Eso que tu esposa no puede provocar
Lleva meses soñando con ella, pero nunca imaginó que ella lo esperaría con la misma hambre. Cuando la puerta se cierra y el mundo exterior desaparece, la discreción se rompe y los instintos toman el mando.
-Está bien, pues. No hay nada más que decir, entonces. Te voy a dejar, será mejor que me marche.
-¡No! ¡Espera!
Me he levantado del sofá y, a medio cruzar el salón de su casa, Celia me alcanza y me agarra del brazo. Me giro hacia ella y me vencen los instintos. A la mierda todo.
La beso, me lanzo sobre sus labios. Y ella me corresponde. Asidos uno a la cintura del otro, nuestras lenguas se encuentran y se desata la pasión latente. Su sabor me hace perder aún más los papeles. Ella se entrega a mi, me morrea con desespero. Joder, qué pedazo de beso nos estamos dando.
Mi excitación crece sin ataduras. No soy dueño de mis actos, soy solamente un animal caliente, cachondo, en celo, hirviendo de deseo. Mis manos soban su culazo por encima de su falda tejana. Ella no protesta, y yo, envalentonado, avanzo. Mi diestra se cuela por debajo del brazo y agarra directamente su nalga. Un gemido escapa de su boca, le gusta, lo quiere tanto como yo. Ahora son mis dos manos las que salvan por el Sur el obstáculo de la gruesa tela vaquera acarician su culo por encima su ropa interior. ¡Que suavecito, qué redondito! Debe llevar tanga, puedo palpar buena parte de su pandero, pero aún así, me sabe a poco, quiero más. Ahora meto las manos por debajo de la goma elástica, busco amasar ese culo que me lleva por el camino de la perdición.
"¡Para! ¿Qué haces?", me espeta, quitándome las manos de ahí dentro. Me mira con cara de enojo. No entiendo qué le ocurre ahora, pero es que tampoco estoy para pensar. Lo que ella ve delante suyo es la cara de alguien dominado por el deseo, nada más. Seguro que su marido no la mira así. Mis ojos la devoran como un perro hambriento miraría un trozo de carne. Así que tampoco me extraña cuando acariciando su nuca, vuelvo a besarla y ella vuelve a recibirme igual que antes.
Retrocedemos torpemente sin deshacer el beso hasta dejarnos caer en el sofá. El mismo sofá donde anoche miraste la tele con tu marido. Pero me da igual. Yo tampoco pienso en mi esposa, solo en cúanto te deseo y cuánto me ha costado aguantarme hasta ahora. Seguimos morre´ñandonos apasionadamente. Pasan los minutos y ninguno de los dos pierde fuelle. Al contrario. Tras tu último mordisco libidinoso sobre mi labio inferior, me enciendo tanto que mi mano vuelve a encontrar el borde inferior de tu falda y el camino hacia adentro. Solo que esta vez por delante, no por detrás.
Acaricio con delicadeza tu coñito por encima la tela de tus bragas. Y tu tiemblas de deseo. Esta vez no me dices nada. Sé que piensas que no deberíamos hacerlo, pero eres incapaz de decírmelo. Y yo, que llevo meses masturbándome en silencio por ti en el baño de mi casa, con tal de que mi esposa y mis hijas no me escuchen, ya estoy tan cerca de mi anhelo más animal que ni me planteo parar. Ahora aparto ligeramente el sedoso triángulo que oculta tu tesoro y paseo mis dedos sobre tus excitados labiors exteriores. ¡Estás mojada, muy mojada! Gimes a mi oído. Beso tu cuello y me acaricias la nuca. Y entonces mi dedo índice se cuela casi por accidente dentro de ti. Lo que ocurre es que, de tan excitada como estás, tu cueva se abre prácticamente sola y me succiona hacia adentro. Así que, sin dejar de devorar tu boca, te hago un dedo, y tu, incrédula, incapaz de entender como puedes sentir una pulsión tan incontrolable, me acabas aprentado el brazo para cerciorarte que no salgo de tu interior. Tu falda ya está tan replegada que llego a atisbar tu lencería. Qué bonitas bragas, joder. ¿Te pusiste así por si esto ocurría, verdad? Hacía eones que no veía algo tan sensual dedicado a mi...
Mi sexo está tan hinchado que me duele por falta de espacio dentro de mi ropa. Me incorpor frente a ti y desabrocho mis pantalones para aliviar la situación. Arremango los pantalones hacia mis rodillas y paseo mi erección por encima de tu entrepierna. Mis bóxers se frotan contra el encaje azul marino de tus braguitas. Veo como debajo mío, tu excitación está a la par con la mía. Lo veo en el tamaño desmesurado de tus ojos, en la manera en que clavas tu mirada a lo que ocurre entre nuestras piernas, a la presión que tus dedos ejercen sobre mis brazos. Estás loca de ganas de que te folle, lo noto. No sufras, Celia, yo estoy igual.
Con dificultades a causa de la posición, estiras el brazo y agarras la parte superior de mi polla. Me encanta como estallas en expresiones de admiración al sentirla tan descomunalmente dura, y es que ni yo recuerdo cuánto hacía que no la sentía así. Te exclamas cuando la puedes agarrar mejor y empiezas a sacudirla con tu mano arriba y abajo. Ahora estamos empatados. Mi tronco se restriega con tu pubis mientras mi glande es acarciado por tu manita y mi dedo hurga en tu coño.
Casi a regañadientes, escucho como se te escapa un susurro con la forma de mi nombre. Muy bajito, suspiras "Felipe..." Me encanta, hace tanto tiempo que sueño con escucharte pronunciar mi nombre.
¡Buf!, no puedo más, Celia. Necesito sentirte, si ya hemos llegado hasta aquí, ahora para qué íbamos a parar. Me separo la distancia mínima para hacerlo y te miro. ¡Qué cara tan animal que pones, Celia! Estás absolutamente fuera de ti misma, presa del deseo y de la expectativa de placer, víctima del juego de seducción al que hace tiempo que jugábamos. Los ojos te brillan, tu boca permanece abierta y de ella escapan gemidos sin cesar, la respiración te va a cien por hora. Mientras me ves extraer mi martillo, te acaricias los pechos en círculo sobre la blusa. Mmmm, ¡qué ganas de comértelos! ¿Me estás invitando a ello?
Me incorporo con prisa para liberar,e definitivamente de los pantalones y calzoncillos. Mi sexo eniesto se balancea delante tuyo. Y se viene, se viene a por el tuyo. Vuelvo a colocarme sobre ti. Vuelvo a comerte a besos, pero ahora mi polla fricciona desnuda contra tu vagina, cubierta aún, pero para nada protegida, por la telas de unas bradas que de ran empapadas producen un sonido aquoso. Las aparto, y deposito tangencialmente mi longitud a lo largo de tu hendidura. Tus manos se precipitan sobre mi culo y me presionas hacia tu. Me deseas, te deso, los dos lo necesitamos locamente. Sientes el diámetro de mi cilindro presionar tus sensibles labios y separarlos, ¿verdad? Yo también. Cada nuevo balanceo, aumenta el contaco y la presión que ambos nos proporcinamos, Mi polla va separando progresivamente los pliegues que protegen tu coño. Veo ya el rosa intenso de tu interior asomar. Lo veo y lo siento, porque es la cabeza de mi polla la que aparta tus carnes y te invita a abrirte más.
Juego a sentirnos, a explorarnos. Nos movemos cadenciosamente, cartografiando el sexo del otro, encontrando su inicio y su final. Dejamos que nuestros fluidos se encuentren y se mezclen por primera vez. Me incorporo para delectarme con la visión de tu sexo desnudo para mi, y lo hago, pero rápidamente se me van los ojos hacia la redondez de tus pechos. ¡Qué ganas de conocerlos y verlos botar! Y tú te das cuenta, y además debes desearlo tanto como yo, porque, agarrándola del borde por la cintura, tiras para arriba de tu blusa y te la quitas por la cabeza. Semi incorporado delante tuyo, con una pierna sobre el sofá y la otra aguantando mi peso, estiro un brazo para acariciarte el seno izquierdo. Tu espalda se arquea para acercármelo. Lo sobo un poco más, y quisiera detenerme una vida entera, pero ahora mismo no puedo. La sensació entre mis piernas me puede. Siento mi manubro deslizarse cada vez con mayor facilidad, lubricado cada vez más por el incesante torrente de flujo que emana de ti. Celia, nena, ¡por fin te voy a follar!
-Felipe, quizás deb... - empiezas a decir algo, pero te interrumpo y te hago callar con un beso lascivo que immediatamente correspondes y pronto superas. Es el momento.
Me agarro la base de la polla y la redirecciono, apuntado ahora de manera directa a la entrada de tu coño. Estoy ardiente como un hierro. Me siento como cuando tenía 20 años. La deposito en la puerta misma y le hago dar un par de vueltas. La puntita de mi glande da besitos y provoca cosquillas a las primeras estribaciones de tu interior. Tus manos se crispan detrás de mi espalda, pero no dices nada. Quisieras querer parar, pero no quieres que pare. Y yo tampoco. Así que...
¡Ya está! ¡Ya estoy dentro! ¡Te he metido la polla dentro, Celia! Entro dentro de ti y luego me dejo caer encima tuyo. Ahora si, mi sexo irrumpe dentro de ti y te llena toda. Y mi pelvis se pone de acuerdo con la tuya, mi oído aprendre el lenguaje de tus suspiros, y follamos. Y, transidos, nos deshacemos uno en el otro...
Cuando al cabo de un rato me sueltas "Déjame comerte la polla, por favor" y me reclinas sobre el otro extremo del sofá -seguramente el extremo donde tu hijo se sentará esta noche para ver la tele contigo- para abalanzarte sobre mi sexo, tengo la certeza que voy a querer repetir. Me devuelves la vida, Celia. Con tu sonrisa, con tu buen humor, con tu atención, con tu flirteo, y ahora también con la pasión que sientes por mi y que hace años que nadie me demuestra.
No sé cuanto durará ni quién se arrepentirá antes, pero joder, momentos como este no deberían ser tan escasos.
Echado en tu sofá, observo como te desabrochas el sujetador sin dejar de mamármela. Sigues chupando, arriba y abajo mientras forcejeas con el cierre hasta que consigues liberar tus pechos. Entonces sí, entonces le das una lamida final y lo abandonas. Gateas hacia mi, colocas una pierna a cada lado de mi torso y te preparas para cabalgarme.
- ¡Quiero más, Felipe! ¿Quieres volver a follarme?
-¡Sí, nena!
-¿Eso es lo que quieres? ¿Ponerle los cuernos a tu mujer y a mi marido?
-¡!Sí!! ¡Y tu también!
- Cabrón, yo que quería aguantarme... - En este instante, dejas deslizar mi polla hasta el fondo de tu matriz - ¡Uff! Pero joder, qué bien me follas... Ahora te voy a follar yo, guapo. Prepárate para descubrir lo que es bueno...
Ay, querida mía. Acabas de resucitar mi vida sexual. Si supieras lo "preparado" que estoy...
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