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Los extraños amigos de mi esposa-capítulo 7

La noche prometía solo placer, pero el silencio posterior a la pasión trajo algo mucho más oscuro. Una foto, una nota y una amenaza que obligan a Joel y Nayeli a decidir si huyen o luchan. El juego de deseo acaba de convertirse en un juego de supervivencia.

ISABELLEH10K vistas8.9· 15 votos

El cuarto vibraba con una tensión que cortaba el aire como un cuchillo. Nayeli, desnuda y temblando de deseo, estaba inclinada sobre la cama, su culo alzado, el coño empapado brillando bajo la luz tenue. Joel seguía dentro de ella, su polla dura enterrada hasta el fondo, mientras Carlos, con su polla palpitante frente al rostro de Nayeli, la miraba con una mezcla de sorpresa y hambre. Las palabras de ella —“Quiero sentirlos a los dos… al mismo tiempo”— colgaban entre ellos, una propuesta que era tanto una invitación como un desafío. Joel sintió su corazón latir con fuerza, su mente nublada por el deseo y una chispa de miedo. Esto era más allá de lo que habían planeado, un territorio donde las reglas de su relación se deshacían como la ropa de Nayeli en el suelo. Pero joder, la idea de compartirla así, de poseerla juntos, lo encendía como un incendio.

Carlos rompió el silencio con una risa baja, oscura, sus ojos fijos en Nayeli. Se inclinó, su mano acariciando su mejilla, los dedos rozando los labios hinchados que acababan de chuparlo.

—¿Quieres ser nuestra puta de verdad, eh? —dijo, su voz cargada de dominancia—. Dilo otra vez, Nayeli. Quiero escucharlo.

Ella alzó la mirada, sus ojos brillando con un fuego que era puro desafío. Aunque estaba expuesta, vulnerable, seguía teniendo el control, y lo sabía.

—Quiero sus pollas dentro de mí —susurró, su voz ronca, cada palabra cayendo como una gota de gasolina—. Los dos. Ahora.

Joel sintió un gruñido subir por su garganta. La crudeza de sus palabras, la forma en que las decía, lo volvía loco. Apretó las caderas de Nayeli, sus dedos clavándose en su carne, y empujó una vez, lento pero profundo, arrancándole un gemido que resonó en el cuarto.

—Eres una maldita provocadora —murmuró, su tono mezclado con admiración y posesividad—. Pero si esto es lo que quieres, lo tendrás.

Carlos asintió, una sonrisa torcida en su rostro. Se movió hacia el lado de la cama, su polla dura balanceándose con cada paso, y buscó en la mesita de noche. Sacó un frasco pequeño de lubricante, el sonido del tapón al abrirse rompiendo el silencio. Joel lo miró, su pulso acelerándose. Sabía lo que venía, y aunque la idea lo ponía nervioso, también lo excitaba más allá de lo imaginable.

—Relájate, amor —dijo Carlos a Nayeli, su voz baja pero firme, mientras vertía el lubricante en sus dedos—. Vamos a hacer que esto sea jodidamente inolvidable.

Nayeli jadeó cuando los dedos fríos de Carlos rozaron su culo, deslizándose entre sus nalgas. Joel sintió cómo su cuerpo se tensaba alrededor de su polla, todavía dentro de su coño, y la acarició, sus manos subiendo por su espalda para calmarla.

—Confía en nosotros —susurró Joel, inclinándose para besar su hombro, su lengua trazando un camino hasta su cuello—. Eres nuestra, Nayeli.

Ella asintió, su respiración entrecortada, y se inclinó más, ofreciendo su culo a Carlos mientras seguía recibiendo a Joel. Carlos trabajó con paciencia, sus dedos lubricados rodeando su entrada trasera, presionando suavemente hasta que uno se deslizó dentro. Nayeli gritó, un sonido de placer y sorpresa, su cuerpo temblando entre ellos.

—Joder, qué apretada —gruñó Carlos, su dedo moviéndose lentamente, abriéndola con cuidado—. Vas a sentirme todo, puta. Cada maldito centímetro.

—Hazlo —jadeó Nayeli, sus uñas clavándose en las sábanas, sus tetas rebotando con cada movimiento—. Quiero sentirlos… mierda, los quiero a los dos.

Joel comenzó a moverse de nuevo, sus embistes lentos pero profundos, sincronizándose con los dedos de Carlos. Cada vez que empujaba, sentía el cuerpo de Nayeli responder, su coño apretándose alrededor de su polla, sus gemidos subiendo de volumen. Carlos añadió un segundo dedo, estirándola más, y Nayeli gritó, su rostro enrojecido, el sudor brillando en su piel.

—Dilo, Nayeli —ordenó Joel, su voz tensa, sus manos apretando sus caderas—. Dime que eres nuestra puta.

—Soy su puta —gimió ella, su voz rota, su cuerpo temblando mientras los dos hombres la trabajaban—. De los dos… joder, no paren.

Carlos retiró los dedos, y Nayeli jadeó por la pérdida, pero no tuvo tiempo de protestar. Él se posicionó detrás de ella, su polla lubricada rozando su culo. Joel ralentizó sus embistes, dándole espacio, pero no salió de ella. Quería sentirlo todo, cada reacción de Nayeli, cada movimiento de Carlos. La idea de compartirla así, de llenarla juntos, lo tenía al borde de la locura.

—Respira, amor —dijo Carlos, su tono dominante pero con un toque de cuidado. Presionó la punta de su polla contra su culo, empujando lentamente, abriéndola con una paciencia que contrastaba con su rudeza anterior.

Nayeli gritó, su cuerpo tensándose, pero Joel la sostuvo, sus manos acariciando sus tetas, pellizcando sus pezones para distraerla del dolor inicial. Ella jadeó, sus ojos cerrándose, y luego, con un gemido largo y tembloroso, relajó su cuerpo, dejando que Carlos se deslizara más adentro.

—Joder, sí —gruñó Carlos, sus manos apretando las nalgas de Nayeli, separándolas para entrar más profundo—. Estás tomando mi polla como una buena puta. Dilo, Nayeli. Dime cuánto lo quieres.

—Quiero tu polla —jadeó ella, sus palabras entrecortadas por los embistes de Joel, que había retomado el ritmo, follándola con más fuerza ahora—. Quiero… mierda, quiero todo.

Joel sintió la presión de la polla de Carlos a través de la fina pared que los separaba, una sensación extraña pero jodidamente intensa. Cada movimiento de Carlos hacía que Nayeli se apretara más alrededor de su polla, y él gruñó, sus manos bajando a su culo, dándole una palmada que resonó en el cuarto.

—Eres mía —dijo Joel, su voz cargada de posesividad—. Aunque él te folle, eres mía. Dilo.

—Soy tuya —gimió Nayeli, sus ojos abriéndose para mirarlo, sus labios temblando—. Tuya… y de él… joder, los siento tanto.

El ritmo se volvió más frenético, los tres moviéndose juntos, sus cuerpos sudorosos chocando en un caos de placer. Joel follaba su coño, sus embistes profundos y duros, mientras Carlos la penetraba por el culo, sus movimientos más lentos pero igual de intensos. Nayeli estaba atrapada entre ellos, sus gemidos convirtiéndose en gritos, su cuerpo temblando al borde del colapso. Sus tetas rebotaban con cada embestida, su coño chorreando, el lubricante mezclándose con sus jugos en un desastre glorioso.

—Joder, qué buena eres —gruñó Carlos, sus manos apretando su culo, sus dedos clavándose en su carne—. Esta puta está hecha para dos pollas. Dilo, Nayeli. Dime que te encanta.

—Me encanta —gritó ella, su voz desgarrada, sus uñas rasgando las sábanas—. Me encanta… mierda, me están partiendo.

Joel sintió un calor subir por su pecho, una mezcla de orgullo y celos. Ver a Nayeli así, entregada, rota por el placer, era más de lo que podía soportar, pero no quería parar. Sus embistes se volvieron más brutales, su polla deslizándose en su coño apretado, el sonido húmedo llenando el cuarto. Carlos aceleró, sus gruñidos mezclándose con los de Nayeli, sus bolas golpeando contra su piel.

—Eres nuestra —dijo Joel, inclinándose para morder su hombro, sus dientes dejando una marca—. Nuestra puta perfecta. Dilo otra vez.

—Soy su puta —sollozó Nayeli, su cuerpo temblando, sus ojos vidriosos de placer—. De los dos… joder, no puedo más.

Pero podían, y lo hicieron. Los tres se movieron en un ritmo perfecto, sus cuerpos sincronizados, el placer escalando hasta un punto insoportable. Joel sentía la polla de Carlos, la presión, el calor, y sabía que Nayeli estaba al límite, su coño apretándose, su culo temblando. Pero no podían correrse, no todavía. Quería que esto durara, que los consumiera a todos.

Entonces, Nayeli giró la cabeza, sus ojos encontrando los de Joel, y dijo algo que lo tomó por sorpresa.

—Bésame —susurró, su voz temblando, pero firme—. Quiero tu boca mientras él me folla.

Joel no dudó. Se inclinó, capturando sus labios en un beso feroz, su lengua enredándose con la de ella, saboreando el sudor, el deseo, la rendición. Nayeli gimió en su boca, sus manos alcanzando su rostro, aferrándose a él mientras Carlos seguía follándola por el culo, sus embistes implacables. El beso era un ancla, un recordatorio de que, aunque Carlos estuviera ahí, Nayeli seguía siendo suya, siempre sería suya.

Carlos gruñó, sus manos apretando el culo de Nayeli, y ralentizó el ritmo, como si quisiera prolongar el momento.

—Joder, esto es demasiado —dijo, su voz tensa, sus ojos fijos en el cuerpo de Nayeli—. Nunca había follado algo tan perfecto.

Nayeli rompió el beso, jadeando, y miró a Carlos.

—Entonces no pares —ordenó, su tono una mezcla de súplica y mando—. Quiero sentirlos hasta que no pueda más.

Joel sonrió, su mano bajando a su clítoris, acariciándolo en círculos rápidos que la hicieron gritar. Carlos aceleró de nuevo, sus embistes más profundos, y el cuarto se llenó de sus sonidos: los gritos de Nayeli, los gruñidos de los hombres, el choque de piel contra piel.

Pero entonces, Nayeli alzó una mano, deteniéndolos a ambos. Su cuerpo temblaba, su respiración era un desastre, pero sus ojos brillaban con una idea nueva, peligrosa.

—Quiero cambiar —susurró, lamiéndose los labios—. Quiero que Joel me folle el culo… y Carlos, tú mi coño.

—¿Están listos para eso? —preguntó, su voz un desafío que los dejó sin aliento.

El cuarto se llenó de un silencio cargado, y Joel supo que aceptar esta propuesta los llevaría a un lugar del que nunca regresarían.

Carlos rompió el silencio con una risa grave, sus manos acariciando el culo de Nayeli, aún rojo por sus palmadas.

—Joder, eres una puta insaciable —dijo, su voz cargada de admiración—. ¿Quieres que te partamos en dos? Dilo otra vez, Nayeli. Haz que lo crea.

Ella se lamió los labios, su cuerpo temblando de anticipación, pero su voz era firme, dominante a pesar de su vulnerabilidad.

—Quiero la polla de Joel en mi culo y la tuya en mi coño —susurró, cada palabra siendo un latigazo de deseo—. Quiero sentirlos hasta que no pueda caminar. ¿Pueden con eso?

Joel gruñó, su mano dando una palmada fuerte en el culo de Nayeli, el sonido resonando como un disparo. Ella jadeó, sus tetas rebotando, y él sintió su coño apretarse alrededor de su polla.

—Eres nuestra —dijo, su tono cargado de una dominancia que lo sorprendía—. Y vas a tener lo que pides, puta.

Carlos asintió, su polla rozando el coño de Nayeli mientras Joel se retiraba lentamente, dejándola jadeando por la pérdida. Vertió más lubricante en sus manos, frotándolo sobre su polla, y luego pasó el frasco a Joel. Este lo tomó, sus ojos fijos en el culo de Nayeli, redondo y perfecto, rogando por él. Aplicó el lubricante con cuidado, sus dedos deslizándose dentro de ella, abriéndola aún más. Nayeli gimió, su cuerpo arqueándose, sus uñas clavándose en las sábanas.

—Joder, Joel —sollozó, su voz rota—. Hazlo… fóllame el culo.

Joel no esperó más. Se posicionó detrás de ella, la punta de su polla rozando su entrada trasera. Presionó lentamente, sintiendo la resistencia inicial, y Nayeli gritó, un sonido de placer y dolor que lo hizo dudar. Pero ella empujó sus caderas hacia atrás, invitándolo, y él se deslizó dentro, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente enterrado en su culo.

—Mierda, qué apretada —gruñó Joel, sus manos apretando sus nalgas, separándolas para ver cómo su polla desaparecía en ella—. Eres mía, Nayeli. Dilo.

—Soy tuya —jadeó ella, su cuerpo temblando, sus tetas balanceándose con cada respiración—. Tuya… joder, te siento tanto.

Carlos se acercó, su polla rozando el coño de Nayeli, ahora vacío y chorreando. La miró a los ojos, su mano levantando su barbilla.

—Y mía —dijo, su voz un mandato—. Dilo, puta. Dime que quieres mi polla.

—Quiero tu polla, Carlos —gimió Nayeli, sus ojos vidriosos de placer—. Follame… por favor.

Carlos empujó, su polla deslizándose en su coño con una facilidad que hablaba de lo empapada que estaba. Nayeli gritó, su cuerpo atrapado entre los dos hombres, sus embistes sincronizándose en un ritmo brutal pero perfecto. Joel sentía la polla de Carlos a través de la fina pared que los separaba, una presión que aumentaba el placer hasta un punto insoportable. Cada movimiento de Carlos hacía que Nayeli se apretara más alrededor de Joel, y sus gemidos se convirtieron en alaridos, su cuerpo temblando al borde del colapso.

—Joder, sí —gritó Nayeli, sus manos aferrándose a las sábanas, sus tetas rebotando con cada embestida—. Me están partiendo… mierda, no paren.

—Eres nuestra puta —gruñó Joel, sus embistes más profundos, su polla deslizándose en su culo apretado—. Dilo, Nayeli. Dilo otra vez.

—Soy su puta —sollozó ella, su voz desgarrada, su coño y culo temblando mientras los dos hombres la follaban—. De los dos… joder, me van a matar.

Carlos aceleró, sus manos apretando las caderas de Nayeli, sus bolas golpeando contra su piel. El sonido de su coño, húmedo y apretado, se mezclaba con el de los embistes de Joel, creando una sinfonía obscena que llenaba el cuarto. Nayeli estaba perdida, sus gritos convirtiéndose en gemidos incoherentes, su cuerpo entregado por completo.

—Te encanta, ¿verdad? —dijo Carlos, su voz tensa, sus embistes más brutales—. Te encanta ser nuestra.

—Me encanta —gritó Nayeli, sus ojos cerrándose, el sudor corriendo por su piel—. Me encanta… sus pollas… mierda, estoy tan llena.

Joel sintió el placer subir por su columna, su polla palpitando en el culo de Nayeli. Estaba al borde, pero no podía correrse todavía, no hasta que ella lo pidiera. Sus manos bajaron a sus tetas, pellizcando sus pezones duros, arrancándole otro grito.

—Eres mía —repitió Joel, mordiendo su hombro, sus dientes dejando una marca—. Aunque él te folle, eres mía.

—Soy tuya —jadeó Nayeli, sus ojos abriéndose para mirarlo, su rostro enrojecido de placer—. Y de él… joder.

El ritmo se volvió frenético, los tres moviéndose como una máquina de deseo, sus cuerpos sudorosos chocando en un caos glorioso. Nayeli estaba al límite, su coño y culo apretándose, sus gemidos convirtiéndose en súplicas. Joel y Carlos se miraron por encima de ella, un acuerdo tácito en sus ojos. Querían darle todo, pero también querían marcarla, reclamarla de una manera que nunca olvidara.

—Arrodíllate —ordenó Carlos de repente, retirándose de su coño con un gemido de frustración.

Joel salió de su culo, su polla brillando con lubricante, y Nayeli jadeó, su cuerpo temblando por la pérdida. Pero obedeció, deslizándose al suelo, sus rodillas hundiéndose en la alfombra. Su rostro estaba enrojecido, sus labios hinchados, el sudor brillando en sus tetas. Los miró a ambos, sus ojos brillando con hambre.

—Quiero su corrida —susurró, su voz un desafío—. En mi cara. Háganlo.

Joel gruñó, su mano rodeando su polla, mientras Carlos se posicionaba a su lado. Nayeli los miró, lamiéndose los labios, sus manos subiendo a sus propias tetas, masajeándolas para provocarlos más.

—Joder, eres perfecta —dijo Carlos, masturbándose con furia, su polla apuntando a su rostro—. Abre la boca, puta.

Nayeli obedeció, su lengua saliendo, sus ojos alternando entre Joel y Carlos. Joel sintió el placer estallar en su interior, su mano moviéndose más rápido, la imagen de Nayeli, arrodillada y rogando, llevándolo al límite.

—Eres mía —gruñó Joel, su voz rota, mientras su polla palpitaba—.

—Soy tuya —jadeó ella, justo cuando el primer chorro de semen salió de la polla de Joel, golpeando su mejilla, deslizándose por su barbilla.

Carlos gruñó, su corrida siguiéndolo de cerca, salpicando sus labios, su lengua, su frente. Nayeli gimió, sus manos apretando sus tetas, dejando que el semen de ambos la cubriera, goteando por su rostro, cayendo sobre sus pechos. Era una visión obscena, gloriosa, y Joel sintió una mezcla de orgullo y rendición al verla así, marcada por los dos.

—Joder, qué puta —murmuró Carlos, jadeando, su mano aún en su polla, exprimiendo las últimas gotas.

Nayeli se lamió los labios, saboreando su corrida, y los miró con una sonrisa que era puro poder.

—Esto es solo el comienzo —susurró, su voz temblando de placer.

Los tres se quedaron en silencio, jadeando, el cuarto lleno del eco de su éxtasis. Joel y Carlos se sentaron en la cama, exhaustos, mientras Nayeli se levantaba, el semen aún goteando por su rostro. Fue al baño, regresando con una toalla, limpiándose con una lentitud deliberada que los mantuvo hipnotizados. Pero había algo en su mirada, una chispa nueva, que hizo que Joel se tensara.

—¿Qué pasa? —preguntó Joel haciendo preguntándole a Nayeli, su voz baja, mientras ella tenía se colocaba la bata, cubriendo su cuerpo desnudo. Había una nota de preocupación en su tono, una grieta en la fachada de control que había mantenido durante la noche. El cuarto aún olía a sexo, el aire pesado con los ecos de sus gemidos, pero algo en la forma en que Nayeli se movía —lenta, casi demasiado deliberada— lo puso en alerta.

Nayeli se giró, la bata cayendo sobre sus curvas como un velo, sus ojos oscuros brillando bajo la luz tenue. Había una sonrisa en sus labios, pero no era la sonrisa juguetona de antes. Era algo más profundo, más complejo, como si estuviera midiendo sus palabras.

—Nada, amor —respondió, su voz suave pero con un filo que Joel no pudo ignorar. Se acercó a él, sus dedos rozando su pecho desnudo, aún sudoroso—. Solo estoy… saboreando el momento.

Carlos, que se había vestido en silencio, recogiendo su camiseta y jeans del suelo, soltó una risa baja desde el otro lado del cuarto. Se acercó a la cama, su presencia imponente incluso después de todo lo que habían compartido. Sus ojos se detuvieron en Nayeli, luego en Joel, una chispa de diversión en su mirada.

—Qué noche, joder —dijo, ajustándose el cinturón—. Creo que me voy a retirar antes de que me pidan que sigamos y ya con lo de hoy siento que ha sido suficiente jajaja. No estoy seguro de poder seguirles el paso.

Nayeli rió, un sonido ligero que rompió la tensión, y se acercó a Carlos, poniéndose de puntillas para darle un beso rápido en la mejilla. Su bata se abrió ligeramente, dejando entrever la curva de su seno, y Joel notó cómo los ojos de Carlos se detuvieron allí un segundo de más.

—Gracias por… todo —dijo Nayeli, su tono cargado de insinuación, pero también de despedida—. Nos vemos mañana, ¿sí?

Carlos asintió, dándole una palmada suave en el culo que hizo que ella jadeara, más por sorpresa que por deseo. Luego miró a Joel, extendiendo una mano.

—Sin rencores, amigo —dijo, su sonrisa confiada pero no arrogante—. Esto fue cosa de los tres.

Joel tomó su mano, apretándola con más fuerza de la necesaria. No había rencores, no exactamente, pero algo en su pecho seguía ardiendo, una mezcla de celos y orgullo que no podía nombrar.

—Claro —respondió, su voz más seca de lo que pretendía—. Hasta mañana.

Carlos se despidió con un guiño y salió del cuarto, la puerta cerrándose tras él con un clic que resonó como un punto final. El silencio que siguió fue pesado, lleno de las cosas no dichas entre Joel y Nayeli. Ella se acercó a la ventana, mirando hacia la noche caribeña, las luces del resort reflejándose en el mar. Joel se sentó en la cama, su cuerpo agotado pero su mente acelerada.

—¿Estás bien? —preguntó, rompiendo el silencio. Necesitaba saberlo, necesitaba entender qué significaba esto para ellos.

Nayeli giró, apoyándose contra el marco de la ventana. La bata se deslizó un poco, dejando al descubierto su muslo, y Joel sintió un eco del deseo que había consumido la noche. Pero ahora había algo más, una corriente subterránea que no podía ignorar.

—Estoy más que bien —respondió, cruzando los brazos, lo que hizo que sus tetas se alzaran —. Pero… ¿y tú? Esto fue intenso, Joel. Más de lo que planeamos.

Él asintió, pasándose una mano por el cabello. Intenso era quedarse corto. Ver a Nayeli con Carlos, sentirla entre los dos, había sido como caminar por una cuerda floja sobre un abismo. Excitante, aterrador, adictivo. Pero ahora, con Carlos fuera, la realidad se asentaba como polvo después de una tormenta.

—Fue… joder, no sé ni cómo describirlo —admitió, sus ojos encontrando los de ella—. Me volviste loco, Nayeli. Pero también… mierda, no sé si puedo seguir haciendo esto sin perder la cabeza.

Ella se acercó, sentándose a su lado en la cama. Su mano encontró la suya, sus dedos entrelazándose, cálidos y seguros.

—Entonces hablemos —dijo, su voz más seria de lo que había sido en toda la noche—. ¿Qué sentiste? ¿Qué quieres? Porque esto no funciona si no estamos en la misma página.

Joel la miró, sorprendido por la vulnerabilidad en su tono. Nayeli siempre había sido la fuerte, la que empujaba los límites, pero ahora había una grieta en su armadura, una necesidad de conexión que lo golpeó fuerte.

—Sentí todo —confesó, su voz baja—. Celos, cuando él te tocaba. Deseo, cuando gemías por él. Poder, cuando te reclamé. Pero también… miedo. Miedo de que esto nos cambie, de que quieras más de lo que puedo darte.

Nayeli lo estudió, sus ojos buscando los suyos. Luego se inclinó, besándolo suavemente, sus labios cálidos y dulces, un contraste con la ferocidad de antes.

—No quiero más de lo que tú me das —susurró contra su boca—. Esto fue un juego, Joel. Un juego que jugamos juntos. Pero tú eres mi hogar. Siempre lo serás.

Sus palabras aliviaron algo en él, pero no disiparon del todo la sombra en su pecho. Antes de que pudiera responder, un golpe en la puerta los interrumpió. Ambos se tensaron, mirando hacia la entrada. Eran pasadas las dos de la madrugada; nadie debería estar allí.

—¿Quién es? —preguntó Joel, levantándose, su cuerpo aún desnudo bajo la sábana que se había envuelto.

No hubo respuesta, solo otro golpe, más insistente. Nayeli frunció el ceño, ajustándose la bata, y caminó hacia la puerta. Joel la siguió, su instinto protector despertando. Ella abrió la puerta, revelando el pasillo vacío, pero en el suelo había un sobre blanco, sin nombre ni dirección.

—¿Qué demonios? —murmuró Nayeli, agachándose para recogerlo. Lo abrió con cuidado, sacando una nota escrita a mano y una foto. Su rostro palideció al verla, y Joel sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué es? —preguntó, acercándose.

Ella le pasó la foto, sus manos temblando ligeramente. Era una imagen borrosa, tomada desde lejos, pero clara en lo que mostraba: Nayeli, Joel y Carlos en el club la noche anterior, sus cuerpos pegados en la pista de baile, las manos de Carlos en las caderas de Nayeli, la mirada de Joel fija en ellos. La nota, escrita en una letra apretada, decía: “Sé lo que hicieron. Si no quieren que todos lo sepan, dejen $5000 en la recepción mañana a medianoche. Habitación 312.”

Joel sintió el suelo moverse bajo sus pies. Alguien los había visto, los había fotografiado, y ahora los estaba chantajeando. La euforia de la noche se desvaneció, reemplazada por una mezcla de rabia y miedo.

—¿Quién mierda hizo esto? —gruñó, tomando la nota, sus ojos escaneando las palabras como si pudieran revelar al culpable.

Nayeli se mordió el labio, su mente trabajando a mil por hora. Pero en lugar de asustarse, su expresión se endureció, una chispa de determinación en sus ojos.

—No sé —dijo, su voz baja pero firme—. Pero no vamos a pagar. Vamos a encontrar a este hijo de puta.

Joel la miró, sorprendido por su calma. Había esperado miedo, quizás lágrimas, pero Nayeli parecía lista para la guerra. Y, joder, eso lo excitó tanto como cualquier cosa que habían hecho esa noche. Su esposa no solo era una diosa en la cama; era una luchadora, y eso lo hacía amarla aún más.

—¿Cómo? —preguntó, su mente dando vueltas—. No sabemos quién es. Podría ser cualquiera en este maldito lugar.

Ella se acercó, su mano rozando su mejilla, sus uñas pintadas dejando un rastro cálido.

—Empecemos por la habitación 312 —dijo, su tono calculador—. Mañana, mientras todos hayan salido al trabajo, vamos a investigar. Pero ahora… necesitamos descansar. Y hablar.

Joel asintió, aunque el peso de la nota seguía en su pecho. Se sentaron en la cama, la foto entre ellos como un recordatorio de su vulnerabilidad. Nayeli se acurrucó contra él, su cuerpo cálido bajo la bata, y por un momento, el mundo se redujo a ellos dos.

—¿Crees que fue Carlos? —preguntó Joel, la duda royéndolo.

Nayeli negó con la cabeza, sus dedos trazando círculos en su pecho.

—No. Él estaba con nosotros todo el tiempo. Y no tiene sentido que se arriesgue así. Esto es alguien más… alguien que nos vio y quiere sacar provecho.

Joel suspiró, pasándose una mano por el rostro. La noche había sido un torbellino de deseo, pero ahora estaban en un juego diferente, uno con apuestas mucho más altas.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó, mirando sus ojos, buscando la seguridad que siempre encontraba en ella.

Nayeli sonrió, una sonrisa que era mitad desafío, mitad promesa.

—Jugamos su juego, pero a nuestra manera —dijo, su voz baja, casi un susurro—. Vamos a encontrar a quien hizo esto, y cuando lo hagamos, van a desear no haberse metido con nosotros.

Se inclinó, besándolo con una intensidad que lo tomó por sorpresa. Sus labios eran fuego, su lengua exigente, y Joel sintió el deseo despertar de nuevo, aunque su cuerpo estaba exhausto. Pero antes de que pudiera profundizar el beso, ella se apartó, sus ojos brillando con una idea.

—Y sabes qué? —añadió, su tono cargado de picardía—. Mientras resolvemos esto, no tenemos que dejar de divertirnos. Estamos llenos de posibilidades, y nosotros… bueno, nosotros sabemos cómo aprovecharlas.

Joel rió, a pesar de todo, su risa mezclándose con la de ella. La nota en el suelo era una amenaza, pero también un desafío, y con Nayeli a su lado, sentía que podían enfrentarlo todo. La noche había terminado, pero la historia, al parecer, apenas comenzaba.

Mientras se acostaban, sus cuerpos entrelazados, Joel no pudo evitar preguntarse quién estaba detrás de la nota. ¿Un huésped celoso? ¿Alguien del grupo de amigos? ¿O algo más oscuro, algo que aún no podían ver? Lo único que sabía era que, con Nayeli, cada paso sería una aventura, y él estaba listo para seguirla, sin importar a dónde los llevara.

Continuara…

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