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Dominaciónjun 2025

Fin de semana de la perra Lola

Ana es una oficinista silenciosa, pero cada viernes se transforma en Lola, una perra sin voz ni nombre. En la casa de su ama, la ropa y el estatus no existen; solo quedan el cuero, el suelo frío y la sumisión absoluta. ¿Qué precio está dispuesta a pagar por esa paz?

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Soy Ana, pero durante el fin de semana soy Lola, la perra de mi ama. Tengo 48 años, casi 49, y esto es lo que pasó desde el viernes hasta el domingo pasado

Salí del trabajo a las seis, después de una semana archivando papeles en la oficina. Nadie allí sabe nada de esto. Para ellos, soy la mujer callada con jerseys anchos y vaqueros. Pero cuando conduzco hasta la casa de mi ama, todo cambia. Su chalet está a una hora de la ciudad, en un pueblo, con un jardín grande rodeado de setos altos y un muro de piedra que da intimidad. Aparqué en la entrada, me quité la ropa en el coche y dejé el bolso en el maletero. Entro desnuda, siempre.

Mi cuerpo no es de veinteañera. Tengo la piel pálida, con estrías en los muslos y el vientre de cuando engordé hace años. Mis pechos son medianos, algo caídos, con pezones grandes y oscuros que se endurecen con el frío o los nervios. Mi pelo es castaño, corto, con canas que no tapo, porque a mi ama le da igual. No estoy gorda, pero tengo algo de barriga, y mis rodillas y codos están marcados, rojos por tanto gatear.

Toqué el timbre a cuatro patas, con el frío del suelo de cemento en las manos. Mi ama abrió la puerta. Llevaba una camiseta negra, vaqueros y el pelo rubio suelto hasta los hombros. Me miró de arriba abajo, sin sonreír.

—Adentro, Lola —dijo.

Gateé hasta el salón, con las rodillas rozando el suelo de madera. Me puso el collar, uno de cuero negro, nuevo, con una placa metálica brillante que dice "Lola". Lo abrochó firme, y el cuero se sintió frío contra mi cuello. Me señaló el suelo junto al sofá.

—Quieta.

Me quedé en posición, manos y rodillas en el suelo, cabeza baja. Ella se sentó a ver la tele, ignorándome. Estuve así un rato, oyendo el murmullo de una serie y el ruido de una cerveza al abrirse. No me hablaba, y yo no esperaba que lo hiciese. Soy su perra.

Después, chasqueó los dedos y señaló la cocina.

—Vamos, perra. A comer.

Gateé detrás de ella. En la cocina, puso un cuenco de metal en el suelo, junto a la nevera. Había arroz cocido mezclado con trozos de pollo asado y zanahoria hervida, sobras de su comida. Me acerqué y comí con la boca, sin manos. El arroz estaba frío, y los trozos de zanahoria se me pegaban a los labios. Algunas migajas cayeron al suelo, y mi ama me dio un azote en el culo con la mano abierta. El sonido resonó en la cocina.

—Eres un desastre, Lola. Come bien o no comes —dijo.

Me esforcé más, lamiendo el cuenco para no dejar nada. El sabor era soso, pero lo hice. Cuando terminé, ella puso otro cuenco con agua.

—Bebe.

Lamí el agua, salpicando un poco. Mis pechos rozaban el suelo frío, y el agua me goteó por la barbilla hasta el pecho. Mi ama me dio otro azote, más fuerte.

—No seas guarra. Bebe bien.

Intenté no salpicar, pero el agua seguía goteando. Ella frunció el ceño y me limpió la cara con un trapo húmedo, frotando fuerte, como si le molestara ensuciarse las manos. Luego señaló la jaula, una grande de metal en el rincón de la cocina, con una manta gris doblada dentro.

—Adentro.

Gateé dentro, me acurruqué en la manta y ella cerró el candado. Me quedé allí, con las rodillas doloridas y la piel húmeda, hasta que se fue a dormir.

El sábado, mi ama me sacó de la jaula al amanecer. El césped del jardín estaba húmedo por el rocío, y el aire olía a hierba y tierra. Me enganchó una correa al collar y me llevó fuera. Gateé por el césped, que me raspaba las rodillas y las palmas de las manos. Mi cuerpo temblaba por el frío, y mis pechos se balanceaban ligeramente al moverme. Ella tiró de la correa, haciéndome ir más rápido.

—Venga, mea.

Me agaché cerca de un árbol, con las piernas abiertas, y oriné en el césped. El sonido era fuerte, y mi cara ardía de vergüenza, aunque no había nadie más. El líquido caliente me salpicó un poco los muslos. Mi ama me miró, sin decir nada, y luego me dio un azote suave en el culo.

—Buena perra.

Me llevó a un lado del jardín, donde el césped era más plano, y tiró una pelota de tenis amarilla, un poco sucia pero no vieja.

—Trae.

Corrí a cuatro patas, lo más rápido que pude, aunque mis rodillas protestaban. La pelota estaba entre la hierba, y la cogí con la boca. Sabía a tierra y goma, y me dio una arcada, pero la llevé de vuelta y la dejé a sus pies. Ella la tiró otra vez, más lejos.

—Otra vez, vaga.

Lo hice varias veces, corriendo y trayendo la pelota. El césped me dejaba marcas rojas en las rodillas, y el pelo se me pegaba a la cara por el sudor. Mis pechos rozaban la hierba, y a veces una ramita me arañaba la piel. En un momento, fallé, y la pelota rodó hasta un parterre con flores. Mi ama me dio un azote con una fusta que sacó del cinturón. Picó, y mi piel se puso roja.

—Torpe. Búscala.

Gateé hasta el parterre, metiendo la cara entre las flores. Las hojas me rozaron los hombros y la cara, y una espina me hizo un pequeño corte en el brazo. Encontré la pelota y la traje con la boca. Ella no dijo nada, solo la tiró otra vez. Cada vez que la traía, me daba una palmada suave en la cabeza, pero no era un elogio. Era como acariciar a un perro que hace lo mínimo.

A mediodía, me dio de comer en el césped. Puso un cuenco con sobras de su almuerzo: pasta cocida con trozos de carne picada y algo de salsa de tomate. Me lo comí con la boca, y la salsa se me pegó a la barbilla y los labios. Ella estaba sentada en una silla de plástico, comiendo un plato de ensalada, mirándome.

—Qué asco das, Lola. Mira cómo ensucias —dijo, y tiró un poco de agua de su vaso al césped, salpicándome la cara.

Seguí comiendo, con la salsa manchándome el pecho y los trozos de pasta cayendo al césped. Cuando terminé, me limpió con la manguera del jardín. El agua estaba helada, y me temblaba todo, pero me quedé quieta, con las manos y las rodillas en el suelo. Luego me hizo rodar en el césped, tres veces seguidas, como si fuera un truco. Cada vez que lo hacía mal, porque me mareaba o iba lenta, me daba un azote con la fusta. No eran fuertes, pero mi culo estaba rojo y sensible.

Después, me llevó a un rincón del jardín donde había un poste de madera. Me ordenó sentarme y levantar una pierna, como un perro que hace un truco. Lo hice, aunque me costaba mantener el equilibrio, y mi ama se rió.

—Patética. Ni eso haces bien.

Me dio otro azote y me hizo repetir el truco varias veces, hasta que lo hice como ella quería. Luego me metió en la jaula del jardín, una más grande que la de la cocina, puesta bajo un roble grande. La jaula tenía barrotes negros y una manta azul dentro. Me acurruqué allí, con el cuerpo dolorido y la piel marcada por el césped y la fusta. Mi ama se fue a la casa, y me dejó sola un par de horas. Escuché el ruido de un cortacésped a lo lejos y el canto de los pájaros. El sol me calentaba la piel a través de los barrotes, y me quedé quieta, esperando.

Cuando volvió, ya era de noche. El jardín estaba iluminado por un par de farolillos solares que daban una luz tenue. Me sacó de la jaula y me puso la correa. Me hizo gatear en círculos por el césped, con el collar apretándome el cuello. Mis pechos rozaban la hierba, que estaba más fría ahora, y sentía pinchazos en las rodillas por las piedras pequeñas del suelo. Luego me ordenó sentarme y tiró un puñado de pienso seco al césped.

—Come.

Me agaché y comí, mordiendo el césped con el pienso. Sabía a polvo, y algunos granos se me metieron entre los dientes. Mi ama se rió.

—Pareces una cerda, Lola. Ni para comer sirves.

Me dio un azote con la fusta y me empujó la cara más cerca del suelo. Terminé con la cara sucia, y ella me limpió con un trapo húmedo, frotando fuerte, como si quisiera borrar las manchas a la fuerza. Luego me llevó a la jaula de la cocina y cerró el candado. Me acurruqué en la manta, con el cuerpo temblando y la piel marcada. Me dolían las rodillas, los codos y el culo, pero no me quejé. Dormí allí, escuchando el ruido del frigorífico.

El domingo me sacó temprano. El césped estaba húmedo otra vez, y el aire olía a lluvia. Me dio de comer en el cuenco, más sobras: arroz con trozos de pescado y guisantes. Lo comí con la boca, salpicando un poco. Mi ama no dijo nada, solo me miró con el ceño fruncido. Luego me llevó al césped para que me aliviara. Oriné cerca del mismo árbol, con las piernas abiertas, y sentí el calor en la cara, aunque ya estoy acostumbrada.

Me hizo correr por el jardín otra vez, trayendo la pelota. Estaba agotada, y mis movimientos eran lentos. Mis rodillas estaban hinchadas, y los cortes del parterre me escocían. Mi ama me dio un azote.

—No seas vaga, perra.

Lo intenté con más ganas, aunque me dolía todo. Corrí varias veces, trayendo la pelota con la boca, hasta que ella decidió que era suficiente. Por la tarde, me metió en la jaula de la cocina y me dejó allí mientras comía en la mesa. Me tiró un trozo de pan, y lo comí del suelo, con las migajas pegándose a mis labios.

Cuando llegó la hora de irme, me quitó el collar y me señaló la puerta.

—Venga, lola. Hasta el próximo fin de semana.

Me vestí, subí al coche y conduje a casa. Mi cuerpo estaba dolorido, con marcas rojas en las

rodillas, los codos y el culo. Pero me sentía en paz. Esto es lo que soy cuando estoy con ella.

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