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Compañeros de habitación - Capítulo 1: Llegadas

Luis está acostumbrado a dominar los espacios, pero la llegada de Miguel, frágil y reservado, desestabiliza su rutina. No es solo un compañero de cuarto; es un desafío silencioso que Luis siente en la piel antes de que siquiera se hayan tocado.

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Capítulo 1: Llegadas

El taxi dejó a Luis frente a un edificio de ladrillo claro, algo feo pero funcional, como todo en ese barrio de Madrid que aún olía a verano vencido. El conductor ni siquiera se bajó para ayudarle con la maleta. A Luis le daba igual. Agarró el trolley por el asa, colgó la mochila de un solo hombro y subió los escalones de dos en dos, como quien está acostumbrado a moverse en espacios nuevos sin mirar atrás.

Era el último día de agosto, pero hacía un calor húmedo y espeso. El colegio mayor San Eulogio se abría con puertas metálicas y ventiladores lentos que giraban en el techo de la recepción. Dentro, el aire tenía ese olor a recién limpiado que sólo dura las primeras semanas del curso. A Luis le gustaba.

—Luis Romero, habitación 408 —dijo, con esa seguridad un poco descarada que no necesitaba ensayarse.

Le entregaron una llave y una carpeta de bienvenida que no pensaba leer. Subió a pie, ignorando el ascensor pequeño, cargando su cuerpo fornido como quien no necesita economizar esfuerzos. Se detuvo ante la puerta, respiró hondo, y la abrió de golpe.

La habitación era pequeña y calurosa, con una ventana abierta que dejaba entrar el sol como una bofetada. Dos camas estrechas, dos escritorios enfrentados, un armario doble. Todo en madera clara y sábanas blancas sin arrugar.

—Bueno —dijo en voz baja, dejando la mochila caer sobre la cama de la izquierda—. Aquí empieza.

Puso algo de música en el móvil, bajito, y empezó a deshacer la maleta. Camisetas anchas, pantalones cortos, deportivas. Todo práctico, todo suyo. No tardó ni diez minutos en llenar los cajones, y luego se tumbó en la cama sin camiseta, mirando el techo como si ya llevara semanas allí.

Durmió un poco, conoció a algunos chicos en el comedor, bromeó, dejó caer que había jugado al rugby durante años y que tenía una beca deportiva. Alguien le ofreció una cerveza tibia. Dijo que no. Aún no.

Volvió a la habitación a eso de las seis, con la piel sudada y los rizos oscuros pegados a la frente. Se tumbó de nuevo en la cama y se puso un podcast de fondo, esperando. No sabía nada de su compañero de cuarto. Sólo un nombre en la lista. Miguel.

Fue el sonido de la llave lo que lo sacó de su modorra.

La puerta se abrió con timidez, como si la habitación pudiera rechazar al recién llegado. Luis alzó la vista desde la cama y lo vio.

Primero vio una maleta negra. Luego, unas zapatillas discretas. Piernas delgadas, largas. Y después un rostro de facciones suaves, con una mirada que le llamó la atención de inmediato. Era un chico alto, aunque no tanto como él, de complexión más fina, casi frágil, con el pelo oscuro peinado hacia un lado y unos ojos grandes, limpios, que lo miraron con una mezcla de curiosidad y nervios.

—¿Tú eres Miguel? —preguntó Luis, incorporándose un poco.

El chico asintió, cerrando la puerta con cuidado tras él.

—Sí. Miguel Suárez.

Luis sonrió, aún sin camiseta, dejando que el silencio entre ellos se cargara un poco.

—Luis. Encantado, tío —dijo, estirando la mano desde la cama. Notó el apretón tímido del otro, la piel suave, los dedos largos.

Miguel se movió por la habitación con esa torpeza dulce de quien no quiere molestar. Se quedó un momento de pie, analizando el espacio, y luego dejó la maleta junto a la cama vacía. Luis, desde su sitio, lo observó sin disimulo. Había algo magnético en la forma de moverse de Miguel, como si todo en él estuviera ligeramente contenido, como si hubiese una versión más intensa de sí mismo que aún no se permitía mostrar.

—¿De dónde vienes? —preguntó Luis, sin dejar de mirarlo.

—De Oviedo —respondió Miguel, sin girarse—. Hoy ha sido un día largo.

Luis asintió, incorporándose del todo. Su torso musculado quedó a la vista, el vello del pecho bajando en una línea difusa hacia el ombligo, y Miguel lo notó de reojo. Fue apenas un segundo, pero suficiente para que le subiera un calor inesperado por la nuca.

—Yo llegué esta mañana —dijo Luis—. Ya me ha dado tiempo a medio instalarme. Y a conocer a media planta, la verdad.

—¿Ah, sí? Qué rápido.

—Bueno, me muevo fácil. ¿Tú qué vas a estudiar?

—Arquitectura. Siempre quise. Aunque… da vértigo empezar.

—Seguro que se te da bien —respondió Luis, sincero—. Tienes pinta de empollón de los buenos.

Miguel sonrió por primera vez. Su sonrisa era sutil, íntima, como si no la regalara con frecuencia. Luis la notó y pensó que aquel chico tenía algo. No sabía aún qué, pero algo.

—¿Y tú?

—Ingeniería. Aunque si me preguntas dentro de dos años igual me he cambiado —rió—. He venido por una beca. Jugaba al rugby. Hasta hace poco.

Miguel lo miró ahora más directamente, y se dio cuenta de lo grande que era. Tenía hombros amplios, piernas fuertes, una piel tostada de sol del sur. Y, sin embargo, había algo relajado en su forma de estar, como si no necesitara demostrar nada.

—Pues… —dijo Miguel, buscando algo que decir—. Yo nunca he compartido habitación. Ni siquiera en campamentos. Esto va a ser nuevo.

Luis lo miró con una ceja alzada y una sonrisa ladeada.

—Tranqui. Mientras no me quites la manta ni pongas reguetón a las siete de la mañana, nos vamos a llevar bien.

El comentario fue simple, pero Miguel rió, y en su risa se rompió la tensión del primer encuentro. Durante un segundo, los dos se quedaron en silencio, como si el cuarto hubiera respirado con ellos.

Miguel se sentó en su cama y empezó a abrir la maleta. Sacó libros, camisas dobladas con cuidado, un estuche rígido, unos cascos grandes. Luis lo observó sin decir nada, reconociendo en esos gestos algo que le resultaba ajeno: la disciplina, la contención, la preparación.

Le gustaba.

Y, sin saber muy bien por qué, le daban ganas de revolverle un poco ese orden.

Aflojó la espalda contra el cabecero y se estiró.

—Madrid mola, ¿eh?

Miguel alzó la vista, como si acabara de darse cuenta de que sí, estaba en Madrid, solo, en una habitación con un chico que parecía sacado de otro mundo.

—Sí. Mola.

Y no dijo nada más.