Amor inesperado de una joven casada. 4
Nunca imaginé que una noche cualquiera terminaría con tres mujeres desnudas compartiendo secretos y placer. Cuando Tere cruzó el umbral de mi casa, su timidez ocultaba un deseo que pronto desbordaría todos mis límites. ¿Qué pasaría si dejáramos que nos mirara?
Cada día me gustaba más el sexo con Carmen. A veces tan tierna, otras descontrolada, me volvía loca con sus caricias siempre acertando con lo que necesitaba. Era verla y mi cuerpo reaccionaba inmediatamente recordando todo lo que le hacía sentir. A ella le pasaba lo mismo. Algunas veces, sin haber hecho nada que pudiera excitarla, metía inesperadamente mi mano bajo su vestido y tenía las bragas empapadas y eso me encantaba. Siempre estábamos dispuestas para el sexo.
Me encantaba cuando con cara avergonzada me pedía que la masturbara y yo lo hacía contenta. Fiel a mi promesa, no volví a masturbarme y cuando sentía la tentación de hacerlo le mandaba un mensaje y enseguida venía a calmar mis deseos fuera la hora que fuera.
Era una locura y cada vez pasábamos más tiempo juntas. Una locura que incluso nos llevó a tener sexo en probadores de algunas tiendas mientras escuchábamos a la gente hablar fuera o por megafonía anunciaban alguna oferta en ropa.
El siguiente sábado, Carmen me preguntó si quería ir a cenar con ellos pero no podía porque era el cumpleaños de una amiga. Le dije que viniera conmigo y fruto de esa locura en la que estábamos inmersas, ella aceptó a pesar de dejar a su marido solo en casa.
Era la primera vez que íbamos a salir juntas de noche y eso me hacía estar muy feliz. A Carmen también le hacía ilusión aunque no estaba muy convencida al no conocer a nadie.
- Estás segura que quieres que vaya? – me preguntó el viernes mientras me abrazada después de hacer el amor – No conozco a nadie.
- Claro que estoy segura, cielo – dije – Yo tampoco conozco a alguna gente que va. Lo pasaremos bien, ya verás. Cómo se lo tomó, Eduardo?- pregunté.
- Bueno, no le hizo mucha gracia cuando se lo dije – contestó – Creo que se está acostumbrando a que los sábados sean para estar los tres juntos.
- Espero que no se enfade conmigo por invitarte al cumpleaños – besé sus labios.
- Que va, cariño! En tal caso se enfadaría conmigo, contigo sería incapaz de sentirse molesto.
Quedamos en que pasaría a buscarme al día siguiente alrededor de las nueve, ya que el cumpleaños era a las nueve y media. Cómo la fiesta era a las afueras decidimos que cogeríamos un taxi.
A las nueve en punto llamó al timbre de casa y le abrí apurada pues todavía no estaba arreglada de todo. Esta vez era ella la que venía preciosa con un vestido negro que realzaba su cuerpo. Al verla pensé que era increíble que con sus sesenta y cinco años tuviera un cuerpo tan bonito.
- Te gusta? – me dijo refiriéndose a su vestido.
- Estás preciosa – besé sus labios y cogí su mano para llevarla conmigo – Ven, ya acabo pronto.
Me gustaba ver su imagen en el espejo reflejada, sentada en mi cama, mirando cada uno de mis movimientos. Había decidido que llevaría una falda gris que me llegaba hasta las rodillas y una blusa blanca.
- Tu también estás preciosa, cielo – me dijo y le sonreí a través del vidrio.
El taxi nos estaba esperando cuando bajamos y nos sentamos en los asientos traseros. Durante el trayecto me gustó mucho que me ofreciera su mano e ir con nuestros dedos entrelazados.
El local donde se iba a celebrar la fiesta estaba lleno de gente y enseguida me encontré con amigas y amigos que venían a saludarme. A cada uno de ellos les presenté a Carmen.
- Donde está la cumpleañera? – pregunté a mi amiga Alba.
- Está al fondo, donde la barra – contestó sin dejar de bailar.
Para moverme por el local le ofrecí la mano a Carmen y esta vez fue ella la que me miró agradecida.
- Allí está – señalé con la barbilla hacia la barra.
Cuando Maribel me vio, enseguida vino hacía nosotras corriendo.
- Que alegría que vinieras! – me abrazó con alegría.
- Como iba a faltar a tu cumpleaños? Felicidades, cariño! – le di dos besos y me separé un poco – Mira ella es Carmen – la presenté contenta de que la conociera.
- Felicidades, Maribel – le dijo Carmen.
- Gracias por venir, Carmen, y encantada de conocerte. Allí en aquel lateral hay cosas de picoteo.
- Ahora iremos en un momento – le respondí.
- Viste a Alba y al grupo?
- Si, ya la saludamos.
Enseguida vino otra gente y se puso a hablar con ellos. Aprovechamos para ir hasta la barra a pedir unos vinos.
- A Maribel y Alba las conozco desde niña – le conté – Luego poco a poco se fueron uniendo más gente al grupo.
Había bastante gente que no conocía. Unos bailando, otros conversando y la mayoría bebiendo en un ambiente festivo que echaba algo en falta pues salía muy poco.
Me fijé que mientras conversábamos, Carmen varias veces miraba hacia la esquina de la barra. Había un grupo de gente que conversaban entre risas y en ese grupo había una chica que los miraba sería, quizás demasiado seria para estar en una celebración.
Era guapa, de una belleza llamativa. Llamaba la atención su corte de pelo muy corto y su piel pálida que realzaba sus rasgados ojos azules. Parecía fuera de lugar en aquel sitio en el casi todas las mujeres íbamos en falda o vestidos y ella iba en vaqueros. También destacaba por ser más joven que la media de edad allí. Su rostro era aniñado, no debería tener más de veinte años.
- La conoces? – me preguntó Carmen.
- No, no la conozco. Por qué?
Me sentí celosa. Nunca había visto a Carmen mirando a otra mujer y me sentí rara.
- Por nada, es una chica que llama la atención, verdad?
- Si, es verdad – le reconocí porque yo había pensado lo mismo al verla.
Varias veces me sorprendí buscando a esa misteriosa desconocida con la mirada y, en varias ocasiones, nuestras miradas se cruzaron. En ningún momento la vi sonreír o hablar con nadie, ella solo escuchaba a los de su alrededor y, de vez en cuando, la veía dar un trago a su cerveza.
La noche iba avanzando y, Carmen y yo, después de comer algo seguimos bebiendo vinos. También bailamos juntas y hubo un momento que todo el grupo de amigos terminamos en el centro del local cantando un tema de los años ochenta.
Carmen hablaba con Alba cuando Maribel se acercó a bailar conmigo. Había perdido de vista a la chica misteriosa y la vi apoyada en la barra mirándome. Era imposible mantenerle la mirada y quizás por los efectos del vino me atreví a preguntarle a Maribel por ella.
- Quién es la chica del pelo corto que está en la barra?
- Quién? – se giró y me moría de la vergüenza de pensar que podía darse cuenta que hablábamos de ella – Ah, es Tere! Es la sobrina de una compañera de trabajo. Por qué?
- No, por nada. Me llamó la atención y como no la conocía por eso te preguntaba. Se le ve muy jovencita y aburrida.
- Es una preciosidad de niña. Ella es así, demasiado tímida y no le gusta salir con gente de su edad.
- Si. Es muy guapa – le dije poniéndome a bailar.
- Espera.
La vi ir hacia la barra y después de hablar con ella se la trajo hacia nosotros. Me costaba entender cómo la cercanía de esa chica me ponía tan nerviosa. Cada poco tiempo buscaba mirarla y si nuestras miradas se encontraban tenía que desviar la vista. Varias veces vi que Carmen también la miraba y entendí que le pasaba lo mismo que a mi.
- Vivís juntas?
Su voz me sorprendió, como también me sorprendió que me preguntara eso.
- Como?
- Si tu y ella… – miró hacia Carmen -…vivís juntas.
- Ah, no – me ponía tan nerviosa que me temblaba la voz – Somos vecinas desde hace años.
- Pensé que erais pareja, perdona – sus ojos azules así de cerca eran impresionantes.
- No, no… - le contesté sorprendida por su comentario – Las dos estamos casadas. Por qué pensaste eso?
- Soy lesbiana y se nota mucha química entre vosotras.
Creo que ni la poca luz del local pudo disimular mis mejillas al sonrojarme con lo que dijo.
Mientras hablaba con Tere sentía que Carmen nos miraba. Necesitaba otro vino para calmarme.
- Voy a ir a pedir, quieres algo? – le pregunté.
- Si. Te acompaño.
Con gestos le dije a Carmen que iba a pedir algo y disculpándose con Alba vino a nuestro lado.
- Carmen, ella es Tere – las presenté
- Encantada, Tere. Os importa si voy con vosotras a pedir?
Nos fuimos a la barra y pedimos una ronda. Estuvimos hablando un buen rato. A pesar de ser tan seria y tímida, Tere era muy tierna y se veía que estaba llena de inseguridades probablemente debidas a su condición sexual. Me halagaba ser la única persona de la fiesta que había conseguido hacerla hablar.
Cuando Carmen y yo hablábamos, ella nos miraba con atención y escuchaba en silencio.
El alcohol me hacía sentir desinhibida y no pensar mucho las cosas que decía, por eso le dije a Carmen.
- Me dijo antes que se notaba mucha química entre nosotras – sonreí.
- Ah, si? – le preguntó a Tere – Y eso?
- No sé, por como os miráis, supongo. Hay cosas que las lesbianas notamos.
Carmen me miró sorprendida por la intuición acertada de esa joven. Nos sentíamos descubiertas a pesar de nuestro esfuerzo por disimular.
- Mónica me dijo que estáis casadas. Entiendo que si hay algo entre vosotras no podáis decirlo. Yo nunca dije a nadie cercano que soy lesbiana aunque no creo que haga falta – con un gesto nos señaló sus ropas – Es bastante evidente.
- Es muy difícil de entender que dos mujeres casadas y heterosexuales estén juntas – le dijo Carmen confesando lo nuestro.
- Tranquilas, por mi parte nadie lo sabrá.
Después de la revelación de Carmen, sentí una especie de liberación interior. En vez de sentirme asustada o avergonzada, me sentí contenta de que por fin alguien pudiera saber lo nuestro.
- Eres la única persona que lo sabe – le dije.
- Gracias por confiar en mi – nos dijo clavando sus ojos en los nuestros – Vosotras también sois las únicas a las que le he dicho lo mío.
Pedimos otra ronda y brindamos. Ese fue el único momento de la noche que la vimos esbozar una ligera sonrisa.
Nos habíamos despedido de todo el mundo cuando nos dimos cuenta que faltaba Tere. Imaginamos que se había ido y nos dio pena no habernos despedido de ella.
- Que guapa era, verdad? – le dije a Carmen.
- Si, es una niña preciosa la verdad – me contestó – Misteriosa, exótica… No sabría definirlo.
- Y a pesar de llevar el pelo tan corto le quedaba genial. Hasta con vaqueros y una camiseta destacaba entre la gente.
De repente apareció de una esquina y nos miró con timidez.
- Puedo ir con vosotras?
Al escuchar su pregunta nos miramos sorprendidas. Verla de nuevo me hizo alegrar y por la cara de Carmen supuse que le pasaba lo mismo.
- Nosotras vamos a coger un taxi – le dijo Carmen – Vivimos en la calle Andalucía. Vives cerca?
- Mi madre no está en casa, no quiero ir y tener que aguantar a mi padre. Si tal llamaré después a mi tía a ver si está despierta y voy para su casa.
- Y si está dormida? – le pregunté.
- Ya veré después. Si no duermo en el parque y ya está.
- En el parque? Pero eso es muy peligroso!
A lo lejos vimos acercarse un taxi que venía libre y lo paramos. Decidimos ir las tres en los asientos traseros. Carmen entró primero, luego yo y de última Tere.
Enseguida Carmen me dio la mano y me ruboricé al sentir que Tere nos miraba.
- Es tan bonito veros así – nos dijo.
Nerviosa acerqué mi mano a la de Tere y miré a Carmen, esta asintió con una sonrisa. Mi corazón latió desbocado cuando sus pequeños dedos se entrelazaron a los míos al ofrecerle la mano.
No me podía creer lo que estaba sucediendo. Sentada en medio, ambas agarraban mis manos. La de Carmen ya la conocía y me encantaba todo lo que me hacía sentir. La de Tere, pequeña, suave y podía percibir el temblor de sus dedos.
Al llegar a nuestra dirección, Tere se bajó del coche y aprovechando que iba a pagar yo, Carmen me preguntó al oído.
- Cariño… - se quedó en silencio antes de continuar – Quieres que suba con nosotras?
- Que? – le pregunté extrañada.
- Si quieres que Tere suba con nosotras.
- No lo sé – era una locura como todo lo que hacíamos últimamente – Tu quieres?
- Me avergüenza reconocer que si me gustaría – me contestó mientras el taxista me daba la vuelta.
Bajamos del coche y Tere nos miraba nerviosa.
- Tere… subes con nosotras?
Al entrar en casa, lo primero que hice fue descalzarme pues tenía los pies molidos, Carmen esperó a sentarse en el sofá para hacer lo mismo y Tere viendo que las dos nos habíamos quitado el calzado también se descalzó a pesar de llevar calzado deportivo.
- Si, con todo lo que bailaste tendrás los pies molidos también, no? – le dije entre bromas a Tere dado que no había bailado nada. Sus pálidas mejillas se sonrojaron levemente – Es broma. Tú ponte cómoda.
- Gracias.
- Queréis una copa? – les pregunté yendo al mueble bar.
Estaba atacada de los nervios y necesitaba beber algo aunque ya había bebido bastante. Las dos aceptaron y enseguida estuvimos sentadas en el sofá.
Gracias al alcohol nos fuimos relajando y estuvimos contando chistes, bromas, hasta que Tere nos sorprendió con su propuesta.
- Jugamos a verdad o reto?
- Como se juega a eso? – al reírnos Tere y yo, Carmen aclaró – Por el nombre me lo imagino pero nunca jugué.
- Nunca? – preguntó Tere sorprendida.
- Soy una carroza – se rio.
- Yo jugué pero hace muchos años – les dije.
Al final decidimos jugar y agradecí haber bebido tanto.
- Al ser solo tres, si alguien hace una pregunta pueden responder las otras dos personas, vale? – nos dijo Tere.
- Vale.
Decidimos que empezara Tere preguntando por ser la más joven de la reunión.
- Elijo verdad – dijo Carmen.
- Con cuántas personas te has acostado?
- Vaya! Esto empieza fuerte – dijo Carmen mirándonos – Con dos personas. Y tu, Mónica?
Tuve que pensarlo un poco intentando recordar los chicos con los que había estado antes de empezar con Javier.
- Con ocho – le respondí – Y tú? – le pregunté a Tere.
- Yo no cuenta, la pregunta la hice yo – se escabulló de responder.
- Serás bicha! – le di con un cojín haciéndola reír – Me las pagarás, eh!
Le tocó preguntar a Carmen y como habíamos acordado que seria una ronda de cada, le tocó poner un reto.
- Hay que ser atrevidas o vale cualquier tontería? – nos preguntó – Venga, ya está. Dale un beso a quien quieras.
Aquello no me lo esperaba. Me moría de ganas por besar a Carmen pero la idea de besar a Tere era muy tentadora. Carmen debió darse cuenta de lo que me pasaba y rectificó.
- Mejor dicho… Tienes que darle un beso a Tere.
- Te voy a matar! – le dije con el corazón a mil.
Girándome a la derecha miré a Tere y acerqué mi cara a la suya. Ella también estaba nerviosa y cuando nuestros labios iban a juntarse cerró los ojos. La besé con dulzura y al sentir sus labios temblorosos separarse busqué su lengua con la mía. Me costaba respirar y en cuanto nos separamos di un trago a mi copa.
- Te toca – le dije a Tere que tenía las mejillas coloradas – A mi ya no vale, tienes que dárselo a Carmen.
Al estar yo en el medio de ellas dos, se estiró por encima de mi para acercarse a Carmen y pude sentir sus pequeños pechos apretarse contra los míos. Vi que su beso también era con lengua y no me molestó verlas.
- Me toca preguntar a mi – les dije pensativa. Recordé la ronda anterior y mi curiosidad me hizo preguntar aquello – Con cuántas mujeres habéis estado?
Carmen me miró extrañada por esa pregunta y se dio cuenta que la hacía para saber con cuántas chicas había estado nuestra invitada.
- Yo con una – respondió Carmen – Te toca, Tere.
- Yo con ninguna – nos dijo apenada.
- No has estado con ninguna chica? – le pregunté sorprendida dada su belleza y estando segura que podría estar con quién quisiera – Ni siquiera caricias o besos?
- Besos si, solo eso. No es tan fácil encontrar alguien que me transmita confianza y siempre me cierro mucho en mi misma. Me toca – dijo queriendo cambiar de tema – Toca reto. Tenéis que quedaros en sujetador.
- Pero tú! – nos reímos con su reto. Al saber que nunca había estado con ninguna chica entendimos su curiosidad.
Carmen se giró dándome la espalda para que le ayudara a bajar la cremallera del vestido. Una vez se la bajé, deslizó la tela por los hombros y volvió a girarse para quedarse frente a nosotros. El sujetador transparentaba un poco sus oscuros pezones y al verlos supe que los tenía duros. Tere miraba hacia ellos con los ojos como platos.
- Ahora tú – me dijo Carmen.
Desabroché la blusa y me la saqué. El sujetador no transparentaba pero no podía disimular el relieve de mis pezones. Yo también los tenía duros. Tere los miraba con curiosidad y la miré con timidez.
- Ya te la devolveré – le dije en broma.
Era el turno de Carmen y tocaba verdad. Cuando hizo la pregunta pensé que la mataba.
- Estáis excitadas?
Me tapé las manos con la cara y con risa nerviosa le dije que si.
- Y tú? – le preguntó a Tere – No sientas vergüenza, es normal si lo estás, cielo.
- Si, yo también lo estoy.
Me tocaba reto y pensé que era mi oportunidad de vengarme de ellas.
- Mi turno – les dije con sonrisa maliciosa. Miré a Tere – Te dije que me la ibas a pagar. Tenéis que quedaros en bragas – miré a Carmen y supe que aquello le estaba gustando por el brillo de sus ojos – Tu primera, cielo.
Esta vez se levantó del sofá y bajó el vestido dejándolo caer a sus pies. Sus bragas estaban mojadas y nos miró con timidez. Miré a Tere, tenía la mirada puesta sobre la prenda íntima de Carmen.
- Ves? – le dije – ella también está excitada. Es normal con tu juego. Ahora te toca a ti, tesoro.
Tere también se levantó y despacio fue desabrochando los pantalones. Se lo pensó un momento intentando coger valor y de un tirón se los bajó quedándose con la camiseta y las braguitas. Estas eran de algodón de color blanco con pequeños corazones rojos distribuidos por la prenda. En el centro se veía una gran mancha de humedad y sentí mi vagina encharcarse. Se volvieron a sentar una a cada lado mío y las tres cogimos las copas para darle un trago a las bebidas.
De nuevo era el turno de Tere de preguntar.
- Como es una pregunta de una sola respuesta, puedo haceros dos preguntas? – nos preguntó.
- No entiendo – le dije.
- Es una pregunta que tenéis que contestar las dos juntas. La primera es… Vais a acostaros juntas esta noche?
Carmen y yo nos miramos sin saber que responder. Por supuesto que queríamos acostarnos juntas pero con ella allí todo había cambiado.
- Es que no lo sabemos, cielo – le dijo Carmen – Y cuál es la segunda pregunta?
- La segunda pregunta… Si os acostáis juntas esta noche, puedo miraros?
Durante unos segundos nos miramos. De nuevo la locura de pensar en eso que nos estaba pidiendo una chica que acabábamos de conocer ese mismo día.
- Por qué te gustaría vernos? – le preguntó Carmen.
- No lo sé, siento curiosidad por ver a dos mujeres juntas y me gusta como sois.
- Que opinas?– me preguntó Carmen.
- Cariño – le dije a nuestra invitada – Nosotras es la primera vez que tenemos algo con otra mujer. Tú ahora sabes nuestro secreto, nadie más lo sabe. Que nos veas haciendo el amor creo que me daría mucha vergüenza.
- Lo entiendo – su hermoso rostro se ensombreció por la decepción – No pasa nada.
Intentando romper ese momento de tristeza, Carmen nos habló.
- Me toca reto – vi que su pezón estaba ya totalmente duro y asomaba por la tela del sujetador sin que ella hiciera nada por taparlo. Tere lo miraba asombrada y sus intensos ojos azules brillaban de una forma casi mágica – Creo que podemos cambiar un poco las normas. Te mandaré algo a ti – me miró – Y otra cosa a ti – esta vez miró a Tere – Vale?
- Vale.
- Tienes que quitarme el sujetador – le dijo a ella – Y que le ofrezcas mis pechos a Mónica. Y tu tienes que besármelos, cariño.
El lado más atrevido de Carmen estaba despertando gracias a lo excitada que estaba y lo que nos pidió me hizo sentir un estremecimiento. Vi como se echaba hacia delante del sofá y mirando a Tere le pidió que se pusiera detrás de ella. Me levanté para dejarla pasar y vi que mis pezones estaban tan duros que parecía que querían perforar la tela del sujetador. Lentamente me arrodillé delante de Carmen. Nos miramos y me sonrió intentando tranquilizarme. Tere se puso detrás suya y vi como le costó desabrochar el cierre del sujetador. Su rostro arrebolado se veía increíblemente bonito. Las pequeñas manos deslizaron las tiras del sujetador por los brazos y lentamente se lo quitó. Una vez retirada la prenda, la vi adelantar su cabeza hacia el hombro de Carmen y como miraba sus pechos desnudos. Esta, levantó los brazos para facilitar que la joven pasara los suyos por debajo. Vi asomar sus manos por debajo de las axilas y como las llevaba a los pechos desnudos. Carmen cerró los ojos y vi como se estremecía cuando se los agarró. En el salón solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas. Suspiró al sentir los pequeños dedos moverse despacio. Tere suspiró también al estar tocando por primera vez las tetas de una mujer. Yo suspiré cuando vi que las levantaba un poco para ofrecérmelas y su voz adolescente me dijo:
- Bésalas.
Carmen gimió cuando besé sus pechos. Estaba disfrutando doblemente al sentir mis labios sobre su delicada piel y al mismo tiempo ver las manos de esa joven que, por primera vez estaba disfrutando el hecho de estar acariciando las tetas de una mujer. Una mujer que le triplicaba la edad y que le estaba brindando la oportunidad del delicioso acto de tocar sus senos grandes y suaves. Lamí cada centímetro de su piel y me sorprendí al verme besando aquellas manos. Esa chica era lo más hermoso que había visto nunca y estaba muy cachonda de compartir aquel momento con ella. Pasé mi lengua por el pezón y lamí uno de los dedos. Carmen gimió cuando lo rodeé con mis labios y lo chupé con ansiedad. Tere gimió también cuando sintió mis labios rodear su dedo y se lo chupé despacio. Gemí de placer por estar haciéndole eso. Chupé pezón y dedo. Dedo y pezón. Ambos al mismo tiempo y me corrí vergonzosamente sin entender como podía haberme pasado eso.
Temblando, apoyé mi cabeza en la pierna de Carmen y esta me acarició el pelo con ternura.
- Tranquila, cariño – me decía con dulzura.
- Que le ha pasado? – escuché la voz de Tere preocupada.
- Se acaba de correr.
- Por chuparte el pecho? – preguntó sorprendida.
- Si. Por chuparme el pezón y tu dedo.
- Por el dedo también?
- Si.
Tere bajó del sofá y se arrodilló a mi lado. Me estremecí cuando acarició mi espalda y me preguntó si estaba bien. Estaba avergonzada, muy avergonzada y la miré sonriéndole para calmar su preocupación.
- Lo siento – le dije – No se que me ha pasado. Me toca hacer pregunta.
- Que quieres saber? – me preguntó Carmen.
- Quieres que hagamos el amor delante de Tere? – en mi interior deseaba que aceptara.
- Si, cariño. Quiero que lo hagamos con ella delante – me contestó – Quieres preguntarle algo a ella?
- Te desnudarías mientras nos miras? – le pregunté.
- Si queréis verme desnuda me quitaré la ropa – su respuesta me excitó, deseaba verla desnuda.
Incorporándome un poco, abracé a Carmen y la besé mientras ella me acariciaba el pelo y las mejillas. Me costaba asimilar que lo único que deseaba en ese momento era olvidarme de todo y dejar que aquella criatura fuera testigo de nuestro amor clandestino.
- Cielo – me habló Carmen – Estás segura de querer hacerlo? No tenemos por qué dar ese paso si no quieres.
Levantando la mirada hacia la suya, asentí con la cabeza y volví a besarla con todo el amor del mundo. A mí lado, Tere nos miraba sin dejar de acariciar mi espalda con una suavidad que me estremecía. Parecía asustada por verme en ese estado y la miré.
- Estoy bien, tesoro – le dije con una leve sonrisa – No te preocupes.
Hubiera dado cualquier cosa en ese momento por averiguar que decían sus ojos clavados en los míos. Me miraba en silencio y sus carnosos labios temblaban ligeramente como hacía un rato cuando la había besado durante el juego. En ese instante me di cuenta que aquel beso había sido el detonante de mi estado. Su boca era perfecta, en realidad todo en ella era perfecto y por momentos dudaba que pudiera existir una persona en la que por mucho que buscara no había un solo defecto. Acerqué mi mano a su rostro y lo acaricié con todo el cuidado del mundo. Pasé mis dedos por sus mejillas, por su nariz, por sus orejas, sus labios. Acaricié su cabeza y era suave como la piel de un melocotón.
Miré a Carmen. Solo ella podía entender lo que me estaba pasando.
- Si, cariño – me dijo acercando su mano a la mía – Es perfecta. Entiendo lo que sientes.
Imitándome vi la mano madura de Carmen sobre su rostro y acariciándola cada parte de este como yo había hecho antes. Tere, paralizada por las emociones, temblaba de pies a cabeza y por momentos cerraba los ojos como queriendo disfrutar de lo que estaba viviendo.
- Ven, acerca tu cara a las nuestras – le pidió Carmen.
Hizo lo que le pedía y lentamente acercó su cabeza a nosotras. Olía a vainilla. Al tenerla pegada a nosotras, no pude evitar besar su mejilla muy suavemente. Carmen también lo hizo. La fuimos llenando de besos. La criatura suspiraba con cada una de nuestras muestras de cariño. Vi como sus temblorosos labios se juntaban con los de Carmen y luego buscó los míos. Ella también recorrió nuestras caras dándonos besos, agradecida por nuestras muestras de cariño.
Escuché a Carmen gemir. Bajé la mirada y vi la pequeña mano de Tere que estaba acariciándole el pecho.
- Quieres besarlo? – le pregunté en un susurro.
- Puedo? – me preguntó sorprendida.
En las pocas horas que llevábamos juntas, había entendido que Carmen y yo, nos pertenecíamos una a la otra y me gustó que me pidiera permiso para hacerlo.
- Claro que puedes – le dije – Espera.
Esta vez fui yo quien me puse detrás de Carmen y agarrando sus pechos se los ofrecí a Tere. Me resultó muy tierno ver que lo primero que hizo fue apoyar su cara sobre el pecho derecho. Su rostro angelical se veía feliz sintiendo la suave piel en él. Carmen sonreía de sentirla así y le acariciaba la cabeza. Cuando Tere comenzó a besar el pecho sentí envidia y felicidad por igual. No tardó en abrir sus dulces labios y vi como el pezón desaparecía entre ellos. Carmen tembló como una hoja en medio de una tempestad. La pequeña chupaba ávidamente. Parecía un corderillo aferrado a las ubres de su madre. Era tierno, morboso, sumamente excitante ver cómo mamaba la teta. El pezón parecía cada vez mas grande cada vez que salía de entre los labios. No recordaba verlo así tan estirado y es que Tere lo chupaba con demasiada avidez.
- No pares, por favor – le dijo Carmen entre gemidos, acariciando su cabeza.
- La vas a hacer correrse – le dije a Tere – Sigue chupándola así, lo haces muy bien.
Comenzó a gemir fuerte. Movía su cabeza de lado a lado y su cara estaba desencajada por el placer. Se estaba corriendo.
- Te has corrido? – le preguntó con inocencia mirándola.
- Si, cariño – Carmen miró sorprendida su pezón más estirado de lo normal, miró al otro y a pesar de estar totalmente duro tenía la mitad de tamaño – Gracias – la besó en los labios.
Tere estaba feliz de saber que la había hecho alcanzar el orgasmo. Su cara reflejaba felicidad. Desde atrás asomé mi cara por el hombro y besé a Carmen.
- Que tal estás? – le pregunté.
- Sorprendida – me dijo y miró hacia el pezón – Viste como me lo dejó?
- Si. Que envidia me diste – me reí para hacerle saber que estaba contenta.
- Yo también quiero ver cómo te lo hace a ti. Quieres?
Nos levantamos del sofá y de la mano agarradas fuimos para la habitación. Carmen me abrazó y nos fundimos en un beso cargado de pasión. Intentando que Tere se sintiera cómoda, actuamos como si no estuviera allí pero las dos sabíamos que alguien por primera vez, iba a ver cómo nos amábamos en la intimidad de nuestro cuarto. Carmen me quitó el sujetador y pude sentir la mirada de nuestra invitada sobre mis pechos.
La busqué de reojo y vi que estaba acurrucada encima de la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas flexionadas contra su pecho como un animal agazapado, asustado. Nos acariciamos los pechos, las nalgas, los sexos por encima de las bragas empapadas. Su mirada puesta en nuestras manos y la mía viendo su mano perderse entre sus pálidos muslos quizás imaginando que era mi mano la que acariciaba sus braguitas de corazones. O quizás en la de Carmen. Me daba igual. Ver su rostro excitado era la más sublime de las imágenes y ahora lo estaba.
Nos quitamos las bragas. Me preguntaba si Carmen estaría sintiendo lo mismo que yo al saber que Tere, desde la seguridad de su rincón, estaría mirando nuestros inflamados coños.
Me puse tensa al ver que se estaba moviendo sobre la cama. Lo hacía con movimientos suaves, lentos. Cómo un felino de ojos rasgados y color del cielo. Vi su mano aparecer a la altura de las rodillas. Sus dedos arrastrando su prenda íntima que desapareció al caer al suelo una vez traspasado los pies. La mano volvió a desaparecer entre sus muslos.
Cuando Carmen comenzó a masturbarme, separé las piernas. En la cama, imitando mis movimientos, vi sus muslos separarse lentamente. Se estaba tocando muy despacio y odié esa mano que me impedía conocer su coño.
Tenerla tan cercana y no poder ir a su lado se estaba convirtiendo en un suplicio.
- Me dejas taparte los ojos? – me dijo mientras acariciaba mi coño.
- Y eso?
- Ya lo entenderás, confía en mi.
Tere me siguió con la mirada al dirigirme a la mesilla de noche. La miré y le pregunté que tal estaba y me contestó que bien. De uno de los cajones saqué un antifaz para dormir que pocas veces usaba y se lo ofrecí a Carmen.
- Siéntate en la cama – me pidió.
Lo hice y me lo puso. En la oscuridad más absoluta, sujetando mi cuello, me tumbó en la cama. Estaba desnuda al lado de Tere. Sentí vértigo, nervios, incertidumbre de no saber que iba a pasar. En mi retina la imagen de esa joven. Escuché a Carmen entre susurros pero, a pesar de mis intentos por entender lo que le decía, no pude entenderla.
Olor a vainilla. Tere estaba cerca, más cerca que antes. Me sobresalté al sentir una mano acariciar mi pie. Era la de Carmen, conocía muy bien su tacto. Sentí como lo levantaba ligeramente del colchón y lo arrastraba hacia el extremo de la cama. Mientras lo llevaba hacia allí, sentí otra mano en el otro pie. Era una mano pequeña, Tere me lo estaba acariciando. Lo llevó hacía el otro extremo. Me estremecí. Entre las dos habían separado mis piernas. Me avergoncé al saber que esa chiquilla estaría viendo mi sexo. Por mis ingles percibí el fluir de mis jugos.
Me sentía expuesta, vulnerable.
Susurros.
Unas manos suaves y pequeñas comenzaron a acariciar mis pechos. Tuve que reprimir un gemido al darme cuenta de quién me los estaba acariciando. Sentía mis pezones tiesos con sus inexpertas caricias pero igualmente placenteras. Unos labios rozaron los míos. Supe que eran los de ella por su temblor inocente. Entreabrí los míos y enseguida su lengua se encontró dentro de mi boca.
Abandonó mi boca y mi tristeza se vio aplacada cuando supe el motivo. Estaba besando mis pechos. Suspiré aliviada. Necesitaba aquello. Mis pechos deseaban desde hacía mucho tiempo ser besados por esa criatura. Atrapó mi pezón entre sus labios y en el silencio de la habitación sonó mi gemido.
Recordé la imagen de esa joven con el pezón de Carmen y como lo mamaba con avidez. Ahora el corderillo estaba aferrado a mi pecho. Enseguida comprendí lo que había sentido mi vecina porque yo estaba sintiendo lo mismo y mis gemidos se hicieron constantes. Su manera de chupar era increíble y me estaba llevando a un placer maravilloso.
Le pedí que no parara.
Escuché la voz de Carmen cerca de nuestras cabezas.
- La vas a hacer correrse, pequeña – le dijo animándola a continuar con los chupeteos – Lo haces muy bien.
Me corrí retorciéndome de placer.
Todavía temblorosa intentando recuperarme del orgasmo sentí que acariciaban mi pezón deshecho.
- Mira como se le ha puesto de grande – escuché que Carmen le decía.
- Si – afirmó Tere – Se os ponen muy largos cuando os los chupo.
Me preguntaba si lo tendría tan estirado como había visto el de Carmen en el salón después de habérselo chupado. Acerqué mi mano al pecho y lo busqué con los dedos. Estaba muy largo y me sonrojé.
- Que vergüenza! – les dije.
- Te ha gustado? – me preguntó Carmen mientras besaba mi mejilla.
- Me ha encantado – reconocí – Gracias, Tere.
- Gracias a vosotras por todo esto.
El sonido inconfundible de besos se adueñó de la habitación. Sin duda se estaban besando y escuché sus ahogados suspiros. Era una tortura no saber que estaban haciendo pero mi vagina reaccionó con aquellos sonidos. Carmen gimió.
- Carmen? – pregunté sintiéndome sola.
- Estoy aquí, cariño – su voz sonó entrecortada.
- Que hacéis? Venir, por favor.
Sentí el colchón hundirse un poco, estaban sobre la cama otra vez. Carmen volvió a gemir.
- Que te está haciendo? – pregunté.
- Me está mamando los pezones – respondió agitada – Mira… - me sacó el antifaz.
Tere chupaba desesperada sus pezones. Su cara era de placer al hacerlo. Era evidente que le encantaba mamar y estaba cumpliendo su deseo durante años reprimido.
Si la imagen de esa joven mamando era terriblemente excitante, hubo otra que acaparó mi atención. Tere estaba totalmente desnuda. Mis ojos buscaron sus pechos. Al estar de costado pude ver que los tenía pequeños y que de estos sobresalían las puntas rosadas apuntando al techo.
Me preguntaba en qué momento se habría desnudado, si habría sido Carmen que le había quitado la ropa. Se los habría acariciado? Se los habría besado y por eso había suspirado hacía unos momentos? Carmen gemía y acariciaba su cabeza. De nuevo sentí esa punzada de celos. No debería sentirlos cuando yo misma estaba sintiendo que esa joven me tenía desconcertada y con solo mirarla me removía todo por dentro. No estaba siendo justa con Carmen.
Asustada por mis emociones, me incorporé y abracé a Carmen por detrás. Sabía que algo me pasaba y me miró preocupada.
- Que te pasa, cariño? – me preguntó.
- Nada… - le respondí avergonzada de mi comportamiento.
- Espera, cielo – le dijo a Tere.
- Hice algo malo? – soltando su pezón nos miró también preocupada.
- No cariño – la tranquilizó – No te preocupes.
Viendo mi cara, Tere se acercó a mi y me abrazó con ternura. No entendía que me pasaba con esa joven pero sentirla cerca me provocaba unas ganas tremendas de acariciarla, besarla, que me besara ella a mi. Yo no quería eso, a mí quien me importaba por encima de todo era Carmen y ella me había hecho ser otra persona.
Sentí los jóvenes pezones clavarse en mi espalda y la piel se me erizó. Eran más grandes de lo normal en comparación con sus pechos.
- Estoy asustada – le dije a Carmen sin importarme que nuestra invitada me escuchara.
- Cariño – me miró a los ojos – Se lo que te pasa y no tienes que temer nada. Las dos estamos fascinadas por ella. Tiene una belleza fuera de lo normal y sentimos que perdemos el control, pero nada de eso va a impedir que lo nuestro sea especial y nada ni nadie se va a interponer entre lo que sentimos. Quieres contarme por qué estás asustada? Por mi? Por ti?
- Las dos cosas, cielo – le respondí – Me asusta perderte y que todo esto que estoy viviendo contigo se pueda estropear.
- Cariño… - me acarició la cabeza – Quizás esto sea una prueba de nuestro amor. Yo sé que lo nuestro es diferente y quiero que disfrutes este regalo que nos dio la vida – con ternura miró a Tere y le acarició la cara. Estaba preocupada.
- Estáis enfadadas por mi culpa? – nos preguntó Tere.
- No, cariño – le dije besando su mejilla asomada por mi hombro – Eres un ángel.
- Escúchame – me dijo Carmen – Es tardísimo y tengo que subir. No quiero que Eduardo se molesté demasiado y poder venir mañana a junto tuya. Se que lo que te voy a pedir te va a sorprender pero quiero demostrarte que no tienes que tener miedo.
- Que me vas a pedir?
- Quiero que duermas con Tere – mi cara debió sorprenderle – Si. Escuchaste bien mi amor. Quiero que se quede a dormir contigo y que mañana quedemos tú y yo solas. Quieres quedarte a dormir con ella? – le preguntó a Tere.
- Si no te importa, me gustaría mucho – le respondió.
- Pero tienes que prometernos que mañana irás a comer a casa. Tú padre estará preocupado.
- El no se preocupa por mí – nos dijo triste.
- Todos los padres se preocupan por sus hijos. Si quieres ser nuestra amiga, tienes que prometernos que nos harás caso a lo que te digamos. De acuerdo?
- Vale, prometo haceros caso.
Con todo el dolor de mi corazón, sabía que tenía razón y,aunque fuera egoístamente por el bien de nosotras, entendí que tenía que subir. Le prometí que quedaríamos al día siguiente y, aunque me diera reparo, le contaría todo lo que pasara esa noche con Tere.
(Continuará)
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