Xtories

Diario de un pervertido. 4ª parte. Londres

Londres no es solo una ciudad de niebla y pubs; es el escenario donde Armando descubre que su verdadera pasión no es el sexo en sí, sino ser testigo del deseo ajeno. Entre la humillación consentida y la exhibición forzada, cada noche promete una nueva depravación que su tía, al otro lado del teléfono, espera ansiosa.

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Este capitulo viene de los tres anteriores, (que recomiendo leer para entender el grado de deprabación que habíamos alcanzado) donde cuento cómo fue mi iniciación en el sexo de la mano de mi propia tía. Tras terminar la carrera me fui a Londres a aprender inglés y esto fue lo que sucedió.

Aterricé en Stansted, Londres, al comienzo del otoño. El clima aún era benévolo y pude conocer un poco la ciudad antes de encontrar trabajo y que el húmedo invierno británico me arrojase a los pubs a beber como un cosaco.

El primer piso en el que alquilé una habitación lo compartía con una irlandesa pelirroja que estaba buenísima y que además me trataba de maravilla. Su novio era turco y estaba más salido que yo mismo. Se pasaba los días metiéndole mano por las esquinas y llevándosela cada dos por tres a su habitación para terminar lo que empezaban en cualquier parte. Ella también era muy sexual y no tenía ningún reparo en hablar de sexo sin tapujos.

Cuando no andaba su novio por casa, solíamos hablar de esto y de lo otro, y como estaba bastante obsesionada con el sexo, acabábamos siempre hablando de lo mismo. Yo trataba de disimular, pero me ponían muy cachondo estas charlas. Ella lo notaba y se hacía la loca; prefería ignorarlo y seguir contándome cómo se las había arreglado de jovencita para mantener relaciones en un entorno tan moralista como el suyo. Decía haberse acostado con medio instituto y estar muy orgullosa de ello.

Para mi aprendizaje del inglés fue providencial toparme con esta compañera, ya que mejoró muchísimo en poco tiempo, sobre todo en el campo que a mí más me interesaba, que era el sexual. Me enseñó todas las palabras necesarias para referirme a ello con propiedad.

A mí me tenía loco y me la hubiese follado de mil maneras, pero no había nada que yo pudiera hacer. Estaba locamente enamorada de aquel barbudo que la hacía gritar como una puta loca cada vez que venía por casa.

Me alegré de que me echara del piso porque no se podía vivir así. Siempre andaba medio desnuda por casa y yo echaba demasiado de menos las atenciones de mi tía. De haberla tenido conmigo, todo hubiera sido más fácil.

Me masturbaba con asiduidad, ya fuera con mis recuerdos o con la voz de mi tía al otro lado del teléfono, pero, sobre todo, me masturbaba escuchando a los amantes incontinentes después de verlos entrar en calor, porque no se cortaban un pelo y se metían mano bajo la manta cuando veíamos la televisión, rozaban sus cuerpos en la cocina o se decían al oído cosas que provocaban erecciones o pezones erizados. Que yo anduviese por medio, sin duda les excitaba.

Cómo me hubiese gustado volver a casa y contarle a mi tía lo cachondo que me ponía escucharlos follar mientras me la chupaba. Aquel privilegio que tuve de correrme casi siempre de la mano de ella, ya fuera en su boca o sobre su cuerpo, lo echaba ahora tanto de menos, que a veces lloraba en la intimidad de mi cuarto.

Y como ya he dicho, llegó el día en que me tuvo que echar del piso. A pesar de ser muy cuidadoso, tenía practica en ello, un buen día me sorprendió masturbándome mientras la espiaba follando con el turco. A él le hizo mucha gracia la situación y, lejos de enfadarse, le propuso a ella que se dejasen ver mientras lo hacían, pero no coló. A ella sencillamente le dio asco mi comportamiento. Me hubiese encantado sentarme en un sofá a pelármela frente a ellos de haberle hecho caso a su novio.

En el segundo piso en el que me hospedé, una mujer de unos 50 años, procedente de Ghana, cuyo hijo ya se había emancipado, me alquiló la habitación de este.

A esta mujer le encantaba cocinar y, en líneas generales, tener a alguien de quien cuidar y con quien charlar.

No voy a comparar la cocina española con ninguna otra, pero me encantaba volver del trabajo de mierda que tenía en el McDonald's y sentarme a la mesa con ella a practicar inglés, a que me contase su vida y a que me alimentase con un surtido tal de platos de su país, que me enamoré de su gastronomía.

De aquí también me tuve que marchar, muy a mi pesar, después de un par de meses, porque una noche en la que llevé una botella de vino español, que me costó un dineral y que ella sacó no sé qué licor que guardaba, acabamos acostándonos.

Nunca había estado con una mujer negra ni de tan avanzada edad. Me maravillaron sus intimidades. Todo en ella era diferente; el sabor, el olor, hasta la forma de entregarse me resultó distinta. Guardo un maravilloso recuerdo de aquel polvo en el que puse en práctica todo lo aprendido con mi tía y la llevé al orgasmo en varias ocasiones. Lástima que se asustase; lo hubiese repetido mil veces.

Creo que lo que realmente la llevó a pedirme que me marchara fue verse a sí misma, a sus años, sodomizada por primera vez y gritando como una loca de puro placer. Creo que no pudo asimilar que esta práctica, que seguramente tenía por depravada, le gustase tanto.

El siguiente piso en el que viví, además de las habitaciones, tenía una sala y una cocina enormes y lo compartía con 3 estudiantes de diferentes nacionalidades con los que hice muy buenas migas. Teníamos un pub en el barrio donde nos juntábamos a menudo a beber pintas y jugar al billar o a los dardos, antes de volver a casa a seguir con la fiesta. Siempre había botellas vacías por todas partes. Por aquel tiempo me acostumbré a trabajar de resaca casi a diario.

Una noche que quedé para salir con una compañera de trabajo venida de Polonia y que era una auténtica preciosidad, hice mi primer trío.

Cuando llegamos a mi casa, un poco borrachos los dos y bien calientes porque habíamos venido todo el camino dándonos el lote en el autobús nocturno, nos encontramos a mi compañera de piso que era italiana, también un poco borracha y tan caliente como nosotros porque había estado con una chica que le gustaba mucho y a la que no había conseguido conquistar.

En cuanto Dagmara, la polaca, y Franchesca, mi compañera, se vieron, saltaron las chispas. Se gustaron tanto que empecé a sentir que sobraba allí. Nos bebimos una botella de vino de la Toscana mientras los tres hacíamos como que no era obvio que se deseaban más de lo que querían que hacerme ver.

Cuando me ausenté para ir al baño por segunda vez, lo hice pensando en que tal vez era mejor dejarlas a solas. Dudé una eternidad en si regresar a la sala donde las había dejado, o meterme en mi cuarto a pelármela como un tonto. Opté por volver a la sala a intentar recuperar a mi conquista.

Desde el pasillo, sin entrar aún, las observé besándose y me entraron un montón de dudas. ¿Debía entrar y tratar de sumarme a la fiesta, o tal vez marcharme y dejarlas a solas? También estuve tentado de machacármela una vez más espiándolas como tenía por costumbre.

Opté por fingir una tos que no tenía para que reparasen en mi presencia.

Para mi sorpresa, ninguna de las dos se ruborizó o trató de disimular algo. Me estaban esperando para que me sumara al encuentro.

Franchesca, con una sonrisa enorme, me hizo una señal con el dedo para que me acercase. Tan pronto estuve a su lado, ambas me besaron para luego besarse entre ellas y dar así comienzo a una noche de sexo desenfrenado.

No nos desnudamos hasta estar en la habitación de mi compañera, que era más grande y cómoda que la mía.

Les pedí que empezaran sin mí para poder hacer algo que siempre había querido hacer: masturbarme abiertamente siendo visto, en vez de hacerlo escondido detrás del quicio de una puerta. Cómo disfruté de ese momento, de verdad. Allí repantingado, con la polla en la mano, viendo cómo aquellas dos preciosidades se acariciaban, animadas por la excitación que mi presencia les causaba.

Me la sacudía despacio, la mostraba agitándola desde su base, para que la vieran bien, anunciando que ahí estaba, dura y palpitante, para lo que quisieran hacer con ella.

Dagmara me miraba con deseo mientras se dejaba hacer por su amante. Le gustaba lo que veía en mi mano y no lo disimulaba. Tardó bien poco en venir caminando a cuatro patas a apartar mi mano de lo que se quería llevar a la boca.

A Franchesca no le interesaban mucho las pollas; de hecho, me sorprendió que se sumase a este trío porque era lesbiana. Lo que me chupaban no le interesaba tanto como el coño de Dagmara, así que se centró en ella. Yo la veía tras el perfecto culo de la polaca, empleándose en una buena comida de coño y culo. A Dagmara se le escapaban suspiros de placer que ahogaba tratando de tragarse mi pene, cosa que no conseguía. Cuando, empleando no sé cuántos dedos, la llevó al orgasmo, yo sujeté su cabeza y la apreté con fuerza para hacer que se la tragase completa al fin, mientras se corría.

Dagmara cayó al suelo a mis pies convulsionando después del orgasmo de gritos ahogados.

Franchesca me miró victoriosa mientras yo masturbaba mi polla salivosa, mirando a ambas.

Los dos sabíamos que yo no le interesaba, pero, aun así, se acercó a acariciarme.

Creí que la mía era la primera polla que masajeaba, porque no lo hacía especialmente bien, pero estaba equivocado: demasiadas pollas habían pasado por aquella pobre muchacha. No se molestó en tratar de llevársela a la boca. Se conformaba con mostrarle a Dagmara que estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de poder seguir amándola.

Desde el suelo, mientras se recuperaba, Dagmara nos miraba con curiosidad. Se dio cuenta de qué era lo que mi compañera quería y, en cuanto se recuperó un poco, se unió a nosotros para atormentarla, obligándola a llevarse a la boca mi miembro erecto y duro, mientras le decía auténticas burradas.

Franchesca asumió un papel sumiso y se dejó obligar a tragarse mi polla. Dagmara, entre insultos, le decía que, si quería que le comiese el coño, debía aprender a comerse una polla. Ella misma le demostraba con el ejemplo cómo se hacía una buena mamada, y luego se la pasaba para que intentase replicar la operación. Pude sentir cómo Franchesca se hacía la tonta y pretendía no saber hacerlo, para que Dagmara se ensañase con ella.

La verdad es que la polaca no lo hacía nada mal; no se podía comparar con la tía Ceci, pero tampoco le faltaba práctica y las órdenes que daba a su nueva esclava no iban nada mal encaminadas.

Mi polla pasaba de una boca a la otra, firmemente agarrada por Dagmara que, con la otra mano en la nuca de Franchesca, se empeñaba en verla desaparecer entre sus labios.

Yo miraba la escena con tanta curiosidad como excitación mientras me dejaba hacer. Mi querida lesbiana se vio incapaz de cumplir sus deseos, y forzada como estaba, acabó vomitando. El vino de la toscana se derramó por mis testículos mientras Franchesca seguía siendo obligada a tragar mi polla una y otra vez.

Ver aquel vino brotar junto con las lágrimas desquició a Dagmara, que se puso tremendamente cachonda y agresiva. Comenzó a golpear a nuestra amante y a introducirle dedos y más dedos en la vagina hasta completar la mano entera, que desapareció dentro de ella ante mis ojos.

A pesar de su juventud, tenían más vicio que mi propia tía. Nunca había visto desaparecer un puño en el interior de una mujer. Sujeta con firmeza por la cabeza para que no se pudiera sacar mi polla de la boca, Franchesca explotó en un orgasmo que la virtuosa polaca administró con sabiduría e hizo durar una eternidad moviendo su brazo adentro y afuera, casi hasta el codo.

Sentí lástima por Franchesca al verla sometida y humillada por la implacable polaca. Dagmara se excedió obligándola a tragarme de aquella manera y yo me sentí culpable por colaborar, puesto que sabía que lo hacía solo por complacerla a ella.

Después de esto, Dagmara me reclamó para sí y me montó frente a la convulsa italiana para demostrarle que lo que realmente le gustaban eran los hombres.

Franchesca nos miraba desde el suelo sin alegría en los ojos; no creo que le gustase realmente lo que la había obligado a hacer, ni que luego me utilizase para humillarla aún más disfrutando de mi polla.

Yo, por mi parte, viendo la crueldad con que había tratado a mi compañera de piso, a quien tenía muchísimo cariño, la descabalgué de mí y, poniéndola a cuatro patas frente a Franchesca, a la que pedí que la sujetara, la sodomicé con furia, casi con rabia, para que Franchesca no se sintiera tan mal. Me recreé haciendo palanca para que su culo cediera al máximo y arrancarle gritos de dolor. Miraba con complicidad a mi compañera mientras le devolvía la moneda a Dagmara, azotándola y humillándola entre palabras obscenas.

Me entretuve mostrándole a Franchesca cómo mi polla salía de aquel culo dejándolo abierto como la boca de un pez, para volver a rellenarlo súbitamente con estocadas certeras que hacían rebotar mis huevos en su vagina. No tuve prisa en terminar aquella práctica; veía la excitación en los ojos de Franchesca y escuchaba los gemidos de placer de Dagmara, que se acariciaba el clítoris cada vez con más fuerza.

Cuando vi que no iba a poder aguantar mucho más sin correrme, pedí a ambas que hicieran un 69 con Franchesca tumbada en el suelo boca arriba para poder seguir disfrutando de aquel culo mientras ella disfrutaba de lo que realmente le gustaba, aunque mis huevos le pasasen por la cara. Escuchando a ambas gemir mientras se comían, proseguí con el vaivén, enculando con toda mi furia a aquella cruel ninfómana, azotándola a cada rato, hasta correrme con fuertes empujones, asiéndola por el pelo, del que tiraba con fuerza.

Caímos rendidos los tres, los unos sobre los otros.

Después de esta noche de desenfreno, Dagmara no volvió por nuestro piso por algún tiempo. Solíamos follar en el almacén del centro de trabajo, pero ya nunca lo hicimos con la pasión de aquella noche.

Franchesca me solía preguntar por ella discretamente, disimulando el enamoramiento que sufría por mi polaca viciosa. Se sonrojaba al hacerlo, porque había quedado de relieve lo mucho que le gustaba que la sometiesen.

El resto de compañeros de piso no se enteró de lo sucedido o fingieron no habernos oído a pesar de los gritos de una y otra.

Seguimos reuniéndonos en el pub del barrio como si nada de esto hubiera ocurrido, pero a veces Franchesca y yo hablábamos en privado recordando lo mucho que nos había gustado la experiencia.

Me ofrecí a comerle el coño cuando ella quisiera, cosa que rechazó, e incluso le pedí que me dejara espiarla si traía a alguna chica a casa. Esto último no lo aceptó tampoco, pero me hizo un regalo maravilloso. Me invitó a que me masturbase mirándola mientras se masturbaba con los ojos vendados. No quería verme, pero le excitaba la idea de imaginarme disfrutando de su belleza desnuda mientras se tocaba. ¿Qué más podía pedir yo con lo mirón que me había vuelto en casa de mi tía?

Esto lo hicimos varias veces, normalmente al llegar borrachos a casa después de las pintas en nuestro pub, sin que nuestros compañeros lo supieran. El único inconveniente que tenía aquello, aunque en realidad fuese lo bueno, era que mi deseo de arrodillarme frente a ese cuerpo desnudo y comerle el coño, como solía hacer con mi tía, me torturaba enormemente.

Escuchar los gemidos de la tía Ceci, al otro lado del teléfono, mientras le contaba estas cosas, era casi tan excitante como todo lo que estaba viviendo.

Echaba muchísimo de menos sus mamadas, pero tampoco estaba mal lo que me tocaba. Para un voyeur como el que yo ya había aceptado ser, tener a una lesbiana a la que mi polla había hecho vomitar, masturbándose frente a mí con una venda en los ojos, no era poca cosa. Cuando hacíamos esto, me tenía que contener para no abalanzarme sobre ella y poseerla, ya que se esforzaba por ofrecerme la visión de sus orificios dilatados a más no poder, como si quisiera que me saltase nuestro acuerdo y la tomase por la fuerza.

Yo era mirón y ella exhibicionista. No podíamos hacer mejor tándem. Además, nos teníamos un cariño especial, éramos nuestros mejores amigos allí en el extranjero y nos apoyábamos en todo.

Por mi parte, no perdía la esperanza de que algo parecido a lo de aquel día se repitiera y, cada vez que conseguía llevarme una chica a casa, corría a presentársela por si acaso, pero nunca se repitió.

También por aquella época, me follé a la mujer del dueño de nuestro pub en los servicios. Pero esto no era algo extraordinario. Casi toda la clientela del local, incluidos mis compañeros de piso, había pasado por aquel urinario con Margaret, que así se llamaba.

Al principio me sentí mal por deshonrar a Kevin, el barman, de aquella manera, pero cuando un día que estábamos solos en el local, me comentó que a su mujer le había encantado follar conmigo y que a él le hacía feliz que así fuera, se me quitaron todos los complejos.

Y así llegó mi segundo trío londinense.

Al pobre Kevin, supongo que por lo mucho que bebía, ya casi ni se le levantaba, y una de las pocas cosas que podía ofrecer a su mujer era la polla de otros hombres en sus encuentros.

Cuando me invitó a ir a su casa a poner mis vigorosas erecciones a disposición de su señora, no lo dudé un instante. Fui su regalo de aniversario y Margaret lo disfrutó al máximo. Sin prisa y sin las estrecheces de un urinario, se entregó a disfrutar de mí frente a su marido, que ponía su flácida polla a disposición de su esposa para que chupase algo mientras yo disfrutaba del resto de su cuerpo.

Por cómo nos dirigió en aquel encuentro, llegué a pensar que todo aquello le gustaba más a él que a ella.

—¿Y qué te pedía que le hicieras? —me preguntaba la tía Ceci mientras se masturbaba al teléfono.

Y yo le contaba con todo detalle cómo él me decía:

—Azótala, que es una guarra viciosa. Métesela en el culo, que le encanta a la muy puta. Haz que se la trague entera, que se las ha comido más grandes.

Y mi tía se volvía loca escuchándome y me decía lo que hacía con aquellos consoladores que solíamos usar juntos.

Siempre se despedía diciéndome que estaba deseando que volviera a casa para saborearme de nuevo.

—El otro día me acordé de ti —me dijo una tarde, antes de comenzar con uno de sus relatos telefónicos.

—El cabrón tenía una polla idéntica a la tuya, no veas si la disfruté. Me miraba atónito, no se podía creer que disfrutase tanto chupándosela. Pero es que no me la podía sacar de la boca. —Cómo te echo de menos, mi pequeñín —me decía mientras yo me la machacaba imaginándola pegando cabezazos contra la tripa de aquel tipo.

—Cuando le pedí que me sodomizara contra la pared, como hiciste tú en el aeropuerto, se volvió loco y ni siquiera me la llegó a meter entera. Se corrió nada más empezar.

Esto no me extrañó demasiado. Yo tampoco duré mucho aquella vez.

Volví a casa por vacaciones ese primer verano. Fue mi madre quien vino a buscarme al aeropuerto para mi disgusto. Yo soñaba con volver a follarme a mi tía en los baños del aeropuerto, pero esta vez, en la zona de llegadas.

Tuve que esperar a que mi madre se fuera a trabajar al día siguiente para comprobar que habíamos vuelto al principio. La tía Ceci no quiso volver a tenerme entre sus piernas, pero se quedó a gusto llevándome al orgasmo con la boca varias veces antes de que mi madre regresara.

Durante aquella semana de vacaciones, no sé cuántas mamadas me pudo hacer la tía Ceci, ni las veces que me pidió que la llevase al orgasmo con la boca.

Nunca me cansaba de comer aquel coño, siempre quería más y a ella le pasaba lo mismo; no podíamos dejar de comernos, supongo que porque ambos sabíamos que cuando regresara a Londres, tendríamos que volver a las pajas telefónicas.

Cuando me llevó de nuevo al aeropuerto, yo albergaba la esperanza de que repitiéramos la escena de la primera despedida, pero me tuve que conformar con una mamada en el coche a mitad de camino, en un área de descanso que encontramos. Fue una mamada extraordinaria, también hay que decirlo. No estábamos solos en aquel lugar y la tía Ceci se recreó mostrándose ante aquellos desconocidos.

A mi regreso a Londres, me encontré con una fiesta de bienvenida que no tuvo desperdicio.

La fiesta sorpresa tuvo lugar en nuestro pub. Mis compañeros habían invitado a Dagmara que dormiría aquella noche en casa. Una vez más me follé a Margaret en los baños, después de que su marido me guiñara un ojo.

Continuamos la fiesta en casa. Aquella noche, Philip, nuestro compañero de piso belga, consiguió unos éxtasis y la cosa se desmadró un poco.

Dagmara, que ya de por sí era muy sensual y provocativa, perdió el control y bailó insinuante con todos. Me besaba a mí, restregando su cuerpo con el mío, y luego se restregaba con otro sonriendo con lascivia, o le comía el morro a la otra, demostrando que no estaba allí solo por mí.

Franchesca la miraba con cierto desdén, desaprobando que nos calentara de esa manera. Los compañeros me miraban buscando aprobación, sabiendo que era amiga mía y la habían invitado por mí. Yo les sonreía y con mis gestos les daba a entender que no éramos novios ni tenía nada que reclamarle. Cada vez que se restregaba con alguno, nos mirábamos con complicidad, deseando que fuese nuestra habitación la que eligiese para dormir aquella noche, o abrazando la idea de que igual follábamos todos.

Al poco rato ya estábamos todos dejándonos arrastrar por sus bailes subidos de tono y acariciábamos sus caderas cuando nos ponía el culo en el paquete.

En determinado momento, Franchesca, totalmente ofuscada, la abofeteó y la llamó puta ante nuestra mirada atónita. A mí no me pilló tan por sorpresa como al resto, que no conocían el gusto de aquella chica por la humillación.

Su única respuesta fue escupirle a la cara con la más sucia de las miradas, provocativa y desafiante. Franchesca volvió a abofetearla y ahí empezó la bacanal.

Tanto Philip como Marco, el otro compañero de piso que era checo, quedaron perplejos ante esta agresión.

Yo, que sabía del vicio de mi polaca, animado por Franchesca, la cogí de los pelos frente a todos, la recliné sobre el respaldo del sofá que quedaba en medio de la sala, le bajé el pantalón hasta las rodillas, me la saqué, separé sus nalgas mostrando sus intimidades a mis compañeros que, alucinados, dejaron de bailar para acercarse a mirar y comencé a follar con ella allí mismo.

Fue Francesca quien animó al resto a sumarse a la orgía.

El primero en sacársela y ponerla al alcance de la boca de Dagmara fue el belga. Rápidamente se unió Marco, que resultó tener una polla descomunal.

Allí estaba mi polaca viciosa, con una polla en cada mano, llevando sus labios a una y otra mientras yo, sin dejar de follármela, le restregaba con los dedos los escupitajos que Franchesca le echaba en el culo, porque desde el principio la italiana quiso dejar claro que ella tenía el control, que aquella chica la obedecería sin rechistar y que quería que le hiciésemos de todo.

Arrodillada en el sofá y apoyada en el respaldo de este, con sus magníficas tetas balanceándose al compás de las envestidas, nos fue recibiendo a los tres, en el orden que imponía nuestra compañera de piso.

A mí, lo que más me excitó fue escuchar a Franchesca darnos órdenes para someter a aquella ninfómana. Ella no se unió a nosotros, solo nos dirigió.

Había que ver a aquellos tres vigorosos chavales que éramos, metiéndosela por todas partes, y había que escucharla a ella gimiendo, que no decía que no a nada de lo que ordenaba la italiana, mientras nuestras pollas la llenaban por todas partes, juntas o por separado.

Nunca antes había sentido un pene al otro lado de la fina pared que separa una vagina de un ano, ni había sentido mis testículos golpearse con otros. En sí mismo igual no era muy especial, pero los gritos acallados por la polla que Dagmara se tragaba al mismo tiempo que la envestíamos los otros dos como animales, me excitaron casi tanto como a Franchesca, que nos observaba obedecer sus órdenes sin dejar de mover una mano entre sus piernas.

Marco fue la estrella del encuentro. Tanto el tamaño como el grosor del miembro que lucía exigían que Dagmara se esforzarse para chuparla, cosa que hacía encantada cada vez que recibía la orden de hacerlo.

Cuando se sentó sobre aquella enorme polla, haciéndola desaparecer en su coño, la vimos respirar con dificultad, acompañando cada centímetro de avance con gemidos ahogados. Después de haberle dilatado el culo con las otras dos pollas que pusimos a disposición de la italiana para someterla, Marco, cumpliendo órdenes, comenzó a sodomizarla también. Gritó de tal modo que el checo, a quien nunca nadie había ofrecido un ano, se asustó y se apresuró a sacársela. Si no es por Franchesca, que le exigió que siguiera, seguro que Dagmara no recibe todo aquello en su recto.

Pero lo recibió enterito, gritando como una loca, pero sin quejarse ni rechazar nuestras pollas en la vagina o boca, según lo indicase la italiana.

Por orden de Franchesca, nos fuimos corriendo, uno detrás de otro, sobre la pobre Dagmara, a la que se veía exhausta.

Empecé yo, después de llegar al punto del orgasmo paseándome por su boca mientras ella botaba sobre la enorme polla que Marco tenía en su culo. Otro tanto hizo Philp, animado por Franchesca, que no quería que dejásemos de metérsela por cualquier lado en todo momento. Y por último Marco, que pasó de darle durísimas embestidas en el culo a masturbarse frente a su rostro. Ella recibía los sucesivos chorros de lefa con la boca abierta y los ojos cerrados, sujetando sus fabulosos pechos, cuyos pezones pellizcaba Franchesca con crueldad.

Una vez la cubrimos por completo de semen, Francesca se sacó la espinita que tenía clavada, porque aquella chica le gustaba más de lo que quería reconocer y nunca había vuelto a casa a pesar de que yo se lo había pedido en su nombre.

Con Dagmara tirada en el suelo, jadeando y con restos de semen por cara y pecho, Franchesca se remangó la falda, apartó la braguita mostrando el pubis a sus compañeros de piso, se colocó de cuclillas sobre ella, a la altura de su cara y la duchó con potente squirt que tardó apenas medio minuto en provocarse.

Esta fue su venganza por someterla cuando estuvimos juntos la primera vez. No creo que Dagmara sufriera mucho con el desquite, la verdad. Se la veía feliz recibiendo pollazos por todas partes. En especial los de Marco, que fue quien le arrancó los mayores gritos con su polla descomunal.

Franchesca se fue a la cama dejándonos en la sala. Al poco rato la seguí. No me apetecía continuar con el juego. Me gustaba mucho aquella polaca de medidas perfectas, pero ni quería dormir con ella, ni me apetecía seguir viéndola cubierta del semen de otros. Sentí que mi lugar estaba junto a mi amiga italiana.

Al llamar a su puerta, me hizo pasar con voz llorosa. Sentada en la cama, se cubría la cara con las manos mientras sollozaba. Nos abrazamos en cuanto me senté a su lado. No supo decirme lo que le pasaba, pero entendí que necesitaba un amigo.

Me pidió que durmiera a su lado, abrazándola y dándole un cariño que no conseguía encontrar donde lo buscaba. Siempre se enamoraba de quien no debía.

A mí me costaba creer que le gustase tanto Dagmara. Para mí solo era una ninfómana preciosa con la que me encantaba follar, pero por algún motivo, Franchesca veía algo en ella.

Aquella noche Dagmara durmió con Marco después de echarle un último polvo a Philip frente al checo. Según me contaron, por la mañana, el belga se les metió en la cama y volvieron a follar los tres juntos antes de desayunar. No creo que fuese solo el éxtasis lo que la llevase a tener tanto sexo; Dagmara era la chica más insaciable que jamás he conocido.

Yo dormí con Franchesca, abrazados y oliendo a sexo.

No pude evitar tener una nueva erección al sentir su cuerpo pegado al mío, pero traté de no importunarla arrimándome más de lo debido.

Franchesca, notando mi incomodidad por lo que su proximidad me provocaba, me pidió que no alejase mi erección de su trasero. Le hice caso sabiendo que iba a ser muy difícil dormir con la polla entre sus nalgas.

Tan pronto me arrimé, comenzó a mover el culo suavemente. Le susurré al oído que, si seguía haciendo eso, acabaría follándomela o masturbándome una vez más contemplándola.

Ambas posibilidades se me antojaban maravillosas, pero me pidió algo distinto.

—No me preguntes por qué, Armando, pero quiero que me digas cosas sucias mientras me das por el culo. Hazme sentir como una puta barata. —¡Úsame! —dijo llorando de nuevo.

Mi relación con Franchesca había evolucionado durante los meses que habíamos vivido juntos y el deseo no formaba parte de lo nuestro. Se había sincerado conmigo varias veces, y yo con ella. Nunca le llegué a contar el tipo de relación que tenía con mi tía, pero por lo demás no le ocultaba mis pasiones y vicios, y ella a mí tampoco los suyos.

Me costó decirle al oído, mientras mi polla se abría paso en su recto, que no era más que una marrana a la que nadie quería, que se merecía estar sola por ninfómana, por sucia, por facilona, por guarra. Que ni siquiera era una lesbiana digna, que se dejaba follar por cualquiera, que nadie podría querer a alguien así.

Le decía estas cosas, sin pensarlas ni sentirlas, a medida que aceleraba los movimientos de mi cadera. Sabía que era esto lo que quería oír, porque era así como se sentía y se recreaba en su sufrimiento.

Pasé de estar a su lado, los dos tumbados lateralmente, a ponerme sobre ella, que sacaba el culo hacia fuera para facilitarme la operación mientras lloraba desconsoladamente.

Nunca entenderé por qué me gustó tanto este polvo. Me corrí con potentes empujones, repitiendo en su oído una vez tras otra:

—¡Puta! ¡Puta! ¡Puta!

Yací sobre ella hasta que perdí la erección y mi polla salió de su culo.

Sus lágrimas habían empapado la almohada, y su voz temblorosa me dio las gracias antes de caer dormida como un angelito.

Al despertar por la mañana, ella dormía boca arriba con las piernas separadas. Tuve cuidado de no despertarla hasta tener mi boca entre sus muslos y así se despertó ella, de la mejor de las maneras. Me dejó llevarla al orgasmo acariciando mi cabeza entre ronroneos.

Por la tarde del día siguiente de mi regreso a Londres, mientras hablaba con mi tía, me masturbé escuchando la vibración de los dos consoladores con los que jugaba mientras me escuchaba contarle hasta el último detalle de la fiesta de bienvenida que me habían preparado.

No supe qué era lo que le había gustado tanto a mi tía, si la perspectiva de verse ensartada por las pollas de mis compañeros de piso, por la desconsolada ninfomanía de Franchesca o por los celos. Quise pensar que por esto último, porque nunca antes le había hablado de alguien con el cariño con el que le hablaba de esta chica.

Apenas 15 días después, mi tía aterrizaba en Londres de visita con una única prerrogativa: Nadie debía saber que éramos familia.

Esta noticia me ilusionó muchísimo. Se lo conté a mis compañeros tal cual me lo había propuesto mi tía Ceci.

La historia sería la siguiente:

Mi madre había querido darme una sorpresa viniendo con su amiga Ceci a visitarme, y por imprevistos del trabajo, se había tenido que quedar en España. Como el billete ya estaba pagado, esta amiga, que era como de la familia, había decidido venir sola. Tanta era la confianza con esta mujer, que le había pedido que anulase la reserva del hotel para venir a dormir a casa con nosotros.

Le preparamos el sofá-cama de la sala y la esperamos con ilusión. Ninguno se podía llegar a imaginar lo que sucedería aquellos días de visita, ni siquiera yo, que sabía que no se iba a conformar con matarme a mamadas.

Cuando regresó a España, dejó en Londres tres pollas satisfechas y un coño bien trabajado. Mis tres compañeros de piso quedaron encandilados con ella, pero eso ya lo dejo para otro momento.

Continuará…