El anuncio - Capítulo 1
No habían cruzado ni una palabra más allá del saludo, pero al cruzar la puerta, ella ya estaba entregada. En su salón, sus reglas, su juego. ¿Estaba lista para perder el control y encontrar lo que realmente buscaba?
Cerré la puerta y todo cambió.
El aire se volvió denso, como si el mundo exterior se hubiera quedado fuera, reducido a un recuerdo sin importancia. Ella estaba dentro ahora. En mi espacio. En mis reglas. En mi juego. Y aunque no habíamos cruzado ni una palabra más allá del saludo inicial, ya estaba entregada. Lo noté en su respiración. En cómo apretaba las manos. En cómo sus ojos recorrían el lugar buscando algo firme a lo que aferrarse, sin encontrar nada.
La dejé de pie unos segundos. Me quedé frente a ella, sin moverme, simplemente mirándola. Su pecho subía y bajaba con un ritmo lento, pesado. Estaba nerviosa, excitada, vulnerable. Era perfecto.
—Ponte de rodillas —ordené por fin.
No dudó. Me gustó eso. Bajó con torpeza, como quien sabe que está haciendo algo importante, como quien siente que el suelo que pisa ya no es suyo. Apoyó primero una rodilla, luego la otra. Las manos cayeron a los lados, temblorosas. Bajó la mirada.
Y ahí estaba.
Hermosa. Humana. Mía.
Me acerqué despacio, rodeándola en círculos como un animal reconociendo a su presa. Su pelo caía sobre los hombros y la espalda, ligeramente revuelto, castaño con reflejos que se encendían bajo la luz cálida de mi salón. Sus hombros delgados. Su cuello largo. Sus manos cerradas con fuerza. La tensión en su cuerpo era un poema.
—¿Tienes miedo? —pregunté.
—Sí... —susurró.
—Bien. El miedo mantiene despierto el deseo.
No dije más. Le pasé los dedos por el mentón, obligándola a levantar la cara. Sus ojos estaban vidriosos, abiertos de par en par, pero no me rehuían. Había algo en su mirada que me estremeció: una mezcla de respeto, entrega y una necesidad tan honda que parecía dolerle.
—Quítate la ropa.
Se levantó con lentitud, obediente. Primero los zapatos, luego los jeans, uno a uno, bajándolos con cuidado, como si fuera un ritual. No llevaba ropa interior. Había seguido mis instrucciones al pie de la letra. Eso me arrancó una sonrisa. Se deshizo de la camiseta negra, revelando sus pechos redondos, suaves, con los pezones ya duros, firmes, esperando. Su piel clara estaba erizada, con una línea delgada de vello desde el ombligo hasta el centro de su sexo, donde brillaba una humedad evidente.
—Te has preparado —comenté.
—Sí, Señor —respondió.
Esa fue la primera vez que me llamó así en persona. El sonido me recorrió la columna como una descarga. Me acerqué más. La tomé por la barbilla y volví a bajar su cuerpo con mi mano. Se arrodilló sin pensarlo, esta vez con más seguridad. Su cabeza gacha. Su respiración acelerada. Esperando lo siguiente.
Me desabroché el cinturón. Dejé caer el pantalón justo lo suficiente. Mi polla ya estaba erecta, gruesa, cargada. La vi tragar saliva. Sus labios se abrieron apenas.
—¿Sabes lo que quiero? —pregunté.
Asintió. Se inclinó hacia adelante, sin necesidad de más palabras. Su lengua fue lo primero. Un roce húmedo, tímido, que recorrió la punta lentamente, como si saboreara algo sagrado. Luego abrió más la boca y la fue tomando de a poco. Se notaba que no tenía experiencia real con esto, pero compensaba con algo más importante: deseo. Quería complacerme. Quería aprender.
La sujeté del cabello, marcando el ritmo. Le indiqué con la cadera cuándo detenerse y cuándo seguir. Empezó a gemir con mi polla en la boca. Esa vibración leve me hizo cerrar los ojos un instante. Estaba completamente entregada, húmeda de la boca, los labios estirados, la saliva cayendo por su barbilla. Y no apartaba la vista.
—Buena chica —murmuré.
Le acaricié el rostro. Le limpié el mentón con el pulgar. Después la hice parar. No quería correrme todavía.
La giré, con fuerza, tomándola por las caderas. Ella obedecía con naturalidad. La llevé contra la pared del salón. Sus manos fueron al frente, apoyadas. Su espalda arqueada. El culo ofrecido. Abierto. Tembloroso. Tan jodidamente perfecto. Le abrí los labios con los dedos y deslicé dos hacia adentro. Estaba completamente mojada. Caliente. Lista.
Empujó la cadera hacia atrás. Quería más. Y se lo di.
Me acomodé detrás de ella y la penetré de una sola vez. Su gemido fue desgarrado, agudo, entre sorpresa y placer. La sostuve firme por la cintura, embistiéndola con fuerza, con ritmo. Cada vez más profundo. Sus uñas se clavaban en la pared. Su cuerpo se mecía como si ya lo conociera. Me pedía más, incluso sin palabras.
—Di que eres mía —le dije.
—Soy suya, Señor… suya… —gimió, jadeando.
La azoté con la mano abierta en una nalga, fuerte. El sonido resonó en la sala, y su cuerpo se tensó y luego se rindió más. La sentí apretarse alrededor de mí, su cuerpo entrando en espiral, cada vez más cerca del límite.
—¿Quieres correrte?
—Sí… por favor… necesito…
—Entonces hazlo. Para mí. Ahora.
Y lo hizo.
Se vino con un grito ahogado, su cuerpo temblando sin control, su sexo apretando mi polla con una fuerza deliciosa. Se derrumbó de rodillas, exhausta, temblando, jadeante. Me arrodillé detrás de ella, la rodeé con los brazos y la abracé. Sudaba. Su espalda pegada a mi pecho. Su corazón desbocado.
No dije nada. Le besé el cuello, suave. Ella suspiró. Se dejó caer contra mí, completamente vencida.
—Bienvenida a casa, Clara —le susurré.
Y por primera vez, sonrió.
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