Xtories

Ahora la de los cuernos he sido yo... 4 años!

Lorena siempre creyó que su matrimonio era un fracaso por la falta de interés de Ricardo. Pero cuando la verdad desnuda su doble vida, ella decide que ya no será la víctima silenciosa. Con la complicidad de su amante y el dinero de su esposo, Lorena se prepara para cobrar cada año de engaño con el placer más prohibido.

Lore6.5K vistas8.4· 5 votos

Un día normal en el trabajo…

En casa todo seguía igual. Yo, todavía con el recuerdo fresco de la gran cogida del fin de semana, me sentía más que satisfecha, tranquila, incluso plena. Ricardo, en cambio, no recordaba nada. O al menos eso decía.

Sentía que los años perdidos no se podían recuperar, pero sí cobrárselos a mi marido. Siempre he pensado que es obligación del esposo mantener muy satisfecha a su mujer, y si no lo hace o no quiere hacerlo, pues que se atenga a las consecuencias.

El año iba muy bien: ventas, clientes, todo marchaba. Santiago estaba pensando en organizar exportaciones hacia Cuba, a pequeña escala. Buscaba equipos muy específicos por la situación energética. Ya había investigado muchísimo y tenía una idea clara de lo que quería hacer. Podía funcionar o no, pero en todo negocio se asume un riesgo.

Ese día, Santiago me llamó a su oficina.

—Lore —dijo, mientras me miraba fijamente—, ya tengo toda la información. Necesitan que se legalicen unos documentos allá y estaba pensando en otorgarte un poder para realizar esos procesos que son molestos y engorrosos. ¿Te parece si vas a La Habana en un mes más o menos? La idea principal es legalizar los documentos y además tener reuniones con los principales distribuidores. Al parecer harán un evento de proveedores y tú debes lograr convencerlos.

—Claro, Santi, con gusto. Pero tendrás que indicarme todo con detalle —respondí, mientras sus ojos parecían medir cada movimiento mío.

Santiago sonrió, apoyando los codos sobre el escritorio y entrelazando los dedos. Su voz bajó un tono, casi confidencial:

—Le comenté a Ricardo la posibilidad de que te acompañe. Incluso le sugerí que aprovechen y se queden unos días en la playa.

—¿Y qué dijo? —pregunté, aunque ya imaginaba la respuesta.

Se recostó en la silla con gesto de resignación.

—Tu marido es complicado, Lore. Me dijo que no le gusta el mar, que no es amante de esas cosas. Es imposible convencerlo. Prefiere que vayas sola, que disfrutes sola, fueron sus palabras exactas. Es un hombre… serio, muy amargado.

Bajé la mirada con una sonrisa disimulada. No era ninguna sorpresa.

Santiago continuó:

—Mira, Cuba no es peligrosa, pero es una ciudad complicada. Me inquieta que viajes sola. Pensaba que podrías ir con Javier. Él conoce los procesos de ventas y aprendería aún más contigo.

—Santi, lo que tú digas está perfecto —dije.

Santiago asintió y llamó por teléfono.

—Javier, venga un momento.

Entró un joven de unos 27 años, alto, piel blanca y ojos claros. Bien parecido, aunque conocido por ser chismoso y además gay. Se acomodó la chaqueta y, al verme, me dedicó una sonrisa rápida, intencionada.

—Necesito que acompañes a Lorena en un viaje de negocios. Será dentro de un mes aproximadamente —dijo Santiago.

—Claro, don Santiago, no tengo problema en ir —respondió Javier, con voz firme, mientras sus dedos jugaban nerviosos con su reloj.

—Perfecto. La fecha exacta sería del 20 al 28 de noviembre —aclaró Santiago, tomando el calendario.

—Santi, me gustaría que me regales unos dos días más para conocer Cuba, ir a Varadero. Me han dicho que es hermoso. No creo que afecte mi ausencia aquí —le dije.

Santiago sonrió:

—Está bien, entonces ambos regresan el 1 de diciembre. Lorena no se puede quedar sola.

Javier permaneció de pie, mirando el calendario, y al señalar una fecha se inclinó un poco hacia mí.

—Don Santiago, espere… ese fin de semana tengo un evento familiar. Se casa mi madre y no puedo faltar. ¿Será posible cambiar de fecha? —dijo Javier.

—Con mucho gusto lo cambiaría —dijo Santiago—, pero ya tenemos la cita en notaría, y el evento cae en ese fin de semana. ¿Y si te regresas antes, el 24? Aunque me preocupa que Lorena se quede sola… bueno, ya pensaré en una solución en el transcurso del día.

Salimos de la oficina y cada uno retomó su trabajo.

Más tarde, a media mañana, Javier volvió a tocar la puerta. Entró con paso firme y una leve sonrisa traviesa.

—Lore… lo que pasa es que me gustaría ir a Cuba y quisiera llevar a mi novio. No interferiría en nada, esperaría afuera de las reuniones o, por último, se queda en el hotel.

—Por mí no hay problema —dije—. Dame los datos de tu novio: nombre completo, Andrés Mancero, y fecha de nacimiento, 22 de…

Se inclinó sobre mi escritorio para susurrarme:

—Lore, disculpa… pero ¿seguro no quieres ir acompañada?

—No, Javi. Mi esposo no quiso ir, y eso que Santiago le ofreció el viaje —respondí.

—Ay, Lore, deja de hacerte la inocente —dijo, con una sonrisa que me hizo sonrojarme—. Aquí todos sabemos que estás con Renato.

—¿Por qué dices eso? —pregunté, intentando mantener la compostura.

—En la discoteca todos vimos cómo te tocaba mientras bailaban. Y al final se fueron juntos. En el evento del otro día, ese beso que se dieron… Lore, ya, deja de mentirte.

—¿Quién más sabe? —pregunté, conteniendo un escalofrío al recordar.

—Todos, excepto Santiago —dijo, encogiéndose de hombros.

—Hagamos algo —propuso Javier—. Compramos los boletos de mi novio y de Renato juntos. Tú reservas el alojamiento: dos habitaciones dobles.

—¿Y cómo justificamos las faltas de Renato? —pregunté, mientras él se inclinaba ligeramente hacia mí, el gesto cargado de complicidad.

Tras un largo momento de silencio y tensión, Javier añadió:

—Ya sé. Voy a decirle a Santiago que necesitamos a Renato, porque es un gran vendedor y quiero que esté presente para que aprenda sobre el proceso… ya regreso —dijo.

Poco después me llamó Santiago a la oficina:

—Lorena, ven un momento.

—¿Qué pasó, Santi? —pregunté.

—Retírese, Javier. Gracias.

Javier salió de la habitación con una gran sonrisa.

—Lore, ¿qué pasa si te envío con Renato hasta tu regreso de Varadero? Estaría más tranquilo si él te acompaña. No sé si a Ricardo le moleste.

—Habrá que llamarlo —dije—. Pero ¿Javier también iría?

—Sí, claro, ambos son importantes en ventas —dijo Santiago.

—Ok, entonces, el único que falta es Ricardo…

Santiago marcó y pronto la voz de Ricardo sonó seca y escéptica:

—Ricardo, ¿todo bien? Estás en altavoz, y te está escuchando Lorena.

—Sí, ocupado con unos negocios, pero dime.

—Te comenté del viaje a Cuba.

—Sí, claro… pero ya te dije que no me gusta la idea.

—Claro, pero escucha —intervino Santiago—. Lore me pidió quedarse unos días más en Varadero. Javier regresa el 24 y ella estaría sola hasta el 1 de diciembre.

—Lore, ¿estás segura? Andar sola en esos países no es buena idea. Ni siquiera tienen internet. ¿Cómo te vas a comunicar?

—Riki, mi amor, escucha a Santiago —susurré.

Santiago cerró la decisión:

—Ricardo, tú me comentaste que Renato es como de la familia. Pensé que podría acompañarla. Claro, cada uno en su habitación.

—Claro, Santiago. Perfecto. Renato cuida que mi esposita no se desvíe del buen camino —dijo Ricardo.

Ambos hombres resolvieron mi viaje mientras yo me retiraba, consciente de que todo quedaba listo y organizado.

—Gracias a los dos, y ya que vas de salida llama a Renato que venga.

Me acerqué al cubículo de Renato y, con el escote que llevaba, me recliné provocativamente. Subió la mirada y me guiñó un ojo, cargado de complicidad.

—Renato, te llama Santiago.

—Voy, señora Lorena —respondió con una sonrisa traviesa, ajustándose la camisa y mirando de reojo mi escote.

Yo me puse a revisar la reserva de vuelos y todo lo necesario para que no hubiera inconvenientes después.

Un rato más tarde, Renato llegó a mi oficina.

—Pasa, Renato, cierra la puerta —le indiqué.

—Ya me dio la buena noticia, Santiago.—¿Te gustó?—Sí, claro, todo pagado, con mi novia hermosa y con la obligación de cuidarla a petición del marido… —dijo con una sonrisa de satisfacción.—No hay mejor noticia —sonreí.

—Renato, ¿sabías que Javier dice que todos saben de lo nuestro?—Sí, amor, todos lo saben.—Mmm… y entiendo que no le digan a Santiago.

—Lore… Santiago lo sabe —dijo Renato, serio, pero con un brillo travieso en los ojos.

—¿Qué? —me sorprendí.

—De hecho, por eso me llamó a su oficina.

—Me indicó que espera que pasemos muy bien en Varadero juntos.

—¿Qué? ¿Cómo se enteró? ¿Y por qué no me dijiste? y lo mas importante como que espera que nos vaya bien? le estoy poniendo los cuernos a su amigo de toda la vida!!!

—A ver, Lore, te voy a contar todo con detalle. Además, hay algo que ya creo que es hora que sepas y abras los ojos.

—Santiago se enteró el día que los fui a dejar con tu marido en ese evento. Nos quedamos conversando un buen rato, tomándonos unos tragos.

—¡No me digas eso, es mentira!

—Sí, Lore. Por eso es muy tolerante con todo.

—Te voy a contar con detalle lo de ese día…

Salimos de aquí con Santiago y fuimos a recoger a tu marido. En el camino, me pidió pasar por su casa para recoger a alguien, y así lo hice.

Cuando llegamos, subió una mujer muy bonita. Ya tenía sus años, pero su presencia era imponente. Iban conversando; Ricardo iba junto a mí, y Santiago se sentó atrás con esta señora llamada Laura. Por el retrovisor, vi que Santiago le dio un beso corto y la tomó de la mano.

Santiago se dio cuenta de que lo veía y me dijo:—Renato, no te sorprendas de lo que veas ni de lo que vas a ver. Ya te contaré todo después.

Ricardo no mostró sorpresa.

Llegamos a la reunión: era una fiesta LGBTI, había gays, lesbianas, trans y todo lo que no te imaginas. Tu marido, en cuanto llegamos, se perdió entre la gente, desapareció. Santiago, Laura y yo nos quedamos conversando en una mesa, tomando un trago. Allí, después de un par de tragos, Santiago comenzó a contarme algo que no me esperaba y que pense que era muy personal, al parecer en ese momento Santiago me agarro mucha confianza

—La señora Fabiola es la esposa de Santiago. Con ella tuvo tres hijos, todos viven en el exterior y no piensan regresar. Fabiola ha sido asexual; nunca le gustó el sexo, y Santiago, con el tiempo, dejó de tener apego sexual con ella. Cuando eran jovenes se sentia traido por Laura, la hermana de su esposa.

—Laura se volvió su amante desde los 30 años. Laura ya tenía dos hijos de su matrimonio anterior que no había funcionado, y Santiago se hizo cargo de ellos, los llevó a su casa y les dio todo. Fabiola estuvo muy agracedida con su esposo hasta que se enteró que ambos estaban comenzando una relacion y claro se entero de mala manera, cuando los encontró teniendo sexo. Fabiola eue clara: no tenía por qué reclamarle nada, porque sabía lo que no podía darle a su esposo. Llegaron al acuerdo de no divorciarse, pero Santiago debía mantener la imagen de matrimonio frente a la familia. Nadie podía saber de este asunto jamás.

Con el tiempo, Santiago le dio a Laura un departamento en el piso de arriba de su casa, con todas las comodidades. Los suegros de Santiago nunca supieron de la doble vida que él tenía con sus dos hijas y siempre le agradecieron por las atenciones que recibían de parte de él. Los hijos de ambos no viven en el país, así que Santiago se fue a vivir al departamento con Laura, y llevan 15 años viviendo juntos y de relación más de 35 años. Fabiola tiene todas las comodidades y, cuando necesita algo, llama a Santiago. Laura lo trata como si fuera su esposo y lo cuida muy bien; de hecho, se podría decir que ella es la verdadera esposa. Pero que hacian en una fiesta de ese tipo? Ricardo les habia pedido que le acompañen porque le debian varios favores y para que tu Lorena no sospeches nada. La señora accedio y no le molestaba ese lugar, a parte que solo era un par de horas.

Mientras me contaba sus detalles personales, veia a las personas de alrededor y me di cuenta de que tu marido también gusta de la presencia de otros hombres. Estuvo bailando largo rato con un tipo flaco, sin barba, se besaban como que se acabace el mundo. Al parecer, hasta ese momento me parecía que tu marido era bisexual, porque entiendo que está casado contigo.

Luego de un rato, me fui y, claro, pasé a verte a ti… Santiago me pidió discreción.

El domingo por la tarde fui a buscarlos. Los 3 se habían hospedado en un lodge cerca del lugar del evento. Llegué al lodge, les llamé y Santiago estaba listo en el lobby fumando unos cigarros, pero faltaba Ricardo. Tu marido, como sabes, cuando bebe se descontrola. Santiago me envió a verlo que ya bajara, así que subí y tocaba la puerta y no abría. Pensé que estaba dormido, pero se escuchaban voces, así que supuse que no quería abrir. Fui a la recepción y pedí la llave.

Llegué y abrí la puerta. Fue una pésima idea. Tu marido estaba en cuatro sobre la alfombra, frente a la cama; un hombre grande y gordo se lo estaba metiendo por el culo, agachado sobre Ricardo le masturbaba, mientras el tipo flaco de la fiesta le obligaba a que le chupe la verga. Ricardo estaba muy entretenido. Cuando tu marido me vio, le soltó el pene al flaco y empujó al gordo inmediatamente. Se incorporó y me dijo rápidamente:

—Renato, no le digas a Lorena nada de esto. Prométeme.

—Sí, hermano —le respondí.

—Ya bajó —dijo—. Termino aquí y bajo.

—Oye, Lore, me vas a disculpar, pero qué extraña y fea situación. Pero tu marido no te da sexo porque le encanta que se la metan a él.

Me quedé callada, sin saber qué decir. Todo lo que había escuchado me recorrió el cuerpo de forma extraña, y no podía evitar sentir un escalofrío que me hacía tensar los músculos.

—Cuando bajé, le dije a Santiago lo que vi, no con tanto detalle —me dijo: "Renato, sí, Ricardo es gay, y de gustos muy perversos. Le encantan estos temas de orgías, fiestas con gente del medio. Me da mucha pena por Lorena, ella quiere una familia de seguro, pero no se imagina lo que le hace este sinvergüenza y al menos lleva en esto 8 años".

—Renato, cambiando de tema ¿me puedes aclarar algo? El otro día escuché que tú y Lorena tienen algo. Le escuché a Javier que le decía al guardia que te había visto con ella, siendo muy atento con sus atributos… por no usar otras palabras un poquito mas vulgares—dijo Santiago.

—Sí, Santiago, tengo una relación con ella —contesté—. Por el momento solo estamos saliendo.

—Me alegro mucho —dijo él—, esa mujer merece un hombre que la ame y la respete, no esta basura como Ricardo, pero recuerda que ella está casada y Ricardo no la va a dejar ir… no fácilmente. Ricardo tiene una apariencia que guardar, es un hombre que tiene muchos negocios y da esa imagen de macho.

Además, su familia, que son los verdaderos dueños de todo, no pueden imaginar que se divorcie. Según lo que me contó Ricardo alguna vez, su padre, Don Alberto, lo encontró en el garaje dejándose que un negro se la meta, eso era cuando él tendría unos 16 años… y lo condicionó a que debía olvidarse de eso. Por eso, cuando los padres de Ricardo conocen a Lorena, la trataban muy bien, le compraban todo. La boda de ellos fue hermosísima, gastaron miles de dólares. Lorena, entiendo, no se ha dado cuenta porque, desde el inicio, al menos eso decía Ricardo, cuando se iba a acostar con ella se drogaba, así aguantaba. Cuando se casó con Lorena su padre se quedó tranquilo, pero si llegan a enterarse de que sigue con el tema de los hombres, estoy seguro que lo dejan sin nada.

—¿Entonces Ricardo no es bisexual?

—No, para nada. Según lo que me ha contado, le costaba mucho acostarse con Lorena, y a veces la trataba de complacer comiéndole la concha, pero ya no quiere nada con ella, al menos de sexo no, peor hijos. Si algo le hace es porque esta drogado o borracho.

Después de un rato, tu marido bajó como si nada y nos fuimos. Cuando dejé a Santiago en su casa, nos dirigimos a la tuya.

—Renato, por favor, no le comentes nada a Lorena, se espantaría con este tema, ella es una gran mujer pero no puedo contarle mi gran secerto.

—Sí, claro, Ricardo. Somos amigos, así que no te preocupes, de mí no saldrá nada.

Entonces, Ricardo se inclinó un poco hacia mí, con los ojos brillantes y la voz cargada de deseo:

—Renato… entiendo que no tienes novia ni nada —dijo, con un tono bajo y directo—. ¿No te animas a pasar de vez en cuando por mi casa y metérmela? Quiero que me la claves duro, que me dejes abierto, yo te chupo lo que quieras.

Me quedé helado, sorprendido por su franqueza y lo vulgar que sonaba, y tuve que aclararle:

—Ricardo… mira, yo no estoy interesado en eso. No me gustan esas cosas.

—Vamos, Renato, no te hagas —insistió él, sonriendo de forma provocativa—. Yo te dejo que me la metas, que me hagas todo lo que quieras.

Le dejé claro de nuevo que no era gay y no iba a hacerlo, aunque la tensión entre nosotros se podía cortar con un cuchillo.

Lo dejé en tu casa y me fui.

—No lo puedo creer —le dije, y en ese momento rompí en llanto—. Jamás me había imaginado que me había casado con un gay, pero parecía un hombre rudo.

Renato me trajo un vaso de agua.

—Tranquila, mi Lore, respira.

—¿Tú lo amas?

—No, ya no. Te amo a ti… pero no deja de ser humillante.

Decidimos quedarnos en la oficina después de que salgan todos.

Pedimos comida y nos quedamos conversando.

Lorena me habló con una voz muy triste:

—Prometo que ese hombre no me va a hacer eso. Le voy a hacer gastar mucho dinero, me las voy a cobrar, su familia se va a enterar de la peor manera.

—Ya, mi novia bella, no te pongas tan triste. A ver, una sonrisita…

Sonreía a medias.

Él, sentado al frente de mí, con un dedo me comenzaba a tocar las tetas y tratar de bajarme la blusa.

—Estás linda, a mí me encantas y yo te amo… ¿no te da ganas de que te las coma?

—Sí me da ganas, papi, sí quiero —dije entre sollozos.

Me tomó de la mano y fuimos a la bodega.

Me denudo poquito a porquito, me comió a besos, cada rincon de mi cuerpo me lo fue besando, era la primera vez que me hacía el amor. Me besó toda. Se sentó en una silla vieja y se bajó los pantalones. Me senté sobre su pene y comencé a moverme muy despacio mientras me comía las tetas. Me movía más duro pero lento, restregándome la cuca bien. Él me seguía besando y me agarraba de las caderas para que me restriegue más fuerte.

En poco tiempo yo tuve un orgasmo y mi Renato también.

Nos levantamos y nos fuimos a casa. Me dejó en la puerta, nos despedimos con un abrazo muy largo.

Entré a casa y Ricardo estaba dormido, y ganas no me faltaban de decirle lo desgraciado y malparido que era.

Nunca había sido aprovechada, pero ahora sí me lo iba a pagar.

Al siguiente día pedí permiso.

—Ricardo, por favor, quiero que me lleves de compras —le dije.—Claro, Lore. Le llamo a Renato que venga y no slleve, Santiago ya le dará permiso —me respondió.

Renato llegó y me vio la cara de enojo y fastidio que tenía.

—Lorena se va en poco tiempo a Cuba. ¿Entiendo que contigo también? —preguntó.

—Sí, claro, de compañía y para aprender.

—Ya sabes que si la cuidas sea para que nadie se le acerque mi esposa tiene que regresar completa...

— Si tramquilo, yo me encargo que nadie se le acerque... dijo en tono burlon Renato.

— Quiere comprar unas cosas en el centro comercial—dijo Ricardo

— ok entonces nos vamos para el Marfil? dijo Renato

— Perfecto Renato, ese me parece genial.

Llegamos al centro comercial.

—Lore, ¿no te molesta si me regreso a la oficina? Tengo que hacer unos temas, luego vuelvo para almorzar —dijo Ricardo.

—Está bien —le respondí.—Renato, acompáñala de compras. Aquí te dejo la tarjeta, gasta lo que quieras, amor —me indicó Ricardo.

¡Qué iras! Quería que viera cómo me gastaba su dinero… pero bueno.

A lo que se fue, nos dimos un súper tour con Renato por el centro comercial. A mi novio bello le compré bóxers, calzoncillos, ropa, de todo. Una cuenta de más de 1.000 dólares solo en mi novio lindo. Ese es el precio que tenía que pagar mi esposo por todo lo que me hacía Renato.

Ahora me tocaba a mí. Íbamos caminando por el centro comercial, nos besábamos, nos reíamos de todo. Entré en una tienda donde Renato conocía a la mayoría de los dueños. En su época había sido jefe de ventas, luego se cansó de trabajar en esas cadenas porque nunca tenía libres los fines de semana ni ninguna fecha importante, así que decidió trabajar por su cuenta. Yo ni me lo imaginaba, pero cuando ingresábamos, los empleados lo saludaban y lo dejaban pasar.

Renato iba agarrando todo lo que suponía que yo podía querer y que me iba a quedar, y lo ponía en el carrito.

Llegamos a los probadores.

—Don Renato, ¿cómo está?

.—Bien, Patricia, ¿y usted? —respondió Renato.

—Bien.

—Le presento a mi novia, Lorena.

—Mucho gusto —le dije.—

Sabe qué, Patricia, yo le voy a asesorar en la ropa. Puede retirarse e indique que queremos exclusividad en las compras—indicó Renato.

—Sí, claro. Si necesita algo, ya sabe dónde voy a estar —contestó ella.

—Ya, amor, te voy pasando y me vas mostrando cómo te queda —me dijo Renato.—Sí, claro —le respondí.

Comencé con los vestidos: “este sí, este no”… y así se tomaba el tiempo de verme, si estaba muy ajustado o si se veía vulgar.

Al final quedó la ropa interior. Tanto probarme ya estaba cansada.

—A ver, Lore, este de aquí… —dijo Renato, mostrando un brasier de encaje con la tanga del mismo color.

Mi trasero grande parecía que se había comido la tanga y me quedaba muy bien. Mis tetas grandes, y claro, no se veían abultadas; más bien un poquito caídas y tristes.

—Ese no, Lore. La tanga sí, te marca muy bien el culo. Vamos con el siguiente. Pero sácate todo aquí, no en el vestidor —me ordenó Renato.

—Renato, ¿pero me van a ver todo? —pregunté nerviosa.

—No, ya le di la orden a Patricia de que nadie entre —me aseguró.

Bueno… y me desnudé por completo. Él me iba diciendo qué ponerme y, al agacharme, me daba una nalgadita de sorpresa. Poco a poco se le fue subiendo la calentura. Verme en tanta ropa interior que me hacía lucir muy bien me hizo sentir sexy. Al regresar a verlo, poco a poco el pantalón de Renato se iba hinchando en la entrepierna.

Yo ya tenía la vagina mojadita. Qué ganas de que me coma allí mismo.

—Ay, Lore, me dio ganas de lamerte. A ver, ven para acá, ponte en cuatro aquí, en la banca. Agáchate y saca el culo —me dijo.

Era una banca ancha de color blanco y al final del probador había un espejo bien grande.

—Qué rico… —susurré—. ¿Y ahora qué me irá a hacer?

Puse las manos en la banca. Me abrió las nalgas y me lamía el culo, subía y bajaba la lengua hasta mi vagina y volvía de nuevo.

Se bajó los pantalones, salió su pene, y me golpeaba con él en la entrada de mi culo.

—No, por allí amor, ahora no.

—Ay, Lore, solo un poquito.

—No, Renato, nunca es un poquito contigo no se puede.

—Está bien… —cedió.

Comenzó a buscar mi huequito de la vagina. Lo encontró rapidito y empezó a meterla y sacarla.

—Qué rico —le decía yo, mientras mis tetas colgantes, pesadas, se bamboleaban y se golpeaban entre ellas.

En un ratito ya me había dado un orgasmo. Me sentía muy bien. Él comenzó a gemir:

—Ah… ah…

Y me llenó el chocho de leche.

Se subió los pantalones.

—Ya, Lore, vístete. Ya acabamos. Ya tengo la ropa que necesitamos —me dijo.

llegando a la caja comence a ver que me veain raro y me ponian mas atencion de lo normal

—Amor, ¿por qué los cajeros me miran así? ¿Por qué se sonrojan? —le pregunté en voz baja.

—Porque hay cámaras en los probadores —me respondió Renato con calma.

—¿Y si me publican en internet? —insistí con cierta angustia.

—No, Lore, tranquila. Eso no va a pasar —me aseguró—. El que lo haga pierde el puesto.

El cajero entonces preguntó la forma de pago:—¿Con tarjeta?

—Sí —dije, y le entregué la tarjeta de Ricardo.

Él la miró con duda.—Pero esta no es su tarjeta.

—Es de mi esposo —aclaré con firmeza.

No pude evitar sentirme puta: acababa de coger con Renato y estaba pagando con la tarjeta de otro. pero que me importaba

— solo para probar el poder que tenia, le di un beso a Ricardo y el me correspondió. Mientras pasábamos las compras Renato no dejaba de abrazarme

ya nos íbamos y Renato, sin perder la serenidad, miró al cajero y le dijo:

—Hazme un favor, diles a los muchachos de seguridad que borren los videos de hoy, por favor.

Ya hablaré con don Marcelino sobre el tema de las grabaciones.

—Sí, claro, don Renato, ahora mismo —respondió el cajero, visiblemente sonrojado, antes de salir apurado a cumplir la orden.

Tomamos las compras y nos fuimos, como si nada hubiera pasado.

Me compré bolsos, vestidos, hilos, ternos de baño, sombreros… otra cuenta enorme, más de 2.000 dólares.

Ya era hora de almuerzo y Ricardo nunca llegó. Nos fuimos a un restaurante muy caro. Comimos de lo mejor; todo el almuerzo estábamos que nos besábamos y nos acariciábamos. Se sentía y se veía que estábamos enamorados.

—Vamos, amor, vamos a casa, ¿quieres? —le dije.

Ricardo suele llegar a eso de las 17h00; eran las 15h15.

Qué morbo me daba pensar en la playa de Cuba. Ya me iba olvidando de lo de Ricardo y sus perversiones. Solo quería estar con Renato y tener sexo.

Al llegar, parqueamos el carro. Nos fuimos desnudando desde la entrada de la casa, nos comíamos la boca como dos novios enamorados. Entramos a mi habitación, me subí a la cama y me puse en cuatro, abriendo mucho las piernas.

—Ya, papi, ahora sí, mételo por el culo, despacito eso sí —le dije.

—Ay, Lore, pero necesito aceite —me respondió.

—Escúpeme —le pedí.

Me escupió en el ano y me lo restregó con el dedo pulgar. Qué rico se sentía. Lo intentó meter. Escupió otra vez y puso la cabeza de su verga en la entrada. Comenzó a moverse y poco a poco fue entrando. Me tenía de las caderas. Me hice para atrás y de un solo empujon lo metió todo de una.

—¡Qué dolor! ¡Pero qué rico, papi! —gemí.

—Dame, papi, hazme más duro —me dijo.

Ya con la verga ensartada estaba disfrutando.

—Lorena, súbete a la cama y agárrate del respaldar.

—No, no la saques, por favor —le pedí.

Pero la sacó y me dijo:

—Ponte en pose de rezar.

—Ay, papi, ya lo hago… —respondí.

estaba lista como el me pidio, y poco a poco lo fue metiendo de nuevo. Yo sentía que entraba más rico. Él no quería terminar; me la metía, respiraba, me besaba, se acercaba a mi cuello, respiraba profundo.

—No termines, papi, quiero un poquito más, ¿sí? —le pedí.

—Sí, vida, sí —me respondió.

Otra vez la metía y la sacaba. Hasta que en un momento se agarró de mis tetas y me cabalgó como a yegua. Metía y sacaba con una fuerza que me partía en dos el culo. Yo me agarraba duro de la cama y no paraba de gritar del placer y del dolor. Qué sensación más rica.

Me llenó el culito de leche y se dejó caer a un lado, todo sudado.

—Ya, Lore, no más. Quiero algo de tomar, ¿me traes un vaso de agua? —me pidió.

—Sí, papi, ya te traigo —le respondí.

Salí corriendo; mis tetas rebotaban, pero mi culo todavía lo sentía: me habían dado de lo más rico. Le llevé el vaso de agua, lo tomó y nos quedamos durmiendo un rato.

Me levanté y faltaba poco para que llegara Ricardo.

—Vamos, bebé, nos bañamos —le dije.—Sí, claro. Vamos —me respondió.

Ya estábamos vestidos y perfumados esperando la llegada de Ricardo. Estábamos bajando las cosas del carro cuando ya llegó.

—Lore, lo siento, no pude ir a almorzar —me dijo.—No pasa nada —le respondí, poniendo cara de molesta pero fingida, porque la tarde maravillosa que había pasado con Renato era inigualable.

Me dio un beso en la mejilla.

—Hola, Renato, ¿qué tal mi mujer de compras? —preguntó Ricardo.—Bien, la pasamos muy bien —respondió Renato.

Ricardo entró y se fue a cambiar. Vio tantas cosas que bajábamos del auto.

—Lore, ¿y cuánto te gastaste? —preguntó.

—Mmm… como unos 3.000… ¿Por? Riki, no le vas a negar a tu esposa una buena vida. Además, yo he sido muy comprensiva contigo siempre en todo… —le dije mientras me acercaba y me ponía de puntitas.

—Sí, tienes toda la razón —me respondió con cara de molesto, pero no tenía nada más que aceptar.

—Quiero que se quede a cenar Renato, ¿te molesta? Ya que nos dejaste allá botados, no deberías ponerte molesto —le dije.

—No, Lore, para nada —me respondió.

—Además, Renato se merece hasta propina; me ayudó en todo, ha sido experto en este tema de las compras, uy, no tengo quejas.

—Está bien, Lore, luego hablamos de eso —me dijo Ricardo

—Ok, entonces voy a pedir comida y unas cervecitas —dijo Ricardo.

—Renato, ¿quieres algo? —preguntó Ricardo.

—Sí, además de la cena, un postre. Gracias —respondió Renato.

—Entonces pídelos con Lore, organicen ustedes —dijo Ricardo.

Ricardo puso el fútbol.

Vamos por unos tragos, dijo Ricardo a Renato...

Se fueron a buscar los traguitos y yo me quedé dormida en el sillón. Sonó el timbre: era el repartidor. Pagué con la tarjeta de Ricardo.

Cuando regresaron del supermercado ya estaba todo listo. Nos sentamos y, de frente a Renato, yo le tocaba el pene con el pie debajo de la mesa. Ya me valía lo que pasara: Ricardo era gay y yo suplicando por sexo… no, eso no era justo.

Acabamos de comer y, después de unos tragos con Ricardo, Renato ya se tuvo que ir.

—Bueno, gracias por todo.

—Ricardo, ¿qué pasó con el tema de la propina?

—Claro, Lore, agarra de mi cartera lo que desees.

Fui a la habitación y saqué 400 dólares.

—Toma, Renato, gracias por tus servicios.

Renato solo agarró el dinero sin ver la cantidad.

—Gracias, Renato —le dijo Ricardo.—¿Cuándo es el viaje?

—En 4 días.—Ahh, ok.

Se dieron un abrazo raro, de hombres, así de lado.

—Lorena, por favor lleva a Renato a la salida

Cerré la puerta, me puse de puntitas y nos besamos.

—Chao, amor hermoso, te amo —me dijo.

—Te amo, Lore.

— Nos vemos mañana —le respondí.

Nos besamos muy rico y se fue.

—Lorena, ¿me puedes mostrar las compras que has hecho? De seguro te ves muy rica.—Estoy con migraña, Ricardo, mañana con gusto.

—Hasta mañana.

Y me fui a dormir.

Déjenme sus comentarios, asi puedo mejorar la manera de contar lo que me sucedio o escríbanme: [email protected], sera un gusto hablar con ustedes...