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Confesionesfeb 2025

Mi hembra y yo (Episodio 03)

La oficina era solo el preludio. Cuando cerraron la puerta del hotel, las barreras sociales cayeron con la ropa. Lo que empezó como un juego de miradas se transformó en una noche donde el deseo de tres se convirtió en la vorágine de cuatro.

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Episodio 03. LA GRAN VELADA - Memorable fin de semana

RAE. Velada: Reunión nocturna de varias personas para solazarse de algún modo.

Seguíamos avanzando con desenfado hacia ese mundo de elegidos donde disfrutábamos del sexo sin mayores preocupaciones que las de saber estar. Y, no menos importante, saber elegir a los apropiados compañeros de correrías. A mi hermano Pedro ya lo teníamos en la lanzadera, después de que Marga pusiera aquella primera piedra en el fallido tanteo, ahora podríamos dar un paso más, si planeábamos una emboscada lo suficientemente atractiva. Sospechábamos que el hecho de que Pedro se hubiese corrido a la primera sin que Marga le sacara la polla del pantalón, casi significaba su aprobación a futuras propuestas. Aquel día ni se negó, ni lo vivió como nada extraño, ahora tocaba dejarle claro, por si no lo tenía, que nada fue a mis espaldas, que en este juego no se aceptan traiciones.

En el trabajo, el mismo donde coincidimos con Greta y Juanpa, teníamos una compañera muy simpática y comedida en público. Ella era Maricel y, probablemente, ya habría oído las campanas del desenfreno en algún momento. Breve inciso de recolocación, nuestra empresa no era muy grande, ni muy seria en ciertos aspectos, se dedicaba a temas de ventas, puerta a puerta por todas las poblaciones de la provincia. El entorno, en sus bases, era muy divertido y promiscuo. Allí nos juntábamos sin ningún tipo de prejuicios homosexuales, lesbianas, bisexuales, heteros y vaya usted a saber. Ahora que hago balance, me doy cuenta de que en los 80 a nadie le importaba con quien se acostaba quien tenías al lado. Ciertamente, fueron tiempos de verdadera libertad, sin necesidad de reivindicar obviedades o gilipolleces. Nadie hacía bandera ni reclamaba medallas por sus gustos en la cama.

Volvamos con la estupenda Maricel. Ella era una morenaza muy guapa, pelo largo y rizado por la típica permanente de la época, excelente cuerpo, lindo culo y una tetas grandes, lo suficiente, no muy duras, pero sí vistosas. Con Marga había hecho buenas migas, ambas tenían 20 años, compartían cosas en común y, además, viajábamos en el mismo equipo. Eran dos hembras espectaculares en las que daba gusto recrear la mirada y que no pasaban desapercibidas. Solo recordándola se me está poniendo dura.

Marga en privado, en un instante de genial inspiración, le comentó a Maricel que si se apuntaba a un fin de semana de fiesta con nosotros y Pedro. Fue muy clara y directa. Le contó que necesitaba de su colaboración para poder follarse a mi hermano y que habiendo otra tía de por medio quedaría todo como más normalizado y la situación, en un principio, parecería más espontánea. ¡Vamos, le estábamos poniendo una alfombra roja a Pedro! Maricel escuchó la propuesta con atención, para a continuación soltar: "¿Y yo me tiro a tu marido?", a lo que Marga le contestó que era libre de hacer lo que quisiera, siempre y cuando le despejáramos el camino para su ataque. Le insistió en que no estaba obligada a nada, que con que saliéramos de escena pareciendo que íbamos al lío, era más que suficiente, que luego podíamos charlar, ver la tele o escuchar música... o lo que surgiera. Nuestra amiga esbozó una amplia sonrisa y selló el acuerdo con un simple "¡Vale!". Ya os había dicho que los 80 fueron otros tiempos y muy especiales.

Y llegó el sábado. Pasamos con el coche por casa de mis padres para recoger a Pedro y, a continuación, seguir a por Maricel que vivía en un pueblecito pegado a nuestra ciudad. Con todos los protagonistas al completo, enfilamos hacia nuestra playa favorita. La idea era pasar unas horas tomando el sol, bañarnos, comernos la tortilla de patatas que Marga había preparado e ir rompiendo el hielo, principalmente entre Pedro y Maricel que no se conocían de nada. Ni que decir tiene que mereció mucho la pena comenzar esta aventura así. La vista de las dos hembras en bikini resultaba algo delicioso, además, a Maricel nunca la había disfrutado así, por lo que en lo personal me lo estaba pasando muy bien. Las miradas de picardía entre los tres confabuladores y esos maravillosos rayos de sol sobre nuestras pieles, ayudaban a elevar la temperatura corporal y mental. ¿Cómo terminaría este día? Habría que esperar a la noche. En la sesión acuática todo transcurrió dentro de la normalidad, de hecho ni hubieron bromas ni indirectas más o menos eróticas, todos guardamos en secreto y bajo candado los pensamientos más profundos que pasaron por nuestras cabezas. Casi diría que nuestra conversación y comportamiento fue políticamente correcto. Fuimos perversamente buenos chicos.

Recogimos toallas, bártulos playeros y libidos para dirigirnos hacia casa, que por cierto no la teníamos muy lejos. Llegamos sobre las 6 de la tarde y aprovechamos para ducharnos y quitarnos el salitre de encima. Durante la cena ya comenzamos, entre risas, con las tonterías de rigor. Nuestro lado más picante, por fin, hacía acto de presencia. El ambiente se iba relajando con naturalidad hasta invitarnos, después de los postres, a entrar en nuestro cuarto del ocio. Nos acomodamos y seguimos la velada con música, juegos, bebidas y amena conversación a la espera de descubrir que nos deparaba el inmediato futuro.

Mi hermano se levantó para ir a buscar unas cervezas y pocos segundos tardó Marga en salir tras sus pasos. La caza había comenzado. Si todo iba según lo previsto, por un buen espacio de tiempo no íbamos a saber nada de ellos. Así fue, observamos a través del pasillo como entraban en el cuarto de invitados donde solía quedarse Pedro a dormir. Crucé una sonrisa de complicidad con Maricel y le dije que iría a por las bebidas, cuando regresé la invité, sin ningún pudor, a que si le apetecía podíamos ir a nuestra alcoba, que estaríamos más cómodos a la espera de acontecimientos y que no era necesario cerrar la puerta. Accedió sin mayor objeción, teníamos buenas vibraciones y sana confianza. Sabíamos que nadie iba a forzar situaciones indeseadas. Nos acomodamos sentados encima de la cama con las espaldas apoyadas contra el cabecero, mientras apurábamos nuestras birras. Marga y Pedro estaban justo en la estancia de enfrente. No voy a negar que la coyuntura en ese instante no resultara entre morbosa y divertida. Mi amada esposa tirándose a mi hermano a escasos metros y yo con una agradable morenaza filosofando sobre el bien y el mal, a la vez que mis pensamientos se retorcían entre la follada familiar de al lado y lo que le haría a Maricel si ella quisiera. Pura dinamita. Nuestra amiga estaba demostrando mucho caché y elegancia viviendo esta experiencia. Charlamos sobre el trabajo y banalidades varias, hasta que ella se animó a sacar a la palestra el tema estrella que nos hacía socios por una noche. Me comentó que le gustaba nuestra actitud ante el sexo, que para nada se escandalizaba de como lo afrontábamos y que por eso había aceptado la proposición de Marga. Le apetecía vivirla en primera persona y que no había nada que reprochar, su curiosidad se estaba saciando y no sentía ninguna incomodidad, al contrario, le parecía excitante este enredo en el que se había embarcado. Maricel estaba receptiva y diría que también húmeda. Fue la primera señal clara, a modo de invitación, que percibí de ella. De pronto, al fondo, un mágico y rítmico ruido de somier se marca un poderoso in crescendo de varios minutos acompañado de suspiros y gemidos que preceden a unos sabrosos alaridos finales que confirman que mi mujer se acaba de correr a lo grande. La conozco muy bien.

Nuestra amiga y yo, obviamente, habíamos dejado la conversación para prestar toda la atención al frente donde estaba la acción. Había que estar muerto para no excitarse. Maricel intrigada me pregunta que es lo que siento en ese momento. Ella confiesa que se ha puesto cachonda. Mi respuesta no se hace esperar y con la seguridad que me brinda, le llevo su mano hacia mi polla dura como una piedra. Maricel la palpa sin prejuicios mientras le digo: "Esto es lo que siento, lo estás tocando, una calentura bestial producida solo con dejar volar la imaginación". Ella responde con cierta dosis de pillería: "Un toque de realidad también puede estar bien, ¿no crees?" y bajando la bragueta, liberó mi tranca prisionera para comenzar a acariciarla y juguetear mimosamente con ella. Estoy en órbita. "¿Marga no se enfadará?", me interroga. Con la mayor delicadeza y todo mi respeto, sujeto su cabeza y la aproximo al protagonista erecto que espera con ansia esa mamada que va a suceder. ¡Qué ricura! Chupa y chupa... y chupa, es otro estilo al de Marga, pero no está nada mal, solo le falta un poco de sabiduría y la práctica que mi mujer ya tiene conmigo casi a diario. Nada que objetar, es una buena mamada para una hembra joven que no tiene pareja habitual y para la que el sexo era algo ocasional en aquellos días. Su pasión turca estaba en plena gestación. Siempre la vamos a recordar con cariño. Mi polla llenaba su boca y mi otra cabeza estaba pendiente de la otra pareja. Suponía que en cualquier momento podrían salir y vernos en plena faena. Incluso, quizás, termináramos los cuatro en el mismo charco. Ay, mi tórrida mente. Maricel seguía con su espléndido paladeo y la ayudé a terminar de quitarme los pantalones.

Allí seguían encerrados los cuñados. Se podía oír su ininteligible conversación entremezclada con risas que confirmaban que todo marchaba a la perfección. A la vista quedaba que Marga y Pedro solo se estaban tomando un respiro para afrontar otro asalto. Debo confesar que soy, por lo general, de previos extendidos, pero de una única corrida, suelo aguantar aceptablemente e intento siempre satisfacer a mi pareja, pero cuando me voy, mi calentura tarda en regresar un par de horas, si regresa. Está claro que esto no son matemáticas y hay excepciones (y situaciones, y sustancias) que pueden hacer que mi excitación no decaiga durante muchas horas en una sesión, pero esto es otra historia.

Decidí centrar el interés en mi solícita Maricel, mi mujer ya me contaría con detalle sus avatares con mi hermano y sería como una bola extra. Nos desnudamos totalmente y aunque en la playa había tenido un aperitivo en bikini, ahora sí podía certificar que estaba con una hembra de bandera. Aún no comprendo lo sencillo que fue todo con ella, pero mira, a veces las cosas aparentemente más complejas viajan sobre railes perfectamente engrasados y solo te tienes que dejar llevar. Eso hice. Como ya comenté, tenía unas bonitas tetas un poco más grandes que las de Marga, no duras, pero sí bien plantadas y con unos pezones prominentes, rodeados de unas aréolas rugosas, oscuras y bien delimitadas. Unos pezones que, mientras nos morreábamos a discreción, crecían y se endurecían con el delicado tacto de mis dedos. Una de sus manos seguía entretenida manteniendo mi polla bien erguida. Con la lengua, recorrí su cuello hacia abajo hasta hacer un alto en esas maravillosas tetas empitonadas, era muy placentero mordisquearle los pezones y así estuve un buen rato, devorándola entre deliciosos bocaditos y chupetones que ella recibía con complacencia. El viaje debía continuar hacia el destino final, nobleza obliga y su mamada tenía que ser correspondida, así que sin prisa, pero si pausa, seguí recorriendo su cuerpo para posar con suavidad mis labios en su ombligo, lo humedecí y alargué mi paseo lingual hasta sus ingles, pasando por su vientre. Maricel abrió bien sus piernas para mostrarme el paraíso. Mi cabeza se encajó entre sus muslos mientras mis manos se asían a su cintura. No os voy a mentir, me encanta comer coños. Me encanta su sabor. Me encanta su olor. El pelo en su monte de Venus lucía abundante, negro, rizado, bien cuidado y recortado refinadamente. Los labios exteriores eran grandes, alargados y bien visibles. Al llegar hasta ellos y comenzar mi degustación, Maricel agarró mi cabeza y comenzó a marcar el movimiento de mi comida de coño. Sus pequeñas convulsiones acompañadas de moderados gimoteos de placer iban electrificando el ambiente. Mis lamidas continuaron en progresión y fueron conquistando la entrada de su vagina y su espectacular clítoris. Cada vez que mi lengua contactaba con él, notaba como Maricel presionaba con más fruición y sus gemidos ganaban en intensidad. Mi polla era un misil a punto de estallar. A la vista de su disfrute y actitud colaborativa, seguí con vehemencia mi trabajo oral a la vez que Maricel incrementaba sus muestras de placer. Era excitante comprobar como se estaba dejando ir con la naturalidad de la que se siente segura en sí misma. No me detuve. La atmósfera fluía cristalinamente morbosa. Espasmo tras espasmo, gemidos entrecortados de mi amiga que se mezclaban con los de Marga follándose a Pedro en el otro cuarto, todo era un popurrí de calientes y vibrantes sensaciones hasta que Maricel, retorciéndose de gusto, lanzó un fuerte, pero reprimido y tímido súspiro que indicaba que se había corrido con mi sabrosa mamada. Aprovechando que su coño estaba empapadísimo, me situé encima y ella intuyendo lo que buscaba, levantó un poco la pelvis para que la penetrara, cosa que sucedió con suma facilidad. La clavé hasta el fondo dentro de un mar de densos fluidos. Maricel atrapó con sus piernas mis caderas y comencé eufóricamente mi mete y saca. Con mis manos apoyadas en la cama, levanté mi torso para poder contemplar las tetas y la expresión en el rostro de ella mientras seguía metiéndosela con el arrebato de quien folla por primera vez. Su cara de placer lo decía todo. Sus bellos ojos cerrados y sus dulces jadeos me posibilitaron una larga y rica eyaculación. Con su complicidad, mantuve mi polla dentro, en silencio, hasta que su flacidez nos recordó que era el momento de desempalmar. Cuanto bien hizo la píldora en los 80.

Me levanté y comprobé que Marga y Pedro estaban en un momento de aparente calma chicha o incluso que ya podrían haber terminado. Miré a Maricel y le pregunté: "¿Quieres que hagamos un cambio?", añadiéndole como medio en broma: "¡Así estarás en igualdad de condiciones con Marga y nos habrás follado a los dos hermanos! ¡Menudas conversaciones vais a tener en el curro!". Ni corta ni perezosa me dice: "¿Y cómo lo vamos a organizar? Ya que estamos aquí, a mí me parece que merece la pena probar la experiencia". Madre mía, pensé, ni en mis mejores sueños he vivido una situación así.

Dejé pasar unos minutos de cortesía. Salí al pasillo y arrimando mi oreja a la vecina puerta percibí que estaban de conversación. Entendí que ya habrían hecho sus deberes. Tiré de la manilla hacia abajo, abrí un poco, lo justo para asomarme, y allí estaba mi mujer, desnuda y de espaldas, cabalgando con detenimiento y dulzura a mi hermano. Este tenía la cara en dirección a mí, me observó con cierta reserva, pero sin ningún extraño sobresalto por estar en ese momento ensartando con la polla a su cuñada. Marga, encantada, giró la cabeza sin parar el suave vaivén en el que estaba inmersa y su mirada, que para otros hubiese sido de zorra viciosa, para mí fue de sagrada connivencia e inmaculado placer. Sobraban las palabras, era lo que estábamos buscando desde hace tiempo. Nos estábamos estrenando con otras parejas y era nuestro bautizo de fuego. Ya habría tiempo de sacar conclusiones. Mi verga se vino de nuevo arriba sin ningún esfuerzo con lo que acababa de comtemplar.

Cuando volví con Maricel, solo habían pasado unos minutos, que para mí fueron toda una maravillosa eternidad. Seguía con mi polla bien dura, di tres pasos, me acerqué al borde de la cama y ella, tumbada hacia el borde del colchón, sin preguntar nada, me sujetó el miembro para llevarlo a su boca. Allí estaba, de pie, recibiendo mi segunda mamada de la noche. Ahora mi querida amiga se estaba superando. Metía y sacaba la polla a su aire, era una gozada sentir sus labios, las lamidas de su lengua. Era hora de dejarse llevar y que ella fuera a su libre albedrío. Mientras Maricel chupaba con ganas, yo me recreaba con la agradable visión de su espalda y su suculento culo. Maricel era preciosa y estaba bien proporcionada en todo su cuerpo. ¡Cuántas veces en el trabajo elucubré con verla así! ¡Va a ser verdad aquello de que cuando deseas algo con verdaderas ganas, terminas consiguiéndolo! La realidad se imponía. Dios, por momentos, Maricel estiraba mi pellejo hacia atrás, buscando los límites de mi frenillo, dejando todo el glande a la vista para pasar la lengua por todos los recovecos que quedaban expuestos. Nada que alegar. Disfrutando plenamente de la felación, mis pensamientos volaban tramando colocarla a continuación a cuatro patas...

La entrada de mi mujer a nuestra alcoba me sacó de la ensoñación, pero nadie se inmutó. Maricel aparcó su glotona mamada a la vez que Marga comentaba: "Perdonad, creía que habíais terminado". Iba solo con la braguita. "¿Cómo ha ido la cosa? Por lo poco que he visto me ha parecido que estupendamente", le solté de buen rollo, añadiendo: "Por aquí, todo en orden, hemos pegado un polvete bien rico y ahora estábamos haciendo tiempo". Mi polla había entrado en el grado de morcillona. Es un estado que me produce mucho morbo porque no saben si vas o vienes. Nuestra amiga nos escuchaba divertida y totalmente integrada en el complot. Marga se sentó al lado del rostro de Maricel que permanecía tumbada boca abajo, pero ya sin mi rabo en su boca. Apoyó su mano de manera cariñosa sobre el muslo de mi mujer espetándole: "¡Cuenta, cuenta! Marga se arrancó: "Cuando él se ha asomado por la puerta, iba camino de mi segunda corrida. La primera ha estado muy bien, se deja manejar y si sabes llevar la voz cantante le puedes sacar partido. Tiene la polla, más o menos, como Víctor y es delicado en todo su comportamiento. Si a eso le sumas el morbo de la situación, de que es mi cuñado, de que mi marido está aquí presente y con grata compañía, pues que quieres que te diga... chorreo solo de pensarlo". Continuó: "Me he corrido dos veces y ambas arriba de él. Es curioso, en la primera se ha ido a la par que yo, he notado como lanzaba su leche dentro con fuerza, pero he optado por dejar su polla en el interior y no se le ha bajado ni por un segundo. La tenía tan dura como si todo comenzara de cero". Era evidente que mi hermano tenía unas ganas locas por follársela desde siempre. Entiendo que él sentiría la misma lascivia que nosotros ante este trance. Ninguna reprobación. Somos animales racionales, pero al fin y al cabo, animales también.

Marga sigue: "Nos dimos un margen de tiempo prudencial, con cháchara ligera, permitiendo que me sobara las tetas como quisiera, besuqueo, pero sin sacarla en ningún momento. Y seguía esplendorosamente empalmado. Era evidente que quería guerra y para que mentir, llegados a este punto, a mí también me apetecía que me zumbara un rato más". Maricel y yo no perdíamos detalle del relato con que mi mujer nos estaba obsequiando. Apreciaba su sinceridad y comencé a ser consciente de que nuestra relación como pareja crecía con seguridad y aplomo, rumbo a convertirse en indestructible. "Cuando has abierto la puerta -prosigue-, me lo estaba cabalgando despacio y relamiendome de gusto, pero he decidido acelerar el desenlace para volver con vosotros por si pasaba algo anormal. Sin bajarme, me he pegado a él, incitándolo a bombearme duro con un enérgico mete y saca en el que él rápidamente ha cogido las riendas. Sus manos apretaban mis nalgas como si fueran de su propiedad. Me clavaba su verga hasta el fondo con un poderoso ímpetu para retroceder, acto seguido, con una pasmosa lentitud. Apuraba tanto la marcha atrás que notaba como su glande jugaba con mis labios internos, dando la sensación de que se iba a salir, pero no, solo era el preludio de otra empotrada con la fuerza de un volcán. Sus movimientos eran premeditados y diseñados para llevarte sin contemplaciones al orgasmo. Estaba recibiendo más lo que esperaba en un principio". Maricel, cada vez más interesada en el tema, interviene: "Oíamos desde aquí tus gemidos". Asentí con la cabeza, mientras mi polla volvía a estar empalmada. "Pues queda la explosión final -se anima Marga-. Me estaba follando ricamente, cuando noto como uno de sus dedos comienza a acariciar superficialmente mi ano. Lo dejo hacer. De vez en cuando baja esa mano hasta la vagina para ir lubricando sus yemas. En uno de sus regresos, ya procede con decisión y comienza a introducir con delicadeza, poco a poco, su corazón en mis entrañas. Entre metida y sacada de polla, voy empinando mi culo para facilitar su perforado. Un leve dolor, da paso al placer sin prejuicios. Verga y dedo trabajan en equipo. Cuanto más me incrusta su dedo en el culo, más cerca del cielo estoy. Me corro a lo grande mientras él con brutas empotradas hacia arriba me remata y se remata en una hermosa corrida plagada de convulsiones. No me extraña que mis chillidos de yegua en celo llegaran hasta aquí -ríe a carcajadas-".

"Bueno, le he dicho que iba un momento al baño, pero si quieres -dirigiéndose a Maricel- me quedo con Víctor, entras tú y vemos como responde a la sorpresa. Ya me lo he follado, que es a lo que íbamos, lo que no quiero es que se encele conmigo y para evitar equívocos, por supuesto, no voy a dormir con él. Querida, te has enrollado de manera increíble con nosotros y la fiesta es para todos. Tú eliges: vas a la aventura, te quedas aquí con nosotros o te llevamos a casa, eres nuestra invitada de honor y puedes hacer lo que te apetezca". Nuestra amiga, sonriendo, se puso sus braguitas negras y se levantó, la verdad es que lucía formidable. Me sentí muy afortunado. "Nunca me he tirado a dos tíos en una noche y menos que fueran hermanos. Si tú has podido con tanta naturalidad, teniendo a tu marido presente, ¿quién soy yo para no probar una oportunidad así? -sentenció Maricel-". Nos miró como quien se embarca en una cruzada y enfiló en dirección al ojo del huracán. Se introdujo en el cuarto de Pedro sin llamar. Esa noche no volvió a salir.

Por darle continuidad a la interrupción con Maricel, le pedí a mi mujer que se quitara las bragas y se pusiera a cuatro patas. Me preguntó si quería que se fuese a lavar, pero no era el momento de andar con tontos remilgos. Comprobé que aún se deslizaba por los muslos algo de leche de mi hermano entremezclada con sus jugos vaginales. ¡Qué más da! Su coño era un canto a la libertad, a la alegría y al placer. Le clavé mi polla con todo el alma en esa caverna lubricada hasta la saciedad. Mientras me la follaba con dulzura en esa maravillosa postura perruna, no podía dejar de pensar en que era nuestro estreno con otras personas. Y no había remordimientos, solo prevalecía la excitación. Mi mete y saca iba acompañado del correspondiente interrogatorio motivado por la curiosidad y la lascivia. Mi mujer, entre suspiro y suspiro, iba confesando al detalle, y con agrado al recordarlo, lo sucedido con Pedro. Me encantaba oírla relatar su follada y estoy convencido de que a ella le ponía, y mucho, ver como me calentaba. ¡Todo buena química compartida! Desde mi privilegiada posición disfrutaba de una buena visión de su ano aún dilatado. Tentado estuve de meterle la polla y no el dedo, pero resistí el impulso porque estaba realmente a gusto empotrándola así. Mientras la bombeaba con ganas a lo perruno, comencé a frotar su clítoris con intensidad. Ahora ya no hablaba, sus palabras dieron paso a los gemidos, era su tercer orgasmo de la noche. Me fui casi a la par. Me corrí primorosamente con esta nueva experiencia y para nada sentí que los estúpidos celos se apoderaran de mí. Nos dormimos ajenos a lo que sucedía entre Maricel y Pedro.

Llegó el domingo. Íbamos camino del mediodía, mi mujer se levantó y, como era habitual en ella durante el verano, se puso las braguitas y el camisón de estar por casa. Recuerdo que era celeste, estampado con detalles blancos, con tirantes, rozando la transparencia, suave al tacto y por encima de las rodillas. Estaba tremenda así, pero no se lucía de forma premeditada, se comportaba con la espontaneidad de quien está en su casa y rodeada con gente de confianza. Obviamente, después de la pasada velada nocturna, familiaridad tenía que haber de sobra entre todos los protagonistas. Me dijo que se iba a asear y que a continuación se iría a la cocina para ir preparando algo de comer para todos. La vi salir, mientras me relamía con mis alborotados pensamientos.

Acto seguido, me vestí simplemente con mis pantalones cortos y salí hacia el salón. La puerta de Maricel y Pedro aún estaba cerrada, pero mi hermano se encontraba en el balcón, apoyado en la barandilla y mirando el paisaje que tenía ante él. También estaba en pantalón corto y con una camiseta de los Cure. Intuyo que su cabeza sería una batidora de dudas razonables y explosivas sensaciones. Con una gran sonrisa le di los buenos días y me coloqué a su lado. Rematé con un: ¿Cómo has pasado la noche? Una pregunta que en cualquier otro momento podría haber sonado de lo más protocolario, pero claro está, se lo estaba preguntando a una persona que se acababa de follar a mi mujer y luego a su amiga. Lo cierto es que no me di ni cuenta, pero, insisto, lo hice con toda la ingenuidad del mundo y del que no siente que haya pasado nada antinatura. Pedro, distendido, sintonizó con rapidez la buena onda que había. Me informa que Maricel sigue durmiendo. Ríe y comenzamos charla a modo de cachondo balance.

Es un eufórico libro abierto comentando pasajes que ya Marga me relató, tan abierto como los coños que se encontró durante la noche anterior. Le veo satisfecho y me confiesa que había soñado muchas veces con follarse a mi mujer, que desde que nos casamos la tenía enfilada en sus pensamientos más húmedos, pero que jamás pensó que tendría una oportunidad así y de manera tan sencilla. Me dice que la follada con Maricel ha estado estupenda, pero nada que ver con lo vivido con Marga. Piensa que mi mujer folla mejor y, además, tiene el morbo añadido de ser su cuñada, que no sabe como explicarlo, pero que es lo que siente y no me va a engañar, ni se arrepiente. Se suelta y me rememora como se corrieron dos veces sin que ella lo descabalgara, que si no es por mi aparición, se hubiese quedado con ella hasta que no se le levantara más. Lo escuchaba sin inmutarme, pero comprendiendo perfectamente la situación. Cualquiera habría hecho lo mismo y con mis cabeceos de afirmación, le estaba dando mi aprobación y limando cualquier duda que mi hermano pudiera tener. A estas alturas, tampoco creo que fueran muchas. Por mi parte, reivindiqué mi buen polvo con Maricel y le facilité toda la información que me solicitó. Ambos coincidimos en que éramos unos afortunados de tener dos hembras de bandera con tan buena disposición y que para guinda les gustara de verdad el sexo. Es más, me reveló que hasta ayer solo había follado una vez con otra tía. Pensé, joder, este tío ha sido casi un estreno para Marga y Maricel. Pienso que todos estábamos con zapatos nuevos. Éramos muy jóvenes.

Mi verraca cabeza se ilumina de colores cuando Pedro me dice que va a la cocina a beber un poco de agua. Con cierta maldad le suelto que por mí no hay prisa, que estaba muy a gusto al fresquito en el balcón. Él no sabía que Marga estaba allí, sin embargo, yo sí era consciente de lo que se iba a encontrar, pero no de que sucedería a continuación. Que fluya el cosmo y que pase lo que tenga que pasar. Creo que ya lo he comentado, pero no me importa repetirlo, mi mujer, en los veranos de aquella época, con ese camisón cortito y transparente con el que se movía por casa, era un jodido y puto cañonazo. La de veces que me la habré follado por pura inercia irreprimible con solo verla así. Si eso me ocurría a mí, que la tenía bien vista, ¿qué pasaría con Pedro al descubrir ese hermoso cuadro que le regalaba su adorada cuñada?

Pasó lo que tenía que pasar, todo lo contrario hubiese sido anormal. Marga estaba a lo suyo delante de la cocina cuando nota, no sin cierto sobresalto inicial, que Pedro se pega a ella y la agarra por la cintura. Mi mujer es consciente de que este fin de semana hay barra libre para los instintos y deja que mi hermano, en esta ocasión, dirija el guión a su antojo. Ella ya lo gobernó la madrugada pasada y era de justicia el cambio de papeles. La atrajo bien apretada hacia él, sin soltarle la cintura le comía el cuello con deliciosas lamidas y mordisqueos que de vez en cuando terminaban en los lóbulos. Una vez confirmado que no hay rechazo, las manos de Pedro trepan con suavidad y astucia por fuera del camisón hasta alcanzar las pequeñas y duras tetas de mi mujer, el gustoso magreo para ambas partes es inevitable y encima el acceso a un palpamiento directo de los empitonados pezones es muy fácil a través de la parte superior donde solo dos finos tirantes sostienen la sencilla prenda. Mientras disfruta de como le toca las tetas, comienza a sentir en su trasero la generosa erección de la polla de su cuñado. Aún no han cruzado ni una mirada. Ella pasa su mano hacia atrás para acariciar con mimo la empalmada verga, así que Pedro decide desocupar una de las suyas y llevarla hacia el monte de Venus, palpa brevemente por fuera e inmediatamente la mete por dentro de la braga. Juega, por un instante, con sus dedos y los labios de la vagina hasta que comienza a meter un par de dedos dentro del coño que son bien recibidos por mi mujer. Marga es un motor de gasolina y se prende con rapidez. Para mí es una virtud en cualquier hembra que se precie de tal. No solo vienes a este mundo para parir.

El tacto de las yemas de los dedos, dentro y fuera, está haciendo su labor a la perfección. El intrépido coño rezuma bien empapado, aparecen los gemidos placenteros y cuando le frota con pasión, comienza a estar cerca del clímax. Es consciente de que la tiene encandilada. Ante ese momento tan propicio, Pedro se recrea variando la intensidad de sus movimientos clitorianos combinados con cortas introducciones en la vagina. Ella se deja llevar en este caliente baile y si quisiera, se corría ahora mismo, está a punto de caramelo, pero, por fortuna para Pedro, mi mujer no es de las que dejan a medias y sin premio a quien comparte, con clase, confianza e intimidad. Marga frena su inmediato deseo de alcanzar el culmen y se gira hacia mi hermano para comenzar un interminable morreo acompañado de mutuos tocamientos por todo el cuerpo. Hace rato que ha apagado el fuego de la cocina para centrarse en el otro incendio provocado. Se arrodilla, le quita con facilidad el pantalón a Pedro y allí vuelve a tener a la luz del día, bien tiesa y lubricada, la polla que cabalgó horas atrás y que tan deliciosamente la complació. Toca mamada y sé por experiencia personal que la disfruta tanto, quien la hace como en este caso, como quien la recibe. Marga no tiene que retirar el prepucio hacia atrás, el lustroso glande que va a comenzar a devorar ya está bien visible. Tras dedicarle unas suculentas lamidas de inspección por toda su extensión, se entretiene con la lengua en todos los recovecos del balano, relame, sin prisa, el frenillo y la corona. Nota las desesperadas palpitaciones de la polla y eso la pone más cachonda. Marga siempre me ha confesado que el ritual de comerse una verga le gusta y mucho. Chupar un músculo flácido o morcillón, contemplando como consigue, con su pericia, hacerlo crecer en toda su inmensidad hasta ponerlo duro como una roca es algo que la excita y forma parte de su sexualidad. No tenemos secretos infantiles en nuestra convivencia diaria. También es cierto que en nuestras aventuras le cuesta mucho encontrarse de inicio con una polla que no esté ya tersa y empinada hasta el cielo. Sin duda, en ese gusto somos almas gemelas, a mí me apasiona comer coños y a ella, pollas. Volvamos a la cocina. Marga le está dando un buen repaso a la polla de su cuñado, la recorre lentamente hasta el final, se agacha un poco más para alcanzar unos huevos que mordisquea con cuidado y vuelve sobre sus pasos hasta la punta para, por fin (pensaría, Pedro), meterla toda en su boca. Nota el saborcillo de ese fluido precorrida que todos los hombres eyectamos cuando vamos a mil. Mi hermano sujeta la cabeza de Marga para ayudarla a introducir su polla lo más profundo que se pueda. Ella le permite cinco o seis embates de entrada y salida, fuertes, pero con dulzura. También es consciente de que si siguen con esa dinámica, el desenlace está muy próximo y ella no va a consentir que este asalto mañanero a traición termine así, con una pueril corrida de leche en su cara y su rajita, a medias, calando toda su entrepierna. Se levantó y comenzó a compartir, lengua con lengua, el sabor de la polla con su propietario.

Plegados a una desatada comida de labios y a una recíproca sobada voluptuosa, el acoplamiento entre cuñados se antojaba inminente. Marga, con un pequeño respingo hacia atrás y ayudada por Pedro, se acomoda en la encimera dejando parte de sus nalgas sobresaliendo del borde. Sus piernas abiertas son toda una invitación. Mi hermano sujetando las pantorrillas de ella, las sube con cuidado hacia arriba mientras mi mujer retira hacia un lado la parte de la braguita que cierra la puerta al acceso más deseado. Pedro no necesita más señales y su flamante polla ya conoce el camino de sobra. Marga, cooperadora, simplemente la enfila para que mi hermano se la clave sin dilación hasta las entrañas. La victoriosa penetración la dirige él. Todo está perfectamente lubricado y como se merece la situación. Las metidas y sacadas de verga en una vagina que diluvia son el merecido premio al descaro de todos los implicados en esta velada. Mi mujer, debido a la postura, se magrea el clítoris con los dedos a la par que sigue recibiendo el entusiasta bombeo de Pedro. El tiempo se ha detenido. La cocina huele a sexo de alto octanaje y está en plena ebullición. Yo, en el balcón, sentado al sol, ya soy consciente de que mi hermano no va a volver con el agua. No me importa nada. Me dejo llevar por pensamientos placenteros. Mi polla se ha levantado en pie de guerra, está muy dura e impaciente, la acaricio para tranquilizarla. Pienso, ya tendrás tu chance protagonista, paciencia. Lo sé, puedes pensar que soy un cornudo, la media mediocre es de tu opinión. Sin embargo, me siento un elegido al poder disfrutar de la sexualidad como dictan los instintos de mi cabeza, sin prejuicios, sin prohibiciones y sin recato. Soy libre y, no te equivoques, muy normal. Sé que hay quien me entiende.

Pedro, con vehemencia, no para de empotrar sobre la encimera a mi mujer, la tiene bien cogida por la cintura y con cada empuje dilata más su generoso potorro. La está llevando a las estrellas, él lo sabe, y cuando siente que Marga comienza a correrse, acelera con vivacidad el tempo de su mete y saca en esa caverna con la que tantas veces soñó explorar. La descarga de ambos es inevitable entre gemidos ardorosos, gritos evocadores y eléctricas convulsiones. Marga, satisfecha, se está relamiendo con pequeños suspiros del reciente orgasmo alcanzado mientras permite los bombeos finales de un Pedro jadeante y extasiado que termina por expulsar hasta la última gota de leche disponible para esta sesión. Todo ha saltado por los aires en esta luminosa mañana.

Cambio de planes. Mi hermano decide no quedarse a comer y así se lo hace saber a Marga con una trivial excusa. Aprovechando que Maricel ya se había despertado y se encuentra en el aseo, cogió lo poco que tenía en el dormitorio y sin más se marchó para casa de mis padres, según él, había quedado con ellos y no se acordaba. Siempre he pensado que, quizás, ante lo vivido en las últimas horas, se le hacia un poco violento sentarse a la mesa con nosotros tres. Una tontería, sí, y máxime cuando no hacía nada que había tenido ensartadas con su verga a Marga y Maricel. Vamos, no sería por falta de confianza. Haciendo balance a día de hoy, no creo que en su vida se haya visto en una ni igual ni parecida. En menos de 12 horas se había corrido cuatro veces con dos tremendas hembras. Tres con su cuñada y una con Maricel. Y como guinda en el pastel, su hermano, yo, como notario de lujo. Eso sí, sé de buena tinta que la experiencia le gustó, pero eso lo confirmaréis más adelante.

La comida transcurrió por cauces amigables, distendida y con guiños picantes a todo lo sucedido. Los tres nos sentíamos muy reafirmados con haber sido cómplices en esta fantástica trama que hasta ahora había superado con creces todas las expectativas. Confesamos sin pudor nuestras sensaciones y nuestras acciones. La conversación cruzó más allá de lo meramente erótico. Entramos en los detalles más íntimos con la discrección de aquellos que están plenamente convencidos de sus actos y que tienen la conciencia limpia de necias culpabilidades. Maricel dejó caer que cuando ella entró como segundo plato (nos hizo gracia la comparación), Pedro ya parecía bien servido y con la cabeza aún puesta en el potorro de Marga. Normal que le diera más morbo follarse a su cuñada, pensé. También reconoció que ella prefirió hacerlo conmigo por la misma razón, era el marido de su amiga y así todo quedaba en casa. Risas. Sabedora de que me iba a encantar, mi mujer dejó para la sobremesa su inesperado escarceo matutino en la cocina. Su relato fue muy minucioso y con adornos para el disfrute, lo gozaba, sin duda, y no escatimó ningún pormenor por escabroso que pudiera parecer. Maricel y yo, con las orejas bien tiesas y los ojos abiertos como platos, fuimos todo oídos de su explosiva narración. Recuerda que éramos jóvenes inocentes a la búsqueda del despertar de los sentidos.

Serían las 4 de la tarde cuando por fin nos animamos a ir cerrando la tertulia. Me ofrezco, en un acto caballeroso, a retirar la mesa y fregar los cubiertos. Ellas aceptan encantadas y siguen con su cháchara. Ya en la cocina, enfrascado en mi labor doméstica y con el ruido del agua fluyendo a través del grifo, no puedo evitar rememorar todo lo descrito hace unos instantes por mi mujer. Miro hacia la izquierda y la imagino como una diosa subida a esa encimera que tengo a la vista, siendo penetrada por mi hermano con el desenfreno de quien está cumpliendo con uno de sus sueños más húmedos y deseados. Se me está poniendo muy morcillona la polla. Es increíble hasta donde te puede llevar el poder de la mente. Los caminos de Dios son inescrutables. Cambio de frecuencia, y además estoy terminando mi fregada. Todo me queda más reluciente que una patena. Así le deben haber dejado la verga a Pedro mi querida Marga y la maravillosa Maricel este fin de semana, pienso esbozando una sonrisa.

Salgo de la cocina con mi compromiso cumplido y cuando llego al salón las chicas no están. Tampoco en el balcón. Imagino que se han ido a sus cuartos a dormir la siesta y más después de lo ajetreado que llevamos estos dos días. Desde el pasillo observo que la puerta de nuestra alcoba está abierta y hacia allí encauzo mis pasos. ¿Qué os había dicho hace un rato?: "... esta fantástica trama que hasta ahora había superado con creces todas las expectativas". Te destaco el "hasta ahora" porque cuando lo escribía ya conocía lo que viene a continuación. La realidad, lo sabéis, siempre supera cualquier ficción. Ahora sí que podemos confirmar que estábamos sobrepasando el listón más alto de nuestras pretensiones. Ni de lejos esperaba este colofón cuando planificamos nuestro erótico plan de fin de semana.

Maricel y Marga, totalmente desnudas y abrazadas de rodillas en el centro de la cama, se estaban morreando con una pasmosa efusividad. Rápidamente fueron conscientes de mi presencia, pero como muestra de aprobación ni se inmutaron. Decidí quedarme en el umbral de la puerta disfrutando de ese fastuoso espectáculo. Esto si que no lo esperaba, dos mujeres preciosas, sinceras, abiertas y con ganas de meneos, ahí, a menos de dos metros de mí. A mi disposición. ¿Quién no ha deseado alguna vez un trío así? Sí, estar follando con dos tías a la par. Creo que es una fantasía recurrente en la mayoría de los hombres, sobre todo en aquellos que van de "puro machito". ¡Habrá que probar! Nueva experiencia para el currículum. El recital que se traen entre manos las féminas no tiene desperdicio, ahora se están marcando un 69 que ha conseguido levantar sin contemplaciones mi polla. Se están comiendo los coños con pericia, sabiendo perfectamente lo que se hacen la una a la otra. Son hembras y conocen sus cuerpos. Este encuentro lésbico en el campo de batalla es el estreno de la bisexualidad de ambas. Sigo atento a todos sus movimientos. Es una danza de vicio y sensualidad. Me quito la ropa para estar a la altura de las circunstancias. Mientras Marga y Maricel retozan a su antojo como dos gatas en celo, comienzo con tocamientos en mi polla porque ya va necesitando que le presten atención. Están tumbadas y se besan con anhelo. Me situo a pie de cama y consigo un plano privilegiado de la escena. Veo sus manos trabajándose las rajitas, sus dedos son perforadoras a la búsqueda del preciado petróleo vaginal. Todo es nuevo para mí. No sé si pajearme y vivirlo como en la ventana indiscreta o incorporarme al baile. Dudas existenciales de última hora. Vale, llámame idiota. Sé que tú te tirarías a la piscina sin pensarlo, pero ¿podré hacerlas correr a las dos? ¿Estoy obligado a ello? ¿Querrán que participe? Demasiada excitación para pensar en filigranas.

La suerte está echada. Donde comen dos, comen tres. Me subí a la cama y dejándolas a su rollo, con su interminable besuqueo y calientes toqueteos, decidí comenzar con una comida al coño de Maricel, debía cortesía a nuestra invitada y el de mi mujer ya lo conocía a la perfección. Maricel, nada más percibir el avance de mi cabeza entre sus piernas, separa los muslos para que mi boca aterrice en su apetitoso, y ya familiar, potorro. Lo chupo con devoción, me encanta, a la vez que Marga con su mano me sujeta la cabeza presionándola de vez en cuando hacia el monte de Venus de su amiga. Quiere que me sacie en este bufet libre. El jadeo gratificante de Maricel es el primero en aparecer. Ahora es ella la que me retira de la mamada. Siguen con su ritual de besos, intuyo que les está gustando mucho, pero me abro hueco entre ellas hasta que consigo rozarles las caras con mi empalmada polla. Es bien recibida y se une a la fiesta de las lenguas. Se turnan con disciplina para meterla en sus bocas, para mi felicidad la comparten sin egoísmo y hay momentos gloriosos donde no distingo la identidad de la sin hueso que me lame. No puedo mirar por mucho rato. Cuando lo hago, veo como se pasean a lo largo del tronco, una muerde huevos, la otra traga glande, chupetean por todo el badajo de arriba a abajo y cuando se cruzan sus bocas se comen los labios. No puedo mirar. Es la mejor mamada de mi vida, pero no quiero correrme aún. Me retiro un poco y dejo que sigan con su genial bollo. Maricel se sienta a lo vaquero encima de mi mujer, situando la vagina en su boca y mirando hacia mí. Está mucho más buena a la luz del día. Marga no tiene ningún inconveniente en comenzar a comerle el coño y yo, una vez gozado de la desnudez de nuestra amiga, me acerco para besarla y nos damos un buen filete. Los pezones los tiene erectos, en mi bajada les regalo una buena chupada, que sigue con lametones por su vientre hasta continuar por las tetas de mi mujer. Me recreo viendo como le devora la vagina a Maricel, hasta que me amorro al potorro de Marga para regalarle una buena y merecida mamada. Su vagina fluye alegría, lo que facilita mi objetivo. ¡Vaya dos coños que me estoy zampando este finde! Marga está subiendo de revoluciones y paro, pero es que Maricel va por los mismos derroteros. Paciencia.

Me tumbo boca arriba, las hembras se dan cuenta, y Maricel cambia de cabalgadura. Sigue como vaquera en un rodeo, se pone encima de mí y se limita a frotar sus mojados labios vaginales contra mi alucinada verga. Me da mucho gusto, pero hay que resistir. Estoy en un dilema existencial, pero me importa unos cojones. Marga, la imita, pero usa mi boca de montura, su coño sigue tan empapado como lo dejé y continúo la chupada. Mi lengua ya se mete todo lo que puede en la caverna y se muestra desatada haciendo su trabajo. Ellas están encaradas y abstraídas en el monumental lote que se están pegando. Mis manos llegan con comodidad y libertad a las cuatro tetas, las tengo a tiro. Me deleito sobándolas. Mi mujer va elevando el tono, sus gemidos se entrecortan con los besos de Maricel y esta, levantando su culo lo preciso, introduce sin remilgos mi polla hasta el fondo, exhalando un suspiro bien verraco. Ambas se han puesto de acuerdo para iniciar el galope. Marga refriega con firmeza su coño en mi boca, que se defiende como puede con la lengua. Maricel sigue con el mete y saca a su libre albedrío y lo va intensificando por momentos. El ronroneo de las dos hembras es un obsequio para los sentidos. Hoy Dios sí que se acordó de mí. Mi mujer está provocando su corrida, la oigo, es inconfundible cuando se retuerce de placer. Seguro, ¡está orgasmando! Lleva un fin de semana glorioso. Tengo que desviar la atención para no irme a la vez, pero en el coño de nuestra amiga. Además, algo ronda en mi cabeza y debo cumplir un sueño. Cuando Marga, bien servida, se aparta, aprovecho la coyuntura para zafarme con sutileza y desabotonarme de la vagina de Maricel. Beso a mi mujer con amor y hago lo mismo, pero lascivamente, con nuestra compinche. Mi tranca se mantiene bien firme y con la cabeza altiva, lista y dispuesta para seguir con el asalto. Con suma cortesía, sujetándola de las caderas, invito a nuestra amiga a ponerse a cuatro patas, sobran las palabras cuando hay sincronía en el ambiente. Ella accede complaciente. Miro a Marga e inmediatamente capta mi deseo. Somos una sociedad que se entiende muy bien. Se pone en paralelo a Maricel, adoptando la misma postura perruna. Las tengo arrodilladas al borde de la cama, juntas, dispuestas y solidariamente calentorras. Ese imponente par de culos me hacen sentir que tengo, por un instante, el mundo a mis pies. Cuchichean, se besan y ríen. Estoy de pie detrás de ellas, más de uno pagaría por estar en mi pellejo ahora mismo, ¡qué panorama más bello y provocador! Me entretengo tocando las dos rajas con mis manos a la vez, la temperatura no ha bajado ni un ápice en ninguna de ellas. Siguen bien mojadas y reciben complacientes mis tocamientos. Juego a frotar sus clítoris con puntuales penetraciones de mis dedos. Disfruto del momento, sin urgencias. ¿Quién sabe si esto se volverá a repetir? Están muy receptivas, sus movimientos de pelvis así lo confirman. Son ellas las que deciden cuanto y cuando profundizo con mis pulgares en sus vaginas. ¡No puedo más! Lanzo mi polla al lago salado de Maricel, se la clavo con determinación y termina entrando hasta el fondo. La patente lubricación hace que mi empotrada se deslice gustosamente arropada por las paredes vaginales. Se la meto y saco con muchas ganas, ella gime y yo resoplo, sin recato, como un búfalo. Le estoy dando duro en cada penetración, pero no descuido el potorro de mi mujer, al que sigo sobando mientras Maricel se deja follar. Ya no cuchichean, ni se besan, ni ríen... ambas están enfrascadas en su pelea, a la búsqueda de su satisfacción personal. Mi verga y los dedos de mi mano derecha están introduciéndose hasta las entrañas de mis dos compañeras de aventura. Marga se arranca con otra corrida, jadeando en el oído de Maricel, mordiendo su oreja... y esta, en un acto reflejo, comienza a bramar de manera muy diferente al polvo de la noche anterior, el gran orgasmo está llamando a la puerta... mi ritmo de follada crece de manera exponencial, cuanto más grita y suspira, más fuerte golpeo mis huevos contra ella... dejo de atender la manualidad a mi mujer, se ha vuelto a correr y me concentro en Maricel, la sujeto por las caderas para el ataque final, ella se sigue dejando hacer, penetro y saco, penetro y saco... se está viniendo, es obvio, sus gemidos son una fiesta dentro del festival que nos estamos dando... me corro deliciosamente con ella y dentro de ella, mientras Marga, tumbada relajadamente, me observa con cara de vicio satisfecho.

Esta experiencia de trío con dos mujeres, aun siendo sensacional e inolvidable, fue una excelente piedra de toque para que más adelante me decantara, nos decantaramos, por los tríos con otro macho, pero la explicación os la guardo para la próxima entrega.

No dejes para mañana, lo que puedas follar hoy. Te haces viejo.