Xtories

Noches de mierda y desesperación

Gabriel ya no busca placer, solo olvido. Pero cuando el cuerpo responde y la mente no, el sexo se convierte en el espejo más cruel de su propia ruina. Esta noche, la única forma de sentirse vivo es dejar que el dolor lo consuma.

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El vaso de whisky estaba caliente, como si el vidrio hubiera absorbido la miseria que flotaba en el aire rancio del bar. Gabriel lo sostuvo entre los dedos temblorosos, mirándolo con la misma indiferencia con la que había mirado todo en los últimos meses. Su reflejo en el líquido ambarino le devolvió un rostro que apenas reconocía: barba crecida, ojeras profundas, piel ajada por el insomnio y el veneno que consumía cada noche.

El bar era un refugio para los que no tenían refugio. Hombres con las corbatas flojas y las almas rotas, mujeres con labios manchados de rouge barato, promesas vacías servidas en copas sucias. La música era un murmullo lejano, apenas perceptible entre el murmullo de conversaciones arrastradas, de risas ahogadas en alcohol.

Gabriel apuró el trago de un solo golpe, sintiendo cómo el licor ardía en su garganta sin lograr calentarle el pecho. El barman, un hombre de manos gruesas y expresión impasible, le sirvió otro sin que tuviera que pedirlo. A esas alturas, ya no necesitaba palabras. Era un cliente habitual, una ruina que se desplomaba sobre la misma banqueta cada noche.

—Te estás matando, amigo —murmuró el barman sin mirarlo, limpiando un vaso con la parsimonia de quien ha visto demasiados hombres beberse la vida hasta desaparecer.

Gabriel rio, una risa hueca, sin vida.

—Eso es la idea.

Apretó los dientes al sentir el eco de su propia voz, áspera y rota. Lo único peor que su miseria era el cinismo con el que la arrastraba.

Un grupo de hombres discutía en la mesa del fondo, el tono de sus voces subiendo poco a poco, rompiendo la monotonía del lugar. Gabriel ignoró la pelea, pero cuando uno de ellos golpeó la mesa con el puño, el sonido seco le hizo apretar los ojos. La violencia estaba en el aire, y él sabía reconocerla.

—Cabrón, te dije que me pagaras hoy.

—No me jodas, mañana lo tienes.

—Eso dijiste ayer.

Gabriel giró levemente la cabeza, viendo de reojo cómo uno de los tipos, un matón de mandíbula ancha y manos grandes empujaba al otro contra la pared con una facilidad insultante. El hombre acorralado balbuceó algo ininteligible, y Gabriel sintió que un recuerdo lo golpeaba con la misma brutalidad con la que aquel hombre iba a recibir un puñetazo.

No era el bar. No eran esos hombres.

Era ella.

Su esposa, la única mujer que había tenido, la madre de sus hijas.

Su voz, temblorosa pero firme, diciéndole que no era lo que él pensaba.

Su rostro, con esa mezcla de culpa y desafío, como si se negara a ser juzgada por el mismo hombre que había dejado atrás.

El motel. El desconocido. El puto video.

Gabriel apretó el vaso con tanta fuerza que el cristal crujió.

—Hey, tranquilo —murmuró el barman, pero Gabriel ya se había levantado, tambaleándose ligeramente, el whisky y la rabia enredándose en su sistema.

Caminó hacia la puerta sin rumbo, sin saber si quería aire o una excusa para romperle la cara a alguien. Pero entonces la vio.

El vestido corto se le pegaba al cuerpo con la misma facilidad con la que una mentira se pega a los labios. Su cabello, de un rubio ceniza desteñido por la mala vida, caía en ondas desordenadas sobre sus hombros. Tenía los ojos pintados con delineador barato, un rastro de rímel corrido bajo uno de ellos. Pero su boca… su boca era una promesa.

—¿Necesitas algo?

La voz llegó envuelta en humo, ronca, con el peso de noches largas y promesas a medio cumplir.

La mujer estaba apoyada contra la pared con la seguridad de quien conoce el negocio, de quien ha visto llegar a hombres como él en todas sus versiones: los desesperados, los vacíos, los borrachos, los que buscan amor, los que solo quieren poder olvidarse de todo durante una hora.

Él no era de los primeros. Ni de los últimos.

—Depende —murmuró, su lengua pastosa por el alcohol—. ¿Qué ofreces?

Ella dejó escapar una risa baja, sin sorpresa.

—Cariño, si tienes que preguntar, estás peor de lo que pareces.

Dio una última calada a su cigarro antes de tirarlo al suelo y aplastarlo con la punta de su zapato. Cruzó los brazos bajo su pecho, empujándolo hacia arriba, consciente de su propio atractivo incluso en la decadencia.

—Ochenta por media hora. Ciento cincuenta por la noche. Ducha incluida.

Gabriel chasqueó la lengua.

—¿Tienes algún remedio para la mierda que no se limpia con agua?

—Si lo tuviera, créeme, no estaría aquí.

Lo miró con ojos que no pedían lástima ni entregaban ternura. Solo un reconocimiento tácito de la miseria compartida.

—¿Vienes o no?

Ella sonrió con la boca, pero no con los ojos.

—Bien. Vamos.

Lo guio calle abajo, cruzando una avenida donde los faroles parpadeaban como si estuvieran a punto de apagarse. Sus tacones resonaban en la acera, marcando el ritmo del silencio entre ambos. Al llegar a un edificio gris de cuatro pisos, sacó una llave de su bolso y la giró en la cerradura sin esfuerzo, como si lo hiciera en automático.

—Es arriba.

Subieron una escalera angosta con el pasamanos pegajoso. Gabriel sintió el eco de su propia respiración en las paredes cerradas, el olor a humedad y tabaco viejo impregnado en el aire.

—Es aquí.

Abrió una puerta en el segundo piso y lo hizo pasar a una habitación pequeña, casi vacía.

Un colchón sin cabecera. Una lámpara de luz tenue. Un espejo sucio en la pared.

Nada más.

Un cuarto preparado de antemano, sin historias, sin rastros de los cuerpos que lo habitaron antes.

—Puedes pagar por adelantado.

Gabriel sacó más billetes y los dejó caer sobre la mesa de noche. Ella los contó sin apuro, los dobló y los guardó en su bolso antes de mirarlo con una mezcla de curiosidad y desgano.

—¿Y ahora qué?

Gabriel no respondió. Su mandíbula se tensó, sus dientes apretándose con tanta fuerza que un dolor punzante le recorrió la sien. La bilis subió áspera por su garganta, amarga, corrosiva, el mismo veneno que lo carcomía desde el día en que todo se derrumbó. Pasó la lengua por los dientes con la respiración contenida, tragando el ardor que amenazaba con hacerlo vomitar. No por el alcohol, ni por el cigarro, ni siquiera por la suciedad de la habitación en la que estaba. Sino por el recuerdo.

El recuerdo de ella.

Su esposa. Su única mujer.

La vio en su cabeza con una nitidez insoportable, sus labios pintados de un rosa suave, temblando al pronunciar su nombre. Sus ojos grandes, brillantes, llenos de súplica. No es lo que piensas, Gabriel. Por favor, escúchame.

Pero sí lo era.

Era exactamente lo que pensaba.

La imagen se distorsionó y, en su lugar, apareció el video que lo había roto en dos. Su esposa bajando de un auto en plena madrugada, con el mismo vestido que él le había comprado en su aniversario. La forma en que su cabello caía sobre su espalda desnuda cuando cruzó la puerta del motel con otro hombre. Un desconocido. Un cabrón sin rostro que, sin esfuerzo alguno, había tomado lo que Gabriel creyó solo suyo.

Su cama. Su hogar.

Su vida.

Sintió que el mundo se comprimía en su pecho, un peso insoportable empujándolo hacia el suelo. Pasó años convencido de que lo tenía todo bajo control, de que su esfuerzo lo haría suficiente, de que su amor era la única armadura que necesitaba. Trabajó hasta la extenuación, construyó cada peldaño de su vida con la certeza de que estaba haciendo lo correcto. Que ella lo amaba, que él era el hombre que debía ser.

Pero su esfuerzo no sirvió de nada.

Nada.

Y ahora estaba ahí, en un cuarto de mierda, con una mujer que no conocía, con los bolsillos llenos de billetes sucios que no podían comprarle una pizca de dignidad.

El ardor de la rabia le subió desde el estómago hasta la garganta, encendiendo su piel como un incendio incontrolable. Su respiración era un eco grave en el cuarto, sus puños cerrados sobre sus propias rodillas, clavándose las uñas en la carne como si intentara mantenerse en un solo lugar y no salir corriendo a destruirlo todo.

Levantó la vista y la miró.

La mujer frente a él no tenía nada que ver con su esposa. No tenía su rostro dulce ni su voz serena, ni la calidez de alguien que te espera en casa con la cena servida y los niños dormidos.

No.

Era un cuerpo.

Un cuerpo al que podía aferrarse para no seguir cayendo, un salvavidas podrido al que se agarraba solo para prolongar la agonía un poco más.

—Desvístete.

La palabra salió áspera, como un gruñido arrancado de su pecho.

Ella levantó una ceja, evaluándolo con la mirada. Pero no preguntó. No necesitaba hacerlo.

Ella sostuvo su mirada un instante más, como si intentara leer algo en sus ojos, como si supiera que bajo toda esa rabia había algo peor: la tristeza. Luego, sin prisa, sin emoción, comenzó a desabrocharse el vestido.

Los botones cedieron uno a uno, y la tela cayó con la pesadez de un telón al final de una función.

Su cuerpo quedó expuesto bajo la luz mortecina de la lámpara de la mesita de noche.

Llevaba un conjunto de lencería negra con encaje barato, el tipo de ropa interior que intenta ser elegante pero que, en su piel, tenía un aura vulgar, hecha más para el espectáculo que para la intimidad. Las copas del sujetador eran pequeñas, apenas contenían el peso de sus pechos, que se derramaban por los bordes con un descaro que no tenía nada de inocente. La tanga de encaje se perdía entre la carne de sus caderas anchas, marcando la piel con ligeras hendiduras.

Era hermosa, a su manera.

No con la pulcritud idealizada de una mujer que se cuida para alguien más, sino con la belleza cruda de un cuerpo trabajado, usado, sobreviviente.

Su piel estaba marcada con huellas que contaban historias que Gabriel no pidió escuchar: estrías finas en las caderas y los muslos, la sombra de una cicatriz de cesárea que cruzaba su vientre bajo. Una herida cerrada, pero nunca del todo olvidada.

Gabriel no dijo nada. No había nada que decir.

Ella tampoco habló. No necesitaba hacerlo.

A estas alturas, ya había aprendido a reconocer a los hombres que llegaban hasta aquí. Algunos querían conversación, otros buscaban un simulacro de ternura. Él no.

Este estaba roto.

Su camisa arrugada, el vaho a whisky, las ojeras hundidas y la forma en que la miraba sin realmente mirarla… todo en él gritaba la misma historia que había visto tantas veces antes.

No sabía su nombre.

Y tampoco le interesaba.

Él tampoco preguntó el de ella.

Pero en su cabeza, mientras se deslizaba los tirantes del sujetador por los hombros con la misma indiferencia con la que alguien se quita los zapatos tras un largo día, le puso un título.

Uno de esos hombres que solo vienen a follarse su propia tristeza.

El sexo no sería apasionado. No habría besos, ni susurros, ni promesas mentirosas.

Sería un trabajo más.

Como siempre.

Y, aun así, algo en este hombre le pesaba.

No su cuerpo. No su voz áspera, ni su mirada vacía.

Era la certeza de que, por mucho que intentara ahogar su dolor en su piel, cuando terminara, él seguiría estando igual de jodido.

Gabriel estaba de pie, las manos colgando a los lados del cuerpo, los dedos entumecidos por la duda. Frente a él, la mujer—todavía sin nombre, todavía sin historia—terminó de quitarse el sujetador y dejó que la tela cayera al suelo sin ceremonia.

Sus pechos quedaron expuestos, redondos, pesados, con pezones oscuros que se endurecieron en cuanto el aire frío del cuarto los rozó.

Gabriel tragó saliva, sintiendo una presión incómoda en el pecho.

Había visto muchos cuerpos en su vida. En revistas, en pantallas, en la calle. Pero solo había tocado uno. Solo había sentido la calidez de una sola piel contra la suya, el peso familiar de un solo cuerpo sobre la cama donde había dormido durante años.

Ahora, frente a él, había otra mujer.

Y aunque su cuerpo respondía al deseo, aunque el dolor lo empujaba a tomarla y perderse en ella, algo en su mente lo retenía, lo ataba a un fantasma que aún no desaparecía del todo.

Ella lo notó.

—No pienses tanto —murmuró, dando un paso adelante.

Le tomó las manos y las llevó a su cintura. Su piel era tibia, más suave de lo que imaginó. La sintió respirar contra él, su aliento mezclado con nicotina y un perfume dulce, barato.

—Solo… déjate llevar.

Gabriel dejó escapar una exhalación entrecortada. No estaba seguro de si podía hacerlo, de si podía desconectar la parte de su cerebro que seguía reproduciendo la imagen de su esposa entrando a aquel motel con otro hombre.

Pero entonces ella se movió, deslizando las manos por su camisa, desabrochándola con dedos expertos, y él sintió el primer destello de calor real en su interior.

La tela se deslizó por sus hombros y cayó al suelo. Sus cicatrices quedaron expuestas: pequeñas marcas en los brazos de una juventud imprudente, el rastro de una cirugía en el costado, la delgadez reciente de quien ha dejado de comer bien.

Ella pasó los dedos por su clavícula, por su pecho, como si midiera el peso de su desolación.

—¿Hace cuánto no lo haces?

La pregunta flotó entre ellos, envuelta en humo rancio y cansancio mal disimulado. Gabriel esbozó una mueca amarga, más un reflejo que una respuesta real.

—Demasiado.

Ella inclinó la cabeza apenas, evaluándolo con esos ojos opacos que habían visto demasiados hombres como él. Jugó con el silencio por un instante antes de murmurar:

—Se nota.

No había burla en su voz. Solo la certeza de alguien que sabía leer el hambre ajena, incluso cuando esta no era de placer, sino de olvido.

Lo empujó con suavidad hasta la cama, haciéndolo sentarse en el borde. Él no opuso resistencia, pero tampoco colaboró; se dejó caer con la misma pasividad con la que alguien se hunde en el agua esperando que lo trague. Ella, en cambio, se movió con la precisión de quien ha repetido la misma escena demasiadas veces. Se montó sobre él a horcajadas, su peso ligero pero firme, su calor reclamando espacio en la piel fría de Gabriel.

Sus caderas se deslizaron contra su entrepierna, un roce lento, paciente, medido para sacarlo del letargo. Gabriel cerró los ojos un segundo, aspirando el aire cargado de tabaco y perfume barato.

No era su perfume.

No era ella.

Pero su cuerpo reaccionó antes que su mente. Sus manos, hasta entonces inertes, se cerraron en torno a su cintura. La piel de la mujer era tibia, no suave, sino áspera en ciertos puntos, como si cada roce guardara una historia que él no quería escuchar.

—Así… —susurró ella, su voz vibrando contra su cuello antes de que sus labios lo rozaran. No lo besó realmente, solo dejó que su aliento cálido recorriera su piel tensa, encendiendo un escalofrío involuntario.

Gabriel tragó saliva con dificultad.

Su boca se movió, abriéndose para decir algo—para detenerla, para pedir más, para insultarla, para suplicarle que lo hiciera olvidar—pero nada salió.

Ella no tenía prisa.

Las luces parpadeaban sobre sus cuerpos, la lámpara temblando como si también estuviera a punto de rendirse. Gabriel sintió el roce de sus dedos descendiendo por su pecho, recorriendo cada hueso marcado por el hambre y el insomnio, bajando hasta la línea de vello que desaparecía entre sus muslos.

No quería esto.

O sí.

O quizás solo quería algo que doliera lo suficiente como para eclipsar la otra herida, esa que no tenía un punto exacto en su cuerpo, pero lo carcomía por dentro.

Ella envolvió su pene con la mano, explorándolo con la destreza metódica de quien no busca placer, sino eficacia. Gabriel exhaló hondo, pero no en placer. Sus ojos seguían fijos en el techo, viendo imágenes que no pertenecían a esta habitación, ni a esta mujer.

El primer beso robado en una banca del parque.

El nerviosismo torpe de la adolescencia, sus manos temblorosas deslizándose por un cuerpo que aún le parecía sagrado.

El vestido blanco ondeando con el viento, su esposa caminando hacia él con la mirada húmeda de emoción.

Las mañanas compartidas en la cama, su piel aún tibia del sueño, la forma en que se acurrucaba contra él antes de que el mundo despertara.

La prueba de embarazo en el lavabo.

El sonido del corazón latiendo en una pantalla.

La promesa de una familia, de algo que jamás imaginó que podría perder.

El motel.

El vestido que él le compró, deslizándose de sus hombros para otro hombre.

La imagen lo golpeó como un puño en la boca del estómago. Su mandíbula se tensó, sus dedos en la cintura de la prostituta se cerraron con más fuerza de la necesaria.

Ella lo sintió.

Se detuvo. No del todo, pero el ritmo de su mano cambió, como si calibrara algo en su expresión, como si supiera que no era ella quien estaba en su cabeza.

Y entonces, su voz se filtró entre los silencios rotos.

La voz de la mujer cortó el aire viciado de la habitación como un filo invisible, seco y firme, sin espacio para la duda.

—Mírame.

No era una súplica, ni una caricia envuelta en ternura, sino una orden dicha con la calma de quien ha aprendido a lidiar con la ruina ajena sin inmutarse. Gabriel sintió el peso de esas dos sílabas cayendo sobre él, empapadas de humo de cigarro, de noches mal dormidas y de cuerpos usados como remedios temporales para un dolor que nunca se va del todo.

Tardó en obedecer.

Su mirada, hasta entonces anclada en el techo, recorrió la penumbra del cuarto, el papel tapiz amarillento descascarándose en las esquinas, la luz temblorosa de la lámpara reflejándose en el espejo sucio junto a la cama. Solo entonces descendió hasta ella, hasta la mujer que se mantenía sobre él con las piernas aún firmes a los lados de su cuerpo, observándolo con algo que no era deseo ni compasión, sino una aceptación tácita de lo que eran: dos extraños jugando un papel que ambos conocían demasiado bien.

Ella no sonreía. No había dulzura en su expresión, ni la piedad con la que algunas mujeres miran a los hombres que han tocado fondo. Solo una mirada oscura, carente de ilusiones, la de alguien que había aprendido hace mucho que no hay redención para ciertos tipos de soledad.

Gabriel sintió un vértigo extraño al sostenerle la mirada.

Por un instante, breve como el latido de un corazón enfermo, se permitió la fantasía de que su boca era otra, de que su piel llevaba el perfume cálido y familiar que él conocía de memoria, de que, si cerraba los ojos, tal vez—solo tal vez—podría engañarse lo suficiente para olvidar.

Pero la realidad tenía bordes demasiado filosos como para suavizarlos con mentiras.

Se dio cuenta de ello con la misma certeza aplastante con la que un condenado entiende que su sentencia es irrevocable. No importaban las mujeres sin nombre, ni el licor ardiendo en su garganta, ni los puños descargados en desconocidos que solo servían como carne sobre la que volcar su rabia. Nunca iba a salir de esto. Nunca iba a ser suficiente para olvidar, para limpiar la piel, para arrancarse de los huesos el peso de todo lo perdido.

Y esa certeza, como todo lo que quedaba en su vida, no trajo consuelo. Solo un vacío frío, delgado como una navaja, hundiéndose un poco más en su carne.

Gabriel parpadeó, volviendo de golpe a la habitación rancia, al aire denso que olía a tabaco y sexo usado.

Ella guio su miembro con su mano, posicionándolo entre sus piernas abiertas.

Un empuje lento.

Un suspiro apenas audible.

Gabriel se dejó llevar, sin ganas, como quien entra a un cuarto sin saber bien qué busca, sin importar lo que encuentre. No pensaba, no sentía. Solo estaba ahí, atrapado en una rutina que ya no era suya.

La habitación seguía oliendo a tabaco viejo, a sexo usado, a sudor impregnado en sábanas que ya habían sido testigos de demasiadas noches como esta. Gabriel sentía el calor pegajoso de la piel de la mujer contra la suya, la fricción de su cuerpo deslizándose sobre él con movimientos lentos, monótonos, una cadencia aprendida que no intentaba ser más de lo necesario.

Ella se alzaba y descendía sobre su erección con una regularidad casi mecánica, su respiración pesada y rítmica acompasada con el sonido de sus cuerpos chocando, piel contra piel, el leve rechinar del colchón bajo ellos. Sus pechos rebotaban con cada embestida, plenos, oscilando con la misma inevitabilidad con la que el tiempo avanzaba, con la misma indiferencia con la que Gabriel la observaba. Los pezones oscuros y endurecidos apuntaban hacia él como pequeñas marcas de provocación, pero no había lujuria en su mirada, solo una especie de reconocimiento vacío. No era ella lo que veía, sino el acto en sí, el simple y crudo intercambio de cuerpos que no significaba nada.

Los dedos de la mujer se aferraron a sus hombros, uñas apenas hundiéndose en su carne, buscando algo en él que no estaba dispuesto a dar. Su cabello caía en desorden sobre su rostro, algunas hebras pegándose a su cuello húmedo de sudor. Su cadera seguía moviéndose en ese vaivén pausado, como si midiera el tiempo con cada golpe de su pelvis contra la de él.

Gabriel sintió la opresión de la habitación cerrada, el calor acumulándose entre ellos, la fina capa de humedad que cubría sus espaldas, haciendo que la fricción fuera aún más tangible, más sucia. Apretó los dientes cuando ella giró las caderas en un movimiento más marcado, buscando una reacción, un atisbo de entrega, algo más que la rigidez de su cuerpo soportando el suyo.

Pero él no respondió.

No cambió el ritmo. No buscó más.

Solo la dejó moverse, la dejó hacer, la dejó perderse en ese balanceo que no llevaba a ninguna parte, que no encendía fuego, que no lo rescataba de la tormenta en su cabeza.

Los gemidos de ella eran suaves, contenidos, una sinfonía apagada que sonaba más como un hábito que como una expresión de placer genuino. A veces se alargaban, a veces se cortaban en un suspiro más bajo, pero nunca pedían respuesta. Nunca lo llamaban a participar de lo que estaba sucediendo entre ellos.

Porque esto no era para él.

Ni para ella.

Era solo el eco de algo que alguna vez tuvo significado y ahora era una sombra de lo que fue.

Los dedos de Gabriel se deslizaron perezosamente por la piel húmeda de su espalda, siguiendo la curva de su cintura, el temblor imperceptible en sus muslos que indicaba el esfuerzo de mantenerse en movimiento. Su mano bajó hasta sus nalgas y las apretó con una firmeza que no llegó a ser deseo, sino algo más parecido a la necesidad de aferrarse a algo físico, a algo real.

Ella lo notó.

Se inclinó sobre él, su boca a centímetros de la suya, su aliento caliente entremezclado con el de él. No lo besó. No intentó hacerlo.

Solo se quedó allí, en esa distancia mínima, dejando que el morbo flotara entre ambos como una promesa que ninguno de los dos tenía intención de cumplir.

Y Gabriel, por un segundo, pensó en cerrar los ojos.

En pretender que era otra piel la que lo envolvía, otro cuerpo el que se estremecía sobre el suyo, otra boca la que suspiraba contra la suya.

Pero cuando lo hizo, la única imagen que vio fue la de su esposa cruzando la puerta de aquel motel con otro hombre.

Y entonces, todo ardió por dentro.

El fuego en su pecho estalló con la violencia de una herida recién abierta. La imagen de su esposa cruzando la puerta del motel con otro hombre se grabó en sus párpados como una maldición, como una sentencia imposible de revocar. Su respiración se volvió áspera, iracunda, un gruñido atrapado en su garganta mientras la mujer seguía moviéndose sobre él con esa cadencia adormecida, mecánica, sin emoción.

Pero ya no podía soportarlo.

Sus manos, hasta entonces inertes, cobraron vida con una brutalidad que lo tomó por sorpresa. Se aferró a su cintura, clavando los dedos en su carne con la urgencia de alguien que necesita controlar algo, lo que sea, en medio de un caos que lo ha devorado entero. Sin previo aviso, la volteó con un movimiento torpe pero decidido, haciéndola caer sobre el colchón desvencijado con un jadeo de sorpresa. Su cuerpo quedó tendido boca abajo, sus piernas abiertas, su piel sudorosa resplandeciendo bajo la luz intermitente de la lámpara.

Ella no protestó. Solo dejó escapar una risa baja, cargada de algo que podría haber sido resignación o simple costumbre.

—Así que te gusta tomar el control...

Pero Gabriel no respondió. No era control lo que buscaba. Era castigo. No para ella, sino para el fantasma que no dejaba de acecharlo, para la mujer que había convertido su vida en un pozo del que no podía salir.

Se colocó sobre ella, inclinando su cuerpo hasta cubrirla por completo, su aliento golpeando su nuca con el calor de una fiebre maldita. Sus manos recorrieron su espalda con una fuerza más cercana a la desesperación que al deseo, deslizándose por su cintura hasta alcanzar sus caderas. La sostuvo con firmeza, con rudeza, obligándola a alzarse apenas, a arquearse bajo su peso mientras él se posicionaba detrás, su erección buscando el calor húmedo entre sus piernas con una urgencia ciega.

Cuando la penetró, no lo hizo con delicadeza.

Fue un empuje brusco, un golpe seco que la hizo exhalar un sonido entre placer y sorpresa. Gabriel apretó los dientes, el ceño fruncido con una intensidad feroz mientras se hundía en su interior, sintiendo la presión caliente envolviéndolo como un puño cerrado. No había ternura en sus movimientos, ni intención de prolongar el momento; solo un frenesí nacido de la rabia, de la necesidad de destruir algo, de marcar su presencia sobre una piel que no era la que quería, pero que en ese instante le servía de catarsis.

Sus embestidas eran profundas, intensas, casi dolorosas, un castigo físico que no sabía si era para ella, para su esposa o para sí mismo. Cada choque de su pelvis contra su trasero resonaba en la habitación como el eco de una condena. Sus manos se aferraban con fuerza a su cintura, clavando los dedos con la sensación enfermiza de querer poseer algo, de reclamar un territorio que nunca había sido suyo realmente.

La mujer jadeaba bajo él, sus uñas arañando las sábanas sucias, su rostro medio enterrado en el colchón mientras lo recibía sin resistencia. Su cuerpo se amoldaba a la violencia con la sumisión de quien ya ha aprendido que el placer y el dolor son casi lo mismo.

—Eso es... —murmuró entre jadeos, con la voz rasposa de cigarro y cansancio.

Pero él no escuchaba.

En su mente, la escena se distorsionaba. No era ella la que gemía bajo su peso. Era su esposa. Su mujer. La única que había tenido. La única que debería haber estado allí, arqueándose para él, entregándose solo a él. Pero no. Ella estaba con otro. Ella había gemido para otro. Se había abierto para otro. Y ahora, sin importar cuánto la follara en su imaginación, sin importar qué tan fuerte la sujetara en su fantasía, ya no le pertenecía.

Su mandíbula se tensó, su ritmo se volvió errático, desesperado, con la rabia trepando por su garganta como una bestia salvaje. Empujó más fuerte, con la respiración agitada y un sudor frío resbalándole por la espalda. Las sombras en la habitación parecían moverse al compás de sus embestidas, danzando en las paredes con la burla muda de testigos que sabían que nada de esto tenía sentido.

Porque en el fondo, no estaba poseyendo a nadie.

Ni a ella.

Ni a su esposa.

Ni siquiera a sí mismo.

Sintió que su mente se fragmentaba en mil pedazos, que su carne respondía, pero su alma estaba en otro sitio, en otro tiempo, en un lugar donde aún era feliz y no un hombre abandonado follándose su propio dolor.

El orgasmo llegó como un golpe sordo. Un espasmo seco, vacío, una descarga que no trajo placer, solo la certeza de que nada había cambiado. Nada podía cambiar. Y mientras su cuerpo se estremecía en el último temblor de un clímax amargo, solo pudo pensar en una cosa:

Nunca iba a dejar de estar jodido.

Ella se movió lentamente, alejándose de él sin ceremonias. Se sentó al borde de la cama, recogiendo su ropa del suelo con la parsimonia de quien ya sabe exactamente cómo termina cada historia. Se deslizó la tanga entre las piernas, acomodó su sujetador sin molestarse en abrocharlo bien. No le dirigió una sola mirada, ni una palabra.

Gabriel yacía con el brazo sobre los ojos, el aliento pesado, el sudor enfriándose sobre su piel. Se sentía sucio.

Más sucio que nunca.

No solo por el olor rancio del cuarto, ni por la humedad entre sus piernas. Sino porque, a pesar de todo, no había logrado sacarla de su cabeza.

Su esposa.

Los gemidos de la prostituta no fueron suficientes para ahogar la imagen de su mujer con otro hombre, sus piernas enredadas en una cama que no era la suya.

Nada lo era.

Se vistió en silencio y salió del edificio, la madrugada lo golpeó con su brisa salada y su neón parpadeante. El aire olía a ciudad sucia y a soledad. Tambaleándose, con la chaqueta mal puesta y el estómago revuelto de alcohol y culpa, encendió un cigarro con manos temblorosas. El humo le quemó la garganta, pero el dolor era bienvenido. Era algo real, algo que podía sentir en medio del vacío que lo consumía.

Se apoyó contra la pared de un edificio abandonado, las luces de la calle parpadeando como si estuvieran a punto de apagarse. Sacó el teléfono de su bolsillo, la pantalla agrietada reflejando su rostro demacrado. Lo sostuvo un momento, dudando, como si el dispositivo pesara más que su propia culpa.

No había llamado a casa en meses. No desde aquella noche en que salió dando un portazo, jurando que nunca volvería. Pero ahora, en medio de la borrachera y la miseria, algo lo empujaba a marcar el número. Tal vez era la necesidad de escuchar su voz, de recordar que alguna vez fue alguien más que este fantasma que caminaba por las calles.

El tono de llamada sonó una, dos, tres veces. Cada repetición era un martillazo en su pecho.

—¿Hola?

No era la voz de su esposa. Era más joven, más fría. Su hija mayor.

Gabriel se quedó mudo por un instante, la garganta apretada como si alguien le hubiera clavado un puño en la tráquea.

—Sofí… —logró balbucear, pero su voz sonó rota, como si las palabras se hubieran quedado atrapadas en el fondo de un pozo.

—¿Qué quieres? —La voz de ella era cortante, como un cuchillo que no dejaba espacio para excusas.

—Quería… hablar con tu mamá.

—No está. Y aunque lo estuviera, no querría hablar contigo.

Gabriel cerró los ojos, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor. No era solo el rechazo lo que lo golpeaba, sino la frialdad en la voz de su hija. La misma niña que alguna vez corrió hacia él con los brazos abiertos, gritando "¡papi, papi!" mientras él la levantaba en el aire.

—Sofí, por favor… —intentó de nuevo, pero ella lo interrumpió.

—¿Por favor qué? ¿Qué más quieres de nosotras? Ya nos abandonaste. Mamá te necesitaba, te necesitábamos, y te fuiste. ¿Sabes lo que es despertar y darte cuenta de que tu papá ya no está? ¿Sabes lo que es ver a tu mamá llorar todas las noches?

Cada palabra era un golpe, una acusación que lo dejaba sin aliento. Gabriel se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo, el teléfono pegado a su oído como si fuera un salvavidas.

—No fue mi intención… —murmuró, pero las palabras sonaron huecas, incluso para él.

—Claro que no. Nunca es tu intención, ¿verdad? Solo te importas tú.

Un silencio pesado se extendió entre ellos, roto solo por el sonido de la respiración entrecortada de Gabriel.

—Sofía, yo… —comenzó, pero no supo cómo continuar. ¿Qué podía decir? ¿Que la extrañaba? ¿Que se arrepentía? ¿Que cada noche soñaba con sus risas y despertaba con el vacío de haberlas perdido?

—No llames más —dijo ella al final, y su voz tembló ligeramente, como si estuviera a punto de llorar, pero se negará a darle ese gusto—. No eres bienvenido aquí.

El clic de la llamada cortándose fue como un disparo en el silencio de la madrugada. Gabriel se quedó ahí, sentado en el suelo, con el teléfono aún pegado a su oído, como si esperara que algo cambiara.

Pero no cambió nada.

El recuerdo de Sofía lo golpeó con la fuerza de un tren. La imagen de ella, pequeña y risueña, corriendo hacia él en el parque, sus trenzas al viento, sus brazos abiertos. "¡Papi, atrápame!" Y él, riendo, la levantaba en el aire, girando hasta que ambos caían al suelo, mareados y felices.

Ahora, esa misma niña lo había desterrado de su vida.

Gabriel apretó los puños, las uñas clavándose en las palmas hasta dejar marcas. El dolor era real, pero no era suficiente. Nada era suficiente para borrar la ira que lo carcomía por dentro.

Se levantó con dificultad, tambaleándose, y caminó hacia la oscuridad de la calle. El cigarro se había apagado en sus dedos, pero no lo notó. Tampoco notó las miradas de los transeúntes que lo esquivaban, como si fuera un fantasma, una sombra más de la ciudad.

Algo en él murió en ese momento. No solo la esperanza de recuperar lo que había perdido, sino también la ilusión de que alguna vez podría perdonarse a sí mismo.

No supo cuánto tiempo estuvo de pie en la acera, mirando el vacío, sintiendo cómo su existencia se encogía hasta convertirse en nada.

Pero eventualmente, sus pies lo llevaron de vuelta al único lugar donde aún era bienvenido.

El bar lo acogió como una condena, el mismo rincón oscuro donde ya no importaba cuánto tiempo pasaba ni cuánto se hundía. Gabriel se dejó caer en la banqueta que conocía demasiado bien, la cabeza inclinada hacia el pecho y las manos, temblorosas, arrugadas sobre la mesa como si pudieran aferrarse a algo. A un segundo, a un instante en el que todo aún tuviera sentido.

El barman lo miró sin la mínima sorpresa. La indiferencia era su único lenguaje. No había compasión en sus ojos, solo el vacío de alguien que ya no se preguntaba por qué seguía allí.

—Una botella. —Su voz era un susurro rasposo, tan arrastrado por el desdén de los días perdidos que parecía haber dejado de ser una orden.

Hubo un par de segundos de duda, y luego la botella apareció frente a él. El hombre no dijo nada más. No hacía falta. Sabía que Gabriel no estaba allí para hablar. Estaba allí para ahogarse.

El líquido dorado se deslizó por su garganta como si pudiese purgarlo, como si pudiera quemar todo lo que llevaba dentro. La desesperación, los recuerdos, la rabia, esa sensación de ser el hombre olvidado por la vida, por su propia historia. El dolor se pegó a su piel, se impregnó en sus poros como una maldición, un sello que no podría arrancarse ni con alcohol ni con golpes.

Bebió más. Como si cada trago fuera una daga clavada en su pecho, con la esperanza de que algún efecto físico pudiera silenciar lo que restaba de su alma. Pero no lo hizo. Nada lo hizo. El dolor solo se multiplicó, se expandió como un veneno en su sistema. No sabía cuántos tragos pasaron antes de que la tristeza fuera reemplazada por rabia, antes de que la impotencia lo empujara a encontrar un rostro al que golpear, a desgarrar con la furia que le aplastaba el estómago.

Fue cuando lo vio. El tipo de antes, el que había estado a punto de estrellar un vaso en la cara del otro hombre. Su voz resonaba en el aire, fuerte, dominante, como una advertencia. Su presencia era lo que él necesitaba, una excusa perfecta, el combustible para la combustión de lo que quedaba de él.

Gabriel se levantó sin pensar, sin calcular. No importaba lo que el tipo dijera, lo que argumentara o lo que tuviera que ofrecer. Lo único que importaba era el rugido en su cabeza, el peso de la ira que lo aplastaba por dentro.

El primer golpe fue suyo, descargado con la rabia de años acumulada en los huesos, una furia que había anidado en su pecho como un tumor silencioso. Su puño se estrelló contra la mandíbula del otro hombre con un chasquido sordo, un estallido breve pero satisfactorio. No tuvo tiempo de saborear su propia violencia; el contraataque llegó de inmediato, un puño seco y contundente que lo encontró de lleno en el rostro, partiéndole el labio con la precisión de un martillo rompiendo vidrio.

El mundo se volvió borroso.

Puños. Impactos. La piel ardiendo con cada nuevo golpe. Un destello de luces parpadeantes en los bordes de su visión mientras el rugido de voces y gritos se descomponía en un murmullo incoherente. La violencia lo devoró por completo, lo envolvió en un torbellino de caos donde el dolor y la adrenalina se fundían en una misma sustancia hirviente.

Un puñetazo le dobló el cuello hacia un lado; sintió el crujido de su propia carne protestando, un espasmo de electricidad corriendo por su columna. Otro impacto lo empujó hacia atrás, lanzándolo contra la mesa más cercana, el borde de madera dura golpeándole la cadera con un dolor agudo. Se dobló sobre sí mismo, respirando con dificultad, con la sangre caliente resbalándole por la barbilla.

Pero no paró.

No podía parar.

Se incorporó con un gruñido, tambaleándose, los nudillos ensangrentados aún cerrados con la obstinación de un hombre que no tenía nada que perder. Buscó otro rostro al cual golpear, otra carne donde hundir la rabia que lo desbordaba. Se lanzó de nuevo, sin pensar, sin medir la fuerza, sin importarle si el siguiente golpe lo derribaría para no volver a levantarse.

Y por un instante, entre la vorágine de cuerpos enredándose en la lucha, sintió algo parecido al alivio.

El dolor lo anclaba. Cada golpe recibido era una prueba de que seguía allí, que aún podía sentir, que no se había desvanecido del todo en el vacío en el que se hundía noche tras noche.

La sangre en su boca tenía el sabor áspero de la derrota y la dulzura perversa de la expiación.

Porque, de alguna manera retorcida, cada puñetazo que recibía no era solo un castigo, sino una respuesta.

Una respuesta a la traición.

A la imagen de su esposa con otro.

A las noches sin sueño, a los vasos de whisky vacíos, a los cigarrillos consumidos hasta la última brasa.

A su propia incapacidad de dejar de amarla y odiarla al mismo tiempo.

Alguien lo empujó contra la pared, un brazo fuerte lo sujetó por el cuello, una amenaza de ahogo que no terminó de cumplirse. Un golpe en el estómago le robó el aire y lo dobló sobre sí mismo como un muñeco roto. Su cuerpo colapsó en un espiral de jadeos entrecortados, el sudor pegajoso resbalando por su frente, mezclándose con la sangre en su boca.

Y, aun así, sonrió.

Una carcajada ronca y sucia, que apenas logró escapar de su garganta antes de quedar atrapada, como un grito sofocado antes de nacer.

Se tambaleó hacia la barra, apoyándose pesadamente sobre un codo, con la visión aún desenfocada. Se pasó la lengua por el labio partido, probando su propia sangre como si pudiera encontrar en su sabor una respuesta a algo que nunca había comprendido del todo.

El barman no dijo nada. No movió un dedo.

Solo lo miró con la paciencia de quien ya ha visto demasiadas veces la misma escena, con la indiferencia de alguien que sabe que algunos hombres están destinados a desmoronarse sin posibilidad de reconstrucción.

Gabriel dejó caer la cabeza sobre la mesa más cercana, la mejilla pegándose a la madera fría, sintiendo cómo el latido en su sien se sincronizaba con el zumbido de la rockola. La música seguía sonando, viejas canciones arrastrándose en el aire con un tono burlón, como si fueran testigos del desastre en el que se había convertido.

Y en ese instante, con la sangre aún caliente en su boca, con el cuerpo entumecido por la violencia, con la certeza de que nadie lo esperaba en ninguna parte, lo supo.

Su historia ya no tenía rumbo.

Se había convertido en algo etéreo, en un espectro más de ese bar rancio, en un hombre sin destino flotando en un presente sin sentido.

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Finalizado el 28 de febrero de 2025.