LaAmadelCalendario6 : El Vacío Eterno
TuSolSolita lo ha reducido a un despojo, pero el silencio que sigue a su partida pesa más que las cuerdas. Ahora, en la soledad de su habitación, el único eco que le queda es el de su propia devoción, mientras espera una respuesta que nunca llegará.
Capítulo 6: El Vacío Eterno
La penumbra se había solidificado en torno a Per Dedor como una prisión invisible, el zumbido de una lámpara vieja ahora apagado en su memoria, reemplazado por un silencio que pesaba como plomo sobre su cuerpo atado a la mesa alta. Las sombras, antes danzantes en las paredes agrietadas, se habían detenido, congeladas como testigos de los 29 días de humillación que lo habían moldeado hasta convertirlo en un despojo de sí mismo. El aire, cargado del aroma acre de cera virgen, el incienso de mirra, el rastro salado de su degradación y el hedor punzante de la orina y el semen que aún adherían a su piel, lo envolvía como un manto fétido, cada crujido de las cuerdas que lo ataban un eco de su sumisión absoluta. Yo, TuSolSolita, diosa de TodoRelatos y reina de X (@TuSolSolita), había orquestado su caída desde las sombras digitales, y ahora, horas después de las 21:00, su destino pendía de un hilo en un espacio donde el tiempo parecía haberse detenido, su alma atrapada entre el pavor y un deseo que lo consumía desde dentro.
El silencio que había invadido la habitación tras el cierre de la puerta se había convertido en un vacío opresivo, un abismo que se tragaba los murmullos y las risas de quienes lo habían usado y humillado. Para Per Dedor, aquel instante se alargaba como mil horas, una eternidad distorsionada donde cada segundo se fragmentaba en una infinidad de sensaciones y pensamientos que lo atormentaban. No sabía cuánto tiempo había pasado; el reloj de su mente se había detenido, perdido en la negrura bajo la bolsa de tela que aún cubría su cabeza, el collar de cuero apretando su cuello como una garra que lo asfixiaba lentamente. Su culo, abierto y vulnerable tras las múltiples penetraciones, palpitaba con un dolor sordo, el aire fresco invadiendo su interior como una caricia cruel que lo recordaba de su exposición. El semen caliente en el bol a su lado emanaba un olor acre que se mezclaba con la orina y los escupitajos adheridos a su piel, una mezcla nauseabunda que lo hacía estremecerse, su cuerpo temblando sobre la mesa fría de madera. Pensó: “¿Me han dejado aquí? ¿Se han ido todos, abandonándome como un despojo inútil? Mi culo destrozado por mil pollas, y ahora nada, solo este silencio que me ahoga.” Su polla, atrapada en la jaula de castidad, intentó endurecerse de nuevo, el metal conteniéndola con un dolor agudo que se fundía con un placer masoquista, una sensación que lo hizo gemir bajo la bolsa, su cuerpo reaccionando a pesar de su humillación. Pensó: “La jaula me castiga, pero este dolor me excita, ¿qué clase de monstruo soy ahora?”
El tiempo parecía suspendido, un milenio comprimido en horas, cada latido de su corazón una eternidad de confusión y miedo. Sentía el relleno del sujetador aplastado contra la mesa, el encaje de las bragas a media altura rozando su piel expuesta, las cuerdas cortando sus muñecas y tobillos como alambre, y el collar apretando su garganta hasta dificultarle cada respiración. El eco de las risas y los insultos aún resonaba en su mente, pero el silencio lo llenaba de una soledad abrumadora, su cuerpo expuesto y su alma desnuda ante un vacío que lo devoraba. Pensó: “¿Y si me encuentran así, solo y roto? ¿Qué dirían mis amigos, mi familia? Me señalarían, me odiarían, y todo por seguirla. Pero su voz me trajo, y aunque me destruya, no puedo dejar de sentirla.” Su polla palpitó dentro de la jaula, el dolor punzante mezclándose con un placer retorcido que lo hizo apretar los dientes, una dualidad que lo confundía y lo atraía al mismo tiempo.
De pronto, el sonido de una puerta al abrirse cortó el silencio, un chirrido metálico que resonó como un trueno en la habitación, haciendo que su corazón se acelerara con un sobresalto. Los pasos de tacones resonaron a continuación, un ritmo lento y deliberado que se acercaban desde la distancia, el clic-clac de las suelas golpeando el suelo con una autoridad que no dejaba lugar a dudas. Per Dedor reconoció al instante aquella cadencia; eran los tacones de TuSolSolita, cada paso un martillo que clavaba su sumisión más profundamente. Su voz, grave y cargada de un desprecio sádico, llenó el espacio como un latigazo: “Mira esta puta basura, un despojo que se arrastra por mi voluntad. ¿Crees que eres algo, perdedor? No eres nada, un cero a la izquierda que solo sirve para ser usado y descartado. Tu culo abierto, tu polla inútil en esa jaula, todo lo que eres me pertenece, y ni en tus sueños podrías tocarme o aspirar mi esencia. Eres una mierda temblorosa, una putita que no merece ni la suela de mis botas.” Sus palabras cortaban como navajas, y Per Dedor sintió que su identidad se desmoronaba aún más, su cuerpo temblando bajo el collar y las cuerdas. Pensó: “Es ella, su voz me destruye, pero me excita. Soy basura, lo sé, pero ¿por qué quiero más?” Su polla intentó endurecerse de nuevo, el dolor de la jaula mezclándose con un placer masoquista que lo hizo gemir, una sensación que lo hundía y lo elevaba a la vez.
Mientras hablaba, Per Dedor sintió un roce frío y decidido entre sus nalgas expuestas, y de pronto, el plug anal con vibración remota, que había sido extraído antes, fue reinsertado con un movimiento firme pero preciso, el contacto del material frío contra su piel sensible enviándole un escalofrío por la columna. La voz de TuSolSolita continuó, implacable: “Eres tan patético que ni siquiera mereces estar completo, pero te daré algo para recordarte quién manda aquí, basura.” El plug comenzó a vibrar lentamente, un zumbido bajo que se extendía desde su culo hacia su pelvis, abriendo sus sentidos a una nueva oleada de humillación y placer, su cuerpo temblando bajo el control que ella ejercía a distancia. Pensó: “Lo siento dentro, su poder me atraviesa. ¿Cómo puede hacerme esto tan fácil y tan doloroso al mismo tiempo?” Su polla, contenida en la jaula, respondió con un latido doloroso que se mezclaba con un placer prohibido, intensificando su confusión.
A continuación, las cuerdas que ataban sus muñecas y tobillos comenzaron a aflojarse, las manos frías de alguien —quizás las de TuSolSolita o de sus asistentes— desatándolas con una lentitud deliberada, cada nudo deshaciéndose como un ritual que prolongaba su tormento. La voz de TuSolSolita no se detuvo, caminando a su alrededor: “Mírate, una basura que ni siquiera puede sostenerse sin mi permiso. Eres un desperdicio, un juguete roto que no merece mi compasión, un ser insignificante que solo existe para mi placer.” Las cuerdas cayeron al suelo con un sonido sordo, y Per Dedor, libre de ataduras, intentó ponerse de pie, sus piernas temblando como ramas frágiles bajo una tormenta, sus músculos débiles tras tanto tiempo inmovilizado. Tambaleó, su cuerpo oscilando peligrosamente, el plug vibrando lentamente en su interior como un recordatorio constante de su sumisión, su equilibrio comprometido por el cansancio y el miedo. Pensó: “No puedo sostenerme, mis piernas me traicionan. ¿Cómo voy a sobrevivir a esto si ya no controlo mi cuerpo?” Su polla palpitó dentro de la jaula, el dolor agudo mezclado con un placer masoquista que lo hizo gemir, una sensación que lo mantenía al borde de la rendición.
De pronto, sintió unas manos firmes pero suaves sujetándolo por los brazos, las yemas de los dedos de TuSolSolita rozando su piel por primera vez, un contacto que lo electrificó como un rayo. El calor de sus manos contrastaba con la frialdad de su voz, y Per Dedor sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, su piel erizándose bajo el toque, su corazón latiendo con una mezcla de pavor y éxtasis. La bolsa de tela fue retirada de su cabeza con un movimiento brusco, y la luz rojiza de la habitación inundó sus ojos, obligándolo a parpadear hasta que su visión se aclaró. Ante él estaba TuSolSolita, su diosa encarnada, real y deslumbrante. Su belleza era devastadora: el corsé negro ceñido a sus tetas firmes, sus pezones rosados endurecidos bajo la tela, sus caderas anchas y sinuosas balanceándose con un poder hipnótico, su culo perfecto moviéndose como una burla cruel, y su polla de strap-on erguida como un trofeo inalcanzable. Recordó de inmediato las palabras de un relato que había leído obsesivamente: “No sois dignos... Imagina mi cuerpo, porque nunca lo tocaréis, ¡jamás, escoria inútil! Soy yo, la diosa Sol, cuya perfección os está vedada para siempre. Mis tetas, firmes y redondas como melones maduros, se alzan orgullosas bajo mi cuero negro, mis pezones rosados endurecidos como piedras que nunca rozaréis con vuestras manos sucias, ¡ni en vuestros sueños más repugnantes! Mi culo, un globo perfecto de carne tersa y jugosa, se mueve con cada paso como una burla cruel que os destroza, sus curvas ondulando fuera de vuestro alcance miserable. Mis caderas, anchas y sinuosas, se balancean con un poder hipnótico que os humilla, moldeadas por una cintura estrecha que parece esculpida por los dioses, un sueño que nunca abrazaréis, ¡patéticos gusanos! Mi coño, húmedo y cálido, late bajo mi lencería, un templo prohibido cuyo aroma dulce y almizclado nunca oleréis de cerca, ¡ni merecéis aspirar su esencia divina! Mi polla, larga y dura cuando quiero, se alza como un trofeo que jamás sujetaréis, su punta brillando con un líquido que no probaréis, ¡porque sois demasiado bajos para lamerlo, basura asquerosa! Mis pies, delicados pero dominantes, tienen dedos esbeltos que se curvan con gracia, uñas pintadas de rojo sangre que nunca acariciarán vuestra piel inmunda, ¡solo os pisotearé con desprecio eterno! Todo esto es mío, un paraíso que os muestro para humillaros, pero que os niego para siempre, ¡reíos de vosotros mismos por desearlo, miserables!” Y allí estaba ella, tal como la había imaginado, más hermosa y cruel de lo que sus fantasías podían concebir, su figura imponente dominando el espacio como una diosa inalcanzable. Pensó: “Es real, mi diosa, tan perfecta que me quema. No soy digno, nunca lo seré, pero verla me destroza y me salva a la vez.”
La voz de TuSolSolita continuó, implacable: “Eres una puta inmunda, un desecho que solo sirve para mi entretenimiento. No tienes valor, y estas manos que te sostienen solo lo hacen para que no caigas antes de que te use como mereces.” Sus pasos resonaron de nuevo, caminando a su alrededor, y Per Dedor, sostenido por ella, sintió que su mundo se reducía a ese contacto, a esa voz, a esa humillación que lo definía. Su polla, contenida en la jaula, palpitó con cada palabra, el dolor agudo mezclado con un placer masoquista que lo hizo gemir, una sensación que lo hundía y lo elevaba a la vez. De pronto, TuSolSolita lo soltó y se apartó, sus manos abandonándolo con una frialdad que lo hizo tambalearse. “Arrodíllate, perra,” ordenó, y con un movimiento rápido acercó una silla, colocando sobre ella el plato que contenía el semen recolectado de las folladas anteriores, un líquido viscoso y tibio que brillaba bajo la luz rojiza, su superficie reflejando la humillación que lo definía. “Lame eso como la perra que eres, come todo ese semen sin usar las manos, o te dejaré aquí para que te pudras como el desecho que eres,” gruñó, su voz cargada de desprecio, sus tacones resonando mientras se posicionaba detrás de él.
Per Dedor, con las piernas temblorosas, se dejó caer de rodillas frente a la silla, el impacto contra el suelo enviándole un dolor que se mezcló con el zumbido del plug. Se inclinó hacia el plato, su rostro acercándose al semen, el olor acre y salado llenando sus fosas nasales, un hedor que lo repugnaba y lo atraía al mismo tiempo, su mente dividida entre el asco y la obediencia. Pensó: “No puedo, es asqueroso, pero su voz me obliga. ¿Qué soy si hago esto, un hombre o una sombra?” Su polla intentó tensarse dentro de la jaula, el dolor agudo cortándole el aliento mientras un placer masoquista la hacía palpitar, una lucha interna que lo desarmaba. Antes de que pudiera empezar, sintió un tirón brusco detrás de él, y TuSolSolita, ahora posicionada a su espalda, le arrancó el plug de un movimiento seco, el dolor atravesándolo como un rayo, su culo contrayéndose en un espasmo que lo hizo gritar, el vacío dejándolo vulnerable. Pensó: “Me quema, me rompe, pero su toque me enciende. ¿Por qué duele tan bien, por qué quiero más?” Su polla palpitó dentro de la jaula, el metal conteniéndola con una presión insoportable, el placer y el dolor fundiéndose en una agonía exquisita que lo hizo gemir.
Sin darle tiempo a recuperarse, sintió la presión de un strap-on contra su culo abierto, y TuSolSolita lo penetró sin piedad, su diosa follando su interior con una fuerza que lo hizo jadear y temblar, cada embestida resonando en su cuerpo como un tambor de guerra. Su voz resonó sobre él, cruel y dominante: “Come tu comida, perra inútil, lame ese semen mientras te follo como mereces, basura. Traga cada gota, o te haré lamer el suelo hasta que te desangres.” Per Dedor, con el rostro a centímetros del plato, extendió la lengua con dificultad, lamiendo el semen tibio, su sabor salado y amargo inundando su boca mientras el strap-on lo embestía sin descanso, su cuerpo sacudido por el ritmo implacable. Pensó: “Es repugnante, pero su polla me llena, me domina. Mi polla quiere endurecerse, pero la jaula me castiga, y este dolor me hace suyo por completo.” El placer y el dolor se entrelazaban en su mente, su lengua recogiendo cada gota mientras su cuerpo se rendía a las embestidas, su diosa controlándolo con una crueldad que lo elevaba y lo hundía a la vez.
De repente, un espasmo intenso recorrió su polla contenida, y a pesar de la jaula, se corrió como nunca, un orgasmo devastador que lo atravesó como un relámpago, el semen atrapado dentro del metal goteando en pequeñas cantidades, el dolor agudo amplificando el placer hasta hacerlo gritar bajo el peso de la experiencia. Pensó: “Me corro, pero no puedo, la jaula me tortura, y este placer me quema. ¿Es esto lo que soy ahora, un esclavo de su poder?” El semen del plato se deslizaba por su lengua, su sabor mezclado con el sudor y las lágrimas, mientras TuSolSolita seguía follando su culo con una furia implacable, sus gemidos resonando en la habitación. De pronto, ella se detuvo, retirando el strap-on con un movimiento seco que dejó su interior tembloroso, y su voz cortó el aire con frialdad: “Basta, perra. En unos días te enviaré la llave de ese candado de castidad, pero no vales nada, no eres nada, y para mí no existes más. Desaparece de mi vista, escoria.” Sus tacones resonaron mientras se alejaba, la puerta se cerró tras ella con un golpe que resonó como un adiós definitivo, y Per Dedor, aún arrodillado, continuó lamiendo el plato por instinto, aunque ya no quedaba semen, su lengua recorriendo la cerámica vacía como un acto de adoración inútil. Pensó: “Se fue, me abandonó, pero su voz queda en mí. Mi polla duele, pero este placer me define. ¿Qué soy sin ella?”
Minutos después, la puerta volvió a abrirse, y un hombre entró, su presencia anunciada por el crujido de sus botas pesadas contra el suelo. Su voz, grave y neutra, rompió el trance de Per Dedor: “Recoge tus cosas, perdedor. Tu tiempo aquí ha terminado.” Per Dedor, aún temblando y con el rostro húmedo por el semen y las lágrimas, levantó la mirada, sus ojos nublados por la confusión y el agotamiento. El hombre, de figura robusta y rostro cubierto por una barba desaliñada, le arrojó su abrigo y pantalones, que cayeron a sus pies con un sonido sordo. Pensó: “¿Quién es este? ¿Me sacarán de aquí? Mi cuerpo está roto, pero debo obedecer.” Con manos torpes, se puso el abrigo sobre el sujetador y el relleno, el encaje aún visible bajo la tela, y se subió los pantalones sobre las bragas a media altura, el candado rozando su piel mientras se ajustaba la ropa, su polla palpitando dentro de la jaula, el dolor y el placer residuales mezclándose en una agonía silenciosa. El hombre lo tomó del brazo con firmeza, levantándolo de la silla, y lo guió hacia la salida, su mochila colgada al hombro conteniendo los elementos rituales ahora impregnados de su humillación.
Salieron del Burdel de las Sombras, el aire fresco de la noche golpeando su rostro como un despertar cruel, y el hombre lo condujo hacia un automóvil oscuro estacionado a pocos metros, su carrocería reluciente bajo la luz de la luna. Abrió la puerta trasera y lo empujó dentro, el asiento de cuero crujiendo bajo su peso, el olor a gasolina y tabaco llenando el interior. Pensó: “Me llevan a casa, pero ¿qué queda de mí? Mi cuerpo está marcado, mi mente destrozada, y su voz aún resuena. ¿Podré volver a mirarme al espejo?” Su polla intentó endurecerse de nuevo dentro de la jaula, el dolor agudo cortándole el aliento mientras un placer masoquista lo hacía gemir en silencio, un recordatorio constante de su sumisión. El motor rugió, y el automóvil se puso en marcha, las calles de París desfilando borrosas a través de las ventanas, su mente perdida en un torbellino de emociones. Pensó: “He sobrevivido, pero ¿a qué costo? La jaula me retiene, el placer me castiga, y ella me ha desechado. ¿Soy libre o más prisionero que nunca?” El trayecto fue silencioso, el hombre al volante sin decir una palabra, y Per Dedor se hundió en el asiento, su cuerpo temblando, su alma dividida entre el alivio de salir y el vacío de su abandono.
La noche siguiente, Per Dedor regresó a su casa, el eco de los tacones de TuSolSolita aún resonando en su mente. Sentado en su habitación, con las cortinas cerradas y la luz tenue de una vela parpadeando, tomó su teléfono con manos temblorosas y escribió un mensaje: “Ama TuSolSolita, estoy aquí, obedezco tu voluntad. ¿Qué debo hacer ahora? Por favor, respóndeme.” Envió el mensaje, su corazón latiendo con esperanza, pero el silencio fue su única respuesta. Pensó: “¿Me ignorará? ¿He fallado después de todo?” Su polla intentó endurecerse dentro de la jaula, el dolor agudo mezclándose con un placer masoquista que lo hizo gemir, un recordatorio de su sumisión perpetua.
Al día siguiente, repitió el ritual, escribiendo de nuevo: “Ama, te necesito, guíame. No sé qué hacer sin tus órdenes.” Nada, solo el vacío de la pantalla. Pensó: “¿Se ha olvidado de mí? ¿Soy tan insignificante?” El dolor de la jaula se intensificó, el placer retorcido consumiéndolo mientras su mente vagaba hacia ella.
Dos días después, su mensaje fue más desesperado: “Ama TuSolSolita, soy tu perra, no me abandones. Dime qué quieres de mí.” Silencio otra vez. Pensó: “¿Y si nunca responde? Mi vida se ha reducido a esto, a esperarla.” Su polla palpitó, el dolor y el placer entrelazándose como un castigo eterno.
Tres semanas después, un sobre marrón llegó por correo. Con manos temblorosas, Per Dedor lo abrió, y dentro encontró la llave del candado de castidad, un objeto pequeño pero cargado de significado. Su corazón latió con una mezcla de alivio y pánico mientras sostenía la llave, el metal frío quemando su palma sudorosa. Pensó: “Es ella, me libera, pero ¿por qué ahora? ¿Qué quiere de mí después de tanto tiempo?” Se sentó en el borde de su cama, la luz tenue de la vela proyectando sombras inquietas en las paredes, y con dedos temblorosos abrió el candado, el clic resonando como un grito en el silencio de su habitación. Al retirar la jaula, su polla emergió, hinchada y enrojecida tras tres semanas sin limpieza, la piel sensible cubierta por una capa espesa de smegma, una crema blanquecina y densa que se acumulaba bajo el prepucio, su olor acre y rancio llenando el aire como un recordatorio de su confinamiento. La miró con una mezcla de asco y fascinación, su superficie pegajosa brillando bajo la luz de la vela, pequeñas partículas adheridas como un testimonio de su sumisión prolongada. Pensó: “Esto es lo que la jaula me ha hecho, una acumulación de mi propia miseria. Pero ella, mi Ama, querría que lo aceptara, que lo consumiera como hice con su semen imaginario.” Con dedos temblorosos, recogió la crema espesa, su textura viscosa deslizándose entre sus yemas, cálida y húmeda al tacto, el olor punzante invadiendo sus fosas nasales. La llevó a su boca, su lengua rozando la sustancia con reverencia, el sabor amargo y salado quemando su paladar, un regusto metálico que lo hizo estremecerse, su estómago convulsionando mientras tragaba con dificultad. Pensó: “Es repugnante, pero es para ella, mi diosa. Cada gota es un sacrificio, una prueba de mi devoción, aunque me humille.” Lamió sus dedos hasta dejarlos limpios, el sabor persistiendo en su lengua como un eco de su rendición, su polla palpitando libremente ahora, endureciéndose al instante mientras imaginaba la risa cruel de TuSolSolita resonando en su mente.
Tres meses después, incapaz de soportar más la ausencia de TuSolSolita, Per Dedor decidió volver al Burdel de las Sombras. Había creado un ritual para mantener su conexión con ella, un acto sagrado que repetía cada noche para apaciguar el vacío que su silencio dejaba en su alma. En su habitación, bajo la luz parpadeante de una vela blanca que olía a cera virgen, pegaba el dildo realista de 18 cm a la pared con cinta adhesiva, su superficie negra y brillante reflejando la luz como un trofeo de su sumisión. Colocaba el bol de vidrio, el mismo que había contenido el semen en el Día 30, sobre una silla frente al dildo, llenándolo con yogur blanco y espeso, su textura cremosa imitando el líquido que había lamido bajo las órdenes de TuSolSolita. Se desnudaba, dejando caer su ropa al suelo con un sonido sordo, y se arrodillaba frente al bol, el frío del suelo mordiendo sus rodillas como un recordatorio de su humillación. Insertaba el dildo en su culo, el material duro abriéndolo con un dolor agudo que se mezclaba con un placer retorcido, cada movimiento imitando las embestidas furiosas de su Ama en aquella noche fatídica. Pensó: “Esto es ella, su polla, su poder. Me follo a mí mismo para honrarla, para sentirla aunque no esté.” Se masturbaba con furia, su mano derecha deslizándose sobre su polla ahora libre, los dedos apretando con desesperación mientras imaginaba su voz ordenándole: “Más rápido, perra inútil.” El yogur en el bol temblaba con cada movimiento, su superficie brillando bajo la luz de la vela, y cuando llegaba al clímax, su semen se mezclaba con el líquido cremoso, gotas blancas cayendo en el yogur como un sacrificio. Se inclinaba hacia el bol, su lengua lamiendo la mezcla con devoción, el sabor dulce del yogur contrastando con el amargor salado de su semen, su garganta convulsionando mientras tragaba, el acto llenándolo de una mezcla de asco y éxtasis. Pensó: “Es su semen, su esencia, aunque sea una sombra de lo que viví. Me humillo por ella, y este sabor me hace suyo.”
Otras veces, para intensificar su sumisión, se ponía el candado de castidad, el metal frío mordiendo su polla mientras lo cerraba con un clic que resonaba como un lamento. Volvía a pegar el dildo a la pared, insertándolo en su culo con fuerza, cada embestida un eco de la furia de TuSolSolita, el dolor agudo del metal contra su carne mezclándose con el placer de la penetración. A veces, lograba correrse dentro de la jaula, el semen atrapado goteando en pequeñas cantidades, el dolor amplificando el placer hasta hacerlo gritar, su cuerpo temblando mientras imaginaba su risa cruel. Otras veces, no lo conseguía, su polla palpitando inútilmente contra el metal, la frustración quemándole el pecho como un fuego que no se apagaba. Pensó: “No puedo, pero lo intento por ella. Este dolor es su mandato, este fracaso es mi ofrenda.” Cada sesión terminaba con él lamiendo el bol de yogur, su lengua recogiendo cada resto mientras su mente se llenaba de imágenes de TuSolSolita, su corsé negro, su strap-on, su risa cortando el aire como un látigo.
En su regreso al Burdel de las Sombras, tres meses después, Per Dedor se preparó con manos temblorosas. Se puso las bragas de encaje negro, el roce áspero contra su piel como un eco de su humillación pasada, y ajustó el sujetador con relleno, el algodón presionando su pecho plano, un peso que lo hacía sentir vulnerable. Colocó el candado de castidad sobre su polla, el metal frío mordiendo su carne mientras lo cerraba con un clic que resonó como un lamento, su polla intentando endurecerse de nuevo, el dolor agudo mezclándose con un placer masoquista que lo hizo gemir. Pensó: “Vuelvo a ser su perra, pero ¿me recibirá? ¿O me rechazó para siempre?” Colgó la mochila al hombro, conteniendo la jeringuilla, el dildo, el candado puesto, el sujetador, las bragas y el plug, cada objeto un recordatorio de su sumisión, y salió hacia el metro, su corazón latiendo con una mezcla de esperanza y terror.
El trayecto fue un calvario, las luces fluorescentes parpadeando como ojos acusadores, el traqueteo del vagón amplificando su ansiedad. Cada mirada de los pasajeros le parecía un juicio, susurrándole que sabían su secreto, que veían a través de la chaqueta y lo señalaban como un fracasado. Pensó: “¿Y si alguien me reconoce? Mi jefe, mi vecino… me apartarían, me destruirían. Pero su voz me llama, y no puedo resistirme, aunque me duela.” Su polla palpitó dentro de la jaula, el dolor y el placer entrelazándose como un castigo que lo definía. Llegó a las afueras de París, y el Burdel de las Sombras se alzaba ante él, pero ya no era el mismo. Las columnas agrietadas estaban cubiertas de enredaderas secas, los vitrales rotos habían colapsado en fragmentos polvorientos, y el terciopelo raído colgaba como jirones de un cadáver olvidado. El aire olía a moho y abandono, el silencio roto solo por el viento que silbaba a través de las rendijas, un lamento que resonaba como el eco de su propio vacío. Pensó: “Está vacío, un cascarón. ¿Dónde está ella? ¿Me ha abandonado para siempre?”
Años después, TuSolSolita nunca respondió. Per Dedor seguía leyendo sus relatos en TodoRelatos, cada palabra avivando el fuego de su obsesión, viendo cómo otros dejaban comentarios aduladores, sus nombres brillando en la pantalla mientras él permanecía invisible. Cada noche, tras devorar sus historias, repetía su ritual sagrado: pegaba el dildo a la pared, llenaba el bol con yogur, y se follaba a sí mismo mientras se masturbaba, su polla a veces libre, a veces encerrada en la jaula, el dolor y el placer mezclándose en un torbellino que lo mantenía atado a ella. Lamiendo el yogur mezclado con su semen, su lengua recorría el bol con devoción, el sabor dulce y amargo impregnándose en su paladar como un eco de su sumisión eterna. Pensó: “Leo sus palabras, veo a otros alabarla, pero yo no existo para ella. ¿Qué hice mal? Mi vida se deshace, y ella sigue siendo mi diosa inalcanzable.” La angustia lo consumía, un nudo en el pecho que crecía con cada silencio, su polla palpitando con el recuerdo de su voz, el dolor y el placer de su jaula un eco de su devoción perpetua, pero el vacío de su ausencia lo hundía en una soledad insoportable.
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