Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 14 ☀️🔥
La llave en su mano pesaba más que el latón; era el peso de la traición. Samuel cruzó el umbral del lujo y la decadencia buscando la verdad, pero lo que encontró fue un espejo roto de sus propios miedos. Ahora, atrapado entre la vergüenza y la paranoia, debe decidir si sigue buscando a su esposa o si acepta que el monstruo que teme ya vive dentro de él.
CAPÍTULO 14
El lobby del hotel bullía de actividad. Turistas elegantemente vestidos, ejecutivos con trajes caros y celebridades menores se mezclaban en un remolino de perfumes exclusivos y risas artificiales. La energía era palpable; el concierto exclusivo de Luis Miguel había atraído a la élite hacia el centro del hotel como polillas a la luz.
Me moví entre la multitud con la cabeza agachada, era un fantasma en medio de la celebración. El reloj en la pared marcaba las 9:02. Las primeras notas de la noche comenzaban a filtrarse desde el salón principal.
La puerta de servicio estaba exactamente donde Marisol había indicado: discreta, casi invisible, pintada del mismo color que la pared. Junto a ella, un carrito de limpieza abandonado aguardaba. Miré a ambos lados antes de acercarme con naturalidad, como si perteneciera a ese espacio liminal entre el lujo visible y el trabajo invisible que lo sustentaba.
La llave estaba oculta bajo un montón de toallas dobladas, tal como había prometido. El metal frío contra mi palma, pesaba mucho más que sus pocos gramos de latón. Era el peso de la traición, de la verdad, de todas las consecuencias que me esperaban al otro lado.
Desde el salón principal, la voz aterciopelada de Luis Miguel comenzó a cantar "Por Debajo de la Mesa". La señal. Introduje la llave en la cerradura y giré.
El área VIP era más pequeña de lo que había imaginado, íntima casi, con iluminación tan tenue que las siluetas danzaban como sombras chinescas contra las paredes. Luces azules y violetas se derramaban como tinta líquida sobre los cuerpos de los presentes, creando un ambiente donde los rostros se volvían máscaras y los secretos encontraban refugio. Perfecto para mí, un intruso que necesitaba pasar desapercibido. Divisé el baño al fondo y me dirigí hacia allí con paso decidido.
Me encerré en uno de los cubículos y esperé. Los minutos se arrastraban como horas mientras escuchaba el goteo irregular del grifo mal cerrado. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas, un tambor de guerra anunciando una batalla que quizás no estaba preparado para librar.
Cuando los sonidos del exterior indicaron que el área se había llenado, entreabrí la puerta del baño. El contraste entre la luz blanca del sanitario y la penumbra del salón me cegó momentáneamente. Me deslicé fuera, aprovechando las sombras que proyectaban las pantallas de cristal esmerilado.
Desde mi nueva posición, camuflado como un depredador paciente, podía observar sin ser visto. El espacio se había transformado en un nido de secretos susurrados y risas contenidas. Reconocí a Sophie y Alice sentadas en una mesa circular, con copas de champán en mano, conversando animadamente con Marco Valenzuela. Mi esposa no estaba con ellos. Un nudo de ansiedad y alivio se formó en mi garganta, como un caramelo amargo imposible de tragar.
Marco gesticulaba con esa confianza insufrible mientras las dos mujeres reían, inclinándose ocasionalmente hacia él como flores siguiendo al sol. Sophie, con su cabello pelirrojo captando destellos de las luces cambiantes, lucía especialmente radiante, una llama viva entre sombras. Alice jugueteaba con el borde de su copa, su mirada azul seguía fija en Marco con un interés apenas disimulado.
Pero mi atención también fue capturada por otra escena. En un rincón apartado, reconocí a un hombre mayor, parecía bordear lo cincuenta años, vestido con un traje que costaba probablemente más que todo mi guardarropa. El mismo al que había descubierto engañando a su esposa en una habitación del hotel, cuando intentó propasarse con una joven que resultó ser la novia de su propio hijo. Ahora estaba con ella nuevamente, su mano arrugada descansaba sobre el muslo de la chica, que no tendría más de veinte años.
Ella sonreía mecánicamente mientras él le susurraba al oído. Vi cómo discretamente le entregaba algo que ella guardaba en su bolso con rapidez. Billetes. La transacción más antigua del mundo, vestida con el ropaje del lujo contemporáneo. La escena me provocó una mezcla de repugnancia y fascinación mórbida, como observar un accidente del que no puedes apartar la mirada.
No podía entender la clase de conciencia que tenía, si es que la tenía. Y aquella muchacha era cómplice de todo eso, seguramente callaba y estaba dispuesta a sus propuestas gracias al dinero que le daba ese viejo pervertido. También entendí que este lugar ofrecía más discreción para que los huéspedes de este hotel hagan de las suyas.
Cuando volví a mirar hacia la mesa principal, Sophie y Alice seguían allí, pero Marco había desaparecido. ¿Dónde estaba? ¿Y más importante aún, dónde estaba Esperanza?
El nerviosismo me invadió como una marea fría. Decidí acercarme a Sophie para preguntarle directamente, pero antes de poder moverme, vi que un hombre se aproximaba a ella. El DJ que había estado tocando antes del concierto. Con su barba perfectamente recortada y tatuajes asomando por el cuello de su camisa negra, emanaba un aura de confianza despreocupada. Sophie sonrió al verlo, una sonrisa distinta a las que había dirigido a Marco, más genuina, más íntima.
Sin mediar palabra, el DJ extendió su mano, un gesto simple pero cargado de promesas. Sophie la tomó y se levantó con la gracia líquida de quien conoce exactamente hacia dónde se dirige. Con un breve gesto de despedida hacia Alice, se dejó guiar hacia una puerta lateral que no había notado antes.
Giré la cabeza, pero Alice también había desaparecido en cuestión de segundos, como si el lugar tuviera pasadizos secretos o portales dimensionales que se tragaban a las personas cuando nadie miraba.
Miré alrededor con más atención y comprendí la verdadera naturaleza del espacio. No era simplemente un área VIP, sino un punto de encuentro discreto, un oasis de libertades que el mundo exterior condenaba. En las esquinas más oscuras, parejas se entrelazaban en abrazos que iban mucho más allá de lo casual. Un hombre besaba apasionadamente el cuello de una mujer que tenía los ojos cerrados en éxtasis y sus labios formaban una perfecta “O” de placer silencioso. Otra pareja se frotaba con movimientos rítmicos apenas disimulados por la penumbra, con sus manos explorando territorios que la decencia pública normalmente prohibiría, como cartógrafos de la piel ajena.
El hotel, con su fachada de lujo familiar, ocultaba este submundo de deseos desatados y encuentros furtivos.
Me sentí como un intruso en un ritual para el que no había sido iniciado, un antropólogo accidental en una tribu cuyos códigos desconocía. El aire denso parecía cargado de feromonas y secretos, y cada respiración me hacía sentir más fuera de lugar.
—¿Buscas compañía? —una voz femenina me sobresaltó.
Me giré para encontrarme con el rostro expectante de una mujer que no había visto antes. Cabello negro como ala de cuervo, labios rojos carmesí y ojos que prometían conocer todos los secretos del placer, aquellos me miraban evaluadores y parecían estudiarme como a una mercancía en exhibición, calculando mi valor en el mercado de la noche.
—No, yo... —tartamudeé como un adolescente inexperto—. Estoy buscando a alguien.
—Todos estamos buscando a alguien —respondió con una sonrisa enigmática, un gesto que parecía contener toda la sabiduría y tristeza del mundo—. La cuestión es si realmente queremos encontrarlos.
Antes de que pudiera aclarar, la puerta lateral se abrió de nuevo. Por un momento, creí ver la silueta de Esperanza, pero la luz cambió y la figura desapareció en la oscuridad, como un espejismo en el desierto.
El peso de la incertidumbre me aplastaba. ¿Qué hacía yo realmente allí? ¿Buscaba pruebas de una traición o una justificación para la mía propia?
La voz aterciopelada de Luis Miguel seguía fluyendo desde el escenario principal, ahora cantando sobre amores prohibidos y pasiones ocultas, la banda sonora perfecta para mi descenso a este infierno de terciopelo y champán.
Aquella mujer de labios carmesí parecía bastante alzada, como si la noche fuera un juego y yo su próximo movimiento. Sin previo aviso, se acercó y estampó sus labios contra los míos. Su beso sabía a vodka, tabaco caro y a una desesperación que me resultaba ajena, como si intentara llenar con un extraño el vacío que alguien más había dejado en ella. Me aparté con firmeza, limpiándome disimuladamente los labios.
—Lo siento, no estoy interesado —murmuré, con mi voz extrañamente distante, como si perteneciera a otra persona.
Su rostro reflejó sorpresa genuina, como si el rechazo fuera un concepto completamente nuevo para ella, un idioma extranjero cuya gramática no comprendía. Sus pupilas estaban dilatadas, dos agujeros negros que amenazaban con absorber toda la luz, y su mirada… ligeramente desenfocada como un cuadro impresionista. Era evidente que había ingerido algo más que alcohol, alguna sustancia que elevaba su libido a niveles descontrolados, convirtiendo su cuerpo en un campo de batalla químico.
—Es la primera vez que alguien me dice que no aquí —comentó con una risa nerviosa que sonaba como cristal rompiéndose—. Debe ser mi noche de mala suerte. ¿O acaso prefieres otro... sabor?
Pasó su lengua por sus labios en un gesto deliberadamente provocativo, como una serpiente probando el aire.
—O quizás la mía de buena suerte —respondí ironizando al percatarme del anillo de compromiso en su mano—. ¿Estás casada?
—Cariño, la mitad de las personas aquí están casadas —ronroneó ella—. Solo que no entre sí.
Se alejó con un encogimiento de hombros, sus caderas se movían de forma provocativa con un ritmo hipnótico, marcando los deseos que no serían míos.
Mi objetivo estaba claro: aquella puerta lateral por donde habían desaparecido varias personas, incluida posiblemente Esperanza. Me dirigí hacia allí con pasos que intentaban proyectar seguridad, aunque por dentro el miedo crecía como una enredadera venenosa.
La puerta cedió sin resistencia, revelando un largo pasillo tenuemente iluminado por luces rojas empotradas en el suelo, como gotas de sangre congeladas en el tiempo. A ambos lados se alineaban pequeñas habitaciones, algunas con puertas cerradas, otras entreabiertas, como bocas dispuestas a contar secretos. El aire estaba cargado de una mezcla de perfumes caros, sudor y el inconfundible aroma dulzón de la marihuana que se filtraba por debajo de algunas puertas, parecía una niebla invisible que enturbiaba los sentidos.
Avancé lentamente, con mis zapatos amortiguando el sonido contra la alfombra gruesa. Desde una de las habitaciones cerradas escapaban gemidos rítmicos.
¡Ah, ah!
El inconfundible sonido de cuerpos entrelazados en pasión, una sinfonía carnal que me hizo sonrojar. De otra puerta surgían risas ahogadas y el tintineo de hielos contra cristal, la banda sonora de placeres más sutiles, pero igualmente prohibidos.
Cada paso aumentaba mi ansiedad, como si estuviera caminando sobre hielo fino que podría ceder en cualquier momento. ¿Qué estaba haciendo realmente allí? ¿Estaba preparado para lo que podría encontrar?
La primera puerta que me atreví a abrir reveló un pequeño salón vacío con un sofá de cuero negro y una mesa baja donde reposaban copas a medio terminar y un cenicero rebosante, sumado al olor a sexo daban la impresión de ser los restos de un festín de placeres recién abandonado. La segunda puerta estaba cerrada con llave, con sus secretos bien guardados detrás de la madera pulida.
Los sonidos eran cada vez más explícitos a medida que avanzaba por el pasillo. Una mezcla de música electrónica con bajos que reverberaban en mi pecho como un segundo corazón, conversaciones entre murmullos que parecían conjuros susurrados y gemidos sin inhibición creaban una sinfonía decadente que me provocaba una mezcla de repulsión y una vergonzosa curiosidad que no podía negar.
Empujé otra puerta, encontrando a una pareja besándose apasionadamente contra la pared. El hombre tenía una mano bajo la falda de ella, mientras la penetraba con fuerza, sus ojos estaban cerrados en un éxtasis sin reservas. Seguramente estaban cumpliendo algún deseo culposo, ya que la joven estaba vestida como colegiala japonesa.
—¡Si papi! —vociferaba en el oído del hombre—. ¡Soy tu hija más querida!
—Si mi amor —decía aquel hombre mientras seguía arremetiendo con fuerza—. Pronto recibirás tu premio, solo sigue portándote como una niña buena.
Esas palabras me dejaron en shock. ¿Acaso estaba viendo una escena de incesto? Recordé que antes había leído en páginas eróticas casos ficticios, ¿era esto real? No quise saberlo.
Ni siquiera notaron mi presencia, tan absortos estaban el uno en el otro, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir. Cerré silenciosamente y continué, mi corazón seguía martilleando contra mis costillas.
La cuarta puerta cedió bajo mi mano, el pomo giró casi con reluctancia, como si intentara protegerme de lo que había detrás. La tenue luz que se derramó hacia el pasillo reveló un espectáculo que me paralizó instantáneamente, congelando la sangre en mis venas.
Sobre una cama circular con sábanas de seda negra, Marco Valenzuela estaba inclinado sobre una mujer, su cuerpo bronceado contrastaba con la piel pálida de ella. La tenue luz roja apenas iluminaba sus siluetas, transformándolos en figuras mitológicas, en dioses paganos en pleno ritual de apareamiento. Su cabello oscuro esparcido sobre la almohada me recordó dolorosamente al de Esperanza, una cascada de noche sobre el lienzo blanco.
—Mmm… mmm —la mujer gemía sin decir muchas palabras.
—Eso putita, ahora no tienes ninguna vergüenza —decía Marco mientras seguía penetrándola—. Ya me demostraste que te gusta la verga hecha en México.
—Mmm… mmm.
—Soy un hombre de verdad, no como aquel pichacorta… ¿Cómo se llamaba? ¡ah!... ya recuerdo Samuel.
—¡Ah! —soltó la mujer cuando sintió la palmada en sus nalgas.
—Así me gusta, perra. Te voy a dejar bien abierta para que cuando entre otro cabrón vea que pasé por aquí.
Marco empezó girarla de forma rápida, mientras la ponía boca abajo, mientras la mujer se mostraba sumisa, no vociferaba nada ni respondía a sus insinuaciones. Solo gemía en voz baja, entonces me puse a pensar y recordé a aquella mujer que me besó hace unos minutos, parecía drogada y recordé los problemas que tuvo Esperanza cuando estuvo en Punta Cana, había consumido alucinógenos en aquella ocasión, tal vez ahora se encontraba en ese mismo estado o pudo haber sido dopada por Marcos.
—¡Mierda! A mi esposa no —dije en voz alta.
La rabia me cegó como un relámpago, un fogonazo blanco que borró todo pensamiento racional. Sin pensarlo, me abalancé sobre él con la furia de un toro embravecido, apartándolo de un empujón que lo hizo tambalear como un muñeco de trapo. Mi puño encontró su mandíbula con un golpe sordo que reverberó por mi brazo como una corriente eléctrica. Marco cayó al suelo con un grito ahogado, una mezcla de sorpresa y dolor que sonó casi musical para mis oídos en aquella habitación de pecados.
—¡Hijo de puta! —rugí, con las palabras saliendo de mi garganta como cuchillas afiladas—. ¡Te mataré por tocarla!
Mi voz sonaba extraña en mis propios oídos, irreconocible, como si otro Samuel hubiera tomado posesión de mi cuerpo. Un Samuel primitivo, gobernado por instintos territoriales tan antiguos como la humanidad misma.
Mi esposa gritó, fue un sonido agudo que cortó el aire como un diamante sobre cristal, a la vez que se cubría con la sábana negra que ahora parecía un manto de luto para mi matrimonio. Fue entonces cuando la luz de la lámpara de noche, que se había encendido con el alboroto, reveló su rostro como un cruel truco de prestidigitador.
No era Esperanza. Era Alice.
Sus ojos azules, normalmente fríos y calculadores, estaban ahora desorbitados por el miedo y la confusión, como dos lagos congelados en los que acababa de abrirse una grieta. Su cabello rubio, no negro como había creído ver en la penumbra rojiza, caía desordenado sobre sus hombros desnudos. Ni siquiera en ese momento de confusión pude evitar notar cómo su piel de alabastro contrastaba con la sábana negra, como si flotara sobre un mar de tinta.
—¿Qué demonios te pasa? —chilló, su voz era una octava más alta de lo normal—. ¡Estás completamente loco!
Marco se incorporó lentamente, con la gracia herida de un felino acorralado, limpiándose con el dorso de la mano un hilo de sangre que brotaba de su labio partido, un rubí líquido que brillaba bajo la luz tenue.
—Estás completamente loco —masculló, su voz mezclaba dolor e incredulidad—. ¿Qué clase de celoso compulsivo eres? —Sus ojos se estrecharon, calculadores—. ¿Acaso tu esposa no puede tener un momento de privacidad sin que la persigas como un sabueso rabioso?
Alice se había envuelto en la sábana, transformándola en un improvisado vestido de noche que, paradójicamente, la hacía lucir más elegante que desnuda. Me miraba ahora como si fuera un demente peligroso, un espécimen de zoológico que inexplicablemente se ha soltado de su jaula.
—¿Tu esposa? —preguntó, confundida, las palabras salían de sus labios como pompas de jabón, frágiles y desconcertadas—. ¿Qué tiene que ver tu esposa con nosotros?
El tiempo pareció detenerse, congelándose como un río en pleno invierno. La habitación comenzó a girar a mi alrededor, como si estuviera atrapado en un carrusel demente. La adrenalina abandonó mi cuerpo tan rápidamente como había llegado, dejándome vacío y aturdido, una cáscara hueca de lo que era hace apenas unos segundos. La vergüenza me invadió como una marea tóxica, ahogándome desde dentro.
Me pasé una mano temblorosa por el cabello, intentando encontrar anclaje en alguna parte de mi realidad que ahora se desmoronaba como un castillo de naipes.
—Yo... pensé... —balbuceé, las palabras tropezaban unas con otras como borrachos a la salida de un bar—. Creí que eras... que ella...
Marco se puso de pie con un movimiento fluido que contradecía el golpe recibido, su postura se volvió amenazante como la de un lobo que ha decidido que ya no huirá más. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal con la confianza de quien sabe que tiene todas las cartas ganadoras.
—Creíste que era tu esposa —completó con desprecio, su voz era un susurro venenoso que se deslizó por mi piel como una serpiente—. Qué patético —se acercó más aún, su aliento cálido contra mi mejilla—. Pero también... curiosamente revelador, ¿no crees?
Sus labios se curvaron en una sonrisa que no llegó a sus ojos, fríos como obsidianas.
—Quizás deberías preguntarte por qué estás tan seguro de que te engaña. ¿Proyección, tal vez? —hizo una pausa estudiada, saboreando el momento como un buen vino—. ¿O es que sabes, en el fondo de tu corazón, que no la mereces? Que un día se dará cuenta de que puede aspirar a algo... mejor.
Cada palabra era un puñal certero que encontraba exactamente los puntos débiles de mi armadura emocional. Y lo peor era que no podía refutarlas, porque una parte de mí, la más honesta y aterradora, se hacía las mismas preguntas en la oscuridad de la noche.
Alice había comenzado a vestirse apresuradamente, sin molestarse en ocultar su cuerpo desnudo, como si yo ya no mereciera ni siquiera esa consideración. Como si hubiera descendido de categoría en un instante, de hombre deseable a patético acosador, indigno incluso de provocar pudor.
—Mira a este pobre diablo, Marco —dijo Alice mientras se deslizaba dentro de un vestido negro que parecía haber sido pintado directamente sobre su piel—. Tan obsesionado con su mujercita que ve fantasmas por todas partes —su risa tintineo como cristales rotos—. Y pensar que intentaste coquetear conmigo en la discoteca. Qué desperdicio de tiempo.
No me gustaba el tono de sus palabras. Por lo que decidí intervenir.
—Yo nunca hice eso, solo fue un beso que tú iniciaste —le dije señalándole con mi mano—. Parece que tienes algo contra mí, si es así no te gustará tenerme como tu enemigo.
—Ahora lo niegas —me dijo haciendo un gesto de ofendida—. Incluso quieres amenazarme, no puedo creer que Esperanza te haya aguantado por tanto tiempo.
—Solo dije la verdad —respondí con firmeza.
Marco ajustó sus pantalones con movimientos deliberadamente lentos, como si estuviera en un camerino privado y no en medio de esta escena grotesca.
—Deberías largarte antes de que llame a seguridad —advirtió, su voz ahora fría y profesional—. Aunque quizás debería dejar que te arresten. Un escándalo así sería interesante de ver —se acomodó el cabello con un gesto estudiado—. ¿Qué pensaría tu esposa entonces? ¿O mejor aún, qué pensaría la gerencia del hotel cuando se entere de que un huésped anda acosando al personal?
Sus palabras amenazantes hicieron que me detenga. La vergüenza, aunque trataba de no exteriorizarla me quemaba por dentro como ácido derramado sobre metal, un fuego más intenso que los celos que me habían llevado hasta allí. Había golpeado a un hombre, había irrumpido en un momento íntimo, todo basado en una suposición nacida de mis propias inseguridades. Acaso me había convertido exactamente en lo que más despreciaba: un marido celoso y controlador, el estereotipo del latino posesivo del cual mi esposa siempre odiaba.
—Lo siento —murmuré, las palabras parecían insuficientes para el tamaño de mi transgresión, retrocediendo hacia la puerta como un animal herido—. Me equivoqué.
—Vaya si lo hiciste —respondió Alice con frialdad, sus ojos azules ahora duros como zafiros—. Y no me refiero solo a esta noche.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, pero para mí eran una promesa de venganza.
Marco se acercó a ella, rodeándola con un brazo posesivo que parecía tanto una protección como una declaración de propiedad.
—No te preocupes, cariño —le dijo, aunque sus ojos seguían fijos en mí, calculando el daño infligido—. Nuestro amigo Samuel ya se iba. Y seguro que no dirá nada de lo que ha visto aquí esta noche, ¿verdad? —la amenaza en su voz era tan sutil como efectiva—. Porque yo tampoco diré nada sobre su pequeña... incursión no autorizada. Qué triste sería que lo deportaran antes de que termine sus vacaciones.
Alice sonrió, una sonrisa que no contenía ni un gramo de humor.
—Además —añadió con dulzura venenosa—, estoy segura de que su esposa estaría fascinada de saber dónde ha estado esta noche, mientras ella... —dejó la frase deliberadamente inconclusa, un anzuelo que no pude evitar morder.
—¿Mientras ella qué? —pregunté, mi voz ronca de ansiedad—. ¿Sabes dónde está Esperanza?
La sonrisa de Alice se ensanchó, como un depredador que sabe que su presa se ha enredado en su propia trampa.
—Oh, Samuel —dijo con falsa compasión—. Si no lo sabes tú, ¿cómo podría saberlo yo?
Salí tambaleándome al pasillo, mi mente era un torbellino de confusión y desprecio por esas personas. Las paredes parecían cerrarse sobre mí, el aire era demasiado denso para respirar. ¿Dónde estaba Esperanza realmente? ¿Y qué derecho tenía yo a sentirme traicionado cuando había estado al borde de ceder a mis propias tentaciones?
La música seguía fluyendo desde algún lugar lejano, pero ahora sonaba como una burla cruel a mi desmoronamiento interior, una carcajada cósmica ante la broma que se había convertido mi vida.
Mientras avanzaba por el pasillo, una puerta se abrió a mi derecha. Por un instante fugaz, creí ver a Esperanza saliendo de una habitación, acompañada de alguien que no pude identificar. Pero cuando parpadeé, la visión se había desvanecido, como un espejismo en el desierto de mi paranoia.
Y entonces comprendí la verdad más devastadora de todas: ya no confiaba ni en mis propios ojos, ni en mi propio corazón.
Continuará...
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