La experiencia de Ana
Ana siempre supo que su fantasía era oscura, pero nunca imaginó que el precio de su sumisión sería tan bajo. En un claro polvoriento, bajo el sol implacable, la joven dominadora no solo la desnudó, sino que la redujo a polvo. ¿Cuánto está dispuesta a aguantar una mujer para sentirse viva?
Soy Elisa, tengo 24 años y llevo tres como domina profesional. La mayoría de mis clientes son hombres, la mayoria pasan sin pena ni gloria, con sus demandas predecibles que muchas veces me aburren. Pero aveces aparecen sumisas como Ana (la protagonista de hoy), raras, que buscan probar algo diferente. Les he pido a algunas que escriban para mi, para publicarla o para hacer que más mujeres se animen a venir o probar algo diferente.
Esta es la experiencia de Ana.
Soy Ana, 50 años, pelo gris corto, cuerpo fornido, manos grandes. Hace unos meses marqué un número que encontré después de buscar en sitios que prefiero no nombrar, con el teléfono temblándome en la mano y el corazón latiéndome fuerte contra las costillas. Le dije lo que quería, o lo intenté—mi voz salía torpe, entrecortada, hablando de collares, de ser tratada como menos que humana, de dejarme hundir en algo que no sé explicar bien. Ella no dudó, su voz cortó el aire como un filo al otro lado de la línea: “Entiendo lo que eres, Ana. Mañana a las cuatro de la tarde, te envio ubicacion. Trae 350 euros y no llegues tarde.” Colgó antes de que pudiera responder, y me quedé ahí, con el auricular zumbando y un calor subiéndome por el cuello.
El día llegó, un martes con el sol alto y un calor seco que hacía temblar el aire sobre el asfalto. A las cuatro en punto estaba en el lugar, un cruce—una gasolinera cerrada con el cartel torcido a un lado, un camino de tierra polvoriento al otro—, con un bolso marrón en la mano y los billetes doblados dentro. Llevaba una camiseta gris vieja, unos vaqueros gastados y botas que crujían al caminar, nada especial, porque no sabía qué iba a pasar. Un coche negro apareció, levantando polvo del camino, y ella bajó la ventanilla: Elisa, pelo negro largo cayendo como una cortina brillante, corsé negro apretándole el cuerpo hasta parecer una estatua, ojos oscuros que me atravesaron como si ya me hubiera visto antes. No dijo nada de más, solo inclinó la cabeza hacia la puerta del copiloto con un gesto seco.
- “Sube, vamos. No tengo todo el día.”
Su voz salió cortante, con un dejo de burla que me hizo obedecer al instante. Me senté, con las manos sudándome contra los vaqueros, y ella arrancó sin mirarme otra vez. El coche olía a su perfume—fuerte, dulce, como algo que te envuelve y no te suelta—, y el silencio pesaba mientras conducía por carreteras estrechas, con árboles secos y campos abiertos a los lados. Después de unos veinte minutos, paró en un claro amplio, rodeado de arbustos bajos y tierra seca, con chinos pequeños esparcidos por el suelo y un cielo azul pálido arriba. Bajó del coche, con las botas altas resonando en la tierra, y abrió mi puerta con un movimiento brusco que me heló.
- “Fuera. Desnúdate y ponte de rodillas. Ya.”
Tragué saliva, con el calor subiéndome a la cara y un nudo apretándome el estómago, pero obedecí. Me quité la camiseta, los vaqueros, la ropa interior, todo, dejándolo en una pila desordenada sobre el asiento, y me arrodillé en la tierra, desnuda, con los chinos pequeños clavándoseme en las rodillas y el sol quemándome la piel. Ella dio una vuelta a mi alrededor, con los tacones hundiéndose en el suelo y levantando polvo, y sacó un collar de cuero marrón de un bolso negro que llevaba colgado del hombro. Me lo puso, tirando fuerte para ajustarlo hasta que sentí el cuero cortándome el cuello, y enganchó una cadena corta que brilló bajo la luz del sol. - “Mírate, Ana, ya pareces lo que eres. Una perra sucia. Gatea para mí.”
Su voz tenía un filo cruel, y tiré de la cadena, gateando desnuda por la tierra, con los chinos raspándome las manos y las rodillas, el collar apretándome cada vez que respiraba hondo. El sol me pegaba en la espalda, quemándome la piel desnuda, y el sonido de sus botas detrás de mí me empujaba a seguir—un paso, otro, otro. El claro era grande, con parches de hierba seca y piedras sueltas, y ella me guiaba, dando tirones bruscos a la cadena cuando aminoraba el ritmo, con una risa corta que me cortaba como un vidrio roto. - “¿Qué pasa, cachorra? ¿Ya te cansas? Más rápido, no me hagas patearte.”
Gateé hasta que las piernas me temblaron, con la tierra pegándoseme a la piel sudorosa y el collar raspándome la garganta, dejando un roce rojo que ardía. Me detuvo cerca de un arbusto seco, con ramas torcidas y hojas marrones colgando, y sacó una cuerda marrón del bolso, fina y áspera como lija. Me ató las manos delante, apretando los nudos hasta que la piel se me arrugó y un pinchazo me subió por los brazos, y me empujó contra el arbusto con la punta de la bota, haciéndome caer de culo en la tierra. - “Siéntate ahí, perrita. Quédate quieta y no me mires con esa cara de estúpida.”
Me senté, con las ramas secas raspándome la espalda y las manos atadas temblándome en el regazo, el collar cortándome el cuello con cada movimiento. Ella se alejó unos pasos, con los tacones resonando y levantando polvo, y volvió con un cuenco de metal pequeño, lleno de agua turbia con tierra flotando y un olor agrio que me pegó en la nariz. Lo dejó frente a mí, tan cerca que casi me rozaba la cara, y se cruzó de brazos, con las botas brillando y una sonrisa torcida que me heló. - “Bebe, perra. Ensúciate bien para mí, vamos.”
Me incliné, con el collar tirándome del cuello y las cuerdas cortándome las muñecas, y metí la cara en el cuenco. El agua estaba tibia, amarga, con un sabor a barro y algo más que me revolvió el estómago, pero lamí, con el líquido goteándome por la barbilla y el pecho, manchándome la piel desnuda con rayas marrones. Ella se rio, un sonido fuerte y cruel que resonó en el claro, y se inclinó hacia mí, con el pelo negro cayéndole por un lado y los ojos oscuros brillando. - “Qué asco das, Ana. Mira cómo te ves, toda sucia y babeando. Sigue, quiero verte más patética.”
Bebí hasta que el cuenco quedó vacío, con la cara empapada y el barro pegándoseme al cuerpo, el collar apretándome más con cada jadeo que me salía. El sol me quemaba la piel, y su perfume—fuerte, dulce—se mezclaba con el olor a tierra húmeda, mareándome hasta que la cabeza me dio vueltas. Me miró un rato, con las manos en las caderas y las botas a un palmo de mi cara, y luego tiró de la cadena con un movimiento brusco que me levantó de golpe. - “Arriba, cachorra. Vamos a pasearte como te mereces.”
Me guió por el claro, desnuda, con la cadena tirando del collar y las manos atadas, gateando cuando me lo ordenaba con esa voz que no dejaba espacio—“abajo, perra”, “más rápido, no me hagas esperar”. El calor del día me pegaba en la piel, y el sudor me corría por la espalda, mezclándose con el barro seco que se me pegaba como una segunda piel. Me hacía parar cada tanto, arrodillarme en la tierra, y me hablaba con un tono que me hundía más con cada palabra: - “Mírate, toda sucia y arrastrándote como un animal. ¿Esto es lo que soñabas, no? Qué vergüenza das, Ana.”
Después de un rato—no sé cuánto, el tiempo se pierde con ella—, me llevó a un círculo de tierra plana en el centro del claro, con piedras sueltas y parches de hierba seca alrededor. Me hizo gatear hasta el medio, con la cadena cortándome el cuello y los chinos raspándome las rodillas hasta dejarlas rojas. Sacó una fusta del bolso—cuero negro, fina, con un mango que brilló en su mano—y la chasqueó en el aire, un sonido seco que me hizo estremecer. Se acercó, con los tacones hundiéndose en la tierra, y me dio un toque en la espalda con la punta, un pinchazo leve que ardía como fuego. - “Quédate quieta, perra. Si te mueves, te marco de verdad, y no vas a querer eso.”
Me quedé inmóvil, desnuda en la tierra, con el collar apretándome y las manos atadas temblándome, el sudor y el barro goteándome por el cuerpo como una capa sucia. Ella dio una vuelta a mi alrededor, rozándome con la fusta—la espalda, los hombros, las piernas—, sin golpear fuerte, solo dejando la amenaza colgando en el aire, y su risa me cortaba más que cualquier golpe. Luego se paró frente a mí, con las botas a un palmo de mi cara, y me dio un empujón ligero con la punta de la fusta en la barbilla, haciéndome levantar la cabeza. - “Qué ridícula estás, Ana, toda sucia y temblando. Pero me entretienes, cachorra.”
El tiempo pasó así, con ella guiándome por el claro, tirando de la cadena, haciéndome gatear desnuda sobre la tierra y los chinos, beber de cuencos que sacaba del bolso—agua turbia, a veces algo más espeso que me quemaba la garganta y me dejaba la boca pastosa. Me hablaba como si fuera menos que nada, con órdenes cortas y burlas que me hundían: “Más rápido, perrita, no me hagas arrastrarte”, “Mírate, toda sucia y babeando como un animal”, “Qué asco das, Ana, ni para esto sirves”. El sol bajó un poco, el calor se volvió más pesado, y el barro se me secó en la piel, dejándome marcada con rayas marrones y rojas donde los chinos me habían raspado. Cada tanto me hacía arrodillarme frente a ella, con las botas brillando y el corsé apretándole el cuerpo como si no sintiera el calor, y me miraba con esos ojos oscuros que me reducían a polvo. - “Siéntate ahí, perra. Vamos a ver cuánto aguantas siendo un desastre.”
Me sentaba donde decía, con la tierra pegándoseme a las piernas y las manos atadas temblándome, y ella se alejaba unos pasos, cruzándose de brazos o chasqueando la fusta en el aire, riéndose cada vez que me veía jadear o temblar. Una vez me hizo gatear en círculos alrededor de ella, con la cadena corta tirándome del cuello y el sol quemándome la espalda, y cuando me paré un segundo, agotada, me dio un toque con la fusta en el muslo—justo lo suficiente para que ardiera, no más. - “¿Parándote, cachorra? Sigue, no me hagas perder el tiempo con una inútil como tú.”
Gateé más, con el muslo palpitándome y el collar raspándome, y su risa resonaba en el claro, mezclándose con el zumbido de los insectos y el crujir de la tierra bajo mis manos. El día se alargó, con ella llevándome de un lado a otro, haciéndome beber, gatear, quedarme quieta, siempre desnuda, siempre sucia, siempre bajo su mirada. Al final—después de lo que parecieron horas, aunque el sol aún estaba alto—, me llevó cerca del coche, a un parche de tierra lisa junto a un arbusto seco, y me hizo arrodillarme otra vez, con la cadena colgando floja entre nosotras. Se agachó frente a mí, con el pelo negro cayéndole por un lado y los ojos oscuros clavándome al suelo, y habló con esa voz que corta y seduce al mismo tiempo:
- “Esto es lo que eres, Ana. Una perrita sucia y patética que babea por mí. ¿Te gusta, verdad?”
Asentí, con el collar raspándome la garganta y la voz atrapada en el pecho, y ella se rio, un sonido que me atravesó como un clavo. Me desató las manos, dejando marcas rojas que palpitaban al tocarlas, y me tiró el abrigo con un gesto brusco de la barbilla.
- “Vístete, cachorra. nos vemos pronto.”
Me puse el abrigo sobre la piel sucia, temblando, con el barro seco pegado a mí y el sudor enfriándose en la espalda. Subí al coche, y ella condujo de vuelta al cruce, con su perfume llenando el aire y el silencio cortándome como su voz. Me dejó ahí, con el sol todavía alto y el cuerpo ardiéndome bajo el abrigo, y arrancó sin mirar atrás. Caminé a casa, con la tierra y las marcas resonándome en la piel. Elisa es todo—sus botas, su risa, su manera de hacerme menos que nada y más viva que nunca.
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