Dominando a mi vecino gordo 2
Creías conocer a Don Antonio por su educación y su edad, pero la puerta de su penthouse guarda un secreto que quema. No es solo el hombre que fue sacerdote; es el semental que domina a su propia carne. Y tú, atrapada en el umbral, solo puedes mirar.
Después de aquel encuentro me refugié en el trabajo. Al fin y al cabo Don Antonio estaba casado. Así que me planteé no volver a estar con él pero mi mente recordaba la fabulosa cogida que me dio.
Cuando nos encontrábamos en la piscina o el ascensor, los dos actuábamos como si no hubiera pasado nada, sobre todo él mantenía una educación exquisita cediéndomela el paso siempre.
Un día me encontré con su mujer por el pasillo. Nos saludamos y me dijo que se acordaba de mí en la piscina cogiendo sol. Empezamos a charlar de cosas de mujeres. Parecía la típica señora casada y aburrida de estar en casa haciendo sus labores.
Me recomendó un par de recetas de cocina y la invite a mi pent-house para anotarlas. Bueno, resulto que nos hicimos amigas y, supe que ellos se habían casado ya entrados en edad y que Don Antonio había sido sacerdote antes de su matrimonio.
Aquello me interesó particularmente y ella me reveló que había sido su cura confesor hasta que Don Antonio renunció al sacerdocio a la edad de 47 años. Me comentó que habían tenido dos hijas.
Las conocí el día en que Luisa, que así se llamaba ella, me invitó a almorzar en su casa. Era un pent-house modesto, con dos habitaciones, una sala y una cocina. La decoración era antigua. Cuando llegué, Luisa me recibió y en el salón estaba Don Antonio sentado en el sofá viendo televisión.
Me fijé de que iba vestido con unas bermudas oscuras con una camisa de cuadros azul celeste desabotonada que resaltaba su gran barriga. Me saludó cordial y educadamente, y me presentó a su hija Elena de 18 que estaba sentada a su lado en el sillón.
Entonces Luisa y yo nos fuimos a cocinar. Después de un rato ella, mientras preparaba arroz, me pidió que le trajera el móvil que había dejado en la sala. Me dispuse a traérselo y salí cerrando la puerta de la cocina.
Me impactó mucho ver a Don Antonio impasible con los ojos cerrados a la vez que su hija Elena encima de él subía y bajaba por su gorda verga gimiendo de placer. Ella apoyaba sus manos en los hombros de su padre para poder cabalgar mejor y le achuchaba entregada.
Sin embargo Don Antonio estaba inmóvil dejándose hacer todo. Él abrió los ojos y me vio paralizada allí pero, lejos de disculparse, siguió penetrándola. La chica estaba gozando de aquel macho gordo y fuerte, gimiendo por el placer que le daba estar dominando con su coño a un hombre tan masculino, que le bastaba solo con poner su miembro a disposición para hacerla puta.
Yo estaba como hipnotizada y contemplé como él le dio una palmada en la nalga. Elena le desmontó como si fuera una orden para darle la espalda y volver a meterse aquel badajo lentamente para cabalgarlo de nuevo.
Se notaba que Elena no era virgen a pesar de su juventud ya que subía y bajada por la polla de Don Antonio con la maestría que probablemente aprendió con él. Apenas tenía pechos y era delgada y blanquita de piel.
Yo no pude resistir la tentación y acercandome me senté al lado de ellos en aquel antiguo sillón. Don Antonio la agarró por la cadera y empezó a subirla y a bajarla por su tronco hinchado el cual estaba empapado de flujo de Elena que había tenido ya dos orgasmos
Elena estaba extasiada y continuamente sacaba aquella gruesa y venosa polla de su vagina y se la volvía a introducir mientras él acariciaba sus muslos tímidamente dejando que ella hiciera todo el trabajo. Pero Don Antonio no eyaculaba a pesar de que habían pasado ya unos 20 minutos cogiendo.
Entonces la desmontó con sus brazos gruesos y musculosos como si fuera de trapo y la sentó en su muslo. La chica se agarro a su cuello y empezó a buscarle los labios para darle besitos pero él le quitaba la cara como hizo conmigo. Estaba claro que a aquel viejo y gordo semental solo le satisfacía estar dentro de una raja bien caliente.
“Hija creo que ya va siendo hora de que disfrutes del sexo anal. Te dolerá pero gozarás y luego me lo pedirás” le dijo él.
Estaba claro que el antiguo cura era un follador experimentado y muy potente sexualmente. Ya Elena deseaba meterse aquella verga pero Don Antonio quería que se lo ganara indicándole que le mamara como le había enseñado.
Él continuaba sentado, relajado, con las piernas abiertas, las bermudas en sus tobillos y la camisa desabotonada. Lucía espectacular su gran barriga y los pezones duros e hinchados, además de aquella gloriosa verga que permanecía erecta.
De repente la puerta principal se abrió y apareció Bea. Una ninfa con el pelo liso vestida con uniforme de colegio. “Hola cariño, ven a darme un beso” le dijo con voz grave Don Antonio y la chica soltó la mochila que traía y fue corriendo a besar en la mejilla a su padre que la abrazó y le dio unos besitos paternales en los labios acariciándola. “Elena, ve a ducharte, ahora continuamos” le dijo él y ella se dirigió lentamente hacia el cuarto de baño mientras de reojo como Bea se quitaba las bragas y abría su falda.
“Papá te quiero mucho” y diciéndole esto a Don Antonio se sentó en su gruesa pierna y le buscó la boca para besarlo. Esta vez Don Antonio se dejó y Bea desnuda de cintura para abajo abrazó su cuello, permitió que ella le besara. Así pues Bea cogió aquel badajo y empezó a masturbarlo a la vez que él le daba besos en la frente.
Yo continuaba mirando asombrada de lo cariñoso y sexy que resultaba aquel hombre. Me desnudé y me senté al lado de ellos, y me dedeé el clitoris con las piernas abiertas y con la otra mano agarré aquella preciosa y gruesa verga pero Don Antonio me agarró por la muñeca y me quitó la mano de ella en señal de que no era mi momento.
Entonces Bea se levantó y se puso de pie encima de los muslos de aquel hombretón, y este llevó su boca a su vagina y empezó a darle placer. Después de unos minutos Bea tuvo un orgasmo que manifestó con un grito y Don Antonio la agarró con sus gruesas manos por el torso y puso su concha en la punta de su glande que estaba empapado de una mezcla de pre seminal y los flujos de Elena.
Entonces poco a poco fue bajándola y besándola en la frente, mientras ella se soltaba del cuello de Don Antonio y apoyaba sus manos en aquel barrigón. “Me dueleee…” decía ella. “Tranquila, ahora pasará el dolor y te haré mujer” le contestó él cuando llevaba ensartada la mitad de aquella bonita y gorda verga. No podía creer que aquel señor jubilado, gordo y fuerte, que parecía tan tímido y educado, en la intimidad de su hogar fuera tan macho y potente sexualmente.
Si hay alguno como Don Antonio que me escriba al correo.
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