Cristina y Roberto 1
La llave de su jaula cae en manos de su compañera. Ahora, cada orden de Cristina es una orden que debe obedecer, o su secreto se revelará. ¿Hasta dónde llegará su sumisión?
La llave del poder---La llave de la jaula de castidad cae en manos de Cristina, quien propone un trato tentador y humillante. Roberto se enfrenta a una elección: revelar su secreto o someterse a las órdenes de su compañera. ¿Hasta dónde llegará su obediencia?---
Roberto ajustó el uniforme de fisioterapeuta, asegurándose de que nada delatara su secreto. Bajo la tela azul, su piel rozaba el encaje del tanga femenino que había elegido esa mañana, un diseño negro con detalles en rosa que contrastaba con la severidad de su jaula de castidad. Era un ritual que repetía cada vez que sus fantasías de feminización y castidad se apoderaban de él. El metal frío contra su piel le recordaba su sumisión, su deseo de ser controlado, de entregarse a alguien que supiera aprovechar su vulnerabilidad. Pero ese alguien aún no había aparecido, o eso creía él.
El consultorio estaba tranquilo esa mañana. Los pacientes llegaban con sus dolencias habituales, y Roberto los atendía con profesionalidad, ocultando la tensión que sentía en su entrepierna. Cada movimiento, cada paso, le recordaba la presencia del tanga y la jaula, un recordatorio constante de su doble vida. Pero esa mañana, algo cambió. Cristina, su compañera de trabajo, lo miró con una intensidad inusual mientras preparaba los materiales para la siguiente sesión.
—Roberto, ¿puedes ayudarme con esto? —preguntó, señalando una caja pesada en el almacén.
Él asintió, siguiendo sus instrucciones sin cuestionar. Mientras cargaba la caja, notó que Cristina lo observaba con una sonrisa enigmática. ¿Habría notado algo? Roberto intentó disipar la idea, pero la mirada de ella lo perseguía.
Al mediodía, durante el descanso, Cristina se acercó a él en la sala de descanso.
—Oye, Roberto, ¿has perdido algo? —preguntó, sosteniendo una pequeña llave plateada entre sus dedos.
El corazón de Roberto se detuvo. La llave de su jaula de castidad. ¿Cómo la había encontrado?
—Eso… eso no es lo que piensas —tartamudeó, sintiendo el calor subir a sus mejillas.
Cristina rió, un sonido suave pero cargado de poder.
—No tienes que explicarme nada. Pero esta llave… es interesante. —La hizo girar entre sus dedos, como si fuera un trofeo.— Y ese tanguita sexy que llevas hoy me ha encantado ¿Qué tal si hacemos un trato? Tú haces lo que yo diga, y yo… bueno, yo decido cuándo y si alguna vez la usas.
Roberto tragó saliva, su mente luchando entre el miedo y la excitación. La idea de ser controlado por Cristina, de entregarle ese poder, lo llenaba de una mezcla de vergüenza y deseo.
—¿Qué… qué quieres que haga? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Cristina se acercó, su perfume envolviéndolo en una nube de seducción.
—Por ahora, nada demasiado difícil. Pero quiero que sepas que estoy al mando. —Su voz era baja, casi un susurro.— Y para empezar, hoy vas a hacer algo especial por mí.
El resto del día, Roberto trabajó con la mente en otro lugar, anticipando lo que Cristina podría pedirle. Cada vez que ella pasaba cerca, su corazón latía con fuerza, temiendo y deseando sus instrucciones.
Al final de la jornada, en el vestuario, Cristina lo esperó. Él se cambió rápidamente, intentando ocultar el tanga, pero ella lo notó de inmediato.
—Vaya, vaya… —dijo, su voz cargada de diversión.— Qué… interesante todo eso que llevas puesto.
Roberto bajó la cabeza, sintiendo la humillación quemarle las mejillas.
—Quítate el tanga —ordenó Cristina, su tono ahora firme.— Y ponte esto.
Antes de que Roberto pudiera reaccionar, ella se quitó las bragas bajo su falda y las lanzó hacia él. Eran de encaje negro, delicadas y femeninas.
—¿Qué? No puedo… —protestó, pero la mirada de Cristina lo silenció.
—Hazlo, Roberto. O ¿acaso quieres que lo sepa todo el consultorio? —su voz era dulce, pero sus palabras eran una amenaza clara.
Con manos temblorosas, Roberto se quitó el tanga y se puso las bragas de Cristina. La tela suave rozó su piel, y el aroma de ella lo envolvió, intensificando su vergüenza y su excitación.
—Ahora, sígueme —ordenó Cristina, y él obedeció, sintiendo la jaula de castidad rozar el encaje con cada paso.
En una sala vacía, Cristina se sentó en la camilla, mirándolo con una sonrisa triunfal.
—Ahora, Roberto, quiero que me des una buena sesión de sexo oral. Necesito relajarme después de un día tan largo.
Él tragó saliva, su mente en conflicto. La idea de arrodillarse ante ella, de usar su boca para complacerla, lo llenaba de una mezcla de terror y deseo. Pero no tenía opción.
—De rodillas —ordenó Cristina, y él obedeció, sintiendo la suavidad de las bragas contra su piel mientras se arrodillaba frente a ella.
Cristina se reclinó, levantando su falda para revelar su sexo. Roberto miró, hipnotizado, mientras ella lo guiaba con una mano en su nuca.
—Lámeme, Roberto. Hazme sentir bien.
Él comenzó a lamer, sus labios rozando la piel suave de ella, totalmente rasurada. Cristina gimió, sus manos enredándose en su cabello mientras lo guiaba con más fuerza. Roberto se perdió en el ritmo, su lengua explorando cada pliegue, cada rincón, mientras ella se movía contra su boca.
—Más rápido, Roberto. Quiero sentirte —susurró Cristina, y él obedeció, aumentando el ritmo, sintiendo cómo ella se tensaba bajo sus labios.
Pero justo cuando Cristina estaba a punto de alcanzar el clímax, Roberto sintió la jaula de castidad rozar el suelo, recordándole su propia frustración. Su erección, atrapada y negada, lo torturaba, mientras él continuaba lamiendo, saboreando su humedad, pero sin poder liberar su propia tensión.
—Eso es, Roberto —gimió Cristina, su voz quebrándose.— Sigue así…
Y él siguió, su boca trabajando con dedicación, mientras su mente luchaba entre la humillación y el placer de complacerla. Cuando Cristina finalmente alcanzó el orgasmo, su cuerpo temblando contra sus labios, Roberto se sintió vacío, enjaulado en más de un sentido.
—Buen trabajo, Roberto —dijo Cristina, ajustándose la ropa con una sonrisa satisfecha.— Ahora, vuelve al vestuario y no te quítes mis bragas. Las llevarás estos días. Pero recuerda, la llave sigue conmigo. Y quién sabe… tal vez mañana tengas otra tarea para mí.
Roberto se levantó, su cuerpo tembloroso, la jaula de castidad un recordatorio constante de su sumisión. Mientras se vestía, se preguntó qué más le depararía el futuro. ¿Hasta dónde llegaría su obediencia? ¿Y qué pasaría si alguien más descubría su secreto?
El día había terminado, pero para Roberto, la humillación y la frustración recién comenzaban. Y con Cristina al mando, sabía que su jaula de castidad no sería lo único que lo mantendría enjaulado.
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