MRcDL 011 - Todas son unas putas
Él dijo que todas las mujeres se rompen con el empuje adecuado. Menos ella, según su esposo. Pero esa noche, la puerta se abre y la prueba comienza. No hay resistencia, solo obediencia y placer prohibido.
Sus manos me arrancan la ropa con violencia mientras le como la boca desesperada. Lo hace a propósito, para probar algo. Me rompe la blusa de un tirón. Y me da igual. Me rompe la falda. Me rompe las bragas. No me rompe el sujetador porque ya me ha traído hasta este punto doblegada y no llevo sujetador.
Mis uñas se clavan en su espalda. Sus dedos se cuelan, y me encuentra empapada y lista, así que azota mi coño, riéndose.
—Lo ves? - Gruñe contra mi boca, su aliento caliente, cargado de triunfo.
Sí lo veo. En cierto sentido, lo supe en cuanto mi marido me contó su conversación con este hombre. Me lo contó y vi la rabia y el estupor, aunque intentase parecer divertido y quitarle importancia, comentándolo como algo que su amigo había dicho en medio de la borrachera.
—Todas son unas golfas y unas putas. No hay excepciones. Sólo el contexto y el empuje adecuados. La tuya también. - Dijo Héctor.
—Ja! Naaa… Olga es una santa. No sabes lo que me cuesta. - Respondió mi marido.
—Te lo pruebo cuando quieras. - Sentenció el cerdo de mi vecino.
Cuando me lo contó, quizá esperaba que me indignara. Dije sólo “es gilipollas”. Y me quedé callada.
Su bragueta se abre con un chasquido seco. No me da tiempo a respirar cuando ya está dentro de mi boca, su olor invadiéndome, su montón de carne desapareciendo en mi boca extremadamente abierta, empujando contra mi lengua y mi campanilla con una dureza implacable. Me agarra el pelo, lo enreda en su puño y me obliga a abrir más la boca.
Glob, Glob, Glob...
Obedezco como la golfa que, está claro, soy. La saliva gotea por mi barbilla, resbala entre mis pechos desnudos. Se mezcla con el sudor, con la humedad pegajosa entre mis piernas. Sus manos no son suaves. Su desprecio es una droga que me hace vibrar por dentro.
Me arrastra hacia arriba, me gira con violencia. Mi pecho golpea la pared, el azulejo frío contra mi piel ardiendo. Sus dedos se clavan en mi cintura antes de hundirse en mí de una embestida brutal.
PLAF! Plaf, plaf, plaf…
—Ahora.. dilo… - me ordena
Cierro los ojos con fuerza, me niego. Mi voz se ahoga en un gemido, mis uñas resbalan en el azulejo.
Su risa es cruel.
—Que lo digas o paro, puta.
Me agarra del cuello, me obliga a mirarnos en el reflejo de la ventana y vuelve a follarme. Su aliento caliente contra mi oreja, su carne martilleándome por dentro.
El placer me estalla en las entrañas, un latigazo húmedo que me sacude hasta dejarme temblando, rota.
—Todas… todas somos unas golfas…
Sus dedos aprietan una última vez mi cuello antes de soltarme, aunque querría que siguiese.
Su sonrisa se ensancha.
—Eso es, guarra.
Y vuelve a embestir.
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