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Habitación con vistas I, Llegada a Madrid

Liv llegó a Madrid buscando estudios, pero encontró algo mucho más tentador. No esperaba que la pared de su habitación delatara los secretos más íntimos de sus anfitriones, ni que escucharlos la encendiera más de lo que imaginó.

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El tren AVE se deslizaba veloz hacia la estación de Atocha, atravesando el corazón de España. Frente a la ventana, con una mochila sobre las rodillas y una expresión entre cansada y ansiosa, estaba Liv Van Dijk. Tenía 24 años, venía de Utrecht, y se había inscrito en un máster de gestión cultural en la Universidad Complutense. No era su primera vez en España, pero sí la primera vez que viviría sola, lejos de casa, durante varios meses.

Liv era el tipo de chica que llamaba la atención sin buscarlo. Su rostro tenía una belleza natural y serena, con facciones finas, piel muy blanca y pecas suaves sobre los pómulos. Su nariz era pequeña, sus labios llenos y rosados, y sus grandes ojos color verde claro parecían cambiar con la luz. Su cabello rubio claro, casi dorado, le caía en ondas suaves por la espalda, recogido con un pasador improvisado. Medía 1,65, tenía una figura esbelta y elegante, senos aunque de tamaño intermedio eran firmes y redondos, sus nalgas aunque no eran su mejor atributo habían sido esculpidas por años de jugar Voleibol y otros deportes, lo justo para crear un cuerpo con curvas suaves y un andar naturalmente grácil, como si no fuera consciente del impacto que generaba.

Había encontrado la habitación a través de una página de alojamiento para estudiantes. El anuncio era claro: “Habitación con hermosas vistas, luminosa y amplia en piso de lujo en el barrio de Salamanca, solo para chicas, ambiente tranquilo y respetuoso.” Las fotos eran impresionantes, y el precio, aunque alto, le pareció razonable comparado con otros lugares. La comunicación había sido con Clara, la dueña, una mujer amable por mensajes, aunque algo escueta. Le habían pedido una fotografía antes de aceptar su solicitud, esto le pareció un poco raro, y aunque Liv no lo entendió del todo acepto este requisito, no pasaron ni dos minutos cuando llego un mensaje que decía “bienvenida”

Después de llegar a la estación y de tomar un taxi llego la dirección, un edificio elegante de fachada clara, con portero físico y cámaras en la entrada, una calle tranquila y con muchos árboles, tomo el ascensor hasta el séptimo piso, justo cuando se cerraba la puerta del ascensor se abrió la del apartamento, y allí la vio…

¡Hola, Liv! ¿Verdad? Bienvenida —dijo con una voz pausada, con una sonrisa cálida.

Hola… sí… muchas gracias —respondió ella, con acento marcado pero dulce.

Clara era una mujer de unos 40 años que rompía todos los estereotipos de la edad. 1.78, de piel canela y cabello castaño oscuro con reflejos cobrizos, liso y hasta los hombros. Ojos grandes color miel, pestañas largas, y una figura impresionante: senos generosos, cintura estrecha, caderas anchas. Iba vestida con un conjunto de lino blanco que dejaba ver su elegancia relajada. Su presencia imponía sin esfuerzo.

Pasa, pasa. Estás en tu casa.

El piso era impresionante. Techos altos, suelos de madera, ventanales con cortinas vaporosas. Todo tenía un aire sobrio pero moderno. Muebles de diseño, estanterías con libros y arte contemporáneo en las paredes, en ese momento apareció el marido.

Hola, Liv. Bienvenida. Soy Héctor —dijo tendiéndole la mano con una sonrisa segura, era aún más atractivo que Clara. Moreno, 1.85, cabello corto con algunas canas que lo hacían más interesante, mandíbula marcada, mirada intensa detrás de unas gafas finas. Vestía una camisa de lino remangada, pantalones beige, y un reloj elegante. Se notaba que cuidaba su cuerpo; su presencia tenía algo magnético, sutil pero firme.

Ambos se dedicaban a trabajos relacionados con el arte: Clara era curadora en una galería de arte moderno en el centro, y Héctor trabajaba como editor y crítico cultural para varias revistas. Tenían una vida sofisticada, viajaban con frecuencia, y su hogar era un refugio lleno de buen gusto.

La habitación de Liv estaba al fondo del pasillo, con su baño privado, un pequeño escritorio frente a la ventana, cama doble y estanterías vacías para que se acomodara. Todo blanco, limpio, perfumado tenía su propia terraza desde donde podía ver gran parte de la ciudad, realmente como decía el anuncio las vistas eran hermosas.

¿Te gusta? preguntó Clara desde la puerta mientras esta no salía de su asombro, “es muy bonito” dijo Liv, impresionada. muy diferente a mi casa; Liv había crecido en una casa pequeña pero muy linda, con su propio jardín trasero, familia de 3 hermanos, sus padres tenían su propio negocio, y aunque nunca tuvo lujos se podían permitir muchas cosas, vacaciones 1 o dos veces al año, ordenador en su habitación y Smartphone de última generación, estudiar en una universidad privada entre muchas otras cosas.

Pasaron los siguientes minutos mostrando la cocina, el salón, los electrodomésticos, las reglas básicas del piso. Clara era amable pero firme: nada de fiestas, nada de invitados desconocidos, Liv lo agradeció; era lo que buscaba: tranquilidad para poder estudiar sin distracciones.

Durante los primeros días, Liv intentó adaptarse al calor de agosto madrileño, a los horarios diferentes, a los sonidos de la ciudad, Clara salía temprano, Héctor solía trabajar desde el salón o su estudio, a veces descalzo, en camiseta, con un café en la mano y música suave de fondo. Era amable con ella, la ayudaba a mejorar su español, le hacía preguntas curiosas sobre su país, sus costumbres y tantos otros temas sin demasiada importancia.

Liv notaba cosas. La manera en que Clara la miraba cuando creía que no la veía, el modo sutil en que Héctor se inclinaba al hablarle, bajando la voz, su risa relajada, los perfumes de ambos, tan diferentes pero tan envolventes. A veces los escuchaba hablando entre ellos en voz baja, riéndose. O cuando se encerraban en su habitación por las tardes, y aunque no lo admitiría en voz alta, había noches en que se acostaba inquieta, sola en su cama blanca, con la sensación de que algo flotaba en el ambiente. Algo nuevo, indefinido, que no sabía si era deseo, miedo o simple curiosidad.

La vida en Madrid apenas comenzaba, los días pasaban con ritmo suave, como si el calor de la ciudad los estirara, volviéndolos más largos, más lentos, Liv empezaba a acomodarse en su nueva rutina: las clases en la universidad aún no comenzaban, así que exploraba la ciudad sola, caminando con su cámara por los barrios, descubriendo panaderías, plazas escondidas, librerías pequeñas donde podía pasar horas. Siempre volvía cansada, con el cuerpo sudado y la mente llena de sensaciones nuevas.

A pesar de no dominar bien el idioma, empezaba a entender lo esencial. Su español era aún torpe, mezclado con palabras en inglés, y con esa musicalidad suave y adorable que hacía sonreír a quienes la escuchaban. Clara le corregía algunas expresiones con dulzura. Héctor le decía que su acento era encantador.

Durante las mañanas, Clara solía irse temprano a la galería. A Liv le gustaba verla arreglarse: su elegancia era casi natural, como si cada prenda se posara sobre su cuerpo de forma exacta. Usaba vestidos elegantes, blusas finas, siempre acompañadas de pendientes o colgantes discretos, pero que resaltaban muy bien su belleza, y su perfume quedaba flotando en el aire incluso mucho después de que ya se había ido.

Héctor, en cambio, se quedaba en casa la mayoría del tiempo. Tenía un despacho con libros por todas partes, un escritorio de madera y un sofá junto a la ventana. A veces Liv pasaba por la puerta y lo escuchaba hablar por teléfono con voz firme, pausada. Otras veces simplemente escribía con música de fondo. Jazz, flamenco suave, algo de trip hop instrumental, un gusto muy variado y refinado.

Ella intentaba no cruzarse demasiado, había algo en él que le provocaba nervios, tal vez por su forma de mirar: intensa, fija, como si leyera más allá de sus palabras, o por su seguridad serena, la hacía sentir extrañamente joven, ingenua, vulnerable.

Una tarde, mientras Liv regresaba de la azotea con una toalla en el brazo se cruzó con él en el pasillo, solo llevaba un top deportivo corto y unos shorts cortos que apenas cubrían sus piernas, apenas acorde a las altas temperaturas de Madrid.

¿Disfrutaste de las vistas? le preguntó él con media sonrisa.

Eh… sí… pero mucho calor respondió, sintiendo cómo se le encendían las mejillas.

¿En tu país no es así de fuerte?

No… es más frío… siempre viento. Aquí… es diferente.

Héctor asintió despacio, sin dejar de mirarla. Su mirada se detuvo, solo un segundo, en su abdomen expuesto. Luego se apartó con naturalidad, si quieres, puedes usar la terraza siempre que quieras. Nadie sube, Liv sonrió con timidez, bajando la vista, y siguió su camino al cuarto. Esa noche se acostó inquieta, pensando en él. En sus brazos fuertes, en su voz grave. En cómo le había hablado. No podía evitar imaginar qué se sentiría si él se acercara más… si la tocara… Se sintió culpable al pensarlo. Pero también… viva.

Clara también empezaba a colarse en sus pensamientos. Había algo en su tono de voz, en la manera en que se inclinaba al servir el café, en la atención con la que le preguntaba cómo se sentía, nunca había pensado en mujeres en ese sentido, pero había algo… algo en su aura, en su control suave de todo, las miradas entre ellos, los silencios, las risas cómplices… todo tenía una electricidad contenida. Y Liv lo sentía.

Esa noche, el piso estaba en silencio. Clara y Héctor se habían retirado temprano. Liv leía tumbada en su cama, en pijama, con una camiseta larga que le llegaba justo por debajo de las nalgas, fue por un poco de agua a la cocina, miró la hora en el microondas, pasaban de las dos, caminó descalza por el pasillo, la casa en penumbra, apenas iluminada por las luces de la ciudad que se colaban por los enormes ventanales, Se detuvo un momento frente al más grande, el del salón: Madrid dormía bajo la luna, La ciudad parecía lejana, silenciosa, inmensa.

Justo cuando iba por el pasillo que llevaba a la de vuelta a su habitación, algo la detuvo… un sonido, parecía un gemido muy bajo, una especie de respiración cortada, provenía de la habitación de Clara y Héctor.

Liv se quedó inmóvil, trato de agudizar su oído y entonces otro sonido, un quejido contenido, femenino, evidentemente era un suspiro cargado de placer, Se acercó, muy despacio, descalza. Su respiración se aceleró, apoyó la espalda contra la pared, junto a la puerta cerrada, el sonido era claro ahora: una secuencia rítmica, húmeda, pausada… y luego, otra vez, un jadeo ahogado.

Era Clara. No había duda. Su voz ronca, profunda, envuelta en deseo, y entonces escuchó la voz de Héctor, grave, jadeante. Palabras que no alcanzaba a entender del todo, pero que la estremecieron:

...así… eso… no pares…

Liv sintió un escalofrío bajarle por la espalda, su cuerpo estaba tenso, alerta. El corazón le latía con fuerza, una parte de ella quería alejarse, volver a su cuarto. Pero otra parte, más oscura, más nueva, quería quedarse, Quería escuchar….. Los gemidos crecieron. el sonido de la cama golpeando suavemente la pared. Una respiración agitada. Y finalmente, un susurro entrecortado que se convirtió en un grito suave, contenido.

No pudo evitar morderse el labio, tocarse un pecho mientras tenía los ojos cerrados. Volvió a su cuarto casi sin sentir sus pies, cerró la puerta, se metió bajo las sábanas y se quedó mirando el techo, con el cuerpo vibrando, como si algo se hubiera encendido dentro de ella, esa noche, le costó mucho poder dormir, pero finalmente el cansancio la venció y logro dormir, aun con el cuerpo alerta, sus pezones duros y una ligera humedad en su tanga, sin sospechar que sería la primera de muchas veces que esos sonidos acompañarían sus noches de insomnio