Presa escurridiza - Cap 1
El sendero hacia Gordburg no es un paseo turístico, sino una marcha hacia la entrega total. Kimberley y Bárbara cargan con sus mochilas y sus fantasías, sabiendo que al cruzar el umbral de la ciudad, dejarán de ser dueñas de sus cuerpos. ¿Están realmente preparadas para ser mercancía?
Capítulo Uno
“¡Eh… eh! Para un poco, ¿quieres?”
Kimberley se detuvo y se dio la vuelta. Bárbara se estaba rezagando bastante, intentando alcanzarla.
“¡Vaya ejemplo de directora de gimnasio que eres tú!” sonrió Kimberley. “¿Qué es lo que pasa? ¿Estás en baja forma?”
“¡Ja!” Bárbara bufó cuando estuvo más cerca. “Y otra vez ‘ja’. ¿Cuánto pesa este monstruoso paquete? ¿Cincuenta libras (unos 25 Kg.), sesenta? No estoy acostumbrada a llevar tanto peso, eso es todo.”
“Oh.” La sonrisa de Kimberley se esfumó. “Bueno, no es TAN pesado. Está más cerca de las treinta y cinco libras (unos 11 Kg.), pero creo que lo estás llevando un poco mal. Ven aquí, déjame ver.”
Bárbara se quedó quieta pacientemente mientras Kimberley le revisaba el equipaje, y ajustaba un par de cosas. Eran pequeños detalles, pero Kimberley estaba acostumbrada a las mochilas. Bárbara no, y no habría sabido que hacer.
“Ya está,” dijo al fin. “¿Cómo está ahora?”
Bárbara se colocó los hombros un poco, dio unos cuantos pasos. “¡Eh, mucho mejor! ¡Gracias!”
“¿Ahora mantendrás el ritmo?”
“Si vas un poco más despacio,” asintió Bárbara. “¿O vas a intentar ir corriendo todo el camino hasta allí?”
“Vale, vale. Iré un poco más despacio por ti.”
“Trato hecho. Ahora, ¿podemos hacer una pausa?”
“Claro,” estuvo de acuerdo Kimberley. Podía venirle bien un pequeño descanso. “Podemos sentarnos en ese tronco de allí. Está a la sombra.”
“¡Ahhhhhhhh…!” Bárbara respiró agradecida mientras se sentaba en el viejo árbol caído. “En serio, Kim, ¿tienes alguna prisa? ¿Estás esperando encontrarte otra vez con ese tío, ese ‘Alfa’ del que me has hablado? ¿Eh?” Le dio un codazo a Kimberley en las costillas en plan juguetón.
“No sé…” Kimberley hizo una pausa para dar un largo trago a su cantimplora. El agua no estaba tan fría como lo estaba una hora antes. “He estado pensando en eso, y realmente no lo sé. Una parte de mí sí que lo espera. Era grande… en todos los sentidos… y fuerte, y también suficientemente malo.” Se estremeció al recordarlo. “También ha sido el primer hombre en usar mi redondo culito.”
“Vale, esa es una parte.” Bárbara sacó su propia cantimplora y la destapó. “Pero, ¿qué hay de la otra parte? De ti, quiero decir.”
Kimberley se encogió de hombros lo mejor que pudo mientras llevaba todavía la mochila. “La otra parte… bueno, no lo sé exactamente. Parte de la emoción del año pasado era intentar aprender lo que deseaban tres completos extraños, como darle placer a cada uno de ellos. De modo que sigo pensando que tal vez otro completo extraño o dos recuperarán eso. Pero… no lo sé con seguridad, y en parte dudo de que cualquier extraño sea capaz de hacerme lo que me hizo Alfa.”
“Um.” Bárbara bebió rápidamente y volvió a tapar la cantimplora. “Bueno, a partir de lo que me has dicho de él, a mí tampoco me importaría encontrarme con ese Alfa.” Se rió. “Desde luego al principio me resistiría. Eso ayuda a que fluyan los jugos. ¿O ahora te lo pides para ti?”
Kimberley miró a su alrededor antes de contestar. No era el mismo sitio del año anterior. El suelo no era tan montañoso, y la mayoría de los árboles eran de madera dura, no pinos. Tampoco era el mismo acuerdo que el año anterior. Se preguntó que tipo de organización estaría tras semejantes “paquetes turísticos”.
“No, no me lo pido para mí,” contestó. “No me haría ningún bien. No tendremos absolutamente nada que decir respecto a quién nos tenga, o lo que nos hagan una vez que nos tengan. Ya lo sabes.”
“Estaba bromeando.” Bárbara se encogió de hombros. “¿Cuánto más tenemos que andar todavía?”
“No mucho,” Kimberley agitó la cabeza. “Llegaremos a ese sitio… ¿cómo se llamaba?”
“Gordburg,” aportó Bárbara.
“Eso, Gordburg. Bien, llegaremos a esa población antes de la caída del sol. Nos registramos allí esta noche, tomamos una buena comida caliente y pasamos una buena noche durmiendo en una cama de verdad. Mañana empieza el juego.”
“Será interesante,” dijo Bárbara. No parecía muy convencida.
Kimberley se rió. “¿También tú tienes segundas intenciones?”
“Segundas intenciones, terceras intenciones… pero sigo adelante,” replicó Bárbara. “Las montañas rusas todavía me dan un miedo del carajo a veces, pero sigo montándome en ellas.”
Kimberley asintió. “Por las montañas rusas.” Levantó la cantimplora a modo de brindis.
(N. del T.: hasta este punto este capítulo repite exactamente, con la única diferencia de que la población citada era Gorburg en lugar de Gordburg, el Epílogo de otra obra de este autor, “Presa Hembra” o “Female Prey” lo que indica que se trata de una continuación de esa novela).
Bárbara hizo sonar solícita su cantimplora contra la de Kimberley con una sonrisa. “¿En qué nos estamos metiendo?”
“Mi amiga muy querida, nos estamos metiendo en nuestras fantasías. Todo el mundo las tiene, pero, ¿cuántos van tan lejos como nosotras para hacerlas realidad?”
Bárbara se rió con frialdad. “Apostaría que muchos más de los que vuelven a probar, como nosotras. Tengo que decírtelo, ¡después de la primera vez juré que nunca volvería a hacerlo!”
“¡Y aún así me convenciste para que lo probara yo!” Kimberley la miró con rabia fingida. “¡Pero, gracias!”
“¡Eh!... Estás aquí otra vez, y esta vez eres tú la que me ha convencido. Creo que estamos en paz, Kim.”
“Ummm… puede ser.” Kimberley se encogió de hombros, sonriendo. ‘Y puede ser que no tanto,’ pensó para sí misma. Se levantó, estirándose hasta donde le permitían los límites de su mochila. “Vamos, Barbie. Quiero un baño caliente y una comida caliente y solo podemos conseguirlos en la ciudad. Nos estás retrasando.”
Bárbara se levantó con un gruñido exagerado. “Adelante, adelante,” ondeó la mano hacia Kimberley. “Intentaré mantener el ritmo.”
“Solo tienes que recordar,” Kimberley se volvió para mirarla por encima del hombro mientras empezaba a recorrer de nuevo el sendero, “baños calientes y comidas calientes.”
Ahora hacían mejores tiempos. Tal vez los pequeños ajustes que le había hecho al equipaje de Bárbara habían hecho el milagro o tal vez la idea del baño caliente y la buena comida había dado a Bárbara la chispa de inspiración que necesitaba. O tal vez una combinación de las dos cosas. No importaba lo que fuera, mientras funcionase.
Normalmente en una excursión como aquella, Kimberley pasaría el tiempo mirando a un lado y a otro, intentando identificar las diferentes plantas y árboles, escuchando las llamadas de los pájaros y aspirando el caleidoscopio de aromas y olores. Intentaba hacerlo ahora, pero no funcionaba. Su mente seguía reproduciendo escenas del año anterior, algunas eran imágenes rápidas, otras más prolongadas y detalladas. Todas ellas muy poderosas. Algunas un poco intranquilizadoras. Casi podía sentir las ligaduras en las muñecas y los tobillos, la suave caricia del aire en su piel desnuda, y siempre el recuerdo de pollas, en el coño, en la boca, y dentro del culo. Se estremeció. Por encima de todo recordaba a Alfa; el aspecto que tenía, lo que sentía, incluso su olor. Era improbable que lo volviese a encontrar, muy, muy improbable. ¿Y entonces?... una chica podía soñar, ¿verdad? Incluso se había vuelto a cortar el pelo, igual que había hecho el año anterior. Era, de nuevo, Chica-elfo. Bárbara podía tener sus propios sueños respecto a volver, porque se había estado dejando crecer el pelo desde que habían decidido hacer esto una vez más. Había sido en mitad del invierno, tremendamente frío y aburrido. Durante una larga noche habían estado hablando sobre ello, una charla de chicas con risas tontas, excitante, alimentada por demasiadas botellas de vino. Aquella noche volver les había parecido lo que había que hacer. Incluso les había parecido así a la mañana siguiente. El cabello de Bárbara no estaba tan largo como en aquella foto que Kimberley había visto, pero aún daba para una impresionante cola de caballo cuando asomaba por fuera, bajo el nuevo sombrero de paja que se había comprado para la ocasión. La propia Kimberley se había agenciado una gorra de béisbol este año. Le daba sombra en los ojos y era menos probable que se le cayera de la cabeza. Por otra parte no le importaría mucho si acababa alimentando una hoguera. Por lo que Bárbara le había dicho, a ella no le habían quemado todo sus captores. Aunque también había la habían sujetado entre estacas, abierta en X, y aparentemente había pasado más de una noche atada a un árbol. Sería interesante ver lo que habían pensado para ella este año. Kimberley deseaba con fuerza verlo.
“¡Eh! ¡Eh, tías! ¿Os importa si voy con vosotras?”
Kimberley y Bárbara se volvieron, asustadas. Kimberley constató lo nerviosa que estaba en esta excursión. De acuerdo con las reglas estaban a salvo hasta que llegaran a la ciudad y se registraran, pero aún así…
Detrás de ella venía lo que parecía ser una mujer muy pequeña que llevaba una mochila muy grande. Sonreía y hacía señales. “¡Hola! ¡Hola, aquí!”
A medida que se acercaba Kimberley comprobó que era realmente una mujer muy pequeña, poco más que cinco pies (1,50 m) de alta, si llegaba. Su mochila era de tamaño normal. Era solo que parecía mucho más grande en ella, aunque parecía llevarla con facilidad.
“¡Hola! ¡Gracias por esperarme!” La recién llegada extendió la mano, todavía sonriente. Kimberley estrechó la mano que le ofrecía después de Bárbara. Resultaba un poco surrealista, aquí en el bosque.
“Llamadme Cat. Diminutivo de Catherine.” Cat tenía una linda carita con forma de corazón, grandes ojos castaños, y pelo brillante castaño oscuro hasta los hombros. La fuerza de su mano era mayor de lo que Kimberley esperaba, y la sonrisa parecía ser algo permanente en su rostro, mostrando unos dientecitos blancos y regulares. “¿Vais a la ciudad? ¡Yo también! ¿Os parece bien que vayamos juntas?”
“Ah… claro. ¿Por qué no?” Kimberley se sentía ligeramente abrumada por aquella intensa aparición.
“¡Estupendo!” Asintió Cat. “Me sentía un poco sola aquí.”
“¿Desde dónde vienes?” Preguntó Bárbara.
Cat se encogió de hombros. “Me dejó ahí atrás un camión hace un rato.” Señaló vagamente un sendero atrás. “Me dijo que esta senda me llevaría a la ciudad. De modo que aquí estoy. ¿También repetís vosotras?”
“Eh… sí.” Kimberley miró hacia donde había señalado Cat. Hasta donde ella sabía solo había un sitio para que un camión soltara a una mujer. A Cat debían haberla soltado bastante después de que lo hubieran hecho con ella y Bárbara, y aún las había alcanzado. Echó una rápida mirada a las piernas de Cat, pero los vaqueros que llevaba no daban pistas del aspecto que pudieran tener. Kimberley hubiera apostado que serían “piernas de animadora”, robustas y fuertes, pero bien torneadas.
“¿Habéis estado en este sitio antes?” siguió Cat.
“Eh… no, no hemos estado,” replicó Kimberley. “¿Has estado tú?”
“No.” Cat agitó la cabeza. “Aunque he oído hablar. Decidme, ¿cómo os llamáis? ¡Me olvidé de preguntarlo! ¡Perdonad mis modales!”
“Yo soy Bárbara,” empezó Bárbara. “Ella es…”
“Chica-elfo.” Interrumpió Kimberley antes de que Bárbara pudiera decir nada más. Cat miró a Kimberley de arriba abajo, con la cabeza inclinada hacia un lado. “¡Eh, sí!” dijo al fin. “¡Ya lo veo!” Dio un paso hacia un lado, luego al otro lado para poder ver mejor las orejas de Kimberley. “Sí, te va bien. Entonces, ¿cuál es vuestra historia, Chica-elfo, Bárbara?”
“¿Historia?”
“¿Para qué vais a la ciudad?” Cat hizo una pausa y se rió. “Quiero decir, ¿qué tipo de paquete? ¿O vosotras solo vais de vacaciones?”
“¿Qué?” Alzó la voz Bárbara. “No entiendo.”
“Oh, perdón.” Cat volvió a encogerse de hombros. Kimberley imaginó que lo hacía muy a menudo en una conversación. “¿No lo sabéis? Podéis quedaros en el hotel simplemente si queréis. No es un alojamiento de cinco estrellas, según he oído, pero tiene piscina y la comida es bastante buena. La población tiene un par de bares, y es realmente fácil encontrarse al Señor Buen Polvo, según me han dicho.” Se rió.
“¿Es a eso a lo que vas?” preguntó Bárbara.
“¿Yo? ¡Ni de coña!” Se rió Cat. “Este año no, en todo caso. No, me voy a registrar, a tomarme una última buena comida y a dormir una última buena noche, y mañana me voy a colocar en el mercado de esclavos.”
“¿Se puede hacer eso?” Kimberley estaba sorprendida. ¿Cuánto más desconocía? Era muy malo que no hubiera una web que pudiera visitar para informarse o al menos una especie de folleto para echarle un vistazo. Bueno, la pequeña Cat aquí presente era una especie de folleto. “Venga. Podemos seguir hablando mientras andamos,” sugirió.
Cat tuvo que bajar deliberadamente su ritmo para que Kimberley y Bárbara pudieran acoplarse. Aunque mientras bajaba su ritmo andando, hablando no lo bajaba en absoluto. No era tanto andar como saltar por el sendero, incansablemente. Aquello le molestaba ligeramente a Kimberley. Pero por otra parte Cat era una maravillosa fuente de información… montones y montones de información. Después de averiguar que Cat tenía 26 años, era Tauro, no necesitaba trabajar debido a un fideicomiso, que había viajado mucho, que le encantaba navegar y que había contratado uno de aquellos “paquetes de viaje” singulares ya cuatro veces, Kimberley empezó a interrumpirla con preguntas. Cat parecía estar tan contenta de contestar preguntas como de hablar de sí misma. Ella misma nunca había estado en Gordburg, pero conocía a otras dos mujeres que habían estado. La población no era grande, pero había alguna gente que vivía allí todo el año. Solo había una carretera en la localidad, pero también tenía un pequeño aeropuerto. Había un hotel grande y posiblemente uno más pequeño, una par de bares, algunos grandes almacenes y un pequeño hospital. También tenía un ostentoso mercado de esclavos, que trataba solamente carne de hembra. Cat estaba especialmente interesada en verlo antes de donarse a sí misma. También había oído que en algún lugar había otra población con un mercado de esclavos que solo trataba hombres. Se preguntó en voz alta que como sería AQUELLO antes de que Kimberley la condujera de vuelta a esta localidad concreta.
“Bueno… “se encogió de hombros Cat. “Dejadme que antes os haga una pregunta: ¿Qué es lo que habéis firmado?”
“Em…” Kimberley tuvo que tragar saliva y pensar en ello antes de expresarlo con palabras. “Bueno, el año pasado tuve una especie de aventura salvaje. Sola en el bosque, cazada por tres hombres. Mi amiga, aquí presente, me había hablado de ello.” Levantó el pulgar hacia Bárbara que se rió.
“Entonces… ¿eso es lo que vas a hacer de nuevo?”
“Bueno… sí. No sabía que hubiera otras posibilidades.”
Cat se rió. “Probablemente no te lo contaron porque todavía eres bastante nueva en esto. O tal vez alguien lo olvidó. ¿Queréis que os hable de las otras posibilidades?”
“¡SÍ!” Dijeron al unísono Kimberley y Bárbara.
“Bien… veamos… podéis limitaros a estar en el hotel, si queréis. He oído que es como un pequeño sitio de vacaciones. Tiene incluso un pequeño campo de golf, piscina, senderos por la naturaleza. Y si eso no os pone a flote, supongo que siempre podéis visitar el mercado de esclavos. Solo a echar un vistazo, se entiende. Los clientes del hotel están a salvo, si quieren estarlo. Y podéis contratar una E-y-E, como habéis hecho vosotras.”
“¿E-y-E?” Kimberley estaba desconcertada.
“Evasión y Escape.” Sonrió Cat. “Aunque no sé de nadie que haya escapado mucho tiempo. Y luego está el mercado de esclavas. Funciona de dos formas.”
“¿Dos formas?” la espoleó Kimberley.
“Sí. Yo, por ejemplo. Voy directamente al mercado de esclavas. Algún hombre me ‘comprará’ y durante los diez días siguientes seré su esclava.” Volvió a reírse. “Espero que, quienquiera que sea, esté muy en forma.”
Kimberley asintió mostrando su acuerdo, pero no pensaba que ningún hombre fuera capaz de aguantar con Cat más de un par de días, sin que importara lo en forma que pudiera estar.
“Pero… ¿cuál es la segunda forma?”
“Oh. Bueno, digamos que habéis firmado un E-y-E. También podéis ir al mercado de esclavas después de que os hayan capturado, si quien quiera que os captura desea hacerlo y vosotras lo habéis aceptado de antemano.” Cat miró a Kimberley y a Bárbara. “Aunque no puedo imaginar que haya muchos hombres que se cansen de cualquiera de las dos al poco tiempo. ¡Ah! Pero, debería deciros que a veces hay otras mujeres cazando, no solo hombres.”
“Ah… ya veo.” Kimberley estaba empezando a sentirse abrumada. “¿Cuándo lleguemos a la población, habrá alguien con quién podamos hablar sobre esto?”
“¡Oh, claro!” aseguró Cat. “Solo tendréis que decirlo al personal de recepción del hotel. Alguien vendrá a hablar con vosotras”
“¡ESPERA un momento!” Alzó la voz Bárbara desde atrás. Tanto Kimberley como Cat se volvieron hacia ella.
“¿Has dicho que hay una CARRETERA dentro de la población?” Preguntó Bárbara mirando a Cat.
“Claro.” Asintió Cat. “¿Por qué?”
“Si tienen una carretera, ¿por qué coño tenemos que ir de excursión, como estamos haciendo? ¿No podíamos haber ido en autobús… o en limusina o en algo? Caray, ¡incluso no me importaría ir volando!” La voz de Bárbara reflejaba indignación. Cat se limitó a mirarla un buen rato y luego rompió a reír.
“¿Dónde está la gracia?” Bárbara se cruzó de brazos. No parecía apreciar rastro de humor en la situación.
“No, no, no te mosquees.” La carcajada de Cat derivó en un risa tonta y levantó la mano. “Puedo entender tu punto de vista, pero apostaría que no eres la primera que se hace esa pregunta.”
“Entonces, ¿es que sabes la respuesta? Oigámosla.!
“La única manera de llegar en vehículo o volando es si vas a ser huésped del alojamiento.” Explicó Cat. “Si vas para jugar, siempre andando.”
“¿Y eso por qué?” Preguntó Kimberley, justo antes de que pudiera hacerlo Bárbara.
“No estoy completamente segura.” Cat se encogió de hombros. “Es solo que esa es la forma en que hacen siempre las cosas. Pero tengo un par de ideas al respecto.”
“Te escucho.” Bárbara seguía con los brazos cruzados, y parecía como si no fuera a dar un paso más hasta conseguir alguna respuesta.
“Bien…” Cat miró al cielo un momento. “Una de ellas es que este pequeño paseo por la naturaleza da a una persona la oportunidad de pensar las cosas una última vez. Tal vez cuando llegues a tu alojamiento no estés tan segura sobre lo de jugar al aire libre, tal vez lo estés. En todo caso has tenido una oportunidad de pensar en ello.”
“¿Y?” interrumpió Bárbara.
“Y la otra es… que el alojamiento está al lado opuesto de la población de aquel por el que entra este sendero. Para llegar tienes que caminar toda la calle principal… y mientras lo haces toda la gente que viene aquí a jugar puede echarte un vistazo agradable y prolongado.”
Esta teoría tenía para Kimberley un poco más de sentido que la primera. Era un poco inquietante pensar en todos aquellos ojos siguiéndolas calle abajo, pero también era bastante excitante. Ahora deseaba realmente ver aquel Gordburg. Parecía un lugar muy interesante.
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