Xtories

Experimentando en pareja

Una tarde normal se transforma en una noche de humo y deseo cuando Oscar saca un cigarrillo de marihuana. La desinhibición que sigue los lleva a explorar límites nunca antes tocados, desde el sexo oral hasta la sumisión y el control. ¿Qué pasa cuando la droga y el deseo se mezclan en la cama de una pareja joven?

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No, ni nunca antes lo había probado ni nunca más lo repetí. Quizás me pudo la curiosidad. No lo sé, pero el caso fue que lo probamos.

Llegó con una extraña sonrisa en la boca, en su expresión entera. No hacia falta nada para despertar mi curiosidad. Lo conozco perfectamente y se cuando trama algo.

Pero no dije nada. Un beso, ese abrazo que me reinicia el día, el sempiterno guantazo en el culo no podía faltar. Una tarde más que volvía a casa y yo lo esperaba.

No llevábamos mucho tiempo viviendo juntos. Quizás algo más de un año. Acabamos la carrera al mismo tiempo. Largos años de estudios compartidos. De ratos buenos y malos. Divertidos y tristes, pero juntos desde hacía ya unos años atrás como pareja.

Muy jóvenes para compartir vida,según mi papá, muy linda pareja,según mi mamá. Los padres de Oscar coincidían en eso. Si por ellos hubiese sido aún tendríamos que habernos dado algo de tiempo antes de convivir. Pero la decisión era nuestra.

Pusimos nuestros pequeños ahorros en un alquiler, compramos lo justo para comenzar y nos lanzamos a la aventura. Admito que nuestros padres nos ayudaron al principio.

El caso es que ambos, aquella tarde, una vez más, disfrutaríamos de unas cervezas, algo de Neflix, la cena y nuestra cama. El lugar donde más nos gustaba estar.

La charla de siempre, alguna broma mientras preparábamos juntos algo para cenar y esa expresión maliciosa en su cara.

Yo no dije nada, sabía que lo soltaría tarde o temprano.

Aquel era mi amor, mi gran amor. Mis ojos no paraban de mirarlo, casi a escondidas. No solo era mi amor. Está jodidamente bueno. Y no porque yo lo diga. Lo está.

Acomodados en nuestra cama. Con solo la ropa interior bajo las sábanas. Las almohadas gruesas y blanditas bien apoyadas en el respaldo. La pantalla encendida, la luz a medio gas para que no deslumbrara. Todo listo para una noche más abrazada a mi hombre.

Hablamos de alguna cosa mientras mirábamos nuestras redes sociales. Nos reímos de algún video y cosas así. Simples y jóvenes, sin más.

Pero, un momento en dado, me miró de nuevo con aquella maliciosa mirada. Abrió el cajón de la mesita y sacó algo que yo pensé era un cigarrillo. Ilusa de mí…

¿Quieres?,pregunto sin abandonar su mirada pícara.

Oscar ¿Qué es eso?

Ay, hija, no seas boba. Como si nunca hubieses visto un canuto.

Si, sé lo que es pero…¿Qué haces tu con eso?

Nada mujer. No te preocupes que no soy un drogata. ¿Sabes Manolo el de la tienda de comestibles?

Si

Bueno, él consume mucho y se me ocurrió pedirle uno para saber qué es. Pura curiosidad, nada más. Quiero saber que hace esto y nadie mejor que tú a mi lado para estar tranquilo.

Ay, mira, no sé. Ya sabes lo que pienso de esas cosas.

Chica, en serio. No te preocupes. Unas caladas y, si veo que algo no va bien, lo apago y listo.

No esperó respuesta. Acercó el encendedor a aquella cosa que ya tenía en los labios y no tardó en llenar la habitación de un olor que se pegaba al paladar. No olía mal.

Una calada profunda que aguantó cuanto pudo antes de que un golpe de tos le hiciera expulsar aquel humo acompañado de mis risas.

Te vas a ahogar. – Dije mientras lo miraba dar otra calada al poquito rato.

Me resultaba extraño ver a Oscar con estas cosas pero admití que,por una vez, no pasaría nada.

Después de unas caladas me lo ofreció. Dude un momento pero, al final, aspire aquel humo espeso hasta mi pecho.

También me dio tos. Pero aguanté. Una calada más y se lo devolví.

Yo no se si fue el efecto de “la maría" o que yo andaba algo calentorra pero, de pronto, me sentí extrañamente excitada. Oscar se dio cuenta al notar mi pezón pujar su antebrazo y mi pierna frotarse contra la suya.

Su risa me llegó como lejana. Yo también reí. Era una sensación extraña, muy extraña. Unas caladas más y puse una película al azar.

Él seguía aspirando humo mientras tanto. Sentía su mirada clavada en mi pecho. Su paquete se insinuó bajo las sábanas.

Como niña que juega, las levante para ver qué había bajo ellas.

“Ala, nene, como estas" dije riendo, como bromeando con su estado.

“Mira quién fue a hablar, la que me está rayando el brazo con sus pezones" y su carcajada me llegó como si tuviera eco.

Baje la mano hasta apretar aquella cosa de mi novio. Estaba muy dura, me humedecí. Pero deje de hacer lo que estaba haciendo para apoyar mi cara en su pecho mientras daba otra calada.

Su mano se hizo dueña de mi pecho. Sentí como si fuera a otra a la que tocaba. No era mi piel. Aquello se me estaba yendo de las manos, pensé. Pero lo dejé hacer.

Apretó suavemente mientras miraba como si nunca me hubiese tocado.

“Que raro se siente" dijo como ido, se le veía como ausente. O quizás era mi percepción alterada.

Tiré de él hasta dejarlo pegado a mi en cucharita. Quería sentir su dureza contra mi. Pero no era yo. No era la que comenzó a restregarse como gata en celo contra él. La que tomó su mano para que siguiese apretando mis pechos. Definitivamente, esa no era yo. Nunca fui tan osada.

Su mano la sentía extraña, sus dedos parecía que se moviesen con vida propia. Me sentía terriblemente húmeda en mi entrepierna.

Pero Oscar paró. Me dio un beso y se giró.

“Oye, que nos perdemos la peli" dijo como si allí no estuviese pasando nada. No me lo podía creer. Él, que no perdía oportunidad para tener sexo y…¿me estaba dejando en visto?...

Con una mueca de enfado me giré hasta quedar de nuevo frente a él. Con mi cara de enfado, con mis manos en su pecho y un interrogante en la mirada.

La situación era, cuando menos, ridícula. Yo encendida, él, como ausente. La pantalla como inexistente. Ese olor pegado al paladar y a la mente. Dulzón, espeso, empalagoso.

Apagué la luz de la mesita de noche y volví a mirarlo de frente.

“Oscar, estoy muy caliente" solté mirándolo directamente a los ojos.

Apago la televisión. Se tumbo sobre mí y me beso después de apagar aquella cosa.

Me beso con ansias, con fiereza. Quien lo diría de él, siempre tan tierno. Está noche no era Oscar, era otro.

Sus piernas forzaron las mías hasta quedar bien encajado entre ellas. Haciéndome notar su dureza en su totalidad. Madre mía, estaba durísima. Pareció que mi sexo acababa de descubrirla y me sentí húmeda como nunca.

Le devolví el beso con la misma rabia al notarlo así. Su lengua era una broca entre mis labios, la mía la imitaba.

Restregué mis pechos contra el suyo. El vello de su torso me hacía unas cosquillas fascinantes.

Él, amasaba mis nalgas como queriendo arrancarme trozos de carne. Frotaba su impresionante pene arriba y abajo sobre mí vulva. Le mordí el hombro de pura excitación. Se que le hice daño pero no me importó.

Cuando se canso de aquella postura se dejó caer por el tobogán de mi pecho hasta mi pubis. Su lengua salió disparada buscándome como sedienta. Me temblaba la piel y las piernas.

Saboreo mi sexo a placer, el suyo y el mío. Lamió sin tregua ni descanso. Haciéndome gritar entre pasada y pasada. Mis manos apretaban mi propio pecho aumentando aquella sensación. Aquello no me era conocido. Ni aquel placer, ni aquel Oscar.

Elevé las piernas hasta dejarlas sobre sus hombros. Mis muslos lo hicieron prisionero sin fuga posible. De aquella cárcel no saldría ileso.

Los extraños ruidos de su boca en mi coño me llegaban morbosos, aumentando mi excitación. Se sentía mortalmente el verlo así de apresado. Apenas si podía respirar. Siguió sin importarme.

Giré sobre mis propias caderas arrastrándolo en el movimiento. Ahora era su dueña. Su ama, su señora. Necesitaba culminar aquella escalada al placer.

Me frote contra su boca ordenando que no parase. Que no se le ocurriera hacerlo.

Obediente, dejo su lengua tendida en la alfombra de mi sexo abierto. Calándome de saliva, atragantado de mis fluidos, medio asfixiado ante mi presión.

El golpe me vino como un alud de primavera. Inesperado, inundante, devastador. Se me aflojaron los brazos y la cabeza me dio vueltas. Estalle en el más maravilloso orgasmo jamás sentido.

Boqueando caí hacia adelante, dejándolo a él nadando entre mis fluidos que todo mojaban. Lamiendo, ahora más suave, como queriendo quitar los escombros de la inundación a paladas lentas y pequeñas de su lengua caliente. Yo no podía ni pedirle que parase.

Jadeando, buscando aire fresco, sonriendo. Salió de debajo de mí con la mirada perdida aún en mi cuerpo. Yo casi ni lo note. Todo estaba extrañamente oscuro a mi alrededor.

Se arrastro hasta la almohada. Mirándome sin reconocerme. Ni aquel era Oscar ni aquella era yo.

Tumbada bocabajo trataba de entender qué acababa de sentir. Con los ojos aún turbios y los sentidos alterados. Sin duda aquella Maria era dura. Dura y buena. O al menos eso creía yo que nunca la había probado.

Sentí su mano en mi hombro y su voz en mi oído- ¿Estás bien? – Que pregunta…estaba flotando, literalmente. Asentí como pude sin poder modular palabra alguna.

Me sonrió de nuevo. Bajó mi mano hasta dejar sobre ella aquella conocida dureza. La noté caliente pero no tenía fuerzas para más. Solo podía apretar un poco mis dedos entorno a ella. El resto de mi cuerpo no me obedecía.

Dándose cuenta, dejó libre su apetito sexual. No podía quedarse. Necesitaba descargar.

Se tumbo sobre mí. Dejando su polla bien encajada entre mis glúteos. Nunca antes había hecho algo así. Supuse que sería la droga.

Con sus manos los abrió para dejarla entre ellos como si se estuviese haciendo una cubana.

La sentí dura, durísima. Casi dolía.

Trate de alzar un poco mi culo para intentar darle placer. Pareció agradecerlo empujando aún más fuerte en sus vaivenes. Un líquido preseminal resbaló por mi piel haciendo la experiencia más placentera. Supongo.

Metió un almohadón bajo mi vientre para alzarme aún más. Pese a mis quejas no me dejó elección.

Lo sentí hurgar con el glande entre mi ano y mi vagina. Dejándome regueros de humedad que me calentaban de nuevo.

Sin contemplaciones se hundió hasta más de la mitad en mis entrañas. La sorpresa me hizo gritar. Me sentía usada. Más que una mujer parecía una muñeca aquella noche.

Entro una y otra vez. Lo sentí a la altura de mi ombligo por dentro. Estaba arrasada, demolida. Pero era muy placentero.

“Quiero sentir tu leche “me atreví a decir entre gemido y gemido. Esto pareció espolear su ego. Tomando mis caderas se hundió hasta hacerme casi daño, pero no me importó en absoluto. Estaba sintiendo de nuevo. Mi cuerpo reaccionaba a cada empujón.

Una palmada dura en mi nalga me arranco un grito de dolor. Me dio otra mientras me mandaba callar. Ahora mandaba él.

Siguió insistiendo una y otra vez. Aventando gotas de sudor en mi espalda, apretando mis carnes, haciéndome sentir placer y dolor por igual.

Su ritmo aumentó, estaba a punto de llegar. Sentí en mi interior como su polla tomaba más consistencia aún. Su dureza casi me laceraba las entrañas. Jamás había sentido nada igual.

Y me inundó. Se dejó ir. Y volvió a faltarme aire en los pulmones. Y tornó aquel temblor incontrolable. Me corrí de nuevo sin remedio y sin querer dejar de hacerlo.

Sus palpitaciones en mi útero disolvían mis pensamientos. El placer le podía el pulso a la razón. Su semen calmaba el ardor que sentía abrasándome por dentro.

Me dejé llevar al mundo de los sueños. En una seminconsciencia sanadora y reparadora. La paz, la dejadez, fluir.

Mientras, Oscar, salía de mí y se recostaba a mi lado. Encendió de nuevo aquella cosa, apenas unos centímetros de papel amarillento que todo había provocado.

Unas caladas profundas con los ojos cerrados. Saboreando cada voluta de aquel humo espeso. Imagino que preguntándose si había sido real todo aquello.

Encendió la tele después de dejar los restos de aquella cosa en el cenicero. Buscó una película de su gusto y se dejó hipnotizar por los azulejos de colores que la música dibujaba en la pantalla. Era dura aquella hierva, muy dura.

Yo, destruida, desnuda, más muerta que viva descansaba a su lado. Sintiendo aun pulsaciones entre mis piernas. Aguantando la incomoda postura tanto rato mantenida porque no tenía fuerzas para moverme.

Entreabrí los ojos para alcanzar a ver la cara de Oscar. Guapo, satisfecho, con una sonrisa en su boca aún.

Baje la mirada y encontré su desafiante miembro de nuevo erecto o aun erecto, no sabría decir. Me sorprendió.

Vi como su mano lo acariciaba lentamente. No sabía si se estaba masturbando o simplemente trataba de seguir sintiendo lo ya sentido.

Seguí mirando. Su glande desaparecía en la palma de su mano para asomar al momento desafiante y amoratado.

Oscar ni me miraba. Completamente ajeno a mi presencia y lo que estaba viendo.

De vez en cuando giraba la cara para mirar mi culo. Pareciese que seguía con ganas de más.

Haciendo un gran esfuerzo, me baje de aquel almohadón incómodo. Puse la cabeza en su pecho y mire a placer. Pero él paró. Quizás por vergüenza, quizás por cansancio.

Murmure- “Por favor, no pares. Sigue haciéndolo”

Pareció no sorprenderse. Aquella noche nada era normal, definitivamente.

Volvió a tomar aquel miembro en su mano pero muy cerquita de mis ojos. Subía y bajaba despacio. Muy despacio. Como no queriendo llegar a ningún sitio.

Mis ojos se abrían tratando de no perderse un solo detalle.

“Me gusta ver como te masturbas" susurre mientras acercaba mi mano a su muslo. “Quiero ver como lo haces. Me pone mucho" seguí diciéndole.

Y continuó su subibaja. La respiración alterada, al igual que la mía. Volvía a ser dueña de mi misma y mis sentidos.

Me fascinaba aquello. Aquella cosa que hacía apenas unos minutos me había llevado al infierno y al cielo. Aquella grosura amenazante que desataba pulsaciones en mi clítoris y hacia fantasear mi mente.

Acerque mi mano hasta lograr que sus dedos chocaron con los míos en su hacer. Con la yema de mís dedos roce la piel de su escroto. Mis cosquillas parecieron animarlo a aumentar el ritmo.

Resbale por su vientre hasta tenerlo justo ante mi cara. Se veía tan…¿Cómo diría? ¿dulcemente amenazante?.

Mi vagina reclamaba atención. Mis propios dedos saldrían en su ayuda mientras seguía afanada en mi mirar.

Se me hacía la boca agua ante el paisaje que miraba pero no quería intervenir. Su mano casi rozaba mis labios al subir y su olor me llegaba nítido entre los restos del perfume pegajoso que aún mantenía la habitación.

Lo escuché gemir y mis dedos redoblaron su caricia. Si él llegaba yo también lo haría.

Ahora el ritmo era casi frenético. Parecía un borrón aquella mano,empeñada en dar placer, darnos placer.

Sus caderas comenzaron a temblar. Estaba cerca. Yo también. Su glande amenazaba con desbordarse cada vez que salía de su encierro. Su vientre subía y bajaba. Llegaba, llegaba y yo con él.

No pude aguantarme. Abrí la boca y aspire su polla dentro de ella. Si se iba correr quería que fuera en mi.

Sin dejar de masturbarse se vertió en mi lengua, en mi paladar, más allá de él. Llenándome de su sabor mientras mis muslos apretaban mi mano convulsionando mi cuerpo.

Su mano paró pero no la sacó de mi boca. Me la dejó saborear hasta que me sentí llena. Has que mi cuerpo paró de temblar.

Subí hasta su boca y mi lengua busco la suya. Dejándo en su paladar su sabor de hombre, obligándole a compartirlo de mi propia boca.

Después, el silencio. Un te amo casi inaudible y la noche reparadora.

Nunca más volvimos a repetirlo, aunque alguna vez nos acordamos de la experiencia. Solo fue una vez pero dejó un recuerdo para siempre entre nosotros.