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Matteo: Mostrando al animal que llevo dentro

Matteo nunca imaginó que un viaje de negocios terminaría en una cama compartida con extrañas. Pero cuando Damien le confiesa sus fantasías más oscuras, la barrera entre la amistad y el deseo se derrumba. Esta vez, no hay secretos que ocultar, solo animales sueltos.

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Se recomienda haber leído primero Matteo: Regalo para el mirón (3)

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Jamás invito a nadie a mis viajes de negocios. Ni amigos, ni socios. Pero esta vez hice una excepción. Compré el segundo billete en silencio, como si eso me eximiera de tener que dar demasiadas explicaciones.

—¿Palma? —preguntó Damien al leer mi mensaje—. ¿Y esto?

—Hay una startup que quiero ver. Es una visita rápida, un par de noches. Pensé que podías venir. Cambiar de aires un par de días.

Me miró a través de la pantalla como si supiera que había más. Y lo había. La pillada en la sauna aún me rondaba la cabeza. Más que por vergüenza, por el silencio que vino después. Damien había visto algo muy íntimo. Algo que yo no había planeado mostrar. Y el hecho de que no lo hubiera mencionado ni una sola vez lo volvía todo más denso. Más raro.

Ya en el avión, con el murmullo blanco del motor de fondo y la tranquilidad de los asientos premium, se lo solté sin anestesia:

—Te invité para poder hablar con tranquilidad, realmente. El tema de la sauna…

Damien parpadeó lentamente, como si lo supiera desde el principio. No parecía incómodo. Ni sorprendido. Solo… él.

—No tienes que justificarte de nada, colega —dijo al fin—. Lo que vi… no me pareció nada malo.

Fruncí el ceño.

—No es que me sienta culpable. Solo… no me gusta que queden cosas en el aire con alguien tan cercano como tú.

Giró el rostro hacia mí.

—Todos tenemos secretos. Fantasías. Algo oscuro que no contamos. Hace más de 12 años que eres mi “hermano”. Eso no va a cambiar jamás.

—¿Tú crees? —pregunté, con tono suave.

Me miró con una calma casi quirúrgica. Entonces habló:

—Voy a confesarte algo, Matt. Para que entiendas por qué no te juzgo. Hay una mujer en Madrid —empezó, con voz baja, íntima—. No es mi novia, ni mi amante. Es mi Ama. Necesito verla cada dos semanas máximo.

Tragó saliva y lo dejó salir:

—A veces me ata. Otras me golpea. Me da el mejor sexo que he tenido en mi vida. Incluso en algunas ocasiones me penetra con cosas que no te imaginas. Me hace suplicar. Y yo… le pago por ello. Religiosamente.

Me quedé congelado. No tanto por la tremenda revelación, sino por la forma en que la soltó: sin culpa, sin drama. Solo como una verdad más.

—Así que no —continuó—. No pienso juzgarte, ni pensar nada raro porque un chico te comiera la polla en una sauna, y le dejaras la cara como la radio de un pintor —bromeó—. Cada uno encuentra alivio donde puede y donde quiere.

Solté una risa seca, incómoda. Pero por dentro, algo se destrabó. Lo miré con otros ojos. Con reconocimiento. Admiración.

—Vale —dije, casi en un suspiro—. Entonces veo que estamos igual de pervertidos.

—No. Tú estás peor —sonrió Damien, afilado como siempre—. Yo por lo menos lo disfruto sin culpa.

Y durante el resto del vuelo, no volvimos a hablar del tema. Pero algo entre nosotros había cambiado. Algo se había dicho por fin.

_____

El día fue eterno. Reuniones, cafés insípidos, powerpoints llenos de promesas que sabían a humo. Damien aguantó como un campeón, aunque en los descansos me lanzaba miradas que decían “me estoy muriendo por dentro”.

Cuando salimos por fin del último despacho, me soltó con tono medio suplicante:

—Tío, invítame a algo que no sea agua templada en una sala de juntas. Cenemos por el puerto. Salgamos. He fichado un italiano que tiene muy buena pinta.

Acepté sin pensarlo demasiado. Necesitaba desconectar.

El restaurante tenía luz cálida, manteles de lino y una lista de vinos que hizo que Damien frunciera el ceño y dijera: “Aquí cobran por letra”. Pedimos pasta, vino blanco muy frío y hablamos largo. De economía, de mujeres, de esos agujeros invisibles en los que se esconde lo que no se dice.

—Saber lo tuyo me hace sentir más libre —dije, bebiendo un sorbo lento.

—Lo mismo digo. No podía compartir con nadie más algo así, que contigo.

Yo quería volver al hotel. Ducharme. Dormir. Pero Damien ya tenía otro plan. Acabamos en un pub de esos de techos bajos, luces violetas y música electrónica suave. En la pista, extranjeras con vestidos vaporosos bailaban como si nadie las mirara, aunque todo el mundo las miraba. En la barra, dos chicas holandesas nos sonrieron al pasar. Damien respondió en su idioma y, en segundos, ya estaban riendo como si se conocieran de antes.

—Esta es Maartje —me dijo presentándome a la mía—. Y su amiga es para mí.- remató bajando la voz.

Me quedé con Maartje en la barra. Morena, labios gruesos, mirada pícara. Tremendas tetas. Hablamos durante más de una hora de viajes, de vinos y de la playa que aún no había pisado. Nos gustamos. Eso era evidente.

Damien desapareció a los pocos minutos con la suya rumbo al paseo marítimo. Imaginé que estarían fumando o besándose contra alguna barandilla.

Tras otro rato de conversación y miradas, le propuse a Maartje venir al hotel. Ella aceptó con una sonrisa de las que no prometen nada, pero insinúan todo.

Cuando abrimos la puerta de la habitación, lo primero que se escuchó fue un gemido largo, húmedo, y el golpe rítmico de una cama contra la pared.

Maartje se detuvo detrás de mí, sorprendida. Yo también.

Allí estaban: Damien tumbado en su cama, medio incorporado, con la holandesa encima cabalgándolo como si fuera lo único que importara en el mundo. Ella era increíblemente sexy. Casi animal.

El cuarto olía a sexo, a humedad, a cuerpos calientes. Ella gemía en su idioma, los ojos entrecerrados, el pelo enredado. Damien la tenía sujeta por las caderas, marcando el ritmo con fuerza. Ni siquiera se inmutó al vernos.

—vosotros a lo vuestro —dijo sin parar—. No es problema.

Maartje soltó una risita y me miró. Ni un atisbo de pudor. Se acercó a la cama, con la mirada fija en mí, mientras su amiga seguía montando a Damien sin frenar un segundo. Le dijo algo en holandés, algo que sonó excitado y rápido, como una confidencia entre cómplices. Y sin previo aviso, me agarró del paquete con decisión y me arrastró hacia la otra cama.

Me empujó hacia el colchón y se arrodilló para bajarme los pantalones. Me dejó completamente desnudo mientras su amiga gemía a escasos metros. Me miró la polla como si fuera la respuesta a todas sus preguntas y se lamió los labios.

—Túmbate —ordenó. Y yo lo hice.

Maartje se subió a horcajadas, pero no para follarme aún. Primero se inclinó sobre mí, empezó a besarme el pecho, los pezones, el cuello, a bajar lenta. Me mordió el vientre. Me lamió. La tenía dura como una barra de acero. Cuando por fin se la metió en la boca, solté un gruñido. Su lengua era rápida, ansiosa. Me devoraba como si quisiera vaciarme ya.

De reojo, vi a Damien. Seguía en lo suyo. Su chica ahora se apoyaba con las manos en su pecho y se movía más lento, pero más profundo. Los dos nos mirábamos de reojo, conscientes de la escena que compartíamos. Sin incomodidad.

Maartje se levantó y se colocó encima. Me agarró con fuerza y se la metió entera. Gritó.

—Godverdomme… Matteo!

La follé desde abajo, sujetándole los muslos con fuerza, empujando cada vez más duro. Más profundo. La sentí abrirse. Ella se corrió en menos de dos minutos. Temblando. Hundiendo las uñas en mi pecho.

Pero no paré.

Le di vuelta, me puse encima, le abrí las piernas con rudeza y le comí el coño con rabia. Jugaba con mi lengua como con un látigo. Metí dos dedos primero. Tres unos segundos después. Se corrió otra vez.

Tenía la cara empapada y la polla más dura que nunca. Entonces me lancé. Hice mi especialidad: Me la follé con el ritmo de un martillo neumático, sujetándola fuerte por el cuello mientras gritaba mi nombre agitándose, aguantando el ritmo sin control.

Damien y la suya no dejaban de mirar. La amiga jadeaba en holandés, clavada aún sobre la polla de Damien, que también aumentó el ritmo.

Maartje se revolvió, jadeando, con la piel roja de placer.

—Un segundo… por favor… —dijo entre gemidos—. Déjame… ir al baño.

Asentí. Salió temblando. Su amiga se bajó de Damien al instante y la siguió, parecía preocupada.

Damien y yo nos quedamos desnudos, empalmados, sudados. Respirando fuerte. Sin entender.

Nos miramos. Sonreímos.

—Hermano… —dije entre risas, tapándome los ojos.

—¿Quién nos viera ahora?

—Dos sementales en Palma —contesté—. Cada uno con su faena.

—Y qué faena —rió él—. Tu chica gritaba como si fuera una actriz porno. La tenías que estar destrozando.

—Justo eso es que lo estaba haciendo. - fanfarroneé.

Cuando las chicas volvieron, algo había cambiado. Se miraron entre ellas, pícaras, sonreían, y sin decir nada, intercambiaron camas.

La chica de Damien se subió a la mía, me agarró de la polla sin pensarlo y me susurró.

—Hazme todo eso. Y más…

No hubo que repetirlo. Me calentó en exceso que viniera pidiendo una dosis mayor que la de Maartje.

La giré. Le abrí las piernas. Y me lancé como un animal a su coño. Lo lamí, lo penetre con la lengua. Un dedo, dos, tres.

4 tuve en un momento. Ella aguantaba.

Cuando sentí que estaba completamente dilatada, se la metí hasta el fondo sin aviso. Gritó como si le hubiera abierto el alma. La follé más salvaje aún. Le escupí el pecho, le mordí los pezones. Empece a abofetearle las tetas mientras seguía empujando sin parar.

Me montó, me arañó, se corrió dos veces sin dejarme sacarla. Mientras yo no podía parar de cachetear esa tetas. Quise ir a más. Le di la vuelta y tras metérmelos en la boca, pasé dos dedos por su ojete. Acariciando, jugando, buscando aprobación.

Una vez me hizo saber que podía seguir. Se la enterré entera muy despacio. Haciéndola sentir cada centímetro. Una vez pude entrar al completo. La empotré varios minutos por el culo, dejando mis manos marcadas en esas nalgas. Tras un bofetón en la nalga derecha me corrí con una sacudida brutal, en sus entrañas, rugiendo como un animal.

Damien estaba alucinando con el espectáculo, pero seguía follándose a Maartje. Más suave, más controlado, pero con ella con las piernas en alto disfrutando cada empujón.

Tremendo culo tenía Damien. Era espectacular verlo contraerse con cada penetración. Pero fue todavía mejor cuando empezó a largar chorros de lefa en las espectaculares tetas de la holandesa.

Las chicas, exhaustas, se asearon riendo, tambaleándose. Se vistieron rápidamente y se despidieron en la puerta.

Nos quedamos en silencio. Desnudos, con la polla aún húmeda, goteando. Y de pronto ambos estallamos en carcajadas.

—Esto ha sido fuerte —dije, tumbado boca arriba todavía con la polla en erección.

—Y tanto. Dijo Damien. -Si llego a saber que te pones así de dominante y metes tan duro, me hubieras ahorrado cuatro años de ama. - bromeó

Nos quedamos así. Mirando el techo. Respirando hondo. Sin decir más. Pero sabiendo que algo nuevo se había construido. Éramos hombres. Hermanos. Completamente honestos. Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí solo.