4 hombres para Blanca - completo (cap. 26)
La puerta se abre y el silencio se rompe. Alex no llega para salvarla, sino para castigarla. Mientras el mundo exterior espera un orgasmo, él le impone un juego de dolor y sumisión que nadie imaginaba.
DIA 19 (1) - LA FIESTA EXTREMA
Era tarde cuando Marina se fue —más de las doce y media— y decidí que ya no valía la pena ir a ver lo que pasaba con la jauría y el juego que se traían entre manos. Solo con asomar la cabeza y notar la oscuridad en los ojos de buey y el silencio reinante, comprendí que fuera lo que fuese que había pasado, era ya solo eso: pasado.
Me acosté y, con los testículos vacíos, el sueño me aletargó. Mi último pensamiento fue que ya era, técnicamente, el DÍA 19. Quedaban menos de cuarenta y ocho horas para el final del encierro, para bien o para mal.
No sabía cuánto tiempo habría discurrido cuando el forcejeo en la puerta me despertó. La silla que sujetaba la manilla había caído con un gran estruendo. En pocos segundos mi novia entraba por la puerta y, sin decir palabra, se acostaba a mi lado.
—¿Blanca…? —susurré atónito.
—¿Estás despierto? Perdona si ha sido por mi culpa…
Se acurrucó a mi lado y yo la recibí con un abrazo. Notaba que su cuerpo temblaba como una hoja.
—¿Ha pasado algo…?
—No, no… —replicó con un suspiro—. Es que me apetecía sentir tu calor.
No pedía perdón, pero solo con estar allí, y con el susurro de palabras tan dulces, le sobraba para que le perdonara cualquier cosa que hubiera hecho durante su ausencia.
En ese momento nació un sentimiento en mí que no conocía. Se trataba de la felicidad de saber que, aunque ella estuviera con otros, al final volvería a mí y que seguiría siendo mía. Que podría, incluso, perdonarle las mayores atrocidades si al final dormía a mi lado.
Me giré hacia ella de repente. El movimiento fue instintivo, sin premeditación. Deseaba acercar mi boca a sus labios para besarla. Lo necesitaba, más que desearlo. Pero Blanca emitió un quejido.
—Uhhh… espera… —dijo y comprendí que algo raro ocurría. El lamento había sido de dolor. ¿Dolor?, me alarmé, ¿qué le habían hecho…?
Como un autómata, estiré el brazo y encendí la lámpara de mi mesilla de noche. Y enseguida descubrí la causa de su quejido: un moratón, pequeño pero oscuro, cubría la comisura izquierda de sus labios.
Pero aquello no terminaba allí. Otras señales rojizas cruzaban ambas mejillas, y también las había en el cuello. Recordé las cuerdas y el látigo y sospeché lo que había ocurrido en alguna de las habitaciones de los tipejos.
Así que fui directo al grano. Eché la sábana hacia atrás y estudié sus brazos y sus muñecas. Igualmente revisé sus piernas y su trasero. En todos aquellos lugares la piel se veía enrojecida, casi amoratada. La inspección no me llevó más de unos segundos.
—¡Pero qué coños! —exclamé—. ¿Qué te han hecho esos cabrones?
Me miró con ojos de perrillo apaleado. Su respuesta no se hizo esperar.
—Oh, no… no te mosquees… de verdad… Ha sido solamente una práctica que hemos realizado… utilizando… BDSM.
Bufé como un toro encerrado. Su «solamente», más que calmarme, me había multiplicado por tres el cabreo.
—¿Pero cómo que una práctica BDSM? —la amonesté—. ¿Pero tú has visto cómo te han dejado?
—Bueno, vale, no te enfades… ya ha terminado… no pasa nada…
Tuve que dar varias vueltas alrededor de la habitación para intentar calmarme y no salir al pasillo con ansias de venganza. Ni todas las cápsulas de Lexatín del mundo hubieran podido convertirme en un cordero en esos momentos si pillaba a aquellos cerdos por separado.
Me seguía con los ojos sentada en la cama con la espalda en el cabecero. Me miraba asustada y no decía nada. Quizá temía que cualquier comentario me haría estallar. Finalmente conseguí rebajar mis pulsaciones e intenté descubrir qué había pasado exactamente.
—Cuéntame, Blanca, ¿qué es lo que ha ocurrido?
—En fin, pues eso, que alguien ha mencionado lo del BDSM y se ha acordado que podríamos probar.
—¿Qué significa «se ha acordado»? ¿Quién ha acordado? ¿Te han pedido tu opinión?
—Bueno, sí… —titubeaba y no me dio mucha confianza su respuesta—. Yo en realidad no sabía mucho de eso, así que he pedido que me lo explicaran…
—Ah, claro… —la corté—. Y por supuesto Hugo sabía del tema como para escribir un libro, como de todo lo demás, ¿no?
Suspiró antes de responder.
—No, el que sabe del tema es Juan…
Me mordí la lengua para no gritar. Me hubieran podido echar varios años de cárcel con solo soltar la mitad de los juramentos que me venían a la cabeza.
—¿Y tú has aceptado?
—Sí, al final sí… —confesó—. Aunque al principio no estaba muy convencida… Pero te prometo que si hubiera sabido de qué iba el rollo, ni de coña lo habría hecho. Ha sido demasiado para mí…
—Joder, Blanca, en el BDSM se utiliza una palabra de seguridad para cuando se quiere detener el juego, ¿no han seguido las reglas esos cabrones?
—Oh, sí… —replicó tímida—. Habíamos acordado utilizar las palabras «código rojo». Pero, claro, con la mordaza de bola en la boca, no se me ha entendido cuando las decía… ¿Sabes lo que es eso?
Mis ojos echaban chispas.
—Sí, joder, sí… claro que sé lo que es una mordaza de bola… ¡Pedazo de cabrones! ¡Eso ha sido una violación!
Blanca intentaba quitarle hierro.
—Que no, Alex, que no ha sido así… Otra vez tendré más cuidado antes de meterme en líos, pero yo he aceptado y no puedes culparles a ellos…
Se hizo un silencio durante unos instantes. Luego le pregunté, más cabreado que curioso:
—¿Me lo vas a contar en detalle?
Tragó saliva.
—No, mejor que no… De hecho ya te he contado demasiado. Mira cómo te has puesto…
—Y una mierda… —la amenacé—. Quiero que me lo cuentes todo. Si no lo haces será cuando vaya a buscarles y monte una bronca de narices.
Bajó la mirada unos segundos. Luego la levantó, temerosa, y me previno:
—Vale, pero ya te lo advertí…
Y comenzó su relato.
*
La mirada de mi novia era turbia y parecía no ver nada según hablaba con la vista puesta en la pared de enfrente.
—Después de que Mario comentara que en el almacén donde le habían retenido encontró material de juegos BDSM, alguien mencionó que tal vez era buena idea probar de cara a la última prueba. Quizá podría ayudarme a llegar a… eso… con Hugo y Mario.
»Se inició una discusión y todos estuvieron de acuerdo. Yo no sabía de qué iba ese rollo y no entré al trapo de primeras. Les aclaré que no soy boba, sin embargo, que sabía lo que significaba el BDSM por la novela de las Sombras de Grey, pero que necesitaba más información antes de aceptar.
»Juan tomó la batuta. Al parecer él ha acudido a clubs de ese tipo. A decir verdad, el muy cerdo ha debido de asistir a toda clase de clubs para degenerados, por lo que ni me extrañé.
No quise cortarla para decirle que el «cerdo de Juan» era su amiguito y que sabía que dormía con él. Y que estaba más que seguro que «dormir» no era lo único que hacían.
Ella prosiguió con su historia.
—Juan se explicó con mucho detalle. A mí todo me parecía extremo y me daba miedo, aunque me tranquilicé cuando me comentaron lo de la palabra de seguridad. Acordamos cual sería esa palabra —«código rojo»— y, tras disipar mis últimas dudas, acepté.
»Fueron a buscar los juguetes y volvieron con una bolsa de deporte repleta de ellos.
Una sospecha comenzó a nacer en mi cabeza.
—¿Empezasteis sobre las diez?
—Sí, poco después, creo. ¿Por qué lo preguntas?
—No, por nada… estaba seguro de ello… —dije a media voz.
—¿Qué…?
—No, nada, cosas mías…
Lo que contaba coincidía con lo que había visto, cuando los componentes de la jauría reían al pasar y bromeaban con la cuerda y el látigo, por un lado. Y con lo que había vivido con Marina en primera persona, por otro. Los hechos coincidían en el tiempo. La sincronización entre la práctica BDSM y la chica del tiktok había sido más que perfecta para ser casual.
La dejé seguir y volvió a tomar la palabra.
—Lo primero que hicieron fue colocarme la mordaza de bola. Ahora sé que era la mejor forma de que no pudiera quejarme ni decir la palabra de seguridad.
—Cabrones…
—Después me ataron manos y piernas, rodeándome con las cuerdas y luego amarrándolas al cabecero de la cama. Estaba a cuatro patas y desnuda, así que comenzaron a cachetearme el culo con una pala de madera y un látigo. El viejo juego de la niña mala y todo eso.
»Al principio los golpes eran flojos y no dolían, pero con el paso del tiempo se vinieron arriba y la cosa empezó a salirse de madre. Debí de soltar la palabra de seguridad más de diez veces, pero con las risas que se traían y el subidón de adrenalina, o no las oyeron, o pasaron de mí.
Mi bilirrubina sí que sufría un subidón al dibujar en mi mente las imágenes que iba describiendo.
—¿Volvió Rubén a hacer de las suyas?
—Sí, el musculitos siempre en su línea, el cabrón… Me tiraba del pelo y me apretaba el cuello como si quisiera de verdad asfixiarme. Mario intentó defenderme más de una vez, pero el pobre era enseguida repelido por alguno de los otros.
—Y te han follado uno por uno, ¿me equivoco?
—No, no llegó a tanto… Solo permití que me lo hicieran los dos que faltan: Hugo y Mario. A los otros dos les pegué varios berridos y conseguí que el médico los mantuviera a raya.
Sentí alivio por esto. Aunque, menuda estupidez, pensaba. Blanca había sido vejada y maltratada, qué más daba cuantos la hubieran follado. Nada cambiaba lo que me estaba contando.
—Lo que pasa es que después de penetrarme siguieron con los jueguecitos y entre ellos los golpes eran lo más habitual.
—¿Dónde te daban los golpes?
—Pues… en el culo, los muslos, las tetas, la cara… Justo era la cara donde más parecía gustarle a Hugo y se cebó conmigo.
No me cupo la menor duda: el hijo de puta del médico se estaba vengando de la humillación de que Blanca hubiera elegido dormir con Juan.
—¿Y al final? —pregunté sin querer saberlo en realidad.
—Al final me escupieron, me llenaron de semen todo el cuerpo y me hicieron comerles el culo uno por uno.
—¿A pesar de la palabra de seguridad?
—Sí… bueno… en realidad yo ya no era capaz de decir nada…
—No me jodas… ¿Y cuándo te soltaron?
—No me soltaron, me escapé…
—¿Qué…?
—Sí, las cuerdas se aflojaron y tiré de ellas. Conseguí huir a la carrera cuando se disponían a mear sobre mí jugando a la lluvia dorada.
—¡Me cago en su puta madre…! ¡Los voy a matar…!
Blanca me sujetó de un brazo.
—Déjalo, Alex, no te vuelvas loco… solo quedan unas horas para que todo esto acabe…
Me mordí la lengua y los labios hasta casi hacerme sangre. Cualquier cosa para refrenar mi ímpetu asesino.
—Y… —dije tras un paréntesis—… entonces te viniste aquí. En realidad no querías estar conmigo, sino huir de ellos…
Le costó confesar la verdad, pero al final no pudo evitarlo.
—Sí, más o menos…
Esta afirmación quedó en el aire. Y dolía, aunque intenté simular que no lo hacía para hacerla creer que a aquellas alturas ya me había hecho a la idea de que mi novia podía ser vejada por cualquiera, como una vulgar ramera, sin que me importara.
Por otro lado, no sabía si debía comentarle los acontecimientos de la noche en nuestro dormitorio o si debía callar. Opté por lo primero, sobre todo porque había cosas que aclarar que le incumbían a ella.
*
—Hay algo que debo decirte… Vas a alucinar…
—Todavía más líos… —replicó frunciendo el ceño—. No me lo puedo creer.
—Pues créetelo…
Le conté la historia de Marina desde el principio, cuando la encontré en la habitación mientras pensaba seguir al grupo que vociferaba camino a la fiesta que la tuvo a ella como juguete de todos. Al acabar, su mandíbula casi rozaba el suelo.
—No me fastidies… —Sus ojos parecían a punto de escapar de las órbitas—. ¿Pero cómo han podido meter y sacar a la chica sin que nadie se entere?
Esa era una de las preguntas que yo me hacía y no le supe responder. Le expliqué las amenazas de EXTA-SIS para dejar salir a la chica sin seguirla y Blanca silbó. Pero había algo que me picaba dentro más que esto.
—A ver, Blanca… ¿No te das cuenta lo que significa que la fiesta BDSM y la aparición de Marina coincidieran en el tiempo?
—¿Quieres decir que…?
—¡Exacto! —se veía que lo había pillado a la primera—. Quiero decir que me pusieron a la chica para evitar que interrumpiera la sesión. Y eso también significa que la fiesta BDSM no fue espontánea, sino que estaba preparada de antemano.
—¡No-me-jo-das! —exclamó y me alegré de que se hubiera dado cuenta.
Vomité lo que pensaba con un odio que no pude disimular.
—Esto es obra del médico, estoy seguro… —dije con toda la mala leche de que pude hacer acopio—. Ya te dije que ese tipo no me gustaba. ¿Recuerdas quién fue el primero en mencionar la palabra BDSM?
Se lo pensó un segundo mirando al techo.
—No sé… pero es posible que fuera Hugo, sí… no estoy segura...
No la había visto muy convencida, pero su respuesta me daba la razón y suspiré complacido.
—Por dios, Blanca… prométeme que a partir de ahora tendrás cuidado con ese tipejo —le pedí.
—Te lo juro… Tendré pies de plomo con el muy cerdo… Dios… da miedo solo de pensar que sea parte de EXTA-SIS. Eso sería fatal…
Me sentí eufórico. Por fin Blanca estaba de acuerdo conmigo frente al ginecólogo. Ahora tenía la segura sensación de que ambos remábamos en el mismo barco. Y eso me devolvía el ánimo.
Me quedaba algo por preguntar. Y, tras darle varias vueltas, me decidí a hacerlo.
—Blanca… solo una última cosa…
—Dime…
No sabía cómo abordarlo, así que me tiré a la piscina.
—Mientras te puteaban atada, ¿tuviste algún orgasmo?
Me miró con expresión de culpabilidad y luego bajó los ojos.
—Sí… —replicó con pesar—. Tres veces…
—¿Tres…? —dije sin poder creerlo.
—Sí, tres… —repitió y luego aclaró apresurada—. Pero los disimulé lo más que pude. Ni loca quería que se dieran cuenta y que me montaran un show parecido en la prueba final. No voy a volver a meterme en esos juegos de mierda ni loca…
—Bien hecho, cariño…
Nos abrazamos con desesperación. Y no hubo tiempo para más palabras, ambos nos moríamos de sueño y caímos en los brazos de Morfeo compartiendo nuestro calor.
DIA 19 (2) - EL PENULTIMO DIA
Me dormí acariciando el cabello de Blanca por la espalda. Otra vez estaba a mi lado. Soñé que era como un boomerang, que se iba lejos de forma constante, pero que siempre terminaba por volver. Cuando el boomerang se alejaba, mi angustia me producía un dolor insoportable. Pero cuando volvía, mi vida cobraba sentido de nuevo. Y me hacía sentir el hombre más afortunado del mundo.
Cuál no sería mi sorpresa cuando al despertar Blanca no estaba a mi lado.
Otra vez había volado el boomerang.
Se me llevaron los diablos. ¿Cómo coño había vuelto a pasar? Maldije a mi profundo sueño, del que no podía despertar ni a cañonazos. Era ésta una desventaja para mí —ventaja para Blanca y la jauría— que habían utilizado durante el encierro en la discoteca para ejecutar todo tipo de juegos y traiciones a mis espaldas.
Esperé en vano más de una hora. Tal vez Blanca, me engañaba a mí mismo, había ido al baño o a la cocina y al final volvería. Concluí que eso no ocurriría y decidí hacer la cama antes de nada. La ausencia de ella se notaba sobre todo en el desorden de la habitación. Sé que suena machista, pero me aprovechaba de su propensión al orden para dejar en sus manos los trabajos domésticos más pesados.
En concreto, hacer la cama me ponía de los nervios. Pero tras varios días sin que Blanca amaneciera junto a mí, o la organizaba yo mismo o terminaría durmiendo a pelo sobre el colchón.
Retiré primero las almohadas y al hacerlo un papel voló por los aires. Lo miré sorprendido y comprendí que debajo de una almohada no era sitio para tirar basura, contando con una papelera a cada lado de la cama. Por fuerza aquel papel significaba algo. El hormigueó que me recorrió se vio confirmado cuando leí las palabras en tinta azul con la letra de Blanca:
«Debes confiar —decía—. Pronto descubrirás algo que te permitirá entenderlo todo».
Me quedé absolutamente infartado. Aquella frase decía muchas cosas con pocas palabras. Aunque no conseguía descifrar el mensaje. Me dejé caer sentado en el borde de la cama con la mirada perdida. ¿De qué coños iba todo aquello? Sentía que el encierro comenzaba a precipitarse a medida que se acercaba a su final. Y que cada vez surgían más preguntas que eran imposibles de responder.
Era seguro que en pocas horas entendería muchas cosas, de eso estaba convencido, pero no podía saber si sería para bien o para mal.
De pronto observé el brillo de un objeto sobre la moqueta, cerca de donde había recogido la nota. Me agaché para ver lo que era y, sorprendido, descubrí que se trataba de una llave.
El frío del metal iluminó mi cerebro y entendí qué llave era.
Salí a toda prisa y, guardándome de que nadie me viera subir la escalera, llegué hasta la sala del escenario y comprobé que, en efecto, se trataba de la llave que abría su puerta.
Grité eufórico, intentando que mi exclamación no saliera de dentro. ¡Blanca me estaba invitando a asistir a la última prueba!
¿Era aquello un síntoma de algo?
Quizá sí que lo era. Al menos, el síntoma de que debía seguir luchando por mantener mi confianza en ella.
*
Durante la mañana no conseguí localizar a mi novia, aunque la busqué a conciencia. A mediodía me pasé por la cocina a la hora de comer. Blanca se encontraba allí con el resto de integrantes del grupo, comiendo como sin ganas.
Por lo poco que pude captar, se estaba planificando la última práctica del encierro. Escuché a Blanca decir que el DÍA 20 no contaran con ella, y que aquella tarde sería la última.
Pero fue entrar en la cocina y hacerse un silencio sepulcral. Nadie dijo una palabra más en los treinta minutos que emplearon en comer. Alterado y triste, intenté buscar los ojos de Blanca moviéndome alrededor de la mesa al tiempo que simulaba buscar cualquier cosa, pero ella se las apañaba para hurtármelos continuamente.
Mi angustia crecía de nuevo y mis buenos presagios se iban por el desagüe del fregadero. Lo último que intenté fue un aparte con ella cuando todo el grupo se disponía a marcharse.
—Blanca… ¿puedo hablar contigo un segundo?
Ella, huraña, se hizo a un lado para que no pudiera cogerla del brazo como pretendía, y siguió andando hacia la salida.
Hugo y Juan me miraron con mala leche y en sus ojos leí la amenaza latente que había en ellos desde hacía varias horas.
Mi buen ánimo se convirtió en depresión y odié a aquellos tipos sobre todas las cosas. Pero, mucho peor que mi odio hacia ellos, fue el sentimiento de rencor y animadversión que sentí por Blanca.
Una vez más mi novia me daba a probar la miel para volver a quitármela sin término medio. ¿Y me pedía que confiara? ¿En qué diablos podía confiar? ¿Y para qué? Para humillarme una y otra vez, y aprovechar a hacerlo delante de aquellos cerdos, que se regodeaban viendo como la distancia entre los dos se iba agrandando de forma irremediable.
¡Y una mierda iba a confiar en ella nunca más! ¡Ni loco lo haría! Por mucho que me fuera dejando notitas sentimentales por debajo de la almohada.
Fue en aquel momento cuando decidí que mi relación con Blanca había terminado para siempre.
DIA 20 (1) - LA ULTIMA PRUEBA
El DÍA 20 llegó y me preguntaba de qué habían servido los anteriores diecinueve. Todo —lo bueno y lo malo— iba a decidirse en aquella jornada. Mi estado de ánimo era tan funesto que incluso dejó de importarme si al final del día ya no estaba vivo. De hecho, me satisfacía pensar que la muerte sería una victoria, porque también estarían muertos Hugo y Juan… y todos los demás.
Durante el transcurso de las últimas horas me crucé con Blanca en dos ocasiones. No tuve oportunidad de abordarla ya que iba siempre rodeada de sus compinches. La primera ni siquiera conseguí que me mirara.
En la segunda, sin embargo, nuestros ojos se cruzaron. Fue tan solo un segundo, pero sentí un escalofrío al verla girar la cabeza hacia mí y fijar su mirada en la mía. Una mirada triste y asustadiza.
Me pregunté qué la produciría el miedo reflejado en su rostro. De hecho, me daba cuenta de que no tenía ni idea de cómo habían ido las últimas prácticas con Hugo y Mario. Nadie me había explicado si los dos últimos hombres del encierro habían arrancado un orgasmo de Blanca o no. Aparte de haberlo conseguido durante la experiencia BDSM, cosa que ya me había asegurado que les había ocultado y que no pensaba repetir en la vida.
Imaginé que eso era lo más probable. Que los orgasmos no habían llegado y que temía por la integridad de los seis secuestrados. Tanto esfuerzo para nada.
Pasaban las horas lentas y le daba vueltas a la cabeza sobre si al final acudiría al escenario de la prueba final o si me encerraría en mi habitación para no ver ni oír nada. Recurría al aforismo de «ojos que no ven…» y decidía no hacerlo.
Pero de pronto cambiaba de idea y pensaba que debería acudir. Quizá Blanca me necesitara. A continuación, de nuevo, volvía a mi primera decisión, porque la Blanca que me pudiera necesitar era la misma mujer a la que odiaba y a la que odiaría por el resto de mis días.
En mi fuero interno me obligaba a no olvidar las humillaciones recibidas de mi novia en las últimas tres semanas.
*
Llegó la noche y con ella la hora de la verdad. A las nueve y media volví a ver la procesión, que ya se dirigía al gran escenario con su reina a la cabeza. Blanca seguía con su expresión seria y concentrada. Se hallaba de cualquier manera menos excitada.
Le quedaban dos horas y media para correrse con un anciano baboso y un médico patibulario. Y me temía que aquello iba a ser misión imposible.
Eran casi las diez cuando me asaltó una idea. No tenía nada que perder. Y, a cambio, tal vez podría conseguir los dos objetivos que más me acuciaban en aquel momento: ayudar a la obtención de los dos orgasmos restantes de Blanca y humillarla como ella lo había hecho conmigo.
Decidí llevarla a cabo, más por mí que por Blanca y los demás.
Inspeccioné las habitaciones de la jauría, una por una. Fue bajo la cama de Juan donde encontré los juguetes utilizados para la práctica BDSM. Cogí lo que necesitaba y, sin pensarlo dos veces, me dirigí hacia el escenario.
Al entrar en él, la «fiesta» ya había dado comienzo. Y el primer sonido que capté provenía de la voz de Blanca. Una Blanca bastante cabreada por el tono que percibí.
—¡Te la va a chupar tu puta madre, inútil…!
Y supuse que el exabrupto iría dirigido al viejo Mario, quien una vez más tendría problemas de erección a pesar de la Viagra.
No sabía lo equivocado que estaba.
Dejé los útiles que llevaba en la mano sobre la moqueta y los empujé debajo de la cama. Nadie se había percatado de mi presencia por el momento.
Blanca se hallaba tumbada con la cabeza sobre varios almohadones apilados. Sobre ella, el viejo la embestía con sonrisa febril, obligándola a abrir las piernas lo más que podía para que no la hiciera daño. Mi novia no parecía sentir nada, como era de esperar. Y por si eso era poco, se veía obligada a girar la cara para que el anciano no le comiera la boca con la suya desdentada y babosa. Un auténtico espectáculo de morbo pornográfico.
Junto a ella y dándome la espalda, el médico se pajeaba con una velocidad inusitada y una expresión de pánico en los ojos. Al principio no entendí lo que le ocurría, pero pronto lo comprendí: el muy cerdo, tan seguro de sí mismo hasta no hacía tanto, no conseguía empalmarse. El muy cretino debía de haberse quedado sin píldoras azules y solo con ellas había sido capaz de follarse a mi novia durante los días anteriores.
Ahora comprendía hacia quién iba dirigido en realidad el grito de Blanca de unos momentos antes.
La prueba final estaba abocada al fracaso por donde quiera que la miraras.
*
Blanca descubrió mi presencia y su primera expresión fue de sorpresa. Después me sonrió y extendió sus manos para que me acercase. Así lo hice, sentándome a su lado. El médico aún no se había percatado de mi llegada. La música de fondo había cubierto el ruido de mis pasos hasta ese instante.
Mi novia debió de pensar que la tomaría de las manos, pero se llevó la primera sorpresa de la noche. En un movimiento rápido, la agarré de las muñecas y le coloqué unas esposas de juguete, pero casi tan difíciles de quitar como unas reales.
Blanca abrió los ojos sin entender lo que le hacía. Y la segunda sorpresa le pilló sin haber entendido de qué iba la primera. Cuando le até las manos con la gruesa cuerda y tiré de ellas para amarrarla al cabecero de la cama, un grito de dolor salió de su boca antes de llegar a comprender el porqué de mi siniestra sonrisa.
—¡Auuuu…! —gritó alucinada—. Joder, Alex, me haces daño…
La bofetada que la arreé en la mejilla derecha le volvió la cara, haciendo que su bonita melena le cubriera los ojos.
—¡Calla, zorra…! —le susurré achinando los ojos.
El médico se había vuelto y había detenido el «clic-clic» líquido de su paja. Le hice un gesto con el dedo para que no osara moverse y seguí dirigiendo el juego.
—¡Viejo! —exclamé al anciano que seguía follando como loco sin preocuparse de lo que pasaba a su alrededor.
—¿Sí…? —preguntó asustado pero sin dejar de mover el culo.
—¡Quítate ese puto condón y fóllala a pelo!
La queja amarga de Blanca no se hizo esperar.
—Por dios, Alex, ¿pero qué dices…?
La agarré de la garganta con una mano y se la apreté.
—¡He dicho que te calles…! ¿Me oyes? —dije y Blanca asintió con un movimiento de cabeza timorato.
Y Mario no se hizo de rogar. Sacó la verga de su coño y se incorporó lo suficiente para tirar del condón. Luego se la volvió a clavar y sus embestidas aumentaron de velocidad.
—Joder —dijo el vejete—. Ya era hora… Con lo bien que se folla sin condón…
—Pero, Alex, cariño, ¿te has vuelto loco…? —protestaba Blanca retorciendo el cuerpo para evitar las sacudidas de Mario, quien la tenía agarrada con una fuerza inaudita para su edad.
—Calla, joder… —volví a increparla—. Si te folla con condón no te vas a correr en la puta vida… Dale, viejo, fóllala bien…
El médico comenzaba a reaccionar y trató de irse hacia mí, pero le detuve con un gesto. Mi mano se había abierto ante él y en ella se veían dos pastillas azules. Eran las que le había cogido prestadas a Blanca por si durante mi prueba oficial no me valía con la que había tomado antes de entrar.
La sonrisa de Hugo se volvió felina y tragó ambas pastillas sin perder un instante. Acompañó el gesto con el sorbo a una botella de agua que había sobre la mesilla de noche.
*
No esperé a que Blanca descubriera que solo pretendía ayudar, dando a cada uno lo que necesitaba. No había tiempo que perder. Me tumbé junto a ella y, girándole la cara aplastando sus mejillas con una mano, comencé a comerle la boca con lascivia. Se resistió unos segundos, pero enseguida se rindió y me ofreció su boca y su lengua para que las poseyera con las mías.
Los siguientes minutos fueron un frenesí de caricias y de besos húmedos y obscenos. Le amasaba las tetas con avidez y los pellizcos en sus pezones la hacían vibrar.
Por otro lado, los tirones del pelo y las bofetadas en las tetas la obligaban a arquear la espalda con un latigazo de placer como no había sentido antes conmigo. Acompañaba mis acciones con palabras soeces.
—Eres una puta, Blanca… Y te voy a comer la cara a bocados…
—Mmmmhhh… —gemía Blanca con los ojos apretados.
—¡No cierres los ojos, cerda! —le gritaba antes de abofetearla, y ella abría los ojos obediente.
Y luego proseguía con mi retahíla.
—Mira cómo te folla el viejo, pedazo de puta… Mira al baboso… No tiene mala polla el abuelo, ¿eh…? Mira cómo te la mete hasta los cojones… Adentro… afuera… adentro… afuera… Te folla bien, el vejete, ¿eh? Te folla como lo que eres, una golfa…
—Ooohhh… cabrón… —volvía a gemir ella.
Recordando las enseñanzas de Rubén, comencé un nuevo juego.
—¿Qué eres…? —le preguntaba apretando su mentón con mano de hierro.
—Una… una zorra…
—¡No te oigo…!
—¡Una zorra! —gritó cerrando los ojos.
Una bofetada resonó de nuevo. Y enseguida el escupitajo que le lancé a la cara.
—¡Que no cierres los putos ojos…!
—Va-vale… —replicó Blanca timorata, pero con un brillo inusitado en la mirada. Era una mirada cargada de lujuria. Una lujuria que veía en ella por primera vez. Y que empezaba a gustarme.
—Dilo otra vez… ¿qué eres? —repetí.
—¡Una puta…!
—¿La puta de quién…?
—¡Tu puta…!
El golpe en las tetas volvió a resonar.
—¿La puta de quién…?
—¡La puta del viejo…!
—Muy bien, zorrita… ¿Y cómo te folla el viejo…?
—Me… me folla… bien…
—¿La tiene dura el abuelo?
—Sí, sí… como una piedra…
—Abre la boca y saca tu sucia lengua…
—¿Qué…? —no pareció entenderme.
—Que abras, coño...
Le metí un pulgar entre los dientes y la obligué a abrirla.
Obedeció mi orden sin entender que iba a ocurrir a continuación. Recogí toda la saliva que pude de mi boca y la dejé caer sobre su lengua. El gesto de asco de Blanca fue indisimulable. Pero antes de que la escupiera, la ordené tragarlo.
—¡Trágate ese lapo, zorra…!
—¡Joder, no…! —dijo entre arcadas.
Volví a abofetearla y lo tragó como un corderito. Y volví a besarla para compartir con ella mi propia saliva. Blanca correspondió a mi asalto con un espasmo de la espalda y arqueó la cabeza para que la poseyera hasta el fondo con mi lengua.
Sentí que la temperatura de su boca llegaba a quemar y supe que iba por el buen camino. Y bajé mi mano hasta su vientre. Era el momento de utilizar la técnica de Hugo de nuestro primer encuentro a tres bandas.
Masajeé el clítoris de Blanca mientras sentía al viejo entrar y salir de su coño sin descanso y la sentí estremecerse. Utilizaba las enseñanzas del médico y comprendí que podría hacerla correrse si seguía por ese camino, acompañada por mis besos obscenos.
De pronto, una voz nos trajo a la realidad a los dos.
—¡Joder…! —dijo el abuelo—. Joder, Blanca… que me corro… la hostia… que no aguanto más… ¿Dónde lo hecho?
Blanca elevó unos centímetros la cabeza.
—Sácala, viejo… no me jodas… como te corras dentro te mato…
Pero ya no era ella la que daba las órdenes.
—¡Ni se te ocurra! —le dije a Mario—. Fóllala como se merece. Y córrete dentro, viejo… Llénala de leche, hostia…
Blanca me miró con expresión furibunda, pero no la dejé protestar. Tomé su boca y se la comí mientras ella se retorcía para sacarse al anciano de dentro.
—Quieta, furcia… —le espeté de mala leche—. Si te corres con el abuelo fuera no contará como suyo el orgasmo.
Pareció entenderlo y dejó de resistirse.
Mientras el viejo gruñía y la «llenaba» el útero de semen —yo sabía que el pobre hombre no echaría más que un par de gotas—, volví a tomar posesión del clítoris de Blanca y la besé y la pajeé hasta que sentí su primer espasmo.
—Ya me he corrido… —dijo el vejete—. ¿Qué hago ahora? ¿Me salgo?
—¡Joder, no…! —le grité—. Sigue follándola, viejo, no te detengas cabrón… no ves que se está muriendo de ganas de que la folles… no pares… no pares… ¡fóllala, coño…!
Blanca se había rendido como un potrillo domado y comenzó a moverse de forma descontrolada. Todo su cuerpo temblaba. Su lengua me lamía los labios desesperada. Su cadera botaba sobre la cama. Sus piernas se abrían y cerraban sin control golpeando al viejo Mario sin consideración. Era claro lo que le pasaba.
Se estaba corriendo como una perra. Y el orgasmo le duró unos segundos que se me antojaron eternos, dando paso a una expresión de relax en su rostro.
—Te quiero, Alex… —susurró tras llegarle el letargo post coital—. Te quiero, cariño, no lo olvides… —gemía bajito—. No lo olvides nunca, por favor…
Me levanté de la cama satisfecho.
Había conseguido mi primera victoria.
Era el momento de buscar la segunda.
*
Miré a Hugo y comprobé que su verga reaccionaba tras la casi media hora que había trascurrido desde que tomara las pastillas azules. Esto era ahora, increíblemente, una buena noticia.
Miré mi reloj, quedaban cincuenta minutos, tiempo suficiente para conseguir el último objetivo marcado por EXTA-SIS. Más que suficiente, de hecho, nadie podía estar tan seguro de ello como yo.
Tenía un as en la manga y estaba dispuesto a utilizarlo.
—Ey, puto médico… —llamé su atención tras recoger algo de debajo de la cama—. Mira lo que tengo para ti.
Tanto Blanca como Hugo me miraron. Él hizo un gesto de incomprensión, pero la cara de horror de mi novia dejaba claro que sabía lo que se le venía encima.
Arrojé al médico los dos objetos que llevaba en mi mano: un plug anal de medianas dimensiones —había considerado que el tamaño grande podría ser perjudicial, además de inútil para un orificio tan cerrado como el de mi novia— y un gel lubricante.
—¡Joder, no…! —exclamó Blanca aterrorizada y retorciéndose para liberarse de las cuerdas que la sujetaban a la cama—. Alex, no puedes hacerme esto… ¿Qué coños te pasa…?
—A mí no me pasa nada… ¿Y a ti…? —repliqué con inquina a la que días antes iba a pedir que fuera mi compañera para toda la vida.
Mientras, Hugo sopesaba los dos objetos en las manos sin entender de qué iba el juego. No tardé en hacérselo entender, a pesar de los ruegos en contrario de Blanca.
—¡No, Alex, por dios… no se lo digas! —gritó con el horror pintado en los ojos.
Pero se lo dije. Había llegado el momento de mi venganza.
—Si quieres conseguirle un orgasmo a esta zorra, no tienes más que follarla por el culo. Te la he dejado a huevo para que no se te resista esta vez…
—¿Qué? —El médico no salía de su asombro.
—Sí, hombre… confía en mí —me reafirmé—. Tú dale fuerte y verás que en menos de cinco minutos se correrá como una cerda… Al principio le dolerá y se resistirá, pero enseguida se pondrá berraca y se morirá del gusto…
El tipo sonrió morboso y me lanzó un gesto de agradecimiento. No esperé a recibirlo, simplemente me volví hacia la puerta y me alejé de allí con paso trémulo. El corazón me dolía y sentía unas inmensas ganas de llorar ante los gritos de Blanca mientras el puñetero médico la ponía a cuatro patas.
—¡No, joder, Alex! —gritaba—. ¡No le dejes hacerme eso…! ¡Yo te quiero, Alex…!¡No lo entiendes, pero te quiero…! ¡Todo esto lo he hecho por ti! ¡Por los dos…! ¡Por favor, Alex, no te vayas…!
Sus gritos me desgarraban por dentro, pero no había vuelta atrás.
Salí del escenario y me dirigí hacia el dormitorio que había compartido con Blanca. Los gritos aún me llegaban por los altavoces de la sala de espectadores donde se encontraba el resto de la jauría. Oí también al viejo Mario, que jaleaba y aplaudía lo que se iba cocinando sobre la cama redonda.
Continuará......
Esta novela será publicada al completo en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se ha publicado con el título CUATRO HOMBRES PARA BLANCA (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
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