Heredero (1)
Giselle nunca imaginó que su pobreza la llevaría al lecho del heredero. Ahora, desnuda y temblorosa ante el príncipe Daniel, debe aprender que su sumisión es la única moneda de cambio para sobrevivir en la corte.
Se acercaba el cumpleaños número veintiuno del príncipe Daniel, el heredero al trono de una gran nación cuyo nombre ha sido olvidado en la actualidad.
El príncipe era conocido por todos por su fuerza y astucia. Para nadie era un secreto que desde que su padre, el rey Armando había enfermado, él era el que se encargaba de todos los asuntos relacionados con la corona logrando el crecimiento de su pueblo enfocado en las artes, el comercio y la ciencia.
A pesar de ello, el príncipe era alguien caprichoso y había pedido a sus trabajadores de mayor confianza que consiguieran a veintiún mujeres solteras, las más bellas que encontraran en todo el reino; una por cada año de vida y entre ellas elegiría a una para pasar una noche entera en su lecho.
Cumplidos sus deseos, el día de su cumpleaños número veintiuno se encontraban todas las mujeres cortesanas formadas en dos hileras paralelas al gran pasillo del salón principal. Todas se encontraban emocionadas, pensando ingenuamente que podrían atrapar con sus encantos al príncipe y así poder desposarlo. Incluso si eso no funcionaba, quedaría la posibilidad de engendrar a un bastardo de la corona y tendrían su vida asegurada.
La única excepción era Giselle, la más joven de las cortesanas con apenas 18 años. Le parecía humillante encontrarse en ese pasillo a la espera de ser elegida por un hombre cual ganado. Ella había rogado a sus tutores que no la dejaran marcharse con los lacayos del príncipe, les había ofrecido incluso trabajar el doble de tiempo en los establos de la familia para la que trabajaban con tal de que no la vendieran pero fue inútil, la suma de dinero que le habían ofrecido a sus padres por dejarla ir les alcanzaría para unos cuantos meses de vida a su estilo sin trabajar.
Las demás mujeres le observaban por encima del hombro, todas altas y elegantes, de pieles acarameladas. Seguramente eran hijas de comerciantes, médicos o modistas. Dignas de un príncipe. Sin embargo ella era la hija de un par de campesinos, quienes vivían bajo un techo prestado y cuyos bolsillos estaban vacíos.
No hubo tiempo para más pensamientos, las trompetas oficiales anunciaron la llegada del heredero y tan pronto como este entro todas las señoritas hicieron una reverencia y se mantuvieron con la mirada cabizbaja como lo marcaba el protocolo.
El joven se regocijaba de estar rodeado de mujeres tan bellas, y saber que una de ellas compartiría su cuerpo con él esta noche. Su mirada de repente cayó en una pequeña pelirroja, que si no hubiese estado formada con las demás fácilmente habría pasado como una de las mujeres que asean los establos en el palacio. Se sintió furioso ¿Quién había cometido tal fatal falta de respeto al traerle una simple trabajadora?
Ser sorprendió enormemente cuando su lacayo más fiel, y a quien consideraba lo más cercano un amigo dió un paso al frente haciéndose responsable de la desición de situar a la pequeña campirana en las filas de elección.
-¿Se puede saber de qué se trata esta broma de tan mal gusto Felipe?-Le espetó furioso.
Todas las mujeres, en especial Giselle, se estremecieron ante tal tono de voz pero Felipe ni siquiera se inmutó.-Confíe en mi sentido su alteza ¿Cuándo le he fallado en una petición?
Y tenía razón, Felipe jamás le había decepcionado.
Aún así, el príncipe Daniel tomó con mucha fuerza a la pequeña pelirroja y la arrastró fuera de el gran salón, llevandola entre tropiezos a otra habitación.
Felipe y otro lacayo entraron detrás de ellos.
-¡¿Pero qué demonios estabas pensando Felipe?!-El joven príncipe rugió.-Mira nomás lo que me has traído, ni siquiera alcanza una estatura promedio y se ve tan delgada que podría romperse.-Miro despectivo a la chica y ella sólo agacho su cabeza.- Y ese cabello, parece haber sido teñido por el mismo infierno, esa piel tan blanca, tan diferente a la mía.
Y era cierto, ella junto al príncipe parecía un pequeño animalito. Él con su porte fuerte, y su gran estatura combinadas con su piel morena y su cabello oscuro le intimidaban a sobremanera.
-Le ruego, su majestad, que confíe en mi criterio.-Hablo Felipe de nuevo totalmente tranquilo.-Le prometo que si no queda satisfecho con mi elección, yo mismo empacaré mis cosas y me marchare del castillo en cuanto me lo ordene.-Vaya, literalmente se estaba jugando su vida en ello, la chica debía ser buena.
-¿Ya la has probado, eh?-Le insinúa el joven con un deje de diversión en su voz.
-Para nada, su alteza, la chica aún conserva su virtud.
Y encima inexperta, pensó el príncipe, de verdad no sabía que cruzaba la cabeza de su lacayo pero si este jugaba su trabajo era porque algo bueno debía venir y eso lo tenía ansioso.
-Está bien Felipe, tú ganas, pasaré la noche con ella.-Felipe asintió.-Acicalenla.-Dió la orden.-Quiero que me espere en mis aposentos al caer la noche.
Las ordenes de la realeza eran prioritarias, por lo que un grupo de sirvientas se llevaron con rapideza a Giselle para tenerla lista, ya que para que oscureciera quedaba muy poco tiempo.
La chica no sabía con certeza lo que había pasado, ¿de verdad su suerte era tan mala como para que entre todas la eligiera justo a ella? No hubo tiempo de responder preguntas, fue llevada a empujones a otra habitación. Sin el menor de los reparos las chicas de servicio la desnudaron.-Anda niña, muevete rápido y coopera porque el rey no tardará en ir a buscarte.-Se había quedado muda, sólo sentía como las rudas mujeres clavaban sus uñas en los duros estropajos y con ello restregaban su debil cuerpo. Comenzó a ver las manchas rojas aparecer en su cuerpo por la violencia con la que era tratada pero sólo soltó quejidos en voz baja para no molestarlas más.
Cuando por fin lograron que ella oliera bien le deshicieron las trenzas y le peinaron el rojizo cabello de lado con las bonitas ondas que produjeron las trenzas.
Después se acerco una mujer de mediana edad con un cuenco con muchos frasquitos de cristal y unos cuantos pinceles. Sintió como le pintaba la cara y dejó que el pánico la recorriera, hasta el momento sólo había visto a las prostitutas usar ese tipo de pinturas en el rostro, se desanimó, eso era ella ahora.
Después le taparon los pechos con un diminuto trozo de tela de seda negra y lo mismo hicieron con su feminidad. Se sentía demasiado expuesta sin su viejo corset.-Al principe le gustan los cuerpos al natural, sin apoyos y ni cosas que aprieten.
Esa era la razón por la que sus senos se sentían tan libres, el constante roce con la suave tela oscura le estaba provocando cosquillas. Miro preocupada sus pechos al darse cuenta que sus pezones se encontraban erguidos, en parte por el frío y en parte por la excitación de la suave tela rozandole la piel. Alguien le pasó una pequeña bata algo corta que hacía juego con los otros retazos de tela que le cubrían.
Por último tomaron sus manos y con una especie de gel rasposo de las limpiaron hasta que quedaron exageradamente suaves.
-Listo niña, vámonos.- La volvieron a tomar con fuerza pero sólo la aventaron fuera de esa habitación, parecía que les urgía que se marchara, ni siquiera había tenido la oportunidad de verse en un espejo.
Ahí se encontraba Felipe, quien la escoltaría hasta el cuarto que compartiría con el príncipe. Caminaron en silencio un par de minutos y de paso pudo verse fugazmente en un espejo.
La ropa se le pegaba como una segunda piel y hacía que ella no luciese tan flaca y sin curvas. Incluso pudo vislumbrar una curva en su trasero y otra más ligera en sus pechos.
Felipe volvió a meterla a un cuarto sin mediar palabra y se fue, parecía que ella fuese sólo un objeto que arreglar y traladar.
Comenzó a caminar por la asombrosa habitación y encontró un espejo, se observó y quedó sorprendida. Esa mujer que le devolvía el reflejo no era ella en definitiva, pensó que se vería vulgar pero al contrario se sentía hermosa. Sus ojos azules se veían más grandes debido a la raya negra encima de su ojo, habían logrado que su nariz se viera aún más pequeña, si es que era posible y su pequeña boca estaba pintada de un color carmín que le hacía ver muy sensual.
Siguió observando la gran habitación de motivos rojos y dorados, con una cama de cuatro postes y una sala de cuero que a su poco saber le parecía elegante.
Se sentó en la cama y notó que las sábanas eran del mismo material que su ropa, pero de distinto color, eran muy suaves.
-¿Seguirás acariciando las sábanas o harás algo más productivo?-La voz del príncipe retumbó a sus espaldas y ella volteó a verlo espantada. Él estaba parado, recargado en el marco de la puerta cerrada, vistiendo su camisa blanca de lino, los estrechos pantalones oscuros y sus botas de punta negras, asimismo tenía sujeto a su cinturón su imponente espada. Él frunció el ceño al ver a la chica pararse de la cama y agachar la cabeza.-¿Eres la campesina?
Ella no respondió, se había quedado muda ante la belleza de dicho hombre, ya era la segunda vez que le pasaba eso. Siguió con la vista clavada en la alfombra y sin moverse escucho como el heredero caminaba hasta que las puntas de sus botas rozaron las puntas de los pies descalzos de ella.-Cuando te haga una pregunta quiero que respondas.-Le dijo con voz molesta.
-Sí, su alteza. Soy yo.-Se limitó a responder sin voltearlo a ver.
Daniel no podía creerlo ¿Quién era esa criatura tan bella frente a él? Su piel tersa se veía aún más blanca con el contraste de la tela oscura que le envolvía. Sus rizos rojos le rozaban la piel de la espada y especialmente un mechón que cayó sin propósito en el valle de sus senos le estaba volviendo loco. Deseaba verle el rostro.-Mírame.-le ordenó y ella al instante obedeció. Tenía mucho miedo y no quería desobedecerle.
El heredero rió entre dientes ante el estado de sumisión que ella demostraba. Tenía unos bonitos ojos azules enmarcados por espesas pestañas negras y pudo vislumbrar unas pequeñas pecas esparcidas en sus mejillas que habían intentado ser cubiertas sin mucho éxito.
-Bien, bien, bien.-Susurro, estaba emocionado cual niño en navidad, la desición de Felipe verdaderamente le había dejado impactado. No sabía ni siquiera por donde empezar.
Se sentó en la cama.-Quiero que te quites la bata, pero hazlo lentamente, quiero disfrutarlo.-Sus ojos no se despegaron de su rostro hasta que las temblorosas manos de la chica se acercaron al nudo que se aferraba en su cintura.
Se sentía muy confundida, el príncipe la miraba tan intensamente que sentía el calor recorrer todo su cuerpo hasta subir a sus mejillas y una extraña humedad mezclada con ligeras cosquillas se situaba en su feminidad, no entendía absolutamente nada. Aunque no era nada nuevo, debido a que en esa época muy poca gente tenía acceso a la educación y si hablábamos del aspecto sexual el grupo era aún más reducido.
El príncipe estaba muy inmerso en su propia excitación como para notar el estado nervioso de la chica que tenía adelante. Llevaba un par de minutos apreciandola. Su suave piel clara, tan difícil de ver por esos lares le tenía cautivado y sus suaves curvas eran muy diferentes a las de los pueblos que ahí estaban.-¿De dónde eres?-Atino a preguntarle.
Ella contestó frotando sus piernas entre sí para tratar de alejar la molestia entre sus piernas, pero esta sólo acrecentaba.-De los países fríos, su alteza, un poco más al norte.- Eso explicaba su piel pálida y su tomo rojizo.
Observó maravillado sus piernas, eran más gruesas de lo que sus anteriores harapos habían dejado entrever. Cuánto deseaba tomarla en ese momento, abrirle las bonitas piernas y pegar su oído a sus finos labios para reconfortarse con los sensuales gemidos que soltara.
Subió a sus caderas, que eran ligeramente anchas, no tanto como las mujeres a las que estaba acostumbrado pero sí más de lo que había podido imaginar. Su estrechísima cintura si fue algo que lo conmocionó, las mujeres que le rodeaban eran de torsos gruesos por naturaleza. Y podía apostar que los estrechos hombros de esta hermosa criatura podrían ser envueltos por sus manos gruesas.
Tenía muy poco busto pero el retazo de tela que tenía hacía ilusión de mayor volumen.
El príncipe se paró decidido y sin rozarla se dirigió a la mesita que tenía las bebidas alcohólicas.-Te servire algo, para que te relajes.-No era una pregunta, por lo que ella no dió respuesta. Sentía su corazón latir a mil por hora, y esa maldita incomodidad no se iba, nunca se había sentido así, tal vez eran nervios.
El príncipe volvió en un respiro y le entregó un vaso pequeño con un liquido rosado casi transparente. El de él era color ámbar muy oscuro. Observo fascinada como el enorme hombre bebía sin pausa de su vaso mientras la miraba. Ella no se animaba a tomar de el suyo por miedo ¿Pero a qué?
-Bebe.-Le ordenó y ella como un resorte obedeció.
Río entre dientes por segunda vez, definitivamente esa noche sería divertida.
-Quitame la camisa.-Le dijo mientras dejaba en vaso a un lado.
La chica se acerco sin hablar y comenzó a desabrochar los botones con la cabeza gacha, pero la mano del heredero en su barbilla hizo que levantara la cabeza. Tenía los ojos más oscuros que había visto alguna vez. Una vez desabrochado paso sus manos por los hombros y dejó que la camisa cayera al suelo. Madre mía, que torso tenía aquel hombre, quería pasarle la lengua por todas las hendiduras y acariciar su abdomen duro. Se sonrojo por sus pensamientos.-Ahora los pantalones, híncate.-La chica tardó unos segundos en obedecer pero lo hizo y con un poco de torpeza por sus uñas ligeramente largas comenzó a desabrochar el botón y bajar la bragueta, con ayuda del príncipe le bajo los pantalones y cuando el trabajo estuvo hecho ella se quedo sentada en sus talones. Dios, que deliciosa se veía desde ahí, quería que se la chupara ahora mismo pero no quería espantarla, haría algo que ambos disfrutaran para que ella comenzara a excitarse tambien.
La tomo de las manos y la levantó.-¿Alguna vez has sido besada?-Preguntó el príncipe y ella se apresuró a negar, sus padres y tutores siempre le habían dicho que sólo las mujeres de la calle hacían esas cosas.
Estaba muy nerviosa, continuaba frotando ligeramente su entrepierna porque esa molestia no se iba (y francamente también sentía rico al hacerlo).
El príncipe notó eso y sonrió maliciosamente, ella también lo deseaba. Para completar su plan de excitarla, la tomó de la cintura y la acercó a él. Ella lo miró embelesado ¿Había algún hombre más guapo en esta tierra que él? Por fin se acerco y beso suavemente sus labios al principio. Ella sintio la suavidad del beso contra sus labios pequeños y sin poder evitarlo lanzo un dulce gemido ¿Por qué había sido privada de tan tierna acción antes? Ella puso sus brazos en el cuello del príncipe con naturalidad y este apreto su delgado cuerpo contra él. El beso comenzó a subir de tono, él metió su lengua en la boca de ella para explorarla mientras sus grandes manos de piel apiñonada atrapaban su trasero.Ella gimió más audiblemente en medio del beso.
En un rápido movimiento el príncipe le dió la vuelta y la pego contra la pared, coloco las manos de la pelirroja pegadas a la pared y con desición tomo sus caderas pegandolas a su miembro erecto. Comenzó a frotarse.-Santo cielo.-Gimió él y una otra vez.
La joven pelirroja comenzó a notar humedad en su zona íntima, y no podía dejar de soltar suaves jadeos que sólo lograban poner más al heredero. El se acercó y comenzó a oler su cabello, olía a vainilla y eso lo tenía dulcemente mareado.
-Tu cabello huele delicioso.-Halago mientras una mano traviesa atravesaba en caricias su plano abdomen y se detenía en sus senos. Aún seguían tapados pero se podía sentir perfectamente la textura de la piel a través de la suave tela.
Cuando sacio sus ansías de acariciarla, se despego de ella y sin soltarla de la mano se sentó en la cama, dándose unos segundos para observarla de pie frente a él.
Se detuvo a admirar sus suaves piernas blancas que continuaban frotándose entre sí, se encontró a sí mismo divertido pensando en que tal vez estaba tratando de aliviar en paz su propia excitación.
Después admiro en conjunto su cintura y sus caderas que hacían juego a su vientre plano, su feminidad envuelta en seda. Ella inocentemente mantenía sus manos detrás de su espalda y miraba al piso sonrojada.
El cabello le caía desordenado en sus hombros y senos que subían y bajaban rápidamente a causa de los jadeos de sus labios que se encontraban rojos e hinchados ¿Quién era esa princesa de fuego que no se atrevía a mirarle?
-La seda te queda tan bien que no deberías vestir nada más nunca en tu vida.-Le dijo maravillado por la naturalidad con la que el material le envolvía.-Mírame.-Ella levantó los ojos y él se dió cuenta del brillo que tenían sus ojos, ella lo deseaba.-Ven aquí.-la tomó de la mano y la puso a horcajadas en sus piernas. Sus narices se rozaban.-Si me dejas, prometo darte la mejor noche de tu vida.-Le prometió y ella asintió.
Por primera vez en la noche ella hablo por su voluntad.-Sí, mi príncipe, haz conmigo lo que quieras pero calma el dolor de mi entrepierna.-Le pidió y para él sonó tan dulce que por un segundo se preguntó si de verdad le estaba pidiendo que le cogiera o si le estaba pidiendo que le diera un beso casto.
-Vamos a resolver eso bebé.-Le prometió dirigiendo sus manos a su espalda para deshacer el nudo de la tela que mantenía prisioneras al par que se moría por conocer. Los senos quedaron libres a la vista de él y antes de que ella se pudiese esconder, él se agacho a besar los rosados pezones que le saludaron ya erectos. Sus manos fueron por segunda vez en la noche hacía su trasero y se sorprendió gratamente cuando ella comenzó a frotarse suave y deliciosamente encima de su miembro. Ella lo hacía porque había descubierto que le disminuía la tensión ahí abajo. Se había quedado muda al ver que el príncipe le besaba los pechos como si fuese un caramelo que le encantaba.
-Me encantan.-Dijo y siguió con su camino de besos por sus hombros. La hizo levantarse para deshacerse de sus calzones. Y entonces la tuvo así, perfectamente desnuda frente a él, con un ligero rubor que cubría suavemente toda su blanca piel.
Se levantó junto a ella y como un depredador acechando a su presa camino hasta ella.-Príncipe, creo que me encuentro en una clara desventaja.-Dijo nerviosa pero algo juguetona.
El príncipe río entre dientes por su boxers aún puestos.-Paciencia,mi princesa, tiempo al tiempo.
El hecho de que el mismísimo príncipe estuviese tonteando con ella y le hubiese dicho princesa le tenía muy excitada.
Él gentilmente la acostó en la suave cama y tras una estela de besos picantes repartidas desde su mandíbula hasta sus caderas comenzó a dar mordiscos en éstas.-Me encantan tus piernas, quiero pasar la vida entera entre ellas.-Le dijo dejando besos en sus muslos.
-A mí me encantaría que lo hicieras.
El príncipe entonces le abrió las piernas a la dulce chica y le dió una acalorada vista a su centro, sin prisas, tomándose su tiempo.-Ya quiero enterrarme en tí.-Susurro frustrado.-Pero hay que prepararte.-Continuó.
Entonces pasó la cosa más alucinante, el príncipe lamió con ardor toda la hendidura de su intimidad y ella jadeo largo y tendido. Sus manos fueron instintivamente a atrapar las sábanas a sus lados para apretarlas y Daniel al percatarse de esto, tomo entre sus manos las de la chica más pequeñas y las enredo en su propio cabello. La chica comenzó acariciando suavemente los lacios y oscuros mechones pero a medida que las húmedas caricias del Príncipe se intensificaba sus dedos apretaban más fuertemente el cabello, tirando de el mientras gemía.
-Oh Dios, eso es, oh príncipe.-Gimió con los ojos apretados mientras la lengua del heredero se paseaba en un delicioso ritmo sobre su centro y sus grandes manos le apretaban los pequeños senos.
-Se supone que ahora debería usar mis dedos para dilatarte un poco mejor antes, pero no pienso profanar tu pureza con mis dedos.- Le susurró.-Tendrás que soportar un poco de dolor al principio.
Ella asintió, de verdad quería que el príncipe ya estuviera dentro de ella, cuando él subió hasta quedar a la altura de sus labios ella enroscó sus piernas al rededor de sus caderas de manera instintiva atrayendolo hacia sí para sentirlo más plenamente aún con los boxers puestos.-Ah...-Gimió la pelirroja por el constante roce de las caderas insistentes del heredero.-Por favor.-Pidió la señorita, sin saber muy bien qué era lo que quería.
-Suplícame.-Ordenó
Ella abrió los ojos desorbitada ¿qué se supone que tenía que decir?-Por favor, quiero...-Dejo la frase al aire y entonces el príncipe se dió por satisfecho.
Comenzó a bajarse los boxers y más de la piel bronceada de costumbre de esos lares se asomó, junto a un miembro hinchado y húmedo.
-¿Qué... Qué es eso?- Pregunto la chica que lo veía recostada desde la cama.
-Esto...-Hizo una breve pausa para volver a acomodarse entre sus piernas.-Es lo que te hará sentir mejor.-Le susurró y dió un largo lameton en su cuello haciendo que ella jadeara.-Princesa, al principio va a doler un poco pero después te acostumbrarás, confía en mi ¿Si?
-Confio en ti mi príncipe, pero por favor alivia mi dolor ya.- Le suplico acunando su rostro con sus manos y atrayendolo a ella para besarlo.
El príncipe acerco dos de sus dedos a sus finos labios y ella por inercia los abrió acunandolos en su cálida boca.-Chupa.-Le ordenó su príncipe y ella obedientemente rodeó su lengua y jugo con ambos dedos dentro de su boca.
Cuando él decidió que era suficiente lubricación saco los dedos y sin perder tiempo acarició la entrada de ella y su propia punta para humedecerlos más.-Estas muy húmeda y lista para mí.- gimió
Conecto con los bonitos ojos celestes de la chica y comenzó a entrar en ella despacio, los ojos de la chica comenzaron a lagrimear.-M-me... me duele.- Se quejo cuando el miembro por fin entró completo y tocó su fondo.
-V-va a pasar, confía en mí.-le dijo mientras disfrutaba de sus suaves y húmedas paredes rodeandolo y apretándolo suavemente.
Ella gimió cuando él comenzó con su vaivén, entrando y saliendo lentamente. Mientras tanto el príncipe se deleitaba con el movimientos de los pechos de la chica que subían y bajaban con cada arremetida.
Se apoyo con sus antebrazos a los costados del rostro de la chica, ella entrecerraba los ojos mientras gemía con necesidad.-El dolor se ha ido mi príncipe, me gusta... Me gusta.- El heredero sonrió ladinamente por tener a esa deliciosa chica debajo de él gimiendo. Ahora quería que le pidiera por más.
Le besó el cuello y cerca de su oído le dijo.-¿Quieres más, pequeña?-Ella asintió.-Necesito que me lo digas.
-S-sí... Ah... Quiero más.- Un nuevo calor bajo al vientre de él príncipe y con su mano derecha levantó la pierna de la chica y la puso al rededor de su cadera logrando entrar más profundo.-¡Ah!-Gritó la chica cuando una embestida especialmente dolorosa la atacó.
-¿Te dolió?-Le preguntó con preocupación.
-Sí.-Jadeo apretando sus ojitos
-¿Quieres que me detenga?
-No. Sigue.- Se aferró a su cuello. El príncipe dentro de ella tocó un punto sensible.- Mmmm...-Se mordió el labio y viendole a los ojos oscuros le dijo.-Ahí, otra vez.-Le ordenó y el príncipe totalmente excitado por ver a la chica tímida ordenandole mientras se la cogía le obedeció tocando ese punto de nuevo.
Al príncipe le costaba un poco mantener el contacto en la parte que ella deseaba en esa posición, por lo que desenrolló las piernas de la chica de sus caderas y salió de ella lentamente.
-¿Q-qué... Qué estás haciendo?- le preguntó ella cuando el deshizo el agarre que ella mantenía en su cuello.
Él sin decirle una palabra la tomo de la espalda baja y en un ágil movimiento le dió la vuelta y con ambas manos puestas en sus caderas la puso en la posición de perrito, ella por reflejo se apoyo en las palmas de sus manos. El heredero volvió a entrar en ella y fue consciente de que ahora sí estaba tocando plenamente el punto indicado cuando la ojiazul comenzó a gemir más alto. Seguía marcando el ritmo con las manos en las caderas de la chica y con el vaivén de sus propias caderas le empujaba con dureza.
-Aaah... ¡Dios! Sí, sigue sigue.-La chica gritó y por el espejo enorme que se encontraba encima de la cabecera de la cama pudo ver cómo apretaba más los ojos.
-Shh...- El heredero se inclinó y le silenció en el oído.-¿Quieres que todo el mundo escuche lo mucho que te está gustando lo que te estoy dando?
Ella no contestó nada, abrió sus ojos y viéndose a través de el reflejo notó un rubor cubrirle el cuerpo entero. El heredero se sentía cerca pero quería llegar en la boca de la chica, quería ser el primero. Por ello se inclinó y soltando las caderas de la chica llevó una mano a dónde ella sentiría aún más placer y comenzó a acariciar en círculos lentos pero insistentes que acompañaban el ritmo de sus embestidas, estuvo un par de minutos escuchando los gemidos de la pelirroja hasta que comenzó a balbucear.-Y-yo... no sé... Siento ¡Ah!
El príncipe sabía que ella no sabía que estaba a punto de llegar, se aprovechó de ello y apresuró ambos movimientos para que la pelirroja por fin tuviera su primer orgasmo.
Ella comenzó a sentir como la presión de su vientre incrementaba y el placer que sentía no hacía más que multiplicarse desmedidamente.
Lanzó un último gemido cuando se sintió ser lanzada al borde de una manera brusca y la parte más placentera de ese acto se hacía presente.
De pronto la humedad en su zona íntima fue muy evidente y el ardor en su zona íntima junto a el placer fueron disminuyendo lentamente mientras el príncipe continuaba con sus deliciosos movimientos.
El príncipe dejo que el temblor de las piernas de ella disminuyera antes de salirse de ella y sentarla suavemente en la cama. Él se paró frente a ella con su miembro aún erecto y muy necesitado.-¿Qué hago mi príncipe?-Preguntó ella deseosa de satisfacer a su príncipe como él lo había hecho con ella.
-Sólo abre tu boquita y esconde los dientes.- Ella sin saber muy bien cómo, obedeció. El príncipe metió su virilidad entre los labios de la pelirroja y tomando un puño de cabello entre sus dedos comenzó a guiarla en la actividad mientras que con la otra mano acariciaba la tersa piel de sus pechos.-Aaah... sí, lo estás haciendo muy bien pequeña, me encanta sentir tu boca rodeandome.-Le halago y la volteó a verla.
Eso fue su perdición, ver cómo con sus manitas se sostenía al colchón a sus lados para no perder el equilibrio, su carita sudada y sonrojada y sus enormes ojos azules viendole con curiosidad mientras sus rosados labios le rodeaban su miembro de piel morena le llevó al extremo, quiso poder separarse pero cuando se dió cuenta ya era muy tarde, se vino en su boca sin preguntarle antes si podía hacerlo.
Pero cuando ella lo trago sin decir nada él supo que no volvería a ser el mismo.
-Te enseñaré tantas cosas.-Un escalofrío le llenó el cuerpo a ella.-Serás sólo para mí, hasta que yo decida que te puedas ir.
Este no es el fin de esta historia, Daniel por supuesto le enseñó muchas cosas más para hacerla una perfecta compañera sexual, pero esos formarán parte de otro relato.
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