Pecados de Venganza: El Precio del Poder
A sus 50 años, Valeria ha decidido que su cuerpo es su arma definitiva. En la suite de un hotel de lujo, no busca amor, sino venganza. El precio del poder se paga con el cuerpo, y esta vez, ella lleva la cuenta.
Me llamo Valeria, y a mis 50 años, me he reinventado. Después de aquella entrevista en la multinacional, donde dejé al director de recursos humanos temblando en su silla, conseguí el trabajo. No fue solo un empleo; fue el comienzo de mi liberación. Mis pechos operados, mis labios carnosos y mi cuerpo, que aún hacía girar cabezas, se convirtieron en mis herramientas. Ya no era la esposa sumisa de un empresario infiel; ahora era una mujer dispuesta a todo por escalar, por vengarme, por vivir.
En la empresa, mi ascenso fue rápido. No por mis habilidades administrativas, claro, sino porque sabía cómo jugar mis cartas. Los hombres en las oficinas me miraban con deseo, y yo usaba cada mirada, cada susurro, para ganar terreno. En unas semanas, ya no era solo una secretaria; me habían asignado un rol en el equipo de ventas, con una misión clara: convencer a un cliente clave, un magnate de 68 años, para que firmara un contrato millonario con la empresa. Era mi primera gran prueba, y no iba a fallar.
El cliente, Don Rafael, era un hombre calvo, barrigón, con una sonrisa lasciva que no escondía sus intenciones. La reunión estaba programada en una suite de un hotel de lujo. Me miré en el espejo antes de salir: un vestido negro cortísimo, tan ajustado que parecía una segunda piel, moldeando mis curvas y subiendo peligrosamente por mis muslos. Debajo, solo un tanga negro de encaje, tan fino que apenas cubría nada. Decidí no llevar sujetador; mis pezones, duros por la excitación y el roce de la tela, se marcaban descaradamente. “Si quiero ese contrato, voy a usar todo lo que tengo”, me dije, pintando mis labios carnosos con un rojo brillante y dejando mi melena morena suelta.
Llegué a la suite y toqué la puerta. Don Rafael abrió, sus ojos recorriéndome de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando. “Vaya, vaya, qué tenemos aquí”, dijo con una voz grave, invitándome a pasar. Su barriga sobresalía bajo una camisa cara, y su calva brillaba bajo la luz tenue de la habitación. No perdí tiempo en formalidades. “Señor Rafael, sé que este contrato es importante para usted. Estoy aquí para asegurarme de que quede… completamente satisfecho”, murmuré, acercándome, mis tacones resonando en el suelo de mármol.
Él se rio, sentándose en un sofá de cuero. “No soy estúpido, Valeria. Sé de qué va esto. Si quiero firmar, primero quiero ver hasta dónde estás dispuesta a llegar”. Sus ojos brillaban de lujuria, y no me intimidó. Me arrodillé frente a él, mis manos subiendo por sus muslos gordos hasta el cinturón. “Entonces déjeme mostrárselo”, susurré, desabrochando su pantalón con dedos ágiles. Su polla, sorprendentemente gruesa para un hombre de su edad, saltó libre. Olía a sudor y colonia cara, y yo no dudé. Lamí la punta, mis labios carnosos envolviéndola lentamente, saboreando su piel arrugada mientras mis ojos lo miraban fijamente.
“Joder, qué boca…”, gruñó, sus manos agarrando mi pelo. Chupé con fuerza, mi lengua girando alrededor de su glande, succionando hasta que mis mejillas se hundieron. La saliva goteaba por mi barbilla, manchando mi vestido, pero no me importó. Me sentía poderosa, en control, mientras lo llevaba al borde. Sus gemidos llenaban la habitación, y yo aceleré, mi cabeza moviéndose rápido, mis tetas rebotando libres bajo el vestido, los pezones duros rozando la tela. Pero él me detuvo, jadeando. “No tan rápido, zorrita. Quiero más”.
Me levantó con rudeza y me empujó hacia la cama. “Quítate ese vestido”, ordenó. Me lo arranqué en un movimiento, quedándome solo con el tanga negro, mis pechos operados firmes y mis pezones erectos expuestos al aire. Él se lamió los labios, su polla palpitando. “Ponte a cuatro”, gruñó, y obedecí, arqueando la espalda, mi culo en alto, el tanga apenas cubriendo mi coño ya húmedo. A lo perrito siempre había sido mi postura favorita; me hacía sentir vulnerable y poderosa al mismo tiempo.
Me arrancó el tanga de un tirón y, sin preámbulos, me penetró. Su polla gruesa se hundió en mí, estirándome, y gemí fuerte, mis manos aferrándose a las sábanas. “Así, cabrón, fóllame duro”, le dije, sorprendida de mi propia desfachatez. Él embistió con fuerza, su barriga chocando contra mi culo, sus manos apretando mis caderas. Cada empujón me hacía gemir más alto, el placer mezclándose con la rabia que aún llevaba dentro por mi ex. “Más fuerte, joder”, exigí, y él obedeció, follándome como un animal, mis tetas balanceándose con cada golpe.
“Te voy a llenar la cara, puta”, gruñó al cabo de un rato, saliendo de mí. Me giré rápidamente, arrodillándome frente a él, mi boca abierta, mi lengua fuera. Su semen caliente explotó en mi cara, chorros espesos cubriendo mis mejillas, mis labios carnosos, goteando por mi barbilla hasta mis pechos. Me lamí los labios, saboreándolo, completamente desinhibida, disfrutando de la degradación que me hacía sentir viva. Él jadeó, desplomándose en la cama. “El contrato es tuyo”, dijo entre risas, exhausto.
Saqué mi teléfono, mi cara aún pegajosa, el semen resbalando por mi piel. Hice un selfie, capturando mis ojos brillantes, mi sonrisa triunfal, las gotas blancas brillando bajo la luz. Lo envié a mi exmarido con un mensaje: “Otro cliente satisfecho, imbécil. Mira lo que te perdiste”. Me reí, limpiándome con un pañuelo, sintiendo el poder correr por mis venas. No solo había conseguido el contrato; había reclamado un pedazo más de mi venganza. Y esto, pensé mientras me vestía, era solo el comienzo.
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