Gin-tonic con aceitunas
Celia creía estar sola en su casa, pero los ruidos en el salón revelan una escena prohibida: su mejor amiga y el novio de ella recreando una fantasía donde Celia es la protagonista sumisa. Escondida en la oscuridad, Celia no solo es testigo, sino que se convierte en el espejo de un deseo que nunca se atrevió a confesar.
Espero que os guste este nuevo relato. Está ambientado en el final del curso universitario, justo a principios de verano, así que también espero que no os de mucha envidia ni os deprima demasiado ahora que justo acaba. Como siempre, estoy más que encantada de leer vuestras opiniones y críticas tanto en la sección de comentarios como en mi gmail, así que ¡animaos!
Último examen recién terminado, y esperándome en casa un baño caliente con sales, buena lectura, un gin-tonic, unas aceitunitas y unos taquitos de queso para abrir boca… ¿Planazo, no? ¿Es posible mejorarlo? Pues sí. Tengo la casa para mí sola, pues Lidia está ya en el pueblo. Donde en teoría también estoy yo, por lo que a nadie se le va a ocurrir venir aquí a molestarme. Además, por si las moscas, el móvil está apagado. Y, por si fuera poco, mi Satisfyer acompañándome.
Al principio trato de disfrutar del baño, dejo que mi cuerpo se relaje en el agua con sales, enciendo una velita aromática con olor a vainilla, bebo unos sorbitos de gin-tonic, intento sumergirme en la lectura… pero no hay manera. Llevo demasiado tiempo sin sexo, y la tensión de los exámenes no ayuda. Estas últimas dos semanas ni siquiera he tenido tiempo para relajarme… digamos… manualmente. Así que decido olvidarme de la lectura y el picoteo por un rato y centrarme en mi propio cuerpo.
Tampoco tengo prisa, con toda la noche por delante, y quiero disfrutarlo bien, por lo que empiezo por apagar la luz del baño y encender una segunda vela para que sean estas las únicas encargadas de proveer iluminación. A continuación cierro los ojos y disfruto del calor del agua sobre mi piel. Poco a poco empiezo a usar las manos para acariciar mi cuerpo. Los pechos, el abdomen, los muslos… Noto como el deseo se va apoderando de mí lentamente; cada vez las caricias son más precisas, estimulando mejor mis zonas erógenas. Al mismo tiempo, casi involuntariamente, cruzo las piernas y presiono los muslos, sintiendo una todavía leve descarga de placer que comienza en mi sexo pero que termina llegándome hasta la nuca, después de vibrar a través de toda la columna vertebral.
Perdida ya en las brumas de la lujuria atrapo uno de mis erectos pezones con el pulgar y el índice de la mano derecha y empiezo a juguetear con él, no solo acariciándolo si no también pellizcándolo suavemente. Al mismo tiempo mi otra mano se detiene sobre mi abdomen, ejerciendo una ligera presión sobre este, perfecta para acompañar las pequeñas descargas que continúan provocando mis muslos todavía cruzados al entrar en contacto con mi coño. Estoy deseando estirar la mano y coger el Satisfyer, pero decido alargar un poco más el juego previo y cambio mis dedos al otro pezón, mientras mi mente vuela de un escenario erótico a otro.
Tras unos minutos más no me puedo seguir resistiendo y termino cogiendo el juguete. A pesar de sentir la tentación de poner la vibración al máximo y llevarlo directamente a mi coño, encuentro la fuerza de voluntad necesaria para empezar poco a poco, así que lo enciendo en el nivel más bajo y lo voy pasando por las zonas sensibles de mi cuerpo, haciendo especial énfasis en mis pechos, pero sin llevarlo a mi sexo todavía. Poco a poco voy subiendo el nivel de la vibración, mientras la mano que no controla el juguete continúa con su tarea de acariciar.
Estoy tan concentrada rememorando los últimos polvos que he echado mientras continúo dándome placer que tardo unos segundos de más en percibir los ruidos que llegan desde la otra punta del piso, pero cuando lo hago me detengo inmediatamente. ¿Ladrones?, pienso, asustada. Nunca es plato de buen gusto que entren a desvalijarte la casa, pero contigo dentro, desnuda y masturbándote con un juguete menos aún.
Rápidamente apago el motor del vibrador para evitar que se escuche el ruido sordo que emite desde fuera del baño, soplo sobre las velas para que no asome el menor rastro de luz por debajo de la puerta y, tratando de ser lo más sigilosa posible (aunque teniendo éxito a medias) salgo de la bañera y le echo el pestillo a la puerta. Sé que no me protegerá demasiado en caso de que los ladrones se empeñen en entrar aquí, pero sirve para darme cierta sensación de seguridad.
Escucho más pasos que se acercan, y murmullos de conversación, pero demasiado bajo para entender lo que dicen. Pego la oreja a la puerta mientras que empiezo a considerar la opción de esconderme dentro del armarito que hay junto al lavabo.
Ahora me parece distinguir dos voces distintas, una masculina y otra femenina, pero todavía no soy capaz de entender lo que dicen. Parece que han dejado de moverse por la casa. Probablemente estén registrando el salón o alguna habitación, pienso. De repente se me ocurre la idea de salir corriendo del baño y tratar de llegar hasta la puerta de casa. Es arriesgado, sí, pero si se han puesto a registrar la casa es que piensan que no hay nadie dentro, por lo que tendría el factor sorpresa a favor.
Y de todas formas, quedarse aquí encerrada rezando para que pasen de largo de esta puerta también es arriesgado. Todavía tardo unos minutos en tomar la decisión de lanzarme, pero, finalmente, termino buscando a tientas la toalla para secarme y no resbalar en mitad de la carrera. Cuando termino me envuelvo con ella lo mejor que puedo, ya que la ropa está en mi habitación, y tampoco es cosa de salir a la calle en pelota picada.
En cuanto estoy lista hago una cuenta atrás desde cinco para armarme de valor, respiro hondo, y suelto el pestillo tratando de hacer el menor ruido posible. Este apenas emite un leve chasquido, pero, en mitad de la quietud que reina en el piso, a mi me parece un estruendo horrible. Espero unos segundos para comprobar que no me hayan descubierto y voy con la manilla de la puerta. Esta hace algo más de ruido, está claro que hay que engrasarla un poco. Tomo nota mental de arreglarlo antes de que nos vuelvan a entrar a robar.
Sin embargo, parece que la diosa fortuna está conmigo, porque los dos ladrones no dan muestras de haber escuchado nada. De puntillas, pegadita a la pared y tratando de no hacer nada de ruido voy avanzando por la casa. Noto los latidos del corazón bombeando sangre a toda velocidad en el cuello, las muñecas, el pecho y la cabeza, lo cual no hace sino ponerme todavía más nerviosa. Ahora he empezado a sudar, tengo las palmas de las manos resbaladizas, y las plantas de los pies se me pegan al suelo de parquet, haciendo un desafortunado ruidito esponjoso cada vez que doy un paso.
De repente caigo en la cuenta de que llevo ya un tiempo sin escuchar a los ladrones. Ya había dejado de oírlos hablar antes de salir del baño, pero me ha dado tiempo a recorrer medio pasillo y ya ni siquiera los escucho moverse. ¿Se habrán dado cuenta de que estoy aquí y estarán tratando de emboscarme?, ¿o será que en realidad todo esto no han sido más que imaginaciones mías y estoy haciendo el indio por la casa adelante?
Ahora ya no sé si seguir avanzando para huir del piso o volverme hacia el baño y hacer como si nada hubiese pasado. ¿Será posible que me lo haya imaginado todo?, me cuestiono, parada en medio del pasillo, como una estatua. Justo entonces escucho un ruidito. Algo a medio camino entre un suspiro ahogado y un gemido. Así que no eran imaginaciones mías, sí que hay alguien en casa. ¿Pero de verdad se han puesto a follar los ladrones? Debo de haber interpretado mal el gemido, pienso. Entonces soy consciente de mi casi desnudez y me siento todavía más vulnerable.
El ruido provenía del salón, por lo que debería ser una zona a evitar, pero necesito pasar por delante para llegar a la puerta. Una vez más no tengo ni idea de qué hacer. Me he quedado en blanco en medio del pasillo.
Es un nuevo gemido (ahora ya no hay duda), el que me saca de mi bloqueo mental. No se que cojones están haciendo esos dos, ni a que han venido (¿habrá ladrones que además de robarte se lo montan en tu casa?, ¿como un fetiche o algo así?), pero desde luego no quiero formar parte de ello de ninguna de las maneras.
Así pues, continúo deslizándome sigilosamente por el pasillo, sobre las puntas de los pies. Ya casi he llegado al recibidor. Solo tengo que cruzar por delante de la puerta del salón sin que esos dos colgados me vean y estaré a dos metros de la puerta de casa. De hecho, aunque me vean, no les daría tiempo a atraparme antes de que salga al rellano y pueda ponerme a gritar como una loca para pedir ayuda.
Quizás es esa certeza, junto con una ardiente curiosidad, lo que me hace asomarme a la puerta durante unos instantes.
¡Joder!, ¿de verdad acabo de ver lo que acabo de ver?, pienso inmediatamente después de asomarme, ya refugiada tras la seguridad de la pared del pasillo. Sin poder evitarlo, me asomo una segunda vez, como buscando una comprobación.
Y, efectivamente, tal como me temía tras el primer vistazo, no hay ladrones en el piso. Son solo Lidia, mi mejor amiga y, desde hace dos años, también compañera de piso; junto con Pedro, su novio. El problema, claro, radica en que ambos están desnudos. Él sentado en el sofá, cómodamente reclinado contra el respaldo, con las piernas abiertas. Entre ellas, mi amiga, de rodillas y presumiblemente con su polla en la boca.
Debido a la orientación del sofá, al asomarme a la puerta me quedo frente a frente con Pedro. Afortunadamente Lidia está atendiéndolo bien, por lo que tiene los ojos cerrados y no me ve.
¿Y qué coño hago ahora?, me pregunto. No puedo largarme sin más, me oirían abrir y cerrar la puerta y se imaginarían que los había descubierto. Peor aún, podrían pensar que llevaba todo este rato mirándolos, como una voyeur. Pero la verdad es que no tengo ningunas ganas de refugiarme en el baño y pasarme la noche escuchándolos dale que te pego.
Joder, casi prefería que fuesen ladrones, pienso, abatida, mientras dejo que mi espalda resbale por la pared y me siento en el suelo, dándole vueltas en la cabeza al problema al que me enfrento. Cuando ya he decidido optar por ir a esconderme en el baño, capto una conversación que llama inmediatamente mi atención.
¿Te gusta, verdad? - pregunta mi amiga -.
No pronuncia bien las palabras. Habla como si tuviera algo en la boca, lo cual le da un acento casi cómico. Creo que puedo imaginarme qué es lo que provoca esa curiosa manera de vocalizar.
Sí - suspira Pedro, con la respiración entrecortada -.
Pero te gustaría más si fuera Celia - dice Lidia. No es una pregunta, si no una afirmación -.
¿Qué? ¿Acabo de escuchar lo que creo que he escuchado? Celia soy yo. ¿De verdad acabo de escuchar a mi mejor amiga desde los tres años diciéndole a su novio que disfrutaría más de la mamada que le está haciendo si fuese yo la feladora?
Sin poder evitarlo, me asomo tímidamente al marco de la puerta para asegurarme de que todo esto es real. ¿Se habrán dado cuenta de que estoy aquí y me están gastando una broma? Eso lo explicaría todo.
Sí - responde Pedro, con una sonrisita descarada adornándole el rostro, sin molestarse ni un ápice por negarlo. Afortunadamente todavía tiene los ojos cerrados, por lo que no me descubre al asomarme -.
Por la forma en que responde, me queda claro que esta no es la primera vez que tratan el tema.
¿Y qué más te gustaría hacerle a Celia? - pregunta Lidia, todavía con la misma mala pronunciación de antes -.
¿A dónde quieres ir a parar con esto? - pregunta a su vez Pedro -.
Eso mismo me gustaría saber a mí, pienso, refugiada en el pasillo.
Sólo pregunto - contestó Lidia, juguetona, ahora sí, pronunciando bien las palabras. Debía de habérsela sacado de la boca -.
Transcurren unos segundos en los que ninguno de los dos habla, hasta que Lidia rompe el silencio.
No me la voy a meter en la boca hasta que no contestes -.
Pedro se ríe, pero termina por hacer lo que le dice.
¿Quieres saberlo todo? - pregunta -.
Hasta el último detalle - contesta Lidia, de nuevo pronunciando como si tuviese papas en la boca -.
¿Y en esta fantasía hipotética estás presente o ausente?
Digamos que sólo observo.
Mmmm… - suspira Pedro, pensando su respuesta mientras disfruta de las atenciones orales de mi amiga -. Me gustaría tenerla de rodillas chupando, igual que tú ahora.
¿Qué más? - insiste Lidia -.
Follarla.
Detalles. Quiero detalles. Y si quieres que la mamada continúe más te vale dármelos. Imagínate que estoy sentada en esa butaca de ahí y Celia entra por la puerta dispuesta a hacer lo que tú quieras. Dime qué le harías. Descríbeme la escena.
Pedro tarda unos segundos en contestar.
Le diría que se desnudase antes de entrar. No, mejor, que me hiciese un striptease - se corrige -.
Mmm… A mí también me gustaría ver eso. ¿Y después?
Que venga hasta aquí. A cuatro patas, como una perra - contesta Pedro, emocionándose -.
Lidia también ha debido hacerlo porque ahora los ruidos producidos por su boca suenan más fuerte.
Cuando llegue a mí le diría que se ponga de rodillas…
¿Se lo dirías o se lo ordenarías? - interrumpe Lidia, tanto la contestación como la mamada -.
Se lo ordenaría.
¿Cómo?
¿A qué te refieres?
Dime lo que le dirías.
¡De rodillas, puta! - exclama Pedro, emocionándose de nuevo y elevando el tono más de lo aconsejable -.
¿Puta? No, Celia no es una puta. Zorra le quedaría mejor - le rebate Lidia -.
Atónita ante lo que estoy escuchando (¿zorra me queda bien? ¿en serio, Lidia?), pero también absorta en la conversación, no puedo evitar inclinarme más hacia la puerta para asegurarme de no perderme ningún fragmento de ella.
Pues zorra entonces. ¡De rodillas, zorra!, le diría. Y luego le daría con la polla en la cara, unas buenas bofetadas con la polla.
Oh, eso me encanta - suspira Lidia -. Házmelo.
Inmediatamente después se escucha un ruidito húmedo, probablemente producido por el miembro de Pedro saliendo de la boca de Lidia, y un par de golpes que sólo se podrían describir como húmedos. Ahí están las bofetadas que tanto te gustan, zorra, pienso.
Dime que más. ¿Le dejarías hacerte una mamada o prefieres follarle la boca?
Joder… Follarle la boca.
Hasta que se le salten las lágrimas.
Exacto. Que le estropeen esa carita de princesa estirada que tiene siempre.
Hazlo.
¿Qué? - pregunta Pedro -.
Que lo hagas. Cierra los ojos y piensa que soy Celia. Fóllame la boca como se la follarías a ella.
Incapaz de creerme que de veras Lidia esté dispuesta a llegar tan lejos, en un arrebato de valor (o quizás locura) decido aprovechar que Pedro tendrá los ojos cerrados para entrar en el salón para verlo. Tiene que ser una broma; saben que estoy aquí y se están quedando conmigo, pienso, mientras, de puntillas, entro en la habitación.
Tal como suponía Lidia está de espaldas, todavía arrodillada, y Pedro tiene los ojos cerrados. Ninguno de los dos me ve ni tampoco da muestras de oírme mientras me deslizo por el salón en busca de un escondite desde el que pueda observar la acción.
Al final termino agachada tras el respaldo de una butaca con reposapiés bastante grande (la misma en la que Lidia había dicho que estaría sentada en su fantasía, de hecho), por lo que no tengo problemas en ocultarme y puedo verlo todo sin complicaciones.
En ese momento, Pedro, tal como había dicho que me haría a mí, empieza a follarle la boca a Lidia. Con ambas manos colocadas en su nuca, le impide retirar cabeza, e, impulsándose con la cintura, mete y saca su polla en la boca de mi amiga con una violencia para mí inusitada.
En mi vida había sido partícipe de una práctica semejante, y de hecho, cierta parte de mí esperaba que en cualquier momento Lidia se revolviese y le soltase un bofetón. Pero otra parte de mí, tenía que reconocer, lo encontraba… hasta cierto punto, excitante.
Finalmente, Pedro, sudoroso por el esfuerzo, suelta la cabeza de Lida y ambos se separan. Ella, exhausta y con la cara surcada de lágrimas, que se deslizan por su barbilla hasta caer sobre sus pechos, queda sentada en el suelo, apoyada en una de las piernas de Pedro, jadeando mientras trata de recuperar la respiración.
Él, reclinado contra el respaldo del sofá, disfrutaba de las vistas mientras se acariciaba la polla con la mano derecha. Por lo visto no había tenido suficiente.
Deja eso, que es mi trabajo - le dice Lidia, apartándole la mano y comenzando a masturbarlo ella misma, aunque lentamente, a un ritmo muy alejado del que había utilizado Pedro en la follada de cara -. ¿Qué vendría ahora? Ya le has follado la boca hasta estropearle esa carita de princesa estirada que tiene, como querías. ¿Ahora qué?
¿De verdad tengo esa cara?, me pregunto, mientras continúo observando. ¿Zorra o princesa estirada, Lidia, en qué quedamos?
¿Puedo ser todo lo cerdo que quiera? - pregunta Pedro, como buscando confirmación de que la paja no se va a acabar si dice lo que está pensando -.
Por favor - contesta Lidia, llevando su mano libre hacia sus piernas -.
¿Te vas a tocar mientras te lo cuento? - le pregunta Pedro, que ha debido de llegar a la misma conclusión que yo al ver ese movimiento -.
Lidia se limita a asentir con la cabeza mientras le hace un gesto para invitarlo a continuar.
La cogería de la cabeza y la obligaría a ponerse a cuatro patas. Y entonces me levantaría y la llevaría a la habitación utilizando su pelo como una correa.
¿A la habitación? ¿Qué hay en la habitación que te interese tanto?
No es lo que hay, si no lo que no hay - contesta Pedro, misterioso -.
¿Y qué es lo que no hay?
Tú.
No termino de entender esto último, pero Lidia, al parecer, lo coge al vuelo.
¿Quieres que me quede aquí, mientras vosotros dos os vais a divertiros allí dentro? ¿Sin que pueda ver nada? ¿Sin poder hacer nada más que escuchar mientras me toco?
Exacto. ¿De hecho, se me permite hacer una pequeña correción?
Es tu fantasía - le contesta Lidia con un encogimiento de hombros -.
Antes de irme con Celia cogería esas esposas que tienes en el cajón de abajo de la mesilla, volvería aquí y te ataría las manos a la espalda con ellas.
¿Para que no pueda tocarme? - protesta Lidia -.
Finge que no te pone si quieres, pero entonces dejamos la historia.
Pasan unos instantes más en silencio. Llegados a este punto, entre el porno en directo, la conversación y el calentón que ya arrastraba de antes vuelvo a estar tan excitada que no puedo evitar imitar a mi amiga y llevar yo también mi mano entre mis piernas.
Vale… me pone - admite Lidia, para mi sorpresa. Ahora sí que me ha quedado claro. No es ninguna broma. No llegarían tan lejos en caso de serlo -. ¿Y qué vais a hacer en la habitación mientras yo solo escucho?
Mucho ruido. No querríamos que te aburrieses - la provoca Pedro, con su habitual ironía y sentido del humor -.
¿Sabes qué? Mejor no me lo cuentes. Vamos a hacerlo.
En cuanto escucho esas palabras me quedo helada. ¿De alguna forma ha descubierto mi presencia? ¿Sabe que me ha puesto cachonda toda esta historia, y que estoy tocándome detrás del sillón? ¿Piensa descubrirme y obligarme a participar como castigo por haberlos espiado? Sin embargo, mis temores son en vano, ya que las intenciones de Lidia no van por ahí.
Yo haré de Celia. Salgo un momento al pasillo, me visto, te hago el striptease y recreamos todo lo que me has dicho. Luego me llevas de los pelos a la habitación y me enseñas lo que le harías allí.
¿Estás segura? - le pregunta Pedro, como si no terminase de creérselo, igual que me ocurre a mí -.
Acuérdate de llamarme Celia - dice Lidia por toda contestación, mientras sale del salón -.
Durante unos minutos Pedro y yo nos quedamos sólos en la habitación. Él desnudo y yo cubierta con una toalla de baño. Ambos excitados y tocándonos lentamente mientras esperamos a que reaparezca Lidia para que prosiga el espectáculo. Sólo que él no sabe que yo también estoy aquí.
Pero está tardando demasiado. ¿Qué coño estará haciendo? ¿No salía solo para vestirse y hacer la entrada? Empiezo a rezar para que no le de por pasearse mucho por la casa. Aunque la puerta del baño está entornada y la luz apagada, de manera que no se puede ver el interior desde fuera, si decidiese entrar se encontraría la bañera llena de agua, el libro, el vibrador y el picoteo que había dejado a medias. Y no creo que le costase mucho sumar dos más dos.
Finalmente Lidia reaparece, con un vestido azul bastante revelador, ajustado a la cintura y con escote de espalda (mi vestido azul bastante revelador, ajustado a la cintura y con escote de espalda, por cierto) y entra en el salón. Pero no hace ninguna entrada triunfal, como yo esperaba. Tampoco se para en la puerta para empezar el striptease, ni pone música, si no que se dirige directa hacia el sofá.
Tengo una sorpresa - le dice Lidia a Pedro -.
A continuación, se sienta a su lado y le susurra algo al oído. Demasiado bajito para que pueda escucharlo. Las sospechas empiezan a crecer en mi interior. Prácticamente convencida de que Lidia ha visto el baño y me ha descubierto, empiezo a pensar formas de huir de ahí.
Pero no las hay. Para salir tendría que volver a atravesar el salón, pasando por delante de ellos, y esta vez no cuento con la ventaja de que Lidia esté de espaldas concentrada en la mamada o de que Pedro tenga los ojos cerrados para ponerle mi cara a su novia.
Empiezo a pensar en la ventana, pero es una locura. Aún suponiendo que pueda salir por ella sin que me descubran y de que no me mate al descolgarme, ¿qué voy a hacer en medio de la calle, de noche, cubierta tan sólo por una toalla? ¿Y a dónde se supone que iría?
Entonces cambio el enfoque y empiezo a pensar en explicaciones que puedan justificar mi presencia allí. Desgraciadamente, tampoco las hay. Escondida tras un sillón, casi desnuda, espiando… Sólo me falta tener el vibrador conmigo para rematar la escena.
Y en ese momento, cuando ya me he dado por vencida y he asumido la vergüenza que pasaré en cuanto Lidia termine de decirle a Pedro que estoy en el piso y me descubran observándoles, mi amiga vuelve a salir del salón. Sin embargo, regresa antes de que me dé tiempo a preguntarme a dónde ha ido. Y lo hace con su móvil en la mano, que deja sobre una estantería.
Vaya, Pedro - dice Lidia, con voz de falsillo. Está tratando de imitarme, deduzco -. Parece que te he pillado en una situación un tanto… íntima.
Efectivamente, ya que Pedro continúa desnudo, sobre el sofá, con la polla dura en la mano. Él no contesta, me parece que por no saber muy bien cómo seguirle el teatrillo a Lidia, pero lo cierto es que el quedarse en blanco quizá sea la mejor respuesta posible. O, al menos, la más realista si la amiga de tu novia te pilla haciéndote una paja en su sofá.
¿Lidia te ha dejado así? - le pregunta, todavía haciéndose pasar por mí, mientras se acerca al sofá -.
Sí. Lo siento, no sabía que estabas en casa.
¿En serio? ¿Te pone así de cachondo y te deja con las ganas? Que mala…
La han llamado del trabajo. Ha tenido que salir corriendo - explica Pedro. No se le da tan bien como a Lidia este juego, aunque no ha improvisado mal -.
Oh… Y tú te has tenido que quedar así.
Hace una pausa, como si estuviese debatiéndose entre lo moralmente correcto y lo que quiere, y finalmente prosigue.
¿Entonces ella no está, y va a tardar en venir?
Exacto.
Mmm… Quizá entonces podría ayudarte yo con ese problema que se te ha formado ahí abajo.
Eh… no sé…
A ver… si tu novia no puede ocuparse… quizá tenga que hacerlo yo.
Casi no puedo creerme lo que estoy oyendo, y, por la cara que tiene Pedro, parece que él tampoco se imaginaba que Lidia pudiese llegar tan lejos.
¿Pero qué pasa con Lidia? Es tu amiga.
Sólo le estoy quitando un poco de carga de trabajo de encima - contesta ella, deslizando su mano por el muslo de Pedro y terminando por agarrarle la polla -. Tú concéntrate en mí y olvídate de ella.
Y entonces lo besa mientras empieza a masturbarlo. No sé si sentirme ofendida porque Lidia considere siquiera remotamente posible este escenario o si olvidarme de todo y disfrutar del espectáculo.
Pero al final la lujuria termina venciendo, por lo que mi mano vuelve a deslizarse entre mis muslos, por debajo de la toalla, mientras observo la actuación de mi amiga, que está siendo la verdadera estrella de la interpretación.
No sólo es la que mejor improvisa (de lejos) y la que consigue que la acción avance, si no que incluso logra hacer una imitación bastante buena de mí. Es capaz de, al menos hasta cierto punto, conseguir que tanto su voz como su forma de moverse recuerden a mí. Incluso hay cierto parecido físico entre nosotras, por lo que todo se vuelve aún más creíble. De hecho, muchas veces nos tenemos hecho pasar por hermanas.
Ambas somos delgadas y más bien altas, aunque ella me saque unos pocos centímetros. Tenemos unas facciones bastante similares, con pómulos altos, labios más bien gruesos y ojos marrón claro. Hasta nuestro tono de piel se parece, y compartimos lo que ella llama cara de princesa estirada.
Las dos tenemos poco pecho y unas curvas no demasiado pronunciadas. Un vientre plano y unos culos redonditos y bien puestos pero no muy grandes, junto con unas piernas largas y definidas que terminan de rematar el conjunto.
El pelo es lo que más nos distingue. Yo lo tengo de un castaño muy claro, casi rubio, mientras que el suyo es más oscuro, y además liso, a diferencia del mío, que es rizado.
Sin embargo, su buena imitación de mi voz y mi forma de moverme, junto con el vestido, que es mío, ayudan a disimular esto último.
Tú relájate y disfruta. Piensa que nadie se enterará - continúa Lidia -.
Tienes demasiada ropa para que disfrute, ¿no? - contesta Pedro -.
¿Te gustaría quitármela? - pregunta a su vez Lidia, siguiéndole el juego -.
No. Quiero que te la quites tú. Hazme un striptease - le dice Pedro, en un tono duro, empezando a adoptar el papel dominante -.
Cómo quieras - contesta Lidia, sin problemas en asumir el de sumisa -.
Entonces se levanta del sofá y vuelve a la estantería, para recoger su teléfono. Tras unos segundos en los que desliza sus dedos por la pantalla, del móvil empieza a salir lo que sólo se podría definir como música de striptease.
Lidia lo deja sobre la estantería y empieza a moverse al ritmo de la música. Despacio, sin ninguna prisa, gustándose y disfrutando de las miradas lujuriosas que le dedica Pedro. Con los dedos, suelta uno de los tirantes del vestido, que se desliza por su hombro, dejando a la vista buena parte del escote. Continúa bailando, acercándose hacia Pedro e inclinándose hacia él, dejándole ser él mismo quién le retire el otro tirante.
Ya con ambos tirantes colgando a sus costados, el pecho de Lidia queda al descubierto, dejando a la vista un body de encaje negro. Entonces entendí cuál era la sorpresa que le había preparado Lidia a Pedro, y que no había podido escuchar cuando se la había susurrado al oído. No contenta con imitarme y ponerse mi vestido, también se había puesto mi lencería.
Por eso había tardado tanto antes. Estaba buscando ropa en mi armario, no curioseando en el baño. Entre indignada por el atrevimiento de coger mi ropa y excitada por lo realista que estaba consiguiendo Lidia que fuese la situación, continué observando mientras mi mano no cesaba de procurarme placer.
Mi amiga estaba entonces de espaldas a Pedro, contoneándose para él mientras dejaba que el vestido fuese resbalando por su espalda, dejando tanto esta como el borde superior de su culo a la vista, hasta que la gravedad terminó de hacer su trabajo y el vestido cayó a los pies de Lidia, dejándola únicamente vestida con el body y unos tacones que también había cogido de mi armario.
Continuó bailando, todavía de espaldas, moviendo de un lado a otro el culo, tan solo cubierto por el hilillo de tanga en el que desembocaba la espalda del body.
Ven aquí, Celia - dice Pedro, con voz autoritaria -.
Lidia obedeció al momento, según me pareció, excitada por la forma en que Pedro le seguía el juego, cambiándole el nombre tal y cómo le había pedido.
De rodillas, zorra - continuó Pedro, imitando el diálogo del que ya habían hablado antes -. Chupa. Usa la boca para lo que mejor sabes hacer.
Lidia, lejos de ofenderse por la forma de hablarle de su novio, salvó la poca distancia que la separaba de él, se arrodilló entre sus piernas, y se metió su polla en la boca, aparentemente sin el menor problema, hasta el fondo de la garganta.
Aquí es dónde su interpretación falla, pienso sin perder detalle. Yo no sería capaz de metérmela de esa manera. En cuanto a la reacción ante el lenguaje soez, no tengo muy claro si la mía sería así o no. Ninguna de mis parejas me había hablado nunca de esa manera.
En cualquier caso, Pedro no dejó a Lidia (o a la falsa yo, más bien) prodigarse demasiado chupando, pese a sus indudable destreza oral, ya que, como había explicado antes, lo que quería era follarme la boca, no que se la chupase, así que la mamada pronto desembocó en una nueva follada de boca.
Llegados a ese punto, estoy tan excitada que el ritmo de mi masturbación sube hasta el punto de que llega a escapárseme un gemido. Afortunadamente todos los ruidos que salían de la boca de Lidia ayudaron a camuflarlo y no pareció que ninguno de los dos me hubiese escuchado.
La follada de boca terminó poco después de ese desafortunado gemido, según me pareció, porque Pedro, que ya llevaba bastante estimulación tanto oral como manual a cuestas, estaba teniendo serias dificultades para aguantar el orgasmo, y sin duda no quería correrse antes de follarse a la “falsa Celia”.
Lidia, de nuevo con lágrimas, babas y restos de líquido pre seminal resbalándole por la cara como si esta fuese un tobogán, y dejando el body perdido, se sentó como pudo a los pies de Pedro para tratar de recuperar la respiración. Sin embargo, este, ya metido por completo en su papel de amo-que-le-pega-una-buena-follada-a-la-amiga-de-su-novia no le dio mucho descanso.
En cuanto él también hubo controlado un poco el ritmo de su propia respiración agarró la cabeza de mi amiga y la obligó a ponerse a cuatro patas. Inmediatamente después, se levantó y, cogiéndola de los pelos, la obligó a seguirlo moviéndose a cuatro patas tras él.
Ambos salieron del salón, presumiblemente hacia su habitación, dejándome sóla, por lo que ese habría sido un momento estupendo para deshacerme de toda prueba de mi presencia allí, vestirme de nuevo y salir por patas. Sin embargo, el calentón que me habían provocado era tal que, ya casi indiferente al riesgo de ser descubierta, esperé unos segundos para darles tiempo a llegar a su destino, salí de mi escondite y les seguí.
Estaban ya a punto de entrar en su habitación justo cuando yo cruzaba la puerta del salón, pero Lidia, todavía desde el suelo, le agarró una pierna a Pedro para detenerlo. Se me congeló el corazón en el pecho al pensar que me había descubierto, pero no era eso lo que quería Lidia.
Esa no es mi habitación - dijo mi amiga en cuanto Pedro se hubo girado hacia ella, dándome el tiempo justo para volver a meterme en el salón y evitar ser descubierta -.
Al principio no lo pillé (esa sí era su habitación, llevaba ya un par de años siéndolo), pero Pedro, con una sonrisa de pervertido, sí. Entonces, esa misma sonrisa me lo aclaró. Como en ese momento Lidia no era Lidia, si no Celia, su habitación no era la suya, si no la de Celia, es decir, la mía. Osea, que no les llegaba con follar haciéndose pasar por mí y utilizando mi lencería, también tenían pensado usar mi cama.
Ya podían afanarse en poner lavadoras al acabar, pienso, mientras me acerco a la puerta de mi habitación. Dentro de esta, Pedro acababa de coger en brazos a Lidia, subiéndola a la cama y colocándola a cuatro patas. Tras subirse él también a la cama y colocarse de rodillas tras ella, le apartó el hilo de tanga del coño (no lo rompas, por Dios, que cuesta un pastón) y le metió la polla de golpe, hasta el fondo, provocando un gemido de placer animal por parte de mi amiga.
Debe de estar más que bien lubricada, pienso, mientras me asomo al marco de la puerta para observar. Desgraciadamente, la habitación es pequeña, y no hay ningún buen escondite dentro, por lo que no me queda otra que observar desde ahí. No es el mejor punto de observación, ni tampoco el más cómodo para masturbarse, pero cumple sus funciones.
Hasta ese momento había estado acariciando mi coño de forma superficial, sin llegar a introducir los dedos, centrándome más en los labios y el clítoris, pero entonces, aprovechando que yo también estoy más que bien lubricada, me meto un extremo de la toalla en la boca, haciendo una pequeña bola con él, y empiezo a follarme a mí misma con los dedos corazón y anular de mi mano derecha, tratando de adoptar el mismo ritmo con el que la polla de Pedro entra y sale del cuerpo de mi amiga.
Este último, no contento con follarla únicamente, empieza a azotarla. Mano derecha-nalga derecha, mano izquierda-nalga izquierda, y repetir. Lidia, lejos de protestar, gimió pidiendo más y más fuerte. Si se refería a las penetraciones o a las azotes, no quedó claro, pero Pedro, por si las moscas, le hizo caso tanto en un aspecto como en el otro.
Para ese entonces, mi amiga, que estaba empezando a formar una auténtica escandalera, agarró la almohada que estaba sobre mi cama (mi almohada) y la mordió con fuerza, como si estuviese siguiendo mi ejemplo con la toalla. A Pedro esto no le gustó. Parecía querer oírla, así que le sacó la almohada de la boca y la lanzó hacia atrás sin prestar apenas atención a dónde caía, y casi dándome a mí en la cara.
¿Quién eres? - pregunta Pedro, mientras su mano izquierda, que había delegado los azotes en la derecha, se introducía entre las piernas de Lidia, presumiblemente para acariciarle el clítoris al mismo tiempo que seguía follándosela -.
Celia - contesta Lidia entre gemidos de placer -.
¿Quién eres? - pregunta de nuevo Pedro -.
¡Celia! - contesta a su vez Lidia, esta vez a gritos -.
¿Y qué eres?
¡Tu zorra! ¡Soy Celia y soy tu zorra! ¡Soy Celia y soy tu zorra! ¡Soy Celia y soy tu zorra! - grita Lidia una y otra vez, hasta que, casi llorando de placer, terminó por alcanzar un par de orgasmos consecutivos y caer rendida sobre la cama -.
Por mi parte, continuaba masturbándome al mismo ritmo que llevaba Pedro, al borde de lograr mi propio orgasmo, pero ahora, casi sin darme y sorprendiéndome a mí misma, había empezado a repetir en mi cabeza lo mismo que Lidia gritaba en voz alta, como si fuese un mantra.
Pedro, que parecía haber estado librando una batalla consigo mismo hasta el límite de sus propias fuerzas para no correrse antes que Lidia, sacó su polla del cuerpo de ella y, dándole la vuelta para ponerla boca arriba una vez que mi amiga se hubo dejado caer sobre la cama, empezó a masturbarse encima de ella.
Terminó por correrse tras un par de sacudidas. Los chorros de semen salieron disparados de su polla y terminaron aterrizando sobre la cara, el pelo y el pecho de Lidia, la lencería que llevaba puesta (mi lencería) y la colcha de la cama (mi colcha de la cama). Finalmente, Pedro, igualmente exhausto, se dejó caer al lado de Lidia, ambos agotados.
Sin embargo, yo todavía no había llegado al orgasmo. Estaba a punto de hacerlo, pero entonces Pedro se corrió, empecé a pensar en el estropicio que había provocado su corrida, y cuando me quise dar cuenta el espectáculo había finalizado. ¿Me voy a tener que quedar con el calentón?, pienso.
Pasan unos minutos durante los que trato de retomar el punto anterior, pero no hay manera. El orgasmo se había ido y no iba a volver. Lidia y Pedro, por su parte, parecían haber caído rendidos de sueño.
Al final, frustrada pero aceptando que todo había acabado y era hora de irse, aproveché que ambos estaban de cuerpo presente pero de mente ausente (por lo que a mí respectaba podían estar en la Luna) para volver al baño y tratar de borrar todo rastro de mi presencia allí.
Tratando de ser lo más silenciosa posible, vacío la bañera, echo la toalla al cestón de la ropa sucia y me visto. Tras calzarme y recoger las llaves (las del piso, las de casa de mis padres, en el pueblo, y las del coche) y el equipaje (dónde no me olvidé de incluir el vibrador) guardo el picoteo que había preparado en un tapper y abandono el piso.
Mientras bajo al garaje me divierto pensando en el mal rato que va a pasar Lidia para sacarse los restos de semen del pelo, de la cara y del cuerpo cuando se despierte (una pequeña venganza por la diversión que habían tenido a mi costa), aunque el tema me deja de hacer tanta gracia en cuanto recuerdo el body y el edredón.
Antes de arrancar me termino el gin-tonic, el queso y las aceitunas, puesto que estoy hambrienta (con la tontería me había quedado sin cenar), y pongo rumbo a mi casa. Es ya de madrugada, no me hace gracia conducir los cuarenta minutos que me separan de casa de mis padres de noche, y tampoco tengo ninguna explicación para aparecer por allí a esas horas, pero la opción de dormir en el coche, en el garaje, mientras Lidia y Pedro descansan plácidamente sobre mi cama, me parece aún peor.
Y así es como, agotada de sueño, con la barriga reclamándome más comida, achispada por el gin-tonic que me había tomado con el estómago casi vacío y cachonda como una mona, al mismo tiempo que algo perturbada por todo lo que había visto y escuchado, llegué al pueblo para empezar las vacaciones de verano. Que ganas de que llegue Lidia.
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