En el barco (1)
Bajo el sol de Niza, Carmen juega con el fuego: mantiene a su marido al borde del abismo sin dejarlo caer, mientras espera que Paco y Lola suban a bordo. El verdadero juego no está en el sexo, sino en quién controla el deseo.
Era un día de mayo espléndido. Mi marido y yo paseábamos por Niza. Habíamos llegado el día antes, en una escapada de las nuestras. Escapadas de lujo, las llamábamos, aunque deberíamos haberlas llamado de lujuria. Nos íbamos a un sitio fantástico a relajarnos a nuestra manera. Y eso quería decir una cosa: sexo. Del bueno.
Estos viajes tienen sus propias reglas, no son un escarceo sexual cualquiera, un polvo de viaje de trabajo juntos. Hacemos uno cada seis meses, cada uno de nosotros escoge un destino al año. Y mi marido llega preparado a ellos. Quince días antes, empezamos a calentar el cuerpo. La provocación mental dura meses. Aumentamos, siempre que es posible, nuestro ritmo sexual ordinario. Pero con una diferencia: él no puede terminar. Yo encadeno orgasmo tras orgasmo esos días. Él tiene que detenerse. Ni una gota de semen puede salir de él.
Le masturbo en medio de la noche, se despierta con mi boca alrededor de su dureza, me monta siempre que hay ocasión, y buscamos todas las que podemos. Pero prohibido terminar. Él acepta, porque sabe cuál era su premio. El segundo día del viaje, podrá acabar en mi cara en el hotel, dejarme bañada con su leche. Y aquel era el día en el que le tocaba correrse.
Habíamos salido a pasear después de desayunar y cuando volviéramos a la habitación, sin prisa, él podría recoger su recompensa por haber sido un maridito tan bueno. Yo era incapaz de recordar cuántas veces me había corrido en esos días… Me bastaba con recordar los tres orgasmos de aquella misma mañana antes de ir a desayunar, con su boca juguetona y sus dedos traviesos, y extrapolar. En quince días, lo que se corre una española promedio en todo un año…
Dejamos el Negresco y nos dirigimos paseando hacia el puerto. La temperatura era realmente agradable, parecía julio. Mi marido llevaba unos chinos y un polo azul marino. Yo, un vestido ligero de Prada, rojo, que me hacía sentir como una diva. Nada complicado, pero muy elegante y atractivo. Llevaba mis cuñas favoritas, que me hacían estilizada cuando caminaba, alargando mis piernas. Unas gafas de sol de Gucci enormes y una pamela blanca contemplaban mi outfit. A veces, sentía el deseo de hacer algo extravagante. Aquel fin de semana era una de esas veces.
No debía de ir nada mal, porque notaba las miradas de muchos paseantes. Incluso las de algunos jovencitos guapos, con esos pelazos como si fueran Chalamet, y eso me estimulaba. A mi marido también, que me cogía por la cintura, poseedor orgulloso de aquella mujer de cuarenta y tantos a la que más de uno se habría querido llevar al catre. O más de dos y de tres, y hacer conmigo una escena de esas con las que los dos fantaseábamos viendo porno juntos. Los huevos cargados de leche de mi marido le hacían especialmente sensible a todas esas fantasías, con las que yo le calentaba en ese periodo de abstinencia forzada, narrándole cómo dos negros tremendos me usaban como su juguete sexual mientras él miraba y se masturbaba, dócil y cachondo. O tres empleados del hotel… No había límite a lo que imaginábamos, pero yo siempre gozaba como una diosa del sexo y él me adoraba.
También le calentaba con la lencería que usaba esos días. La lencería que él me regalaba. Esa mañana, me había puesto un conjunto de Maison Close, su último regalo. Con esa marca, me sentía realmente provocada. Cuando abría el paquete de regalo, pensaba que quería disfrazarme de furcia para sus caprichos. Cuando me la ponía, al instante me sentía una diosa del sexo. Si sois unos morbosos amantes de los detalles, era un conjunto Nuit fauve, el sujetador sin copas y la braga transparente. Naturalmente, aquel sujetador era incapaz de ocultar mis pezones, más bien parecía diseñado para resaltarlos. Pero con mi vestido de Prada, la loba interior quedaba oculta. Exactamente lo que nos gustaba como juego.
Íbamos viendo los yates fondeados, cuando nos llamó la atención uno particularmente lujoso con pabellón de España. Ya sabéis, la bandera del propietario del barco, y una bandera de cortesía francesa, como marcan las reglas. Nos acercamos por curiosidad y menuda sorpresa nos llevamos: Francisco y Dolores.
Paco y Lola. Compartíamos con ellos un club social, sobre el que no os daré detalles, pero bastante exclusivo, aunque no tanto si nos dejaban formar parte a nosotros. Con Paco y Lola, no habría problemas: él era rico, ella guapa. Nosotros, profesionales de éxito, y eso abre puertas. Compartíamos una afición, pero la relación era extraña.
Paco es un macho alfa de manual. Alto, moreno, fuerte, rico. Un líder de manada. Un promotor de actividades, el solista del conjunto, el capitán del equipo de fútbol americano. Lola es la hembra a su altura. La jefa de las animadoras. Es algo más joven que yo, pero está más gorda. Yo estoy más cerca de los cincuenta años, pero ella más cerca de los sesenta kilos. Bueno, eso es mi opinión, que no todo el mundo comparte.
Morena, carnosa, siempre sonriente, con pecho grande (y el culo también). Es la mujer por la que suspiran todos los miembros del club. Si pudieran, se la tirarían, es la candidata número uno en el ranking del gangbang de Navidad con el que sueñan. Incluyendo a mi marido, claro. Si pudiera, se la llevaría a la cama. Pero yo sé que mi marido no lo haría, tiene demasiado miedo a hacer algo mal y arruinar lo que tenemos.
Quien no lo sabe, es Paco. Porque Paco es perfectamente consciente de que Lola no le hace ascos a mi marido (ni a tantos otros, le encanta ser el centro de atención masculina). Que no es alto, ni moreno, ni fuerte, ni rico, como él. Pero derrocha encanto y labia, y a veces se olvida de que son mi monopolio y anda cosechando admiradoras por ahí. Es curioso, pero a veces pienso que mi marido es un calientachochos, si eso existe como palabra y como concepto. Don Perfecto, ofreciéndoles a todas esas mujeres en sus viajes conversaciones y planes y platos y vinos y obras de teatro, adornando sus vidas aburridas con su condición de hombre de mundo, pero perfectamente consciente de que como le toque el pelo a una sola, le pondré de patitas en la calle. Y su vida perfecta se acabará. Juan es mío. Y no os pongáis moralistas ahora con que a mí me encantan las pollas gordas y que alguna vez he pecado, solo faltaría que me reprocharais mis propios relatos. Nuestro plan de vida es así y funciona.
En resumen, que me estoy distrayendo: Lola y Juan tienen una tensión sexual no resuelta importante. Paco cree, equivocado, que está demasiado resuelta. Y yo creo, con total certeza, que Lola es una golfa que se acerca demasiado a mi marido y a la que le encanta mariposear. La tengo muy calada, he detestado a esa clase de mujeres desde los tiempos del instituto.
¡Qué pequeño es el mundo! - dijo Paco desde cubierta, zumbón
¿Verdad que sí? - le respondió Juan - No puede uno salir de casa para una escapada sin que alguien le pille… Me pregunto cómo la gente se atreve a andar por ahí poniendo cuernos…
Si se hubieran quedado los dos intercambiando cornadas, allí habría terminado todo. Pero entonces apareció Lola, saliendo del interior del barco.
¡Juan! ¡Carmen! ¡Qué pasada! ¡Vosotros aquí!
Y echó a correr pasarela abajo, sin miedo a enroscarse en el pareo que llevaba, para abrazarnos y besarnos a mi marido y a mí, en ese orden. Tuve que reconocer que era un monumento de mujer. Iba vestida con una simple camiseta que ocultaba sus curvas y un pareo, pero su sonrisa iluminaba el puerto. Y se notaba que había adelgazado últimamente. Algo, tampoco mucho.
Tenéis que venir a pasar el día con nosotros en el barco, ¿tenéis algún plan? ¿Vais a alguna de esas exposiciones que tanto os gustan? ¿O estáis aquí para relajaros como la gente normal?
Vaya si teníamos un plan. Los huevos de mi marido estaban a punto de reventar de tanta leche acumulada que tenían y en menos de una hora tendría que estar empezando a jugar conmigo para terminar vaciándose en mi cara. Ese era nuestro plan, no una exposición de Modigliani.
¡Qué encrucijada! Lola ya había dado un voto por el sí. Paco habría votado por el no. Mi marido se debatía entre la posibilidad de compartir el barco con Lola, fantaseando con lo que había debajo del pareo y de la camiseta, o de correrse en mi cara. Las tetas de Lola frente a una sumisa de rodillas dispuesta a recibir su corrida. Sus muslos morenos o mi lencería francesa. Así que fui yo la que zanjó la cuestión.
¡Pues claro! Pero no venimos preparados.
¿Dónde estáis alojados? - preguntó ella
En el Negresco - respondió Juan
Tú, tan fino como siempre - apostilló Paco
Solo me gusta lo mejor, ya lo sabes - me hizo gracia como mi pequeñín saltaba frente al macho alfa.
Pues ya está, salimos con el barco hacia allí, preparáis vuestras cosas y cuando estéis listos, cruzáis la playa y va nuestro marinero con la lancha y os recoge - zanjó Lola-. Ya verás qué marinero, Carmen… parece de anuncio de colonia…
Las gafas de sol evitaron que mis ojos mostraran el desprecio que sentía. Pero me gustaba la idea de retrasar todavía más la corrida de mi marido. Así le castigaría por revolotear alrededor de Lola. Nos despedimos, citándonos dentro de una hora, como mucho, enfrente de nuestro hotel. Les haríamos una llamada cuando estuviéramos listos y enviarían la famosa lancha con el famoso marinero buenorro.
Por el camino, los dos esquivamos la conversación sobre Lola y criticamos, juntos, a Paco. A ninguno nos gustaba, por razones diferentes. Llegamos al hotel y preparamos rápidamente una bolsa para el día de barco. Me quité mi vestido y le obligué a adorarme delante del balcón abierto. Le iba a calentar como a un adolescente salido.
Aquella lencería dejaba pasar cualquier caricia y mis pezones reaccionaron como solo ellos saben. Como piedras, enormes, oscuros como la noche… Y Juan lo estaba viendo. Aquella tela casi transparente no podía ocultar mis areolas, que estaban en pleno camino de expansión. Sabía lo que hacía cuando me regaló aquel sujetador. Él estaba cachondo, yo estaba cachonda.
Juan se había desnudado para ponerse el traje de baño y su rabo estaba duro como una piedra. Nada grande, pero durísimo. Así era él. Si la hubiera tenido más grande, habría debido preocuparme. Pero con aquella herramienta, perfecta para mí, se me quitaban muchos dolores de cabeza. Los hombres son tan idiotas que piensan que por tenerla de menos de quince centímetros no pueden triunfar. Cuando es un tamaño perfecto que me ha hecho correrme una y otra vez. Ideal para una boquita refinada como la mía…
¿Cómo serán los pezones de Lola, serán mejores que los míos?
No creo que haya nada como esas joyas que tienes ahí.
Están durísimos, ¿crees que se verán a través del traje de baño? ¿Te imaginas que ese marinero lo nota y se excita?
Se pondrá como una moto, con ese traje estás como una diosa. Eres una diosa.
Adulón.
Sincero. Seguro que irá a su camarote a matarse a pajas pensando en ti.
Si soy una diosa, adórame, vamos, adulón.
Apoyé las manos en la barandilla del balconcito, dándole la espalda al mundo. El sol y la brisa acariciaban mi espalda. Si alguien hubiera mirado hacia el cuarto piso desde el paseo, se habría llevado una sorpresa. O quizá lo estaban haciendo mientras yo abría mis piernas y daba una simple orden a mi marido.
- Come.
De rodillas, mi devoto maridito se portó muy bien. Sus dedos ligeros recorrieron mi entrepierna depilada. Cuando estoy así de limpia, estoy muy muy muy sensible. Y él lo sabe. Tuve que morderme los labios para no empezar a gritar y que me oyera toda Niza. No me quitó el panty y lo usó para acariciarme con más estímulo todavía. Notaba cómo la tela entraba dentro de mí, empujada por su dedo travieso, y se iba empapando de mis jugos. Tras los dedos, vino su boca. Comió de la mejor manera que sabe, sin quitarme el panty todavía, apartándolo un poco para que su lengua tuviera acceso a mi clítoris, y me corrí manchando toda la tela. Si Lola supiera estas cosas… Y si Paco las supiera, temblaría todavía más, imaginando a su mujer derritiéndose en la boca de mi marido… Porque come como un virtuoso…
Me moría de ganas de jugar con mis propios pezones, pero me excitaba seguir agarrada con todas mis fuerzas a la barandilla metálica. Me imaginaba morbosamente atada con unas cintas de seda, incapaz de liberarme, desvalida frente a aquel sátiro cuyo dedo índice entraba implacablemente dentro de mí. Estaba lubricada como una fuente y el segundo dedo de mi marido no tuvo dificultad para entrar. Los giró, ensanchando mi coño, sí, mi coño, como si me estuviera preparando para una polla mejor que la suya.
Y después empezó el ataque final. ¿Me comía a mí o estaba saboreando a Lola en su fantasía? ¡Qué importaba! Curvó los dedos y empezó a acariciar la parte delantera de mi coño. Ya sabéis, la historia esa del Punto G, que yo no sé si existe o no. Pero a mí me derrite. Esas caricias, unidas a una absorción muy muy dedicada de mi clítoris, me llevaron a un nuevo orgasmo, que inundó su boca. Respiré con fuerza y le mandé parar.
Estaba de rodillas delante de mí, desnudo, completamente empalmado. Si no le hubiera hecho parar, habría seguido aplicado a su comilona y mi disfrute. Es difícil ser más aficionado al sexo oral que él. Le excita de manera enorme, disfruta llevándome al orgasmo con su lengua. Y no podía ocultarlo en aquel momento. Un calentón de dos semanas y ahora al barco con Lola. Y conmigo, porque estaba dispuesta a dar guerra ese día.
Me aparté del balcón y me quité el conjunto de lencería muy despacio, mientras él seguía adorándome sumiso, masturbándose despacio, con gestos cortos, mientras su boca seguía saboreando mi orgasmo. Dejé caer mi sujetador sobre su rabo empalmado, que soportó muy bien el peso. Mis braguitas, empapadas de su saliva y de mi flujo, terminaron en su boca. Tragó saliva al notar aquella provocación. Si se lo hubiera mandado, habría terminado su paja en aquel mismo instante y habría renunciado a su recompensa facial, corriéndose en mis pies. Pero no lo hice. Le quería cachondo como un adolescente cuando subiéramos al barco.
Me paseé desnuda por la habitación. Incluso volví a asomarme al balcón por un instante, pero nadie miró hacia el cuarto piso. ¿O sí? Excepto mi marido, claro, que estaba babeando ante aquella exhibición. Ojalá me hubieran pillado, exponiéndome como una cerda. Fui a mi maleta y saqué el bikini que me había comprado para este viaje. No me gusta usar bikini, suelo llevar un bañador completo que me tapa y deja mi carne en su sitio, pero para aquella ocasión había decidido darlo todo.
Me encanta Lise Charmel. Hace unas cosas preciosas. D’Or et de Chaines, se llama el modelo. Violeta claro, con adornos dorados, una cadenita muy mona. Primero me puse el slip, de lo que llaman “corte bajo”, que sirve para hacerme más largas las piernas. Por supuesto, me lo puse de espaldas a él, que veía cómo mi culo se iba ocultando. Me lo ajusté como una chiquilla que quiere provocar a su novio, encajando bien mis nalgas y dejando que algo de la tela entrara entre ellas. Confié en que la humedad de mi coño no traspasara el tejido. Y me di la vuelta.
Eres el mejor topless de la playa.
¿Te gustan? - cogí un pecho en cada mano y los elevé, dándoles una chupadita con la punta de mi lengua…
Estás preciosa, eres una diosa. Sigue, por favor. Exhíbete para mí. Tócate. Mastúrbate.
No.
Quiero.
Aquí mando yo.
Muy despacio, cogí la parte de arriba y la fui colocando, privando a mi maridito del espectáculo de mis pezones. De verlos, claro. Porque seguían insinuándose, desafiantes, debajo de la tela violeta. Estaban impertinentes y provocadores.
¿Triángulo? ¿Te has comprado eso? Estoy caliente como un mono…
Sí, me había dejado de tonterías. Me había comprado un bikini realmente sexy. A la parte de arriba le costaba un poco contener mi pecho, pero me hacía un cuerpazo. La licra y los aros agarraban todo lo que tenían que agarrar y mi cinturita quedaba perfectamente enmarcada con aquel color. Me miré al espejo y me gusté, cosa extraña.
Deja de tocarte.
Estoy salidísimo, no me imaginaba esta maravilla, te queda mejor de lo que podía soñar…
¿Crees que voy a ir a ese barco a hacer que quedes mal?
Sé que vas a ir ganar - y me sonrió con esa boca traviesa que hace que me derrita por dentro…
(Continuará)
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