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Compañeros - Capítulo 8: La habitación ocupada

Luis sabe que Miguel está en la habitación, pero también sabe que Marta no va a esperar. Con un pretexto rápido y una palmada en la espalda, deja a su amigo en el pasillo y cierra la puerta. Ahora solo queda el silencio, el olor a alcohol barato y la urgencia de dos cuerpos que ya no quieren palabras.

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Capítulo 8: La habitación ocupada

Se despertaron tarde y con la cabeza como un tambor.

Luis fue el primero en quejarse.

—¿Qué coño pasó anoche? Tengo la boca como si me hubiera lamido una alfombra.

Miguel se rió, desde su cama, sin abrir los ojos.

—Nos cascamos una paja a la vez, eso pasó.

Luis se rió también, medio dormido.

—¿Y tú qué nota le das a tu actuación?

—Siete. Estaba muy borracho.

—Yo un nueve. Porque me salió con estilo. Y además no nos tocamos ni nada. Cero drama.

—Fue raro. Pero bueno. ¿Lo hablamos ahora y ya nunca más?

—Hecho.

Y así fue.

No volvieron a sacar el tema. La semana siguió con clases, apuntes, ratos con Arnau y Jordi, fiestas pequeñas, tardes de cañas, y un viernes tras otro que parecía calcado. Se acostumbraron a la vida universitaria y a la idea de que su cuarto era ya una especie de casa. Se llevaban bien. Cada vez mejor. Pero la tensión seguía ahí. Bajo la piel. Como un murmullo.

Llegó otro jueves universitario. Y, aunque estaban casi de exámenes, el cuerpo les pedía calle.

—Venga, tíos —dijo Jordi—. Moncloa. Cervezas baratas y tías con ganas de mojar.

—Yo no voy a follar esta noche —dijo Miguel.

—Pues por lo menos que te rocen un poco en la pista —respondió Arnau.

Salieron los cuatro. Vaqueros, camiseta, colonia. Energía de viernes anticipado.

El bar estaba petado.

Un antro con luces rojas, reguetón en bucle y olor a alcohol barato. Justo lo que necesitaban.

Y sí, había tías. Muchas.

Luis tardó cinco minutos en empezar a tontear. Miguel se quedó atrás, apoyado en la barra, mirando. Las chicas iban vestidas de todo: unas con escote, otras con falda cortísima, otras con ambos. Arnau y Jordi también lo intentaban: uno bailaba con una morena altísima, el otro con una rubia de cara dulce que parecía aburrida.

Miguel habló con una de filosofía durante diez minutos. Luego ella le dijo que tenía novio. Se fue con cara de pringado.

Luis, en cambio, estaba con Marta.

—¿Qué estudias? —le gritaba al oído.

—Magisterio. ¿Y tú?

—Ingeniería. Pero soy buena gente.

Ella se reía. Mucho. Y le tocaba el pecho cada vez que decía algo.

No era la típica chica guapa de manual. Bajita, cara redonda, pero con algo. Un cuerpazo de escándalo. Culo firme, tetas enormes, mirada brillante. Y ese rollo de “quiero que me mires” que a Luis le ponía a mil.

Bailaron. Se rozaron. Se besaron.

Y entonces él soltó:

—Ey, ¿vamos a tomar la última al colegio mayor? Te presento a mis colegas.

Ella aceptó sin pensárselo.

Caminaron los cinco entre risas y frases sueltas.

—¿Así que esta es Marta? —preguntó Arnau.

—La leyenda —respondió Jordi.

—No le hagáis bullying que se os va —dijo Luis, con el brazo rodeando su cintura.

Miguel iba detrás, callado, mirando a Marta de vez en cuando. No entendía bien por qué, pero le molestaba un poco que la trajera al cuarto. ¿Dónde iba a dormir él ahora?

Llegaron, abrieron la habitación. Era tarde. Se sentaron los cinco en círculo, sacaron un par de latas de cerveza y encendieron un par de cigarrillos.

Risas. Frases sin sentido. Marta hablaba con todos, pero miraba a Luis. Tocaba su pierna, se reía de cada tontería.

Y cuando el reloj marcaba casi las cuatro…

—Bueno, nosotros vamos tirando —dijo Arnau, mirando a Jordi.

—Sí, hay señales claras —añadió este, guiñando el ojo.

Luis sonrió. Marta también.

Miguel, sin moverse.

Se quedaron los tres en silencio unos segundos.

—Tío —dijo Luis—, ¿puedo hablar contigo un segundo?

Salieron al pasillo.

—¿Qué pasa?

—¿Te importa irte a dormir con los catalanes esta noche? Marta… bueno. Ya ves cómo está el tema.

Miguel lo miró serio.

—¿Me estás echando de mi cuarto?

—Solo por hoy. Te debo una. Pero joder, tío…

Miguel bufó, pero accedió.

—Vale. Pero no te flipes.

Luis le dio una palmada en la espalda.

—Eres un hermano.

La puerta se cerró.

Marta se quitó las zapatillas y se sentó en la cama.

—¿No se ha mosqueado?

—Un poco. Pero lo entenderá. No pasa nada.

Luis se sentó a su lado. Se quedaron en silencio un segundo. Se miraron.

Y se besaron.

Lento al principio. Luego más fuerte. Labios contra labios. Lengua. Manos en el cuello. En la cintura. En las tetas por encima de la camiseta.

Ella jadeaba suave. Le mordía el labio. Él se tumbó encima.

Le levantó la camiseta. Marta no llevaba sujetador. Las tetas le saltaron hacia arriba: enormes, redondas, perfectas.

—Joder…

Luis las chupó una a una. Las lamía, las apretaba. Marta le bajó la mano al pantalón. Notó la polla dura, enorme. Se la sobó por encima del vaquero.

Luis le quitó los leggins. No llevaba bragas. Estaba empapada.

Se la metió en la boca, primero suave, luego con más lengua. Marta gemía de verdad. Le agarraba el pelo.

—Quiero follarte ya —dijo ella.

Luis se quitó los pantalones. Polla dura, gruesa, lista. Se puso el condón a toda prisa. Se subió encima. Se la metió entera.

Marta gritó.

—Joder, qué polla tienes…

Luis se la folló con fuerza. Empujando con el cuerpo entero. Ella se arqueaba, se agarraba a sus hombros. Cambiaron de postura. Ella encima. Él sentado. La veía botar con las tetas rebotando. Luego volvió a ponerla boca abajo y se la metió por detrás. Marta se agarraba a las sábanas y Luis le daba con fuerza, con ritmo, con ganas.

Ambos estaban sudados. Ella gritaba. Él gemía por dentro.

—Me corro… —dijo ella.

Y entonces se vino. Con un espasmo. Con un grito largo.

Luis no tardó. Se la sacó justo a tiempo. Se corrió sobre su vientre, jadeando.

Se dejó caer a su lado. Respiraban fuerte.

—Joder… —dijo ella.

—Joder —dijo él.

Y se quedaron dormidos. Desnudos. Rotos. En silencio.

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