Ayudando con el CV a mi ex-folla-amigo
La excusa era profesional: ayudarle con el CV. La realidad era mucho más caliente: Ignacio no era el único en el piso, y la 'ayuda' terminaría cubriendo a todos.
La llamada de Ignacio fue totalmente inesperada.
Él sabía que estaba casada con Luis, y hacía años que no nos veíamos ni hablábamos.
Y es que Ignacio era un amigo muy especial. Un buen amigo, aunque mejor ex-folla-amigo del pasado.
Aunque era unos años mayor que yo, siempre se había cuidado mucho y pasado muchas horas en el gimnasio para tonificar su cuerpo.
Sin estudios, siempre había trabajado de camarero, bailarín o de lo que hubiera con total de ganarse el jornal.
El anuncio de un nuevo hotel de cinco estrellas en nuestra ciudad le había atraído para inscribirse a la oferta. El problema era, según me contó por teléfono, que exigían enviar el CV por e-mail, así como una carta de presentación.
Él ni siquiera tenía ordenador, así que me llamó con urgencia para ayudarle, ya que sabía que yo me defendía perfectamente en todo lo que fuera online.
Si bien no le mentí, tampoco le di muchas explicaciones a mi marido y simplemente le dije que había quedado.
Llegué puntual al piso de alquiler en el que vivía, y subí, con el portátil en mi mochila, hasta el cuarto piso.
Toqué el timbre y, para mi sorpresa, no me abrió él. Me aseguré de estar en el 4ºA y pronto, el chico que me abrió gritó.
—Nacho, tu visita —dijo haciendo referencia al apelativo por el que todo el mundo llamaba a mi amigo excepto yo.
Para mí siempre sería Ignacio. "Mi Ignacio".
—Sí, sí, ya estoy —anunció apareciendo a la carrera por la puerta—. ¡Hola guapísima!
Me dio un fuerte abrazo y me levantó unos centímetros del suelo, para luego besar mis mejillas.
—¡Estás preciosa! ¡Ojalá me sentaran los años tan bien como a ti!
—No seas modesto, que seguro que sigues estando más tiempo en el gimnasio que en casa —le dije palmeándole, con confianza, su vientre plano.
—¡Cómo me conoces! Pasa, pasa. Te presento a Borja, mi compañero de piso.
El aludido me dio dos besos y se fue al salón dejándonos solos.
—¿También le conoces de la noche? —pregunté fijándome en que su compañero también tenía un cuerpo de revista.
—No, aunque casi aciertas. Del gimnasio. Pasa, pasa, que te enseño la casa.
El piso era bastante amplio y muy céntrico. Tenía tres habitaciones, y dos de ellas estaban ocupadas por los compañeros de piso, mientras que la tercera la tenían llena de cajas y trastos.
—Pensaba que vivirías con tu novia —insinué.
—No es mi novio, si te sirve de consuelo —soltó haciendo que ambos nos riéramos—. Y... ya no estoy con la chica que conociste. Y con la que estoy ahora, bueno, prefiero no cagarla yéndonos a vivir juntos.
—Te entiendo. El vivir juntos puede hacer que se rompa la magia a fuerza de rutina y tareas del hogar.
—Joder, qué bien hablas. Sabía yo que hacía bien en pedirte ayuda. En fin, oye, gracias por venir con tan poca antelación. Es que si no me inscribo, me pasarán por delante un montón de muchachitos que sabrán hacer un currículo, pero no tendrán ni experiencia ni puta idea de lo que se pide.
Nos metimos en su cuarto y lo primero que me llamó la atención fue la ausencia de decoración. Un armario, una cama de 135 y un escritorio hasta los topes de papeles y porquerías.
—Perdón, perdón —se excusó amontonando lo que había encima de la mesa en el suelo—. Ya está recogido.
—Recogido no. Has pasado el problema a otro lado.
—Bueno, bueno, vamos a lo nuestro —dijo trayendo otra silla de otra parte de la casa.
Coloqué el portátil y me agaché para enchufarlo la corriente. Accedí, y miré a mi amigo.
—¿No me estarías mirando el culo cuando me he agachado, eh, Ignacio?
—¡¿Yo?! Soy un tío decente y reformado. Además, no vería nada que no haya visto antes, ¿no?
Tras conectar el ordenador a la WIFI, no sin esfuerzo porque Ignacio no estaba seguro de la clave, me descargué una plantilla de Internet y nos pusimos a crear desde cero un curriculum vitae cronológico inverso. Pese a lo caótico que era Ignacio, y tener que volver atrás para añadir cosas, un extenso documento se estaba formando, dejando clara su dilatada experiencia en hostelería.
Notaba cómo mi amigo me echaba miraditas, pero ya había ido preparada ante tales circunstancias. Me había vestido con una coraza anti-sexy: unos leggins negros, un top de tirantes blanco y encima un grueso jersey de punto de manga larga.
Empezamos a oír ruido, e Ignacio fue a ver qué pasaba. Tardó un rato en volver, y cuando lo hizo me explicó que Borja había quedado con unos amigos y estaban jugando al FIFA en el salón.
—Joder Sara, eres una crack. ¿Cómo podré pagarte esto? —me dijo palmeándome el muslo.
—Ignacio, Ignacio, que nos conocemos —le regañé apartando su mano—. Somos amigos ¿no? Eso basta.
—Ya pero...
—Venga, concéntrate, que ya queda menos.
Una hora después acabamos y comenzamos la carta de presentación.
—¿Y esto para qué mierdas es? ¿No basta con lo otro?
—Algunas empresas lo tienen como filtro para ver el nivel de los candidatos.
—¿Y si adjuntamos una foto, así no crees que tendré más posibilidades?
Se subió la camiseta dejando a la vista sus abdonminales anatómicamente perfectas.
—Creidito. Hoy en día te podrían denunciar por algo así. Aunque seguro que llamarías la atención.
—Tú sí que llamas la atención. ¿Por qué vas vestida como una monja?
—Hace frío. Voy cómoda.
—Si tienes frío...
—¡Ignacio! —le regañé ante lo que sabía que iba a decir.
—Vale, vale. Antes no eras tan mojigata.
Suspiré.
—A ver, no se trata de eso. Tenemos que centrarnos y acabar esto. Luego si quieres hablamos y hacemos cachondeo.
Aquello pareció complacerle, aunque no sé si habíamos entendido lo mismo, porque fue un alumno ejemplar.
—¡Listo! —dije tras enviar el CV y la carta de presentación a través del correo de Ignacio. Tuvo que emplear el recordatorio de contraseña para entrar.
—¡Bien! —aplaudió como un niño y cogiéndome en brazos, me dio vueltas en el aire.
Se sentó en una silla y me colocó sobre su regazo.
—Ignacio... que ya no somos ese tipo de amigos —le dije con suavidad.
—¿No somos amigos?
—Sí, no te hagas el tonto... Sabes a lo que me refiero. Ya sabes que estoy casada.
—Ya, y yo tengo novia.
—Pues ya está. Venga.
Hice ademán de bajarme y él me colocó una mano en el culo impidiéndomelo.
—Auque no quieras que te lo agradezca, al menos un besito sí, ¿no?
—Solo uno y me voy —dije frunciendo el ceño.
Juntó sus labios con los míos en lo que yo pensaba que iba a ser un pico, pero de pronto su lengua entró dentro de mi boca. Me perdí en el recuerdo de aquella pasión que había dejado olvidada en una caja de recuerdos de mi mente hacía muchos años. Aquel hombre sabía cómo tratar a una mujer. Puse mi mano en sus pectorales y apreté sintiendo la dureza de sus músculos. Él me tenía cogida por la cintura y fue subiendo sus manos hasta quitarme el jersey.
—Joder, qué buena estás —exclamó al ver mi delgado cuerpo y mis pequeños pechos encerrados en el top de tirantes.
—Anda que tú... dije metiendo mi mano bajo su camiseta y haciéndola reptar por las dunas de sus abdominales.
Pasé una pierna por un lado quedándome encaramada sobre él. Volvimos a besarnos con pasión mientras que, instintivamente, me restregué contra él. Podía sentir perfectamente su pene erecto pese a las capas de ropa.
"Joder Sara, qué estás haciendo. Estás cachonda perdida", me reprendí a mí misma.
—¡Tienes un culito de infarto! —soltó mientras me lo estrujaba con las manos.
Le sonreí picarona y me di la vuelta sentándome de espaldas contra él. Comencé a balancearlo hacia delante y atrás sintiendo su paquete contra mis leggins.
Antes de que me diera cuenta, me había quitado el sujetador. Subió lentamente mi top hasta que sus grandes manos ocultaron mis pequeños pechos. Suspiré ante el contacto con mis pezones y seguí restregándome con más ahinco. Él, con soltura, ubicó su mano entre mis piernas haciéndome disfrutar. Me eché hacia atrás para besarnos con pasión.
Se levantó y se desnudó sentándose en la cama.
—Ven Sarita, como en los viejos tiempos...
Me quité los leggins, quedándome solo con un tanguita rosa y me acerqué andando a cuatro patas por el suelo hasta la cama. Su pene se movía solo de pura excitación. Acerqué una mano, y sentí su gran grosor al cogerlo.
—No me acordaba de lo grande que la tenías.
— A ver si te acuerdas cuando lo tengas dentro...
Le sonreí, y me la metí tanto como pude dentro de la boca, hasta casi provocarme una arcada. Inicié una rápida felación mientra que le masajeaba los testículos para intentar excitarle aún más si cabe.
—Joder Sara, ¡qué bien la chupas!
—Aguanta, no te me vayas a correr ya ¿eh?
En un momento dado me apartó, me cogió en volandas y me tumbó bocabajo en la cama. Sin darme tiempo a reaccionar, levantó mis nalgas, y apartando mi tanga a un lado, hundió su cabeza entre medias. Su lengua pronto encontró mi clítoris y comenzó a lamerlo como si fuera maquinaria de construcción. No pude evitar gemir ante el placer que sentía. Podía verle cómo me comía el coño perfectamente a través del reflejo del espejo del armario.
Ignacio se apartó y sentí cómo colocaba la cabeza de su pene sobre mi vagina.
—¿Quieres? —preguntó redundantemente.
—¡Fóllame ya y déjate de chorradas!
Se rió, y colocando una mano sobre mis nalgas, inició un rápido mete saca sin meterla del todo.
Pude ver cómo se mordía los labios al ver mis tetitas saltar ante sus embestidas
—Vamos a pedir unas pizzas, queréis... ¡joder! —oí que sonaba desde la entrada del cuarto.
—Ostia puta Borja, ¡te he dicho mil veces que llames antes de entrar! —respondió Ignacio con violencia.
—Perdón, perdón. Uff, tenías razón en lo que decías...
—¿Qué decía? Interrumpí yo antes de que el chico se fuera.
—Pregúntaselo a él...
—Te lo estoy preguntando a ti.
—No te ofendas... pero nos había dicho que hoy iba a venir una antigua novia suya muy putita.
—De antigua novia nada...
Al no negar la otra parte del apelativo, los tres intercambiamos unas risas.
—Joder Ignacio, ¿cómo consigues que no se te baje pese a esta cortada de rollo? —pregunté.
—Por lo putita que eres —dijo sin miramientos mientras me la sacaba y metía una vez.
Tres amigotes de Borja, seguramente también provenientes del gimnasio, se asomaron por el umbral de la puerta para ver qué estaba pasando.
—¿Podemos participar también? —preguntó Borja con educación.
—¡No! Su coñito es solo mío —gritó Ignacio.
—Pero el resto está libre ahora mismo... —intervine haciendo que abriera los ojos como platos.
Los otros cuatro chicos se miraron intentando confirmar lo que creían haber entendido.
Yo por mi parte, me levanté, y tras empujar a Ignacio en la cama, me subí encima suyo como una amazona.
Hice a Borja una señal con el dedo para que se acercara. Éste palmeó en el pecho a uno de sus amigotes y les incitó a entrar en la habitación.
—Estos son mis amigos Jon, Juanma y Axel —les presentó.
—Mucho... gusto —dije con tono lujurioso mientras me pasaba la lengua por los labios.
Ni corto ni perezoso, Borja comenzó a desnudarse delante de todos. Tenía un cuerpazo esculpido por horas y horas de gimnasio pero, y a pesar de su erección, un micropene.
Borja se acercó, y le cogí la polla con la mano. Me cabía enterita en la palma. Al poco rato, sus amigos se unieron a la fiesta con miembros de un tamaño más grande y genérico.
—¿Así que les dijiste que era un putita, eh? —demandé a Ignacio.
—Ya sabes... es una forma de hablar...
—Bueno, pues no tendré que decepcionarles, ¿no?
Me introduje el pequeño falo de Borja entero en la boca mientras que pajeaba el de Jon.
Pasado un rato, me introduje la de Jon en la boca y masturbé a Juanma.
Fui rotando de esta forma hasta que todos habían tenido su polla en mi boca.
En un momento dado, los cuatro chicos me rodearon y pegaron sus miembros contra mi cara.
—Joer, cuántas pollas para mí, ¿no?
Lamí alternativamente las de Borja y Axel para luego meterme las puntitas enteras en la boca. Si las dos hubieran sido como la de Borja, me habrían cabido en su totalidad en mi interior.
—Acercar esas pollas.
Los chicos me hicieron caso, y pronto tuve cuatro prepucios pegados a mis labios.
—Sara, qué buena que estás. Nacho no había hecho justicia con sus descripciones.
Borja acercó una mano a uno de mis pechos y lo tocó con cuidado, como comprobando hasta dónde llegaban los límites. Cuando vio que no pasaba nada, tanto él como sus amigos tapiaron mi cuerpo con sus manos, toqueteándome por todas partes.
Excitada, comencé a rebotar un poco sobre Ignacio, quien había mantenido su erección y se mantenía en silencio.
Pronto fui incapaz de continuar con las felaciones debido a los grandes saltos que pegaba sobre mi ex amante. Solo podía masturbar a Jon y a Juanma mientras que le cabalgaba.
—Qué culito —dijo Axel acariciándomelo mientras no paraba de hacerlo subir y bajar.
Comencé un profundo gemido ante mi primer orgasmo. Mi cadera se movía como si estuviera movida por nitroglicerina. Borja me sujetó las tetitas bailongas mientras me corría sobre Ignacio.
Me levanté con cuidado y con la ayuda de la mano de uno de los chicos.
—¿Nosotros no podemos metérsela?
—¡No! —bramó Ignacio, quien me ayudó a ponerme a cuatro patas, apoyando los codos sobre dos cojines.
Me la metió sin compasión y se quedó así unos segundos.
Pronto, frente a mí, apareció un mar repleto de vergas erectas.
Se fueron turnando para que se las chupara mientras que Ignacio me sujetaba por la cadera y me follaba con fuerza a lo perrito.
—Esto es mejor que el FIFA —soltó uno de los chicos provocándonos la risa.
—Aunque aquí también hay pelotas —dije acariciándole los testículos.
Doblé la espalda y solté los penes ante el contundente empuje de Ignacio. Me sujetaba por la cadera y me atraía hacia él con fuerza.
—Cuánto echaba de menos tu coñito —me dijo.
—Y yo tu polla...
Me levanté, pero Ignacio no me dejó escapar. Me atrajo hacia él ayudándome para subirme encima suya de espaldas. Apoyé mis manos en sus rodillas, y comencé a cabalgarle como si la vida me fuera en ello. Se oía un sonido muy carnal cada vez que nuestros cuerpos chocaban uno con el otro. Mis pequeños pechos se movían al son de la cabalgada.
—Dale fuerte, a ver si nos deja a nosotros también —dijo Borja.
—¡No! —Volvió a negar Ignacio.
—Oye, que no soy tuya. Decidiré yo quién me llena el coño y quién no, ¿vale?
—Pero es que...
—¡¿A que me voy?! —amenacé— No me vengas con celos ahora.
—No sabía que eras tan putita. ¡Me encanta!
Tras esto, mi antigo "follamigo" comenzó a mover la cadera como un demonio. No podía atender a los otros chicos ya que Ignacio me estaba taladrando.
Sin previo aviso sentí un potente calambrazo en mi interior. El gruñido gutural de mi amante presagió el potente chorro de semen que soltó en mi interior. De forma completamente animal, clavó su pene hasta el fondo mientras continuaba vertiendo su simiente en mi interior.
—Joder Sara, ¡qué gusto! Ya no me acordaba lo que era correrme dentro de ti. Voy a limpiarme, ahora vuelvo.
Los otros chicos se quedaron expectantes mirando y, cuando tumbada bocarriba les hice una señal con el dedo, se abalanzaron sobre mí.
Como si fuera una muñeca de trapo, Borja me sujetó por los muslos y, tras elevarme un poco de la cama, acercó su pene erecto a mi coño. De éste había comenzado a manar la corrida de su amigo, aunque eso no pareció importarle.
Su pequeño pene desapareció rápidamente en mi interior.
Los otros chicos se colocaron cada uno a un lado mientras que Borja me penetraba a tanta velocidad que hacía chirriar la cama.
—Oh, sí, follarme todos... —imploré excitada.
—Corre, déjame —soltó Axel emujando a un lado.
Sin que nadie me dijera nada, me puse a cuatro patas. Pese a lo lubricada que estaba, el pene del chico me hizo proferir un profundo gemido ante la diferencia de tamaño con el de su amigo.
Sentí la mano de alguien sobre el pelo y cómo dos penes me rozaban la cara. Las embestidas de Axel no eran tan potentes, aunque sí profundas. Sujeté los dos penes y me los fui metiendo en la boca un rato cada uno.
Arqueé la espalda cuando Axel aceleró el ritmo atrayéndome hacia él mientras me sujetaba por las caderas. Podía sentir cómo me aplastaba el culo con cada profunda penetración.
—Déjame a mí tío, antes de que venga Nacho y nos joda —pidió Jon.
Preferí no decir nada, aunque me tumbé de nuevo bocaarriba cansada.
Jon me la metía muy despacio, así que aproveché a acercarme los otros dos penes a mi cara. Lamí sus prepucios al tiempo que me los metía lo que podía dentro de la boca.
—Me voy un momento y ¡mirad lo que hacéis! —voceó Ignacio al regresar.
Sus tres amigos se quedaron quieros intimidados.
—¿Os he dicho que paréis? ¡Pues seguir! Ni caso a éste, que ya ha tenido lo suyo.
Sentí cómo, con timidez, me obedecieorn lanzando miraditas de soslayo a su amigo.
Para mi sorpresa, se subió a la cama y se encaramó sobre mi pecho. Me sujetó las tetitas con las manos y, haciendo presión en los laterales, metió su pene entremedias. Aquello animó al resto, y aumentaron el ritmo.
—Folládle la boca, ya veréis qué bien lo hace...
Borja me sujetó la cabeza, y comenzó a mover su cadera de forma rítmica penetrándome la boca. Gracias a sus pequeñas medidas podía metérmela entera en la boca. Se la sacó, y una nube de saliva resbaló por mis labios.
Axel hizo lo propio, pero su pene erecto no me cabía entero. Comencé a emitir un gorgojeo mientras me follaba la boca e Ignacio reía.
Pillándome por sorpresa, Ignacio comenzó a correrse entre mis pechos. No recordaba que se recuperara tan rápido. Uno de sus chorros escapó de mis tetas y me dio en la barbilla.
Como si de una película porno se tratara, Borja y Axel pegaron sus penes a mi cara y, gimiendo como si estuvieran levantando 200kg en el gimnasio, se corrieron en mi cara casi al mismo tiempo. Estaba hecha un cuadro y apenas podía abrir los ojos.
Todos se apartaron un poco mientras que Jon seguía bombeándome.
—Vaya aguante que tiene tu amigo —comenté.
—Sí, de eso se chuleaba, y veo que es verdad. Tendrás que hacer tú que se corra.
—Reto aceptado.
Tras limpiarme la cara con una toalla que me ofrecieron, le pedí que se sentara y me subí encima suyo, lista para cabalgarle. Él estaba apoyado contra el cabecero de la cama, y pegué mi cuerpo al suyo. Mientras que me lamía las tetitas, comencé a cabalgarle de forma salvaje. La cama se movía y emitía ruídos que no evidenciaban nada bueno. Me faltaba aire en los pulmones, pero no paré. Moví mis caderas como si me fuera la vida en ello mientras que le acaricaba la cabeza.
—Ohhhhh, ¡sí! —gritó él.
Se corrió con una intensidad que nunca había sentido, inyectando una cantidad ingente de leche en mi interior.
—Pero niño, ¿qué te has tomado?
—Serán los batidos del gimnasio —bromeó Borja.
Cuando me puse en pie, un hilillo imparable de semen comenzó a brotar de mi interior y caer con mi pierna.
—¿Alguien quiere extra de queso en la pizza? —bromeé.
Relatos similares
- Orgías
Somos aficionados al fútbol
La puerta suena justo cuando el partido está por empezar. No es la pizza lo que traen, sino una tentación que ninguno de los tres esperaba recibir.
Comparte:Orgia grandeHeterosexual generalDeseo reprimido
- Orgías
Sigo siendo la puta de mi suegro
Siempre la saludaron con respeto, creyéndola una madre ejemplar. Pero esa noche, la vulcanizadora se convierte en su escenario prohibido, donde cada…
Comparte:Orgia grandeExhibicionismo accidentalHeterosexual general
- Confesiones
Haciendo un favor
Susana siempre supo que no debía mirar, pero la indiferencia con la que él se tocaba en el autobús la hipnotizó.
Comparte:Exhibicionismo accidentalHeterosexual generalDeseo reprimido
- Orgías
Vuelo JK631, pasión a 30.000 pies de altura
A 30.000 pies de altura, la distancia y la privacidad se desvanecen. Lo que empieza como una travesura en el asiento se convierte en un espectáculo…
Comparte:Orgia grandeExhibicionismo accidentalHeterosexual general
- Orgías
La sustituta de stripper en despedida de soltero
La soledad en la casa de campo se rompe cuando los vecinos invaden su privacidad. Lo que empieza como una curiosidad se transforma en una oferta…
Comparte:Orgia grandeExhibicionismo accidentalHeterosexual general
- Orgías
Chúpamela en todos los idiomas que sabes, perra 2
La puerta de su habitación está cerrada, pero la de su madre está a solo unos metros. Julia intenta mantener la compostura mientras dos manos ásperas…
Comparte:Orgia grandeHeterosexual generalExhibicionismo accidental