Mi vecina susana 1
Nunca imaginé que mis caseros serían tan interesantes. Pero cuando la puerta se abre y la realidad supera cualquier fantasía, no hay vuelta atrás.
Durante mis años universitarios me mudé temporalmente a Madrid, concretamente al Barrio de Lavapiés. Allí encontré un alquiler a un precio asequible en un edificio viejo, pero que me proporcionaba los servicios mínimos que necesitaba. El barrio era un crisol de múltiples culturas; marroquíes, nigerianos, indios, pakistaníes, chinos… todos se arrejuntaban y se relacionaban. Lo que algunos despreciarían, a mí me resultaba otro atractivo más de la zona.
Respecto a mi piso, era modesto, con un salón algo pequeño, una sala de estar, dos dormitorios, un baño y la cocina. En la escalera, daba puerta con puerta con mis vecinos, Alfonso y Susana, una pareja de unos cincuenta y pico años. Alfonso era un hombre poco agraciado a excepción de sus ojos grises, delgado, de 1’70 de alto, algo seco en el trato. Por el contrario, susana era un encanto, una mujer abierta y agradable. Tenía el pelo a la altura de los hombros, el pecho de tamaño grande aunque por la edad, algo caído, buenas caderas y un leve sobrepeso. Su cara tenía una expresión risueña y sobre todo un rostro anodino, dicho de otra forma, era la típica vecina del 5º que todos tenemos. Esta peculiar pareja resultaba ser propietaria ambos pisos de la misma planta, lo que los convertía en mis caseros.
Lo que narraré a continuación transcurrió durante la primera semana en que me mudé.
Tras firmar los papeles y pagar la fianza y el primer mes, la pareja me dio las llaves de mi piso y comencé a desembalar las cosas. Fue un día intenso. Mentiría si dijese que por parte de susana vi algún indicio de lo que voy a narrar; a mis ojos, eran una pareja normal con una vida estándar. Durante la primera noche, caí rendido en la cama, aunque si recuerdo un ruido en la escalera proveniente de una multitud de personas. No le di la mayor importancia y seguí durmiendo.
Al día siguiente seguí con mis tareas y, tras terminar de desembalar las cajas, decidí bajar a cenar a un restaurante indio de la zona. Después de la cena, mientras subía al piso, pude ver una figura entrando en el piso de mis vecinos, aunque no llegué a distinguir si se trataba de ellos o de otra persona. La puerta se cerró.
Durante mi tercer día, no pude sacarme de la cabeza las extrañas experiencias con mis vecinos. Pensé en posibilidades como celebraciones familiares, o incluso, poniéndome en lo peor, pensé en un robo doméstico, aunque nada terminaba de encajar.
Serían en torno a las 20:30 cuando volvió a ocurrir. Un ruido de tumulto en la escalera. Esta vez decidido, salí de casa para ver lo que ocurría. Ante mi asombro, una multitud de hombres de distintas proveniencias se reunían en la escalera y me vi arrastrado al piso de mis inquilinos.
Al entrar en el mismo me asombro la vista. Susana, totalmente desnuda, con las piernas abiertas, mostrando su vagina a todos aquellos hombres. Asombrado busqué a su marido con la vista. Lo encontré sonriendo, desnudo, con un pene pequeño en la mano y llevando unos cuernos de reno navideños en la cabeza. Los hombre se fueron desnudando a la vez. Yo, aun impactado tardé algo mas en desvestirme. Para cuando estaba desnudo, los primeros hombres rodeaban a Susana, que ya se encontraba de rodillas chupando un mandoble de ébano.
Durante los siguientes minutos vi a susana devorando penes de los más distintos colores y tamaños. Algunos no aguantaban y se corrían, otros se aguardaban apartándose. De repente se hizo ante mí un vacío en el cual, susana me vio y me reconoció. Ella sonrió y dijo “tú no te corras todavía”. Acto seguido comenzó a chuparme la polla de una forma magistral. Reconozco que tuve que hacer un esfuerzo especial para no correrme dentro de su boca. De reojo miraba a Alfonso que seguía en su sofá, masturbándose con dos dedos mientras me sonreía. Poco a poco, el grupo se fue reduciendo hasta cinco. Un senegalés, dos indios, un latino y yo.
Susana comenzó con el senegalés mientras nosotros la mirábamos. Casi absortos vimos cómo, aquel pene de cerca de 25cm se embutía cual morcilla en un condón y castigaba sin piedad el maduro coño de Susana. Ella gemía y acariciaba el cuerpo del africano. Todos nosotros, polla en mano nos masturbábamos ante la sesión de porno en vivo. Finalmente, el negro se corrió. Sacando su pene, vació el condón sobre la boca de susana, quien sonrió y trago el liquido blanco. Todos saltamos al ataque.
Mientras el senegalés se vestía y se iba, todos nos abalanzamos sobre Susana. En el sofá, ella nos pajeaba y mamaba (como podía) al latino y a mí, mientras los indios taladraban sus agujeros. Alfonso, en su esquina aumentaba la velocidad de su masturbación. Nuestras pollas ahogaban los gemidos de la madurita mientras los indios aumentaban la intensidad de sus embistes.
Los indios se corrieron respectivamente y se fueron. Susana se colocó sobre el chico latino y me ofreció su culo. Juntos le hicimos una doble penetración mientras gritaba sin parar. A los minutos, el chico latino se corrió, escurriéndose por debajo de susana mientras yo aun castigaba su culo. Poco tiempo después, yo mismo me vacié ante la presencia de sus esfínteres alrededor de mi pene.
Miré a mi alrededor para ver como Alfonso terminaba su paja sobre su propia tripa. Mientras susana se giraba y me sonreía mientras se intentaba recomponer.
Caí en el sofá, sentándome mientras susana se sentaba a mi lado y jugaba con mi miembro flácido. Poco a poco me contaron todo. Como Alfonso no la satisfacía, como solo se excitaba viendo porno, sus primeras experiencias con fontaneros o amigos de sus hijos, la ampliación a gang bangs… Lo comprendí todo.
Mientras me contaban diversas anécdotas, los tratos de susana surtieron efecto y poco a poco mi polla fue recuperando vigor, algo que no pasó desapercibido. Susana acercó su pecho a mi cara y comencé a lamer sus pezones rosados. Mientras, su mano bombeaba arriba y abajo mi polla. Susana se movió y empezó a comer mi ano mientras seguía masturbándome. Finalmente lo consiguió, entre espasmos, eyaculé de nuevo sobre su cara y pelo.
Tras esto, me vestí y volví a mi piso. Aquella noche no pegué ojo, tenía muchas cosas que procesar. Quien diría que mi vecina fuese una puta.
Continuará...
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
En un cine porno con mi mujer
En la oscuridad de la sala, el silencio solo lo rompen los gemidos ahogados y el crujir de las butacas.
Comparte:CuckoldGangbangExhibicionismo accidental
- Sexo con maduras
Vecinos libidinosos
La deuda de gratitud pesaba más que la moral. Cuando las puertas se cerraron y la ropa cayó al suelo, la cortesía vecinal se transformó en un juego…
Comparte:Exhibicionismo accidentalCuckoldHeterosexual general
- Voyerismo
De vacaciones por el sur de Francia
El coche es solo el comienzo. En el sur de Francia, la línea entre el turismo y el placer se difumina cuando una pareja decide compartir su intimidad…
Comparte:Exhibicionismo accidentalCuckoldHeterosexual general
- Hetero: Infidelidad
Viendo a su esposa hacer porno
La deuda los empuja a un límite que Raúl creía imposible de cruzar. Ahora, frente a la cámara, su esposa será poseída por otros hombres mientras él,…
Comparte:GangbangCuckoldExhibicionismo accidental
- Dominación
Cine
El cine se vacía, pero la sala está llena de miradas hambrientas. Con el collar al cuello y el vestido levantado, ella sabe que esta noche no va a…
Comparte:Exhibicionismo accidentalGangbangHeterosexual general
- Hetero: Infidelidad
Mi mujer (una marrana muy podrida)
Él duerme en el sofá mientras ella llena la cama de matrimonio con extraños. No es solo una infidelidad, es un espectáculo organizado donde el límite…
Comparte:GangbangCuckoldExhibicionismo accidental