La sumisa feminista -- parte uno
Llegar tarde tiene consecuencias. Para ella, el error de una hora se paga con el cuero y la vergüenza pública, mientras sus propios amigos observan cómo la mujer que manda en la oficina se convierte en perra a sus pies.
Parte uno
Estaba atrasada.
Sus tacones altos resonaban en el desierto pasillo a causa de sus apresurados pasos. Había salido a tiempo pero cuando estaba a medio camino a casa había sonado su teléfono. Había habido un error de uno de sus subordinados en una de sus cuentas de mayor relevancia, si no se corregía en ese momento el error costaría varios cientos de miles de dolares, así que tuvo a qué regresar y corregirlo. Odiaba la incompetencia, y su equipo lo sabía, la oficina había quedado en un completo silencio cuando volvió a entrar para dirigirse a pasos firmes y molestos a su cubículo, pero lo echó, echo estaba y mañana rodarían cabezas, pero por ahora ella era la que estaba en problemas.
Abrió la puerta a toda prisa con los ojos inundados en lágrimas. Sabía que no tendría clemencia, se lo había dicho y después de tanto tiempo lo sabía de mano propia pero el error no había estado en sus manos.
Escucho la televisión encendida, el partido ya había iniciado. Eso dolería, mucho.
Dejo el maletín y su bolso en el armario junto a la puerta y se desnudó.
Era la contadora titular de uno de los despachos más importantes no solo de la ciudad si no de la región noroeste del país. Se había graduado con honores y a causa de ello ganado una pasantía en dicho lugar y había subido de un puesto a otro, hasta ganar a sus cortos 26 años tal título. Era la figura de autoridad más temida de la oficina, no cometía errores y se vanagloriaba de ridiculizar a sus subordinados si los cometían.
Se encargaba a diario de pelear por los derechos de las mujeres, de demostrarle al mundo de lo que estaban echas. Hasta que llegaba a casa.
—Acércate, putita
Camino en silencio y con pasos vacilantes a su encuentro, la prisa había acabado, el castigo estaba ganado. Y él, su Amo lo cobraría.
Había tres hombres más su Amo en la sala, todos completamente vestidos en contraste a su obvia desnudes. Dentro de casa tenía completamente prohibido estar vestida, lo único que debía de llevar serían sus zapatos altos, la tanga que él había escogido aquella mañana y el ligero con las medias a medio muslo, de ahí en fuera no vestía ningún otra prenda.
Lo vio levantarse y en dos pasos llegar a ella.
—Dije que te acercaras, jodida puta—la tomo de la raíz del cabello, jalándola hacia el centro de la habitación—¿Que acaso no escuchas, maldita sorda de mierda?
Los hombres solo mostraron pequeñas sonrisas satisfactorias en sus rostros, sin ninguna intención de intervenir en su salvación.
Sin soltarla, la arrastro hacia la sala antes de sentarse en el lugar que había estado ocupando, obligándola a ponerse de rodillas entre sus piernas abiertas, con la cabeza un poco inclinada a su izquierda a causa de su agarre.
—¿A qué hora te dije que iniciaba mi partido? —pregunto demasiado cerca de su cara escupiéndole pequeñas gotas de saliva en el proceso por la fuerza de sus palabras.
—Lo siento, Amo... Eduardo se equivocó en el cálculo de...—pero antes de que terminara de hablar sintió la mano pesada y gruesa de su Señor impactar contra su mejilla desnuda
—Yo no pregunté eso, estúpida—volvió a bofetearla, sin que su mano izquierda soltara su cabello—pero que se puede esperar de una puta tan imbécil como tú—otra bofetada, —que no puede seguir una simple orden.
Se quedó callada, antes de recibir otra bofetada sabiendo que no había nada que pidiera decir a su favor
—¿A qué hora te dije que iniciaba el partido?
—Siete de la noche, Señor—otra bofetada, a este punto su mejilla comenzaba a arder y sabía que comenzaría a ponerse roja pronto.
—¿Y qué hora es, puta? —y la última bofetada, lo sabía.
—Siete cincuenta y ocho, Señor.
Aún con la mano en su cabello se puso de pie sin previo aviso, jalándola en el proceso.
Su Amo era alto, 1.87cm contra su pobre 1.52cm que con sus tacones de doce centímetros no hacían mucho, sintió el ardor de sus raíces y sus ojos picaron con lágrimas de dolor, antes de soltarla y dejarla caer.
Vio con pánico como se quitaba el cinturón de piel y lo doblaba por la mitad antes de volverse a sentar.
—Ven aquí, pequeña zorra estúpida, te voy a recordar la importancia de la puntualidad—ella sola, se puso en cuatro patas, y gateo hacia él antes de levantarse y ponerse sobre sus rodillas.
Sus amigos, no emitieron palabras, demasiado familiarizados con la escena. No era la primera vez que presenciaban uno de sus castigos y sabía que si tenían suerte tampoco la última.
Él, la ajusto, pasando una de sus piernas por entre las suyas abiertas para evitar que las moviera mientras que con el brazo libre sobre sus hombres la mantenía en su lugar, su mano masajeando su teta derecha los dedos pellizcando su pezón ya erguido.
Pero antes de que pudiera pensar en cómo su culo había quedado completamente expuesto ante la vista de la visita, el chasquido del cinturón contra la sensible piel de sus nalgas desnudas la hizo gritar.
—Serán cincuenta, uno por cada minuto que nos has hecho esperar—un segundo azote cubrió sus nalgas—me pedirás perdón en cada uno de ellos, y deberás de agradecerme por tomarme el tiempo de educarte.
El cinturón volvió a caer sobre sus nalgas.
—Tres, perdón señor, gracias por tomarse el tiempo de educarme.
—Eres—azote— tan—azote— jodidamente—azote—estúpida—azote.
Dejo caer tres azotes seguidos, cada uno de ellos en diferente lugar de su gordo culo.
—Ese era el primero—volvió a azotar—Ahora—azote—cuenta.
El culo ya le ardía, con pequeños picotazos en donde la piel había herido sus nalgas y no tenia la menor idea de cómo aguantaría aquella cantidad de azotes pero se mordió los labios antes de decir.
—Uno, perdón Señor, gracias por tomarse el tiempo de educarme.
Noventa y siete azotes después, dejo caer el cinturón sobre el inicio de sus nalgas de nuevo, sabía que el día de mañana pasaría un infierno en el trabajo cuando tuviera que sentarse.
—Cincuenta y ocho, perdón Señor, gracias por tomarse el tiempo de educar a esta perra estúpida, Señor.
Levanto el brazo de sus hombros y desenredo la pierna, permitiéndole ponerse de pie.
Le ardía y cada movimiento provocaba pinchazos de dolor que abrazaban su culo.
Vio su reflejo en una de las ventanas del departamento y no se reconoció, no quedaba nada de la Contadora que hacía un par de horas lanzaba órdenes a diestra y siniestra desde su oficina con aquel hermoso traje de falda lápiz y blazer a juego de color negro, con el cabello perfectamente planchado a media espalda y el maquillaje impecable.
Su rimel se había corrido por las lágrimas derramadas, tenía las mejillas rojas y el labial manchado y su cabello se había vuelto un estropajo desordenado por como la había tomado.
Sintió como una de las manos de su señor se hundía entre sus piernas.
—¿Estas mojada, pequeña mierda?
Y lo estaba, estaba patéticamente mojada a causa de todo. Sabía que si tocaba su clítoris un poco más de correria ahí enfrente de todos.
—Lo siento, Señor
Sin ningún tipo de delicadeza enredo la mano entre las tiras de su fina tanga y la arranco de su cuerpo antes de llevarla a su boca.
—Estoy harto de escucharte—dijo antes de palmear su teta derecha, y escupirle en la cara—me das asco.
Se volvió a sentar en el sillón haciendo giros de muñeca, claramente por la molestia de los movimientos repetidos y la fuerza que había ejercido durante el castigo.
—¿Te vas a quedar ahí?—gruño—tráenos una puta cerveza, ahora.
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Mi Amo y Señor me ha ordenado que redacte mi ultimo castigo por ser una puta cerda estupida, y pidiera de rodillas a los lectores sus comentarios y consejos de como se debe de tratar a esta cerda come mierda. Dicho castigo ya se llevo a cabo y se ha cumplido por ende se que solo se cuenta con tres partes con un largo estimado del mismo tamaño pero es muy probable que cuente otras de nuestras experiencias juntos.
Besos humedos, de esta cerda come mierda.
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