cómo puede estar mal si se siente tan y tan bien? -Sigo balanceándome sobre su erección y susurrando a su oído. Tomo una de sus manos y la guío hasta mi culo. Luego hago lo mismo con la otra. - Juan, siénteme entera... Juan, fóllame…

Al fin, Juan sucumbe y sus manos se cierran mis nalgas. Juan engrapa mi culo con furia y me besa las tetas con delirio.

Alea jacta est.

NOTA: Este episodio es la continuación de la historia de Luz y Juan, relatada en los siguientes relatos:

1: Créeme, es mejor si no digo nada más

2: La fuerza del pasado y el poder de la rutina

3: Its beginning to look like Christmas