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Dominaciónago 2025

Ya soy una mujer perdida en su infierno

Llegó como una dama intocable, pero la noche tenía otros planes. En la oscuridad del departamento, su elegancia se desmoronó bajo el peso de tres bestias que conocían su debilidad más oscura: el placer en la vergüenza. Esta vez, no había vuelta atrás.

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Llegué al departamento donde estaban ellos desde el aeropuerto, al que me fui directo del trabajo, es decir llegué de falda tubo tres dedos arriba de la rodilla, medias, blusa blanca abotonada ajustada a la cintura y blazer azul oscuro, de tacos altos y con maquillaje de oficina, toda una dama. El pelo tomado atrás que me deja una frente ancha y resalta mi pequeña y respingada nariz, mi boca de labios finos y mis pómulos altos hace que no se noten mis cincuenta años.

Al abrir la puerta del departamento los tres hombres se pusieron de pie con una sonrisa. Un beso afectuoso en la mejilla, ayudarme a sacar el blazer, un comentario halagador. Los tres, cincuentones, duros, grandes de aspecto rústico pero educados (como diría una amiga de la universidad, para elegir es cosa de mirar de la cintura abajo). Claro que los tres casados, mineros, relajados, jefes que bajaban de un turno de 14 días en la mina.

- “Hermosa y elegante como siempre”, me dijo el Dos recogiendo mi bolso y dejándolo sobre el sillón y luego el Tres (los llamo por números para evitar problemas) me separa la silla y me ayuda a acomodarla a la mesa de póquer.

Me sirvieron un whisky con mucho hielo como saben que lo tomo y jugamos un par de horas hasta que renunciaron a tratar de ganarme mas de lo que había en la mesa. Soy ejecutiva de un banco así que puedo recordar números por lo que nunca pierdo mucho. Cuando fuimos a sentarnos a los sillones esperando un delibery las apuestas sobre mi ropa interior, las bromas sobre mis tacos altos o si en el gimnasio sudaba entre las piernas, eran cada vez mas mordaces y comenzaba a ser la hembra de la jauría.

Era el comienzo de una noche en que lentamente me fui hundiendo en mi sexualidad que vive bajo la negra agua de la total obediencia. Una noche en que ellos que saben que mi excitación necesita el lastre de la vergüenza, del dolor, de la humillación, de que mi placer vive en lo mas abyecto ruin y despreciable, me fueron preparando.

La sala de luz indirecta tiene en un extremo las ventanas abiertas es espaciosa, una mesa baja y robusta al centro está rodeada de tres sillones individuales y uno de cuero, mullido y amplio como barco. En el otro extremo la sólida mesa de póquer y una pared áspera de piedrecillas salientes que hieren la piel. En un costado un librero inmenso con una TV empotrada y al otro un bar con sus taburetes altos donde se suele sentar el Cuatro. El Dos me llamó primero y me sentó sobre sus piernas y comenzó a subirme el vestido “sufre guachito, sufre” le decía el Tres que estaba al frente subiéndome el vestido y paseando sus manos por entre mis piernas.

Luego fueron cambiándome de sillón, pasándome de mano en mano entre risas y comentarios cada vez mas insultantes, desabrochándome la blusa, abriéndome el cierre de la falda, sentándome en la mesa de centro que es bajita para sacarme las medias con música de fondo. No era la primera vez con ellos. Sabía a lo que iba. Y reconozco que la situación me provocaba, me encendía escucharles pronunciar palabras eran fuertes, vulgares, otras denigrantes.

Abrazada por el Tres, con su brazo rodeándome el cuello, en el sillón grande, alcanzaba a meter su su mano bajo mi blusa hasta pellizcar mi pezón y al otro lado el Dos me tomaba la mano, la metía dentro de su pantalón y me decía “vamos flaquita, despierta la bestia”.

- “Miren a los lindos, si ayer no mas estaban con puros viejos olor a tierra, feos como la maldad”, dijo el Cuatro con la vista perdiéndose bajo el vestido que se me había subido demasiado, al tiempo que sentía palpitar caliente nervuda y húmeda el pedazo de carne entre sus piernas.

Ya casi totalmente desnuda estaba ansiosa, agitada con mi cara sobre la entrepierna del Tres, y dispuesta a todo, cuando el Dos me tiró del brazo me puso de pie y me quitó la tanga, miró a los demás, me la metió a la boca y dijo riéndose de su travesura “como ella no tienen nada que decir, me la presto unos momentos” y desnuda sobre mis tacos altos me empujó al dormitorio. Tanto manoseo tanto exhibirme había logrado encenderme y si soy franca debo reconocer que esperaba ese momento. Creí merecerlo. El dormitorio a oscuras se iluminó con la luz del pasillo y el hombre me tiró sobre la cama boca abajo, metió bajo mis caderas muchas almohadas dejando levantada mi cola y me abrió de piernas y apuntó a mi vagina húmeda ya, desde atrás, con las ganas reprimidas de semanas arriba en la mina. Me ensartó sin palabras, sin asco violento, brusco, y me dejó aplastada bajo su caliente cuerpo de 80 kilos. Me mantuvo allí aplastada con mis rodillas raspando las sábanas, soportando embestida tras embestida, la cara hundida en un cojín rendida, bramando de incomodidad y gimiendo de dolor soportándolo hasta su final, sin derecho para mi a placer alguno.

Cuando mis gritos se calmaron, adolorida y amansada ya, se dibujó en la puerta del dormitorio que había quedado abierta la silueta del Cuatro con solo sus slips y su paquete a reventar. El Dos había terminado recién dentro mío y chorreaba semen entre mis piernas hasta las almohadas que había puesto bajo mío. Yo, boca abajo, desencajada y transpirando me reponía de esa violación cuando salió de la cama.

Intenté darme vuelta y enderezarme, mas por dignidad que por deseo pero el Cuatro con su mano en mi espalda me aplastó a la cama y me dijo “Quédate allí, ni te muevas putita” y salió. Estaba incómoda, no me había duchado, venía de un largo viernes de trabajo y sentía necesitar un desodorante y ni que pensar en mi maquillaje. El Cuatro regreso con la crema de cuando me lo harán anal. “No, por favor, no… no me he hecho un buen aseo, te lo suplico, tu viste que no alcancé a bañarme, venía del trabajo, por favor” le imploré. “Aja, no te preocupes, si es ese el problema, entonces te lo pongo forrado” y volvió a salir y regresó con un condón a medio poner. Cuando sentí el hielo de la crema en mi ano, los dedos que me la metían, cerré los ojos y me aferré a las sábanas, dispuesta a que me partiese y a soportar 90 kilos sobre mí. Me aplastará sin misericordia pensé.

Y me aplastó. Primero a los pies de la cama, me separó de piernas y se subió a ella, se puso de rodillas entre mis muslos. Yo me mordí los labios y hundía mi cara en las sábanas limpias pero con semanas sin uso. El dormitorio seguía a media-luz y la cama se balanceó cuando se la corría con su mano endureciéndosela mientras con la otra sobre mi cintura me aplastaba a la cama. Cerré los ojos los brazos tensos y los dientes apretados, duros, cuando se agachó y la punta aceitosa del condón apuntó entre la crema de mi ano aguanté la respiración. Sin consideración ni cuidado se dejó caer aplastándome. Simplemente me atravesó como un cuchillo caliente cala la mantequilla, y dejó caer su cuerpo sobre mí y mi grito se debe de haber escuchado hasta la calle. Fue un alarido que me hizo levantar la cabeza y golpear con mis manos la cama como nunca la había hecho. Doble mi cuello y traté de atravesar el colchón con mi cabeza. “Nooooo” exclamé, solo “noooooo” y creí que su verga aparecía por mi estómago, lo sentía dentro mío como un gusano monstruoso en mis entrañas. En el cuello me habían puesto un collar de perro en el que se enredaba mi pelo y otro se me pegaba a la frente perlada de sudor.

Estaba presa bajo ese hombre. Rasgada. Y hacia esfuerzos, contorsiones, tratando de aspirar algo de aire, aleteaba tratando inútilmente con mis brazos delgados de alzarme, pero eso a él no le importaba, solo descansaba su cuerpo sobre el mio cubriéndome y hacia palpitar su polla dentro de mi. La sombra de uno de ellos se dibujó en el marco de la puerta a la que acudió por mi grito “nooo, solo plancharon a la putita” dijo y se fue, y su interrupción me permitió girar y sentir que volvía a mi, escindida por la mitad, atravesada como un pollo en el azadón.

Gemía desesperada con los codos de él junto a mis hombros y mi cabeza bajo su garganta y cuando comenzó el mete-saca se abrió un leve espacio para mi pecho permitiéndome respirar. Mugía, sí, yo, como vaca mugía, ronca, y solo esperaba que eyaculara dentro mío que se vaciara ya en mis entrañas cuando sentí sus caderas retirarse levemente, apoyarse en sus rodillas desclavándose para volver dejarse caer penetrándome brutalmente cada vez más profundo “eso de ponerte el culo arriba de los cojines, mejora continua se llama” escuché murmuraba jadeando “quedaste justa para sacártelo por la garganta putita, a quien se le iba a ocurrir” tomaba aire y me volvía a atravesar “estoy que te meto hasta las pelotas mismas” me susurraba al oído pero yo, roja, las sienes hinchadas y un sonido como gruñido manso que se escapaba de mi garganta de dolor y miedo no me permitían entender todas sus palabras. Nunca nada había estado tan dentro mío que finalmente no sentí que me llenaba, solo por sus espasmos por su palpitar más violento y duro y que luego caía desmadejado sobre mi entendí que eyaculaba. Al momento se apoyó en sus codos liberando mi espalda y se salió y quedó colgando de mi ano el condón, “déjatelo putita” me dijo, “me gusta como se ve allí”.

No podía levantarme, estaba petrificada, y aun sentía su peso caliente sobre mi, con mis brazos tiritando acalambrados y las piernas agarrotadas en esa cama que era como un infierno mullido.

Una luz tenue y un murmullo de risas y voces que provenían de a sala entraban por la puerta perdiéndose en la oscuridad del dormitorio. Lentamente me fueron siendo familiar mis brazos que me hormigueaban, encogí las piernas y la respiración se me dio después de un suspiro. Logré lentamente darme vuelta. Bajar los pies. Sentarme en el borde de la cama. La cara oculta entre mis manos cuando el Tres apareció en la pieza.

Alcé la vista interrogándole, “tendré que conformarme con lo que queda” -me dijo- y sin darme descanso me tomó del pelo brusco me volvió a acostar, pero esta vez boca arriba, dejó caer mi cabeza fuera del borde de la cama, colgando y me soltó el collar. Sabía que significaba eso. Sabía. Más no sabía si lo soportaría después de haber tenido encima a esas dos bestias. De verdad no lo sabía y estaba asustada, realmente asustada. Todo había sido entre procaz y burdo esa noche, todo en una nube de desprecio violento. Añoraba a JL.

Con JL esto no hubiera sucedido, con él presente, es cierto podían ser mas duros, mas intensos incluso, pero me miraban, ¡sentía que me sentian!. Sus manos caminaban a mi sexo o dejaban que yo llevara las mías allí. No era esta alfombra, esta cavidad para desfogarse sin vida. Inútil. Como ahora que me penetrará por la garganta tratando de alcanzar mi esófago con su semen.

No voy a contar como fue aquello, pero lo resistí. La vista roja, los labios blancos y una sensación de desamparo y soledad me llevaron a la ducha arrastrando los pies. Me senté en el suelo dejando caer el agua tibia por mi cuerpo. No era ese el sexo que me imaginaba entre ellos. No era esto, aunque rememorar esa fuerza avasallándome, esa carne caliente y dura abriéndome me humedecía perturbadoramente. Cuando se me arrugaban los dedos salí a secarme, a ponerme una tanga limpia y una bata de toalla y caminé hasta la sala llena de dudas. Me habían usado en el estricto sentido de la palabra. Usado y desechado para que me use otro.

Ingresé a la sala con la vista en el suelo, la lámpara del bar medio alumbraba los sillones y la mesa del medio ancha y baja donde había hielo whisky y una caja de madera. Los tres tirados en slips, uno en cada sillón. Por mi columna subía algo como un escalofrío. Me miraron con una falta de humor, de ausencia de esa chispa que otras veces mostraban y sí percibí un halo de maldad. ¿Llegaríamos hasta allí?, ¿me dirían acaso que esto se acababa?, ¿que me habían probado y no, no pasaba?, eso me preguntaba cuando el Dos con un vaso en la mano me dijo

- “Flaquita, ¿aun pataleas eh?, te teníamos ganas. Tu sabes, tres semanas en la mina entre viejos feos. Y bueno, nos quitamos las ganas, ¿es el trato no? Solo sexo...” y no encontró más palabras o dudó. Entonces el Cuatro continuó.

- “Y curiosidad flaquita. ¿Querís seguir? Tirando acá? Porque en el dormitorio, te mojaste pero no terminaste, y aguantaste nada más, y para eso, cualquiera pendeja aguanta, por unos billetes...” Y agregó tirado en el sillón, mirando a los otros con una mueca por sonrisa, “aunque un culito como el tuyo difícil de encontrar, ¿o no?”. Volvió su vista fría a mi solo un momento y me ordenó: “Siéntate en la mesa”.

Caminé hasta la mesa de centro y me senté con las rodillas juntas. Tenía miedo no sabía de qué. Alguien tomó la botella y los vasos y el Dos que estaba a mi derecha me alcanzó uno con whisky y mucho hielo y ellos se sirvieron otros. La botella se acabó.

- “Cuando aceptaste venir dijiste que te probáramos no? Cuéntanos, todavía quieres que te probemos flaquita?” El Cuatro, el más frío, el más cruel, al que más temía. Miré le piso y me arreglé el cabello sobre la frente.

- “Claro, sí, soy de ustedes, ahora”. Dije sin pensarlo aun sabiendo que me iba a arrepentir, que se me venía algo encima que no podría controlar. Tenía el vaso de whisky rodeado con ambas manos sobre mis rodillas juntas y la vista baja con una sonrisa forzada, no, ya no era la que había llegado en la tarde vestidita y muy compuesta. Ahora era la otra, la que quería que la sometieran a prueba, la que quería demostrar que era mejor que sus esposas. Demostrar que fue su ex el que perdió al irse con una pendeja de veinte años y dejarla abandonada. Que se la podía con los tres.

- “Bien, aperrada hasta el final, mira si apruebas vamos a seguir teniendo sexo contigo, los tres, te conocemos y te vamos a dar como a ti te gusta. De no...”. Le interrumpió el Tres: “De no nos vestimos nos vamos y nunca nos hemos visto”, y mirando el vaso agregó: “Y le contamos a JL que al final arrugaste, seguro que se va a poner contento pensando que solo con él te dabas”.

Siempre tuvimos claro con JL que nuestra relación era solamente sexual, el que subiera a nuestra cama a sus amigos era una demostración de ello. Y eso ayudó también a que yo descubriera o revelara mi afición, mi debilidad por esa cuota de violencia, de humillación y dolor que tanto me provoca sexualmente. Pero no por ello, por ser una relación solamente sexual, evitaba que me diera cuenta que a él le gustaba cómo me entregaba bajo su compañía. Y eso me hacia sentir bien, algo orgullosa, satisfecha. Pero ahora sin él, ahora solo con estos tres, quién sabe hasta dónde llegaré. Lo que sí sé es que si JL se entera, y seguro lo hará, sentirá añoranza de mí, y eso me gusta mucho, mucho mucho.

Sentado en el sillón como Superintendente que era en la mina me dijo “Sácate la bata y abre la caja que está detrás de ti”. Y empequeñecida por su mirada dejé caer la bata de mis hombros y quedé desnuda sentada en la meza en medio de ellos. Con una mano busqué la caja que estaba a mi lado y la abrí lenta: adentro solo había una tijera.

- “Córtate el pelo… pélate. Ahora”, y como por una descarga eléctrica me puse de pie. Quizás para arrancar, quizás para esconderme porque las tijeras en la caja eran inmensas, tan grandes que no sabía si podría tomarlas con mi mano, si me las podría. Dejé caer la caja sobre la mesa como si fuera contagiosa y las tijeras saltaron fuera con un ruido seco que aun escucho, al piso, y no podía quitar la vista de ellas. “Córtate el pelo, pendeja, ya. Puta”.

Y se puso de pie y se paró detrás de mí, me tomó por los hombros como afirmándome y luego abrazó mi cuerpo, lento, con sus manos acogió mis pechos sopesándolos, pellizcando suave mis pezones, estirándomelos hasta dejar una de ellas sobre mi seno cubriéndolo, con mi pezón entre sus dedos y dejó caer la otra sobando mi vientre duro rodeándolo, mis caderas hasta mi entre piernas. Metió directo sus dedos en mi sexo y luego acaricio mis piernas. Sentía su cuerpo duro, fuerte, pegado al mío, sentía su sexo flojo aun en mi cintura, y recordaba como me había penetrado momentos antes en la cama, por atrás, como me cruzó empalándome sin contemplación alguna y ahora me acaricia mi cuello como solo ellos saben hacerlo, mete sus dedos entre mi pelo y me lo sube y me dobla la cabeza hacia abajo y me deja en el cielo y mi respiración no puede ocultar mi aprobación, gozarlo sobre mis tacos altos en brazos de él, como gozar en la tenue calidez de la sala la sonrisa curiosa y burlona del Dos, con su mano dentro del slip tocándose, el mismo que poco antes me usara en la cama como se usa una cosa. Y el Tres que me atravesase la garganta y su semen me saliera por las narices pero que ahora también tiene su mano sobre su polla que comienza crecerle. Mas no podía controlar el temblor en mis manos y no quería volver a mirar lo que había dentro de la caja.

- Pélate putita, todo, acá. Ahora!. Me murmuró seco, duro al oído, casi disfrutándolo.

- Quiero culiarme a una calva, es raro, nunca lo he hecho, y tenís la oportunidad de ser tu; dijo el Tres desde su asiento.

El deseo se me borró cuando les escuché esas palabras esa orden me endurecieron el estómago y mi cuerpo se volvió rígido. Pero las manos de ese hombre detrás de mí, ese hombre, esos hombres se sabían mis dueños, conocían mi debilidad, mi cuerpo como si fuera el suyo. Y sentir como ese músculo comenzaba enderezarse en mi cintura me dolía, era por mí, por mis piernas, por mis pechos, por mi cintura que se enderezaba y crecía y no quería perderlo.

- “Podemos, podemos negociarlo?, murmuré mordiéndome los labios y sabiendo que con ello solo ganaba tiempo, nada más. Ni siquiera me miraron. El Tres en su sillón metió la mano dentro del slip y comenzó a agitárselo, y el Dos con su verga en la mano se puso de pie. Y sentí como el Cuatro me tomó los hombros, acarició mi cuello y bajó ambas manos por el borde mi cuerpo, por mi cintura, rodeando mi cintura, sus manos duras, fuertes abrazándome, sus manos que bajan hasta mis caderas y agarraban mis nalgas las sueltan y avanzan hasta mis entrepiernas. Yo con mis brazos echados atrás alcanzaba con mis manos sus piernas duras y tibias y las acercaba a mí, y así le miré arriba torciendo mi cuello, buscando su cara y sentí que su lengua bajaba y lamia mi mejilla que su boca se abría en mi pelo que buscaba mi nuca y sus manos junto a mis caderas me sujetaban. La tibieza de la sala era ahora de un calor sofocante y olía a semen, a sexo y a un lejano perfume ácido.

El Tres y el Dos tenían ya sus pedazos de carnes duras entre los dedos, rosadas, gordas, cabezonas apuntándome. “Tienes hasta que explote este animalito, si no te cortas el primer mechón cuando explote este, o ese, terminas acá. Es decir te vistes y te vas. Te vistes y te vas y nunca nos hemos visto”. Me amenazó el Tres mientras se meneaba su verga, la misma que había tenido en mis manos, bajo mis axilas, que me había penetrado sobre mi lengua hasta explotar dentro de mi garganta.

Llevé las dos manos a mi cara tapándomela, las subí hasta enredarlas en mi pelo y las arrojé con fuerza delante mio, “No ¡!! No!!! No puedo” grité entre sollozos y jadeo. Las manos del Cuatro detrás mio me tomaban las caderas y me refregaba su verga entre mi culo parado y caliente. No puedo!!..

- “Apúrate flaquita que con el espectáculo que estás dando este se va rápido” Me decía el Dos sonriente.

-“Y todavía podemos llamar para que vengan unas universitarias. Jovencitas, no como tu. Entusiastas, además le hacen empeño, a ver si nos enamoramos”, dijo riéndose en tres.

Estaba deseosa pero también estaba borrándoseme todo, una sensación de asco, de vómito parecía flotar desde mi estómago. La luz distante y baja hacía que en el suelo solo brillaran como colmillos de plata las tijeras, y mas atrás los cuerpos desnudos de los dos hombres se ven rojos en medio de la sombra, y de sus manos brotan sus vergas largas grandes y duras, apuntándome. Son inimaginablemente largas, grandes, palpitando por mi entre piernas.

- “Miren se nos puso blanca la flaca, está bien? preguntó el Tres al Cuatro que me tenía cogida por las caderas desde atrás. Sentí que me puso una mano en el pecho me subió el pelo que tenía sobre la cara, me tomó de mi cuello y me levantó la cara hacia él. Me miró a los ojos y se sonrió.

- “Está bien, necesita que le ayudemos a respirar nada más, unos segundos para recobrar el aliento y ver por dónde comienza a raparse” dijo y me dio vuelta, metió su mano por mi nuca y la subió pegada a mi cabeza recogiendo mi pelo entre sus dedos, alzó mi cara y se agachó y unió su boca a la mía. Sentí su lengua dentro mía, sentí sus labios pegados a los míos, sentí su respirar y su verga apuntándome en mi estómago y su otra mano en mi cara. Era un beso. Era un beso como alguna vez me habían dado. Sentí que su otra mano se desprendía de mi pelo y caía lenta por mi espalda y me apretaba a él y abrí mi boca y me entregué.

Cuando abrí los ojos otra mano me tomó de un brazo, me dio media vuelta y atrajo hacia él y vi al Dos. Era el más bajo, me llevaba no por mucho, me quitó del Cuatro y me acercó a él. Me recogió el pelo con sus dedos por sobre mi frente, y abrió su mano entera y la puso sobre mi mejilla, su mano me cubría la mitad de la cara, la otra sentí que me cogía entera mi seno. Le miré con sorpresa y miedo al tiempo que subí mi boca entregándosela, y me besó. Me había besado una vez antes, jugando con los demás, riéndose, mas este era un beso nuevo había deseo en él, había poder. No le correspondí, solo abrí mi boca y me deje ir, pero fue suficiente para hacerme sentir que estaba perdida, que era de ellos, que no había regreso. Solo olvido, quizás, quizás más adelante.

Me derrumbé, a los pies del Cuatro que aún estaba a mi espalda y frente a la mesa de centro con las tijeras que brillaban como cuchillos. El Cuatro se agachó y sentó detrás de mí en el suelo y me sujetó. Estaba mareada, hacía calor, sudaba pero ver las tijeras allí delante se me helaba el corazón. El cuatro sentado detrás me recostó en su pecho y quedé apoyada en su cuerpo. El Dos se sirvió otro trago, y me alcanzó uno con mucho hielo, creo era el cuarto vaso whisky que me tomaba esa noche.

El Tres sentado en el borde del sillón me miraba curioso, sentía que sus ojos me atravesaban. El sabía que haría. Sabía de mí, de mi sexo, mas que yo misma. Descansé en el cuerpo del Cuatro y dejé que acariciara mis pechos, dejé que recorriera con ambas manos abrazándome desde atrás mi estómago, que llegara hasta mis piernas, acariciara mi piel y me las recogiera y me las separara, dejé que me las abriera exhibiéndoles mi sexo rosado húmedo e hinchado, expuesto a la vista de ellos pero eché mi cabeza atrás, apegada a su hombro y le susurré rogándole, “no me hagas eso, no, por favor no”, pero deslizó sus dedos hasta el borde mi vagina y separó sus labios. Un aire fresco me penetró “no, por favor”, le rogué sin convicción, pero había perdido, me había entregado a ellos y ya más que avergonzarme me excitaba, y ellos lo sabían.

Así cobijada dentro del pecho caliente de ese hombre, rodeada de sus brazos nervudos y fragantes, con sus manos recorriendo la parte interna de mis piernas recogidas y mi sexo abierto para los demás, como una ola que invade la playa avanzaba dentro de mi cuerpo un erotismo implacable, una sensualidad postergada desde que entrase al departamento horas atrás, desde que me usasen en el dormitorio. Sus manos que bajasen desde mis rodillas llegaron finalmente a mi sexo. Acerco nuevamente sus dedos hasta mis labios, los separó y exhibió mi gusano encaracolado rosado duro, crecido. No lo tocó, recorrió con la yema de sus dedos justo a su alrededor aumentando su tamaño. Yo me mordía mis labios y no quería mirarlos sentados en el sillón, pero no lo resistí. Y cuando se encontraron con mi mirada deslizaron sus manos a sus sexos duros, rígidos ya y comenzaron nuevamente a acariciárselos. Estaban tan grandes y duros que me asusté. Podrían explotar en cualquier momento y sabía que no habría marcha atrás.

- “Apúrate putita, que este ya va en la última curva, y comienza a pelarte que si explota, te paras te vistes y te vas”. Los dedos alrededor de mi clítoris me presionaban suavemente, mi corazón hacia que mi seno subiera y bajara agitado y recordé el beso y recordé ese abrazo y su mano en mi mejilla y el fragante calor de quien me envolvía y antes de seguir, de que mi calentura me superara, no pude más y enajenada, ida completamente, me fui hacia adelante tomé la tijera y ciega me cogí un mechón de pelo la metí y cerré, cogí otro y volvía a atravesarlo y desprenderme de él y luego un tercero que ahora solté cual bicho repugnante. Acezaba como si hubiera corrido 10 kilómetros, sollozaba sin lágrimas, tiritaba. El pelo desprendido se pegaba a mi piel traspirada, a mi estómago, a mis piernas como lepra, caí adelante quebrada, con una mano cogiendo mis mechones y cortándolos cual sonámbula dejándoles desparramarse por mi cuerpo por el suelo mechones huérfanos ya, tiritaba y me costaba coordinar el pelo agarrado con mi mano y la tijera que cortaba. Y cortaba

- “Mas, mas… más” escuchaba al Cuatro ordenarme detrás de mí. Sabía que era mas, que sería todo, y seguía apenas atinando, pero con empeño. Era de ellos. Sentía mi corazón en la boca mientras el Cuatro desde detrás me sostenía por los hombros derecha sentada en el suelo y luego bajaba con una mano provocando mi seno tensando mi pezón y con la otra recorriendo mi entrepiernas abierta, hurgando mi sexo al que caían mechones abandonados y se mojaban con mi saliva vaginal empuercando todo. Me odiaba por sentir que el corazón de mi deseo estaba duro como cola de camarón tratando de buscar la caricia embadurnada de mi acicalado cabello, me odiaba, pero era inevitable retorcerme en sus brazos delante de los otros.

El Dos y el Tres en el sillón habían dejado de masturbarse y me miraban con esa sonrisa de curiosidad y alegría sentada en el suelo, las piernas recogidas y abiertas, delante y entre las piernas abiertas del Cuatro. Sentía su pecho en mi espalda, y a sus manos recorrer mis piernas abiertas, mi estómago llenas de pelos sueltos y agachaba mi cabeza sollozando dejando caer mechón tras mechón delate mío como hipnotizada.

- “Siéntate en la mesa” escuché que me ordenaban y me detuve y me arrastré como caracol y luego me encaramé lenta, como si lo hiciera por primera vez en mi vida, en la esquina de la mesa que no era más alta que una cama. Dejé mis pies en el suelo y femenina junté mis rodillas. Uno de ellos me alcanzó las tijeras y seguí podándome como autómata, sentía el frío del acero rozar mi cabeza cerraba y abandonaba el mechón expulsado y luego otro, tenía el cuerpo sudado pegoteado de pelos, pelos sobre la mesa, en el piso, entre los zapatos que cubrían mis pies, entre mis senos. Solo cortaba, y cortaba y cortaba sin pensar sin sentir, solo cortaba sin siquiera querer imaginar cómo me vería, como me verían ellos, como sería… como sería tener sexo así

- “Échate atrás”, y una mano tomó mi hombro y me recostó en la mesa dejándome boca arriba. Estaba helada y dura, mis rodillas quedaron el borde y mis pies en el suelo y llevé una mano a mi boca y la otra colgó junto a la mesa con la tijera aun entre los dedos. El Cuatro avanzó de rodillas y me arrastró dejando mis nalgas al borde de la mesa, me separó las piernas, abrió mi sexo y sentí como me penetraba lento, fuerte y profundamente y se quedaba allí dentro formando un solo cuerpo conmigo, sentía sus pulsaciones en mi matriz, un palpitar que me hizo saltar mis caderas y sus manos que me abrían. Instintivamente empujé tratando de ensartarme más en él aunque sabía que era imposible, subí las manos y sentí mi cintura, mis pechos pegoteados de pelos y no pude soportarlo más y alcé mi estómago, curvada como arco con solo mis nalgas y mis hombros sobre la meza y mis manos aferradas al borde de ella empujando hacia su verga que me atravesaba y sin grito, sin agitar mi cabeza solo como una botella de gas que explota expiré todo el aire de mi vida, ciega sobre la superficie de la mesa, sudada como el peor, un orgasmo ya inevitable me tensó, me curvó y luego me contrajo y desmoronó, abandonándome ajada cual animal sobre un mármol.

Cuando recobre algo de conciencia recuerdo que se alejaba de mi sacudiéndose mis pelos y que otro tomaba su lugar. Estaba mareada y necesité sujetarme a los bordes de la mesa. Era el Tres que al final de la mesa junto a mis rodillas me levantó ambas piernas con solo una mano desde mis tobillos, como quien levanta un pollo, me las dobló hasta tocar mis pechos y metió crema en mi ano. Tenía una sonrisa fría cuando descubrió que le miraba acusando mis restos de lujuria, mi boca entreabierta, mis pupilas dilatas, mi lengua entre mis labios humedeciéndolos y mis narices palpitando, expectantes, porque van a seguir y quería pensar que seguía siendo de ellos.

Debo haber sido una cosa burda pegoteada de restos de pelos, transpirada, exponiendo mis costillas, grotescamente calva, sin maquillaje alguno y la nariz roja y ojeras por el llanto. Las rodillas tocando mis senos, doblada sobre la mesa con mi ano expuesta a la altura de su entrepierna permiten que su verga dura y caliente, larga, larguísima me parta en dos penetrándome hasta sus pelotas que sentí colgando al final de mi espalda. Aletee como gallina sin cabeza al tiempo que suplicaba “despacito, despacito, por favorcito despacito” pero bajo su peso que me aplastó, al primer dolor lo siguió el placer que ellos sabían provocarme. Le miré asustada y descubrí que sentado en la mesa más arriba de mi cabeza estaba el Dos sujetándome desde mis hombros para que no cayera al suelo, y al otro lado sobre el sillón el Cuatro tomaba su whisky sonriente y satisfecho.

Ese infierno dulce infierno se prolonga. El Dos sobre mi cabeza me sujeta los pies que tengo levantados y recogidos mientras siento como el Tres desde abajo me penetra lento, profundamente, sujetándome de las nalgas abiertas con sus manos y se retira, lo justo para volver a incrustármelo, potente y lento, sonriente porque me ve pasar del dolor al asombro y luego al placer. Ve mi boca morderse los labios, mis cejas subir, mis ojos de miedo cuando pellizca hasta lo imposible mi pezón y mi respiración hacerse más y más rápida. Y sale, lo saca lo justo como castigo para hundirme nuevamente en esa agonía en que me ahogo. “Me trabaja” dicen ellos, y lo mete y lo saca tantas veces que mi ano está totalmente vencido y solo tiemblo como hoja. Me mira a mis ojos, fijo, sonriente diciéndome con ellos “te gusta, te gusta” al tiempo que me penetra hasta su mismo final y luego aplasta su cadera sobre mí, y lo hace palpitar dentro mio y abro mis ojos y sostengo la respiración. Busca su segundo final de esa noche conmigo y se controla y me controla a mí. Sé que será más lento, más largo, y cuando se retira y solo deja la cabeza de su verga dentro mío, y frota mis mechones huérfanos por mi clítoris sujetándome las piernas dobladas, me imagino me ve calva, fea, ridículamente grotesca, entonces siento su poder y mi vulnerabilidad, mi fragilidad ante él. Y me vuelve a taladrar, a retirarse sonriente y vuelve calzarme hasta mis últimas entrañas satisfecho, regocijándose y saberme allí sobre la mesa de centro, inmovilizada, cubierta de pelo y sudado cual esperpento me hace nuevamente comenzar a agonizar de placer. Y mientras su mano recorre mis nalgas atravesada hasta el alma misma escucho que dice “es como culiarse a extraterrestre”. Y siento sus dedos en mi sexo.

- “Te estas tirando a un alien viejo, un feto de alien, todo empapado”, dice el Dos que me sujeta los hombros para no caer pero también pellizca mis pezones con sus dedos que antes metió en el whisky y hace que me ardan insoportablemente “¿Quieres que te los chupe, putita que te los chupe?” dile al Tres que me lo diga y te los chupo mientras pasa por su otro pezón nuevamente los dedos con whisky.

- “Dile al Dos que me los chupe, por favor”, se me escucha decir pero el Dos insiste en mi oído, “Dile mas fuerte, mas claro, no te entiende”. Y sin poder ya soportarlo mas ese ardor vuelvo la cara y le ruego al Cuatro que me mira interesado “Por favor dile al Dos que me chupe las tetitas, que me las chupe y que solo deseo que me los chupe. O tu”

- Yo que? Responde sonriente

- Chúpame las tetitas por favor, tu, o el Dos chúpenme las tetitas… los pezones” se endereza junto a la mesa y se ve inmensamente grande y me dice “Vamos a ponernos de acuerdo primero, cual el y cual yo” y elige la que esta las distante. “Chúpenme las tetitas por favor, por favor se los suplico” sigo murmurando y ellos se agachan y me hacen sentir el frescor de sus lenguas. Respiro y a cada roce de sus lenguas es mayor el agrado que se transforma en placer, que me endurece los pezones me los hincha y dilata.

Hace instantes he tenido un orgasmo pero mi cuerpo parece haberlo olvidado porque me siento tensa y esa acidez de mi bajo estómago, ese sentirme abierta, rasgada y la respiración comienza a desencajárseme. El Tres abajo mio juega a meter solo su cabeza en mi ano ya dilatado totalmente “miren los viejitos, esta paja no tiene nombre” les dice y con su polla metida hasta la mitad en mi ano mete dos dedos en mi vagina. Me mira y se sonríe como haciendo una maldad, y en ese instante se lo que hará. Los dos dedos dentro mio comienzan a buscar su verga y ha rozarla. Mi gesto de dolor, un dolor visceral, como helado me hace cerrar mis ojos, es como si un cuchillo me partiese las entrañas, aferro mis manos a los brazos del Dos y del Cuatro que están a mi lado y una leche caliente me explota dentro de mi colita, me llena me rebalsa y el Dos me muerde suave el pezón y termino nuevamente en un orgasmo mortal, definitivo como ninguno. No es mi cuerpo ni mi sexo caliente abierto, es la sensación de ser poseída, de abrirme y de entregarme como un objeto. De ser de uso, de ser para uso de hombres.

La historia que quería contar llega hasta acá. Lo que sucedió después lo recuerdo poco y mal. Me justifica también el que bebí demasiado. Solo retengo cuando ya casi de madrugada después de ducharme y frente al espejo del baño, ahogada por la desesperación de mi aspecto se acercó por detrás mío el Cuatro. “Cierra los ojos” me dijo y me alcanzó una peluca idéntica a mi pelo, solo que de un corte más francés. “No te afeites lo que te dejaste, te va a servir para afirmarla” me advirtió. Era una Ellen Wille de cabello delgado y natural finísima. La sorpresa me conmovió, estaba obviamente muy susceptible, tanto que casi lloro. “Como sabías? además cuesta carísima… “. No me respondió, solo me pasó una camisa encima de los hombros y me condujo hacia el dormitorio y sin encender la luz se acostó conmigo, momentos después se nos unió el Tres “Se fue el Dosito, hay que cobrarle la apuesta” dijo en la oscuridad. Habían apostado si sería capaz de raparme. “hay tiempo la próxima semana en la mina” le respondió el Cuatro, mientras me acomodaba frente a él, y el Tres tomaba posición por detrás mío.

Zarina.

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