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Compañeros - Capítulo 10: La Casa Rural (I)

El juego de la botella apunta hacia ella, y el beso que sigue no es casualidad. Cuando la puerta se cierra, sus amigos escuchan lo que ocurre dentro, mientras Miguel descubre que Carlota es mucho más intensa de lo que aparenta.

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Capítulo 10: La Casa Rural (I)

El grupo de WhatsApp de la clase de arquitectura llevaba semanas cocinando la idea, pero por fin cuajó: escapada de finde a una casa rural en plena Sierra de Madrid. Más de cincuenta personas. Los de clase, más amigos de amigos, más cualquier excusa para dejarse llevar por el alcohol, la música y las ganas de liarla sin filtros.

Miguel, cada vez más integrado con su gente de arquitectura, se apuntó sin dudarlo. Y por supuesto, tiró de sus tres compañeros de batalla: Luis, Arnau y Jordi.

—Pero vamos a ver —dijo Luis cuando se lo propuso—, ¿me estás diciendo que nos vamos un finde a una casa enorme con cincuenta tíos y tías borrachas con ganas de fiesta?

—Eso.

—¿Y todavía estás preguntando?

Arnau puso el coche. En el maletero: mochilas, botellas de todo tipo, hielo, bolsas con patatas, vapers, condones… todo bien pensado. Se notaba que lo llevaban preparando con mimo. El trayecto fue el aperitivo: trap español, latas abiertas, comentarios de todo tipo y esa electricidad en el ambiente que solo tiene un finde de fiesta a lo bestia.

Llegaron entrada ya la noche. La casa era enorme, con fachada de piedra y madera, varias plantas, y habitaciones repartidas como en un campamento. Les tocó a los cuatro compartir una: litera, cama de matrimonio, baño propio con bañera y espejo grande.

—Parece el escenario de un reality —soltó Arnau, mientras dejaba la mochila sobre la cama.

Luis ya estaba tirado de espaldas.

—Lo que pase aquí no sale de aquí —dijo.

Y bajaron a la zona común, donde ya empezaban a sonar los primeros temas del altavoz y se descorchaban botellas. Había cerveza fría, luces suaves, mucha gente que apenas se conocía y muchas ganas de hablar, tontear, beber. Todo en ebullición.

Miguel iba de grupo en grupo, presentando a sus amigos, haciendo de nexo. Luis no tardó en empezar a bromear con cualquiera que se cruzase. Jordi y Arnau ya tenían un grupito de chicas con las que se reían a carcajadas. En general, el ambiente era el mejor posible.

Después de las primeras copas vinieron los juegos.

—Va, jugamos al “Yo nunca”.

Se sentaron en el suelo, en círculo. Latas en mano, mirada atenta.

—Yo nunca he hecho un trío —dijo alguien.

Risas, unos cuantos bebieron. Jordi también.

—Cuenta eso —dijeron entre risas.

—Nada, una cosa en la playa, dos colegas y una alemana loca… otro día os lo cuento.

—Yo nunca me he follado a alguien cuyo nombre no recuerdo —añadió otro.

Luis bebió. Dos más también. Miguel no.

Siguieron.

—Yo nunca me he comido el culo de nadie.

—Yo nunca me he corrido en la ducha pensando en alguien del grupo.

Más risas. Alguno se atragantó con la cerveza.

—Yo nunca me he hecho una paja con un amigo delante —dijo de pronto un chaval con gafas, sonriendo.

Silencio.

Luis y Miguel no bebieron. Pero el cruce de miradas fue inmediato. Cómplice. Cargado de algo más que incomodidad. Algo que ninguno verbalizó. Ni querían hacerlo.

Después llegó la botella.

El círculo se volvió más pequeño. El que giraba tenía que besarse con quien le tocara, sin rechistar.

Miguel no sabía cómo había acabado ahí. Pero cuando giraron la botella y la boca de vidrio apuntó directo hacia él… y hacia una chica rubia de enfrente, su cuerpo se tensó.

Era Carlota.

Ella sonrió. Se levantó sin prisas.

Se acercaron. Miguel tragó saliva. Y se besaron.

Con lengua. Con roce. Con intención.

Un beso largo, suave y con ese punto de tensión acumulada. No fue algo robótico. Fue un beso que se notaba que llevaba meses esperando sin que nadie lo dijera en voz alta.

Carlota no se separó de él en lo que quedaba de noche. Hablaron largo rato. En la terraza, con cigarros, copa en mano y las luces tenues iluminando apenas sus caras.

Carlota era todo lo que Miguel no sabía cómo manejar. Rubia natural, piel clara, facciones delicadas, labios carnosos sin exagerar, ojos grandes y verdes. De esas niñas pijas de Madrid que parecen haberlo tenido todo fácil, pero que tienen un fondo más cañero del que aparentan. Bajita, delgada, con poco pecho pero firme, y un culazo que no pegaba con su aire angelical. Llevaba un jersey ancho y una falda corta. Sin esfuerzo, estaba buenísima. Pero no solo eso: tenía labia, tenía chispa. Y tenía esa forma de mirar que desarma.

Miguel estaba atrapado. Y no lo disimulaba.

Mientras tanto, abajo, Luis, Arnau y Jordi andaban liados. Bailaban, hablaban con chicas, brindaban. Luis ya había bailado con dos o tres, pero con ninguna parecía cuajar. Cada vez que miraba a su alrededor, veía que Miguel seguía ahí, con Carlota, cada vez más cerca, cada vez más conectados.

—¿Dónde se ha metido este cabrón? —preguntó Arnau.

—Estaba fuera con Carlota, ¿no?

—Ya no están.

—¿Tú crees que…?

—¿Vamos a mirar?

Los tres subieron con sigilo, botellín en mano, riendo entre dientes.

Al llegar al pasillo, vieron que la puerta de su dormitorio estaba cerrada. Muy suavemente, Luis se acercó. Apoyó la oreja.

Y lo escucharon.

Ese sonido. Mojado. Rítmico.

Un gemido leve.

Luis se alejó con los ojos abiertos, sorprendido.

—Nuestro Miguel…

—Crack —susurró Jordi.

Se quedaron un poco más. Por el morbo. Por pura admiración. Y porque era su amigo. Luego se fueron sin hacer ruido, riéndose entre ellos.

En la habitación, el ambiente estaba cargado.

Se besaban como si el mundo no existiera. Carlota ya se había quitado el jersey. Miguel le bajó la falda. Ella lo empujó con una sonrisa, se arrodilló.

Y le bajó el pantalón del chándal. Luego los calzoncillos. Sin comentarios. Sin risas. Solo con los ojos abiertos.

La polla de Miguel, dura, larga, gruesa, se alzó como si estuviera esperándola.

Carlota la cogió con ambas manos. Se la metió en la boca. Y empezó a chuparla con ganas, con ritmo, con una mezcla de hambre y experiencia.

Miguel gemía bajito, la cabeza apoyada en la pared. Le acariciaba el pelo. Le decía lo bien que lo estaba haciendo.

Carlota no paraba.

Cuando se detuvo, lo miró y le dijo:

—Tu turno.

Se tumbó boca arriba, completamente desnuda. Miguel la recorrió con los ojos. Tenía el cuerpo precioso. Caderas estrechas, piel tersa, chochito limpio, suave. Se agachó entre sus piernas.

Al principio dudó. Pero al ver cómo ella respondía, cómo se estremecía, cogió confianza. La lamía lento, luego más rápido. Ella gemía más alto. Se corrió una vez.

—Póntelo —dijo sin aliento—. Ya.

Miguel sacó un condón XL del cajón. Se lo puso. Se colocó encima.

—¿Preparada?

—Métela.

Lo hizo. Despacio. Ella se aferró a su espalda.

La empezó a follar con fuerza. Cambiaron de postura. Ella encima, cabalgando. Luego desde atrás. Ella se corría una segunda vez.

—No pares, Miguel, no pares…

Cuando él estuvo a punto, se lo sacó, y Carlota volvió a arrodillarse. Le chupó fuerte. Lo miraba a los ojos.

Y él se corrió. En su boca.

Ella tragó. Y sonrió, con esa mezcla de picardía y dulzura que tenía desde el primer día.

Se vistieron rápido. Carlota se arregló el pelo, se echó un poco de perfume, y bajó como si nada.

Miguel tardó cinco minutos más. Pero al bajar, tenía esa sonrisa que no hace falta explicar.

Luis le levantó la ceja.

—¿Qué tal?

Miguel no dijo nada. Solo alzó la botella, como brindando.

Y la noche continuó.

Como si nada hubiera pasado.

Pero todo había cambiado.

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