Experiencias reales que quizá te interesen
¿Qué pasa cuando el morbo de escribir se cruza con la realidad? Desde el control absoluto sobre una amante dispuesta a todo, hasta el riesgo de ser denunciado en un autobús nocturno. Y cuando la fantasía de ser 'la puta' se vuelve realidad, no hay criterio que valga.
Comenzaré confesando que no sé si este escrito interesará a alguien. Desde mis recientes comienzos como autor en esta web, siempre me he tomado escribir estos relatos como un hobby y sin ninguna pretensión literaria. Hablando en plata: los he escrito con la única intención de organizar pensamientos morbosos que me invaden mientras me masturbo y dar forma a lo que antes no era más que un conjunto de sensaciones y conceptos inconexos. Y luego volver a masturbarme mientras leo. Es decir, escribo relatos solo pensando en mí, en lo que me excita a mí, sin ninguna concesión a un hipotético lector o lectora.
¿Por qué los publico entonces? Porque creo que el mundo es enorme y diverso y tengo el convencimiento de que habrá gente por aquí que podría disfrutarlos. Y, no voy a negarlo, imaginar que alguien se masturba leyendo mis fantasías es algo que me excita muchísimo. Por eso, aunque las cifras de visitas, comentarios y valoraciones son muy humildes, me siento extremadamente honrado y agradecido (y cachondo) por las amables palabras que algunos comentaristas han tenido la amabilidad de dedicarme.
Consumido por ese morbo de haber podido excitar aunque sea a un pequeño grupo de lectores y lectoras, siento ahora el impulso de escribir sobre mi vida real, mis experiencias sexuales más interesantes. No son demasiadas y tampoco son muy inusuales ni extremas ni excesivamente atrevidas. No estoy seguro de que merezcan ser escritas y publicadas aquí, entre la avalancha de relatos llenos a rebosar de sexo desenfrenado. Pero tienen la ventaja de ser 100% reales. Quizá algún lector o lectora encuentre refrescante esto. Y si no, al menos nadie podrá quitarme la emoción que siento ahora por escribirlas ni la tremenda erección que tengo ahora mismo.
Como decía, en mis 44 años de vida no he tenido una vida sexual digna de destacar entre tanto porno escrito. Mi primera experiencia medianamente pervertida fue con una amante húngara que residía en Madrid. Ella era relativamente sumisa y ya desde la primera noche sintió deseos de degradarse para mí. Mientras la tenía a cuatro patas y le follaba el culo, giró la cabeza para mirarme y con su casi perfecto español me pidió: "Quiero que te corras en mi cara". No olvidaré su mirada casi perdida. Perdida en el placer. Sintiendo la necesidad de ser la puta de un hombre que había conocido apenas cuatro horas antes.
Desde esa noche, comenzamos una relación desequilibrada. La hacía esperarme en su puerta, de rodillas, para chuparme la polla nada más entrar, a veces dejándola abierta un rato, con el consiguiente peligro de que algún vecino nos viera.
Fue ella quien despertó en mí deseos de dominación. Pero nunca llegamos demasiado lejos. De hecho, el mejor recuerdo de nuestras sesiones de sexo que tengo fue con los roles intercambiados. Yo tumbado y ella sentada sobre mí, masturbándose y dándome de comer su flujo especialmente viscoso directamente de sus dedos.
Llegamos a ser amigos, pero supe desde el principio que jamás me enamoraría de ella ni podríamos tener una relación sentimental al uso. Un día le comuniqué que no quería que siguieramos viéndonos. En nuestro sexo de despedida, ella llegó a decirme: "no necesito que seamos novios, pero quiero ser tu puta al menos". Yo le aseguré que así sería. Iría a su casa cada vez que me apeteciera usar a mi puta, la trataría como si fuera un condón (es decir, la consideraría barata, la estiraría hasta el límite, la llenaría de leche y luego la tiraría a la basura). Esa noche fue la última vez que follamos.
Más o menos por esas fechas me vi obligado a realizar constantes viajes entre Cádiz y Madrid. Para no gastar demasiado dinero, solía usar la opción más barata: un bus nocturno en un trayecto de unas 8 horas. En uno de estos viajes, me tocó en el asiento de al lado una mujer más o menos de mi edad y que juzgué como moderadamente atractiva. Era ya noche cerrada y mientras intentábamos dormir descansando precariamente nuestras cabezas en el respaldo de nuestros asientos, noté como la mujer acercó su cabeza a mi hombro hasta terminar apoyándolo completamente sobre él. Interpretando que se había quedado dormida y hacía esto involuntariamente, me moví un poco para que se despertara, se diera cuenta de que estaba invadiendo el espacio de un desconocido y cambiara de postura.
Pero ella solo se acercó más, hasta que terminó con su cara encima de mi pecho. Sin saber muy bien qué hacer, decidí entonces desplazar mi pierna hacia la suya, haciendo mucho contacto, intentando causarle incomodidad o rechazo. Era mi manera de provocar en ella la preocupación de que yo quisiera propasarme con ella, pero de una manera sutil y equívoca; algo que no me comprometiera en exceso y que pudiera considerarse un descuido involuntario mío, en el caso de que ella me acusara de algo.
Sin embargo, solo conseguí que ella se acercara más aún y que incluso moviera su pierna leve pero repetidamente, casi frotándola contra la mía. Entonces, opté por una idea más agresiva. Puse mi mano sobre su muslo y empecé a acariciarlo.
Calculo que pasaríamos un par de horas con este juego, ella dejándose hacer, respondiendo positivamente a mis avances (lo que me hacía estar casi seguro de que solo fingía estar dormida) y yo acariciando cada vez más intensamente su muslo, abarcando más y más terreno con cada ciclo y acercándome peligrosamente a su coño.
A la mitad del viaje, yo ya estaba masturbándola por encima del pantalón y escuchando sus gemidos suaves y rítmicos. Fue en ese momento de paroxismo sexual cuando logré reflexionar sobre lo extraña que era la situación. Puede que fuera algo común en una película porno, pero no es nada habitual en la vida real que un desconocido masturbe en un autobús a una mujer con la que apenas había cruzado un sencillo "buenas noches". Comencé a dudar sobre lo que estaba haciendo. Aunque en ningún momento había notado ninguna resistencia por su parte, de repente sentí miedo de estar violándola. Imaginé que solo era una chica muy tímida que no quería armar un escándalo y que estaba dejándose toquetear por mí en contra de su voluntad. Así que dejé de tocarla, le volví la espalda e intenté seguir durmiendo el resto del viaje, rezando mentalmente para que no se le ocurriera denunciarme. Al llegar a nuestro destino, ella se levantó de su asiento, mi dedicó un simple "hasta luego" y se perdió entre la multitud de la estación.
Desde entonces, he contado esta experiencia a algunas buenas amigas y todas coinciden en que aquella desconocida podía haber evitado mis lentos y progresivos avances en cualquier momento si hubiera querido. Ella deseaba que la tocara. Una de mis amigas incluso me reprendió por haber dejado de masturbarla antes de que se corriera. He vuelto a hacer ese viaje varias veces más en estos años pero, como podéis imaginar, jamás volvió a ocurrirme algo así. Al menos, tengo ese recuerdo morboso de algo que no suele pasar en la vida real, pero que yo viví, más sorprendido y perplejo que excitado. Me encantaría que alguna mujer en los comentarios me dé su opinión sobre él.
La vida siguió y yo tuve un par de novias más. En un periodo de soltería entre una y otra, mi frecuencia masturbatoria aumentó, lógicamente. Buceando entre videos porno cada vez más fetichistas, descubrí un día el género del hypno. Me fascinó, a pesar de considerarme hetero y de que la gran mayoría estaban dirigidos a sissies (hombres afeminados frecuentemente gays o bisexuales). Toda mi vida había tenido vagas fantasías homosexuales, pero nunca se concretaron en nada. Sin embargo, esos vídeos, llenos de imágenes y sonidos supuestamente subliminales, lograron despertarlas. No creo que la hipnosis mostrada en esos vídeos funcione realmente, pero me parecían tremendamente excitantes. La mayoría hacían al espectador recitar mantras que pretendían convertirlos en bimbos, putas sumisas hipersexualizadas y con el cerebro lavado, tontas hambrientas de polla.
Una noche, tras una sesión especialmente larga de este tipo de vídeos, me armé de valor y salí a la calle, encaminándome hacia una sauna gay que sabía que había muy cerca de mi casa. Pagué 10 euros para entrar, se me informó que era obigatorio ir completamente desnudo y se me proporcionó una toalla y un condón. Allí dentro paseé un rato, descubriendo las distintas salas: la sauna propiamente dicha, un jacuzzi, un cuarto oscuro, un puñado de reservados para sexo (estaba prohibido practicar sexo en las zonas comunes, a excepción del cuarto oscuro) y una sala con barra para bebidas, música y pantallas mostrando porno gay.
Tras un par de breves conversaciones con otros chicos, me fui animando y calentando. Uno de ellos me proporció popper y pronto decidí que no me iría de allí sin haber chupado una polla. Siempre había estado convencido de que no me sentía atraido por los hombres y mi estancia allí no cambió eso. Sus cuerpos desnudos, aunque no me causaban repulsión, no me provocaban ningún tipo de deseo. Pero ¿sus pollas? Eso era otra historia.
El porno en general tenía un efecto en mí que luego he aprendido que es bastante habitual: cuando lo veía prefería disfrutar de los cuerpos de las mujeres, pero siempre había en mi mente una curiosidad, un deseo mal disimulado de querer ser una de ellas, chupar esas pollas y recibir esas corridas en mi cara o boca. No era una fantasía de ser homosexual, era más bien una fantasía de ser una mujer cishetero, una especialmente guarra.
Entre todos aquellos hombres promiscuos y cachondos era increíblemente fácil jugar a ser ese tipo de mujer. Paseé por todo el lugar, contoneándome, mirando descaradamente a todo el mundo, disfrutando de comportarme como una auténtica zorra. Esa noche terminé chupando más de 10 pollas (perdí la cuenta) y recibiendo todo el semen sobre mi cara y pecho. No apliqué absolutamente ningún criterio para elegir a mis parejas. Cualquier polla me valía. Incluso me ofrecí a un chico gordito y muy poco agraciado que estaba completamente solo. Me acerqué y le dije "hola, quiero chupartela". Él, sin creer en su buena suerte, me preguntó "¿seguro?"
Yo entonces simplemente le lancé una mirada tentadora, me dirigí hacia uno de los reservados y le esperé allí. Al terminar, con toda su lefa sobre mi nariz y frente, le dije "Gracias". Me sentí una ONG del sexo. Mi placer no importaba. No me toqué durante toda mi estancia allí, yo solo era un depósito de semen, una puta diseñada para usar y complacer. Solo me masturbé al llegar a casa, tumbado en el suelo y sintiendo toda esa leche secándose sobre mi piel.
No volví a hacer algo parecido. No me arrepiento, lo pasé genial y fue interesante. Pero no he vuelto a tener la necesidad de repetirlo. Mi heterosexualidad continuó como si tal cosa. Otro bonito recuerdo, nada más.
Estas han sido mis experiencias reales más morbosas. Como véis, han sido pocas y no excesivamente extremas. Espero que os hayan entretenido. Un abrazo o un beso (lo dejo a vuestra elección) para todos y todas. Gracias por leer.
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