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Sadomasomar 2025

El significado de la humildad

Él llegó creyendo que su ascenso lo hacía intocable. Ella lo esperaba con guantes de látex y una venda en los ojos, lista para recordarle que su poder no existe más allá de su puerta. Esta noche, la humildad no se aprende, se arrastra.

Diosa Esmeralda3.8K vistas

Tus brazos estaban cubiertos con unos largos guantes de látex negro. Tu cuello llevaba un pesado collar de metal. Sobre tus ojos, una venda que te aislaba un poco más de la sociedad. El resto de tu cuerpo estaba desnudo, como quería verte.

Los hombres suelen tener esta errónea impresión de que el mundo gira en torno a ellos. Sin embargo, esconden su propio eje, sus pollas, porque saben que en el fondo todos sus privilegios son frágiles. Esa tarde habías recibido un ascenso y decidiste gastarte toda la diferencia en una sesión conmigo. Sonaba interesante, así que, salvo por una cita, cancelé el resto de mis planes y preparé algo especial. No quería que salieras de mi departamento sintiéndote contento. Quería que te sintieras humilde.

La forma más rápida de llegar a esa humildad es a través de la humillación. Apenas llegaste, te ordené desnudarte y tirarte en el frío piso de mi cocina. Las baldosas encogieron tu pene en unos minutos, tal como quería.

“Arrástrate hacia mi sin despegar tu estómago del piso”, te dije, a unos cuantos metros de distancia, sentada en mi sillón reclinable de cuero. Para esta ocasión, decidí usar el look completo de dominatrix. una apretada chaqueta de cuero, con su cierre haciendo de escote para que imaginaras cómo se verían libres mis tetas. Mis piernas cubiertas por leggings de látex y botas de montar negras, decorando todo con joyería en mi cuello. Usaba el mismo labial rojo que en otra sesión me habías comentado usaba tu profesora de infancia y maquillé mis ojos para sumarme unos cuantos años. Cualquier cosa que hiciera que tu insignificante cerebro percibiera autoridad.

“Lame”, indiqué, una vez llegaste a mis pies, y apenas tu lengua se posó en mi bota izquierda, con la suela de la otra pisé tu cabeza. Se siente bien aplastar insectos, pero hoy no iba por tu cráneo, sino que por tus bolas.

Luego te vestí como es debido, con el uniforme que asigno a todos mis esclavos, salvo por la jaula de castidad. Apenas te vi listo, todo lo que pudo pasar por mi mente fue tu ascenso, tu posición en la jerarquía empresarial, tu pequeña victoria sobre tus compañeros, los elogios y la admiración, todo eso que no significa nada cuando estás frente a mi, tu Diosa.

Agarré tu pene con fuerza, sentiste la punta de mis uñas clavarse en él mientras se erectaba. “Hoy saldrás de aquí sabiendo tu lugar”. Jalé de tu miembro mientras sollozabas, tus lágrimas solo alimentaron más mi sadismo. Me reí en tu cara, como suelo hacerlo y te tiré al piso.

Lentamente, puse mis suelas sobre tus bolas. “La próxima vez las quiero depiladas, esclavo”, te dije, a lo que, entre lloriqueos, asentiste. “¡Habla fuerte, basura!”, insistí y pisé con fuerza. Mis vecinos debieron haberte escuchado gritar. Probablemente a unas cuadras incluso escucharon tu “Sí, Diosa”.

Pisé un par de veces más “¿Viste que no es tan difícil? Tienes que aprender modales si quieres que vuelva a aceptar tu presencia en mi santuario, imbécil”. Pisé con ira, pisé pensando en todos los hombres que me han detenido en algún momento de mi vida. Si pudiera, despertaría cada día aplastando testículos de hombrecitos como tú.

Al par de minutos te dejé, me alejé tan silenciosa como pude y te contemplé. Una piscina de lágrimas rodeaba tu rostro. A través del sudor, se podía respirar el perfume que probablemente habías comprado en un impulso de salir de tu patetismo. ¿Habrás conseguido novia? ¿Te hará sentir así acaso? No lo creo, nadie te puede hacer sentir como yo.

Volví hacia ti, cargada con un balde lleno de cubos de hielo y empecé a posicionarlos sobre tu polla. No pude contener las carcajadas cuando te vi sacudir tu pelvis al sentir el primero. Agarré tus bolas y te gruñí: “quieto, no mojes el piso”.

Tu pene se volvió a achicar, no veía uno así de diminuto en mucho tiempo. Volví a clavar mis uñas en ti, pero esta vez fue en tus bolas. Sabía cuánto presionar para no sacar sangre, pero no podía prometer que no saldrías lastimado. Empezaste nuevamente con tus alaridos de niñito malcriado, así que decidí sentarme en tu cara. Froté mi trasero cubierto en látex sobre tu boca y seguí presionando tu masculinidad, así hasta que quedaste completamente reducido.

“Ya se va acabando tu tiempo, perrita”, dije, “y eso significa que hay que guardarte como corresponde”. Del bolsillo de mi chaqueta, saqué una jaula de castidad metálica plana, me había costado parte de lo que me pagaste, pero valía la pena. Si lograba transformarte en un esclavo frecuente, tendría que dejar de preocuparme de un par de cuentas al mes.

“Voy a sellarte para que nadie más te pueda tocar. Quiero que vuelvas, ¿entiendes? quiero que vengas rogando que te libere. Tú decide cuándo, no voy a arrastrarme por ti, pero si quieres ver tu micropene de nuevo en libertad, tendrás que hacer mérito con tu Diosa”.

Bajo mis muslos, te escuché agradecerme. Golpee con gentileza tu jaula, como un regalo de despedida y te volví a vestir.

Pagaste tu tributo con un extra considerable, me imagino que tus almuerzos de esta semana se verán afectados, pero no me importó, lo único que pude pensar fue en qué juguetes probaría en ti con ese presupuesto a mi disposición. Te ordené dejarme y lo hiciste con la amabilidad de una presa sin escapatoria.

Saliste pensando en tu agenda, en tomarte un día entero quizás para verme. En cancelar la cita con esa chica que tan bien te había tratado hace unos días para venir a ser torturado por tu Diosa. Sentiste la presión de una erección ser contenida por el metal y casi gemiste mientras bajaban los pisos de mi edificio.

Sin embargo, al salir del ascensor, una sola imagen bastó para romper tu éxtasis: tu jefe, entrando por la puerta del lado, con una sonrisa igual de estúpida que la tuya.