Xtories

La capitana

La capitana Norah Kakku no vino a inspeccionar, vino a tomar. Y Alberto, el poeta cautivo, no tenía opción de negarse. En la oscuridad de su cámara, el silencio fue la primera orden y el dolor, el preludio del placer.

AlbertoXL5.3K vistas

— ¿Te das cuenta? —condescendió el noble, devolviéndome el salterio con ademán de suficiencia—. ¿Has entendido cómo es?

— Lo he visto, señor. Con gusto la aprenderé para complacerle.

— Muy bien. Te la haré llegar. O mejor, pásate un día por mi mansión y yo mismo te enseñaré. Pero no hoy, estamos esperando gente importante que me mantendrá muy ocupado. Dejaremos la lección para cuando se vayan. Y ahora sigue cantando algo apasionado. Sabes, mi chico parecía ausente hoy, no sé qué le pasa. Tal vez esté enfermo, quién sabe, o enamorado. ¿No es divertido? Un adolescente enamorado.

— ¿Has dicho gente importante, mi señor? —dije yo, interrumpiendo su marcha y su risita—. ¿Algún emisario de la I.A.?

— Oh, no creo. Se trata de una walkiria; es lo que me han dicho. Una capitana de navío en visita de inspección. Simple rutina. ¡Ay, mi chico! ¿Dónde se habrá metido?

— ¿Una walkiria, mi señor? Tenía entendido que la Bifröst ya no existía.

— ¿La Bifröst? ¿Y qué carajo es la Bifröst?

— La Bifröst era la nave de guerreras, solo guerreras, lo que llaman walkirias. Según mis noticias, fue destruida en un mundo más allá del Confín, un mundo que bautizaron con el nombre de Lluvia.

— ¿De verdad? No estaba enterado de eso… ¿Ha visto alguien a mi chico? No, no, esta walkiria pertenece a otra nave. La Walhalla, creo recordar. Sí, Walhalla. Hermoso nombre, desde luego, ¡¡¡Chico!!! ¿Dónde diablos se habrá metido? ¡Haré que lo castren!

Lo dejé allí, indagando con ojos llenos de codicia la desaparición de su juguete, y me retiré en busca de un poco de aire que aliviara mi dolor de cabeza. Una vez en el jardín exterior, pensé en aquello que el noble me había dicho, las walkirias.

Supuse que la propia I.A., el súper computador que regía el destino del universo conocido, había decidido dotar otra nave de conquista únicamente con personal femenino. Las walkirias formaban parte de la tradición igual que lo había la propaganda sobre Expansión, el metal orgánico, los pilotos o los propios rebeldes.

Y ahora aquella nave de combate, la Walhalla, orbitaba Castigo, el miserable planeta donde la omniscente I.A. me había recluido por componer sátiras contra la aniquilación de otros mundos. Desde luego la Walhalla no vendría a aquel vertedero de vacaciones, sino a auditar a los nobles y traer nuevas órdenes y noticias.

Me enteré de que su representante era una capitana de nombre Norah Kakku; una mujer cuya belleza había trastornado incluso a algunas hembras de aquel zoológico que era el castillo; pero no llegué a verla sino hasta seis o siete noches más tarde, cuando ya casi había olvidado el revuelo que supuso su llegada.

Yo estaba cantando una balada de amor sobre una bruja en los salones más elevados de la ciudad y entonces ella se unió a la fiesta. La acompañaba un séquito de nobles que se desvivían por atenderla y satisfacer todos sus caprichos. Los nobles a quienes arrullaba con mi canto se olvidaron de mi presencia y corrieron como perros hacia la desconocida, lanzándole pétalos de rosa.

— ¡Salve, capitana! ¡Únete a nuestra fiesta!

La capitana Kakku era la mujer más hermosa que jamás habían visto mis ojos. Tampoco después he encontrado hembra que se le iguale, ni siquiera las actrices de cine que me cautivaron allá en la Tierra.

Destacaba como una antorcha entre las aristócratas cubiertas de joyas, grotescas ante ella. Vestía de una manera agresiva y audaz. Toda su ropa se reducía a series de correas de cuero que le rodeaban el torso y las piernas, del grosor aproximado de un cinturón y tan apretadas que me sorprendí de que no la hicieran jadear de gusto allí mismo. Argollas de plata unían una tira con otra, dejando tal cantidad de piel a la vista que nadie que la mirase se sentiría indiferente.

Daba la impresión de ir desnuda y vestida a la vez, tapada y expuesta al mismo tiempo. Un puñal quedaba sujeto al antebrazo izquierdo por tres correas, en un remedo de pulsera. Una nueva tira negra le mantenía alta la cola del pelo dorado y resplandeciente como la explosión de una estrella, y una más gruesa le rodeaba el cuello, realzando todavía más sus hermosas facciones.

El traje de cuero se remataba con una capa de seda transparente que le caía desde los hombros y estaba a apunto de rozar el suelo. Supuse que tardaría horas en ajustarse todo el conjunto.

Me la imaginé con semejante atuendo en el puente de mando, dirigiendo operaciones militares contra los rebeldes o los aliens, y me eché a reír. No podía tomarme en serio un atuendo que ni siquiera parecía un traje de gala. Tal vez la walkiria venía con alguna misión y había decidido hacer ver a los nobles que podía sorprenderlos por sí misma, y no porque cumplía órdenes directas de la I.A. y su vida estuviese consagrada a la guerra y la conquista infinitas. En cualquier caso, resultaba excitante.

Uno de los nobles de más alta graduación, el encargado tal vez de darle la bienvenida en nombre del resto de los administradores, habló con voz ronca, provocada por su adicción a la bebida, ridículo al lado de semejante amazona.

— Bienvenida, capitana. Los administradores de la Corporación en este remoto lugar le damos la bienvenida y la invitamos a unirse a esta pequeña fiesta que celebramos en su honor.

— ¿En mi honor? Veo que empezó mucho antes de mi llegada —contestó la militar con autoridad.

Sus penetrantes ojos reconocieron la estancia, hurgándolo todo como si fueran el filo de una espada y no se detuvieron su camino hasta que tropezaron con los míos. Fue difícil sostener su mirada, pero lo logré.

— Venga conmigo, capitana —invitó el noble—. Supongo que estará cansada después de tantas horas de despachos, ¿no es así? Ahora es tiempo de diversión. ¿Le apetece alguna bebida, algún alimento en especial? Aquí disponemos de cualquier cosa. Puede disponer de cuanto guste. ¿Quizá te agradaría la juventud de alguno de nuestros chicos? ¿O prefieres la compañía de una fémina?

— ¿Una mujer? No, gracias. No he visto otra cosa desde que me dieron el mando de la Walhalla, así que basta de hembras por ahora. No tenéis idea de lo que cuesta acostumbrarse a no ver ni un solo macho en la tripulación.

— La comprendo, capitana Kakku. Aquí puede elegir lo que prefiera. Hay material de sobra y todo está a su disposición. Queremos que des un buen informe de nosotros a la I.A.

— Lo supongo, administrador, sírveme una copa de vino. Después meditaré mi elección, pero veo muchos ejemplares interesantes aquí, aconséjame tú a elegir del modo adecuado.

El noble la acompañó por la gran sala, presentándole acá y allá a cuantos ella deseaba conocer, sin que terminara de elegir a ninguno, demostrando ser buena comerciante. Yo ya sabía que tenía cierto arranque conmigo. De tanto en tanto, con discreción, sus ojos me buscaban furtivamente desde cualquier lugar en el que se encontrara.

Ante su insistencia, mi corazón empezó a latir muy fuerte, como cuando se está seguro de lo que va a suceder y al mismo tiempo esa certeza se torna en un motivo de angustia. Preso del nerviosismo, agarré el salterio y entoné una canción de batalla.

— ¿Quién es ese? —preguntó al fin la walkiria.

— ¿Él? Uno de nuestros juglares. ¿Le interesa?

— Es posible. Háblame de él.

— Dócil y obediente como un perro, mi señora, no has podido elegir mejor compañía. Su charla siempre resulta entretenida. Es trovador y cuentacuentos, y sostiene que estudió en Monasterio.

— ¿Un poeta? —se sorprendió la guerrera— Curioso, pero no es conversar lo que quiero hacer con él. Háblame de sus otras cualidades.

— Se deja querer, mi señora. Es un experto, tanto si ha de ser activo como si ha de dejar la iniciativa en otras manos.

— ¿En serio? Quiero tenerlo. Tráemelo.

— Al momento, mi señora.

El noble me hizo un gesto para que me acercase. Obedecí, pues anhelaba tal cosa. De cerca, Norah Kakku resultaba todavía más bella. Su cuerpo, comprimido por las correas, parecía a punto de explotar. Dos flores oscuras pugnaban por marcarse bajo el cuero negro que medio cubría su pecho, revelando la excitación que experimentaban sus pezones. No sabía qué, pero había algo sensual en sus ademanes hombrunos.

— Me dicen que has sido poeta. ¿Es eso cierto?

— Lo es.

— ¿En un crucero de placer?

— No —repliqué con altanería—, en un acorazado, la Marfil.

— ¿Y quién era el capitán de la nave?

Comprendí que me estaba probando. Sonreí, en aquel momento no importaba nada en todo el salón sino ella y yo.

— Hasta que me marché, el comandante Ares Wayne, pero ignoro si todavía lo sigue siendo.

— Lo es aún, por si te interesa. Te creo, poeta. ¿Has dicho ya cuál es tu nombre?

— No. Alberto.

— Hermoso nombre. ¿De la Tierra?

— De la Tierra.

— ¿Qué tal resultas como amante?

— Soy un palurdo, un torpe que ni siquiera conoce el arte de alardear, capitán —recalqué el masculino, haciendo hincapié en su ademán varonil y su ruda forma de hablar; pero ella encajó el golpe sin mover un músculo—. No soy yo quien mejor pueda decirlo. Tal vez alguno de los administradores, o sus esposas, esté en condiciones de explicarte con más razón mis aptitudes. Pero no soy de otra galaxia, sire.

La capitana enarcó una ceja al oírme emplear aquel título en desuso que en la antigüedad se daba al rey.

— Tienes la lengua ágil, poeta. Espero que la uses igual de bien para otras cosas.

— Eso es algo que sólo puede comprobar de una manera, mi señora.

Puestos los brazos en jarras, clavó su mirada en mí y sopesó las probabilidades de elegirme. Era un animal ideal, una auténtica diosa del amor o de la guerra. Se llevó con gesto caprichoso un dedo a los labios, los frunció y después se volvió hacia el noble que la acompañaba e hizo alarde de autoridad.

— Administrador, encárgate de que lo lleven a mi cámara y que espere allí hasta que haya terminado la fiesta. No estoy tan ansiosa como para dejar de lado mi cometido por el deseo de poseer a un hombre.

— Como usted guste, capitana. El poeta queda a su entera disposición. Vamos, Alberto, muévete.

La estuve esperando cuatro o cinco horas, durante un lapso de tiempo que se hizo interminable pues me debatía entre el deseo y el temor a la confrontación, como una muchachita virgen o una novia en su noche de bodas debería hacerlo.

Mi mente se empeñaba en recordarme el encuentro con una prostituta en El Gabán Amarillo, en la lejana Tierra, profesión ancestral que yo ejercería en breve. Es decir, que mi vida se volvía del revés.

La puerta de la cámara se abrió con el ronroneo de felino en celo, y la walkiria asomó lentamente toda la opulencia de su perfil guerrero. No encendió luz alguna. Me miró con sus ojos terribles y dio unos pasos rudos, militares, hacia mi encuentro, haciendo crujir de modo no voluntario pero insinuante el cuero que le servía de uniforme.

Inmediatamente la habitación se inundó de la temperatura de su cuerpo. Alargó una de sus manos hacia mí, manos hechas para la guerra y la destrucción, manos destinadas al láser y no al amor, al golpe y no a la caricia, y rasgó de punta a punta mi camisa, continuó su avance y pareció que no sólo iba a romperme la ropa sino también la piel. Tan rabiosa fue su llegada.

Me besó con ansiedad mal reprimida, con besos en los que importaba más la pasión que la efectividad, la intención que el resultado. Me hizo caer al suelo; y dio un paso a atrás, se soltó la argolla de plata que sostenía su pelo y el traje de vetas de cuero empezó a resbalar casi al instante, bañando de nada la carne que mi lengua iba a purificar.

En sus pechos aparecieron dos puntas de lanza, tintas como la sangre y capaces de arrancarme la vida a trozos con uno de sus movimientos. Avanzó dos pasos, militar y mujer; y preguntó si yo había montado a caballo alguna vez, si lo había hecho a pelo, desnudo, notando entre mis muslos la piel del animal; pero contesté que no, que así no lo había hecho; y ella me poseyó con su abrazo de amazona y dictaminó que entonces no sabía montar a caballo.

— Capitán, yo... —intenté explicar que sólo montaba a pelo a las hembras de mi especie, pero ella no me dejó.

— No me interesa. Ponte de rodillas ahora mismo —ordenó mirándome a los ojos y señalando la zona que tenía a sus pies— Cómeme el coño.

— Esos no son modales, mi señora.

Mi mente de bufón me hizo sonreír, pero a ella no.

— No estoy para bromas, cretino. Tienes cinco segundos. Cinco... Cuatro... Tres... —comenzó la cuenta regresiva al tiempo que desenfundaba el puñal.

— Para —dije, y me arrodillé rápidamente frente a ella.

Acaricié sus piernas, besé sus muslos. El sexo ansioso había dejado un rastro que mi nariz ya había localizado. Mis labios se familiarizaron con el tacto de su piel, besando y lamiendo hasta llegar a su coño y deleitarme con su sabor. También mis manos avanzaron por su territorio, adueñándose de su firme trasero.

Comprendí que esa era la dinámica íntima que prefería, la ostentación de poder y control. Así que no tuve alternativa, únicamente esperar que la mujer soldado también dominara el poder de complacer a su rival.

Me puso la mano en la frente para detenerme, y empujó su sexo contra mi lengua haciendo que su jugos fluyeran hacia mi boca, más caliente a cada segundo.

— Veo que te gusta —recalcó al escuchar mi complacido murmullo.

Toda su piel olía a perfume, a una embriagadora mezcla de flores exóticas. Entonces la militar rodeó mi cuello con su pierna derecha y me presionó hacia delante. Tuve la certeza de que habría podido asfixiarme allí mismo. Sin embargo, fui yo quien ahondó en ella todo lo posible para que constatara que no necesitaba acuciarme, que mi lealtad hacia su sexo era incondicional.

Luego la ayudé a terminar de desvestirse como si fuese su doncella, besando con fervor su piel y saboreando el néctar de su pasión. Ella sabía que mi polla palpitaba con fuerza, y era eso precisamente lo que la hacía disfrutar al hacerme esperar.

— Muéstrame cuánto me deseas —exigió recostándose en la cama y separando las piernas.

Me metí entre sus muslos, posé directamente mi boca sobre su sexo y succioné la vida que se le escapaba a chorros.

— Muy sabrosa… —declaré al cabo.

— Tu premio por portarte bien.

Admiré su clítoris hinchado y luego envolví las manos alrededor de sus muslos mientras me volvía a sumergir. Recorrí mis labios exteriores un par de veces antes de centrar la lengua, lamer a lo largo de su raja y revolver su deseo.

Mis labios plantaron un suave beso en su clítoris, rogándole perdón por el retraso. Los besos dieron paso a la punta de la lengua, que le arrancó un gemido. Los variados movimientos elevaron su temperatura varios grados, sumiéndola en una desesperación que la llevó a tirarme del pelo.

— Eres muy bueno, cariño —reconoció—. Cuánto te odio.

Fruncí los labios alrededor del clítoris y, al succionar, la guerrera me recompensó con el jugo del orgasmo, pillándome desprevenido y haciendo que su néctar me resbalase por la barbilla.

— Ahora por el culo —instó dándose la vuelta.

Apliqué mi lengua con encono, pero también aproveché para liberar mi polla con disimulo, y sólo con eso sentí un gran alivio.

— ¡Ay, sí! —gimió lánguidamente— Es por tú bien. Cuanto más me lo comas, mejor entrará tu polla.

Su promesa me ofuscó, me animó a verter en su ano el caldo que bebía entre sus muslos, en tanto meneaba furiosamente mi erección.

— Permiso para follarla por el culo, mi capitana —inquirí al modo castrense.

— Sigue soñando, soldado —rio al oírme—. Pero antes quítate la ropa y túmbate. Quiero usar tu polla.

Y siguiendo sus órdenes, me eché boca arriba sobre el gurruño de sábanas.

— No te muevas ni un milímetro —me advirtió desenfundando el puñal y pasándome la punta bajo la barbilla.

Entonces caminó hacia un lado de la cama, me tomó la muñeca derecha y la esposó rápidamente al riel. Opuse una leve resistencia, pero la fulminante mirada que recibí bastó para domarme. Con todo, la capitana me dio una última oportunidad para marcharme si decidía no obedecer. No me moví de donde estaba, pero deseé saber si tenía intención de utilizar el puñal para jugar.

— Por favor, ¿puedo preguntar si…?

— ¡No! ¡Claro que no, estúpido! —gritó con enojo antes de que pudiera terminar la pregunta.

Permanecí callado mientras continuaba atándome.

— ¡Guarda silencio a menos que me dirija a ti! —me regañó con severidad— Cuanto antes lo aprendas, mejor para ambos.

Hube de retorcerme para ponerme cómodo y la rigidez de las esposas me puso aún más duro de lo que estaba.

— Va siendo hora de que me ocupe de ti como es debido —afirmó con una sonrisa maligna.

Me quedé petrificado cuando la vi levantar la pierna derecha por encima de mi vientre y montarse sobre mí. Sentada a horcajadas, usó la mano derecha para agarrar mi miembro y ensartarse sin contemplaciones. Aunque me deslicé suavemente en la cálida humedad de su vagina, la militar quedó resentida y sin respiración a causa de la recia invasión.

Mi miembro no era cualquier cosa, y ella lo había acogido hasta lo más profundo de su ser. Luego la capitana lo dejó escapar hasta la mismísima punta para enseguida devorarlo de nuevo. Una vez hecho esto, la capitana cayó abatida sobre mí.

Quedé cautivado por su repentina fragilidad y belleza, por la mezcla de aroma a perfume, sudor y champán en su aliento. Una melodía erótica seleccionada por su implante neural comenzó a sonar en la habitación de modo envolvente mientras ella se mecía sobre mí.

— No te atrevas a correrte antes que yo —susurró descuidadamente.

Dicho esto, sus caderas ejecutaron una danza ancestral y fue como si hubiera entrado en trance. Apoyó la manos sobre mí para empalarse al máximo, por completo, clavándome las uñas con saña. Su cuerpo era perfecto, eficaz e inexpugnable, pero la dureza de mi polla fue haciendo mella en sus defensas.

Ella lo notó, pero se dejó llevar; echó hacia atrás con fuerza y puso los ojos en blanco. Me cabalgó con más intensidad, frotando intensamente su cuerpo contra el mío; cerrando los ojos y agonizando de placer y éxtasis en la derrota.

Después de un buen rato, no aguantaba más y le advertí que iba a correrme.

¡¡¡ZAS!!!

La bofetada fue tan brutal que me hizo sangrar por la nariz.

— ¡Ni se te ocurra! —exclamó—. ¡Aún no he terminado!

Nunca me había pasado algo así. Sin respiración, la contemplé ir y venir sobre mí para luego inclinarse a besar la mejilla donde me acababa de pegar. Indulgente, Norah me consoló con sus caricias amable en tanto sus firmes pechos seguían balanceándose.

— Te correrás cuando yo lo diga —sentenció seductoramente, al oído.

— A la orden —asentí de forma marcial.

— Bien dicho, soldado —respondió con una sonrisa, divertida.

Tras una buena cabalgada, sus músculos vaginales se contrajeron alrededor de mi miembro y empezó a gemir de placer y derramar fluidos de tan repleta de mí como estaba. Al borde de un desmayo que ella misma habría provocado, arqueé involuntariamente la espalda y la levanté un tanto, pero la muy fiera continuó galopando hasta quedarse sin fuerzas.

Al detenerse, emitió unos débiles gemidos y se recostó sobre mí, jadeando.

— ¿Lo ves? —dijo en un tono más ligero—. No era tan difícil saber cuando podías correrte.

Todavía exhausto y soñoliento tras la eyaculación, me despabilé al sentir que se incorporaba y salía de la cama. Había dos copas de champán en la cómoda, de las cuales cogió una y me entregó la otra. Ordenó que me la bebiera de una vez, y la miré preguntándome el motivo.

— ¡Qué bebas he dicho!

Sobresaltado por su grito, hice exactamente lo que había dicho. Me tomé la copa de un trago, preguntándome qué vendría después, pero enseguida lo supe; la otra copa.

La militar me dio una nalgada a modo de felicitación cuando la hube ingerido. El champán debía contener alguna droga afrodisíaca pues, en a penas unos segundos, volvía a tener una erección imponente.

— Ummm —ronroneó mientras me acariciaba— Listo para otra misión.

Ataqué por la espalda a la pantera que habíamos decidido le gustaba ser. Aún así, me mordió, arañó y tiró del pelo, como si todo en ella fuera cauce de pasión y violencia; como si no concibiera la vida con dulzura, sino con el tam-tam castrense que marcaba el paso firme hacia el orgasmo.

Me utilizó tanto como yo a ella. Durante unos minutos, la despoje de su autoridad, de su disciplina, relevándola al mando y liberándola de la tensión de su cargo a base de enérgicas embestidas. Descargué en ella mi instinto de poeta y amante ilusionado, y nunca como esa noche me he sentido más humillado y enaltecido en brazos de una hembra.

No en vano, la capitana de la Walhalla lo representaba todo allí: la vida y la muerte, la justicia y la sinrazón; y no detuvo su avance hasta que fuimos sombra uno del otro, hasta que no dejó nada de mí, haciéndome sentir doblegado, utilizado de una forma sublime y vergonzosa.

Después, todavía la luna enseña de su gloria, la guerrera se tornó blanda, como si la larga noche hubiera revelado la bondad que al fin y al cabo habitaba dentro de ella, ternura que yo con mis caricias y canciones había ayudado a desenterrar. Me miró entonces con esa mirada entre compasiva y cómplice que suelen ofrecer las mujeres tras hacer el amor, si es que habíamos hecho el amor, y me ofreció el cuchillo de pedrería que al principio había empuñado contra mí.

— Toma. Me has servido bien y quiero recompensarte. Consérvalo, recuerda este momento y recuérdame también a mí. Está vivo, es de acero orgánico y vale una fortuna. Si lo llevas pegado a ti, lo sentirás palpitar. Quédatelo porque las cosas van a ponerse mal en este mundo. Ahora márchate y no vuelvas por aquí hasta que yo me haya ido. No estropees el recuerdo de esta noche.

Obedecí. Anduve lentamente de regreso a casa y, junto a los adarves, en lo alto de la muralla, tuve la desagradable experiencia de encontrar el cadáver de un hombre joven empalado en una pica. Lo reconocí. En cualquier parte hubiera reconocido aquel cuerpo pintado de rosa. Era el chico desaparecido, ese a quien el Conde había estado buscando y que, al final, no se había contentado con castrar.

______________________

— ¿Te das cuenta? Esto se acaba, mi pequeño juglar. Dos malditos años de poder están a punto de irse al carajo.

El Conde, a quien el resto de nobles apodaban el usurero, lloriqueaba con voz torcida y maldecía en susurros muy bajos los efectos de su última y más terrible borrachera. Entre palabras y frase sin significado, yo intentaba cargar con él e impedir que se cayera al tiempo que procuraba entender la jerigonza que farfullaba.

— Se acabó. Cumplimos fielmente el encargo que la I.A. nos encomendó y ahora ese engendro desagradecido da por concluidos nuestros privilegios.

Se detuvo contra la seguridad firme de un muro, orinó sobre él parte del líquido ingerido y vomitó la otra mitad, salpicándose los pies. Corrí a ayudarle, porque estaba claro que iba a terminar por caerse.

— No logro entenderte, mi señor —pregunté yo—. ¿Qué es lo que se acaba?

El noble no me miró, pero su voz sonó menos pastosa y sus gestos de borracho casi cesaron. Se giró hacia mí con ofuscación, petulancia e ira en los ojos.

— ¿Qué va a ser, idiota? El asedio de Castigo. La I.A. ha decidido que la chusma ya ha tenido bastante, que es mejor no apretarles el lazo demasiado o terminaremos por ahogarlos. ¿Puedes creerlo? En menos de un mes este cochino planeta volverá al aburrimiento de la normalidad. ¡Agh! La vida no es justa, mi pequeño poeta.

Yo no repliqué a sus palabras. No hubiera podido hacerlo. El corazón me había dado un brinco. El cerco estaba a punto de concluir y quizá consiguiera regresar a la Tierra, aunque ya nadie me esperase allí. ¡Ya era hora!

— Esa maldita espía resultó insobornable —continuó el usurero con los ojos entrecerrados en referencia a la capitana Kakku, a la walkiria—. Hija de perra, nada de cuanto le propusimos la hizo cambiar de opinión. La muy puerca se negó a aceptar el soborno. ¿Qué pretende? ¿Ascender? Todo lo que desea esa maldita marimacho es volver a entrar en batalla. ¿Tanta prisa tiene? ¿Acaso se le está quemando el coño? Seis meses más, con eso nos hubiéramos conformado, lo suficiente para asegurarnos el futuro. ¡Lesbiana hija de mil padres! Nos hizo creer que su visita era simple rutina, una inspección. Y ahora la I.A. le hace caso, desde luego, y decide que es tiempo de que este mundo de mierda vuelva a producir… Sólo pensar que te ofrecí en bandeja a esa bruja. ¡A ti! Lo mejor que tenemos, lo más selecto de Castigo, me revuelve el estómago. Di, ¿cómo te trató?

Una de sus manos, caliente y húmeda como la de un místico, me acarició el pelo y terminó posándose sobre mi hombro con evidente afán de proseguir hacia abajo. Yo estaba tan emocionado ante la posibilidad de escapar para siempre de aquel horrendo lugar que ni siquiera me tomé la molestia de rechazarle. Sin embargo, el ridículo noble debió advertir mi indiferencia, porque retiró la mano al mismo tiempo que hundía la cabeza entre los hombros y gesticuló con pesar.

______________________

Referencias:

— Lágrimas de Luz, de Rafael Marín Trechera.

— The enveloping requirement, de Theball80, en Lushstories.

— En homenaje a la actriz Kinuski Kakku.

Gracias por leer este relato. Sus valoraciones y comentarios me animan a seguir escribiendo.