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Sadomasojun 2025

Secretaria jefa

La reunión estaba siendo fructífera hasta que ella cerró la puerta. Ahora, el jefe no es más que un animal doméstico a los pies de su secretaria, y el dolor es la única forma en que ella le recuerda quién manda.

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Ha salido a por los impresos que acabo de sacar. Lo cierto es que desde el primer momento fue una de las empleadas que mejor se adaptaba a los inconvenientes. Fui yo mismo quien le hizo la entrevista y quien vio algo diferente en ella. Y, en ese momento, no tenía ni idea de la razón que tenía.

Sus tacones suenan y retumban por toda la planta, llegando hasta la oficina. La cabrona sabe perfectamente que esas pisadas fuertes me provocan. La reunión, de momento, está siendo fructífera.

La veo volver, y desde lejos observo su mirada seria. Unos ojos azules acompañan al largo pelo rubio que va a juego con la blazer marrón clarita que lleva. Nada más entrar cierra la puerta tras de sí.

Vuelve a pisar fuerte hasta llegar a la silla enfrente de mi mesa y se sienta, dejando los impresos encima.

—Bien —consigo decir—. Tenemos que solucionar lo del cliente de esta mañana —añado tecleando en el ordenador sin perder mi posición de superior—. ¿Te puedes creer que estos patanes han…

Y, antes de que pueda terminar la frase, coge mi vaso de agua mirando fijamente, para verterlo al suelo. Yo me quedo mirando y, mi primera reacción, es poner mala cara. Al menos hasta que recuerdo que no es cualquier trabajadora.

Veo que me reta con la mirada. A un juego que hace tiempo ya perdí. Me levanto y bordeo la mesa para, al situarme a su lado, mirarla, mientras ella no se mueve de la silla y me mira desde abajo.

Me arrodillo y observo el charco de agua que se ha formado en el suelo. Comienzo a lamerlo, observando sus tacones a centímetros del agua. Veo como acerca los pies y pisa gran parte del charco para dejarlos ahí, encima. Con uno de sus tacones me pisa la cabeza y aprieta. Comienzo a besar la punta de su otro tacón mientras siento mi corazón latir a mil pensando que en cualquier momento puede entrar alguien.

¿Qué pasaría si vieran al jefe así, con una empleada?

La fuerza del tacón de encima de mi cabeza me despierta de mi ensimismamiento y al fin consigo mirarla. Ahora, esa mirada seria, se dirige hacia mí, sin ningún otro objetivo.

—¿Vas a dejar el suelo limpio, cerdo?

Su voz autoritaria me ablanda y yo me limito a seguir lamiendo.

Siento como, en un suspiro, todo el poder que tenía, junto a todo el control agobiante, sofocante y asfixiante que me poseía han desaparecido.

Vuelvo a mirarla y me coge del cuello para ponerme contra el escritorio, dejando el culo hacia ella.

—No sé cómo te soporta tu mujer.

Sin poder rechistar, me quita el cinturón y me baja los pantalones. Hace lo mismo con los calzoncillos y deja el culo al aire.

Siento que echa a reír y acaricia las nalgas. Aún duele lo de ayer…

—Mmm… veo que te dejé marca. Espero que supieras ocultarlo bien.

Siento el temor en cada caricia mientras noto que aún escuece.

—¿Qué pasaría si hacemos herida sobre una herida?

—No… —tartamudeo—. No, por favor.

—Sh —me manda callar—. Harás lo que yo diga.

El sonido de un latigazo con el cinturón estalla en mis nalgas, y jadeo sin querer.

—Lo van a oír —consigo decir entre jadeos.

Otro latigazo vuelve a cortar el viento.

Contengo la respiración y mantengo el grito mientras vuelve a cebarse, azotando ahora seguidamente.

Los latigazos mueren en mis nalgas sin ninguna contemplación, sintiendo su poder sobre mí, hasta que para. Y yo consigo coger aire de nuevo. Se acerca a mi cara para ver justo como una lágrima cae por mi mejilla.

—¿Algo que decir?

—Na… Nada —vuelvo a tartamudear.

Siento como deja el cinturón en el suelo, y no sé si realmente eso es bueno. Apenas he contado diez azotes. Siento que juega con mi culo acariciándolo hasta que noto algo frío.

—Abre las piernas —me ordena.

Procuro mirar pero siento su mano en el pelo, que me agarra y me vuelve a poner mirando hacia delante.

Sin decir nada más obedezco. Y una patada en los huevos me hace retorcerme hasta casi tirarme al suelo. Escucho su risa para sus adentros. Está disfrutando. ¿Le habrá contado a alguien esto?

Siento que me coge la polla y la encierra en una jaula, pero esta va acompañada de algo que aprieta los huevos, metiéndolos dentro de una especie de aro, y el artilugio sigue hasta el ano. Respiro entre cortado y siento ahora algo queriendo entrar.

—Relájate… —añade suavemente en tono de burla.

Cierro los ojos, y dejo que meta lo que sea que esté metiendo. Al principio molesta y duele, pero poco a poco el ano se va dilatando y haciéndose al cuerpo extraño.

Tras un breve silencio cierra con llave y me da una palmada en el culo. Me levanto y observo: una jaula de castidad con un plug anal, metido directamente.

La miro y observo que lleva un mando. Abro los ojos por miedo y le pulsa. Una descarga eléctrica comienza a vibrar dentro de mí, que me hace retorcer.

Ella vuelve a reír con el mando en su mano y juega a su antojo a darme descargas a placer. Yo me retuerzo sintiendo todo el dolor desde dentro, con la polla encerrada, y las nalgas doloridas.

—Te he hecho un poquito de sangre —añade risueña, sin darle mucha importancia.

Observo que se queda mirando y me limito a subirme los calzoncillos y los pantalones. Me siento de nuevo en la silla, caminando poco a poco como puedo, mientras siento algo en el culo que me incomoda. Me siento, y las nalgas me escuecen.

La miro y parece que todo ha vuelto a la normalidad.

—Qui… ¿quieres que sigamos más tarde con la reunión? —consigo decir.

Mira su reloj, y sonríe.

—¡Claro! Aun quedan cinco horas de trabajo. Queda mucha mañana por delante.

Se va y, justo antes de abrir la puerta, pulsa el mando para dejar la descarga puesta.

—Esta es la floja —me susurra desde la entrada.

Yo me retuerzo para mis adentros, sin dejar llevarme mucho más por el dolor.