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Dominaciónjul 2025

La primera vez que me dijo perra 3

Ella es la profesora que todos respetan, pero él sabe exactamente cómo hacerla temblar. Entre clases y aulas vacías, un juego de control mental y placer la lleva al borde del colapso, donde la única salida es obedecer.

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Capítulo 3 — La Espera

No se cuanto tiempo ha pasado desde que estoy en esta posición. Inmóvil, de pie, con las piernas separadas por la cuerda áspera que él ajustó sin apuro, y las muñecas sujetas tras la espalda, cruzadas con una precisión cruel que hace arder los hombros con cada minuto. La venda sobre los ojos no deja pasar ni un hilo de luz, y aun así, no necesito ver. Siento el aire quieto del aula, su silencio contenido, el peso denso que ha dejado su presencia, como si aún estuviera aquí, observándome desde algún rincón en penumbra.

La tela húmeda de mis propias bragas se encuentra apretada entre mis labios, enroscada dentro de mi boca con fuerza suficiente para forzarme a respirar por la nariz, atrapando en mi garganta el sabor agrio de mi propio deseo.

Él no dijo cuánto tiempo duraría esto. Solo me indicó la hora exacta en que debía llegar, me pidió que no llevara ropa interior y me ordenó, sin levantar la voz, que me desnudara al cerrar la puerta, que me quedara de pie en el centro del aula y que esperara. Lo hice sin hablar. Me quité la blusa con los dedos temblorosos, luego la falda, y cuando quedé completamente expuesta, lo vi emerger de la sombra del fondo, caminando con esa calma suya que no anuncia nada, pero que lo decide todo.

No hubo saludo.

No hubo caricia.

Se acercó, revisó mi cuerpo con la mirada sin tocarme aún, y luego, sin más palabras, se agachó frente a mí, deslizó los dedos entre mis labios húmedos, y me penetró con el vibrador sin suavidad, con la certeza de quien coloca una llave en su cerradura.

La sensación fue inmediata: una invasión tibia, eléctrica, brutal por lo que representaba más que por su forma. Me mordí los labios al instante, o lo habría hecho, de no haber sido porque sus manos ya habían recogido mis bragas del suelo y las habían empujado con dos dedos entre mis dientes.

Dijo algo entonces, apenas un susurro, algo que no recuerdo con precisión pero que se quedó grabado en mi piel como una orden que no necesita repetirse. Me ató con calma, sin prisa, apretando cada nudo con esa atención suya que hace que todo se sienta inevitable. La cuerda quemaba, pero su tacto era frío. Cuando terminó, se alejó sin dar explicaciones. Ni una última mirada. Solo el silencio, y esta posición que me inmoviliza por completo.

Ahora el aula parece vacía, pero su sombra sigue aquí. La siento en mi espalda, en la saliva que me cuesta tragar, en el zumbido sordo del vibrador que palpita dentro de mí con una lentitud calculada, como si su frecuencia imitara la respiración de un depredador al acecho. No hay ritmo, solo una vibración intermitente que roza mi interior como una lengua invisible. La sensación no alcanza para llevarme al borde, pero mantiene cada músculo contraído, cada pensamiento detenido justo en ese punto donde el deseo se transforma en ansiedad. La boca comienza a doler, la tela empapada de mis bragas ya no absorbe, solo humedece más, como si incluso mi vergüenza se desbordara.

Las gotas de sudor bajan por mi espalda, se pierden entre las nalgas, recorren el camino hacia ese centro caliente que no deja de reaccionar. El tiempo se ha vuelto una sustancia espesa, densa, sin forma. No sé si han pasado minutos u horas, si él sigue detrás de alguna columna observándome o si me ha dejado aquí, atada y sola, para que entienda lo que significa ser suya sin condiciones. El cuerpo duele, pero más aún lo que hierve por dentro. El deseo, contenido y empapado, es más feroz que el cansancio. Lo único que me sostiene ahora es su orden. No moverme. No soltarme. No pensar. Solo permanecer. Con las piernas abiertas. El coño vibrando. Y mis bragas sucias llenándome la boca.

Entonces, lo sentí.

Fue apenas un cambio en el aire, un desplazamiento imperceptible en la presión de la sala, como si las paredes respiraran distinto. Ni un paso, ni un sonido concreto. Solo su presencia, entrando sin anunciarse, envolviéndome como una sombra firme y absoluta. El cuerpo reaccionó antes que la mente: la espalda se tensó, el vientre se contrajo, la piel se erizó como si la reconociera, como si hubiese estado esperando exactamente esa carga invisible.

No se acercó de inmediato. Lo supe. Caminaba lento, dejando que sus pasos fueran una amenaza muda. La madera bajo sus suelas crujió apenas. Dio la vuelta a mi alrededor como si examinara una escultura, una pieza de carne atada, colocada allí para su contemplación. La cuerda tiró más fuerte contra mis muñecas cuando quise respirar más hondo, pero el gesto no me trajo alivio. Solo más calor.

Se detuvo detrás de mí.

No dijo nada. No murmuró una orden. Solo el zumbido del vibrador se mantuvo presente, sutil, como un segundo pulso debajo de mi vientre. Escuché el crujido de tela, el roce de sus dedos ajustando algo. Entonces la vibración se detuvo.

Un segundo exacto de silencio.

Y de pronto, volvió con más fuerza.

La intensidad me arrancó un espasmo involuntario en las piernas. Quise gemir, pero la mordaza lo redujo a un sonido húmedo, contenido. La fuerza del estímulo me golpeó desde adentro, recorriendo la columna como una chispa que no podía escapar por ningún lado. El sudor bajaba entre mis pechos, la boca se llenaba de saliva, y las rodillas se debilitaron un poco. Pero me mantuve en pie.

Él volvió a caminar, rodeándome sin tocarme. Su aliento llegó a mi nuca. Un escalofrío me subió por la espalda cuando sentí el calor de su presencia tan cerca, su sombra pegada a la mía sin que sus dedos rozaran la piel.

Una mano se posó al fin sobre mi hombro izquierdo. Con una presión suave, bajó por el brazo, hasta la cuerda tensa en la muñeca. Luego siguió descendiendo por mi espalda, sin apuro, hasta llegar a las nalgas. Apoyó la palma abierta sobre la carne, reconociendo el temblor que vivía debajo.

De pronto, el vibrador se detuvo otra vez. Mi cuerpo reaccionó como si algo hubiera sido arrancado de golpe. Sentí un vacío agudo, un corte en seco que me dejó más expuesta que la propia desnudez. No pude evitar un gemido sofocado. Las piernas se tensaron de nuevo. Él esperó.

Y entonces, otra vez, sin aviso, lo encendió en la frecuencia más baja posible.

Un cosquilleo continuo, torturante, insuficiente. Justo en ese umbral insoportable entre la necesidad y la frustración. No servía para liberar. Solo para insistir. Para recordarme lo que no podía tener. La mordaza apretaba más. Mis muslos se mojaban. Mi cabeza ardía.

Él dio una vuelta más. Lo sentí detenerse al frente. No tocó mi rostro, ni quitó la venda. Solo se quedó ahí. Silencioso. Implacable. El dueño del ritmo, del silencio, del deseo. No había contacto real entre nosotros… y aun así, todo él me atravesaba.

Cada segundo era suyo.

Mis piernas comenzaban a fallar, la mordaza me había llenado la boca de saliva, y la venda sobre los ojos se había fundido con el sudor que bajaba desde la frente. Y sin embargo, lo que dolía más era la lucidez. La conciencia exacta del lugar, de la hora, de mi cuerpo atado, desnudo, humillado. Era imposible no preguntármelo. ¿Cómo había llegado a esto?

¿Cómo una profesora universitaria, respetada, exigente, dueña de su aula, había terminado así? ¿Qué ocurrió entre la mujer que corregía tesis y la que ahora se sostenía apenas sobre sus rodillas temblorosas, con un vibrador encendido palpitando dentro y las propias bragas empujadas hasta el fondo de la garganta?

Recordé el baño. Ese encuentro brutal, sucio, inevitable. El momento en que él me empujó más allá del límite del que creí poder volver. Pensé que después de eso algo cambiaría. Que volvería a buscarme. Que habría algo más.

Pero él dejó de asistir a clases.

Durante días, su lugar quedó vacío. Nadie preguntó por él. Ningún compañero pareció notarlo. Solo yo. Yo, que apenas podía concentrarme, que sudaba detrás del escritorio cada vez que escuchaba una voz grave, que me estremecía con cada vibración falsa del celular. Estaba ausente, sí. Pero no desaparecido.

Cada día, una nueva orden.

Por las mañanas, justo antes de mi primera clase, un mensaje llegaba. Breve, directo, sin saludos ni explicación.

“Hoy sin bragas.” “Sujetador prohibido.” “Mándame una foto ahora.” “Blusa ajustada. Falda con abertura.”

Y yo obedecía.

Me tocaba en el baño de profesores antes de entrar al aula. Me tomaba fotos con el corazón latiendo como una amenaza en el pecho. Andaba por los pasillos de la universidad sintiéndome como una bomba de tiempo, con el cuerpo desnudo debajo de la ropa y la piel vibrando por dentro, esperando una palabra suya, un gesto, algo que nunca llegaba.

Y no podía escribirle.

Tenía la orden explícita de no hacerlo. Solo podía responder a sus mensajes, cumplir cada instrucción, y nada más. Cualquier palabra fuera de lugar significaba silencio. Y el silencio, en su juego, era castigo.

Pasaron así varios días. Yo, obediente, provocativa, vacía. Las órdenes pequeñas me encendían, sí, pero también me dejaban incompleta. No era suficiente. Necesitaba más. Lo necesitaba a él. No solo su voz, no solo su control. Su cuerpo. Su presencia. Su mirada afilada atravesándome mientras hablaba de literatura frente al grupo como si nada pasara. Quería su fuerza, su olor, su voz seca clavada en mi oído. Quería que volviera a tratarme como lo hizo aquella vez, en su casa, cuando me hizo una perra, o como en el baño, cuando me convirtió en suya.

Entonces ocurrió.

Ayer, a mitad de una clase, la puerta se abrió.

Él entró sin pedir permiso. Sin mirar a nadie. Sin disculparse por llegar tarde. Se dirigió a su lugar con total naturalidad, se sentó con la espalda recta y sacó su cuaderno como si jamás se hubiese ausentado. El aula se quedó en silencio por unos segundos. Cortante. Incómodo. Nadie supo por qué, pero algo se detuvo. Algo vibró en el aire.

Yo lo sentí en los huesos.

Él levantó la vista y, con voz baja pero clara, habló.

—Listo. Continúe, profesora.

No se disculpó. No hizo comentarios. Solo me autorizó a seguir. Como si lo necesitara. Y en verdad lo necesitaba.

El corazón se me encogió en el pecho. Las piernas comenzaron a temblar. Tragué saliva con dificultad. Respiré hondo y continué la clase como pude. Mi voz sonaba ajena, impostada, como si alguien más hablara por mí. Pero él me miraba. Solo él. Y yo volvía a estar en el centro de su control.

Al final de la clase, mientras todos guardaban sus cosas y salían en grupos pequeños, Erick se levantó de su pupitre como si nada. Tomó su mochila, dejó una hoja cuidadosamente doblada sobre mi escritorio, y se marchó sin decir una sola palabra.

Esperé a estar sola para abrirla.

“Mañana. Aula 3. Cierra la puerta. Desnúdate. Deja la ropa en el fondo. Coloca tus bragas sobre la silla. Espérame de pie en el centro. No hables. No preguntes. No llegues tarde.”

No decía qué haría. Ni cuánto duraría. Ni si siquiera pensaba volver.

Y aun así, obedecí.

Obedecí con la piel ardida de ansiedad. Obedecí con la ropa interior mojada antes de quitármela. Obedecí porque lo necesitaba. Porque sin él, ya no sabía quién era.

De pronto, la vibración cambió y me devolvió al presente. El pequeño pulso intermitente que se había instalado como una tortura sorda en mi interior se transformó de golpe en una corriente sostenida, constante, vibrante como una ráfaga de fuego que me atravesó el bajo vientre sin dar tregua. El zumbido se volvió más agudo, más profundo. Las rodillas se doblaron apenas, los muslos se tensaron con violencia, y un gemido, ahogado por la mordaza, escapó por mi nariz en un quejido húmedo.

El cuerpo se arqueó sin permiso. Las muñecas tiraron contra la cuerda. Las plantas de los pies buscaron estabilidad. Sentí que el suelo se movía debajo de mí. No era verdad, lo sabía, pero el placer llegó con una fuerza que desdibujó el aula, la noche, el silencio.

La humedad entre mis piernas ya no era un rastro: era un hilo caliente que descendía sin vergüenza por mis muslos.

El sudor empapaba la venda sobre mis ojos. La mordaza apretaba más. Mi saliva se desbordaba, cayendo por la barbilla hasta el pecho, marcando el recorrido exacto de la humillación. Pero la vibración no se detenía. Subía. Cambiaba de ritmo. Golpeaba desde dentro.

No podía moverme. No podía hablar. No podía pedir nada.

Y sin embargo, mi cuerpo entero suplicaba.

Suplicaba ser tocado. Suplicaba que él apareciera. Suplicaba que no lo hiciera. Suplicaba que me rompiera. Que me dejara caer. Que me sostuviera mientras todo esto me estallaba adentro.

Los pezones estaban tan duros que dolían. Los brazos ya me ardían por la tensión. La mandíbula se contraía con cada onda de placer contenida. El orgasmo amenazaba con romper la superficie, pero no llegaba. Era una ola infinita que solo subía, y subía, y subía…

Pero él no decía nada.

Ni un susurro. Ni una palabra. Solo la vibración. Solo mi cuerpo, atado, abierto, rendido. Solo el abismo creciendo dentro de mí.

Los muslos se contraían. Las lágrimas empezaban a deslizarse bajo la venda. El gemido contenido me quemaba por dentro, húmedo y mudo tras la mordaza que apretaba mi boca desde hace demasiado.

—Mírate…

Su voz llegó desde muy cerca, grave, cálida, cargada con esa calma que es peor que un grito. Sentí su aliento en la mejilla, y luego, su mano subiendo por mi abdomen sudado, recorriendo mi torso como si palpara el estado exacto de mi degradación. Pasó la yema de los dedos por debajo de mis senos, bajó hasta el vientre, y acarició el nudo tenso de la cuerda en mi espalda.

—Tan obediente… tan rota.

Su mano siguió bajando. Acarició mi muslo interior, rozó la humedad sin apuro. Luego, subió lentamente hasta mi pecho, lo tomó con firmeza, lo apretó como si quisiera comprobar cuánto más podía resistir. El pezón reaccionó con un estremecimiento violento bajo sus dedos. Yo me arqueé, temblando, incapaz de suplicar. La vibración subió de golpe. Mis rodillas flaquearon.

Y entonces, con un tirón seco, me jaló del cabello.

Un gemido ronco salió de mi garganta cerrada. El tirón fue hacia atrás, implacable. Mi cuerpo se inclinó sin control. El equilibrio se quebró. Caí de rodillas.

—Ahora sí. Así me gusta verte —murmuró mientras bajaba frente a mí—. Mi perra, en el lugar que pertenece.

Sus dedos se deslizaron por mi nuca. Tomó la mordaza empapada y la extrajo con un gesto brusco. La tela húmeda cayó al suelo con un sonido sordo. Abrí la boca por reflejo, buscando aire, queriendo hablar, pero él no me dejó. En un solo movimiento, liberó su verga y me la metió hasta el fondo de la garganta.

No hubo aviso. No hubo preparación. Solo la fuerza de su pelvis empujando, el calor de su carne endurecida llenándome por completo, hasta que mi nariz chocó contra su vientre y la arcada me arrancó lágrimas. Mis brazos seguían atados. No podía tocarlo. No podía frenar. Solo abrir la boca, sostenerlo, y recibir.

Se movía rápido. Fuerte. Como si necesitara reclamar cada centímetro de lo que era suyo. Jadeaba bajo, cerca de mi oído. Me usaba con una intensidad mecánica, impersonal, como si mi garganta fuera suya por contrato. La saliva se mezclaba con las lágrimas, el sudor, la humedad de mis senos pegados a mi cuerpo. La vibración en mi coño aumentó. Las piernas me temblaban, la respiración me faltaba, sentía mi sexo arder, estaba al borde.

No dijo más.

Solo jadeó, gruñó, empujó.

Hasta que lo sintió venir.

Se retiró justo en el instante exacto, dejando que el aire volviera a mis pulmones como una bofetada, y entonces se corrió sobre mi rostro, sobre mi pecho, caliente, espeso, marcándome como una firma sobre una propiedad suya.

El primer chorro me manchó la frente. El segundo cayó entre mis senos, deslizándose por la piel mojada. El tercero rozó mis labios abiertos. Quise lamer, quise recibirlo todo, pero él ya se alejaba. Su respiración era aún pesada, pero su decisión era firme.

—Puedes correrte —dijo sin mirarme, mientras recogía sus cosas.

La vibración seguía encendida.

Y yo ya no necesitaba más.

El orgasmo me estalló desde el centro, como una explosión silente que nació en lo más profundo de mi vientre y se extendió por todo el cuerpo con un temblor sordo, seco, imparable. Las piernas se contrajeron en espasmos involuntarios, los muslos se sacudieron como si buscaran aferrarse a algo que no estaba. El pecho se arqueó, y la espalda cedió al fin, como si la cuerda que me sostenía desde dentro se rompiera en mil hilos invisibles. Grité. No con la voz. Con el cuerpo entero. Un gemido ahogado se escapó entre los labios entreabiertos, cubiertos aún por rastros de semen, saliva y humillación.

Me desplomé.

Caí de lado, con las piernas abiertas, el rostro empapado, el pecho aún agitado por los restos calientes de su descarga. El semen descendía lentamente desde mi barbilla, se mezclaba con el sudor y el llanto, formaba ríos sórdidos sobre mi cuello, entre los senos. La respiración era un jadeo descompuesto, entrecortado, como si el cuerpo no pudiera procesar tanta descarga.

Con la vibración aún encendida en lo más profundo, latiendo dentro de mí como un corazón ajeno, como una orden que no terminaba, se encadenó un segundo orgasmo, luego un tercero. Grité de nuevo, la mandíbula tensa, las manos inútiles tras la espalda, el cuello torcido hacia un lado. Me sacudí como una marioneta cuyos hilos fueran tirados por una fuerza invisible. Mojé el suelo bajo mi cuerpo con una mezcla de fluido y derrota. El placer me hizo pedazos. Y yo me dejé romper.

Quedé tendida, vibrando todavía. Atada. Sucia. Con los ojos vendados, la boca aún abierta, la piel marcada por el uso. Era un despojo, un cuerpo desnudo sobre el mismo piso donde alguna vez exigí respeto y atención. Un juguete agotado. Una perra fiel. Un trozo de carne húmeda que todavía temblaba por dentro.

Y aun así, en medio de la suciedad, del semen frío entre mis pechos, de la cuerda pegajosa y del dolor en las rodillas, había algo más. Plenitud. Silencio. Sumisión absoluta.

El aire seguía entrando a trompicones por mi nariz, como si respirar aún costara. La vibración dentro de mí menguó, finalmente, como si una mano invisible hubiese bajado el volumen de mi cuerpo. Estaba tendida sobre el suelo frío, con la mejilla pegada a las losetas, la saliva secándose en la comisura, el semen enfriándose entre mis senos. El temblor ya no era placer: era vacío.

Se agachó junto a mí sin prisa. Sentí su presencia como una sombra firme a mi lado. Su mano rozó mi espalda. Luego descendió con lentitud hasta mis caderas, acariciándome con la yema de los dedos, como si reconociera el estado exacto en el que me había dejado. Tocó las cuerdas. Las soltó sin violencia. Una a una. Primero las muñecas, que al liberarse cayeron sin fuerza al frente. Luego los tobillos, cuyos músculos aún palpitaban. Y finalmente la venda.

La luz tenue del aula me golpeó los ojos cerrados. No quise abrirlos. Mantuve la cabeza ladeada, la respiración pesada, el cuerpo rendido.

Su mano se posó en mi cabeza. Me acarició como quien acaricia a un animal que ha hecho exactamente lo que se le pidió.

Sus dedos se deslizaron por mi cabello lentamente, hundiéndose entre los mechones húmedos. Me susurró, apenas por encima del murmullo del aula vacía:

—Buena chica.

Esa frase fue más honda que cualquier azote, que cualquier embestida. Me partió por dentro. Me llenó. Me vació. Lloré sin hacer ruido. Las lágrimas descendieron entre los restos de su semen y el sudor de mi frente.

Se puso de pie.

No dijo más ni miró atrás. Solo caminó hasta la puerta, la abrió y salió, dejando que el clic del cerrojo al cerrarse fuera el último eco de su poder.

Y yo me quedé allí, desnuda, tendida de lado, con las piernas aún abiertas, los brazos descansando inútiles sobre el suelo, la garganta ardiendo, el coño aún latiendo con los últimos restos de la vibración. Sola. Usada. Perfectamente obediente.

Y por primera vez en mucho tiempo, en ese estado de ruina total, sentí paz.

Desperté somnolienta, con el cuerpo aún pesado, los músculos tibios, la piel con esa sensibilidad extraña que deja la noche después de haber sido usada hasta quebrarse. La luz entraba apenas por la rendija de la ventana. El silencio era denso. No sabía qué hora era, pero el cuerpo ya se movía por sí solo.

Me arrastré hasta el baño, abrí la regadera, dejé que el agua tibia recorriera la espalda sin pensar demasiado. El cuerpo dolía. No como una herida, sino como un eco. El coño aún palpitaba. El pecho ardía levemente donde su semen se había secado horas antes. Me lavé con lentitud, como si al hacerlo pudiera borrar lo que había ocurrido. Pero no se borraba. Estaba en mí, dentro de mí. Aún sentía la cuerda en las muñecas. Aún recordaba la sensación exacta de su mano en mi cabeza, ese susurro final clavado entre los pensamientos.

Al salir, envuelta en la toalla, lo vi. Una notificación en la pantalla del celular.

El corazón me dio un vuelco seco. Era él. Erick.

Deslicé la pantalla sin respirar.

“Hoy, ve a la universidad con juguete puesto.”

Sentí un escalofrío. No hubo saludo. No hubo explicación. Solo eso. Una orden.

Miré el cajón del buró donde lo había guardado, casi sin pensar anoche. El mismo vibrador que me hizo colapsar en el suelo del aula. El mismo que aún olía a mí. Me senté en el borde de la cama. Apreté los muslos. Respiré hondo. Obedecí.

La universidad bullía con la energía predecible del inicio de semana. Estudiantes atravesaban los pasillos en grupos dispersos, algunos absortos en sus celulares, otros arrastrando los pies con la desgana propia de las ocho de la mañana. Yo avancé entre ellos con la elegancia automática que la rutina permite, el cuerpo recto, la expresión serena, la mente contenida detrás de una máscara pulida durante años.

El juguete seguía en su sitio, justo donde él lo había ordenado. No vibraba. Solo estaba ahí, ocupando un espacio imposible de ignorar, profundo y silente. Cada paso lo hacía presente, como si respirara con mi cuerpo, como si aguardara la señal para cobrar vida. La sensación era leve, apenas un roce interno que no dolía, pero tampoco desaparecía. No molestaba, pero tampoco permitía olvido.

Entré a mi primera clase sin alteraciones. Saludé al grupo, pasé lista, abrí el texto programado. Había algo reconfortante en la estructura de mis clases, como una obra bien ensayada donde cada palabra tenía su lugar. Comenzamos hablando de voces narrativas, de perspectivas irregulares, del quiebre del tiempo lineal en la literatura contemporánea. Los alumnos tomaban nota. Algunos asentían, otros miraban por la ventana. Todo transcurría con una calma engañosa.

Cuando ya estaba por cerrar el tema, justo mientras daba las instrucciones finales, la vibración se encendió de pronto. Fue un golpe seco, profundo, dirigido con precisión quirúrgica. Mi voz se quebró sin querer. Un pequeño quejido se escapó de mis labios, apenas audible, pero real. La sorpresa recorrió mi cuerpo antes de que pudiera reaccionar, y el rostro se me tensó con un gesto que no supe ocultar.

Sentí que varias miradas se alzaban. Intenté continuar, pero el corazón golpeaba fuerte y los músculos se tensaban bajo la ropa. Volteé con rapidez, más por reflejo que por estrategia. Busqué su rostro. Sabía que había sido él. No había duda… Pero no lo vi.

La vibración persistía, constante, más tenue pero suficiente para que la tensión entre mis piernas me hiciera apretar los muslos. Me obligué a recomponerme, a hablar con más lentitud, a fingir una serenidad que no sentía. Di por terminada la clase apenas unos minutos antes. No tenía fuerzas para más. Comenzaron a levantarse, murmurando entre ellos, ajenos a mi caos interno. Uno de ellos me agradeció por la clase. Otro preguntó por una lectura. Respondí sin mirarlos, con la mirada fija en el escritorio, la voz plana, casi robótica.

Cuando el último estudiante salió, tomé aire con dificultad. La vibración se había detenido, pero el calor en mi vientre permanecía como una amenaza. El cuerpo no olvidaba. El juego acababa de comenzar. Y él, incluso ausente, ya me tenía donde quería.

La siguiente clase no tardó en llegar. Me desplacé por el pasillo con paso firme, el portafolios en una mano y el celular en la otra.

Entré y saludé con un gesto breve. Los estudiantes hablaban entre ellos. Tomaron asiento sin apuro. Yo dejé mis cosas sobre el escritorio, respiré hondo, y apenas comencé a escribir en el pizarrón, la vibración regresó.

No hubo advertencia, ni progresión. Simplemente comenzó a latir dentro de mí, directa, profunda, precisa. El temblor fue inmediato, un sacudón que me hizo apretar la mandíbula para no dejar escapar otro gemido. Alcé el rostro, sin mirar a nadie en particular, como si pudiera detectar su presencia entre los cuerpos dispersos frente a mí.

Pero no estaba.

El juguete seguía encendido, constante, con una intensidad menor que la anterior, pero prolongada, venenosa. Me moví hasta el escritorio con una lentitud medida, tomé el marcador entre los dedos y comencé a escribir, aún con la vibración latiendo en lo más íntimo, como una risa sorda burlándose de mi dignidad.

Mientras hablaba, sentí cómo el cuerpo se adaptaba, cómo el calor se expandía hacia el vientre, cómo los pezones se endurecían bajo la tela, rozando la blusa con cada respiración. Mantuve la voz firme, el ritmo pausado, aunque por dentro la piel ardía y los músculos se tensaban con cada contracción que provocaba el dispositivo.

Cada paso frente al aula lo sentía una humillación elegante. Porque mientras hablaba de estructura poética y de la musicalidad del verso libre, mi coño vibraba con ritmo propio, obediente, cálido, controlado por él, aún sin estar presente.

Por un instante creí que acabaría allí mismo.

Una contracción repentina me hizo cerrar los ojos medio segundo de más. Tosí para disimular, retomé la oración con soltura, pero dentro de mí, la tormenta seguía. Y con cada minuto, el miedo a perder el control se mezclaba con la expectativa… de que él pudiera estar viéndome, desde alguna parte, o simplemente imaginándome, sabiendo que yo estaba así. Como él lo había ordenado.

La vibración disminuyó de golpe antes del cierre de la clase. Como si se retirara con elegancia. Como si dijera “por ahora basta”. Yo continué hasta el final. Asentí con calma a los estudiantes, respondí preguntas. Nadie sospechaba o al menos eso quería pensar.

Al salir del aula, no me dirigí a la sala de profesores. Tomé un desvío, fui al baño más alejado, cerré la puerta y me quedé quieta frente al espejo, respirando agitada, las piernas aún temblorosas. No sabía que hacer, estaba nerviosa, ansiosa, mas caliente que nunca. Y su clase era la siguiente.

Respiré hondo antes de abrir la puerta del salón. Inhalé la calma fingida que usaba para entrar a escena cada día. Caminé como siempre: recta, serena, con los pasos medidos y el rostro en alto. Saludé sin emoción. Mi voz sonó firme, como debía. No dejé que se quebrara. No podía permitírmelo.

Apenas crucé el umbral, lo vi. Erick.

Sentado al fondo, recargado en su silla, con el cuaderno abierto y la pluma entre los dedos. Los ojos clavados en mí, sin ninguna expresión, sin rastro de burla ni deseo, sin sonrisa. Solo esa calma suya, insolente, segura, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo con mi cuerpo, aunque fingiera estar tomando apuntes.

Mi estómago se contrajo. El pulso se aceleró. La boca se me secó. Apreté los muslos por instinto, como si mi cuerpo buscara refugio dentro de sí mismo. Mantuve la mirada altiva, evitando sostenerle los ojos más de lo necesario.

Pero él me observaba. Y yo lo sentía. Como si me desnudara con cada parpadeo.

Fui hasta el escritorio. Dejé mis cosas con cuidado. Abrí el libro. Mis manos no temblaban, pero la tensión se acumulaba en la espalda, en los hombros, en el vientre. Me obligué a hablar. A continuar. A fingir que todo estaba bajo control.

Cada palabra que salía de mi boca estaba envenenada por su presencia. Cada vez que lo veía por el rabillo del ojo, un nuevo impulso nacía entre mis piernas. El simple hecho de tenerlo en la misma habitación me desarmaba.

Me levanté con naturalidad y caminé hacia el pizarrón. Tomé el marcador y comencé a escribir, concentrada en mantener la letra firme, sin dejar que se notara nada fuera de lugar. Podía sentir su mirada clavada en mi espalda, no hacía falta girarme para saber que seguía ahí. Me observaba. Lo hacía en silencio, con esa calma que siempre me desconcertaba.

Y entonces, sin previo aviso,un zumbido me atravesó desde el centro del cuerpo. Un pulso lento, profundo, que se expandió como un disparo bajo la piel. Me detuve apenas un segundo, el brazo a medio alzar, con el marcador aún en el aire. El calor subió de inmediato por mis muslos, por el vientre, por la espalda. Sentí una gota de sudor deslizarse por mi cuello, bajando por la columna como una caricia sucia. Me mantuve de pie, rígida, apretando los labios.

Mi respiración se agitó. No podía ocultarlo del todo. El temblor comenzó en las rodillas, como si la estructura de mi cuerpo ya no pudiera sostenerse por sí sola. La vibración seguía, constante, bien colocada, golpeando en el lugar exacto, como una lengua invisible recorriéndome por dentro. Una chispa que se extendía, desobediente.

Apreté los muslos, traté de recuperar la voz, pero no había palabras en mi cabeza. El aula estaba llena, y sin embargo, me sentía sola. Expuesta. Como si me hubieran arrancado la ropa y dejado bajo una luz blanca, sin defensa, sin escapatoria. Sentí cómo el cuerpo comenzaba a traicionarme. Estaba mojada. Mucho. Y cada segundo que pasaba me acercaba más al borde.

Era como estar parada sobre una línea delgada, una cuerda tensa sobre un abismo. El placer subía en oleadas breves, cortantes, y yo luchaba por mantener el equilibrio sin caer. Sabía que si me dejaba llevar, si me abandonaba un segundo, terminaría corriéndome frente a todos, con la falda empapada y la vergüenza marcada en la piel.

Me obligué a bajar la mano. Tragué saliva. Me giré lentamente hacia el grupo, fingiendo que revisaba lo escrito. Mi voz salió baja, seca. Dije una frase sin sentido para darme tiempo. Nadie parecía haber notado nada. Nadie, excepto él.

Erick no se movía. No escribía. Solo me miraba.

La vibración cesó justo antes de que perdiera el control. Se apagó de golpe, como si hubiera sentido el límite exacto. Me quedé quieta, con el corazón latiendo en la garganta, el cuerpo empapado por dentro y por fuera, y la frustración mordiéndome desde adentro. No me dejó llegar. Y eso fue peor.

Apenas logré recomponerme. Mi voz volvió a salir, aunque más baja, más tensa. Terminé de explicar el punto con un esfuerzo absurdo por mantener el tono habitual, evitando mirar hacia el fondo del aula. Mi respiración seguía entrecortada, y el sudor me corría por la espalda, pegando la blusa a la piel.

Entonces lo escuché.

—¿Profesora? —dijo un chico, desde la segunda fila—. ¿Se encuentra bien? Se ve un poco… roja.

Me giré hacia él con una sonrisa que intentó ser amable, aunque sentía la cara ardiendo. Mi cuello, mis mejillas, hasta las orejas me quemaban. Asentí, con una mano alzada para tranquilizarlo.

—Estoy bien —dije, pausada—. Solo… un poco…

No pude terminar la frase, en ese preciso instante, el juguete volvió a encenderse.

Esta vez no fue suave. La vibración entró como un golpe, seca, directa. Un latido constante que me cruzó desde el centro y me dobló las entrañas. Tuve que cerrar los muslos al instante, conteniendo el gemido que amenazaba con salir. Mi voz se quebró al final de la frase, apenas una nota rota, pero suficiente para sentir el calor subir aún más.

El estudiante me miró con curiosidad, como si algo no terminara de encajar. Bajé la mirada. Fingí revisar los papeles sobre el escritorio. Una gota de sudor me bajó por la sien. El placer se acumulaba otra vez, crudo, impune, arrastrándome hacia el borde sin aviso.

Mi vientre se contraía. Las piernas me temblaban con disimulo. La humedad entre mis muslos era ya insoportable. Tenía que hablar. Tenía que terminar. Pero el cuerpo entero me pedía rendirme. No había espacio para la lógica, ni para la dignidad. Solo el deseo, amplificado por la humillación de no poder detener nada.

—Continuemos… —logré decir, aunque la voz apenas era mía.

Volví al pizarrón, fingiendo concentración, pero cada paso era un castigo. Estaba al borde del orgasmo, en medio de mi clase, frente a veinte alumnos que no tenían idea de que su profesora estaba a punto de correrse con un vibrador oculto bajo mis bragas, activado a distancia por uno de ellos.

Las piernas ya no respondían del todo; me mantenía de pie solo porque había aprendido a fingir el control, porque los años frente a un grupo me habían enseñado a disimular lo insoportable. Pero esta vez era distinto. El calor me quemaba desde adentro. El orgasmo se formaba como una tormenta en el vientre, denso, inevitable. Me aferré al borde del escritorio sin mirar a nadie.

Fue entonces cuando sentí el zumbido en el celular.

Un mensaje.

Con las manos temblorosas, disimulando detrás de un libro, lo tomé. La pantalla se encendió. Una palabra. Sola. Seca. Definitiva.

"Córrete."

Levanté el rostro y lo vi directamente a los ojos. No había duda en su decisión. Y entonces, de nuevo, el maldito espasmo golpeando mi interior. Intenté suplicar con la mirada, pero fue inútil, su semblante no cambió.

Volvió a vibrar el celular, mi vista se dirigió a la pantalla, un nuevo mensaje.

“Hazlo ahora, perra”

Y solo eso bastó. Fue una ola brutal que me rompió desde adentro, sin darme tiempo de contenerlo. El mensaje en el celular aún ardía en la pantalla cuando las piernas me fallaron. Me desplomé de rodillas frente al escritorio, con una mano cubriéndome la boca para no gritar, los ojos cerrados, el cuerpo temblando.

Sentí cómo el clímax me recorría entero. Me abrazó la espalda, el vientre, las piernas. Un latido caliente, incontrolable. Era como si todo lo que había aguantado estos días estallara en un solo segundo. Mi otra mano se apoyó sobre mis muslos, húmedos, empapados. El placer era tanto que ni el miedo pudo detenerlo.

Los alumnos se quedaron en silencio. Algunos se levantaron. Escuché un par de voces ahogadas, un “¿está bien?” desde el fondo, una risa nerviosa en la esquina. Nadie entendía nada. Nadie, excepto Erick.

Él no se movió. No dijo una palabra. Solo observaba.

El vibrador se detuvo al fin. El zumbido cesó, pero mi cuerpo seguía vibrando por dentro, aún sacudido por los restos del orgasmo. Me mantuve en el suelo por varios segundos más, con los muslos aún tensos, el rostro encendido, respirando entrecortadamente. Las manos me temblaban, el calor no descendía. El olor leve de mi excitación comenzaba a mezclarse con el aire cerrado del aula. No me atrevía a levantar la mirada.

Una parte de mí deseaba quedarse ahí, colapsada, rendida. Otra sabía que debía recomponerse, rápido. Apreté los labios, sintiendo la humedad entre mis piernas como una marca ardiente. El suelo estaba frío contra mis rodillas. La tela de la falda adherida a mi piel.

Con esfuerzo, me reincorporé. Aún tambaleante, pero decidida. Agradecí el gesto de ayuda de una alumna con una sonrisa forzada y me puse de pie como si no estuviera rota por dentro.

—Gracias. Estoy bien —dije con voz baja—. Solo… me bajó la presión. La clase terminó…

Como pude, tomé mis cosas y salí del salón. Al cruzar la puerta, los murmullos comenzaron. No me importó, me sentí feliz, plena, por obedecerle.

Mis pasos eran torpes, inseguros. El pasillo estaba vacío, silencioso, pero cada rincón parecía observarme. Me dirigí al baño. Necesitaba agua, privacidad, algo que me devolviera el control. O al menos la ilusión de tenerlo.

La notificación llegó justo antes de que empujara la puerta.

“Salón 4. En 10 minutos. No te limpies.”

Me detuve en seco. La pantalla temblaba en mi mano. El mensaje era claro. Irrefutable. Tragué saliva.

El deseo ardía todavía, pero por debajo, el miedo latía como una serpiente agazapada. Aun así, obedecí. Mis pasos giraron, lentos, vencidos. Me alejé del baño sin mirar atrás, sintiendo el fluido seco entre mis piernas y el recuerdo del orgasmo aún latiendo en los labios.

Subí las escaleras con el corazón agitado. Cada escalón era una decisión ya tomada.

Cuando llegué al Salón 4, la puerta estaba entornada.

Adentro, el silencio pesaba más que la oscuridad. Solo un rayo de luz atravesaba una de las ventanas altas. Él estaba allí. De pie. Viéndome.

Erick.

—Cierra —ordenó sin levantar la voz.

Y lo hice.

El no necesitaba levantar la voz, ni imponer su presencia. Bastaba con su mirada fija, con el ritmo exacto de sus pasos, con la forma en que sus dedos se acercaban a mi cintura para que mi voluntad se diluyera sin resistencia.

Sus manos comenzaron a desvestirme con una calma casi reverente. Los botones de mi blusa se abrieron uno a uno. El aire frío del aula me rozó la piel, y sentí los pezones endurecerse al instante, no solo por el clima, sino por la vergüenza anticipada. Mi cuerpo seguía húmedo, sensible, traicionero.

—Erick… —susurré apenas, con un hilo de voz— aún hay gente… pueden escucharnos…

No me respondió. Solo me miró, y con la misma mano con la que abría mi ropa, llevó un dedo a mis labios. —Silencio. Me quedé quieta. Lo dejé continuar.

Sus manos siguieron bajando la falda con parsimonia, dejando al descubierto mis muslos marcados, aún brillantes por lo que había pasado minutos antes. La ropa cayó al piso como si ya no significara nada. Como si mi imagen de profesora respetable se hubiera desnudado con la misma facilidad que mis prendas.

Y mientras él me desnudaba, yo me deshacía.

Me costaba entender cómo había llegado a esto. Cómo alguien como él, tan joven, tan brutalmente seguro, me había llevado hasta aquí, a esta entrega silenciosa, a esta obediencia sin lógica. Cada caricia suya me confundía más, porque no era ruda ni violenta, pero tampoco inocente. Tenía la calma de quien tiene en mate al rey.

Me quedé de pie frente a él, completamente desnuda. Temblando. Temblando por el deseo, por la exposición, por lo que seguía.

El silencio aún pesaba cuando lo vi inclinarse hacia su mochila. Abrió el cierre con la misma calma con la que me había desnudado. Yo no me moví. No podía.

Sacó algo del interior. Primero lo vi como una sombra, luego, con claridad. Un collar. Negro, sencillo. Unido a una correa de cuero que arrastraba en el suelo.

Se acercó de nuevo, sin decir una palabra. Su mirada estaba fija en la mía, pero sus manos ya sabían qué hacer. Levantó mi mentón con dos dedos y, con una delicadeza casi absurda, colocó el collar alrededor de mi cuello. Lo abrochó con firmeza, ajustándolo sin apretar, solo lo suficiente para que lo sintiera.

Una parte de mí quería retroceder. Otra ya se había rendido.

Mis pezones se endurecieron más, si es que eso era posible. Las piernas me temblaban por la consciencia de lo que significaba. Estaba de pie, desnuda, con un collar al cuello. Con una correa colgando entre mis pechos, balanceándose con cada respiración.

—Ahora sí —murmuró finalmente, con una sonrisa suave, como si acabara de colocar la última pieza de algo que llevaba tiempo construyendo—. Mucho mejor así.

Yo bajé la mirada. No podía sostenerle los ojos. No quería. Porque sabía que si lo hacía, me desharía por completo.

El tirón fue leve. La correa se tensó apenas, como un susurro de cuero en el aire. Bastó el gesto para que mis pies comenzaran a moverse. Él me guió por el aula como si fuera un animal amaestrado, pero no había violencia en su agarre.

Había decisión. Y ternura.

Mis pasos resonaban en el suelo de mármol pulido. Avancé detrás de él, desnuda, con el collar al cuello, sin resistirme. Me condujo hasta el escritorio principal.

—Inclínate —fue lo único que dijo.

Y lo hice.

Apoyé el dorso sobre la madera fría. Mis senos se aplastaron con suavidad al contacto. El contraste con mi piel aún ardiente me arrancó un leve escalofrío. Las piernas, al principio, juntas. Pero él las separó con calma, usando sus manos como si abriera un libro que llevaba tiempo esperando leer.

Mi coño palpitaba. Lo sentía latir, aún sensible, aún húmedo por dentro a pesar de la resequedad exterior. El aire me acariciaba esa intimidad abierta, vulnerable.

Sus dedos subieron por mis muslos, rozando la piel con esa calma que vuelve cada gesto insoportable.

Los dedos trazaron el recorrido de mi esencia seca, recogiendo los restos de lo que había sido mi descontrol frente a mis alumnos. Y aun así, me estremecí como si fuera la primera caricia. Sus yemas se deslizaron entre mis labios íntimos, lentas, cuidadosas, empapándose poco a poco. El silencio solo era roto por mi respiración, agitada, rendida.

Me mordí el labio. Cerré los ojos. Me dejé hacer.

Sus dedos se deslizaron con lentitud, explorando la humedad acumulada en los pliegues más íntimos de mi cuerpo. Ya no quedaba nada seco en mí. Bastaron un par de caricias bien colocadas para que el calor volviera a encenderse, latiendo con fuerza entre mis piernas.

Erick se inclinó un poco, sus dedos comenzaron a moverse en círculos, firmes pero precisos, como si cada roce buscara arrancarme una confesión. Mis labios se abrieron en un suspiro contenido. Apoyé el rostro contra la madera, sintiendo la frialdad del escritorio contra mi mejilla mientras su mano me abrasaba desde dentro.

El índice y el medio se deslizaron hacia el interior de mi coño. No hubo aviso, solo la presión exacta. Me arqueé, un gemido escapó sin permiso. Los músculos se tensaron por reflejo, pero él no se detuvo. A cada movimiento, mi cuerpo se abría más.

Sus dedos se hundían y salían una y otra vez de mi mojado sexo. Marcaba el ritmo que él quería, no el que mi cuerpo pedía. Mi clítoris comenzaba a hincharse, pidiendo atención, y sin embargo, él lo ignoraba. Me estaba preparando, desarmando por capas.

La mano libre acarició mi espalda, bajó por la curva de mis caderas hasta sostenerme de la cintura, inmovilizándome. Con el cuerpo rendido, solo pude dejar que hiciera lo que quisiera conmigo.

Las sensaciones se acumulaban, empujándome hacia el borde. Su mano me follaba con determinación, y cada vez que salía, sus dedos brillaban con mis fluidos. Estaba abierta, goteando, entregada.

—Así me gusta —murmuró por fin, apenas un aliento entre dientes.

Mi mente se nublaba. El cuerpo ya no era mío. Lo que alguna vez fue vergüenza ahora era hambre. Y él, sin apurarse, seguía empujándome hacia donde ya no podría volver atrás.

Sus dedos salieron de mí con un sonido húmedo, vergonzoso. Me estremecí al sentir la pérdida, la ausencia de ellos dentro de mí. El cuerpo quería más, seguía goteando, pero él no parecía dispuesto a darme lo que necesitaba tan fácilmente.

Sin soltar la correa, deslizó la mano empapada hacia atrás, pasando por mis labios vaginales aún palpitantes, marcando el recorrido con mis propios fluidos. Su toque era más lento ahora, más deliberado. No buscaba excitarme, sino humillarme con cada centímetro recorrido.

Subió por la curva de mis nalgas, separándolas apenas con la palma, dejando expuesto ese lugar que jamás había sido tocado así.

Ese secreto oscuro. Ese orificio estrecho, oculto, que se contraía al sentir el aliento del aire, como si supiera lo que venía.

Sus dedos lo rozaron, suaves, impregnados con la humedad que me había arrancado segundos antes. Lo delineó con la yema, sin prisa, sin compasión. Yo me tensé. Era imposible no hacerlo. Cada fibra de mi cuerpo se tensó al sentir su exploración allí, donde ni yo misma me había atrevido a llegar.

—Erick… por favor…

Mi respiración se volvió errática. No se si supliqué para que apartara su mano de mi entrada virgen o, por el contrario, para que me tomara por completo. Apreté los dientes.

Con un movimiento lento, su dedo presionó con suavidad, sin penetrar del todo, solo amenazando la entrada. Una advertencia, una promesa.

—Todo esto es mío —susurró detrás de mí, mientras la presión se intensificaba.

Y entonces, el primer dedo entró con lentitud, sin pedir permiso.

Mi cuerpo se tensó. El aire se quedó en mis pulmones, atrapado, como si mi pecho se negara a expandirse mientras sentía esa invasión. El ardor fue inmediato, un escozor que me recorrió desde el centro del vientre hasta la garganta. Cerré los ojos con fuerza, mordiéndome el labio, intentando no gemir. Pero un jadeo bajo escapó de mí, inevitable, animal.

No se detuvo.

El dedo avanzó, empapado con mis propios fluidos, reclamando un lugar donde nada había entrado antes. Cuando estuvo completamente dentro, me sentí llena de una forma nueva, inexplorada, profundamente íntima.

Luego llegó el segundo.

Ahogué un gemido en la madera fría. El ardor se volvió más agudo, más denso. El cuerpo luchaba por resistirse, pero al mismo tiempo, cada músculo temblaba por rendirse. Me moví apenas, por reflejo, por esa contradicción entre el dolor que punzaba y el deseo que latía en mi vientre.

—Dios… —susurré, sin pensarlo.

Mis palabras fueron apenas un aliento.

Sentí cómo sus dedos se movían dentro de mí con una paciencia terrible. No había apuro. Me preparaba, me moldeaba para él. Y mientras lo hacía, escupió sobre mi piel con la misma calma con la que me abría. Sentí el calor de su saliva mezclarse con el ardor de la fricción, resbalando entre mis nalgas, humedeciendo ese lugar que ya no me pertenecía.

Entonces se detuvo.

Sacó los dedos con la misma lentitud con que había entrado. Se apartó sin una palabra. Y entonces lo supe.

Sabía lo que venía. Sabía que me iba a abrir del todo.

Sentí su erección rozar mis nalgas, firme, caliente, húmeda por la mezcla de saliva y obediencia. No se apresuró. Solo empujó lo justo para que mi piel entendiera que ya no quedaba espacio para dudas.

—Las manos en la espalda —ordenó con voz baja, segura.

Obedecí de inmediato. Crucé los brazos detrás, arriba de la espalda baja. Su mano tomó mis muñecas con fuerza y las sostuvo en su lugar. No podía moverme. No quería hacerlo.

Lo siguiente fue el contacto. El inicio. Su glande presionó con firmeza esa entrada que ya había preparado, húmeda pero aún tensa. El primer centímetro dolió, fue real, profundo.

Apreté los labios. Me mordí uno con fuerza. Mis uñas se clavaron en la piel de mis palmas. El ardor se extendió como una línea caliente por toda mi columna. Respiré hondo. Muy hondo.

Siguió avanzando. Lento. Centímetro a centímetro. Con una paciencia que me destrozaba por dentro.

Podía sentir su cuerpo pegado al mío, sus caderas empujando con control, con dominio, abriéndome más allá de lo que creí capaz de soportar. Suspiré.

Un gemido seco, breve, escapó de mis labios contra el escritorio. No fue de dolor. Tampoco de placer. Fue de entrega. Un reconocimiento de lo que estaba sucediendo. Lo sentí llenarme del todo. Cada pulso de su verga dentro de mí se sentía como un eco sordo que se propagaba por cada rincón de mi cuerpo.

Apreté los ojos. Mi respiración se rompía en cada exhalación. El ardor era exquisito, filoso, pero también embriagante. Como una aguja que me cosía desde dentro.

Él no dijo nada. Solo permaneció allí, dentro, firme, poseyéndome sin moverse, esperando. Sabiendo que ahora me había hecho suya de verdad.

Cuando empezó a moverse, fue como si algo dentro de mí se rompiera. La primera embestida fue profunda, firme, precisa, medida. Lo suficiente para recordarme que ya estaba ahí. Lo suficiente para que mi ano se contrajera involuntariamente, intentando resistir lo que ya no podía negar.

El dolor regresó con cada empuje, agudo, pero cada vez más cálido. Como si mi cuerpo, aún entre espasmos, comenzara a ceder. Como si aceptara su forma, su ritmo, su fuerza.

Sus caderas se movían con una cadencia lenta, implacable. Estaba marcando territorio. Tallándome por dentro con cada centímetro que entraba y salía.

Mi respiración se aceleró. Los nudillos blancos de tanto apretar mis puños. Sentía cada embestida vibrar en mi abdomen, en el centro exacto de mi vientre, y desde ahí se expandía, alcanzando mi pecho, mi espalda, mis muslos. Estaba llena. Profundamente llena. Y cada movimiento me llevaba más lejos de mí misma.

Los gemidos ya no eran ahogados. Comenzaban a escaparse sin filtro, breves, rotos, como si el placer se mezclara con una súplica muda.

—Así —murmuró detrás de mí, casi con ternura.

Y entonces empujó más fuerte.

Un solo golpe, más hondo, más firme, que me arrancó un jadeo inesperado. El cuerpo se me arqueó, pero sus manos seguían sujetando mis muñecas con fuerza. No podía escapar. No quería.

La mesa crujió levemente bajo nuestros cuerpos. El aire del salón parecía más denso, más caliente, aunque estuviera helado. Mis piernas temblaban, mis nalgas chocaban contra sus caderas con cada embestida lenta y calculada. Sentía cómo me moldeaba desde dentro, cómo me convertía en otra versión de mí misma. Una versión dócil. Abierta. Viciosa.

Y él seguía, sin prisa, taladrándome con esa calma de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo… y el poder para hacerme temblar sin necesidad de decir una sola palabra.

Los movimientos comenzaron a intensificarse.

Sus caderas se estrellaban contra mí con un ritmo que ya no era paciente, sino determinado. El dolor no desapareció, pero se transformó en una línea fina de placer cruel que se tensaba con cada golpe. Me estaba usando. Y yo lo dejaba hacer.

Las manos seguían atadas tras mi espalda, sus dedos firmes sujetándolas. No podía moverme, no podía protegerme, no podía más que recibir. Mi cuerpo se rendía, las piernas ya no respondían. Solo temblaban bajo mí, abiertas, torpes, y su miembro entrando hasta el fondo de mi ano una y otra vez.

—Mírate… —murmuró con una voz grave, cruel y suave al mismo tiempo—. Una profesora, una mujer culta, elegante, inteligente, arrogante... y así estás. Follada como una perra, en el culo, mi perra.

Su burla me rompió algo por dentro. Me sentí arder por dentro, de vergüenza, de deseo, de humillación. El calor me subió a las mejillas, mezclado con sudor y jadeos. Quise esconder el rostro, pero no había dónde.

Me jaló de la correa con una sola mano, levantando mi rostro hacia él. Mi cuerpo se arqueó, como una marioneta controlada por su amo.

—Di que te gusta —ordenó al oído, con el cuerpo aún golpeando el mío, empapado en su saliva, en mis propios jugos.

No respondí al instante. Me faltaba el aire. Solo podía gemir. Su mano me soltó y bajó hasta mi culo, dándome una nalgada fuerte, precisa, que me hizo jadear contra el vacío.

—Dilo puta —repitió, más firme.

—Me... gusta —susurré, sin voz. Apenas un hilo roto que se deshizo entre mis labios.

—¿Qué te gusta?

—Que me folles… así… por atrás —la frase se quebró a mitad, ahogada en un nuevo espasmo cuando una de sus embestidas me abrió aún más.

Él rió suave, satisfecho, sin detenerse.

—Buena chica.

Aflojó la correa y caí de golpe sobre el escritorio, sin fuerza. Mis brazos ya no tenían control, mis piernas temblaban como si fueran de papel. El orgasmo comenzó a formarse, profundo, inesperado, creciendo desde el vientre como una tormenta.

—Vas a correrte así. Como lo que eres. Mi perra.

Sus palabras fueron el detonante.

Un espasmo me cruzó el vientre, como si algo se desgarrara desde lo más hondo de mi centro. Fue salvaje. Un latigazo de placer oscuro que me dejó sin aliento. El orgasmo no llegó: me embistió. Como un tren sin frenos, como un golpe seco en el pecho, arrancándome todo lo que quedaba de fuerza y de pudor.

Grité. Contra el escritorio, contra el vacío, contra mí misma.

Mis caderas temblaban sin control, mis piernas fallaban, los músculos se contrajeron con una violencia ajena. Era como si cada embestida suya hiciera estallar una bomba dentro de mí. Mis entrañas ardían, el ano palpitaba atrapando su verga, y entre los labios abiertos de mi coño, resbalaba una humedad espesa, vergonzosa, imposible de ocultar.

El mundo desapareció. Solo quedó el temblor. El caos. Él, dueño del momento, y yo, reducida a gemidos rotos y a un cuerpo estremecido que ya no respondía a mi voluntad.

El orgasmo fue largo, hirviente, brutal. Como una ola negra que me arrastró al fondo y me dejó ahí, flotando en el abismo. Sudorosa, jadeando, con la saliva mezclándose con mis lágrimas, con los pezones duros aplastados contra la mesa y la piel marcada por su cuerpo.

Lo sentí endurecerse aún más dentro de mí.

Su ritmo cambió, más corto, más urgente. Sus manos volvieron a aferrarse a mis caderas con fuerza, clavándome contra su cuerpo, como si necesitara hundirse aún más, como si buscara desaparecer dentro de mí. Cada embestida se volvió un golpe seco, profundo, brutal. Yo apenas podía gemir. El cuerpo seguía latiendo tras el orgasmo, sensible, agotado, pero aún abierto, aún dispuesto.

Y entonces sucedió. Un estremecimiento me atravesó. Lo sentí en el vientre, en la tensión de sus músculos, en el modo en que su verga palpitó dentro de mí con un pulso vivo, caliente, brutal. Luego vino la presión, ese empuje final cargado de necesidad, y después la descarga.

Su semen me invadió con una calidez densa, húmeda, irrefrenable. Un torrente que llenó cada rincón donde se encontraba. Mi cuerpo lo recibió sin defensa, roto, deshecho, rendido.

Él dejó escapar un gruñido grave, ronco, contra mi espalda, mientras seguía enterrado hasta el fondo. Sentí cada sacudida, cada pulso que brotaba de él y me marcaba por dentro. Su respiración se quebró junto a la mía, dos jadeos en sincronía. Dos bestias, una sobre la otra, unidas en el temblor final de una guerra silenciosa.

Cuando al fin se detuvo, todo quedó en silencio.

Solo se oía el eco de nuestra respiración entrecortada. Y el goteo lento y tibio de su semen escurriendo desde mi interior.

Él se apartó con la misma calma con la que me había tomado.

No hubo palabras. Solo el roce de la cadena soltando el collar de mi cuello, el de su cuerpo alejándose, el sonido leve de su ropa al volver a colocarse, el chasquido del cinturón cerrándos. Me dejó allí, inclinada sobre el escritorio, con la espalda húmeda de su aliento y las piernas temblando, apenas sostenidas por la vergüenza.

La puerta se cerró tras él.

Tardé un momento en moverme. No se cuánto tiempo pasó. Quizás fueron minutos. Quizás horas. No había tiempo en ese lugar. Solo el eco de mis jadeos aún suspendido en el aire.

Me incorporé lentamente, con los muslos brillando de humedad, las manos torpes recogiendo mi ropa del suelo. Me vestí sin prisa, sin mirarme, sin pensar. La blusa arrugada, las bragas pegadas al cuerpo como una marca. Acomodé la falda y tomé aire.

Salí del salón. Nadie en el pasillo.

No podía pensar en nada. Avancé como una sombra hasta el baño más cercano. Entré. Cerré con seguro. Me apoyé un instante contra la puerta, sintiendo el temblor que no había podido detener desde que me corrí en sus manos.

Fui hasta el lavabo. Abrí el agua.

Dejé que corriera. Que hiciera ruido. Que me distrajera.

Lavé mis muslos. Mi entrepierna. Mis dedos. Pero no me atreví a mirar al espejo. No podía. Porque intuía lo que vería: unos ojos que ya no eran míos. Un rostro que no reconocería.

Terminé. Me sequé las manos. Arreglé el cuello de la blusa.

Salí del baño.

Volví a caminar entre los pasillos como si nada hubiera pasado. Con la cabeza en alto. La espalda recta. Con el eco de él vibrando en mi interior.

Y esa única pregunta clavándose en mi pecho.

¿Cuándo fue que dejé de ser yo?

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Gracias por leer y por seguir la saga. Estoy abierta a críticas, confesiones... o cualquier comentario que quieran dejar por aquí o al correo es bienvenido. Espero les guste.

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